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Full text of "Desde Washington; correspondencias enviadas á "El Día""

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U.S  looosr-a 


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featbarl)  dTolUgr  Itbrars 


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WASHIMGTO/N 


CORRESPONDEMCIñS  EMVIñDñS  A  "EL  Dlñ" 


LUIS  fíLBERTO  DE  HERRERñ 


MONTEVIDEO 
1903 


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A  mi  naad-xe^ 


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9ti. 


FE   IDE    Bjft.XJTISlXlO 


£1   origen  de  este   libro    es   el  siguiente: 

En  vísperas  de  partir  para  Norte  América,  y  de  manera 
casi  incidental,  prometí  á  uno  de  los  redactores  del  diario 
montevideano  El  Día,  enviarle  mis  impresiones  de  viaje,  acep- 
tando así  la  generosa  hospitalidad  que  se  ofrecía  á  mi  cola- 
boraci<5n   honoraria. 

Yo  mismo  nunca  pensé  cumplir  al  pié  de  la  letra,  como 
lo  hice  después,  un  compromiso  contraido  tan  expontanea- 
mente;  pero  cuando  me  incorporé  ai  nuevo  escenario  á  que 
me  lanzaba  un  capricho  acariciador  de  mi  destino,  abrumado 
por  la  grandeva  multiforme  de  la  sociedad  que  visitaba,  me 
penetré  de  que  importaba  incurrir  en  desidia  imperdonable 
no  reflejar  en  carillas  manuscritas  las  esplendentes  ense- 
ñanzas que  desfilaban  atropelladas  ante  mis  ojos.  Al  placer 
intelectual  de  dedicar  alguna  pequeña  parte  de  mis  descan- 
sos á  tareas  de  cronista  se  agregó^  pues,  el  empuje  de  un 
deber  laborioso. 

Diez  y  ocho  meses  permanecí  en  Estados  Unidos  y  Mé- 
xico al  frente  de  nuestra  Legación,  en  calidad  de  Encargado 
de  Negocios.  Las  dos  docenas  de  correspondencias  que  escribí 
en  ese  lapso  de  tiempo  sirven  de  índice  á  mis  largas  sema- 
nas de  ausencia.  Ellas  alcanzan  para  llenar  un  volumen. 
Por  eso  las  lanzo  hermanadas  á  la  publicidad.  Las  presento 
sin  afeites  especiales:  el  material  que  sigue  es  el  mismo 
que  ya  apareció  en  las  columnas  de  El  Día,  con  idénticos 
títulos,  sin    mayor  pulimiento  y   descascarado   á    medias.  Al 


6  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

'leer  mis  crónicas  reeuévéese^  entonces^  que  ellas  fueron  es- 
critas sobre  el  tambor,  para  la  prensa — que  exiga  graf ¡cismo 
y  claridad — y  sin  otras  pretensiones  que  las  que  puede  sus- 
tentar  un  espíritu  apasionado  por  lo    bello  y  por  lo  bueno. 

En  consecuencia^  no  me  lastima  que  se  discuta  la  forma 
ile  mis  párrafos,  unas  veces  demasiado  originales  por  la  ex- 
pontaneidad  de  sus  descripciones  pintorescas;  otras,  matizados 
de  comparaciones  raras;  aquí,  difusos,  en  el  desarrollo  de 
los  temas;  allá,  desordenados  en  su  eslabonamiento  sucesivo. 

Otra  cosa  digo  del  fondo.  Siento  cariño  por  las  ideas  que 
vertí,  pues  ellas  fueron  seleccionadas  entre  las  mejores  que 
soy  capaz  de  pulsar  y  expuestas  teniendo  siempre  clavada  en 
la  mente  la  obsesión  del  bien  de  mi  país.  La  patria,  co- 
mo los  grandes  cultos,  no  reniega  del  concurso  intini- 
tesimal  de  los  humildes. 

Precedo  la  publicación  de  las  correspondencias  de  un  artículo 
que  escribí,  antes  de  partir,  para  disputar  el  premio  en  unos  Juegos 
Florales  —  que  no  sé  porqué  jamás  se  realizaron,  —  en  mérito  á 
que  esa  producción  de  critica  docente  y  de  rápida  filosofía  social 
os  luego  confirmada  por  las  impresiones  posteriores  de  que  soy 
deudor  á  esa  maravillosa  democracia  del  Norte,  que  influen- 
cia tan  decisiva  ha  ejercido  en  mis  ideas  y  en  mis  gustos.  La 
teoria  proclamada  en  el  referido  artículo  encuentra  sanción 
consumada  en  las  crónicas,  repletas  de  realidad,  que  le  siguen. 

Sinceridad  de  mi  parte,  indulgencia  de  la  vuestra,  y  á  la 
cuestión. 

Jj|,uis  sS^^lbcrto  de  3(errera. 


Ventajas  é  inconvenientes  en  nuestro  país  del  aumento 

del  número  de  personas 
que  adquieren  título  para  ejercer  profesiones  liberales 


Ti*abajo  presentado  á  los  Juegos  Flo- 
rales que  hubieron  de  realizarse  en  Mon- 
tevideo el  25  de  Mayo  de  1901. 


£1  tema  propuesto  por  la  Universidad  Mayor  de  la  Re- 
pública para  ser  desarrollado  en  éste  certamen^  que  versa 
sobre  las  ventajas  é  inconvenientes^  en  nuestro  país^  del  au- 
mento del  número  de  personas  que  adquieren  título  para  ejer- 
cer profesiones  liberales,  posee  todo  el  interés  y  toda  la 
vigorosa  actualidad  de  los  asuntos  más  palpitantes. 

Para  abonarlo  así  y  eíu  ocurrir  á  ai^umentos  irrecusables 
de  índole  local,  bastará  recordar  que  en  el  día  el  mundo 
civilizad^,  mordido  en  sus  entrañas  de  gigante  por  raras  y 
nerviosas  agitaciones,  se  revuelve  incierto,  preguntándose  cómo 
deberá  ser  amamantado  el  espíritu  de  las  generaciones  veni- 
deras y  qué  fórmula  de  educación  pública  conviene  mejor  al 
porvenir  de  las  naciones. 

Un  rumor  de  tormenta  parte  de  las  nuevas  y  de  las  viejas 
sociedades.  £1  siglo  ya  inaugurado  será  siglo  de  combate  y 
de  todos  los  rumbos  llegan  los  ecos  de  un  gran  crujido. 

La  propaganda  tenaz  de  la  prensa,  que  ilumina  con  llama- 
radas de  incendio;  el  avance  incesante  de  las  nuevas  ideas, 
vencedoras  al  través  de  los  mares;  la  mayor  holgura  de  las 


8  LülS  ALBEBTO  D£  HBRREBA 

clases  humildes;  el  derecho^  paseado  en  andas  por  la  libertad, 
que  tiene  pedestal  de  granito  en  las  conciencias  ya  ilumi- 
nadas; las  concitaciones  trájicas  de  los  tribunos;  sus  arengas 
y  sus  impulsos^  unidos  éstos  con  mil  elementos  más  de  rege- 
neración^ han  creado  un  nuevo  orden  de  cosas  en  el  campo 
de  las  ideas,  que  ya  exije  impaciente  su  confirmación  victo- 
riosa en  el  campo  de  los  hechos. 

Es  el  legado  trascendental  de  la  Revolución  Francesa,  cuyo 
cobro  hoy  se  hace  efectivo  sin  perdonar  los  intereses  cen- 
tenaiios  acumulados;  es  el  cúmplase  puesto  por  la  voluntad 
humana,  orgánicamente  libre,  á  los  decretos  universales  y  á 
las  conquistas  férreas  de  un  pasado  de  gladiadores;  es  el 
espíritu  nuevo  que  desata  y  rompe  ligaduras;  es  el  santo  an- 
helo igualitario  que  tuvo  su  primer  apóstol  en  Jesás,  el  más 
grande  de  los  filósofos  socialistas;  es  el  pueblo,  que  ya  no 
lleva  cataratas  en  los  ojos, — pues  sabe  leer  y  escribir, — gol- 
peando en  el  hombro  á  todos  los  absolutismos  que  se  agitan 
azorados  como  si  estuvieran  en  presencia  de  los  signos  fatí- 
dicos de  Baltazar. 

'  ¿Cómo  se  detiene  este  choque  de  preliminares  apocalípticos? 
¿Qué  dique  resistirá  á  las  aguas  embravecidas  que  avanzan 
arrolladoras,  como  una  enorme  marea?  Esta  profunda  interro- 
gación barrena  á  todos  los  cerebros  pensadores  y  constituye 
por  si  sola  la  gran  ansiedad  de  la  época  presente. 

Sintetizando,  á  fin  de  no  perder  el  hilo  del  asunto,  nece- 
sario es  decir  que  los  más  eminentes  hombres  de  Estado 
coinciden  en  afirmar  que  sólo  la  educación,  razonada  y  armó- 
nica, podrá  apagar  esta  inmensa  sed  de  justicia  y  de.  luz  que 
atormenta  al  orbe  que,  de  otro  modo,  abandonado  al  capri- 
cho de  exasperaciones  terribles,  ya  dibujadas,  nos  amenaza 
con  la  perspectiva  de  *  catástrofes  aterradoras  cuando  el  desa- 
tino y  la  historia  quieren  ponernos  en  presencia  de  un  subli- 
me y  salvador  alumbramiento!  Pero,  para  acercamos  lógica- 
Qaente  al '  tema  que  trataremos,  conviene  sefialar  el  distinto 
aspecto  que  ofrece  la  lucha  aptmtada  en  Europa  y  en 
América. 

Attá,  los  bnitales  exijencias  del  interés'  internacional,  que 
obliga  á  li|8  muefa^dmnbreB  á  vivir  la  mitad  de  su  vida  eo  la 


D£8D£    WASHINGTON  9 

esclavitud  militar,  el  hacinamiento  de  las  clames  laborantes  en 
espantosa  promiscuidad  social  y  la  mala  retribución  del  tra- 
bajo humUde,  ensangrentado  por  la  competencia,  prestan  causa 
á  protestas  de  reivindicación  clamorosa  y  á  las  más  frenéticas 
propagandas  disolventes.  Max  Nurdau,  León  Tolstoi,  Bebel, 
se  dáu  la  mano,  sin  cuidarse  de  las  fronteras,  en  ésta  cam- 
paña justa  pero  de  consecuencias  formidables  y   asustadoras. 

El  mundo  viejo  quiere  su  redención  y,  para  alcanzarla, 
deberá  pulverizar,  destruir...  por  eso...  porque  es  vi^o. 
Aventuramos  ¿es  aquella  una  fosa  que  se  cierra?  Aquí,  en 
éste  hemisferio  virginal,  sobra  espacio  para  todas  las  activi- 
dades 7  consuelo  para  todos  los  dolores  humanos;  aquí,  la 
tierra,  cuyos  senos  tienen  las  opulencias  espléndidas  de  la 
juventud,  rinde  ciento  por  uno;  aquí,  ni  se  oye  ruido  de 
cadenas,  ni  hay  plebes  que  pidan  pan,  obligadas  por  cóleras 
iiambrientas,  ni  se  coartan   laA   libertades  colectivas. 

De  ahí  que  las  voces  grandilocuentes  de  los  hijos  ilustres 
de  ésta  parte  del  globo  se  abracen  en  un  himno  de  confra- 
ternidad y  de  incitación   al   trabajo. 

El  mundo  nuevo  quiere  su  grandeza  y,  para  alcanzarla, 
deberá  crear,  construir..,  por  eso...  porque  es  nuevo,  Pre- 
gtmtamb»  ahora,  ¿es  ésta  una  cuna   que  se  abrü? 

Con  lujo  de  concisión  queda  establecido  a^í  el  diferente 
carácter  y  el  diferente  propósito  de  la  educación  en  inio  y 
en  otro  continente.  Europa,  organismo  que  cede,  obligada  por 
las  multitudes  busca  escudo,  para  evitar  un  derrumbe  total, 
en  la  enseñanza  difundida  y  liberalizada.  América,  organismc» 
que  se  afirma,  en  pleno  período  plástico,  obliga  á  sus  multi- 
tudes á  aprender  y  ella  lo  quiere  así,  para  fundar  su  pos- 
teridad  purificada. 

Nuestro  ambiente  continental,  limpio  de  prejuicios  caducos, 
en  su  insondable  diafanidad  ostenta  ia  bandera  del  porvenir 
pacífico,  grande,  luminoso  de  la   América. 

Ese  porvenir  será  resultado  directo  de  la  educación  públi- 
ca, mensajera  por  valles  y  por  montafias  del  catecismo  de 
la  libeAad  y  del  derecho  que  ciñen,  cual  ramas  de  laurel,  ia 
frente  esplendorosa  de*  las  instituciones  democráticas. 


10  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 


II 

£1  tema  presentado  por  la  Universidad  Nacional  plantea 
decididamente  el   problema  de  la  Instnicción  Secundaria. 

Para  proceder  con  método  y  entrando  de  lleno  á  la  cues^ 
tión  apuntaremos,  por  su  orden,  las  ventajas  y  ios  inconve- 
nientes de  la  producción  universitaria  que,  abultada,  tam- 
bién puede  engendrar  en  este  país  el  proletariado  de  los 
bachilleres. 

Enseguida  abi  iremos  juicio  rápido  sobre  la  mejor  manera 
de  aumentar  aquellas  y  de  disminuir  éstos,  siendo  esa,  oon 
seguridad,  la  parte  mas  átil  del  trabajo  emprendido  por  el 
hecho  de  recojer  toda  la  filosofía  de  nuestras  modestas  obser- 
vaciones. 

Ventaja  positiva  existe  en  aumentar  el  número  de  las  per- 
sonas de  altos  conocimientos;  en  obtener  para  las  lides  de  la 
ciencia  apóstoles  caracterizados  que  luego  serán  misioneros  de 
nuestro  prestigio  y  de  nuestra  fuerza;  en  sellar  esos  balan- 
ces anuales  de  la  intelectualidad  nacional  llenando  los  vacíos 
obligados  que  dejan  los  veteranos  del  saber,  caídos  en  la 
dura  brega,  con  suplentes  guapos  y  fornidos  capaces  de  here- 
dar con  honor  el  pesado  lote  de  responsabilidades  técnicas; 
en  hacer  ingenieros,  médicos,  abogados  nuestros;  en  arrojar 
semilla  de  luces  en  el  surco  de  la  inteligencia  nativa;  en 
devolver  á  la  campaña,  convertidos  en  hombres,  más  aáu,  en 
hombres  de  superícr  provecho,  á  los  jóvenes  que  ella  envía 
á  la  metrópoli  en  demanda  de  pan  espiritual  bien  amasado; 
en  formar  caracteres  y  nutrir  talentos  qire  nos  honren  en  el 
extrangero;  en  clavar  el  nombre  de  la  patria  á  la  altura  de 
su  legendaria  bandera  dándole  hijos  sabios,  inventores  y  obre- 
ros de  vuelo;  en  preparar  ciudadanos  que  sepan  morir  defen- 
diendo lo  "justo,  porque  á  querer  lo  justo  aprendieron  en  los 
claustros;  en  que  surjan  narradores  brillantes  de  nuestras  tra- 
diciones heroicas;  en  que  haya  poetas  de  estro  de  oro;  en 
que  los  orientales  sean  espartanos  por  su  pasión  austera  y 
atenienses  por  la  intensidad   de  su  genio  latino. 

Y  es  la  Universidad,  con  su  labor  ánica  é  incesante;  quien 


,  BSflDE 'VJORnHOTOST  11 

asegura  á  la  patria  la  no  extinción  de  todas  esas  razas  del 
esfuerzo  y  del  talento  que  tienen  la  resistencia  del  haz  romano. 

Desde  Iiace  afios  el  país  sufre  la  falta  de  elemcnjtos  din- 
jeates  y  sin  embargo,  hay  intereses  importantísimos  que  tute- 
lar,  múltiples  v   beneficiosos  ministerios  que  cumplir. 

Mejor  que  nada  acredita  la  veracidad  de  este  aserto  la 
circunstancia  de  estar  las  funciones  del  alto  profesorado  y 
de  la  más  elevada  alcurnia  social  entregadas  á  manos  extran- 
jeras. 

La  Facultad  de  Medicina,  á  |>esar  de  ser  febril  en  sus 
tareas,  no  llena  aún  con  su  producción  titulada,  las  exijen- 
cias  do  la  salud  nacional.  Si  en  la  capital  ya  empiezan  los 
médicos  á  incomodarse  los  unos  á  los  otros,  en  cambio,  los 
centros  urbanos  del  interior  carecen  de  ellos  entregándose, 
en  consecuencia,  al  peligro  y  al  ridículo  de  los  trataiuientos 
más  desautorizados. 

La  Facultad  de  Matemáticas,  de  creación  moderna,  ha 
cumplido  brillantemente  su  misión.  Por  lo  demás,  su  rendi- 
miento no  nos  sobra  ni  nos  atosiga,  pues  apenas  el  gobierno 
ha  diríjido  en  sentido  alabado  sus  iniciativas  en  el  asunto 
de  vialidad,  creando  las  inspecciones  Técnicas  Regionales, 
han  tenido  colocación  en  el  servicio  público,  sin  dar  abasto 
su  número  actual,  tod<is  los  noveles   ingenieros. 

¿Hay  exceso  de  abogados?  £1  consenso  vulgar  así  lo  dice. 
Sin  embargo,  tampoco  ocurre  tal.  Los  abogados  orientales  no 
alcanzan  á  dos  centenares,  y  si  parece  que  ellos  supera- 
bundan, es  simplemente  porque,  en  mérito  á  nuestras  con- 
tradicciones, las  funciones  legales,  los  delicadísimos  carg*>8  de 
la  justicia  menor — que  tanto  representa  —  han  sido  confiados 
á  jiersonas  sin  conocimientos  jurídicos  algunos.  £1  día  en  que 
se  sancione  la  reforma  de  la  Administt  ación  do  Justicia,  ya 
planeada,  no  habrá  letrados  bastantes  para  ocupar  las  vacan- 
tes que  ^ae  ^roduoiníii. 

De  manera  que  estos  comentarios  notorios  que  renuevo^ 
permiten  destruir,  desde  ya,  esa  voz  que  da  en  8U|>oner  á 
las  aulas  en  una  porfiada  fabricación  de  titulados  sin  razón 
de  aer  y  sin  puesto  que  ocupar. 

Avanzando  en  el  examen  ¿acaso  el  £stado  que  educa  no 


12  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

ha  sentido  y  no  siente  el  supremo  é  inefable  placer  que  em- 
barga á  los  padres  en  presencia  de  los  triunfos  intelectuales 
de  sus  bijos  y  que  los  transporta  de  jábilo,  al  punto  de  olvi- 
dar todos  los  disgustos,  todas  las  contrariedades,  todos  los 
sacrificios  que  han  debido  hacer  para  colocarlos  á  tan  dis- 
tinguida altura? 

La  compensación  en  el  favor  se  palpa.  No  son  cierta- 
mente los  éxitos  guerreros,  oscuros  y  sangrientos,  los  que  han 
enaltecido  el  nombre  de  la  Repáblica.  Han  sido,  sí,  sus 
hombres  de  lustre,  sus  reputaciones  acrisoladas,  sus  varones, 
fuertes  como  el  corazón  de  la  palma,  quienes  fundaron  su 
notoriedad  hermosa  y  sus  méritos,  arrojando  flores  y  virtudes 
y  talentos  á  sus  plantas,  aán  en  los  días  negros  en  que  ella 
creyó  morir  bajo   el  filo  cruel  de  la  tuberculosis  política ! 

Los  heraldos  salidos  de  la  Universidad,  que  es  fragua,  han 
escrito  esas   nobles   psíginas. 

Aquellos  que  repudian  la  producción  titulada  exajeran  las 
situaciones,  suponiendo  que  muy  en  breve  no  tendremos  esce- 
nario que  ofrecer  á  los   graduados. 

Quienes  se  expresan  en  términos  tales  ignoran  la  capaci- 
dad activa  del  país,  que  aún  estaí  por  ser  poblado,  pues  es 
todavía  un  inmenso  hogar  vacío  comparativamente  á  las  socie- 
dades europeas,  y  olvidan  que  la  campaña  ofrece  tan  ancho 
campo  como  los  centros  urbanos  á  los  voluntarios  del  tra- 
bajo profesional. 

Considero  que  el  sistema  de  educación  superior  vigente 
no  es  el  más  verdadero,  á  pesar  de  su  indiscutible  brillo 
erudito  —  como  trataré  de  demostrarlo  al  coronar  este  juicio 
crítico  —  pero  también  pienso  que  sus  imperfecciones  no  lle- 
gan al  extremo  de  quitar  utilidad  á  una  función  social  de 
energías   bienhechoras. 

Se  presta  desahogo  á  un  justificado  orgullo  manifestando 
que  nuestros  claustros,  tal  vez  los  más  concienzudos,  ya  que 
no  los  más  ruidosos  del  continente,  son  talleres  muv  avan- 
tados  que  en  nada  desmerecen  de  las  elevadas  exigencias  de 
la  época. 

Entonces  el  reproche  que  á  ellos  puede  dirigirse  alcanxa 
con   idéntico    vigor   á  todos    los   éstablcdiiiieutos   semejantes 


DESDE    WASHINGTON  13 

del  hemisferio,  pues  las  trascendentales  reformas  impuestas 
por  la  novísima  enseñanza  recién  empiezan  á  querer  cuajar 
en  las  naciones  de  habia  castellana. 

El  sabio  español,  doctor  Santiago  de  Alba,  afirma  que; 
<  el  fracaso  de  las  universidades,  de  los  institutos  y  de  las 
academias  peninsulares  es  total  y  definitivo». 

Pues  de  nuestras  nulas,  con  ser  ellas  tan  juveniles  en  edac^, 
no  podría  decirse  tanto,  aunque  el  tiempo  y  la  experiencia 
en  casa  agcna,  que  ya  empieza  á  ser  muy  sugestiva,  deter- 
minanín  soguramcnte   en  lo  futuro  importantes  modificaciones. 

En  conjunto  y  dentro  de  lo  existente  persistimos  en  aplau- 
dir el  funcionai.iiento  de  nuestro  primer  centro  que  anual- 
mente regala  á  la  nación  decenas  de  ciudadanos  de  buen 
temple  científico,  de  ciudadanos  que  podrán  luchar  con  difi- 
cultades positivas  para  encontrar  su  com[)Osición  de  lugar  en 
la  colmena  social,  pero  que,  de  cualquier  modo,  serán  ele- 
mentos perdurables  de  cultura  y  de  constante  refinamiento 
público. 

¿Cuáles  son  los  defectos  imputables  á  nuestra  enseñanza 
universitaria  y  qué  inconvenientes  produce  esc  rendimiento 
titulado  que  acabamos  de  señalar? 

Con  mayor  facilidad  podremos  caracterizar  la  faz  perniciosa 
del  sistema  y  al  hacerlo  así  no  incurrimos  en  contradicción, 
pues  si  bien  cabe  encontrar  poderosos  prestigios  en  los  con- 
tingentes aportados  á  la  lucba  y  á  la  labor,  también,  bajo  dis- 
tinto aspecto,  hallaremos  coyuntura  holgada  para  hacer  su 
crítica. 

Ante  todo,  nadie  ignora  que  el  problema  de  la  educación  es 
igualmente  un  problema  social  y  un  problema  económico.  La 
dirección  de  las  preferencias  profesionales  obedece,  por  encima 
del  capricho  individual,  á  inspiraciones  de  orden  pfiblico,  por 
una  parto,  y  por  otra,  cualquier  error  entre  la  oferta  univcr^ 
sitaría  y  la  demanda  de  los  servicios  sociales,  engendra  uti 
profundo  malestar  que,  entre  nosotros,  tiene  dolorosas  reper- 
oosiones  de  Índole  política. 

No  volvemos  de  lo  que  afirmamos  con  anterioridad  en 
cuanto   á  que  aquí  aun    no   se  ha  producido,  y   ello   tardará 


14  I.UrS  ALBERTO  DE  HERRERA 

tiempo  en    suceder,    el  abarrotamiento  temido    de     elemento» 
graduados  sin  campo  decoroso  de  acción    laborante. 

Pero  ocurre  que  los  titulados,  en  virtud  del  concepto  erró- 
neo que  de  su  porvenir  se  forjan  al  calor  de  est^idios  plató- 
nicos, en  eterno  diiflogo  con  el  ideal  que,  bien  lo  sabemos, 
con  dificultad  fija  domicilio  en  la  tierra,  concluyen  la  jor* 
nada  convencidos  de  que  la  carrera,  vestida  con  la  gasa  de 
media  docena  de  éxitos  parciales  en  la  clase,  será  piedra  de 
toque   para  resolver  las  agudas   contrariedades  del  mundo. 

Quienes  á  los  quince  años  han  discutido,  muy  sueltos  de 
cuerpo,  sobre  la  bondad  y  el  alcance  de  las  doctrinas  cris- 
tianas llenando  los  salones  con  el  eco  de  párrafos,  si  no 
valiosos  por  lo  menos  sonoros;  y  han  encontrado  luego  una 
sonrisa  de  ap(»yo  admirativo  en  el  catedrático;  y  antes  de 
ser  bachilleres  ya  se  permiten  abrigar  largas  aspiraciones;  y, 
á  lo  mejor,  exhaustos  de  fuerzas  y  de  voluntad,  empiezan  á 
rendir  exámenes  realizando  la  maravilla^  que  después  resultará 
tan  cara,  de  prepararse  en  dos  semanas;  quienes  así  ascien- 
den la  pesada  escalera,  cansados,  sin  apego,  con  ilimitada 
vanidad,  sufren  el  más  desconsolador  é  inesperado  de  los 
contrastes  cuando  un  buen  día,  chanceladas  las  cuenttífi  de 
lirismos  y  de  mágicas  profesías,  la  madre  Universidad  los 
coloca — ya  doctores  —  frente  á  todas  las  realidades  adversas 
de  la  existencia. 

¿Qué  hacer?  ¿A  donde  dirijirse?  ¿Por  quién  preguntar? 
¡Insoluble  tortura!  En  vano  el  joven  diplomado  intentará  mo- 
verse: ni  los  demás  confían  en  él  —  lo  que  resulta  natural 
— ni  él  mismo  se  tiene  fé,  esa  fé  modesta  y  fuerte  que  hace 
un  atleta  de  un  enano  y  que  constituye,  bien  adobada  desdé 
la  infancia,  un  precioso   amuleto. 

Nuestro  estudiante  es  víctima — tarde  lo  comprende — de 
aquellas  falsas  nociones  que  de  la  realidad  le  brindaron  allá 
en  las  aulas,  cuando  se  mecía  dulcemente  al  c^lor  de  las  más 
seductoras  concepciones   doctrinales. 

Como  á  las  mujeres  hermosas,  á  él  lo  marearon  multipli- 
cándole elogios,  justificados  en  su  orijcn,  pero  siempre  y  de 
cualquier  modo  nocivos  á  los  espíritus  inexpertos^   como  pue- 


DESDE    WASHINGTON  15 

de  serlo  ¡jna  copa  de  vino  generoso  que  destmoraliza  cuando 
no  se   tiene  el   hábito  de  beber. 

La  extrema  duración  de  los  cnrpos,  —  que  median  entre  diez 
y  doce  años  —  concurre  á  fundar  ctfieulos  émidos^  puos  cues^ 
ta  creer  que  después  de  un  empeño  tan  extendido  y  tan 
enciclopédico  pueda  exigir  esfuerzos  extraordinarios,  abrirse 
ana   senda. 

El  profesor  Max-Leclerc,  en  quien  el  gobierno  francés 
delegó  la  tarea  de  hacer  un  estudio  detenido  de  la  organi- 
zación de  los  institutos  británicos,  para  trasplantarla  al  terri- 
torio de  la  gran  República,  encuentra  uno  de  los  motivos 
encientes  de  la  superioridad  de  la  enseñanza  inglesa  en  el 
hecho  de  que,  c  los  maestros  de  esa  nacionalidad  nunca  han 
olvidado  que  tenían   que   hacer  hombres». 

¡Hacer  hombres!  Hé  ahí  la  frase  que  condensa  la  consigna 
triunfadora  de  los  sajones. 

La  extensión  enorme  de  las  carreras,  engendra,  á  menudo, 
cansancios  mentales  aplastadores,  pues  la  inteligencia  no  so- 
porta impunemente  el  suplicio  de  Síaifo.  Se  resiente,  sufre, 
se  gasta,  como  la  piedra  de  afilar,  cuando  se  la  tira  y  derro- 
cha en  pruebas  abrumadoras.  Citada  con  naturalidad  ella 
concurre,  galana  y  expontánea  al  principio,  y  abre  sus  entra- 
ñas luminosas  al  agasajo  del  estudio,  como  las  flores  prima- 
verales sus  |)étalos  á  los  besos  acariciadores  del  rocío.  En 
plena  robustez,  continúa  respondiendo  al  porfiado  reclamo 
hasta  que,  agobiada  por  el  esfuerzo,  castigada  por  los  insom- 
nios febricientes  sobre  el  libro, — que  son  la  vanguardia  de 
todas  las  plagas  neurasténicas, — cae  rendida,  para  despertar 
indecisa,  á  ratos,  al  conjuro  inhumano  de  los  estimulantes. 

Algunos  llegan  á  la  meta  ignorándose  mártires;  otros  se 
van  quedando  silenciosos  en  el  camino,  de  la  misma  manera 
que  en  las  noches  de  marchas  forzadas,  suavemente  conquis- 
tados por  la  fatiga,  se  rezagan  de  las  columnas  militares  los 
menos  resistentes,  aún  en  la  certeza  de  que  esos  desfalleci- 
mientos pueden  costar  la  vida!  ¿Para  qué  arrastrarse  más  si 
la    máquina  no  tiene  ya  alientos? 

Los  últimos,  pues,  forman  en  el  número  de  los  fracasados* 
Jóvenes   buenos,    ca{>accs,    competentes,    que    vencidos   en   la 


16 


LUIS  ALBERTO  I>E   HERRERA 


primera  empresa,  gracias  cá  la  enseñanza  moderna  que  no 
es  ni  carne  ni  pescado,  ni  ordinaria  ni  de  cnaresma»,  como 
dice  ocurrentemente  Blondel,  pasan  á  figurar  en  his  listas 
pasivas,  inválidos  de  veinte  años!  Allí  quedarán  esperando 
ser  favorecidos  con  un  premio  de  la  Lotería  de  la  Caridad, 
6  con  un  partido  matrimonial  ventajoso,  que  es  menos  premio 
que  caridad. 

Estamos  entonces  en  presencia  de  unidades  desorientadas 
que,  mitad  descontentas  de  sí  mismas  y  mitad  descontentas 
del  Estado,  que  las  sacrificó  estéril  mente, — en  ambos  casos 
asistidas  de  razón — se  pasarán  los  días  en  perpetua  protesta 
y  displicencia. 

En  efecto,  Fouiliée  constata  en  su  esclarecido  estudio  so- 
bre el  temperamento  y  el  carácter,  que  existe  íntima  relación 
entre  las  sensaciones  trasmitidas  por  el  cgran  simpático»  y 
el  aspecto  exterior  del  bienestar  en  los  individuos;  al  punto 
de  poder  afirmarse  que  c  quien  digiere  mal  es  gruñón  y  que 
el  atacado  de  una  enfermedad  al  corazón  parece  presa  de 
una  continua  ansiedad  » . 

Análogamente,  la  agitada  situación  interna  de  personas  suje- 
tas á  mil  contrariedades  pequeñas,  que  para  nada  se  creen 
aptas,  pues  si  no  son  titulados  tampoco  dejan  de  serlo,  des- 
ocupados y  holgazanes  contra  su  voluntad — se  hace  incom- 
patible con  la  alegría  individual  que  es,  según  Goethe,  da 
fuente  de  todas  las  virtudes»,  y  nada  sino  decepciones  y 
mal  humor  puede  esperarse  de  lidiadores  acobardados  antes 
de  entrar  en  pelea. 

Pero,  por  lo  general,  la  situación  de  muchos  graduados  en 
la  Facultad  de  Ciencias  Sociales  no  es  mejor  que  la  de  éstos 
vencidos.  Recién  en  proyecto  la  reforma  judiciaria,  que  á 
tantos  abogados  daría  ubicación,  al  presente  los  horizont'.w  no 
clai'ean.  Solo  resta  esperar,  ))ara  tejer  el  primer  desencanto 
grande,  con  la  filosofía  india  del  ciego  que  tiende  al  azar 
su  sombrero  confümdo  en  la  expontánea  piedad  úe  los  tran«- 
seuntes. 

Los  meses  corren  y  la  princesa  soñada  no  comparece,  y 
las  exijencias  de  la  vida  a])remian,  y,  el  que  menos,  tiene  im- 
periosos compromisos  de  afectos  que  cumplir,  y  éstas  y  otras 


;ttkH!e8  mi 

itiDces  abi 
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-3s  en 
^á  h 


DESDE  WASHINGTON  17 

obfígaeíones  más  prosaicas  ya  no  permiten  nuevas  prórrogas. 
Entonces  abre  cariñosa  sus  brazos  la  política  —  cuidado 
coQ  sus  halagos!  —  y  así,  del  día  á  la  mañana,  y  tras  breve 
cálculo  de  probabilidades,  surje  un  flamante  tribuno  partida- 
río  qae,  maldiciendo  de  las  ilusiones  principistas  ganadas  en 
}8  Universidad,  tira  á  la  calle,  por  inútiles,  los  más  preciosos 
atavíos  de   las  conciencias  honradas. 

¿A  la  muchedumbre  se  la  compra,  como  á  los  niños,  con 
mimos  y  adulaciones?  pues,  á  conquistar  su  aplauso,  que 
todos  los  medios  resultan  buenos!  Desde  esa  fecha  hay  un 
oaevo  intransigente  y  la  máscara  de  los  llamados  c  odios  tra- 
dicionales»   cubrirá  el    rostro  deslavado  de   otro   más. 

Más  tarde  se  pagan  tantas  apostasías  con  una  banca  le- 
tislativa  y  por  esas  veleidades  raras  de  los  acontecimientos 
eoemos  en  el  desertor  de  la  llanura  que,  ya  encumbrado, 
tnpieza  á  hacer  farsa  altiva,  á  un  heraldo  de  los  derechos 
manes  que  el  pueblo,  siempre  flaco  de  memoria,  llamará 
«interesado! 

Auestra  errada  educación  secundaria  engendra  pues,  no  tan 
lirectamente  como  puede  suponerse,  graves  corrupciones  cí- 
as y  electorales. 

ibí  no  se  detienen  sus  inconvenientes.  AI  enumerar  los 
eficios  de  la  enseñanza  superior,  incorporamos  á  ellos  la 
yaraeión  técnica  que  adquieren  bajo  su  ancha  sombra 
hos  hijos  de  la  campaña — tan  necesitada  do  ilustraciones 
evaeltos  por  la  metrópoli  al  hogar  con  nutrido  y  brillan- 
agaje    intelectual. 

^ro,  agreguemos  ahora,  que,  á  ser  otro  el  método  docente 
ís  inmediatas  á  la  utilidad  práctica  sus  tendencias,  la 
íh  apuntada  crecería  en  importancia. 
efecto,  libtoriemos  el  caso  coman  para  hacer  luego  su 
)tario  clínico.  Él  se  presenta,  en  noventa  y  cinco  ejem- 
fobre  cien,  en  la  persona  del  hijo  de  un  hacendado 
\to  que,  entregado  con  alma  y  vida  á  la  marcación  de 
y  ^  especulaciones  jugosísimas  sobre  haciendab — que 
osa  no  ba  hecho  desde  que  abrió  los  ojos — solo  an- 
>8orber  la  propiedad  del  vecino,  pues,  en  el  alambrado 
y  iDUBT'&   el   horizonte  de  sus  aspiraciones  individuales. 

2 


18  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

Tocado  por  extrañas  fascinacioneB,  queriendo  para  su  prole 
lo  que  él  nunca  tuvo,  el  fuerte  estanciero  resuelve  un  día 
sacrificarse  y  envía  á  uno  de  sus  varones  á  Montevideo,  con 
la  misma  facilidad  y  despreocupación  con  que  remite  una 
paitida  de  cueros  vacunos  al  consignatario  amigo.  8u  afán 
es  convertir  en  un  c  doctor  >  al  mozo  para  así  redondear  los 
poderosos  prestigios  locales   del  apellido. 

Enojoso  sería  seguir  en  su  evolución  al  fruto  silvestre  im- 
portado. Con  rapidez  asombrosa  el  nuevo  estudiante  cambia 
de  cascara  y  de  aficiones  y  conquistado  ]>or  todos  los  refi- 
nados atractivos  de  la  gran  ciudad,  que  tan  mal  parada  dejan 
la  memoria  de  la  casa  paterna — que  es  un  bajo  relieve  de 
encantadora  austeridad  campesina  —  concluye  por  identificarse 
con  el  medio  artificial  donde  un  día  se  le  arrojó  contra  sa 
voluntad. 

Corren  los  años,  y  al  fin,  al  precio  de  una  fortuna  despil- 
farrada, se  llena  el  capricho  honrado  del  viejo  propietario. 
Ciertamente  que  ese  capricho  ha  arrebatado  un  «spiritu,  que 
puede  resultar  viril,  á  las  tinieblas  de  la  ignorancia;  pero, 
preguntamos,  ¿está  prácticamente  preparado  para  afrontar  las 
contingencias  de  su  futuro  quien,  llamado  á  ser  heredero 
de  cuantiosos  intereses  rurales,  de  enormes  porciones  de 
terreno  y  de  ganados,  no  ha  aprendido  á  laborar  esos  bienes 
cuya  gestión  provechosa  es  el  Estado  el  primero  en  necesi- 
tar? ¿Acaso  no  hubiera  sido  mucho  más  lógico  que  el  hijo 
de  padre  estanciero  siguiera  la  huella  de  su  mayor,  y  que  la 
capital,  en  vez  de  devolver  á  la  campaña  un  brillante  legu- 
leyo, le  ofreciera  un  obrero  fuerte,  do  positivos  conocimien- 
tos agronómicos  y  versado  en  todas  las  exigencias  y  adelan- 
tos de  las  tarcas  ganaderiles,  que  ya  poseen  contorno  de 
ciencia?  ¿Acaso  no  convendría  más  á  la  patria  contar  con 
un  vecino  progresista  y  de  extendido  influjo  local,  gracias  á 
la  fortuna  material  adquirida  en  herencia  y  gracias,  también^ 
á  la  fortuna  moral  adquirida  por  una  concienzuda  educación, 
en  vez  de  tener  un  nuevo  aspii*ante  á  diputado,  que  no  otra 
cosa  pretenderá   el  flamante  retoño? 

Las  riquezas  del  país  tienen  su  fuente  mrís  vigorosa  en  la 


DESDE     WASHINGTON  19 

inmeusa  campaña  que  centuplicará  sus  generosidades   rentís- 
ticas cuando  abunden  las  manos   capaces  de  usufructuarla. 

8e  insiste  por  algunos  en  que  la  agricultura  entre  nosotros, 
es  un  desastre.  ¿Puede  aceptarse  este  aserto  categórico  cuan- 
do, río  |)or  medio,  tenemos  ei  espectáculo  prodigioso  de  la 
Repáblíca  Argentina  salvada  de  sus  más  graves  catástrofes 
financieras  en  hombros  de  sus  millones  de  bolsas  de  trigo; 
cuando  la  provincia  de  Santa  ¥éy  hasta  ayer  yerma  y  pobre 
bajo  el  casco  del  caballo  montonero  de  Estanislao  López, 
influye  en  los  mercados  europeos  con  su  colosal  producción 
agrícola  que  es  de   oro? 

Nuestro  departamento  de  Canelones,  ¿no  es  el  más  posw 
tivainente  poblado  de  la  República;  no  es  el  más  positiva- 
mente rico;  no  se  impone  por  sus  progresos  evidentes?  Y 
esto  lo  ha  hecho  bajo  el  imperio  activo  de  inmigrantes  cana- 
rios que  siembran  y  recojea  pagando  tributo  á  increíbles  y 
perjudiciales  preconceptos  y  rutinas.  ¡Qué  no  representaría  su 
reemplajso  en  otras  regiones,  todavía  vírgenes,  por  hijos  del 
país  laboriosos,  dirigidos,  á  su  vez,  por  criollos  de  vuelo 
técnico ! 

La  ganadería  nacional  vive  aún  en  pañales,  si  recordamos 
su  minucioso  carácter  en  otras  partes.  Empezando  por  men- 
cionar que  los  campos  orientales  recien  están  alambrados,  que 
la  verdadera  veterinaria  provoca  risotadas  en  nuestros  paisa- 
nos, que  el  refinamiento  de  los  productos  recien  se  inicia  con 
las  Ferias  Departamentales  y  que  las  mayores  plagas  que  fla- 
gelan á  las  haciendas  se  atacan  con  remedios  contemporáneos 
de  la  edad  de  piedra, — se  encabeza  firmemente  el  comenta- 
rio crítico  de  nuestra  situación  ganaderil. 

En  cuanto  al  comercio  en  el  interior,  está  monopolizado  por 
elementos  extranjeros,  que  hacen  alarde  de  su  condición  exó- 
tica para  eludir  todos  los  compromisos  de  concurrencia  á  los 
progresos  locales,  y  que,  encerrados  en  su  concha  mercantil, 
son  señores  de  horca  y  cuchillo  de  valiosos  intereses  analfa- 
betos. 

Mucbo  que  nos  domina  el  asombro  cuando  leemos  que,  en 
tiempos  de  España,  contando  por  cientos  los  años  para  atrás, 
en  mérito   á   desatentados   sistemas  tributarios,  una  pieza  de 


20  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

ropa  traída  á  lomo  de  muía  desde  las  altiplanicies  peruanas, 
valía  sumas  fabulosas  comprada  en  Córdoba.  Sin  embargo^ 
esos  increíbles  anacronismos  tienen  cierto  reflejo  en  el  carácter 
fiingular  del  comercio  radicado  en  nuestro  interior,  donde  los 
pulperos  barren  con  el  resultado  de  las  esquilas  y  ponen 
precio  exorbitante  á  los  artículos  de  uso  más  vulgar,  ampa- 
rados por  la  torpeza  de  los  estancieros  y  explotando  la  au- 
sencia exagerada  de  comunicaciones. 

¿Qué  reclaman  esas  perniciosas  dictaduras  de  economía 
rural  para  morir?  Pues,  la  competencia  razonada  y  hábil  de 
los  criollos   á  quienes  todo  favorece. 

Pero  no  es,  á  buen  seguro,  con  abogados  y  con  médicos 
que  estos  afanes  de  sólida  regeneración  fructificarán.  La  uni- 
versidad, á  pesar  de  ser  un  baluarte  brillaotíáimo  de  civiliza- 
ción, no  arma,  lo  creemos,  caballeros  para  las  luchas  que 
acabamos  de  bosquejar,  prosaicas  pero  fecunda;». 

Un  pensador  ilustre,  Mr.  Yictor  Duruy,  ex-ministro  de  Ins- 
trucción Páblica  en  su  país,  engolfándose  en  una  crítica  irre- 
futable de  los  artificios  y  errores  de  la  alta  enseñanza,  ex- 
clama, al  cerrar  una  entusiasta  apología  de  la  labor  campestre: 
(También  de  cultivos  viven  las  glorias  de  Francia!» 

Aquí  termino  la  apreciación  concreta  —  teniendo  presente  á 
nuestro  primer  instituto  —  de  las  ventajas  é  inconvenientes 
que  origina  el   aumento  de  las   huestes  letradas. 

De  intento  no  hemos  querido  clavar  el  bisturí  en  lo  hondo 
para  no  vernos  en  el  caso  de  herir,  con  una  crítica  inhu- 
mana á  fuerza  de  teórica,  á  la  santa  institución  libertadora 
de  los  espíritus  que  prepara  el  poderío  oriental  en  el  foro, 
en  las  ciencias,  en   el  libro  y  en   la  tribuna. 

Por  lo  demás,  lo  repetimos,  extravíos  evidentes  en  el  rum- 
bo seguido  —  que  hoy  apenas  se  dibujan  —  recién  serán  temi- 
bles mañana,  en  un  futuro  lejano.  En  la  actualidad,  hay 
interés  en  aumentar  el  námero  de  personas  ilustradas,  aún 
dentro  de  moldes  imperfectos  y  dentro  de  un  cauce  ya  agrie- 
tado. A  pesar  de  las  deficiencias  enunciadas,  la  educación 
universitaria,  mismo  la  pictórica,  la  exuberante  —  á  la  que 
todavía  no  hemos  llegado-^ será  más  beneficiosa  que  perju- 
dicial, considerada  en  el  conjunto   de  sns  méritos   y  lunares* 


DE8DE    WASHINGTON  21 

Pero,  ¿podría  ella  ser  mejor,  reunir  mayores  elementos 
eficaces?  Afínnamos  que  sí.  Esa  decidida  aseveración  nues- 
tra determina  la  parte  más  interesante  del  trabajo  que  fina- 
liznmos  y  plantea  el  examen  del  asunto  en  su  verdadero 
terreno.  Auscultado  el  paciente  y  seQalada  la  enfermedad,  que- 
daría trunca  la  obra  del  médico  si  se  reservara  prescribir 
tratamiento  para  intentar  la  victoria  sobre  el  mal.  Exhibido 
lo  que  es  regular,  pongamos  de  relieve  lo  que  sería  mejor 
abriendo,  al  efecto,  un  capítulo  definitivo,  dictado  por  nues- 
tra sinceridad  y  ungido  por  el  más  intenso  amor  á  la  patria- 

III 

El  gran  viejo  Domingo  Faustino  Sarmiento,  que  aun  muerto 
proyecta  su  genio,  gigantesco  como  sombra  de  monta&a,  sobre 
la  inmensidad,  decía,  apreciando  la  índole  de  los  nativost 
que  €  nosotros  somos  demasiados  caballeros  ])ara  ejercer  una 
])rofesión  útil;  en  cambio,  agregaba,  al  anglo  sajón  se  le  vé 
siempre  con  la   azada   en   la  mano». 

Esta  observación,  que  tiene  filo  de  espada  como  los  párra- 
fos rudos  del  Facinidúj  suda  todo  el  amargor  de  las  verda- 
des desfavorables. 

Niidie  discute  ya  que  el  rasgo  saliente  de  la  idiosincracia 
local  no  resulta   ventajoso. 

Estos  países  hablan  mucho,  conciben  demasiado,  sueñan  de 
noche  y  también  de  día,  bajo  la  influencia  pf»rníciosísima  de 
singulares  opios,  y  marchan  á  menudo  á  ciegas  en  la  prose- 
cución de  sus  destinos,  ora  iluminando  su  senda  con  clari- 
dades solares,  ora  sumergiéndose  en  profundas  tinieblas.  El 
nervio   es  su  motor. 

Las  naciones  del  Norte,  reunidas  en  consejo  de  familia, 
orgullosas  de  su  férrea  estirpe,  crecen  sólidas,  avanzan  con 
lentitud  —  que  es  fuerza  reflexiva  -laboran  é  invaden  en  silen- 
cio encadenando  antes  la  victoria  á  su  carro  de  combate.  En 
el  másenlo  está  su  palanca. 

El  distinto  régimen  seguido  en  la  educación,  fijando  dos 
distintos  puntos  de  partida  á  líneas  divergentes,  decreta  dos 
distintos  criterios  y   resultados. 


22  LÜI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

Sin  entrar  á  hacer  un  estudio  comparativo,  que  nos  lle- 
varía muy  lejos,  daremos  por  sentada  una  conclusión  que  ya 
posee  perfil  y  vigor  de  teorema  en  el  mundo  pensante:  la 
superioridad  pníctica  de  la  enseñanza  sajona  sobre  la  latina. 

Pero  en  el  afán  de  condenar  ésto  no  toquemos  el  extremo 
contrario  exagerando  el  elogio  de  lo  otro. 

Perfecto  ó  no  el  sistema  anglo-sajón,  probablemente,  con 
seguridad,  no  rendiría  aquí,  trans[>Iantando  íntegro,  los  pas- 
mosos coeficientes  recojidos  en  otras  tierras,  en  otros  climas 
y  en  el   seno  de  otras  razas. 

El  problema  educacional,  como  todas  las  cuestiones  com- 
plejas, no  puede  resolverse  de  plano  en  tal  ó  cual  sentido, 
bajo  metro  inexorable,  como  si  se  tratara  de  medir  pies  de 
verso.  La  Economía  Política  nos  manifiesta  que  el  proteccio- 
nismo y  el  libro  .cambio  suben  6  bajan  en  su  temperatura 
doctrinaría  cuando  se  les  acerca  á  la  realidad,  pues  los 
organismos  sociales  hacen  depender  de  su  estado  íntimo  el 
mayor  ó  menor  auge  de  una  tesis  sobre  otra. 

Tjo  mismo  ocurre  en  materia  de  enseñanza.  La  educación 
sufre  ciertas  y  determinada'^  modificaciones,  ya  sea  debido  á 
ca.usas  de  origen,  ya  sea  por  la  edad,  por  la  índole  especial 
del  medio,  por  su  aspecto,  ya  sea  por  circunstancias  perso- 
nalísimas  de  actualidad  obligada.  Como  los  cuerpos  químicos, 
los  pueblos  tienen  su  reactivo  y  precisamente,  en  encontrarlo 
ajustado  lí  cada  caso,   eetriba  el   talento  de  los  reformadores. 

¿Qué  pide,  pues,  la  educación  superior  en  la  Reptíblica  para 
ser  ariete  de  porvenir? 

Primero  conviene  analizar  brevemente  las  condiciones  pro- 
pias del  medio:  conocer  la  tela  para  el^^girle  luego  marco 
digno. 

Bajo  múltiples  conceptos  es  típica  la  situación  de  nuestro 
país  en  el   concierto   sud-amerícano. 

El  contorno  geognífico  de  la  tierra  que  sirve  de  pedestal 
é  la  gloria  inextinguible  de  Artigas  habla  al  espirita  previsor 
de  futuros  éxitos  marítimos,  porque  nuestra  prosperidad  ma- 
yor la  encontraremos  mañana  en  el  agua,  hendiendo  la  in- 
mensa faja  líquida  que  invita  al  intercambio  con  lejanas 
sociedades;   porque    la    naturaleza,   con   su    lógica  de   hierrOi 


DESDE     WASHINGTON  23 

nos  dice  que  alguna  vez  dejanfn  de  estar  desiertos  nuestros 
lindos  puertos  oceánicos  y  litorales;  por  la  misma  razón  sal- 
vadora que  ha  hecho  de  Chile  una  nación  marinera,  que 
inmortalizó  en  los  mares  el  nombre  británico,  y  que  lleva  al 
gobierno  argentino  á  invertir  sumas  fabulosas  en  iniciativas 
navales. 

Etnológicamente  constituimos  un  ganglio  original  que  solo 
se  imita  á  si*  mismo.  El  legendario  espíritu  charrúa  flota 
sobre  los  campos  uruguayos  y  la  sangre  derramada  en  luchas 
fraticidas  y  en  aventuras  exteriores,  que  solo  nos  dieron 
honor,  atestigua  si  los  descendientes  del  cacique  Zapicán  y 
de   Abayubá  son  ó  nó  de  estirpe  guerrera  y  pujante. 

El  tipo  nativo,  que  se  está  fundiendo  como  se  funde  el 
bronce,  amalgamando  diversas  energías,  poseerá,  una  voz  con- 
cluido, el  valor  artístico  de  las  campanas,  tanto  más  sonoras 
cuanto  mayor  es  la  complegidad  calculada  de  sus  compo- 
nentes metálicos. 

Bajo  la  faz  internacional,  la  historia,  que  es  de  ayer,  nos 
cuenta  que  una  vez  los  Orientales  llevaron  sus  fronteras 
hasta  el  Ibicuí;  que  al  padre  de  la  patria,  otra  vez,  Cor* 
doba  le  regaló  una  espada  de  honor  como  c  Protector  de 
los  Pueblos  libres»;  que  Martín  García  señala  un  gran  des- 
pojo, despojo  que  no  prescribe  ante  el  derecho,  de  la  misma 
manera  que  nunca  so  legitimará  ante  el  criterio  argentino 
el  arrebato  de  las  Malvinas,  siempre  protestado  por  la  can- 
cillería en  Lfóndres;  que  la  doctrina  implantada  para  resol- 
ver el  conflicto  inventado  de  la  navegación  en  el  río  Yagua- 
rón  y  en  la  Laguna  Merim,  acusa  una  monstruosidad  jurí- 
dica sin  antecedente;  que  si  en  1828  desempeñábamos,  como 
gráficamente  lo  establecía  Lord  Ponsomby,  el  papel  de  un 
algodón  entre  dos  cristales  con  respecto  á  la  Argentina  y 
al  Imperio  del  Brasil,  con  posterid^id  hemos  sido  aplastados 
por  esos  gigantes  y,  al  presente,  olios  nos  escoltan  en  nues- 
tro progreso  y  agitaciones  internas  con  demasiada  galantería. 

Por  el  lado  económico,  esa  misma  contrucción  del  puerto 
de  Montevideo,  que  responderá  mu^  pronto  á  las  exigencias 
de  an  porfiado  clamor  nacional,  demuestra  cuanto  es  el  apre* 
mió  de  las  fuerzas  productoras  y   el  alcance  de  las  'solucio- 


24  I.UIS  ALJ9ERTO  DE  HERBCRA 

ncB   monumentales  á   que   hay  que   llegar   para  gervirlas  con 
resultado. 

Políticamente  la  herencia^  no  tan  oscura  como  suele  supo- 
nerse^ de  los  pleitos  de  familia,  con  su  coitejo  de  ódios^  de 
irregularidades,  de  errores  y  de  ambiciones  frenéticas,  que 
posee  á  la  par  la  grandeza  trájica  é  imponente  de  las  con- 
cepciones shakesperianas,  deberá  ser  recibida  por  las  nuevas 
generaciones  bajo  beneficio  de  inventario.  Ellas  desbastarán 
la  superficie  áspera  para  reconstituir  nn  poema — como  el 
lapidario  que  arranca  un  diamante  del  fondo  de  un  tosco 
mineral,  —  un  poema  que  rompe  el  molde  de  lo  vulgar  en 
las  cargas  de  Caseros  y  en  los  empujes  de  la  defensa  de 
Montevideo;  que  flamea  sus  estrufas  sobre  las  ruinas  in- 
mortales de  Paysandú  mártir;  que  fué  escrito  con  el  corazón 
y  con  el  brazo  y  aureolado  por  la  eiiopeya. 

£1    balance,    pues,    de    ese    noble    pasado    afin     está    por 
hacerse. 

Un  país  así  constituido^  pequeño  por  su  extensión  terri- 
torial, grande  por  sus  merecimientos;  an  país  llamado  á  des- 
tinos de  oro,  en  cuyo  seno  se  agita  y  crece  una  raza  de 
aptitudes  sobresalientes;  un  país  lleno  de  vitalidad,  pero 
también  lleno  de  zozobras,  que  siente  á  sus  espaldas  y  á 
su  frente  la  inquietud  de  temibles  vecindades,  ¿debe  ser  edu- 
cado en  el  éxtasis,  al  son  de  himnos  literarios  y  arrobado- 
res, como  la  protagonista  de  UAsommoir,  ó  pide,  por  lo 
contrario,  una  enseñanza  que  asegure  frutos  opulentos  por 
su   carácter   práctico  y   austero? 

Formulada  la  pregunta,  queda  planteada  la  respuesta. 
Pues  la  Universidad,  á  pesar  de  ser  benemérita,  no  llena 
esos  fines  trascendentales.  Más  todavía:  el  aumento  de  los 
graduados  en  profesiones  liberales  en  vez  de  aproximarnos  á 
ese  rumbo  nos  aleja  de  él  con  perjuicio  grave  do  aquellos 
sagrados  intereses  exhibidos. 

Tocamos,  pues,  los  últimos  eslabones  de  nuestra  tesis. 
£1  país  necesita  afirmar  el  sentimiento  de  su  fuerza  social. 
Nuestro  porvenir  exije  el  culto  más  intenso  y  más  verdadero* 
del  amor  á  la  patria;  y  ésto  se    conseguirá,   paulatinamente^ 


DESDE     WASHINGTON  25 

aliando  en    ese  propósito  final    dietintos  y  valiosos  factores 
que  apuntaremos. 

Fortificar  el  espíritu  oriental  será  uno  de  ellos.  Estudian- 
do la  personalidad  de  Bismarck^  que  talló  la  grandeza  de 
Alemania,  dice  Charles  Benoist,  que  aquel  eminente  hombre 
de  Estado  fué  durante  toda  su  vida  y  murió  repitiéndolo: 
c  prusiano  de  la  cabeza  á  los  pies  y  hasta  la  médula  de  los 
huesos,  siendo  esa  su  divisa  en  la  extraordinaria  batalla  sos- 
tenida para  crear  el   esplendor  germánico.» 

La  civilización  ¡qué  decimos!,  nuestros  intereses  máp  vita- 
les reclaman  que  cuanto  antes  nos  pongamos  de  acuerdo, 
sellando  con  el  honor  de  la  apoteosis  el  abrazo  en  la  poste- 
ridad de  los  padres  de  la  patria,  de  los  que,  blancos  ó  colo- 
rados, pusieron  los  cimientos  de  nuestras  instituciones  libres 
y  de   nuestro  renombre. 

Rivera  y  Oribe,  campeones  á  cada  instante  de  la  santa 
cansa  de  la  Bc.páblica,  deben  dormir  su  último  sueño  juntos 
en  la  gloria  y  en  la  consideración  de  sus  conciudadanos,  al 
lado  de  Artigas  y  de  Lavalloja.  Para  ello  es  necesario  apla- 
car los  impulsos  de  la  pasión,  extinguir  insanias  y  acor- 
tar distancias,  creadas  solo  por  convencionalismos  llenos  de 
veneno. 

Los  hijos  dignos  ¿toleran,  acaso,  la  crítica,  aún  la  justi- 
ficada, de  sus  padres  culpables?  Pues  nosotros,  que  nacimos 
á  la  vida  libre  al  calor  de  las  hazañas  del  Sarandí  y  del 
Bincón,  debemos  atenuar  todas  las  faltas,  los  más  graves 
errores,  ante  esas  memorias  inmaculadas,  como  mueren  las 
recriminaciones  y  todos  los  odios  ante  el  símbolo  reconci- 
liador de  la  cruz. 

Nuestra  cultura,  ¡que  decimos I^  nuestros  intereses  más  vi- 
tales, exijen  que  al  reinado  de  las  más  furibundas  mistifica- 
ciones históricas,  suceda  el  imperio  purificador  de  la  junticia 
postuma.  Las  figuras  superiores  de  Bernardo  Berro  y  de  Joa- 
quín Suárez  no  pueden  continuar  perteneciendo  á  los  partidos, 
siendo  enaltecidas  ó  denigradas  á  voluntad  iracunda. 

Ese  acuerdo  impuesto  á  la  sanción  retrospectiva  provo* 
cara  nna  inmensa  sensación  de  alivio  y  de  orgullo  en  el 
conttóo  de  \m,  patria. 


26  LUrS.  ALBERTO.  DE  HERRERA 

Unificadas  las  conciencias  en  un  mismo  propósito  de  home- 
naje^ deponiendo  todos  sus  oraciones  cívicas  ante  un  mismo 
altar,  se  consolidará  la  energía  de  la  acción  nacional  á  la 
sombra  auspiciosa  de  la  concordia. 

A  la  par  de  esa  consagración  moral  debo  surgir  la  consa- 
gración artística.  Nuestras  plazas  están  desiertas  de  monu- 
mentos y  de  estatuas,  cuando  en  las  páginas  de  la  historia 
surjen  luminosas  las  figuras  de  Orientales  ilustres,  porque 
todavía  no  hemos  aprendido  á  olvidar  faltas  y  á  discernir 
premio  impersonal  á  las  vii-tudesl 

¿Cómo  se  ejemplarizará,  entonces,  á  las  generaciones  que 
vienen,  agobiadas   por  dudas  blasfemas? 

En  las  escuelas  la  enseñanza  del  santo  amor  á  la  tierra 
donde  nacimos  —  pero  por  encima  de  los  miserables  cintillos 
— fundará  prodigiosos  resultados.  En  su  encantadora  plasti- 
cidad espiritual  los  niños  son  flores  y  sin  flores  no  habrá 
mañana  fruto.  Imprímase,  sin  fatiga,  la  pasión  por  nuestros 
héroes,  por  nuestras  tradiciones,  por  nuestras  glorias,  en  el 
alma  diáfana  de  los  inocentes,  de  los  ciudadanos  en  prepa- 
ración. 

Que  el  pagOy  con  su  fisonomía  singular,  que  el  rancho  de 
totoras,  que  el  gaucho  andariego,  valiente  y  pundonoroso,  que 
nuestro  cielo,  profundamente  azul  como  el  destino  que  la  Pro- 
videncia nos  reserva,  que  las  selvas  orientales,  que  los  ríos, 
que  las  riqueza^  que  los  prestigios  del  país  querido,  surjan 
vividos  ante  la  mirada  de  los  niños  y  envueltos  en  cendales 
de  santa  idolatría. 

Bulla  en  el  corazón  de  la  infancia  el  convencimiento  de 
que  nosotros,  diminutos  en  t^unaño,  somos  grandes,  somos 
titánicos,  somos  invenciblej>,  somos  los  primeros  en  el  brío 
de  nuestros  méritos.  Recordemos  aquella  frase  elocuente:  «si 
no  fuera  inglés  quisiera  ser  inglés.» 

Queramos,  pues,  mucho,  sin  tasa,  al  terruño  que  el  afecto 
i  las  madres  jamás  puede  pecar  por  exceso.  Ese  sentimien- 
to viril  que  estimulamos,  ¿acaso  no  prepara  la  ascensión 
firme  é  imperecedera  del  pabellón  de  la  Estrella  Solitaria? 
Y  su  debilitación,  ¿acaso  no  descubre  el  secreto  de  las  deca- 
dencias  internacionales  del  Perú  y  Bolivia? 


DRSDB    WASHINGTON  27 

Ese  calor  de  bendición  se  enciende  laborando  en  las  esfe- 
ras más  apartadas.  Han  aumentado  su  intensidad  Zorrilla  de 
San  Martín,  vaciando  en  La  Leyenda  Pab^ia  el  himno  épico 
de  un  pueblo  que  tiene  «frente  de  reyes»;  Blanes,  reme- 
morando en  tela  genial  la  cruzada  deslumbradora  de  los 
Treinta  y  Tres;  Eduardo  Acevedo  Díaz,  arrancando  al  olvido, 
en  páginas  primorosas,  los  ecos  de  tradicioues  guerreras  que 
son  exclusivamente  nuestras;  Carlos  María  Ramírez,  fulmi- 
nando con  su  talento  de  atleta  á  nuestros  enemigos  del  pa- 
triciado  porteño;  Bauza,  probando  en  su  inagiatral  Historia 
de  h  Dominaeión  Española  que  Montevideo  quiso  antes  que 
Buenos  Aires  la  liberación  de  la  metrópoli  é  intentada  supo 
mejor  que  la  aristocrática  rival  interpretar  la  aspiración  de 
las  multitudes   enardecidas. 

Finalmente,  concurren  á  ese  mismo  fin,  estos  Juegos  Flo- 
rales, resueltos  para  exaltar  ima  efeméríde  de  hierro,  que 
llaman  á  brillante  torneo  á  la  inteligencia  oriental  para  que 
ella  honre  asuntos  y   epopeyas   orienUles. 

Es  indudable  que  nuestro  régimen  actual  de  enseñanza 
universitaria  no  responde  á  tendencia  tan  importante.  Sucede 
en  las  aulas  que  se  investigan  á  fondo  las  ciencias  do  gene- 
ralización en  perjuicio  de  elevados  intereses  locales.  Las 
casas  nuestras  no  encuentran  hospitalidad  holgada  en  los 
programas   vigentes. 

El  emperador  Guillermo  11,  y  persisto  en  elegir  fuente 
semejante  do  opiniones  por  cuanto  Alemania  es  en  la  mate- 
ria discutida  la  maestra  del  mundo  civilizado,  acaba  de 
exponer  en  un  discurso  de  notoria  trascendencia:  «Que  él 
desearía  ver  al  elemento  nacional  más  desarrollado  en  lo 
que  se  refiero  á  la  historia,  á  la  geografía  y  á  la  mitología 
de  su  país.  Comencemos,  dice,  desde  el  principio  entre  nos- 
otros  por  conocer  nuestra  casa». 

Así  habla  el  gobernante  de  una  nacionalidad  que  triunfó 
en  1870  con  el  maestro  de  escuela.  Así  habla,  todavía  pide 
más  acento  germánico,  el  señor  real  de  una  tierra  que,  gra- 
cias á  su  prodigioso  poder  de  absorción,  ha  vencido  los 
cariñoe  franceses    en   Alsacia  y  en  Liorena  y   cuya  ya  adcjui- 


28  LUIS  ALBERTO  D£  HERRERA 

rida  grandeza  lleva  el  sello  profundamente  nativo  de  la  polí- 
tica bismarckiana ! 

¿Qné    diremos    á   ésto^    nosotros^    que    todavía    no    hemos 
entrado   en    la   hermosa  senda? 

Ni  en  agronomía,  ni  en  ganadería,  ni  en  comercio,  pode- 
mos contar  con   un    sólo  instituto  de   educación. 

La  Universidad  nuestra  presenta  otro  inconveniente:  ella 
no  forma  el  carácter   en  sus   discípulos. 

Falta  á  sus  claustros  el  calor  que  distingue  á  las  asocia- 
ciones colectivas  de  fuerte  empuje.  La  Filosofía  que  allí  se 
enseña  no  se  aproxima  en  sus  soluciones  á  las  grandes  tor- 
mentas morales  que  torturan  al  individuo  y  que  tanto  inte- 
resa saber  vencer.  Ni  la  Química,  ni  las  Matemáticas,  ni  la 
Historia  del  país,  bocetada  con  miedo,  como  si  se  tratara 
de  acontecimientos  vergonzante?,  ni  la  atrayentc  Física,  ni 
el  Latín,  recetado,  para  peor,  en  cucharaditas,  ni  el  estudio 
nebuloso  y  aburrido  do  la  Gramática,  ninguna  de  esas  inves- 
tigaciones de  alto  vuelo  presta  á  la  estatua,  perfectamente 
modelada,  lo  principal:  el  alma  que  le  falta  para  poseer 
animación,  vida,  fuerza. 

Categóricamente  afirma  Fouilléc:  «que  el  hombre  no  está 
hecho  de  antemano,  pero  que  sí  se  hace.» 

Nuestra  Universidad,  por  causas  que  tal  vez  escapan  á  la 
penetración,  no  llena  esa  tarea  constructora  que  está  obligada 
á  cumplir,  como  que  ella  es  el  noble  taller  que  monopoliza 
todas  las  simpatías  y  todas  las  recias  esperanzas  de  la  na- 
ción. 

Pero  puede  que  alguna  crítica  justificada  se  esboce  apun- 
tando, como  un  error  grave,  el  colorido  monumental  que  se 
ha  dado  á  nuestra  ensefianza  superior.  Despué»  de  sois  afios 
de  duro  bachillerato  y  de  otros  seis  de  Facultad,  la  cabeza 
lacerada  de  los  veteranos  que  han  obtenido  premio  de  cons- 
tancia, debe  presentar,  por  dentro,  con  su  pictórico  apeñns- 
eamiento  de  ideas  mal  digeridas  y  de  variadísima  extracción, 
el    aspecto  ingrato  de  una  biblioteca  revolucionada. 

Una  educacióu  tan  atosigante,  tan  abrumadora,  no  armoni* 
za  con  el  espititu  liberal  del  siglo  y  resucita  la  memoria  de 
la  anticuada  sabiduría  moBfíI. 


DESDE     WASHINGTON  29 

¿A  qué  ese  soberbio  empefio  en  pasar  por  la  mente  del 
estudiante,  al  galope,  como  visión  de  cinematógrafo^  todas 
las  cienoMS  exactas  y  todas  las  ciencias  naturales,  elijiendo 
para  el  efecto  á  los  autores  mas  especialistas  y  de  exposición 
más  dilatada,  cuando  esos  conocimientos  adquiridos  de  prisa 
se  irán  pronto  y  para  siempre,  como  se  desvanecen  los  per- 
fumes mal   aprisionados? 

Hemos  ojeado  libros,  modelos  de  la  enseñanza  facultativa 
en  los  Estados  Unidos  de  América  y  todo  lo  que  se  diga 
sobre  su  poca  extensión  y  sencillez  será  cierto. 

Y  cuando  una  sociedad  como  la  citada  extremece  con  sus 
admirables  progresos  al  mundo  entero,  ante  un  ejemplo  tan 
virilmente  encarnado,  es  un  asunto  necio  pasarse  el  tiempo  en 
debates  de  estéril  teoricismo. 

£1  estudio  detenido  de  la  Constitución  Oriental  no  se  prac* 
tica  en  la  Facultad  de  Derecho;  los  futuros  estadistas,  diplo- 
máticos y  políticos  saleu  de  ella  sin  conocer  la  fé  de  bau- 
tismo de  la  patria,  que  debieran  dominar  al  dedillo.  ¿Por- 
qué no  se  habilita  un  curso  exclusivo  de  ésta  asignatura?  La 
Historia  Uruguaya,  que  es  catecismo  de  nuestras  glorias  y 
martirios,  ¿porqué  no  se  enseña  con  atenta  calma,  arrancando 
preciosas  enseñanzas  de  sus  páginas  viriles?  Será  muy  loa- 
ble el  conocimiento  por  lista,  como  los  platos  en  los  hoteles, 
de  los  Faraones,  pero,  ¿no  nos  interesa  más  la  amistad  en 
el  recuerdo  de  nuestros  grandes  hombres?  El  estudio  de  la 
Moral  Cívica,  que  ayuda  á  formar  ciudadanos  altivos  y  cons- 
cientes, está  desterrado  de  las  aulas.  Tal  vez  se  le  conside- 
rará inútil.  En  vez  de  nutrir  á  las  huestes  juveniles  con  pa- 
siones impersonales,  en  vez  de  inscribir  en  su  conciencia  el 
culto  verdadero  y  tranquilo  de  la  patria  y  de  convencerlas 
de  la  obligación  permanente  en  qué  están  do  servirla  con  fi- 
delidad y  con  pureza  de  enamorados,  se  fomenta  en  ellas  el 
gusto  por  las  rebeliones  y  el  afiíu  tartarinesco  de  la  exhibi- 
ción y  de  la  irrespetuosidad  más  grosera  por  las  agenas 
creencias. 

Pues  la  armonía  de  todas  esas '  nociones  revistadas,  que 
tienden  á  acentuar  el   sentimiento   nacional  y   cívico,  concu- 


30  LUIS  ALBERTO  D£  HERRERA 

rriría   eficazmente    i  labrar    sobre    acero    el    carácter  de  los 
ciudadanos  del   porvenir. 

Y  no  se  desprecien  estas  indicaciones  á  pretexto  de  que 
son  detalles.  No  es  necesario  empaparse  en  las  obras  de 
Smiles  para  saber  que  los  detalles  prestan  contextura  orgá- 
nica  á  los  caracteres. 

Las  más  caudalosas  corrientes  de  agua  tienen  ascendencia 
legítima  en  humildes  y   perdidos  manantiales. 

A  nuestra  Universidad  también  le  falta  algo  de  hogar.  Ello 
proviene,  muy  probablemente,  de  la  organización  libre  de  los 
estudios,  aún  durante  el  bachillerato,  que  quita  motivo  para 
que  se  funde  el  vínculo  de  una  tranca  y  sólida  comunidad 
entre  los  aspirantes.  Ligados  ellos  por  momentos  y  durante 
las  horas  de  clase,  que  son  volantes,  nunca  aloaiMHUí  á  sen- 
tirse identificados. 

Los  ejercicios  atléticos  mucho  harían  en  ese  sentido.  La 
salud,  la  buena  complexión  muscular,  afirma  el  estado  moral 
de  los  individuos  y  vigoriza  todas  las  facultades  nobles  del 
hombre. 

No  se  haría  obra  de  novedad  implantando  en  nuestros  claus* 
tros  el  culto  por  los  juegos  físicos;  por  la  pelota,  por  el 
foot  ball,  por  las  carreras  á  pié,  por  el  gimnasio,  por  las  re- 
gatas, actividades  placenteras  todas  que  desarrollan  soberbia- 
mente la  musculatura  esclareciendo  á  la  vez   las  inteligencias. 

Además,  esas  distracciones  poseen  la  ventaja  de  inclinar 
en  sentido  inocente  y  puro  las  costumbres  de  los  jóvenes, 
apartándolos  de  la  vida  sedentaria  y  viciosa  del  café,  de  la 
mesa  de  juego,  del  bar  y  de  las  jaranas  que  envenenan  y 
que   matan   preciosas   energías. 

Y  la  intimidad,  nacida  en  el  roce  continuado  de  entusias- 
tas emulaciones  atléticas,  depura  el  corazón,  aparta  á  la  ju- 
ventud de  perniciosas  neii^ligencias  y  quita  de  su  camino  la 
tentación  de    los  desahogos   encarnizados. 

Dos  universidades  inglesas  de  alta  fama,  la  de  Oxford  y  la 
de  Cambridge,  se  disputan,  año  tras  año  y  desde  tiempos 
inmemoriales,  el  triunfo  en  regatas  anunciadas  con  larga  anti- 
cipación, regatas  que  tienen  el  mérito  de  atraerse  la  curio- 
sidad de  todo  cl  gmn^  imperio.    £1  gobierno,  para  prestigiar 


DESDE     WASHINGTON  31 

aquí  tan  saludables  tendencias,  debiera  de  instituir  premios 
oficialed  que  se  discernirían  en  determinada  época  de  los 
cursos  y]  después  de  briosa  prueba  al  campeón  estudiantil^ 
al  más  ágil,  al  más  fuerte,  al  más  lucido  de  entre  ellos. 

Ya  el  doctor  Vázquez  Acevedo,  antes  de  concluir  su  fe* 
cundo  rectorado,  algo  hizo  para  fomentar  la  afición  univer- 
sitaria á  los  ejercicios  físicos.  £1  actual  restor,  doctor  Pablo 
De  María,  inaugurando  coa  un  expresivo  y  concienzudo  dis- 
curso el  campo  de  juegos  de  la  sociedad  de  foot  ball  c  Albion  », 
ha  demostrado  que  concede  decidida  importancia  al  arraigo 
de  sanas  preferencias  que  marcaron,  sólo  con  modificaciones 
en  la  forma,  el   zenit  de  la  virilidad  griega. 

Vamos  á  terminar.  El  deslumbrante  prestigio  del  tema  ha 
dado  ocasión  para  que  las  ideas  nobles  se  sucedan  efusivas 
y  cariñosas  en  nuestro  espíritu,  como  las  olas  que  rizan 
suavemente  el  mar  en  los  días  de  calma  para  morir  abrazadas 
en    la  misma    playa  y  entre   las  mismas  blondas   de  espuma. 

En  nuestra  opinión,  lo  repetimos,  la  Universidad  con  su 
conipleja  y  abstracta  organización  actual  no  res|)onde,  en 
concepto  estricto,  á  las  necesidades  sociológicas  de  la  nación, 
que  atraviesa  en  la  actualidad  el  período  más  escabroso  de 
BU  adolescencia  democrática. 

Para  fundar  mejor  este  juicio,  hemos  podido  detenernos 
en  un  exámeu  minucioso  de  los  diferentes  servicios  que  ella 
abarca,  haciendo,  además,  la  crítica  de  los  textos  oficíales  y 
de  los  programas  vigentes.  Pero  consideramos  preferible  des- 
echar esta  investigmeióa  fragmentaria  que,  fuera  de  ser  pesa- 
dísima, nos  hubiera  obligado  á  romper  el  propósito  sintético 
que  ha  presidido  á  la  redacción  de  los  anteriores  párrafos 
y  exijido  siempre  por  ésta  clase  de  manifestaciones  literarias. 
Asi,  pues,  henioa  suprimido  la  apreciación  del  notable  tra- 
bajo del  doctor  Osvaldo  Magnasco,  Ministro  de  Instrucción 
Pública  de  la  República  Argentina,  empeñado  en  la  valiente 
reforma,  que  tendría  afinidades  íntimas  con  el  tema  aquí 
tratado. 

Sus  discursos  parlamentarios,  llenos  de  sabiduría,  nos  hu- 
bieran prestado  material  de  prueba  muy  importante,  pero  no 
necesitamos  ahondar  mayormente  el  examen  paca  afirnuir  que 


32  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

la  enseñanza  universitaria  actaal  aquí  es  defectuosa  y  que 
ella  ofrece,  con  sus  crecientes  cosechas  anuales  de  académi* 
eos,  tantos  inconvenientes  en  un  sentido  como  ventajas  «n 
otro. 

A  quienes  tilden  de  platónicas  mis  observaciones,  contes- 
taré con  Labonlaye:  «que  un  pueblo  no  es  una  caravana  que 
atraviesa  la  arena,  sin  dejar  en  ella  señales  de  sus  pasos;  es 
una  sociedad  que  tiene  un  pasado  y  un  porvenir». 

Nuestro  pasado  fué  una  trajedía;  fué,  como  todos  los  par- 
tos, sublimemente  doloroso.  No  olvidemos  sus  profundas  en- 
señanzas y  seamos  dignos  de  aprovechar  derechos  y  privi- 
legios santificados  en   un  mar  de  sangre  generosa. 

Nuestro  porvenir  hay  que  hacerlo,  grande  y  redentor,  ilu- 
minado por  las  luces  de  una  felicidad  meridiana.  Paní  ello 
es  indispensable  recordar  siempre  que  si  el  país  necesitó  ayer 
de  guerreros  para  ser  independiente,  él  hoy  pide  ciudadanos 
para  ser  libre. 

No  descansemos,  pues,  un  solo  instante  en  la  genial  tarea 
de  formar  hombres  capaces  de  sentir  intentísimas  las  vibra- 
ciones del  patriotismo,  de  realizar  el  culto  de  nuestras  ins- 
tituciones y  de  concurrir  al  engrandecimiento  de  nuestra 
tierra,  que  vendrá. 

¿Acaso  no  se  vén  en  los  puertos  á  vapores  diminutos  re- 
molcando victoriosos,  aún  contra  su  voluntad,  á  enormes  y 
pesados  barcos? 

¿Acaso  los  boersy  defensores  hasta  la  muerte  de  su  país, 
como  el  león  de  su  guarida,  no  nos  ofrecen  un  ejemplo  pal- 
pitante del  poder  colosal  de  los  chicos  frente  á  los  grandes, 
cuando  éstos  pretenden  hacer  á  aquellos  víctimas  de  su  des- 
varío? 

En  lontananza  vislumbro  días  gloriosos  para  la  República 
de  Artigas.  Hagamos  carne  con  nuestra  conducta  severa,  el 
anhelo  unánime  de  triunfo  que  murmura  pertinaz  en  el  pen- 
samiento de  las  nuevas  generaciones  y  sea  la  Universidad  de 
Montevideo  la  obrera  más  avanzada  en  esa  magnífica  jor- 
nada, brindando  á  sus  discípulos  el  tónico  de  una  educación 
fuerte  y  viril. 

Y  el  día  en  que  surja  el  fruto  sazonado   de  estos  esfuer- 


DESDE    WASHINGTON  33 

Z08  concomitantes;  cuando  el  sol  del  derecho  viva  eterna- 
mente clavado  en  la  cumbre  de  nuestros  cerros;  cuando  las 
mismas  brisas  de  gratitud  acaricien  la  memoria  de  nuestros 
proceres;  cuando  los  trigales  cubran^  por  leguas  y  leguas^  la 
extensión  de  nuestro  bellísimo  territorio;  cuando  ante  el  altar 
de  la  patria  huyan  avergonzadas  las  pequeñas  pasiones  de 
pequeños  bandos^  y  en  los  campos  las  aves  gorjeen  uu  mis- 
mo himno  de  alegría,  y  en  las  ciudades  los  talentos  sueñen 
con  el  ideal  de  irradiar  nuestro  poderío  concentrado,  y  en 
las  fronteras  levanten  marcos  divisorios,  más  sólidos  que  los 
de  piedra,  las  energías  acordonadas  de  los  paisanos  orientales, 
entonces  podremos  decir  que  el  futuro  nos  pertenece,  como 
pertenece  el  laurel  á  los  inmortales! 


T^oniewiii^o^  Vfayo  24  ele  /SO/. 


8 


I 


1a  despedida  —  Los  viajeros  egoístas  y  los  altruistas  —  Las  fatigas 
de  la  marcha  —  Mareos  en  traje  de  etiqueta  —  Las  dobleces 
del  Océano  —  Rio  de  Janeiro  —  8u  paisaje  —  Sus  condiciones  sani^ 
tarias  —  En  las  Islas  Barbados  —  Fecundidad  y  miseria  —  La  tie- 
rra descubierta  por  Oolón  —  tiew  York  —  En  pleno  caos  —  La 
llegada  á  Washington. 


Al  salir  de  Montevideo   contraje  el   compromiso   de   escri- 
bir algunas  correspondencias   para  la  prensa,  desde  mi  lejano 
destino,  y  ésta  es  la  hora  en  que  borroneo  mi  primera  cari-^ 
lia  empezando   así    la    amortización   de  aquel  deber  amable- 
mente imperioso. 

Confieso  que  mi  larga  desidia  se  bate  en  retirada  en  esta 
ocasión  de  labor,  corrida  por  circunstancias  excepcionales. 
¿Cómo  ser  olvidadizo  de  la  palabra  empeñada  cuando  cum- 
pliendo se  halaga  también  un  sentimiento  personal  que  podría 
titularse  egoista,  si  egoietas  pueden  ser  las  ideas  buenas? 
En  efecto,  escribiendo  para  los  diarios  se  escribe  también 
para  los  amigos,  para  los  nuestros,  para  los  de  casa,  en  un 
país  en  donde  afortunadamente  ya  son  muy  pocos  los  que 
no  gastan  el  pan  eucarístico  de  la  lectura  periódica.  ¡Y  cuán- 
ta necesidad  hay  de  cambiar  impresiones,  de  hablar,  de  decir 
algOy  cuando  los  días  de  la  ausencia  empiezan  á  formar  un 
collar! 

Bien  sé  que  á  todos  no  nos  sucede  lo  mismo.  Algunos 
viajeros  salen  de  la  patria  bufando  y  echando  babas,  como 
esos  toros  bravios  que  en  las  yerras  rompen  la  resistencia 
débil  de  la  puerta  del  corral  y  disparan  campo  afuera  cual  si 
los    ahogara   su   encierro.     Sueñan  tanto   con    interponer   dis- 


96  LUIS  ALBBRTO  DB  HEEBERA 

tancia,  mares  y  tierras,  entre  ellos  y  el  viejo  nido,  que  cual, 
quiera  los  creería  capaces  de  sacudir  sus  zapato?  al  dar  un 
último  paso  sobre  la  orilla  para  no  llevar  consigo  ni  rastro 
de  polvo  de.  la  aldea  en  que  nacieron.  Y  sin  embargo^ 
apesar  de  todo,  ellos  también  vuelven.  Buscan  en  el  exte- 
rior holguras  y  novedades  que  compran  á  peso  de  oro;  reco- 
rren anhelosos  reinos  y  ciudades;  agotan  en  excursiones  com- 
plicadas y  en  jornadas  de  observación  fulminante,  su  plétora 
de  agilidad,  por  lo  común  más  física  que  intelectual,  y  cuando 
el  último  cartucho  de  vanidad  lo  han  disparado  entra  el  hastío 
y  sienten  ese  obligado  cansancio  que  sucede  á  las  impresiones 
atropelladas.  Entonces  resurge  vivida,  exagerada,  la  memo- 
ría  de  la  patria,  pero  no  envuelta  en  tules  de  pasión  ge- 
nerosa, como  la  evocan  los  corazones  altruistas,  sino  apa- 
reciendo á  la  distancia,  tras  las  brumas  del  océano,  con  el 
carácter  ])rosáico  y  mezquino  de  una  buena  posada.  Vueltos 
al  terruño,  ellos,  en  vez  de  abrir  su  espíritu,  que  •  muchas 
grandes  y  educadoras  lecciones  lia  debido  atesorar^  á  la  inte- 
rrogación fecunda;  en  vez  de  hilvanar  el  comentario  sazo- 
nado para  convencer  de  que  algo  han  aprendido;  en  vez 
de  aplicar  á  alguna  industria  ó  comercio  nuestros  nuevos 
métodos  de  trabajo  adquiridos  en  el  extranjero,  en  donde 
tan  poco  cuesta  recogerlos,  se  enferman  de  mutismo  crónico 
Y  hacen  de  su  silencio  Bastilla  de  desdenes.  Sólo  hablan 
para  decir  mal  de  su  país,  de  sus  instituciones,  de  sus 
hombres,  de  sus  costumbres,  de  su  porvenir  y  do  su  pasado. 
¡Cuánto  mejor  harían  esos  eternos  calumniadores  en  emi- 
grar para  siempre  llevando  su  pesado  ó  liviano  equipaje  de 
esterilidad  y  de  zoncera! 

Pero  existe  otra  clase  numerosa  de  viajeros.  A  ella  perte- 
necen los  que,  sin  conocer  otros  horizontes,  se  embarcan 
contristados  sin  que  alcance  á  disipar  nostalgias  la  con- 
vicción positiva  de  que  á  centenares  de  leguas  brilla  la  sabi- 
duría y  tiene  fundadas  el  mundo  sus  mejores  escuelas.  Talvez 
en  cierto  sentido,  recién  despiertan  ellos  cuando  salen  de 
cabos  y,  sin  embargo,  duele  despertar.  Instruirse,  adquirir 
nuevos  capitales,  ganar  experiencia  y  reflexión,  es  una  seduc- 
tora   perspectiva,    pero   no    hay    duda   que   esa    aurora  vése 


DE80E    WASHISOTON 


87 


€mpañada  por  una  tristeza  tranquila  cuando  á  popa  quedan 
los  únicos  y  verdaderos  afectos  de  la  vida,  atados  al  que 
86  va  por   el   lazo  levo,  casi  iriSnico,  de   una  estela. 

Esos  ausentes  no  reniegan  jamás  de  su  bandera  y  sus 
preferencias  nativas  ganan,  si  es  posible,  en  intensidad  y  en 
nitidez  cuanta  mayor  es  la  distancia  que  los  aparta  del  ho- 
gar, como  si  el  espacio  de  cielo  que  los  separa  del  país 
fuera  un  espejo  colosal  que  proyectara  sobre  la  cubierta  del 
vapor  imágenes  gigantescas  de  cosas  muy  queridas.  Es  que 
no  hay  en  el  Universo  montafia  más  alta  que  la  patria  y 
á   las  montañas   se  las  admira   mejor    desde  lej<)s. 

El  sello  de  esa  misteriosa  atracción  se  imprime  en  las 
nuovas  impresiones  que  se  recogen.  A  toda  noticia  do  ajenos 
perfeccionamientos  sociales,  á  toda  comprobación  de  maravillo- 
sos adelantos  en  dominios  extraños,  sucede  este  rápido  y  obli- 
gado comentario  en  el  fuero  interno:  —  «¡Qué  beneficiosa  sería 
esta  etiseñanza  allá  entre  nosotros;  cuánto  resultara  de  divulgar. 
]>or  heraldos  de  significación  científica,  estas  innovaciones!» 
De  manera,  píies,  que  el  pensamiento  tiene  entonces  el  don 
de  la  ubicuidad:  está  cerca  y  está  lejos  á  la  vez.  Y  movido 
el  observador  por  el  afán  noble  de  cultivar  su  entendimiento 
en  forma  útil,  vé,  oye,  mira  y  expone  estimulado  por  una 
inagotable  curiosidad.  El  espíritu  adquiere  energías  sensitivas 
de  placa  fotográfica,  y  siempre,  como  corolario  de  todas  las 
jomadas  indagadoras,  se  piensa  con  cariño,  con  sed  y  con 
hambre  de  servirlo,  en  el  país  civilizado  y  glorioso  en  que 
se  naciera. 

Yo  me  incluyo  decididamente  en  el  número  de  esos  cami- 
nantes y  por  eso  digo  que  me  es  agradable  conversar  con 
nstedes  desde  aquí.  Y  así  lo  hai'é,  en  una  forma  espontánea 
y  sencilla,  dejando  á  otros  más  fuertes  el  patrimonio  de  la» 
observaciones  profundas.  Descuella  entre  éstos  el  señor  mi- 
tiiatro  plenipotenciario  de  la  República  Argentina  en  los  Esta- 
dos Unidos,  doctor  Martín  García  Mérou,  quien  ilustra  á 
menudo  las  primeras  columnas  de  La  Nación  bonaerense  con 
8116  brillantes  escritos.  Personalidad  concluida  y  hombre  de 
estado  de  probada  experiencia,  bien   puede  el  distinguido  di- 


38  LUI8  ALBERTO  I)V -HERRERA 

plomátíco  hacer  cátedra  por  el  hecho  de  abrir  al  público  bu 
cartera  de  apuntes. 


Narrar  impresiones  es  tarea  más  escabrosa  de  lo  que  pa- 
rece^ pues  nada  presenta  tantas  dificultades  como  el  dibujo 
ensayado  del  natural.  Una  sombra  fugitiva,  el  relieve  de  una 
arii^ta,  bastan  á  veces  para  dar  realidad  al  cuadro.  ¡Y  en 
estas  sociedades  extraordinarias  hay  tantos  y  tan  complejos 
golpes  de  luz!  Por  eso,  invadido  de  un  sincero  y  justo  temor, 
me  liiuitaré  á  presentar  escenas  y  á  describir  sucesos  sin  engol- 
farme en  comentarios,  absurdos  cuando  parten  de  huéspedes 
de  una  quincena.  A  propósito,  sí  este  respecto  recuerdo  el 
caso  de  cierto  periodista  europeo  que  visitó  años  atrás  la 
América  latina.  Después  de  detenerle  días  en  las  grandes 
ciudades  del  continente,  se  permitió  emitir  juicios  sobre  las 
condiciones  y  csfado  característico  de  cada  pueblo.  Claro  está 
que  siguiendo  este  camino  pronto  encontró  su  imaginación 
alevosos  despeñaderos.  En  un  ;zás  tras!  el  fantástico  foras- 
tero abordaba  y  resolvía  las  más  arduas  cuestiones  locales. 
Para  revista  á  vuelo  de  pájaro  bastantes  tenemos  con  las  tea- 
trales que  son   bien  mala8,  por  cierto. 

De  Montevideo  á  Isew  York,  viaje  directo,  se  invierten 
veinte  y  tres  días,  algunos  menos  que  siguiendo  el  derrotero 
de  Europa.  Pero  sea  ó  no  el  tiempo  oro,  yo,  que  he  gus- 
tado las  delicias  del  primer  rumbo,  preferiré,  en  adelante, 
dar  la  vuelta  por  las  Islas  Británicas.  En  la  presente  oca- 
sión la  línea  curva  vale  mds  que  la  recta.  Cuando  se  esta- 
blezca la  proyectada  línea  de  grandes  vapores  entre  Norte 
América  y  el  Kío  de  la  Plata,  entonces  será  aceptable  la 
ruta  que  yo  elegí  ganando  en  rapidez  lo  que  perdí  en  como- 
.didad. 

Presenta  tan  poca  fachada  este  viaje,  con  dos  escalas 
únicas  á  lo  lai^o  del  Atlántico,  que  me  da  vergüenza  ocu- 
parme de  él.  Pero  como  todas  las  cosas  deben  tener  su 
'principio,  aunque  malo  como  diría  Sancho,  apechugaré  con 
esa  insoportable   esterilidad. 

Sólo   la  experiencia,   la  brutal   experiencia  puede  abonar  lo 


DESDE     WASHIKaTON  39 

que  80D  fiéis  mil  millas  de  trayecto  marítimo  sin  uu  solo  dfa  de 
reposo.  ¡Cómo  me  he  mareado!  Ustedes  se  reirán  al  leer 
estas  reflexiones  j  yo  ahora,  desde  tierra,  instalado  en  el 
tercer  piso  de  un  hotel  que  tiene,  diré  así,  doce  series  de 
^easas  superpuestas, — los  acompaño  de  muy  buena  gana  en 
la  broma.     ¡Humanas  contradicciones! 

Lo  que  me  consuela  de  mis  pasadas  derrotas  acuáticas  es 
pensar  que  los  padecimientos  fueron  en  comandita.  Los  que 
hemos  cruzado  el  Plata  conocemos  cuales  son  los  pujos  del 
mar  cuando  se  arrebata;  pero  allá  apenas  pasa  de  un  ju- 
guete la  mala  partida.  En  el  medio  del  Océano  el  asunto 
cambia  de  especie.  £1  más  grande  de  los  trasatlánticos,  una 
de  esas  inmensas  moles  de  vapor  que  anclados  en  el  puerto 
parecen  inconmovibles,  se  zangolotean,  quieras  que  no  quie- 
ras, como    una  insignificante  barca   de   pescadores. 

Por  eso  mismo  resulta  imponente  el  mar.  Cuando  está 
plácido  y  manso,  según  los  marinos,  presenta  una  sugestiva 
calma  exterior;  pero  bajo  esa  careta  que  oculta  sus  fíerezas, 
se  agita  siempre,^  poderoso  y  hostil,  imprimiendo  á  la  nave 
un  balanceo  persistente.  Hay  en  ese  movimiento  do  hamaca, 
que  no  cesa,  cierta  terquedad  que  desespera.  Y  al  fin  vence 
-el  líquido,  lo  que  debiera  no  alcanzarnos,  sernos  inofensivo. 
¡Cuántas  veces  intentamos,  en  vano,  sostener  la  lucha!  Uno 
se  dice:  «pues  nó;  hoy  no  será^.  ¿Acaso  no  aseguran  en 
tierra,  los  que  han  viajado,  que  á  los  dos  días  de  marcha  se 
adquiere  la   costumbre? 

Indudablemente  que  las  primeras  escaramuzas  son  felices. 
Todo  el  empeño  del  audaz  se  dirijo  á  exhibirse  en  perfecto 
estado  haciendo  lujo  de  buenas  disposiciones.  Cuando  pa- 
gando tributo  á  esa  graciosa  solidaridad,  que  se  hace  instan- 
tánea en  los  viajes,  viene  un  ilustre  desconocido  de  la  vís- 
pera, pero  un  afectuosísimo  amigo  de  ese  día  y  pregunta 
á  ano  como  ae  siente,  se  le  contesta  calurosamente:  — ^«¡Oh, 
muy  bien!  Si  el  mar  está  como  un  cristal.  Ya  me  he 
habituado  á  la  vida  de  abordo».  Y  esto  se  afirma  con 
verdadera  sinceridad,  creyendo  que  se  está  en  lo  cierto,  en 
algana  parte.  Por  otr*>  lado,  se  proclama  en  voz  alta  el 
ansiado  bienestar  con   un  ribete  de  intención  traviesa  y  de- 


40  LUI6  ALBERSO  DE  BERRERA 

fensiva.     Muchas  veces  negar   que    se   tenga   miedo,  aanqne 
se  tiemble,  evita  el  conflicto. 

Pero  pronto  el  blando,  el  aterciopelado  enemigo  arranca 
la  ficción  7  rompe,  sin  lástima,  todos  los  aFÜficios  de  sos 
víctimas.  ¿Y  cómo  resistirle?  El  desastre  se  dibuja  cuando 
se  pierden  las  ganas  de  conversar  y  se  contesta  con  mo- 
nosílabos á  las  solicitudes  de  los  demás.  Un  pequefio 
acento  y  ya  el  malestar  asoma  sus  propósitos  endemoniados 
colocando  en  decidida  cuarentena  al  agraciado;  otro  empa- 
jonoito,  un  amargo  cuarto  de  hora  de "  pelea  entre  el  mar 
perverso  que  dice  sí  y  uno  que  dice  no,  entre  el  infinito 
y  lo  finito,  y  al  fin  la  voluntad  abrumada  dobla  la  rodilla 
y  viene  la  entrega  vergonzosa,  sin  restricciones,  sin  capitu- 
lación. 

Y  cuando,  echados  sobre  la  borda,  se  piensa,  ya  con  algán 
alivio  del  momento,  en  esa  tortura  periódica  y  casi  se  im- 
plora del  monstruo,  ya  que  no  un  perdón,  por  lo  menos  Iob 
honores  de  un  armisticio,  parece  que  desdo  abajo,  desde  lo 
hondo  de  las  aguas,  parten  los  ecos  de  una  risa  taberna- 
ria. Hay  quien  afirma  que  las  altas  posiciones  causan  vér- 
tigos y  que  bajo  el  dominio  de  un  fatal  mareo  muchos 
hombres  afortunados  cometen  grandes  errores  una  vez  llega- 
dos á  la  cumbre.  Si  la  razón  de  los  desaciertos  es  la  enun- 
ciada, á  la  verdad  que  hay  que  perdonarlos.  ¡Si  á  los  ma- 
reados  no  les   importa  nada    de   nada!     {Esto    vá  al  pasar)- 

£n  los  vapores  ingleses  existe  la  costumbre  de  sentarse  á 
la  mesa,  de  tarde,  en  traje  de  rigurosa  ceremonia.  No  puede 
darse  práctica  más  inadecuada  y  molesta  cuando  se  está  en 
un  comedor  que  es  salón  de  baile  por  dlsposión  perentoria 
del  mar.  De  manera  que  para  ser  correctos,  por  una  parte; 
para  no  afirmar  el  mal  concepto  que  de  nuestros  hábitos 
soeialee  se  tiene,  por  otra:  y  finalmente,  para  empezar  bien 
la  tarde  é  inspirar  compasión  al  verdugo,  pasábamos  á  diario 
por  la  romana  del  diablo  y  ¡adelante  con  la  etiqueta  en  el 
infierno! 

¡Gran  principio!  Todas  las  mesas  ocupadas;  ios  mozos 
en  constante  actividad;  pedidos  especiales,  aquí;  rectificacio- 
nes,   allá;  comentarios  animados  sobre  este  plato;  juicios  ge- 


DEBDE    WASHINGTON  41 

nerales,  etc.,  etc.  Al  ratíto,  yo,  por  ejemplo,  rompía  valien- 
temante  la  consigna  del  ceretnonial  estricto,  y  con  un  Excuse 
atencioBo  emprendía   la  retirada. 

Claro  está  que  nunca  faltaba  algún  valiente,  de  esos  que 
nacen  ea  todas  partes,  que  dijera  irónico:  —  cPero  parece 
imposible  que  este  señor  lo  pase  tan  mal.  Miren  ustedes, 
yo  nunca  me  he  mareado  y  puedo  decirlo,  pues  he  hecho 
siete  viajes,  de  los  cuales  algunos  terribles.» — No  cruzársete 
una  espina  de    bagre   en  la   garganta,   rebelde! 

Antes  de  alcanzar  al  café,  muchos,  muchísimos  habían  to- 
mado el  camino  que  siguiera  el  compadecido,  presentando  un 
gracioso  espectáculo  la  cubierta.  Señoras  vestidas  de  lujo 
tiradas  en  sillones  de  hamaca,  y  los  hombres,  de  blanquísima 
pechera  y  corbata  de  orden,  recostados  sígnifícativamente  so- 
bre la  borda.  Hasta  el  guapo  salía  á  echar  su  cuarto  á  es* 
padas,  aunque  negando  siempre  estar  vencido. 

fi<^cuerdo  que  el  señor  cónsul  de  Norte -América  en  la 
Argentina,  veterano  de  la  guerra  de  secesión  y  muy  estimado 
amigo,  decía  en  uno  do  los  tantos  instantes  de  apla^^tamiento 
que  compailimos:  c  No  le  desearía  este  su]>l¡cio  al  peor  de 
mis  enemigos,! — exclamación  sentida  que  alcanzó  á  propor- 
cionarnos un  paréntesis  de  alegre  comentario. 

Será  por  influjo  de  reminiscencias  recogidas  en  las  páginas 
inmortales  de  Los  Trabajculores  del  Mar,  aunque  antes  de 
leer  á  Víctor  Hugo  ya  algo  instintivo  me  hacía  repudiar  á 
la  onda  amaina,  pero  lo  cierto  es  que  profeso  repulsión,  casi 
odio,  al  formidable  elemento  nivelador  del  abismo  que  separa 
á  unas  tierras  de  otras.  Todas  las  pasiones  malas  del  hom- 
bre tienen  allí  su  gráfico  reflejo. 

Las  perversidades  hipócritas  y  enguantadas  de  los  mortales 
las  retrata  el  mar  en  sus  horas  de  bonanza,  cuando  cual- 
quiera juraría  que  cansado  de  rechinar  sus  rencores  se  re- 
concilia con  el  heraldo  de  la  civilización  que  hiende  sus 
crestas,  y  precisamente  cuando  repliega  sus  dobleces  desde 
abajo,  clavando  desesperados  enconos  en  la  quilla  á  la  vez 
que  acaricia  despreocupado  la  línea  de  flotación. 

lEa  los  días  nublados,  sin  sol,  sin  viento,  que  prometen 
bonrascaa  tropicales  con  vanguardia  de  aterradores   desahogos 


42  LUIS  ALBERTO  ]>E  HERRERA 

atmosféiicosi  y  también  en  los  días  de  temporal  corrido, 
cuando  las  olas  adquieren  el  color  lívido  de  los  muertos  7 
las  furias  de  los  aires  tocan  el  arpa  en  las  cuerdas  rígidas 
del  velamcDy  se  reproducen  las  humanas  acuarelas:  pasan 
delante  de  nuestros  ojos,  allá,  esos  espíritus  agrios,  siempre 
enfadados,  siempre  siniestros  y  celosos,  que  tanto  abundan  en 
un  paraje  que  yo  conozco,  y,  aquí,  las  grandes  tempestades 
del  alma,  el  himno  épico  que  alguna  vez  en  la  vida  ensayan 
los  corazones  fuertes. 

Pero  el  mar  se  agita  espléndido,  en  toda  la  majestad  de 
su  grandeza  infernal,  en  sus  horas  de  regocijo  loco,  cuando 
se  lanza  al  asalto  de  la  nave  entre  bramidos  y  tejiendo,  á 
latigazos,  blancos  encajes.  Como  pelota  de  foot-ball  va  de 
un  lado  á  otro  el  barco,  repudiado  con  furor  por  el  lomo  de 
todas  las  olas,  que  son  entonces  montañas.  Nada  queda  en 
pié  dentro  de  la  cárcel  trasatlántica.  Si  de  fuerza  se  trata, 
no  hay  fuerza  ni  presión  de  caldera  capaz  de  competir  con 
ese  monstruo;  si  de  sonidos,  no  hay  bocina  en  la  tierra  digna 
de  medir  sus  notas  con  la  última  vibración  de  la  última  racha 
del  aquilón  que  pasa  rodando  por  la  bóveda  del  cielo;  si  de 
rumbo,  ninguna  voluntad  puede  discutir  con  la  voluntad  de 
las  olas  que  juegan  con  la  caña  del  timón  como  si  fuera 
una  pajilla. 

Al  observar  estos  accesos  epilépticos,  estas  diferentes  faces 
de  un  duelo  á  muerte,  que  empieza  en  el  embarcadero  y 
que  sólo  se  interrumpe  en  el  muelle  de  llegada,  sin  ser  fan- 
tásticos, se  piensa  que  el  Océano  posee  vida,  sensibilidad  y 
memoria;  que  él  tiene  también,  como  nosotros,  sus  agravios; 
que  en  su  seno  palpitan  fuerzas  gigantescas  de  organismo;  y 
que  él  no  perdona  á  la  civilización  la  derrota  sangrienta  que 
ella  le  ha  infligido  al  violar  las  fronteras,  de  intención  eternai 
que  él  levantara  con  lujo  de   pujanzas  imperiales! 

¿Acaso,  cuando  el  vapor  corta  la  masa  azul,  no  parece  que 
las  aguas  se  recogen  sobre  su  huella,  como  si  cerraran  los 
labios  de  una  inmensa  herida,  y  el  flagelo  del  maderamen 
ofensor,  por  marejadas  irritadas,  no  semeja  la  protesta  elo- 
cuente de  una  vitalidad  tajeada? 

Su  afán  voraz  no  tiene  segundo*   Siempre  existe  en  sus  re- 


DESDE    WASHINGTON  43 

pli^ues  cavernosos.,  ancho  espacio  para  recibir  nuevas  vícti- 
mas y  jamás  sucederá  que  lejos  de  la  orilla  le  falte  fondo 
{>ara  naufragar  al  más  grande  de  los  barcos. 

Campeón  de  siniestra  gloria,  júbilos  endemoniados  parecen 
aaludar  á  cada  nueva  víctima  que  llega. 

Osario  infinito  de  los  mundos,  en  sus  abismos  duermen  el 
último  sueño  atrevidos  conquistadores  del  ideal,  caballeros  de 
la  ciencia,  piratas  y  redentores,  cresos  y  desamparados,  ambi- 
ciosos, perversos  y  propagandistas,  que  ninguna  potencia  de 
la  tierra  pudo    avasallar  para  siempre  sus    cóleras  atigradas. 

Pero  la  victoria  total  pertenece  á  la  civilización  desde  el 
día  en  que  el  americano  Fulton  apresuró  el  amanecer  ense- 
ñándonos á  caminar  erguidos  sobre  las  aguas! 


Es  tan  proclamada  la  belleza  del  puerto  do  Río  Janeiro 
y  de  sus  alrededores  que  al  reiterar  su  elogio  casi  creo  que 
incurro  en  la  pobre  necedad  de  quienes,  en  presencia  de  una 
hermosa,  sólo  atinan  á  articular  el  mismo  estribillo  de  ala- 
banzas, sin   mérito  á  fuerza  de  gastado. 

Cuando  el  trasatlántico  se  aproxima  á  la  costa,  buscando 
la  entrada  de  la  bahía,  y  el  perfil  raro  de  las  montañas  se 
acentúa,  sin  que  la  mirada  del  viajero  pueda  adivinar  el 
amparo  de  un  solo  seno  para  la  nave  fatigada,  parece  que 
un  error  geográfico  lia  llevado  al  marino  á  buscar  refugio 
entre  rocas  y  acantilados.  Porque  á  la  retaguardia  de  esas 
asperezas  andinas,  encerrada  bien  en  el  fondo,  como  lago 
dormido  sobre  un  valle,  está  el  famoso  puerto  que  sirve  de 
desahogo  á  uno  de  los  más  ríeos  enjambres  de  la  civilización. 

Un  escritor  francés  afirmó  que,  á  ser  cierta  la  leyenda  del 
Paraíso,  ella  debió  desarrollarse  en  el  sitio  elegido  para  echar 
los  cimientos  de  Río  de  Janeiro,  paleta  sin  igual,  preferida  por 
la  naturaleza  para  acumular  colores  dignos  de  los  jardines 
edénicos. 

El  acceso  por  agua  á  Montevideo  también  ofrece  sus  en- 
45antos,  pero  la  perspectiva  marítima  de  la  capital  fluminense 
exhibe  otro  género  de  atractivos.  Aquel  es  un  paisaje  i  plá- 
cido,  suavemente   sugestivo,   que    se  cuela  por    los    ojos   sin 


áá  LUIB  ALBERTO  DE  HEBRERA 

sobresalto,  como  la  expresión  más  acabada  de  una  armonía 
topográfica.  Nuestra  ciudad  es,  en  una  palabra,  gallarda  7 
linda,  abrazada  desde  el  mar;  apenas  presenta  los  accidentes 
bastantes  para  dar  variaciones  al  conjunto;  y  hasta  el  mismo 
Cerro,  que  es  nuestro  blasón,  se  iergue  tímido  sobre  las  olas, 
avergonzado   de  combatirlas.     Una  acuarela. 

Pero  el  golpe  escénico  que  presenta  llio  de  Janeiro,  obe- 
dece á  otra  arquitectura;  es  monumental.  Un  puñado  de 
montañas  seleccionadas,  estoy  seguro,  entre  las  mas  altane- 
ras, se  apeñuscan  sobre  la  orilla,  como  si  se  codearan  unas 
á  las  otras  para  obtener  puesto  delantero,  luciendo  la  blanca 
divisa  de  sus  sienes  eternas,  colosales  cimeras  que  harían 
temblar  de  envidia  á  la  cimera  histórica  de  Enrique  IV. 
Si  alguna  ruta  existe  en  la  tierra  que  conduzca  al  cielo 
ahí  está  ella  y  esos  won  sus  magníficos  escalones.  La  sín- 
tesis óptica  de  aquello  no  se  desvanece.  La  impresión  artís- 
tica es  demasiado  soberbia  para  <)ue  pueda  borrarse  en  un 
recodo  del  camino.  Nuestra  ciudad  triunfa  por  la  pureza  y 
corrección  de  sus  líneas;  el  Janeiro  domina,  abruma  con  el 
gigantesco  desorden  de  sus  perfiles.  Aquel  desborde  carac- 
teriza un  concepto  plástico  imponente;  aquellas  exuberancias 
despiertan  las  más  locas  fantasías  de  la  imaginación;  aquel 
horrible  y  sublime  desconcierto  de  montañas  que  se  abrazan, 
como  bajo  una  inspiración  de  lujuria,  evoca  concepciones  apo- 
calípticas. ¡Qué  maravilla  del  arte!  Allí  debió  concluir  sus 
días  el  genio  proscripto;  allí,  entre  grandezas,  hubiera  encon- 
trado digna  sepultura  la  grandeza  trágica  de  Napoleón;  pi- 
sando aquellos  estribos  de  granito  debió  llegar  á  la  inmor- 
talidad el  dominador  de  la  Europa  y  sobre  el  dorso  atlétioo 
de  aquellas  cumbres,  que  se  esfuman  en  el  piélago  inson- 
dable, debieron  rodar  sus  glorias  y  las  hazañas  do  sus  gene- 
rales  acariciadas   por  la  bandera  tricolor. 

Pues  sobre  vertientes  que  asustan,  luchando  palmo  á  palmo 
con  las  rocas  y  con  el  precipicio,  alza  la  primera  ciudad 
del  Brasil  el  núcleo  compacto  de  su  edificación  atrevida. 
En  el  fondo  de  esas  quebradas  se  agita,  vive  y  labora  un 
organismo  de  enormes  eneigías,  que  allí  todo  es  negación  de 
lo  pequeño!    Río  Janeiro,  sui^do  bajo  el  ala  de  cóndor  de 


DESDE     WASHINGTON  45 

SUS  montañas^  se  extiende  en  espléndida  gradería  desde  el  pica- 
cho hasta  la  orilla  del  Océano,  en  plena  posesión  de  sus 
vitalidades  metropolitanas. 

Durante  un  día  pudimos  gozar  el  placer  estético,  de  aquella 
perspectiva  única  y  á  la  verdad  que  no  nos  faltó  durante 
ese  espacio  de  tiempo  persona  cotíapeténte  que  nos  apuntara 
las  bellezas  locales.  Nos  referimos  á  un  amable  ciudadano 
brasilero,  el  doctor  Aranjo  de  Vasconcellos,  que  fué  nuestro 
compañero  de  viaje  hasta  New  York.  Complacía  realmente 
el  justo  entusiasmo  localista  de  aquel  fluminense,  apasionado 
por  la  ciudad  natal.  Gracias  li  él  supe  que  la  leyenda  atri* 
buje  la  truncadura  que  presenta  un  extraño  cono,  situado  á 
la  entrada  de  la  bahía,  á  un  acto  violento  de  Satanás  que, 
como  quisiera  entrar  al  regio  recinto  contra  la  voluntad  ex- 
presa de  Dios,  tropezó  con  la  cumbre  quebrándole  de  coraje 
8U  vértice  que,  lanzado  adelante,  señala  el  boceto  pintoresco 
del  Pan  de  Azúcar,  otra  escabrosidad  altísima. 

Estando  en  cuarentena  el  vapor  no  pudimos  bajar  á  tierra. 

Pero  ocurrió  que  un  residente  extranjero  muy  conceptuado 
trajo  á  bordo  datos,  evidentemente  equivocados,  sobre  la  morta- 
lidad á  causa  de  la  fiebre  amarilla.  Según  esos  informes,  el 
día  anterior  habían  fallecido  cuarenta  y  tantas  personas  ata- 
cadas del  terrible  mal.  Conversando  con  el  doctor  Vascon- 
cellos  hablamos,  por  incidente,  de  esa  elevada  proporción 
mortuoria,  trasmitida  por  otros.  Nunca  hubiera  llegado  á  los 
oídos  del  excelente  amigo  versión  tan  mortificante.  ¡Cóiño 
defendió,  con  lujo  de  verba  fácil,  los  títulos  de  su  ciudad; 
Cttánias  reflexiones  razonables  hizo  para  derribar  la  malai 
impresión  de  la  falsa  noticia!  Hasta  llegó  á  hacer  pieza  de 
convencimiento  leyéndonos  el  Jornal  (lo  Commercio  del  día, 
aunque  no  era  necesario  tanto  esfuerzo  noble  para  borrar  el 
error  del  ligero  informante. 

Porque  es  indudable  que  la  salud  de  la  población  de  Río 
Janeiro  ha  mejorado  inmensamente,  gracias  al  empeño  acre- 
ditado por  el  gobierno  en  eso  sentido  y,  en  consecuencia,  á 
las  excelentes  obras  de  salubridad  llevadas  á  cabo. 

Allí  fué  la  fiebre  amarilla  un  flagelo  que  llegó  á  asumir 
todos  los  n^ros  caracteres  de  una  calamidad  pública  indo- 


46  LUfS  ALBBRTO  DE  HERRERA 

mable,  pero,  i(  la  feclia,  son  muy  distintos  los  términos  del 
problema  y  se  paga  tributo  á  la  verdad  reconociendo  qqe; 
gracias  á  esfuerzos  notables,  el  mal  está  encauzado  y  com- 
pletamente, en  derrota.  Pero,  claro  está,  como  existen  muchos 
amigos  interesados  en  que  se  sostenga  el  prestigio  de  la  epi- 
demia, á  fín  de  abrir  otros  emporios  continentales  al  comer- 
eio  europeo,  la  propaganda  del  terror  continúa  y  la  gran 
capital  aparece  injustamente  oscurecida  \yoT  la  niebla  de  mal- 
vadas adulteraciones  de  información. 

Durante  diez  días  largos  navegamos  por  aguas  brasileras. 
¡Medio  flanco  del  continente  pertenece  á  la  repáblica  amiga! 
Cuando  uno  acredita  á  la  distancia,  con  hechos  prácticos,  su 
enorme  potencia  comercial  y  productora  adquiere  la  convic- 
ción de  que  en  el  Río  de  la  Plata,  por  lo  general,  no  se 
tiene  concepto  exacto  sobre  las  vitalidades  del  vecino;  y  cuan- 
do se  piensa  que  los  frutos  nuestros  y  los  frutos  brasileros 
son  tan  distintos  y,  por  ende,  tan  propios  para  un  intercam-' 
bio,  mutuamente  ventajoso,  la  lógica  vaticina  relaciones  comer- 
cíales  y  sociales,  aún  más  vigorosas  que  las  existentes  en  la 
actualidad,  con  la  próspera  nación  fronteriza  del  norte. 


A  la  semana  larga  de  salir  de  Río  Janeiro,  llegábamos  á 
Barbados  echando  el  ancla  frente  á  su  capital,  Bridgetown, 
ciudad  moderna  y  bonita  que  cuenta  alrededor  de  cuarenta 
mil  habitantefi. 

No  hay  como  viajar  para  hacerse  atrevido  y  preguntón. 
Por  eso  será  que  enseñan  tanto  las  peregrinaciones  por  el 
exterior.  Pues  gracias  á  esa  explicable  curiosidad  supimos 
qne  la  isla  tiene  más  pobladores  de  los  que  ella  necesita  y, 
lo  que  es  peor,  de  los  que  puede  razonablemente  contener. 
Allí  no  hay  conejos,  pero  en  cambio  abundan  los  negros  como 
las  arenas  en  el  mar,  que  se  multiplican  de  manera  fabulosa. 
También  debe  observarse  que  son  gentes  muy  religiosas.  Sólo 
en  algunos  parajes  del  Imperio  Chino  existe  tanta  densidad 
de  población.  Un  maestro  de  escuela  de  la  localidad,  que 
siguió  marcha  con  nosotros  á  Norte  América  en  goce  de  una 
licencia  para  recuperar  la  salud  y  dejar  las  canas   verdes  que 


DR8DE    WASHtKOTOH  47 

le  sacaron  los  negritos^  nos  decía  que  Barbados  está  abo* 
cada  á  ua  grave  problema  social,  pues  el  aumento  de  seres 
humanos,  que  es  galopante,  coincide  con  la  reducción  de  los 
recursos,  á  causa  del  desmérito  que  vienen  sufriendo  los  pre- 
cios del  azúcar,  ánica  riqueza  de  la  isla.  Pavorosa  pers- 
pectiva que  solo  una  epidemia  humanitaria  puede  modificar, 
según  lo  afirmaba  nuestro  interlocutor.  ¡Triste  consuelo! 
Con  ese  remedio   hasta  los  desahuciados   se  curan! 

De  paso,  no  cstií  de  más  decir  que  Barbados,  posQsión 
inglesa  de  tercer  ó  cuarto  orden,  y,  como  puede  suponerse^ 
sin  mayor  entidad  cívica,  disfruta  los  favores  de  esa  sabia 
autonomía  que  Inglaterra  ha  proporcionado  á  sus  colonias^ 
atándolas  así  á  su  suerte  con  los  vínculos  sólidos  del  respeto 
7  de  cariños  espontáneos  y  merecidos.  Si  el  gobernador  de 
la  isla  es  un  militar  inglés,  en  cambio  el  resto  de  la  admi- 
nistración lo  integran  los  nativos,  esos  morenos  que  tanto 
destacan  como  padres  de  familia.  Hay,  pues,  dos  cámaras 
locales,  el  sufragio  se  practica  con  toda  desenvoltura  y  pres- 
tigio, y  el  gobierno  municipal  también  allí  rinde  beneficios 
esclarecidos.  ¡Quién  me  hubiera  dicho  que  alguna  vez  echa- 
ría un  cuarto  á  espadas  sobre  las  cosas  internas  de  una  de 
las  pequeñas  Antillas,  perdida  en  las  regiones  ecuatoriales! 
Pero  téngase  presente  que  yo  también  fui  en  las  conversacio- 
nes de  á  bordo  discípulo  celoso  de  aquel  maestro  de  la  Isla, 
ya  citado,  que  iba  á  los  Estados  Unidos  huyendo  de  los  dul- 
císimos muchachos  de   Barbados. 


En  los  días  subsiguientes  volvimos  á  ver  en  lontananza 
el  lomo  de  otras  tierras,  islas  pequeñas,  sin  nombre  algu- 
nas, que  cualquiera  creería   que  no   tienen   objeto  geográfico. 

Pero  una  mañana  el  capitán,  pasándonos  el  anteojo  y 
apuntando  con  el  dedo  á  una  masa  oscura  que  surgía  de 
las  aguasa  medida  que  avanzaba  el  vapor,  nos  dijo: — tEsa 
íué  la  primera  tierra   descubierta  por  Crist()bal   Colón .  » 

¿Habrá  quién  juzgue  que  exageramos  al  decir  que  emo- 
cionados hundimos  la  vista  en  el  horizonte?  ¿Podría  ser 
por  menos?     La   historia   de    Colón    constituye    uno    de    los 


I 


I 


48  LUIS  ALBERTO  DE  HBRBERA 

más  grandiosos  poemas  desarrullados  en  el  mundo  y  su  odi- 
sea y  sus  desgracias  y  sus  triunfos  inmoitales  destellan  tan- 
tad  luces  legendarias  que  si  ahí  no  estuvieran  las  tradicio- 
nes y  ios  libros,  confirmando  la  verdad  trágica  de  ese  panado, 
pudiera  creerse  que.  la  fantasía  de  uu  poeta  de  inspiración 
altísima  regaló  á  la  humanidad  aquellas   estrofas  heroicas. 

Para  saciar  el  deseo  ardiente  de  todos  los  pasajeros  pasó 
el  barco  rozando  las  costas  de  la  isla  privilegiada  por  el  des- 
tino. Ciertamente  que  en  esos  instantes  nuestro  espíritu  evocó 
la  memoria  de  a<)uella  colosal  aventura  máxima  de  los  tiem- 
pos clásicos,  decretada  por  el  genio.  Allí,  por  el  mismo  pa« 
raje  que  cruzábamos,  habían  cruzado  las  naves  del  insigne 
gcnovés;  en  aquella  misma  latitud  de  los  mundos  descubier- 
tos, el  grito  consolador  de  /tierra/  hirió  los  aires  cuatro- 
cientos años  atrás;  allí  la  epopeya  diera  su  mejor  mentís  á 
la  ignorancia  crasa  de  los  sabios  de  Salamanca;  talvez  en  ese 
momento  la  estela  de  nuestro  barco  cortaba  la  estela  de  los 
barcos  redentores! 

Bien  compensó  las  penurias  del  mareo  ese  rato  de  intenso 
placer  intelectual.  Habíamos  alcanzado  á  conocer  la  primera 
joya  devuelta  por  Colón  á  Isabel,  más  reina  en  la  posteri- 
dad por  sus  desprendimientos  inolvidables  que  por  gracia  de 
su  augusto  poderío. 


Un  lunes  de  madrugada  entramos  al  puerto  de  New  York. 
La  temperatura  era  muy  baja  y  tules  de  neblina  empañaban 
la  pureza  de  la  atmósfera.  Muy  largo  rato  demandó  esta 
enojosa  operación,  pues  nuestro  barco  se  dirigía  hacia  su  fon- 
deadero lentamente,  desplegando  análoga  cautela  á  la  que  se 
ejercita  por  las  personas  cuando  buscan  acomodo  en  el  seno 
de  una  muchedumbre. 

Mentiríamos  si  dijéramos  que  pudimos  abrazar  el  conjunto 
de  la  gran  ciudad  americana.  New  York  no  cabe,  á  buen 
seguro,  dentro  de  una  visual,  por  amplia  que  ella  sea.  New 
York  es  superlativa:  uno  de  sus  arrebales  se  llama  Brookiyn 
y  cuenta  un  millón  de  habitantes! 

Dispuesta  en  la  boca  del  puerto,  como  un  faro,  se  alza  la 


DESDE    WASHINGTON  49 

■"•••-•  ~    r  ■ 

estatua  de  la  libertad,  regalada  por  los  descendientes  de  Lafá- 
yete  á  los  descendientes  de  Washington.  Allí  está  bien  fundido 
en  bronce  jasttdero  el  símbolo  de  esta  nacionalidad  avanzada, 
segoramente  la  mtfs  Ubre  de  la  tierra.  ¿Dónde  tendría  pedestal 
nás  Intimo  que  en  las  costas  norteamericanas  cía  libertad 
ilaminando  al  mando»? 

Una  vez  fugado  de  mi  prisión  trasatlántica — que  así  no 
más  fué — me  puse  en  marcha  buscando  la  estación  del  ferro* 
carril  á  la  capital  federal.  Creía  encontrar  mi  ruta  haciendo 
gasto  de  buena  voluntad  y  de  atención;  pero  muy  pronto 
me  di  cuenta  de  la  imposibilidad  absoluta  de  cumplir  mi 
intento.  Apenas  me  alejé  de  los  muelles  aproximándome  á 
los  barrios  centrales,  perdí  totalmente  la  brújula.  ¿De  qué 
▼alian  en  aquel  laberinto  infernal,  el  estudio  minucioso  que 
hiciera  abordo  de  los  folletos  que  me  había  facilitado  el  se- 
ñor ministro  americano  en  Montevideo,  de  la  guía  famosa 
de  Baedeker  y  de  las  interesantes  ampliaciones  orales  de  los 
afectuosos  amigos  doctor  Enrique  Estrázulas  y  señor  Andrés 
Guerra,  viejos  conocedores  de  este  mar  sin   orillas? 

Los  coches  eléctricos  que  pasan  como  una  exhalación;  las 
corrientes  humanas  que  se  deslizan  en  todos  sentidos, 
desbordándose  de  las  veredas  hasta  el  medio  de  la  calle 
como  aguas  salidas  de  madre;  los  edificios  monstruos  de 
diez  pisos,  como  mínimum,  y  sin  altura  máxima  señalada, 
paes  los  hay  hasta  de  veinte  y  cinco  estantes;  los  auto- 
móviles que  van  y  vienen,  sin  preocupaise  de  los  transeún- 
tes; los  carros,  tirados  por  caballos  frisones  que  avanzan  á 
paso  de  buey;  las  bicicletas,  que  á  fuerza  de  numerosas  son 
ona  plaga;  los  millares  de  mujeres  en  plena  actividad  labo- 
riosa; los  mercachifles  ambulantes  atronando  los  aires  con 
sos  extravagantes  proclamas;  los  niños,  también  ocupados, 
qoe  circulan  llevando  en  el  rostro  expresión  de  hombres,  y 
los  hombres  convertidos  en  máquinas  de  negocios;  los  silbi- 
dos de  las  usinas,  el  humo  de  las  fábricas,  los  policemen, 
firmes  como  estatuas  en  el  medio  de  las  boca-calles,  lujosos 
y  de  aspecto  veterano,  cual  si  fueran  granaderos  de  la  guar- 
dia^  asociadas   estas  á  mil  tonalidades  más  que  escapan  á  mi 


50  LUI8  ALBERTO  DB  HERBBEA 

•  •  •* 

retentiva,  constituyen  un  mosaico  maravilloso  que  sólo  puede  , 
apreciar  el  espíritu  perdiendo   la  noción  del  equilibrio. 

¡A8Í  es  el  eje  de    este    mundo    que    está   en    pleno  creció  > 
miento!     No   dudo    que  las  grandes    capitales   europeas    pre-  , 
sentarán  muchos  de  los  rasgos  inquietos  que   he  bosquejado; 
pero   considero,  recordando  las  singulares  condiciones  activas  . 
y  prácticas   de  esta  raza>   que  en  ningún   otro  país  tendrá  la 
agitación  colectiva    los  caracteres  do  asombrosa  enei^ía  é  in- 
dependencia que  ella  exhibe   aquí. 

Pero  detengámonos  en  el  declive  de   las   expansiones   críti-   . 
cas    que  ya  bastante  he  abusado   de   la  hospitalidad  de   ese 
diario. 

Un  gamíii,  que  leyó  en  mi  rostro  mis  vacilaciones,  se  ofre- 
ció de  guía  y,  como  era  natural,  yo  compré  incondicional- 
mente  sus  servicios.  Empezamos  á  caminar,  si  tal  puede 
llamarse  á  una  marcha  llevada  á  media  rienda.  ¿Qué  trayecto 
seguimos?  Me  abochorna  confesarlo,  pero  yo,  aun  llevando 
los  ojos  abiertos  como  patacón,  tengo  una  idea  confusísima 
al  respecto.  Como  recuerdo  preciso  adelantaré  que  á  las  dos 
horas  de  peripecias  me  consignó  mi  hombre  en  la  Estación 
Pensylvannia  desbaiijándome  do  unos  doUars,  que  le  di  recouo-  . 
cido,  como  derechos  de  comisión.  Entre  otras  reminiscencias  , 
extraordinarias  que  conservo  de  la  aventura,  recuerdo  que  pa-  . 
samos  el  puente  de  Brooklyn;  que  luego  nos  internamos  entre 
los  desfiladeros-  diré  así  —  que  separan  unas  montañas  de 
casas  de  otras  en  el  riñon  de  la  ciudad;  que  anduvimos  á  em-  . 
pujones  por  la  quinta  avenida;  que  enseguida  tomamos  un 
vapor  y  cruzamos  un  brazo  de  mar  que  se  llama  East-River; 
que  después  de  otra  jornada  me  echaron  dentro  de  otro  vapor 
y  crucé  inconsciente  otro  canal,  el  Hudaon  River;  que  de- 
sembarcamos en  otra  ciudad — New-Jersey  —  en  el  fondo  da 
la  cual  ¡al  fin!  como  si  fuera  una  perla,  apareció  la  anhelada 
Estación. 

Ya  era  tiempo! 

Suprimo  otros  detalles  picantes   para  acortar  el   sermón. 

Pero  no  resisto  á  decirles  á  ustedes  que  el  viaje  á  Was- 
hington también  tuvo  su  juego  completo  de  revelaciones.  En 
el  espacioso  coche  del  ferrocarril    aprecié  la  envidiable  auto- 


DESDE    WA8HCMGTON  51 

nomía  de  que  aquí  también  gozan  las  clases  superiores.  Para 
que  se  den  idea  de  lo  que  afirmo^  debo  manifestar  que  la 
mayoría  de  los  pasajeros  eran  señoritas  y  niños  que,  solos  > 
por  su  cuenta,  sin  un  rastro  de  temor  —  que  en  este  país  ver- 
daderamente libre  no  procede — se  dirigían  á  mí  mismo  des- 
tino, ó  á  sus  inmediaciones,  en  la  plena  conciencia  de  su  se- 
ñorío y  amparados  por  el  respeto  y  la  cultura  pública,  que 
aquí  son  ejemplares.  ¿Quién  se  atrevería  en  Norte  América 
á   mirar  de  manera  insolente  á  una  dama? 

Cada  vez  más  impresionado,  llevando  dentro  de  la  cabeza 
un  torbellino,  convencido  de  que  pocas  tardes  de  mi  vida 
valían  tanto  como  la  que  acababa  de  cerrarse  con  la  puesta 
de  aquel  sol  primaveral,  pues  en  horas  había  visto  pasar  ante 
mis  ojos  el  espectáculo  cinematográñco  de  una  democracia, 
me  arrellené,  despierto  6  dormido,  pero  de  todos  modos  so- 
ñando^ y  así,  entre  neblinas,  desfilamos  con  velocidad  de  re- 
lámpago^ frente  á  ciudades,  á  granjas  y  á  pueblos,  por  Fila- 
delfia,  por  Wilmington,  por  Baltimore . .  . 

A  las  seis  horas  de  marcha  la  voz  de:  ¡Washington!  dada 
por  el  guarda^  nos  advirtió  que  habíamos  llegado  á  nuestro 
destino. 

Otra  vez  estaríamos  desorientados — pero  Washington  no  es 
New  York — y  pronto  un  coche  nos  puso  en  el  hotel  teniendo 
oportunidad  en  ese  trayecto  de  admirar  la  histórica  Casa 
Blanca  en  un  severo  edificio,  rodeado  de  árboles,  que  divi- 
samos al  pasar. .  • 


^ 


II 


Washington  y  su  idiosincracis  —  La  religión  del  silencio  —  l-oe  tren- 
vias  eléctricos  —  Sus  ventajas  é  Inconvenientes  —  El  sistema  de 
edificación  —  El  "Itome"  de  los  norte-americanos  —  Peculiarida- 
des de  la  capital  norte-americana  —  Un  poco  de  Itistoria  —  Apo- 
logía de  nuestro  cónsul  general  señor  Murguiondo  —  Oon  Santos 
Dumont  —  Juicio  de  Edison  sobre  la  navegación  aérea  —  El 
desastre  de  la  Martinica. 


También  las  ciudades,  como  las  gentes  honradas,  machas 
veces  presentan  sa  mejor  blasón  descubriendo  su  nombre. 
Más  aún:  ocurre  en  ciertos  casos  muy  sindicados  de  notorie- 
dad que  la  propia  fantasía,  por  la  simple  asociación  de  ante- 
cedentes, forja  la  imagen  de  parajes  sólo  conocidos  por  las 
referencias  del  libro.  ¡Es  tanta  la  fuerza  de  la  historia! 
Nosotros  nunca  hemos  recorrido  las  calles  de  Roma;  pero, 
¿acaso  el  pensamiento,  incansable  viajero,  no  nos  ha  dado  ya 
nna  Idea  aproximada  de  la  Ciudad  Eterna?  ¿Acaso  la  voz 
del  pasado,  que  tiene  allí  ecos  colosales,  no  proclama  la 
memoria  de  grandezas  que  fueron,  de  pujanzas  heroicas,  de 
pujanzas  artísticas?  ¿Acaso  una  ley  de  estricta  lógica  no 
pide  un  relicario  monumental  de  mármoles  y  hierro  para 
guardar  tantas  leyendas  muertas?  Es  tan  imperiosa  la  fuerza 
de  la  fantasía,  que  pareciera  irreverencia  ubicar,  en  el  curso 
de  la  ooaversación,  casinos,  Jbolsas  de  negocios,  nuestras  vul- 
gares carreras  de  caballos,  en  el  radio  augusto  de  la  capital 
cesárea.  Algo  idéntico  sucede  con  Atenas.  Al  pronunciar 
este  nombre  se  piensa  en  ruinas  gloriosas,  casi  sepultadas 
bajo    mmas  de  laurel  y  de  encina,  y  el  espíritu  evoca  á  la 


54  LU18  ALBERTO  DE  HEBREBA. 

ciudad  que  cobijó  todas  las  perfecciones  griegas  y  humanas 
como  un  paisaje  sagrado^  extraño  á  ias  agitaciones  prosaicas 
de  la  vida  presente. 

Pues  al  pensar  en  Washington  la  imaginación  nos  decfa 
que  la  capital  de  los  Estados  Unidos,  de  un  país  de  más  de 
setenta  millones  de  habitantes,  de  un  país  que  exhibe  vitali- 
dades gigantescas,  debería  ser  un  emporio  de  multiplicadas  é 
inagotables  energías.  Tiempo  sobrado  tiene  para  ello.  Chi- 
cago, mucho  más  joven,  es  un  coloso  y  aspira  á  arrebatarle 
á  New  York  el  cetro  de  la  fama  manufacturera.  Antece- 
dentes también.  La  pureza  de  su  alcurnia  solo  podría  dis- 
putársela Boston,  pero  Boston  no  posee  el  prestigio  y  la  fama 
exterior  que  dan  la  residencia  de  las  autoridades  nacionales. 
Después...  el  nombre:  ¡Washington!  ¿No  es  cierto  que  este 
apellido  de  bronce  i\Q\\e  exigencias  muy  honrosas,  pero  por 
lo  mismo  muy  pesadas  para  quien  lo  luce?  Por  lo  demás, 
concentrándose  allí  todo  el  mecanismo  de  este  dilatado  engra- 
naje político,  siendo  el  asiento  de  muchas  fuerzas  vivas,  sin- 
gularmente aparatosas,  el  viajero  espera  hallar  una  metrópoli 
en  perpetuo  desborde  de  alegrías,  de  lujo  y  de  fiebres:  la 
capital  de  la  holganza  y  de  los  refinamientos  en  el  Norte. 
Sin  embargo,  debemos  confesar  que  este  concepto  que  tenía- 
mos y  que  consideramos  general  no  responde  á  las  eviden- 
cias, muy  diversas,  de  la  realidad.  J'//  suis,  fij  rest.  Esa, 
creería,  es  la  divisa  de  los  habitantes  de  esta  casa  solariega 
de  la  raza  americana.  Han  cambiado  los  tiempos  y  con  ellos 
los  horizontes;  otros  son  decididamente  los  rumbos  de  la  pa- 
sión nacional;  se  han  alcanzado  prosperidades  mágicas,  talvez 
nunca  concebidas  tan  esplendentes  por  los  más  entusiastas 
soldados  de  la  Independencia;  extraordinarias  y  conocidas 
expansiones  sociales  obligan  á  entrar  de  lleno  en  el  camino 
de  radicales  transformaciones  que  van  hasta  á  sacudir  el 
manto  de  las  viejas  costumbres  patricias;  pero  en  medio  á 
este  torbellino  de  cosas  nuevas,  algo  no  ha  cambiado,  no 
cambia^  no  cambiará,  y  ese  algo  es  la  idiosincracia  sana,  sabia, 
fuerte  y  sencilla  de  este  pueblo  de  obreros  y  de  luchadores. 

£1  fasto,  las  vanidades  frivolas  de  las  sociedades  europeas, 
no  encuentran  cabida  aquí.     ¿Para  qué   interrumpir  él  sala- 


DESDE    WASHINGTON  55 

'  dable  ejeóiplo  de  vida  austera  ofrecido  por  gloriosos  antepa- 
sados? Excepción  hecha  del  redaeído  núcleo  de  extranjeros 
diplomáticos,  Washington  sigue  despertándose  á  las  ocho  de 
la  mañana  j  entregándose  al  reposo  á  las  diez   de  la  noche. 

'Después  de  las  funciones  de  teattx),^-^que  concluyen  antes  de 
las  once,  —sería  tarea  inútil  buscar  distracciones  en  las  ca- 
lies.  Quitando  contados  testaurants  j  clubs  sociales,  todas 
las  casas,  todos  los  negocios,  clausuran  sus  puertas  im- 
portándosele muy  poco  á  sus  propietarios  de  las  ganan- 
cias perdidas.  Si  .el  padre  de  la  patria,  que  tan  cerca  des- 
cansa de  su  ciudad  predilecta,  sobre  la  orilla  del  Potomac, 
interrumpiera  su  sueño  de  justo  y  de  grande  hombre  para 
apreciar  la  vida  actual  de  sus  descendientes,  de  sus  hijos  de 
aquí,  pienso  que  retornaría  á  la  posteridad  tranquilo  y  con- 
tento. Es  q:je  el  impulso  primero  trae  inagotables  robusteces. 
Es  que  la  coriiente  de  salud  viene  desde  las  cabeceras  del 
gran  río  y  ninguna  curva  del  camino  podrá  romperla.  En 
Washington  todos  los  extranjeros  unidos  no  alcanzan  á  for- 
mar  un  puñado;  de  manera,  pues,  que  no  habiendo  colonias, 
núcleos  de  población  que  practiquen  distintas  costumbres, 
ningún  elemento  extraño  perturba  la  tradición  de  los  hábi- 
tos locales.  No  existiendo  ni  rastros  de  ese  cosmopolitismo 
general  en  los  países  del  Río  de  la  Plata,  el  forastero  está 
obligado,  ó  á  adaptarse  rápidamente  al  nuevo  medio,  ó  á 
resignarse  en  caso  contrario,  al   más  cruel   aislamiento. 

Contra  lo  que  podi-ía  suponerse,  considerando  su  gran  im- 
portancia política,  Washington  no  presenta  las  exterioridades 
de  una  vida  inquieta  y  ruidosa.  Nada  de  eso.  El  oído, 
acostumbrado  a  los  ecos  cal^ejeros,  al  grito  alegre  de  los 
vendedores  de  diarios,  á  las  cornetas  de  los  mayorales  de 
trenvías,  al  rodar  de  los  carruajes  sobre  el  adoquinado,  á  la 
voz  agnda  de  los  mercachifles  ambulantes,  echa  muy  pronto 
de  menos  esas  notas  pintorescas  y  comunes  en  los  grandes 
escenarios.  Aquí  se  practica  la  religión  de  la  actividad  en 
el  mayor  silencio  y  todas  las  manifestaciones  de  la  vida  en 
común  presentan  el  mismo  exterior  de  callado  automatismo. 
Es  indudable  qué  él  progreso  va  poniendo  "ért  dferrótifi  al  bu- 
llicio, antes  característicos  de  los  grandes  poblados.    Por  una 


56  LUIS  ALBEBTO  DE  HERRERA 

parte,  el  asfnlto  reemplazaudo  al  piso  de  piedra  ha  quitado 
una  de  las  mi(s  típicas  notas  á  la  másiea  roetrppolilnna.  Ahon 
los  carruajes,  habilitados  con  llantas  de  goma — vale  decir  con 
guantes  puestos, — se  deslizan  como  sombras,  oyéndose  apenas 
el  eco  de  los  pasos  de  los  troncos  sobre  la  vía.  La  instalaci<hi 
de  los  trenes  eléctricos,  por  otra  parte,  ha  dado  otro  golpe 
de  muerte  al  bullicio  que  antes  reinaba  en  la  colmena.  En 
efecto,  el  chasquido  de  los  látigos,  el  toque  de  las  cometas, 
las  exclamaciones  variadísimas  y  verdonas  de  los  mayorales^ 
ora  estimulando  á  la  yunta,  ora  protestando  de  la  impertinen* 
cia  de  algún  pasajero,  ora  advirtiendo  del  peligro  á  algún 
transeúnte  atolondrado,  constituían  otro  resorte  de  poderosa 
animación.  Si  río  que  lo  diga  Montevideo,  al  que  sólo  faltaba 
amortajar,  tal  era  su  quietud,  cuando  la  huelga  total  de  los 
empleados  de  trenvía  interrumpió  el  movimiento  de  las  dis- 
tintas líneas»  Pues  los  coches  impulsados  por  la  electricidad 
han  suprimido  todo  ese  alboroto,  de  la  misma  manera  que  el 
ferrocarril  suprimió,  felizmente,  hasta  la  consumadón  de  los 
siglos,  el  espectáculo  curioso  de  largas  series  de  carretas  arras- 
trándose por  las  cuchillas,  haciendo  de  la  picana,  del  peludo 
y  del  carrero  memorias  ai*queológicas. 

Fuera  de  duda  que  en  la  actualidad  hay  que  llevar  más 
abiertos  los  ojos  al  cruzar  las  boca-calles.  Los  nuevos  ve- 
hículos van  siempre  á  marchas  forzadas,  anunciándose  apenas 
con  un  débil  toque  de  campana.  No  bien  se  instala  uno  en 
ellos,  un  arrancón  de  locomotora  sacude  los  asientos  y  en 
minutos  se  devoran  larguísimas  distancias  sin  que  nadie  se 
atreva  á  apearse  sin  recabar  permiso  del  conductor.  Con  el 
sistema  moderno  las  ordenanzas  municipales,  fijando  el  número 
exacto  de  personas  que  pueden  viajar  en  cada  coche,  han 
perdido  razón  absoluta  de  ser,  pues  la  máquina  desprecia 
pesó  y  aún  parece  que  cría  más  coraje  y  avanza  más  veloz 
cuando  lleva  repletos  los  estribos.  Por  lo  demás,  también  ha 
^pedado  desterrada  la  cortesía  en  los  coches,  que  la  electri- 
cidad se  irrita  cuando  se  le  roba  uñ  instante.  Hay  que  éubir 
y  bajar  de  las  plataformas  á  la  disparada,  en  perpetuo  alerta, 
porque  el  misterioso  fluido  no  sabe  esperar,  porque  quien  esto 
olvida  conqf^  pronto  su  venganza  en  forma  de  rabiosas  saca- 


DESDE    WASHINGTOK  57 

didaa  de  la  mole,  que  haoen  materialmente  perder  el  equili- 
brio^ 7  porque  existe  peligro  positivo  de  muerite  en  demo- 
rarse á  dar  las  gracias  6  á  pedir  nn  informe  útil  cuando  en 
sentido  contrario  avanza,  á  dos  lados,  otro  mecanismo  tam- 
bién malhumorado  y  sin  conciencia  de  sos  responsabilidades* 

Aquí  es  interesante  observar  el  movimiento  de  los  trenes 
eléct^cos  que,  brevísimos,  desagotan  todas  las  tardes  el  radio 
másí  activo  de  la  capital  desparramando  carradas  y  carradas 
de  gente  por  las  villas  de  los  suburbios.  Sin  un  solo  asiento 
disponible  ellos  se  dispersan  en  todas  direcciones  llevando 
atascados  los  corredores,  plataformas  y  estribos,  de  hombres, 
de  sefioi^  y  de  señoritas  que  se  oprimen  en  el  afán  ansioso 
de  hxcerse  un  espacio.  Muy  al  revea  de  lo  que  pasa  entre 
nosotros,  la  voz  de  los  empleados  de  la  empresa  para  nada 
se  oye,  porque  aquí  se  entiende  que  después  de  pagar  su  bo- 
leto cada  cual  tiene  derecho  pleno  de  hacer  lo  que  se  le  dé 
la  real  gana,  tanto  de  viajar  agarrado  del  freno  como  de  rom- 
perse 4ina  pierna  descendiendo  del  wagdn  sin  soHoitar  que 
pare.  La  autoridad  competente  se  Umita  á  advertir  á  los 
pasajeros,  tal^^ez  para  que  luego  no  puedan  alegar  ignorancia 
de  las  leyes.  Así,  en  letras  n^ras  y  muy  visibles,  se  avisa 
á  los  interesados  que  viajar  de  pié  en  las  plataformab  es 
peligroso,  como  también  apearse  sin  tocar  el  timbre.  Eso 
basta  y  nadie  tiene  nada  más  que  agriar.  A  la  escuela  se 
va  á  oir  lecciones  y  las  empresas  no  pagan  sus  empleados 
para  que  se  pasen  el  día  pronunciando  discursos  en  el  de- 
sierto. Y  toda  la  organización  social  responde  aipií  á  ese 
concepto  de  libre  albedrío  que  se  transparenta  en  detalles  tan 
insignificantes  como  el  que  apunto  asf  como  en  las  faces  más 
serias  de  la  vida  colectiva.  Aquí  la  soberanía  del  yo  es  sa- 
grada mientnas  ella  no  roce  en  la  práctica  al  derecho  del 
vecino.  En  consecuencia,  ese  Qriterio  sensato  y  salvador,  que 
es  punto  de  partida  de  todos  los  esfuerzos,  permite  á  cada 
cual,  por  humilde  que  sea,  formarse  Una  exacta  y  valiosa 
opinión  de  su  propia  entidad. 

Al  presente  todas  las  ciudades  de  la  Unión  tienen  trenes 
etéetríeos,  no  concibiéndose  ya  que  pueda  perdurar  en  pal- 
ies civilizados  y  que  se  dicen -en  .pleno  adelanto  el   imper- 


58  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

fecto  servicio  de  las  líneas  á  sangre.  Tan  lo  comprendo  así 
que  cuando  tflguien  me 'ha  interrogado: — «Los  coches  eléc- 
tricos de  su  país^  ¿son  idénticos  á  los  nuestros?»  Me  he 
creído  solemnemente  obligado  á  mentir  y  á  completar  la 
novela  con  datos  improvisados  ¡cómo  que  eran  fantásticos! 
£n  alguna  parte  vuelve  luego  la  calma  á  mi  conciencia^  mal- 
tratada por  remordimientos^  no  muy  agudos,  después  de  tales 
travesuras,  cuando  pienso  en  lo  vergonzoso  que  sería  *decir 
la  verdad  verdadera,  y  recordando  que  algún  autor,  creo  que 
Sir  Harry  Wolton,  ha  definido  á  los  diplomáticos  «hombres 
hone&tos  que  suelen  mentir  en  el  exterior  en  provecho  de 
sú   patria». 

¿C<5mo  convencer  á  uno  de  estos  americanos  inteligentes 
y  despiertos  de  que  nuestro  país  no  desmerece,  por  su  cul- 
tura, de  los  más  avanzados,  después  de  confesarle  que  toda- 
vía Montevideo,  con  sus  doscientos  cincuenta  rnil  habitantes, 
no  se  ha  resuelto  á  desterrar  las  líneas  á  sangre?  ¿Y  si  yo 
agregara  que  las  propuestas  presentadas  las  hostilizó  algún 
diputado  por  aquello  de  qtie  es  necesario  protejer  la  pro- 
ducción  caballar? 

Las  exigencias  de  la  vida  moderna,  inquieta,  nerviosa,  ex- 
pansiva, hacen  indispensable  la  implantación  del  nuevo  sis- 
tema de  trenvfas,  que  rinde  benefícios  de  todo  carácter.  Los 
cars  suprimen  la  incomodidad  de  las  distancias  y  permiten 
al  empleado  vivir  á  dos  ó  tres  leguas  del  asiento  de  sus  ta- 
reas, sin  que  lo  atormente  la  preocupación  de  llegar  tarde  á 
su  escritorio;  representan  un  notable  abaratamiento  en  los  pa- 
sajes, lo  que  extiende  á  las  clases  más  desheredadas,  el  be- 
neficio de  un  trasporte  rapidísimo,  hasta  la  fecha  casi  patri- 
monial en  las  personas  más  holgadas;  concurre,  en  primer 
término,  á  la  valorización  de  las  tierras,  por  cuanto  quita  á 
los  suburbios  sus  conocidos  inconvenientes  de  distancia,  colo- 
cándolos materialmente  á  las  puertas  del  centro  de  los  ne- 
gocios; determina  otras  aplicaciones,  que  no  faltan,  de  los 
productos  caballares,  absorbidos  por  el  antiguo  modelo;  llevan 
contacto  de  todo  momento  á  los' «extremos  más  apartados  de 
las  capitales,  y  hacen  de  las  poblaciones  un  ovillo  de  civili- 
zación y  de  bienestar.  Imaginemos  lo  que  representarían  ahí 


69 

medios  de  comunicación,  mucho  más  baratos  j  de  facilidad^ 
no  concebida,   entre   los  puntos    más  opuestos.   Por  ejemplo, 
llegar  en    un  cuarto  de  hora  á  Los  Pocitos;   en  algo  menos 
á  la    Playa*  Ramírez;   al   Cerro  en  algo    más,    lo  mismo  que 
al  Prado,  Cerrito  y  Colón. 

Topográficamente,  Washington  no  ofrece  ningún  encanto, 
paes  ella  se  alza  sobre  una  planicie  que  solo  presenta  leves 
arrugas  hacia  el  lado  Oeste  y  fuera  del  radío  urbano.  De 
manera  que  sus  calles  se  prolongan  sin  el  detalle  de  una 
sola  ondulación,  luciendo  el  ribete  insuperable  que  prestan 
árboles  muy  coposos.  La  denominación  de  las  avenidas 
responde  al  sentido  práctico  de  este  pueblo,  designándose 
por  letras  sucesivas  las  que  corren  de  Oriente  á  Occidente 
y   por  número  las  que  hacen  ángulo  recto  con  las  anteriores. 

£1  tipo  general  de  las  casas  responde  á  uha  arquitectura 
que  parece  clásica  en  el  país,  pero  que  no  concluye  do  agra- 
dar, talvez  por  ser  tan  diferente  á  la  nuestra.  Sin  embargo, 
creo  que  esta  impresión  mediocre  sea^  más  que  de  otra 
cosa,  resultado  del  hábito,  pues  todos  sabemos  que  el  carác- 
ter de  nuestra  antigua  edifícación  es  detestable,  ya  se  juz- 
gue por  el  lado  de  la  estética  ó  por  el  lado  de  la  comodi- 
dad. Desde  luego,  señala  una  circunstancia  agradable  á  la 
vista  el  hecho  de  que  al^  trente  de  cada  casa  exista  un 
pequeño  jardín.  Una  consigtia,  dada  por  viejas  preferenciíis 
que  se  respetan  sin  excepción,  hace  que  el  pobre  y  el  rico, 
trátese  de  los  alrededores  ó  del  centro,  sacrifique  gustoso 
el  frente  de  su  solar,  en  ima  extensíón^  aproximada  de  cin- 
ao  varas  de  fondo,  concediendo  así  un  desahogo  á  su  mo- 
rada y  ampliando  su  perspectiva.  Como  el  clima  presenta 
crueles  alternativas  de  frío,  todo  está  dispuesto  en  el  inte- 
rior de  los  edificios,  que  reúnen  verdaderas  condiciones  de 
eoTfforty  para  batir  con  éxito  á  las  bajas  temperaturas.  Y 
como  si  las  puertas  de  cierre  hermético  y  la  aglomeración 
de  las  habitaciones  no  bastasen  todavía,  se  tiene  siempre  en 
ejercicio  el  calorífero,  que  no  falta  en  el  más  humilde  de 
los  hogares. 

£1  exterior'  de  loe  edificios  no  seduce.  Todos  exhiben  el 
sello  de  pequeños  castillos,    con  ¿rentes    irregulares  y  ^uer- 


60  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

tas  poco  artísticas,  motivo  que,  alejando  todo  asomo  de  va- 
riedad, crea  un  conjunto  acentuadamente  monótono.  Pero 
recordemos  que  en  pocos  casos  con  más  acierto  que  en  este 
puede  asegurarse  que  las  apariencias  engañan.  Que  la  fiso- 
nomía de  las  construcciones  se  resiente,  para  nosotros,  de 
cierta  adustez,  eso  bien  lo  saben  sus  moradores  7  muy  poco 
les  preocupa.  Casi  diré  que  aceptan  con  orgullo  esa  carac- 
terística. Y  les  asiste  razón.  ¿Qué  puede  significarles  el  gol- 
pe de  vista  desde  la  calle,  si  su  home,  si  sus  alegrías,  sí 
sus  afecciones  todas,  si  su  bienestar,  si  su  estufa  y  su  libro 
y  sus  horas  inefables  de  velada  en  tertulia  de  familia  y  de 
amigos,  tienen  un  sagrado  escenario  del  lado  de  adentro  de 
esas  paredes  desairadas?  Al  americano,  como  al  inglés,  no 
se  le  ocurre  sacrificar  un  tfpice  de  su  holgura  íntima  en 
beneficio  de  la  estética,  <|ue  deja  de  merecer  consideracionea 
rigurosas  cuando  compromete  alguna  instalación  doméstica^ 
de  la  misma  manera  que  no  se  le  ocurre  inquirir  quien  es 
su  vecino  y  si  viste  bien  ó  si  viste  mal.  Alguien  ha  califí* 
cado  de  egoista  este  modo  de  ser.  Como  la  generosidad  de 
sentimientos  no  se  abona  con  palabras  de  miel  y  con  ofi- 
ciosidades impertinentes  de  conventillo,  pienso  que  quienes 
así  juzgan  modo  tan  sabio  ^  vivir  incurren  en  irritante 
injusticia.  « 

Precisamente  la  fuerza  impulsora  de  la  grandeza  sajona 
tiene  uno  de  sus  más  robustos  orígenes  en  ese  apasionada 
amor  al  hogar,  exclusivo  é  imperioso  como  todos  los  con- 
ceptos morales  definidos.  ¿Acaso  ese  relativo  aislamiento  de 
cada  cual  no  funda  en  la  práctica  soberbia  de  los  hechos^ 
la  independencia  de  todos,  por  cuanto  ensefia  á  las  unida- 
des el  valor  inapreciable  de  la  libertad  individual  y  á  res- 
petar en  los  demás  lo  que  se  exige  sea  respetado  en  uno? 
¿Acaso  no  obedece  á  leyes  lógicas,  simpáticas  al  corazón 
humano,  esa  solidaridad  suelta  y  expontánea  de  los  hombres 
del  Norte,  que  sólo  posee  carácter  oficial  durante  las  horas 
de  labor  en  coman,  de  tareas  aliadas,  de  agitación  comer- 
cial, de  bancos,  de  especulaciones,  de  lucha,  pero  que  dea- 
aparece^  sin  aflojarse  en  esencia — para  remaeharse  tal  vez— « 
durante    ese»    otras    horas  de    esparcimiento,  de  reposo^  d» 


DEBDB    WASHOfGTOV  61 

hogar,  de  satifl&cotODOs  privadas?-  Sin  que  yo  las  sepa  ea 
realidad  más  calurosas,  las  costumbres  de  otros  países  pre- 
sentan en  este  punto,  caracteres  verdaderamente  mortifican- 
tes. Aquello  de  que  los  barrios  se  alboroten  á  la  llegada  de 
on  nuevo  habitante  y  de  que  se  produzca  un  interrogatorio 
policial  alrededor  de  su  procedencia,  origen  y  filiación,  no 
señala,  á  buen  seguro,  un  atractivo.  Tampoco  lo  supone  ese 
oiro  hábito  rancio  d&  las  visita  de  buena  vecindad,  que  á 
menudo  la  preparan  mala,  tan  obligadas  aiites  al  extremo  de 
juzgarse  gra\e  pecado  de  cortesía  el  omitirlas.  Menos  aun  la 
ingerencia  atrevida  y  pesada  en  los  asuntos  caseros  de 
quienes  se  atribuyen  prerrogativas  de  intervención  por  el 
hecho  simple  de  vivir  en  la  acera  de  enfrente.  Todas  esas 
impoBÍci'>nes  extrañas  y  tan  familiares,  de  determinados  cen- 
tros, no  denuncian,  como  se  pretende,  espíritu  solidario  y 
generoso,  pero  si  su  adulteración  grosera.  Son  las  tales,  acti- 
tudes faraaicas,  tomadas  para  ofrecer  brecha  á  un  afán  de 
curiosidades  insaciables  que  lucha,  á  porfía,  por  colocar  en 
medio  de  la  vía  pública,  expuestas  al  asalto  de  temibles  ma- 
ledicencias, las  más  íntimas  y  las  más  puras  afecciones  in~ 
dividuales.  Por  fortuna  esos  rastros  de  imperfección  social 
van  desapareciendo  barridos  por  prácticas  nuevas. 

Pues  á  las  razas  del  Norte  se  les  suele  imputar,  como  un 
defecto,  la  ausencia  de  aquellas  formas  anticuadas  de  asocia- 
ción. Egoístas,  ellos,  porque  hacen  de  su  domicilio  un  recin- 
to sagrado  al  que  solo  tienen  acceso  un  número  reducido 
de  alianzas  sinceras.  Egoistas,  porque,  siendo  tan  afectivos 
como  los  demás,  ellos  no  conciben  que  se  vulnere  la  liber- 
tad del  vecino  con  intrusiones  molestas  y  haciendo  de  su 
casa  una  sucursal  de  la  propia. 

Volviendo  al  tipo  do  las  construcciones,  diré  que  en  los 
extremos, — que  definen  los  albergues  con  patios  imitando  pára- 
mos y  media  docena  de  puertas  de  dos  metros  cincuenta  de 
altura  para  cada  habitación, — y  las  moradas  con  aspecto  de 
baluartes  y  diseño  interior  de  conventos,  escasas  de  luz  y 
de  espacio  libre,  existe  la  arquitectura  intermediaria,  de  con- 
ciliación, adoptada  ya  en  Buenos  Aires  y  en  pleno  vigor 
también  en  Montevideo,  gracias  al  esfuerzo  inteligente  de  los 


62  LUIS  ALBERTO  DE  HERIDA 

buenos  discípulos  de  nuestra-  Facultad  de  Matemáticas.  Pre- 
ferimos) sí,  CFas  creaciones  de  nuevo  estilo^  cómodas,  accesi- 
bles á  todos  ios  refinamientos  de-  la  holgura,  á  la  vez  que 
amplias,  pródigas  en  iluminación  natural  y  de  fisonomía  fresca 
y  hospitalaria. 

En  Washington  rige  la  ley  de  la  abundancia.  Todavía  no  , 
he  visto  un  solo  pordiosero.  Lo  recuerdo  con  alivio:  aquí 
tampoco  hay  vendedores  de  números  de  lotería.  También 
debo  advertir  qne  éste  es  tal  vez  uno  de  los  pocos  puntos 
paradisiacos  de  la  tierra  en  que  no  se  habla  una  sola  pala- 
bra de  política  fanática,  por  la  simple  ra;EÓn  de  que  no  tie- 
nen objeto  las  elecciones  legislativas,  ni  las  elecciones  muni- 
cipales, ni  los  meetingsy  ni  las  protestas  ó  aclamaciones  de 
los  partidos.  La  causa  de  tan  singular  dicha,  y  la  denomino 
así  siempre  que  ella  sea  compatible  con  el  civismo,  como 
lo  es  en  este  caso, — no  puede  pedirse  más  sencilla.  £1  dis- 
trito federal  consta  de  diez  millas  cuadradas  y  después  de 
repetidos  ensayos  comunales  ha  quedado  confiado  su  go- 
bierno á  un  cuerpo  de  administración,  compuesto  de  dos  co- 
misionados civiles  elegidos  por  el  Presidente  de  la  Repú- 
blica con  anuencia  del  Senado  y  de  un  ingeniero,  designado 
entre  el  personal  técnico  del  Departamento  de  la  Guerra. 
Cada  tres  años  se  renueva  esa  autoridad.  En  cuanto  al  pre- 
supuesto de  gastos  públicos,  ellos  deben  elevarlo  al  Con- 
greso y,  previa  sanción,  se  cubre  por  mitad  con  rentas  na- 
cionales y  con  impuestos   locales. 

La  capital  de  la  Unión  cuenta  un  siglo  y  pico  de  exis- 
tencia. Para  evitar  el  choque  de  las  rivalidades  entre  los 
Estados  ya  el  primer  Congreso  se  preocupó  de  crear  una 
ciudad  nacional,  sin  historia,  extraña  en  absoluto  á  vincula- 
ciones parciales,  á  fin  de  que  no  siendo  de  nadie  pudiera 
ser  de  todos.  Persiguiendo  ese  propósito  se  pasó  el  bilí  de 
1790  y  según  refieren  las  crónicas  de  la  época,  después  de 
ardientes  debates,  se  acordó  fundarla  aceptando  la  extensión 
de  terreno  ofrecida  al  efecto  por  los  Estados  do  Virginia  y 
de  Maryland,  que  se  mntilaban  noblemente  para  servir  el 
interés  federal,  aunque  luego  se  le  devolvió  al  primero  su 
parte.     Para  hacer  más  gráfica  la   idea  de  la  infancia  de  la 


D^DE    WASHIKOXON  68 

capital  americana  un  historiador  conocido  la  describo  enton- 
ces: «situada  en  medio  de  un  desierto^  con  algunas  peque- 
ñas casaSy  sin  cristales  en  las  ventanas,  esparcidus  en  las 
selvas^  al  través  de  las  cuales  se  baja  sin  enconthir  un  ser 
humano».  ¿No  hacen  estas  honrosas  reminiscencias  el  mejor 
elogio  de  los  famosos  florecimientos  actuales  y  de  sus  incom- 
parables propulsores?  En  18 14,  durante  la  segunda  guerra 
contia  los  ingleses,  la  nueva  ciudad,  que  á  la  sazón  contaba 
con  diez  mil  habitantes,  fué  tomada  entregándose  á  las  llamas 
al  Capitolio,  la  Casa  Blanca  y  todas  las  dependencias  públi- 
cas de  importancia.  Al  terminarse  la  guerra  civil  entró  en 
senda  de  positivos  adelantos,  y  en  la  actualidad  su  población 
alcanza  á  trescientas  mil  almas.  Su  progreso  es  incesante,  no 
concurriendo  poco  á  ese  resultado  el  propósito  firme  que  se 
adivina  en  el  gobierno  federal  de  ilustrarla  con  todos  los 
singulares  atractivos  de  una  gran  metrópoli  Y  á  la  verdad 
que  se  prestigia  ese  anhelo  cuando  se  piensa  que  la  repre- 
sentación exterior  de  la  patria  cabe  á  esta  ciudad  favorita 
de  la  fortuna.  Aun  tratándose  de  la  más  aproximada  demo- 
cracia del  mundo,  la  alta  investidura  de  quien  tiene  en  sus 
manos  las  riendas  de  medio  continente  exige  una  residencia 
que  hable  de  majestades,  aunque  ellas  sólo  tengan  origen  en 
la  ley.  Tanto  más  si  se  observa  que,  gracias  á  la  santa  ta- 
rea fecundante  de  las  ideas  igualitarias,  más  manda  hoy  el 
presidente  de  los  Estados  Unidos  de  América,  ungido  con 
autoridad  transitoria  por  el  sufragio  de  millones  de  hombres 
libres,  que  el  Czar  de  todas  las  Rusias,  autócrata  por  la  vo- 
lantad  odiosa  del  terror  y  en  hombros  de  la  esclavitud. 

Interrumpo  el  curso  de  estas  generalidades  para  hacer  el 
elogio  más  entusiasta  de  un  ciudadano  oriental,  que  de  mu- 
chísimos años  atrás  viene  sirviendo  con  lujo  de  fidelidad,  tan 
invariable  como  desinteresada,  al  lejano  país  do  su  nacimiento. 
Quienes  alguna  vez  han  tenido  relaciones,  de  cualquier  géne- 
ro útil,  con  Estados  Unidos  saben  ya,  antes  de  que  estampe 
su  nombre,  que  me  refiero  al  señor  don  Prudencio  de  Mur- 
guiondo,  nuestro  Cónsul  General  aquí.  Y  quienes  algo  conoz- 
can de  los  albores  de  soberanía  en  el  Plata,  sobre  todo, 
quicues    hayan    leido    las    páginas    históricas    magibtrales    de 


64  r,JJlB  ALBERTO  DB  HBRBBBA 

Francisco  Bñuzá,  no  ignoran  que  su  abuelo,  coronel  colonial 
del  mismo  nombre  j  apellido,  fué  jefe  de  un  cuerpo,  famoso 
por  sus  agitaciones  en  los  instantes  del  crepfisculo  patriótico. 
Tuve  especial  placer  en  visitar  al  sefior  Muigniondo  en  su 
domicilio  de  Baltimore.  Aunque  se  trate  de  conocimientos 
vulgares,  interesa  recordar,  para  concebir  mejor  la  grandeza 
de  este  organismo  social,  que  Baltimore  cuenta  setecientos  mil 
habitantes,  estando  solo  á  tres  cuartos  de  hora  de  Washing- 
ton;  pero  por  ferrocarril  americano,  adviértase. 

¡CuiCntos  buenos  frutos  debí  á  mi  iniciativa  cortés!  Gra- 
cias á  ella  pude  solazarme  durante  horan^  que  pasaron  des- 
apercibidas, en  el  trato  de  un  caballero,  de  un  patriota  y 
de  un  trabajador.  Lo  primero  lo  lleva  escrito  el  señor  Mur- 
guíondo  en  su  físico  y  en  su  trato,  que  ofrecen  el  ejemplo 
de  una  alianza  seductora  de  la  hidalguía  hispana  y  de  la 
serenidad  sajona.  Lo  s^undo,  se  aprecia  muy  pronto  aqui- 
latando la  pasión  depurada  que  aquel  servidor  siente  por  la 
república,  pasión  que  no  han  conseguido  amortiguar  ni  me- 
dio biglo  largo  de  alejamiento,  ni  la  experiencia  de  afanes 
loables  esterilizados.  La  tercer  arista  se  pone  fácilmente  de 
relieve  abrazando  en  conjunto  su  labor  de  épocas,  reco- 
rriendo sus  libros  de  correspondencia,  leyendo  sus  cartas, 
llenas  de  jugo,  sus  notas,  siempre  previsoras,  sus  publica- 
ciones aquí;  en  una  palabra,  examinando  los  elementos  con 
que  ha  sostenido  impertérrito  la  defensa  de  la  tierra,  tan 
distante!  El  señor  Murguíondo  vive  en  Norte  América  desde 
1846.  De  entonces  acá  sólo  una  vez,  hace  dos  lustros,  ha 
vuelto  al  Rio  de  la  Plata  para  tener  ocasión  de  encontrar 
á  sus  lares  en  plena  prosperidad  y  adelanto,  apesar  de  todo 
y   contra  todo. 

Para  probar  que  no  exagero  al  enaltecer  tan  ardiente- 
mente la  actividad  veterana  é  incansable  del  ciudadano  de 
que  hablo,  me  bastaría  con  decir  que,  hoy  mismo,  un  im- 
portante órgano  de  New  York  dedica  media  página  de  su 
edición  dominguera  al  comentario  de  la  Exposición  de  pro- 
ductos exclusivos  de  este  país  proyectada  en  Montevideo. 
Bajo  ese  artículo  de  ventajosa  propaganda  está  la  inspira- 
ción del  Cónsul  General  del  Uruguay    quien,  interrogado  en 


DESDE     WA8HINQT0N  65 

el  desarrollo  del  mismo  sobre  cuales  son  las  mercaderías  de 
posible  colocación  entre  nosotros^  contesta  textualmente  al 
repórter:  cTodas  las  exportaciones  americanas  responden  á 
casi  todas  las  demandas  de  la  importación  oriental,  pues 
Montevideo  es  una  ciudad  de  carácter  acentuadamente  cos- 
mopolita. Todo  lo  que  posea  mérito  verdadero  será  apreciado 
7  comprado  allá.  Máquinas  de  coser,  máquinas  de  escribir^ 
utensilios  agrícolas,  paños,  relojes,  rifles,  pistolas,  municiones^ 
manufacturas,  etc.;  en  definitiva,  todo  lo  que  encuentra  sa- 
lida en  una  plaza  como  la  de  New  York  la  tendrá  también 
allá,  advirtiendo  además,  que  la  base  de  las  transacciones  es 
á  oro  7  al   más  alto   tipo.» 

¿No  pide  caluroso  agradecimiento  público  tanta  tenacidad 
en  el  esfuerzo  noble?  ¿No  se  señala  un  caso  ejemplar  de 
adhesión  al  terruño  y  de  rara  lealtad  á  una  bandera,  descu- 
briendo á  los  ojos  de  la  multitud  la  figura  esclarecida  de 
QD  compatriota  que  á  los  setenta  y  dos  años  de  edad  se 
emociona  al  hablar  del  país  de  sus  mayores  y  apenas  suyo 
en  la  materialidad  de  la  vida,  pues  cincuenta  y  seis  años  de 
ausencia  pesan  como  una  lápida  sobre  la  más  viril  de  las 
afecciones?  Presentando  al  natural  á  este  servidor  modesto, 
ignorado,  sin  aspiraciones  ningunas,  contento  de  ser  solicitado, 
que  se  entusiasma  al  calcular  los  inmensos  beneficios  que 
rendirá  el  nuevo  puerto,  ¿no  se  confunde  acaso  con  luces  de 
diamante  á  los  buhos,  á  los  que  reniegan  de  todos  nuestros 
méritos,  de  todos  nuestros  latidos,  por  el  hecho  de  ser  nues- 
tros? bendito  sea  el  imán  irresistible  de  la  patria  que  á  to- 
dos nos  conquista  y  á  todos  nos  hace  buenos ! 

La  gentileza  del  señor  Ministro  del  Brasil  me  permitió, 
la  semana  última,  estrechar  la  mano  de  Santos  Dumont, 
glorioso  soldado  de  la  ciencia  contemporánea.  El  ya  célebre 
aeronauta  ha  sido  solicitado  por  los  organizadores  de  la 
Exposición  de  San  Luis  para  preparar  originales  y  costosí- 
simas carreras  en  globo,  y  con  este  motivo,  de  paso  para  su 
destino,  fué  presentado  á  la  sociedad  de  Washington  por  el 
doctor  Assis  Brazil  y  señora,  quienes  dieron  al  efecto  una 
hermosa  fiesta.  Como  todos  los  hombres  que  poseen  positi- 
vas condiciones  superiores,  se  caracteriza  Santos  Dumont  por 

6 


66  LUIS  ALBEBTO  DE  HERRERA 

una  afabilidad  7  modestia  sugestivas.  Habla  de  sus  temera- 
rios esfuerzos  en  favor  de  la  navegación  aérea,  como  si  se 
tratara  de  asunto  desprovisto  de  mérito  y  mostrando  siempre 
en  los  labios  el  dibujo  de  una  sonrisa  simpática  y  buena. 
Es  de  baja  estatura,  escaso  de  carnes,  su  cabeza  es  pequeña; 
tiene  ojos  vulgares  pero  iluminados  por  una  expresión  agra- 
dable; una  raya  al  medio,  sin  gracia,  parte  en  dos  campos 
8U  abundante  cabellera  oscura,  cuidadosamente  aplastada  á  los 
lados.  Conversa  poco  y  cuando  lo  bace  levanta  poco  la  voz, 
como  si  estuviera  avergonzado  de  su  universal  notoriedad. 

Queda  caracterizado  así,  en  cuatro  rasgos  de  pluma  imper- 
fecta, el  héroe  de  los  aires,  el  hombre  de  espíritu  y  de 
corazón  grande  que  á  los  veintiocho  años  ha  subido  de 
golpe,  llevado  por  su  globo,  hasta  el  cielo  de  la  fama  ver- 
dadera. Nadie  descubriría  en  él  rasgos  enérgicos  de  audacia^ 
de  virilidad  ó  de  fuerza  y,  sin  embargo,  él  es  un  irresis- 
tible caudillo  y  sus  vuelos  de  conquistador  no  tienen  igual 
ni  aceptan  límite.  Santos  Duniont  también  busca  un  reino 
de  Cipango  soñado  más  allá,  más  arriba  del  manto  real  de 
las  nubes.  ¡Qué  intrepidez  la  suya!  Desde  que  monta  su 
barco  pone  su  vida  al  capricho  de  una  baraja  y  tira  al 
abismo  sus  ambiciones.  Todo  por  el  afán  radiante  de  ser- 
vir á  la  ciencia.  Cuántas  impresiones  de  campo  de  batalla 
habrá  experimentado  el  bravo  marino  de  las  alturas  al  sen- 
tirse arrastrado  por  corrientes  irresistibles,  solo,  perdido,  en 
la  inmensa  soledad  de  los  mares  azules!  Pero  el  equilibrio 
de  sus  facultades  destaca  admirable,  y  gracias  á  él  salvó 
de  una  muerte  segura  cuando  su  último  accidente  en  la  costa, 
del   Mediterráneo. 

A  la  pregunta  de  un  periodista,  sobre  si  no  sentía  temor 
en  sus  arriesgadas  excursiones,  contestó:  — c  Siempre  tengo  bas- 
tante que  hacer  abordo  de  mi  nave  y  no  dispongo  de  tiem- 
po para  pensar  en  asustarme.  No  sé,  pues,  lo  que  vale  el 
terror  de  una  caída.»  Al  desembarcar  en  New  York  ex- 
clamó entusiasmado:  «Vaticino  que  aquí  radicará  en  el  fu- 
turo uno  de  los  primeros  puertos  de  los  buques  aéreos. ». 
¿Cierto  que  producen  efecto  reflexivo  raro,  cual  si  so  tra-, 
tara  de  perspectivas   milagrosas,   estas   afirmaciones  de   hori- 


DB8DE    WASHINGTON  67 

zonte  genial?  ¿Y  por  qué  no  ha  de  estar  en  lo  cierto  quien 
ba  adquirido  con  sus  hazañas  el  derecho  de  ser  creido  y  es- 
cuchado? Bien  sabemos  que  la  antesala  de  los  grandes  es- 
clarecimientos científicos  ha  sido  en  todas  las  edades  una 
convicción  de  absurdo  que^  sin  ocurrir  á  los  ejemplos  cla- 
sicos que  retratan  á  Colón  ridiculizado  porque  suponía  á  la 
tierra  redonda,  Fultón  desairado  como  un  extravagante  visio- 
nario por  Napoleón^  Galileo  próximo  al  suplicio  por  el  de- 
lito de  ser  sabio^  y  Morse^  casi  apedreado,  se  presenta 
palpitante  y  á  un  día  de  distancia  en  el  caso — creído  vana 
locura — de  la  telegrafía  sin  hilos.  Se  ve  claro  que  el  vale- 
roso brasileño  está  dispuesto  á  sacrificar  todo  lo  suyo,  aun 
lo  más  precioso,  con  tal  de  alcanzar  hu  propósito  colosal. 
Sin  bosquejar  pesimismos  pensamos  que  su  gallarda  empresa 
puede  fácilmente  señalar  la  hora  de  su  martirio  y  que  talvez 
al  poner,  unas  de  tantas  veces,  su  pie  en  la  barquilla  veloz, 
pague  con  la  vida  su  indomable  anhelo  de  reproducir  en  la 
tierra  la  figura  fantástica  de  aquel  Robur  que  fué,  según 
Julio  Yerne,  dictador  de  los  aires. 

Reviste  especial  interés  la  conferencia  de  Santos  Dumont 
con  Thomas  Edison,  inventor  de  maravillosas  brujerías.  Esto 
pinta  el  carácter  norteamericano:  empezó  Edison  por  decir 
que  la  humanidad  debía  sentirse  avergonzada  de  no  haber 
resuelto  aun  el  problema  de  la  navegación  aérea.  «Hace  poco 
estando  en  Florida,  dijo,  vi  un  gran  pájaro, — creo  que  era 
un  buitre — que  se  sostuvo  en  el  espacio  durante  una  hora, 
sin  que  moviera  las  alas  de  manera  perceptible.  Cuando 
Dios  hizo  ese  pájaro  él  le  dio  una  máquina  para  que  pu- 
diera volar  pero  no  le  concedió  mucho  más.  Prestó  al  ave 
un  cerebro  muy  chico,  habilitándola  para  dirigir  los  movi- 
mientos de  aquella  máquina,  pero  otorgó  al  hombre  un  pen- 
samiento muy  superior,  comparado  al  de  los  pájaros.  Pues 
bien,  aprovechemos  la  lección.  Ese  buitre  representa  un  me- 
canismo natural  para  volar,  que  es  mil  veces  más  pesado 
que  el  aire  que  desaloja.  En  segundos  de  vuelo  perezoso  puede 
trasponer  distancias  que  el  hombre  vence  con  enorme  difi- 
cultad, y  esto,  como  digo,  gracias  á  un  simple  aletee.  Esa 
no  es  más  que  una  máquina  y  un  cerebro   chico  y  no  tiene 


68  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

en  realidad  nada  remarcable.  ¿Por  qué,  entonces,  no   puede  el 
hombre    construir    un    aparato    semejante     y     eficiente    para 
volar  como  el  buitre?  Mucha  gente  sostiene   que   ello  es  de- 
bido ú  que  nunca  se  tuvo  la  intención   de  que  el   ser  huma- 
no   volara;   que    si    la   naturaleza    lo    hubiese    intentado    así 
habría  dotado  á   su  cuerpo   de   los    elementos    indispensables 
que  dio  á   los  pájaros.   Pero    se   podría   contestar,   aceptando 
este  criterio,  que  también  nunca  so  pensó  que   el  hombre  go- 
zara de  otra   iluminación    que   no  fuese  la  del    sol,  la  de  la 
luna  y   la  de  las  estrellas,  que  fué   originaria;  y    que   no  de- 
biéramos movernos  de  un    país    á  otro,  llevados    rápidamente 
por   ruedas,    porque     la   naturaleza    no     las   puso    á    nuestro 
alcance  en   los  comienzos  de  la  creación.^    Así  habla  el  sen- 
tido  práctico.    Avanzando      luego  opinión,  y  como    respuesta 
al  joven    ingeniero  que   le   expresó  su  empeño   constante  de 
reducir  las   dimensiones  del  globo,  agregó   el  viejo  vencedor  de 
la   electricidad: — «Bien;   usted  está  en  el  buen   camino  y  ha 
dado  un   paso  firme  hacia    la    solución  completa  del  proble- 
ma.  Persevere;   pero    deshágase   de  su    globo,  combínelo  más 
diminuto  cada  vez.   Mucho  tiempo  le  exigirá  hacer   el  nego- 
cio comercialmente  posible.  Cuando  usted  reduzca   las  dimen- 
siones   de  su    globo,  tanto   que    se    alcance  á  verlo   con    el 
microscopio,    habrá    triunfado      De     estas  y   otras   curiosas 
manifestaciones   de  Edison  se  deduce  que,  en  su  concepto,  el 
éxito  se   obtendrá  mediante  el  invento  do  un  mecanismo  más 
pesado  que  el  aire;  pero  de  tales  condiciones  técnicas  —  aun 
desconocidas — que   pueda   sostenerse   en   el  espacio  á  la  par 
de  los  pájaros,   y  no  insistiendo   en    crear  naves    que   floten 
á  fuer   de  livianas.  De  todos  modos,  Santos  Dumont,  en  su 
afán  de   descubrir    los    arcanos    de  este  nuevo    polo,  ya   se 
interna,  iluminado,  en  las  aguas  del   mar  interior. 

¿Recuerdan  que  en  mi  primera  carta,  al  referir  á  la  densidad 
de  población  en  las  Antillas  menores,  y  muy  especialmente  á  la 
Isla  de  Barbados,  apuntaba  las  preocupaciones  sobre  el  asunto  de 
un  maestro  de  escuela,  allí  nacido,  que  sólo  veía  cu  alguna  gran 
calamidad  pública  remedio  á  situación  tan  grave?  Pues  un  si- 
niestro 4)apricho  de  la  naturaleza  ha  dado  espantosa  realidad  á 
aquellas  profecías,  enunciadas  sin  recelo  como  se  enuncian  las 


DESDE     WASHINGTON  69 

probabilidades  imposibles.  La  ciudad  de  Saint  Fierre,  enterrada 
viva  por  lavas  hirvientes^  ha  dado  á  la  América  una  Pompeja^ 
más  amplia,  más  fúnebre,  más  conmovedora,  que  laPorapeya  de 
los  tiempos  clásicos.  Las  demás  islas  y  aquella  bonita  población 
de  Bridgetown,  que  tuvimoi'  ocasión  de  observar  desde  á  bordo, 
con  sus  calles  espaciosas  señaladas  por  palmeras  centenarias,  co- 
rren también  peligro  inmenso.  En  estos  instantes  el  rugido  atro- 
nador de  volcanes,  hasta  ayer  sin  aparente  virilidad  y  ahora  con 
voz  más  ruidosa  que  la  voz  de  cien  cañones,  advierte  á  muchos 
pueblos  indefennos  cuan  terrible  es  su  situación  y  califica  otra 
vez  la  fragilidad  de  los  destinos  humanos.  ¡Ojalá  la  amenaza  no 
se  haga  carne!  Frente  á  lo  inmenso  del  desastre  se  destaca  lo  in- 
menso del  socorro.  El  mundo  entero  ha  llorado  con  la  Francia. 
Antes  que  ninguno  resalta  por  su  magnificencia,  por  su  gigantesco 
significado  de  caridad,  el  concurso  espléndido  de  esta  gran  na- 
ción que  ha  ofrecido  á  los  perjudicados  el  homenaje  de  medio 
millón  de  pesos  oro,  sin  proclamar  su  desprendimiento,  sin  pre- 
gonarlo, sin  soberbia.  Barcos  repletos  de  alimentos,  de  remedios, 
con  personal  médico  y  científico,  han  zarpado  ya  de  los  puertos 
americanos  para  el  sitio  de  la  catástrofe.  ¿Habrá  todavía  quién 
niegue  la  derecha  en  todo  á  este  país  colosal? 


III 


Oasa  Blanca  —  8u  descripción  y  su  historia  —  La  estatua  de 
Rochambeau  —  La  ceremonia  de  la  inauguración  —  El  presidente 
Rooseveit  —  8u  oratoria,  su  figura  y  sus  antecedentes  —  La  eman- 
cipación de  Cuba — Primeros  frutos  de  la  obra  —  La  república 
de  Cuba  — Sus  relaciones  .con  los  Estados  Unidos — j-a  obra  de 
los  maestros  americanos  —  Sampson  y  Pauncefote  —  El  ejército 
yankee  —  8u  idiosincracia  —  Caracteres  envidiables. 


No  dedicar  algún  espacio  á  la  histórica  Casa  Blanca,  al 
hablar  de  Washington,  parece  descortesía  semejante  á  la  del 
huésped  que  no  pregunta  por  los  jefes  del  hogar  al  que  es 
admitido,  porque  encarna,  la  referida,  todas  las  grandes  tradi- 
ciones de  la  vida  política  norteamericana,  pudiéndose  asegu- 
rar que  allí  han  hecho  im  alto  las  miís  ilustres  virtudes 
democráticas  del  Nuevo  Mundo.  Jorge  Washington  puso  su 
piedra  fundamental  en  1792  y  ocho  años  después  la  inaugu- 
raba el  presidente  John  Adanis,  aquel  glorioso  veterano  de 
las  luchas  institucionales  que  muchos  lustros  más  tarde  sella- 
ba sos  labios  de  moribundo  con  estas  palabras  que  encierran 
todo  el  testamento  de  un  republicano  sincero:  «¡Indepen- 
dencia para  siempre;  Jcfferson  sobrevive!» 

En  1814  fué  incendiada  pero  no  bien  terminó  la  guerra  se  pro- 
cedió á  restaurarla,  pintándola  de  blanco  para  que  destacara  me- 
jor sobre  el  fondo  oscuro  del  arbolado  que  la  rodea,  circunstancia 
^8ta  que  le  dá  su  nombre  típico.  Monroe  ja  la  habitó  en  1818  j 
desde  entonces  á  la  fecha  nada  ha  interrumpido  el  desfile  de  los 
presidentes  americanos  por  los  salones  de  la  mansión  ejecutiva. 
Ni  aun  aquellos  días  recios  y  terribles  de  la  guerra  civil  pudie- 


72  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

ron  arrancará  la  legalidad  de  bu  asiento  y  todavía  se  muestra  al 
visitante  la  ventana  desde  donde  Ábraham  Lincoln  infundió 
alientos  á  su  pueblo  en  horas  de  amai*gura  nacional,  cuando  los 
hermanos  se  batían  entre  sí  por  la  liberación  del  negro. 

Inclina  á  pensar  que  el  dominio  de  las  grandes  fuerzas  morales 
debe  ser  incontrastable  en  el  seno  de  la  humanidad,  el  hecho  real 
de  que  sea  tan  meridiano  el  renombre  de  una  construcción  sen- 
cilla, limpia,  casi  insignificante,  que  no  resiste  paralelo  en  su  ex- 
terior arquitectónico  con  nuestro  actual  Casa  de  Gobierno.  Ni  el 
Imperio  Británico,  ni  la  Alemania  poderosísima  del  día,  ni  Italia 
la  escultural,  ni  Francia  con  sus  leyendas  en  todo  sentido  napo^ 
leónicas,  ni  la  España  arcaica,  ni  esa  Rusia  sin  límites,  pueden 
presentar,  á  pesar  de  sus  respectivos  apogeos,  un  solo  edificio 
que  hable  tanto  como  la  Casa  Blanca  al  corazón  de  los  hombres 
selectos  y  al  corazón  de  los  hombres  rudos. 

Cuatro  paredes  levantadas  con  modestísima  piedra  de  Vir- 
ginia, sin  edad  casi,  desprovistas  del  menor  detalle  de  lujo, 
poseen  ya  hoy  más  prestigio  ante  el  Universo  que  todos  los 
magníficos  palacios  de  todas  las  testas  coronadas.  Es  que  la 
Casa  Blanca  vale  por  lo  que  ella  dice  al  espíritu  desper- 
tando memorias  del  pasado.  ¿Acaso  se  piensa^  al  recorrerla, 
en  triunfos  sangrientos,  en  choques  de  ambición  armada,  en 
epopeyas  militares,  en  golpes  de  Estado,  en  conflictos  trá- 
gicos, en  guerras  de  conquista,  en  déspotas  ó  en  tiranos? 
No.  Como  Cornelia  otras  son  las  joyas  de  que  esta  nación 
se  precia.  Al  cruzar  aquellas  salas  la  imaginación  conoce 
placeres  sin  una  veta  cruel  ni  arbitraria.  La  encarnación  de 
la  mujer  patriota  y  de  la  esposa  ejemplar  la  (»frece  Martha 
Washington,  cuyo  retrato  ocupa  todo  un  lienzo  de  pared. 
La  síntesis  de  todas  las  perfecciones  humanas  vaga  en  la 
persona  del  general  Washington,  reproducida  sobre  tela  al 
lado  de  la  anterior:  juntos  en  la  vida,  juntos  en  la  muerte 
y  juntos  en  la  posteridad.  Después  sigue  la  sucesión  de 
todos  los  mandatarios  que  fueron,  y  con  ellos  pasan  famas 
purísimas  de  ciudadanos  sin  tacha,  de  los  cuales,  uno,  de 
Bifio,  fué  leñador;  otro,  talabartero;  aquél,  escaló  las  mas  altaa 
posiciones  empezando  por  ser  soldado  voluntario  do  la  cansa 
de  la  libertad;  el   de  más  allá,   aprendió  á  leer  ya   hcmibrel 


DESDE    WASHINGTON  78 

¡Qué  descendencia  la  idel  viejo  Franklin!  Si  no  por  otros 
medios  de  convieci<5n,  aun  más  eficientes,  la  democracia  acre- 
ditaría la  intensidad  de  sus  virtudes  apuntando  los  nombre? 
do  esos  varones  justos,  sus  hijos. 

Muchas  veces  se  ha  hablado  de  restaurar  la  antigua  casa 
presidencial  arrancando  de  su  fisonomía  .el  carácter  sobrio  y 
severo  que  se  le  imprimió  en  la  infancia,  cuando  todavía  no 
se  creía  que  esta  nacionalidad  sería  la  favorita  de  las  insti- 
tuciones y  del  progreso.  Se  ha  repetido  que  el  representante 
popular  de  setenta  y  seis  millones  de  hombres  libres  debe 
residir  en  una  mansión  moderna  y  monumental,  digna  de 
tanta  virilidad,  y  que  la  magostad  de  los  Estados  Unidos 
exige  que  se  inmole  el  relicario  de  toda  una  tradición.  Estas 
manifestaciones,  hechas  en  el  Congreso,  han  provocado  verda- 
deras explosiones  del  sentimiento  público,  contándose  que  de 
todos  los  extremos  de  la  Unión  han  recibido  los  reformadores 
ardientes  protestas. 

Hiíse  respondido,  en  efecto,  que  entrañaría  un  crimen  de 
leso  patriotismo  el  sacrificio  de  la  vieja  residencia,  en  el  afán 
rumboso  de  abrir  las  puertas  á  un  lujo  desatentado;  que 
bien  pueden  sentirse  cómodos  en  la  Casa  Blanca  los  presi- 
dentes del  día  cuando  allí  vivieron  los  presidentes  de  ayer, 
los  atletas  de  la  epopeya  nacional;  que  más  vale  presentar 
al  visitante  ese  edificio  austero,  encarnación  exacta  de  las 
virtudes  de  una  raza,  que  creaciones  de  derroche  arquitecto- 
díco;  que  allí  palpita,  en  una  palabra,  la  historia  del  país  y 
qoe,  en  consecuencia,  nadie  tiene  derecho  bastante  para  rom- 
per ese  precioso  recnerdo.  Y  así  se  ha  reconocido,  ¡puede 
tanto  aquí  la  voluntad  de  la  opinión!  De  manera,  pues,  que 
nada  se  fa^a  variado  en  la  residencia  del  gobierno  americano. 
Así  sucede  que  se  tropieza  con  dificultades,  en  ocasión  de  las 
grandes  conmemoraciones,  debido  á  la  escasez  de  espacio. 
Esta  circunstancia  tan  imperativa  ha  obligado  al  Senado  á  re- 
solver que  ¿e  agregue  un  ifüevo  pabellón  lateral  al  edificio,  á  fin 
de  darle  un  desahogo  indispensable.  El  frente  de  la  famosa  man- 
sión lo  abraza  la  Plaza  de  Lafayette,  espléndido  jardin,  natural 
casi,  sin  acicalamieptos  ni  verjas,  que  completa  el  aro.  de  follajes 
qoe  atranca  del  Potomae  y  rodea  á  la  Casa  Blanca.  Este  sqiuire 


74  LUIS  ALbMtO  D^  ÜBtlREBA 

ofrece  en  su  centro  la  estatua  ecuestre  del  heroico  general  An- 
drés Jackson^  vencedor  de  ios  ingleses  en  la  memorable  defensa 
de  Nueva  Orleans.  El  ángulo  ieqnierdo  lo  ocupa  el  monumento 
levantado  á  la  memoria  de  aquel  marqués^  dos  veces  noble, 
que  recién  casado,  rico  y  lleno  de  brillantes  perspectivas, 
corrió  en  horas  duras  al  nuevo  continente,  soldado  voluntario 
en  las  luchas  por  la  libertad.  Lafayette,  dominándolo  desde 
la  altura,  aparece  rodeado  de  los  marinos  7  capitanes  fran- 
ceses que  lo  secundaron  en  su  esfuerzo,  mientras  acepta  una 
espada  que  le  brinda  el  Derecho.  En  el  extremo  posterior, 
del  mismo  lado,  el  bronce  consagrará  muy  pronto  el  nombre 
del  gran  Kosciusko,   del   justo    proscrito. 

El  ángulo  izquierdo  de  esta  plaza,  dedicada  á  los  más 
ilustres  extrangeros  amigos  de  Norte  América,  acaba  de  ser 
condecorado  con  la  estatua  del  mariscal  de  Rochambeau. 
Fué  la  mencionada  una  ceremonia  llena  de  color  que  se  des- 
lizó rodeada  de  las  mayores  solemnidades  oficiales.  El  Cuerpo 
Diplomático  concurrió  á  ella  de  rigurosa  etiqueta  pagando 
así  tributo  al  deseo  evidente  de  las  partes  interesadas.  En 
esa  oportunidad  pude  apreciar  muchos  detalles  de  relieve. 
El  monumento  es  una  obra  gallarda  que  tiene  todo  el  sello 
de  esa  indefinible  elegancia  que  derrama  sobre  sus  concep- 
ciones el  genio  francés. 

Sobre  un  pedebtal  liso,  de  cuatro  á  cinco  metros  de  altu- 
ra, descansa  la  estatua  del  héroe,  qirien  estruja  con  la  mano 
derecha  un  papel — el  plano  de  la  ciudad  sitiada  de  Yorktown 
— mientras  con  la  otra  apunta  hacia  adelante,  en  ademán  de 
sefialar  el  punto  débil  de  las  fortificaciones  enemigas.  A  aaw 
pies,  también  fundida  en  bronce,  aparece  la  Victoria  ofre- 
ciendo ima  espada  á  la  Libertad.  Junto  á  la  imagen  de  ésta 
resalta  el  águila  americana,  pronta,  con  la  garra  extendida, 
en  soberbia  actitud  de  ataque. 

El  pastor  de  la  iglesia  de  San  Patricio  bendijo,  primero,  en 
breves  términos  el  nuevo  monumento  y  enseguida  el  señor 
presidente  de  los  Estados  Unidos  tomó  la  palabra  agrade- 
ciendo en  forma  calurosa  y  enfática  el  expresivo  presente  de 
la  Francia,  ctan  poderosa  en  la  paz,  como  poderosa  en  la 
guerra;    de    la    nación    amiga    cuyo  predominio    én  tantas  7 


DE8DE    WASHINGTON  75 

notables  ramas  del  saber  y  de  la  divilizacióa  sertf  siempre 
reconocido  por  el  mundo  entero.»  Mr.  Boosevelt  es  un  ora* 
dor  hecho  y  á  poco  de  cirio  se  alcanza  que  maneja  la  piüa* 
bra  con  verdadera  maestría.  No  lee  sus  discuréos,  pero  do- 
tado de  una  admirable  memoria,  los  desarrolla  sin  descubrir 
una  simple  vacilación  que  bien  pudiera  ocurrírsele  á  quien 
sabe  cuanto  valor  oficial  tienen  sus  expresiones.  Articula  las 
palabras  con  lentitud  y  en  voz  tan  clara  que  nadie  podrá 
decir  nunca  que  no  lo  ha  entendido,  á  la  vez  que  les  im- 
prime extraordinario  acento^  como  ^i  se  esforzara  en  conven- 
cer á  sus  oyentes  de  que  siente  lo  que  dice.  Después  de 
oírlo  y  de  leerlo  se  llega  á  la  conclusión  de  que  el  primer 
magistrado  norteamericano  sanciona  también  en  la  práctica 
la  verdad  aquella  de  que  cel  estilo  es  el  hombre».  En  efecto, 
él  es  como  sus  párrafos,  sólido,  fuerte  y  macizo.  Por  lo  de- 
más, sus  gestos  de  tribuno,  llenes  de  energía  y  de  propia 
personalidad,  responden  á  su  idiosincracia,  acentuadamente 
varonil*  Mr.  Roosevelt  realiza  él  tipo  de  loe  hombres  de  metis 
sana  in  corpore  safio. 

Alto,  bien  construido,  en  ])leno  vigor  físico,  apasionado  por 
los  ejercicios  atléticos,  cuyas  ventajas  no  pierde  ocasión  de 
preconizar,  él  encama  en  el  poder  la  salud  envidiable  de  este 
pueblo  de  prodigiosa  musculatura.  Sus  facciones  son  corree- 
tas;  sus  modales  sueltos  y  benevolentes,  como  sucede  con 
todos  los  hombros  fuertes;  su  conversación  afable  y  llana 
invita  á  la  amistad  y  enciende  rápidas  simpatías.  Mira  en 
forma  abierta,  de  frente,  y  aRÍ,  siempre  repudiando  dobleces, 
procede  en  la  altura,  aceptando  oigulloso  el  lote  de  respon- 
sabilidades  políticas  que  le  apareja  su  deber. 

Señalando  con  rasgos  de  hermosa  energía  cada  jalón  del 
áspero  camino  ha  hecho  su  caiTcra  pública  imponiéndose  por 
el  imperio  de  su  carácter  sin  miedos.  Solo  así  pueden  expli- 
carse sus  extraordinarios  éxitos  políticos  y  si  bien  es  nece- 
sario aceptar  que  el  puñal  de  Colgosz  apresuró  su  triunfo 
definitivo,  dándole  á  los  cuarenta  y  dos  años  una  investidura 
que  nadie  tuvo  á  esa  edad  antes  que  él  aquí,  también  debe 
reconocerse  que  hasta  ella  habría  llegado,  de  cualquier  modo, 
gracias   á  su   inmenso   prestigio  de  caudillo.     La   gueri*a  con 


76  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

Espafia  ptest/i  brillante  campo  á  la  voluntad  férrea  de  Mr. 
Roosevelt  permitiéndole  exteriorizar^  en  forma  memorable,  sus 
cualidades  de   luchador. 

Ocupaba  él  por  entonces,  un  puesto  de  importancia  en  el 
Departamento  de  Gnernu  Al  iniciarse  las  operaciones  mili- 
tares, discutiendo  con  sus  compañeros  de  tareas,  sostuvo  que 
caballerías  voluntarias,  formadas  por  buenos  jinetes,  serían 
más  eficaces  sobre  el  terreno  que  los  regimientos.  Enseguida 
abonando  la  fuerza  de  sus  convicciones,  reunió  á  sus  ami-i 
gos  proponiéndoles  concurrir  ni  terreno  de  la  guerra  debida- 
mente organizados.  Aceptada  con  entusiasmo  la  idea,  muy 
pronto  Teodoro  Roosevelt  era  elegido  jefe  de  cientos  de 
soldados  de  caballería,  escogidos  entre  los  miís  reputados 
apellidos  de  New  York.  Denomináronse  esos  guardias  na- 
cionales los  liough  liders  (ginctes  toscos)  y  trasladados  á  la 
Isla  de  Cuba  llenaron  de  manera  esclarecida  su  misión  dando 
ellos,  con  todo  resultado,  la  única  carga  famosa  de  la  cam- 
paña. Ahora  bien,  imagínese  qué  enorme  repercusión  habrá 
tenido  en  las  filas  del  pueblo  ese  singular  éxito  guerrero  del 
arrojado  ciudadano  Roosevelt  que  había  ratificado  la  fama 
viril  de  los  hijos  de  América  jugando  su  vida  entre  las  ba- 
las 7  en  un  clima  mortífero,  á  la  par  del  míís  humilde 
soldado.  La  nación  entera  se  sintió  orgullosa  de  la  caballe- 
resca aventura  corrida  y  el  brioso  jefe  de  regimiento  adqui- 
rió perfiles  fantásticos.  Necesitando  el  partido  republicano 
afirmar  sus  posiciones  políticas  en  el  Estado  de  New  York 
levantó  su  candidatura,  como  bandera  de  victoria,  que  fué 
votada  por  miembros  aún  de  la  fracción  adversaria.  Poco 
después,  la  Convención  de  su  partido  lo  proponía  para  Vice- 
presidente de  la  República  combinándose  la  fórmula  electoral 
Mackinlcy-Roosevelt,  que   aliaba  prestigios  irresistibles. 

La  especial  importancia  del  orador  nos  ha  apartado  mucho 
de  la  ceremonia  inaugural  que  venimos  describiendo.  A  Mr. 
lioosevelt  siguió  en  el  uso  de  la  palabra  el  embajador  de 
Francia,  Monsieur  Camben,  apreciadísimo  aquí. 

Este  diplomático  representó  á  España  en  los  preliminares 
de  paz  cerrados  en  el  tratado  de   Paris.     Luego   tuvo  frases 


DESDE    WASHINGTON  77 

de  verdadera  elocuencia  el  general  Porter,  cerrando  la  serie 
el  generalísimo   Bruyere^   jefe  superior   del  ejercito  francés. 

Una  inmensa  ovación  popular  saludó  su  presencia  en  la 
tribuna.  Con  natural  curiosidad  observé  á  soldado  de  tan- 
ta gerarquía,  llamado,  en  caso  de  conflicto,  á  mandar  mi- 
llones de  voluntades  y  en  cuyo  talento  militar  se  concentran 
las  esperanzas  victoriosas  de  un  pueblo  que  delira  con  el 
reverdecimiento  de  las  glorias  imperiales.  El  general  Bru- 
yere  representa  cincuenta  años  largos.  Su  fisonomía  inteli- 
gente atrae  por  el  conjunto  de  rasgos  enérgicos  que  la  des- 
tacan. Bien  plantado,  serio  y  agradable  en  su  apariencia, 
supo  aumentar  los  entusiasmos  del  auditorio  pronunciando 
conceptos  fraternales  que  hacía  más  cariñosos  aún  el  acento 
bizarro   y  musical  de  la  lengua  nativa. 

Cuando  la  condesa  de  Rochambeau  descorrió  el  velo,  en- 
tregando la  estatua  de  su  antepasado  á  los  amores  de  un 
magnífico  sol  de  Mayo,  las  notas  de  la  Marsellesa  y  del 
Star  Spangled  Banner  hendieron  la  altura,  abrazadas,  mien- 
tras el  clamoreo  de  la  mnltitud  confirmaba  la  fuerza  sim- 
pática del  acto.  Enseguida  desfilaron  las  tropas  presentes 
de  ambas  nacionalidades.  Cuando  llegó  su  turno  á  los  ma- 
rinos del  «Gauloii»  el  aplauso  uuánime  de  los  espectadores, 
apiñados  sobre  las  aceras,  les  rindió  homenaje  en  forma 
atronadora.  Un  gran  latido  popular  puso  término  á  la  fiesta 
internacional. 

Kn  esta  quincena  se  ha  producido  un  suceso  venturoso  que 
fortifica  la  entidad  libre  del  Nuevo  Mundo:  la  independencia 
de  Cuba.  El  20  de  Mayo  el  general  Wood,  representante 
de  la  intervención  norte-americana,  izó  personalmente  en  el 
Castillo  del  Morro  la  bandera  de  la  nueva  repáblica,  ha- 
ciendo entrega  inmediata  al  Presidente,  señor  Tomás  Estrada 
Palma,  de  las  riendas  de  gobierno. 

Comunican  los  corresponsales  que  acontecimiento  tan  inol- 
vidable fué  festejado  por  todas  las  poblaciones  de  la  Isla, 
que  no  economizaron  medios  para  asociarse  al  gran  júbilo. 
Se  explica  bien  esa  alegría.  Después  de  tantos  esfuerzos  he- 
roicos, de  tantos  desastres,  de  tantos  audaces  y  estériles  al- 
zamientos, ha   adquirido   contornos    de   brillante  realidad    el 


78     .  1.UI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

saefio  libertador  de  Maceo  y  del  imponderable  Martí.  ¿Cómo 
no  concebir  que  los  pechos  estallen  y  los  corazones  desaten 
torrentes  de  ternura  patriótica,  en  presencia  de  una  resurrec- 
ción esplendorosa,  después  de  un  ciclo  de  sombras,  de  do- 
lores, de  lágrimas  y  de  derrotas?  ¡Gobierno  propio,  bandera 
propia,  autoridades  propias!  ¿No  es  esta  una  gracia  bendita? 

La  democracia  toda  ha  debido  conmoverse  ante  ese  nuevo 
y  señalado  triunfo  de  su  dogma  sacrosanto.  Por  otra  parte, 
la  actitud  decidida  de  Estados  Unidos  ha  venido  á  disipar 
las  dudas  que  algunos  abrigarou  sobre  la  sinceridad  de  sus 
promesas,  de  hace  cuatro  años,  en  favor  de  la  completa 
emancipación   cuba  na. 

Los  diferentes  capítulos  de  la  jornada  se  han  cerrado  sin 
que  el  coloso  del  Norte  descubriera  un  sólo  pujo  dcvora- 
dor,  fácil  de  satisfacerse  en  caso  de  haber  existido.  La  pala- 
bra solemnemente  empeñada  no  ha  tenido  un  instante  de 
eclipse.  Por  cierto  que  merece  caluroso  aplauso  esta  conducta 
digna  cuando  el  derecho  gime  en  tantas  regiones  del  mundo. 
Los  años  corridos  de  dominación  americana  en  la  isla,  se 
han  caracterizado  por  un  afán  nervioso  de  reorganizar,  de 
construir,  de  purificar.  Pareciera  que  el  extranjero,  con  plena 
conciencia  de  su  augusta  misión  maternal  y  ofendido  por  el 
cargo  de  conquistador  que  se  le  dirigió,  hubiese  querido 
poner  en  actividad  sus  singulares  energías  para  desmentir 
magnificamente  el  generalizado  reproche.  Terminada  la  gue- 
rra, Norte  América  abordó  con  entusiasta  ardor  la  tarea  de 
encarrilar  la  situación  de  Cuba,  como  deseosa  de  entregarla 
á  sus  hijos   limpia  de  lunares,  lozana  y  próspera. 

Nadie  negará  que  se  ha  alcanzado  ese  objeto.  Basta  leer 
las  informaciones  administrativas  para  darse  cuenta  de  lo 
mucho  que  se  ha  hecho  en  la  perla  antillana.  Para  abonar 
mejor  este  aserto,  tocaremos  el  asunto  de  la  salud  páblíca 
que  cualquiera  consideraria  muy  lejano  de  la  mente  de  un 
dominador  provisorio.  Lo  que  se  ha  hecho  allá  en  ese  sen- 
tido es  extraordinario.  La  fiebre  amarilla  fué  siempre  mal 
endémico  en  La  Habana,  ocurriendo  algo  semejante  con  la 
viruela  Desde  que  pudo  ejercerse  normalmente,  la  autoridad 
americana  dedicó  una  atención  constante  al  asunto. 


DB8DE     WAeaiHQTON  .  79 

Comprobado  científicamente  que  los  mosquitos  oran  los 
principales  propagadores  de  la  fiebre^  se  inició  una  campaña 
de  extirpación  de  los  mismos^  mientras  que,  por  otro  lado, 
se  abordaba^  con  éxito  rápido,  la  implantación  de  una  buena 
policía  sanitaria.  Los  resultados  de  esa  reacción  los  revelan, 
c«)n  más  elocuencia  que  las  palabras,  las  siguientes  cifras  de 
estadística  comparativa  que  tomo  de  una  revista  insospechable: 
En  Abril  de  1898  murieron  en  La  Habana  1.399  personas, 
lo  que  dá  una  proporción  de  71.88.  En  el  mismo  mes 
de  1902  murieron  sólo  499  personas  siendo  la  proporción 
de  21.77.  En  el  informe  presentado  al  departamento  de  es- 
tado habla  así  la  autoridad  técnica: 

cLa  malaria,  fiebre  amarilla  y  viruela,  que  por  generacio- 
nes han  flagelado  á  la  población  de  la  Habana,  han  perdido 
hoy  allí  HU  carácter  epidémico.  Este  resultado  se  comprende 
recorriendo  las  calles  de  la  ciudad,  guardadas  en  la  más 
completa  limpieza.  Pero  lo  que  más  ha  preocupado  á  la  sa- 
nidad ha  sido  el  cuidado  del  interior  de  las  casas.  Una 
inspección  constante  y  la  imposición  necesaria  de  multas, 
continuada  sin  descanso  durante  tres  años,  han  acostumbrado 
á  la  gente  modesta  á  conservar  en  buen  estado  de  higiene 
sus  patios  y  viviendas.  Mucho  resta  por  hacer  aún  en  lo 
que  se  refiere  al  servicio  de  salubridad».  De  paso  se  me 
ocurre  recordar  que  en  el  Boletín  Mensual  de  la  Salud  Pú- 
blica, editado  por  este  gobierno,  teniendo  á  la  vista  los  infor- 
mes de  sus  delegados  consulares  en  el  extranjero,  Montevideo 
ofrece  la  cifra  más  alia  de  casos  de  viruela  sobre  todas  las 
capitales  del  mundo,  pues  sí  bien,  á  primera  vista,  Londres 
parece  aventajarla,  tomando  en  consideración  el  monto  de  las 
distintas  poblaciones  no  sucede  así.  Establece  aquella  revista 
que  desde  el  26  de  Octubre  de  1901  al  15  de  Febrero  de 
1902  se  han  producido  en  nuestra  ciudad  ochocip.nios  ocho 
casos.  Acompañando  la  mencionada  publicación  hice  notar, 
al  gobierno  ese  dato  tan  desfavorable  que  nos  perjudica  en 
el  exterior. 

Es  claro  que  la  emancipación  cubana  no  será  absoluta^ 
respecto  de  los  Estados  Unidos,  en  materia  comercial.  Re- 
presenta demasiado  la  indicada  nación  en  la  balanza  de   los 


[    80      *  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

negocios  mundiales  para  que  su  influencia  no  perturbe  los 
mercados  y,  sobre  todo,  los  mercados  de  los  pueblos  chicos 
y  vecinos.  En  más  de  un  concepto,  pues,  la  República  de 
Cuba  tendrá  fatalmente  que  ser  tributaria  de  Norte  Amé- 
rica; pero  esta  vinculación  estrecha  no  ha  de  presentar  carac- 
teres odiosos  de  impuesta  preferencia.  Desde  hace  mucho 
tiempo  existe  una  poderosa  corriente  de  intercambio,  fortifi- 
cada en  la  actualidad,  gracias  al  esfuerzo  febriciente  de  esta 
raza  que  ha  desalojado  competencias  valiéndose  del  arma, 
mny  legítima,  de  la  oferta  acomodada.  Desde  que  América 
del  Noite  abastece  hoy,  en  gran  escala  industrial,  á  los 
más  lejanos  países,  resulta  lógico  que  ella  domine  en  ade- 
lante la  plaza  antillana,  por  imposición  de  circunstancias  nor- 
males y  envidiables.  Todos  sabemos  que  esa  ha  sido  la 
sabia  característica  de  la  colonización  sajona:  emancipados  los 
dominios  siempre  ha  subsistido  la  vinculación  valiosísima  del 
comercio  que  grava  perdurable  en  el  corazón  de  los  hijos 
el  prestigio  de  la  nación  madre.  Pero  tenemos  más  aun; 
siendo  la  producción  cubana  similar,  en  cierto  concepto,  de 
la  producción  americana  y,  siendo  este  país  la  primer  plaza 
de  la  isla,  muy  bien  se  ha  podido  colocar  á  aquélla  en 
angustiosa  toi*tura,  aumentando  las  tarifas  de  importación,  á 
pretexto  de  evitar  perjudiciales  concurrencias.  La  realidad  de 
ese  caso  de  conflicto  la  ofrece  el  azúcar  y  precisamente  el 
debate  sobre  el  bilí  de  Cuba  absorbió  largas  sesiones  á  la 
Cámara  de  Representantes  alcanzando  á  interesar  el  espíritu 
público.  Algunos  Estados  de  la  Uuión,  en  especial  Colorado, 
tienen  enormes  capitales  invertidos  en  la  elaboración  de 
azúcar.  Esa  gran  industria  se  sostiene  próspera  en  mérito  á 
los  favores  proteccionistas  de  la  ley  Dingley.  Por  otro  lado, 
Cuba  abastece  á  los  Estados  del  Este,  contando  con  esa 
exportación  entre  sus  más  importantes  fuentes  de  recursos 
aduaneros,  A  haberse  querido,  bien  pudo  comprometerse  el  por- 
venir económico  de  la  nueva  nación  con  la  creación  de  las 
tarifas  absolutamente  prohibitivas,  en  provecho  de  determi- 
nados intereses  locales,  tanto  más  cuanto  que  en  el  seno  de  la 
Cámara,  oradores  ardientes  veían  en  una  posible  liberalidad 
el  origen  de    grandes  catástrofes  financieras    en    Colorado  7 


DEBDS    WASHINGTON  81 

otros  Estados.    Pero    triunfó   la    equidad  y    se   impuso   una 
tarifa  racional   y  alentadora,  en    el  concepto   de  que  la  reci- 
procidad no  se  hará  esperar.    Para  que   se    vea  la    singular 
atención  que  las  naciones  dedican  en  el  día  al  incremento  de 
8tt  intercambio,  agregaré  qne  la   prisa  con  que  Inglaterra   ha 
acreditado  su  ministro  en  Cuba  ha  estado  á  punto  de  arreba- 
tar  á  Norte-América  la   prioridad.    £1   primer  representante 
recibido  será  el  decano  del  Cuerpo  diplomático  y  en  la  codi- 
cia de  esa  gerarquía  y  en  el  afán  de  suscribir  tratados  comer- 
ciales ventajosos  estriba  la  causa  originaria  de  tanta  gentileza. 
Bajo  la    faz  educacional,  honda  y  hermosa    es   también  la 
huella    dejada  por   los   Estados    Unidos    en  la  Isla.    Apenas 
terminaron  allí  las  operaciones  militares,  un   ejército  de  maes- 
tros reemplazó,  en  la  ofensiva,    al    ejército    de  línea.    Unos 
soldados,  seguramente  los  mejores,  sucedieron    á  otros;  y  ape- 
nas pacificadas  las  poblaciones   sui'gieron,  por  centenares,  las 
escuelas  públicas  imponiendo  conocimientos   elementales  á  los 
desamparados    de    espíritu.     Otro   tanto    se   hizo    en    Puerto 
Bico.     Según    las    estadísticas    oficiales,    se    han    creado    en 
aquella  nueva    posesión,   en  el  corto    espacio    de    tres    años, 
mil  quinientas  escuelas   primarias.    Y   es   claro,  ya  se    reco- 
gen los    frutos    de    tan    sabia    magnificencia    gubernamental. 
Así,  el    idioma    inglés,   antes    absolutamente    extraño,    es    al 
presente  vulgar  en  la  mencionada  comarca    y    ya  los   natu- 
rales no  lo   repudian    y    la  niñez    lo  haf;e    suyo.    Alíese    á 
esto   el  auxilio  de  enérgicas   corrientes    de    comercio,  no  por 
ser  improvisadas  menos  eficaces;  agregúese  todavía  el  enorme 
contingente  de  propaganda  insuperable  allegada  por  los   ame- 
ricanos, que  inmigran    en    forma    espontánea   transportándose 
coa  sus    familias  y  talleres,   y  sobre  todo,    llevando  consigo 
sos  singulares  facultades  para  la  lucha  diaria,  y  digan  luego 
de  quién  será  la  fecunda  victoria,   si  del    extrangero    ó    del 
nativo.    ¿Cómo  no  dominar  cuando  se  hace  de  la  enseñanza 
pública  una  religión  y  del  abecedario  un  evangelio?  ¿Qué  ig- 
norancia, qué  propósito  reaccionario,   qué  prevención,  por  jus- 
tificada que  ella  sea,  qué  fanatismo  de  raza,  de  secta  ó  de 
partido  resiste  con  éxito  el  ataque  de  una  tan  admirable  ma- 


82  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

quinaria  de  Iuk,  montada  sobre   cimientos   de    libertad    y  de 
judticia? 

fistos  efectos  evidentes,  cuya  elocuencia  arranca^  no  de 
exageraciones  tribunicias  pero  sí  de  escrupulosas  estadísticas, 
deben  ser  ampliamente  divulgados  á  fín  de  que  cunda  el  ejem- 
plo de  estos  esfuerzos  prácticos  en  favor  de  las  masas  so* 
ciales.  En  la  escuela  está  el  origen  de  la  constitución  polí- 
tica de  este  pueblo  asombroso  de  los  Estados  Unidos,  que 
abrió  con  páginas  de  bronce  y  cerró  con  paginas  de  bronce, 
el  siglo  pasado.  Podrán  mortificar  algo  estas  manifestacio- 
nes explícitas  á  quienes  juzgan  inconsecuencia  censurable  el 
reconocimiento  de  méritos  en  fracciones  políticas  distintas  á 
las  nuestras,  no  tan  antagónicas  como  se  las  supone;  pero  ya 
es  llegada  la  hora  de  que  veamos  las  cosas  con  ojos  propios, 
mirándolas  tales  como  son  y  dominados  solo  pur  la  plausible 
avidez  de  recoger  elementos  de  sabiduría.  Si  pagar  home- 
naje de  admiración  á  las  virtudes  norte-americanas,  es  decir, 
á  aquellas  cualidades  preciosas  que  forman  los  rasgos  salien- 
tes de  la  entidad  nacional,  importa  incurrir  en  delito  de  an- 
glomanífl,  yo  me  apresuro  á  confesarme  culpable  de  esa  su- 
puesta aberración^  pues  cada  día  que  pasa  lo  señalo  con  una 
nueva  enseñanza  saludable  tbmada  en  la  calle,  en  el  coche 
eléctrico,  en  el  vestíbulo  del  teatro,  en  las  recepciones  oficia- 
les y  en  las  asambleas  públicas.  Porque  una  cosa  no  quita 
la  otra;  se  puede  apreciar  en  mucho,  en  muchísimo,  la  idio- 
sincracia  nuestra,  el  valimiento  nuestro,  sin  que  tal  signifique 
desconocer  cuanto  más  brillarían  nuestros  méritos  colectivos 
favorecidos  por  el  complemento  de  un  sólido  engarce.  Y  por 
otra  parte,  cuando  los  éxitos  justos  eslabonados  á  éxitos 
ofrecen  el  resultado  palpable  de  la  agena  capacidad,  se  ofende 
á  las  leyes  inás  elementales  de  la  lógica,  pretendiendo  oscu- 
recer con  nieblas  de  pasión  y  de  zoncera  el  prestigio  de 
una  grandeza  ya  orgánica.  El  buen  criterio  manda  que  se 
estudie  esa  creciente  lozanía  á  fin  de  encontrar  y  recoger  el 
secreto — que  tanta  falta  nos  hace — de  una  maravillosa  com- 
binación social,  más  fuerte  que  todos  los  reactivos  aliados  de 
la  anarquía.  Porque  el  período  ejemplar  de  los  Estados 
Unidos    no    es    de    hoy.     La    historia    del    país    presenta    la 


DESDE    WASHINGTON  8B 

uniformidad  correcta  de  una  extensísima  planicie,  pero  de  una 
planicie  acostada  sobre  lecho  de  montaüas,  y  cads^  uno  de 
8US  capítulos  pertenece  d  la  tradición  honrada  del  niundo. 
Durante  más  de  cien  años  de  vida  independiente  se  han 
obtenido  muchais  veces  verdaderos  laureles  en  la  guerra  y 
sin  embargo^  hasta  ahora  no  ha  habido  un  sólo  soldado  ame- 
ricano que  se  permitiera  ambicionar,  en  forma  ilegítima,  las 
alturas  del  mando  á  la  sombra,  tan  peligrosa,  de  la  gloria 
militar.  Ni  un  despotismo,  ni  nn  asalto  del  poder,  ni  una 
espada  consular  clavada  jamás  en  el  corazón   de  la  patria! 

Ningún  ensueño  de  violación  ha  turbado  la  imaginación  de 
los  grandes  servidores.  Si  Washington,  allá  en  las  nacientes, 
rechaza  sin  esfuerzo  los  honores  privilegiados  de  una  nueva 
reelección,  por  considerarlo  necesario  así  para  el  mejor  nom- 
bre de  la  democracia,  Grant,  vencedor  gloriosísimo  en  la 
guerra  civil,  renuncia  en  seguida  á  los  placeres  dulces  de  la 
jefatura  superior  del  ejército  negándose,  inflexible,  desde  enton- 
ces á  asistir  á  todo  acto  de  exhibición  militar,  aún  á  las 
revistas  preparadas  en  su  honor  por  algunos  soberanos  euro- 
peos. ¿Nosotros,  que  tantas  desgracias  debemos  á  los  des- 
bordes pretorianos,  y  que  hemos  visto  más  de  una  vez  á  los 
parlamentos  nacionales  deliberando  bajo  la  presión  brutal  de 
la  tropa  de  línea,  y  que  hemos  alcanzado  á  despertarnos 
bajo  el  azote  del  motín,  tenemos  el  deber  d<^  buscar  ele- 
mentos de  enmienda  y  de  regularidad,  observando  la  conducta 
de  quienes  sostienen,  con  mano  muy  firme,  la  bandera  de  la 
disciplina,  del  pundonor  y  de  la  impuesta  preponderancia 
civil.  A  los  Estados  Unidos  ya  no  se  les  discute,  se  les 
imita,  y  no  se  alcanza  poca  dicha  pudiendo  hacer  esto  con 
BU   misma  buena  fortuna. 

Dos  sucesos  sensibles  acaban  de  conmover  al  mundo  ofi- 
cial: el  fallecimientr)  de  lord  Puuncefote,  embajador  de  In- 
glaterra, y  el  del  almirante  Sampson.  Era,  el  primero,  de- 
cano del  Cuerpo  Diplomático  y  agregaba  á  los  merecimien- 
tos de  su  antigüedad  aquí,  el  renombre  de  valiosas  cualidades 
personales.  Alguien,  cuya  opinión  representa  la  del  gobierno 
británico — el  marqués  de  Lansdownc — ha  dicho  que  con  su 
desaparición  el  imperio  ha  perdido  talvez  al  mejor  de  sus  repre- 


84  LUIS  ALBERTO  DE  Ul^RRBBA 

mentantes  ea  el  exterior.  En  efecto,  los  servicios  de  lord  Paua- 
cefote  en  este  país  fueron  trascendentales.  P&ra  comprender- 
lo así  basta  con  volver  la  vista  un  poco  atrá^i  y  recordar  el 
grado  de  tirantez  á  que  llegaron^  en  momentos  dados^  las 
relaciones   entre  Norte  América  y  la  madre   patria. 

Creo  que  en  18S5,  antes  de  inaugurarse  la  primera  ad- 
ministración de  Mr.  Cleveland^  el  gobierno  americano  tuvo 
que  dar  expresión  á  un  acentuado  desagiTido  popular  pidiendo 
el  inmediato  retiro  del  ministro  inglés^  Lionel  Jackville. 
Este  diplomático  había  cometido  la  imprudencia  de  contestar, 
dando  su  opinión  por  escrito,  á  una  persona  que  le  pregun- 
taba cual  era  el  candidato  más  ventajoso  para  los  intereses 
de  Inglaterra.  Carta  tan  comprometedor.^  fué  publicada  en 
los  diarios,  recurso  eficacísimo  para  perjudicar  al  aspirante 
presidencial  favorecido  con  las  simpatías  extrangeras.  La  re* 
velación  de  tal  ligereza  produjo  una  tempestad  de  ardientes 
protestas,  lo  que  fácilmente  se  comprenderá  recordando  que 
por  entonces  el  asunto  de  las  pesquerías  en  el  mar  deBe- 
hering  preocupaban  en  forma  muy  seria  á  las  cancillerías. 
Este  escabroso  litigio  de  soberanía  sobre  las  aguas  polares 
tuvo  instantes  de  solenme  angustia  y  si  bien  las  dificulta- 
des  llegaron  á  salvarse  quedó  siempre  el  amargor  de  un 
malestar. 

En  1894  la  célebre  cuestión  de  Venezuela  puso  otra  vez 
sobre  el  tapete  muy  peligrosas  cuestiones  y  hubo  día  en  que 
la  guerra  llegó  á  considerarse  inminente.  Esto  fué  cuando 
Norte -América,  invocando  los  principios  altaneros  de  la  doc- 
trina de  Monroe,  dijo  categóricamente  á  la  Gran  Bretaña  que 
no  estaba  dispuesta  á  tolerar  actos  de  fuerza  dirigidos  con- 
tra la  repábiica  venezolana.  Esta  actitud  amenazadora  plan- 
teaba un  dilema  de  fuego,  pudiendo  afírniarse  que  nunca, 
desde  1812,  se  estuvo  más  cerca  de  un  conflicto  con  la 
nación  contrincante.  Sin  embargo,  todas  las  diferencias  se 
allanaron  con  éxito  satisfactorio  para  ambas  partes.  Pues  á 
esa  hermosa  victoria  del  espíritu  de  la  paz  está  ligada,  de 
manera  perdurable,  la  memoria  de  Lord  Pauncefote.  Su 
gestión  habilísima,  la  suavidad  de  su  carácter,  sus  condicio- 
ufiB  insinuantes,  puestas  en  constante    ejercicio^  aplacaron  las 


Í>ESI>B     WASÍníIOTON  8B 

pasiones  airadas  qnc  flotaban  en  la  atmtisfera  como  banderas 
de  incendio.  Las  ^exaltaciones  corrientes  no  lo  alcanzaron  y 
conservando  calma,  sn  inteligencia  superior^  supo  fuftdir  ea 
sabios  acuerdos  el  anhelo  morigerado  de  cada  cual.  Luego, 
haciendo  de  su  casa  patriarcal  el  centro  de  nobles  emula-* 
cienes  sociales,  él  coronó  su  obra  pacificadora  ratificando  sus 
triunfos  de  diplomático  con  sus  triunfos  de  hombre  de  mundo. 
Por  todo  eso   se   ha   considerado    aquí  irreparable  la    muerte 

del   ministro  inglés. 

Otro   tanto   puede  decirse   del  almirante  Sampson,  después 
de  Dewey    la  iniís    alta    gerarquía  de    la   marinn,    que    tam- 
bién acaba  de  extinguirse.     Son  demasiados  recientes  los  mo- 
tivos  de    la  fama    adquirida    por   este  veterano  para  (\viQ  sea 
necesario    despertar,   en    detalle,    sangrientas    reminiscencias. 
Sampson  mandaba  en  jefe   la  escuadra  vencedora  en  el  com- 
bate  naval    de    Santiago  do    Cuba,  y,  por  consecuencia,  íí  él 
tocó  en  suerte  derrotar  al  tan  valiente  é  infortunado  Cervera. 
Tan  sonado  suceso  hizo  popular  su  persona  en   todos  los  ex-^ 
tremes  de  la  Unión,  pero   con    mucha  probabilidad  su  nombre 
fué  pronunciado  por  mayor  número   de    lííbios,  luego,  cuando 
se  produjo  aquella   apasionadísima  controversia  entre  los  par- 
tidarios  suyos  y   los  partidarios   del   almirante  Schloy.     Con- 
densándolo en  pocas  palabras,  encontramos  qtie  el  debate  tenía 
origen  en  el    siguiente  punto:   Sampson,   como   jefe   superior, 
había    preparado    el    éxito    marítimo,    decían    los    unos,    pero 
Schley,  con  sus    hábiles    medidas  del  momento  en  el  instante 
nido  y  estando  ausente  Sampson  —  que  abordo  del  New  York 
ocupaba   en   viaje   de   revista   un    extremo  lejano  de   la   línea 
— obtuvo   la  ansiada  victoria,    sostenían    los    otros.     La  dilu- 
cidación de  este  asunto  provocó  lamentables  cismas  civiles  y 
militares,  sin  que  el  fanatismo  por  este  ó  por  aquel  aceptara 
un  justo  medio  de  grandes  méritos  entre  la  glorificación   sec- 
taria y  el  ataque  cruel;  lo  que  prueba,  otra  vez,  que  mientras 
el    mundo   sea   mundo   y    en    toda%  partes    nada   estará   tan 
refiido    con   la   verdad  tranquila   como    las  pasiones   políticas 
desatadas. 

Tal   vez  no  se  exagera  al  afirmar  que   las  viejas  dolencias 
ffeicas  del  almirante  Sampson  apresuraron  su  marcha  destruo- 


86  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

tora  grwcias  á  la  alianza  de  Jos  disgustos  tnocaliee  originados 
por  estas  inacabable»  diapntas.  Sin  embargo,  en  presencia  de 
esta  tumba,  que  i)crtenece  á  ios  Estados  Unidos,  se  ha  apla- 
cado la  estéril  contienda.  Nadie  habla  á  la  conciencia  mejor 
que  la  muerte.  Los  biógrafos  del  almirante  Sampson  coin- 
ciden en  reconocer  que  este  marino  fué  un  obrero  infatigable 
7  V^^f  gracias  á  sus  esfuei'zos  benemécitos,  que  arrancan  de 
muchos  afíos  atrás,  la  armada  del  país  ha  alcanzado  las  só- 
lidas pro8()eridades  de  la  actualidad.  La  ceremonia  del  en- 
tierro tuvo  los  rasgos  especialmente  tocantes  que  ellas  revis- 
ten aquí  en  general.  Ocho  marineros  penetraron  en  la  iglesia 
trayendo  sobre  sus  hombros  la  caja  funeraria.  Detrás  de  ellos 
s^uía  el  cortejo  de  familia,  siempre  limitado,  haciendo  ca- 
beza de  duelo  la  esposa  del  fallecido,  sus  hijas  señoritas  y 
sus  niños  menores.  Esta  es  una  costumbre  exclusiva  de  los 
sajones  que  hace  singularmente  impresionante  y  expresiva  la 
última  despedida.  Pero  apesar  de  que  una  práctica  rigurosa 
así  lo  exige,  no  todas  las  damas  poseen  entereza  para  afron- 
tar tan  duro  trance.  Aunque  su  voluntad  lo  quería,  la  viuda 
del  ilustre  presidente  Mackinley  no  tuvo  energías  fínicas 
bastantes  para  poder  cumplir  su  deseo  de  esposa  ejemplar  y 
amantísima.  Después  de  un  breve  servicio  religioso,  un  pe- 
queño grupo  llevó  los  restos  al  enterratorio,  sin  que  se  pro- 
nunciara un  solo  discurso,  porque  aquí  eso  no  se  estila. 
Enseguida  vino  el  desfile  de  la  tropa:  alrededor  de  mil  qui- 
nientos hombres  de  las  distintas  armas.  El  aspecto  y  la 
marcialidad  de  los  soldados  son  excelentes.  Debo  agregar, 
porque  f¿Ilo  es  cierto,  que  los  batallones  orientales  podrían 
figurar  con  honor  al  lado  de  éstos,  pues  ellos  poseen  aque- 
llas brillantes  condiciones.  Pero  yo  encuentro  aquí,  en  los 
cuerpos,  una  fraternidad  familiar  entre  las  unidades,  que  nos- 
otros no  conocemos,  y  seguramente  reñida  con  el  espíritu 
férreo  de  la  organización  prusiana.  En  lo  poco  que  alcanzo 
á  ver,  aquí  no  existe  uq^  valla  insalvable  entre  el  superior 
y  el  subalterno,  entendiéndose  que  los  deberes  estrictos  de  la 
disciplina  no  están  divorciados  de  los  deberes,  también  estric- 
tos, del  compañerismo*  Por  ejemplo,  está  tendida  la  línea 
para  marchar   y  esto    no   priva  qoe  ka  soldados    conversen 


DESDE    WASHINGTON  87 

entre  sf,  en  una  forma  moderada^  7  que  los  jefes  de  las  com- 
pañías^  en  vez  de  presentarse  ceñudos  j  altaneros,  paseen 
jovialmente  por  frente  á  sus  subordinados,  que  son  sus  ami- 
gos, cambiando  impresiones  con  ellos.  De  acuerdo  con  este 
mismo  criteiio,  una  ves  rota  la  formación  cada  cual  hace 
lo  que  mejor  le  place,  sin  aspavientos,  sin  derroches  de 
venias,  sin  ese  ruido  ridículo  de  entorchados  7  de  espuelas, 
tan  conocido.  Si  media  hora  después  de  una  parada  sube 
al  trenvía  el  generalísimo  del  ejército  americano,  probable- 
mente tendrá  que  aceptar  asiento  al  lado  del  último  recluta 
que,  aún  conociendo  á  su  vecino  7  sabiendo  cuál  es  su  ge- 
rarquia,  continuará  embebido  en  la  lectura  de  su  diario^ 
como  si  tal  cosa.  £n  este  país,  sólo  en  casos  excepcionales, 
usan  espada  los  militares.  Contados  de  éstos  son  los  que 
visten  uniforme  7  sólo  para  las  obligaciones  del  servicio. 

£1  traje  favorito  de  todos  ellos,  extrañémoslo  nosotros^ 
consiste  en  las  prendas  civiles,  porque  ellos  nunca  olvidan 
que  antes  que  miembros  del  ejército  son  ciudadanos  7  hom- 
bres libres,  lo  que,  por  supuesto,  vale  mucho  más.  Todas 
esas  sencilleces,  arraigadas  en  los  hábitos  dominantes,  dan 
lugar  á  que  en  esta  nación  no  se  o-onozca  el  brillo  de  los 
oropeles  7  la  admiración  por  los  entorchados.  £1  oficial 
que  en  Norte  América  entrara  á  un  teatro  haciendo  ruido 
con  su  espada  provocaría  risas  burlonas,  dando  derecho  á 
cualquier  concurrente  para  reclamar  la  intervención  de  un 
portero.  Pero  ha7  algo  más;  todas  las  mujeres  americanas 
ñenten  orgullo  por  ese  ejército  así  constituido,  en  donde 
sus  hermanos,  sus  maridos  7  sus  hijos  ocupan  un  puesto 
de  distinción,  no  perdiendo  oportunidad  de  demostrarlo  así. 
£s  cosa  común  ver  á  las  niñas  de  las  escuelas  7  á  las  más 
conocidas  señoritas  batiendo  palmas,  cuando  desfilan  los 
cuerpos,  ó  agitando  los  pañuelos.  Compréndase  la  fuerza  in- 
contrastable que  dá  á  la  institución  ese  apo70  7  la  con- 
ciencia de  tan  valioso  estímulo.  ¿Y  cómo  no  explicarse  esas 
demostraciones  de  cariños  puros  en  una  tierra  que  no  debe 
nn  sólo  cuarto  de  hora  de  lágrimas  á  la  milicia,  en  una 
tierra  en  donde  aquella  nunca  ha  atentado  contra  las  liber- 
tades públicas  7   en   donde  se  sabe   que  el  más  humilde  ser- 


88  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

^ñá&t  4é  la  patria  lleva  en  su   cartuchera  el  bastón  de  ma- 
riscal? 

Pero  sólo  en  los  Estados  Unidos  pueden  florecer  con 
éxito  tan  colosal  estas  virtudes  tan  raras.  Sólo  aquí^  en 
este  ambiente  educado  y  de  perfecto  equilibrio  social^  ca-  * 
ben  tan  lindas  expansiones.  ¿Cuál  es  la  causa  por  la  cual 
el  soldado  americano,  sin  ser  una  máquina  inconsciente,  sin 
estar  permanentemente  apegado  á  la  ordenanza,  siendo  ca- 
marada  de  sus  superiores,  rinde  en  las  ocasiones  de  prueba 
los  brillantes  resultados  quo  tanto  admiraban  los  generales 
de  las  tropas  internacionales  en  la  reciente  campaña  contra 
el  Celeste  Imperio?  ¿Por  qué,  sin  ser  un  autómata,  él  sabe 
obedecer  tanto  como  el  más  sumiso  y  cumplir  las  órdenes 
recibidas  con  la  puntualidad  y  con  el  acierto  del  mejor? 
La  explicación  de  tan  buenos  frutos  debemos  buscarla  en 
la  calidad  individual  de  los  miembros  del  ejército,  en  su 
grado  de  instrucción,  en  el  concepto  racional  y  exacto  que 
cada  uno  tiene  de  lo  que  debe  ser  el  amor  á  la  patria  y 
á  su  bandera,  y  muy  en  especial,  en  la  altivez  libre,  or- 
gánica en  esta  sociedad,  que  concluyó  hace  medio  siglo  con 
los  esclavos  negros  y  que  nunca  concebiría  la  aberración  de 
los  esclavos  blancors. 

El  todo  resulta  insuperable  porque  las  partes  que  lo  inte- 
gran  son  también  insuperables.  Entonces  sucede  que  la  dis- 
ciplina llega  espontánea  y  agradable,  propiciada  por  el  es- 
fuerzo inteligente  de  muchas  voluntades  asociadas;  sin  castigos, 
sin  amenazas,  sin  reprimendas  innecesarias.  Por  otra  parte, 
como  el  ejército  no  puede  intervenir,  ni  directa  ni  indirecta- 
mente, en  la  gestión  de  los  asuntos  públicos,  nadie  se  preo- 
cupa de  adularlo  y  de  darle  peligrosas  preponderancias. 
Además,  como  hasta  la  fecha  él  ha  sido  un  resorte  secundario 
de  la  administración  y  el  país  nunca  precisó  afilarle  las 
garras  para  lanzarlo  al  saqueo  y  á  empresas  opresoras,  las 
primitivas  purezas  se  mantienen  en  todo  su  vigor.  Días  pa- 
sados oía  decir  á  un  viejo  general  que  la  avanzada  cultura 
de  las  tropas  americanas  da  lugar  á  que  cueste  distinguir 
al  oficial  del  soldado.  Esta  frase,  de  base  verídica,  lo  dice 
todo. 


DE8DS     WA8HIN0T09  89 

A  esta  altara  pienso  que  ya  no  habrá  lector  bastante 
guapo  para  seguirme.  ¡Cuánto  tiempo  hace  que  debí  detener 
la  pluma!  La  culpa  de  todo  la  tiene  este  modo  nuestro  de 
ser,  tan  llano  y  tan  sin  etiqueta.  Nunca  camina  uno  más,  y 
más  sin  sentirlo,  que  cuando,  tomado  del  brazo  de  un  amigo 
íntimo,  empieza  á  vagar,  sin  rumbo  fijo,  preocupado  sólo  de 
ser  sincero  y  expansivo.  ¡Cuántas  veces  hemos  descendido 
de  esa  manera  desde  las  lejanías  de  la  Plaza  Treinta  y  Tres 
hasta  esa  confitería  inolvidable  del  cjockey  Club»,  riñon  de 
nuestro  Montevideo!  Pues  á  mí  se  me  repito  el  ca«o  ahora: 
me  parece  que  mis  benevolentes  lectores  forman  también  en 
el  número  de  mis  íntimos  amigos,  y  he  roto,  evidentemente^ 
los  límites  impuestos  por  la  cortesía.  Y  bien,  ¿por  qué  no 
han  de  ser  ellos  mis  amigos  desde  que  una  misma  patria 
nos  llama  sus  hijos? 

En  la  próxima  me  ocuparé,  en  exclusivo,  de  la  histórica 
escuela  militar  de  West-Point,  que  acabo  de  visitar  en  oca- 
sión de  su  centenario. 


IV 


Una  perspectiva  nr)aravillosa  —  La  escuela  militar  de  West  Point  — 
Oelebración  de  su  centenario  ^-  Antecedentes  y  tradiciones  —  La 
fama  de  sus  alumnos  —  Enseñanza,  educación  y  régimen  de  vida 
—  Un  cadete  heroico  —  El  discurso  de  Roosevelt  —  Recuerdos  de 
la  guerra  de  Ouba  ~  Un  banquete  sensacional  —  Hermoso  cuadro 
de  costumbres  —  Oampechada  del  presidente  —  Un  recuerdo  á 
nuestra  Academia. 


£1  centenario  de  la  Escuela  Militar  ñe  West  Point  ha  sido 
un  verdadero  acontecimiento.  £n  el  deseo  de  señalar  con  re- 
cuerdos imborrables  una  fecha  importante,  se  preparó  lucido 
programa  de  festejos  invitándose,  por  otra  parte,  para  hon- 
rarlos como  huéspedes^  al  señor  Presidente  de  los  Estados 
Unidos  y  sus  ministros,  generales  en  servicio,  Cuerpo  Diplo- 
mático  y  á  los  soldados  de  aureola  veterana. 

West  Point  está  situado  sobre  la  margen  derecha  del  río 
Hudson^  á  una  hora  larga  de  viaje  de  la  ciudad  de  New 
York.  Ese  trayecto  presenta  perspectivas  naturales  esplén- 
^«cKdas.  El  camino  de  hierro  está  tendido  sobre  la  misma 
orilla  del  río,  con  ese  lujo  de  temeiidad  técnica  que  se  os- 
tenta en  todas  las  construcciones  norte-americanas;  de  mane- 
ra que  los  rieles  parecen  á  menudo  descansar  sobre  la  misma 
superficie  del  elemento  líquido.  Bosques  espesos — que  aquí 
todo  el  mundo  es  amigo  de  los  árboles, — sirven  de  festón 
al  río,  coronando  con  ricos  matices  las  empinadas  cumbres, 
tiradas  en  dos  tilas  paralelas  sobre  la  rivera  del  profundo 
cauce  en  actitud  de  espiar  los  movimientos  del  manso  pri- 
BÍonero  azul  que  se  desdobla  al  pié  con  suavidades  de  seda. 


92  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

De  repente,  el  tren  vuela  sobre  el  río,  como  si  su  enorme 
fuerza  de  impulsión  le  permitiera  dar  enormes  saltos  en  el 
vacío;  en  seguida,  se  interna  en  un  estrecho  callejón,  abierto 
en  piedra  viva,  que  parece  ajustadísima  sepultura;  aquí,  nos 
proporciona  el  espectáculo  virgiliano  de  campos  en  cuidadoso 
cultivo,  de  pequeños  rebaños,  de  casitas  que  resaltan  encan- 
tadoras con  sus  jardines  floridos;  allá,  nos  permite  divisar 
vapores  de  recreo  y  carga  que  suben  y  bajan  la  corriente 
trayendo  y  llevando  riquezas;  arriba,  también  recojo  agrada- 
bles impresiones  el  espíritu  en  la  contemplación  de  paisajes 
favoritos  de  la  naturaleza  y  favorecidos  por  la  cultura  del 
hombre.  Sobre  un  recodo  del  Hudson,  dominando  militar  y 
artísticamente  la  hermosa  región,  está  West  Point,  la  célebre 
academia.  En  ese  paraje  la  belleza  escénica  se  duplica, 
pues  la  costa  crece  en  altura  mientras  avanza  en  forma 
enérgica  sobre  el  río,  que,  obligado  por  la  gran  muralla^ 
cambia  de  curso,  continuando  su  camino  luego  de  confesar 
su  impotencia  describiendo  una  herradura  alrededor  del  obs- 
táculo. Ese  soberbio  pedestal  fué  el  elegido,  hace  un  siglo, 
para  asiento  de  una  famosa  institución.  Pero  ya  antes  la 
importancia  estratégica  del  sitio  había  destacado.  En  los 
tiempos  gloriosos  de  la  revolución  construyóse  allí  un  fuerte» 
nunca  tomado  por  el  enemigo,  cuyas  ruinas,  perpetuamente 
amparadas  por  la  bandera  del  paísy  tienen  el  significado 
de  una  condecoración  legendaria.  Con  la  vista  constante  de 
aquellos  despojos  de  un  pasado  recio,  se  ofrece  á  los  cade- 
tes  la   memoria  de  heroísmos   ejemplares   que  no  morirán. 

La  recepción  que  se  nos  dispensó  en  West  Point  no  pudo 
ser  más  amable.  El  gobierno  había  mandado  preparar  en  el 
hotel  departamentos  especiales  para  sus  huéspedes,  mientras 
cuatro  capitanes  del  ejército  y  profesores  del  establecimiento 
nos  servían  de  acompañantes.  Gracias  á  esos  dignos  oficia- 
les pudimos  llenar  acabadamente  nuestro  deseo  de  recorrer 
todas  las  dependencias  de  la  Academia  y  de  ser  instruidos 
sobre  su  funcionamiento.  West  Point,  antes  de  alcanzar  sus 
prosperidades  de  la  actualidad,  ha  pasado  por  épocas  azarosas. 
En  1799,  pocos  meses  anteriores  á  su  muerte,  WaaUngton  con-^ 
testaba  á  una  consulta  del  insigne  Alejandre  Hamilton,  quien 


.        BBfliPB,   WASmKGTON  93 

le  proponía  el  plan  de  creación  de  la  escuela,  aplaudiéndolo 
de  la  manera  más  calurosa  y  agregando  que  siempre  había 
considerado  de  suma  importancia  para  los  destinos  del  país 
la  realización  .de  aquella  medida  previsora.  Insistiendo  siem*- 
pre  en  aquella  sincera  modestia,  que  era  su  característíca  7 
que  sublima  su  memoria,  terminaba:  cpero  nunca  he  tomado 
sobre  mí  la  tarea  de  fundar  aquel  centro  porque  la  dejo  para 
otros  cuyos  conocimientos  científicos  y  capacidad  para  llevar 
adelante  el  proyecto  los  indica  para  acometer  tal  empresa.» 
Por  fin,  en  1802  nació  la  Academia  en  las  condiciones  más 
modestas  y  cuando  dificultades  de  todo  género  daban  colo~ 
rido  de  verdadero  sacrificio  á  la  iniciativa  del  gobierno.  En 
1808  Tomás  Jefferson  se  dirigía  al  Congreso  solicitando  au- 
torización para  ampliar  el  plan  primitivo,  que  le  fué  con- 
cedida, y  en  su  último  mensaje  de  5  de  Diciembre  de  1815 
el  presidente  Madison  solicitaba  nuevos  perfeccionamientos. 
John  Quincy  Adams  también  dedicó  preferente  atención  á 
la  escuela.  cY  recomiendo  á  vuestro  más  eficaz  cuidado  la 
Academia  Militar,  como  que  ella  es  el  más  seguro  recurso 
de  la  defensa  nacional.  Esta  institución  ya  ha  ejercido  una 
felicísima  influencia  sobre  el  carácter  moral  é  intelectual  de 
nuestro  ejército;  y  aquellos  de  los  cadetes  que,  debido  á 
causas  diversas,  no  terminan  su  carrera  no  por  eso  son  ciu- 
dadanos menos  útiles.»  Asi  se  expresaba  en  un  recordado 
mensaje  al  Congreso,  el  general  Andrés  Jackson,  el  héroe  de 
la  campaña  de   1812. 

Hemos  transcrito  sus  palabras  porque  ellas  reúnen  á  la 
autoridad  que  podría  infundirles  un  veterano  de  brillantes 
aptitudes  el  prestigio  que  les  presta  esa  calificación  hermosa 
de  ciudadanos  dada  á  los  servidores  armados  de  la  patria. 
Sin  embargo,  tantos  esfuerzos  oficiales  no  cuajan  de  la  ma- 
nera deseada  y  West  Point,  arrinconada  y  olvidada  come»  cosa 
miserable,  arrastró  una  vida  casi  anémica.  La  nación  estaba 
harta  de  lucha  y  obtenida  ya  la  paz  interna  y  externa,  no 
quería  preocuparse  de  asegurar,  en  forma  práctica,  esos  bienes 
invalorables,  que  tanto  importaba  el  sostenimiento  de  la  E^ 
cáela*  Dominante  esa  negligencia,  hubo  legislador  que  scTs- 
iuvo  que  aquella  debía  suprimirse,  pues  originaba  demasiadas 


dt  1.UI8  ALBEBTO  DE  HERRERA 

erogaciones.  Error  tan  gr%ve  nunca  llegó  á  trinpfar  y  no 
fué  necesario  que  pasaran  muchos  afios  para  que  se  probara, 
hasta  la  evidencia,  lo  bien  gastado  que  estaba  el  dinero  in** 
vertido  en  el  fomento  de  la  Academia.  La  guerra  de  México 
lo  proclama  con  empuje  incontrastable,  pudiendo  decirse  que 
la  buena  suerte  de  las  armas  americanas  en  1847  se  debió 
á  la  oficialidad  competente  y  bizarra  formada  en  las  iejanfas 
del  Hudson.  Al  depositar  en  West  Point  los  trofeos  de  aque- 
lla jornada,  pronunció  el  general  Scott  estas  palabras  justicie- 
ras que  hoy  aparecen  escritas  sobre  una  chapa  de  bronce  á 
la  entrada  del  edificio:  cComo,  con  el  apoyo  de  la  Provi- 
dencia, es  principalmente  á  la  Academia  Militar  que  Estados 
Unidos  debe  esas  hazañas  y  otras  memorables  victorias  obte- 
nidas en  el  curso  de  la  misma  guerra,  yo  experimento  un 
vivo  placer  al  entregar  estos  siete  trofeos  á  la  madre  de  tan 
consumados  oficiales  y  patriotas». 

La  fama  de  tales  éxitos  dio  renombre  exagerado  á  la  es« 
cuela,  lo  que  vino  á  perjudicarla  al  iniciarse  la  rebelión. 
Cuenta  el  escritor  militar  Pearson  Farley,  que  el  país  exigía 
perentoriamente  imposibles  y  como  éstos  no  pudieran  alcan- 
zarse cayó  por  tierra  la  bien  conquistada  reputación  ¡qué 
así  es  siempre  el  pueblo  en  sus  pasiones!  Comenta  así,  tan 
necios  reclamos,  el  general  Cullum:  cSe  demandaba  de  los 
jóvenes  cadetes,  que  talvez  nunca  habían  dirigido  fuerzas 
más  numerosas  que  una  compafiía  ó  un  batallón,  que  de 
inmediato  fueran  capaces  de  mandar  grandes  ejércitos,  com- 
puestos de  tropas  indisciplinadas,  al  través  de  pantanos  des- 
conocidos y  de  intrincados  desiertos,  para  asegurar  el  triunfo.» 
Pero  á  los  dos  afios  de  empezada  la  guerra  civil  ya  los 
elementos  de  West  Point,  completados  en  sus  aptitudes  teó- 
ricas por  las  enseñanzas  sabias  de  una  campaña,  ocuparon 
el  puesto  lucido  que  lea  asignan  en  la  página  de  la  historia 
sucesos  memorables;  y  así  vemos  levantarse  frente  á  los 
nombres  de  Grant,  Sherman,  Thomas  y  Sheridan,  en  el 
Norte,  los  nombres,  no  menos  gallardos,  de  Lee,  de  Jackson 
y  de  los  dos  Jolmson,  en  el  Sur.  Todos  cadetes  de  la 
A'cademia.  Despierta  verdadero  interés  la  lectura  de  una  cróni- 
ca que  relata  la  forma  en  que  se  separaron  do  la  escuela  unos 


DKBDE    WA8HIKOTON  95 

y  otros,  cada  cual  para  servir  á  su  divisa  política.  Después  del 
sangriento  choque  entre  hermanos  y  de  las  reiteradas  pruebas 
obtenidas  en  los  campos  de  batal'a  ya  nadie  puso  en  duda  los 
méritos  de  la  escuela.  Como  último  juicio  sobre  ella,  incorpo- 
ramos estas  palabras  del  general  Henry  Beecker,  dirigidas  al 
ejército  del  Potomac,  que  se  refieren  como  las  de  Jackson, 
á  quienes  sabfan  ser  buenos  oficiales  y  mejores  ciudadanos. 
Dicen  así:  cEl  modelo  del  honor  en  ninguna  parte  se  en- 
contrará mejor  que  en  West  Point;  el  respeto  á  la  ley  y  í 
la  libertad  en  ninguna  parte  será  más  profundo;  la  Bdelidad 
escrupulosa,  el  deber,  en  ninguna  parte  tendrá  más  acentua- 
dos caracteres  de  religión  como  tampoco  la  honestidad»* 

En  pleno  florecimiento  la  nación,  á  su  Academia  Militar 
han  alcanzado  los  mismos  beneficios.  Día  por  dia  han  ido 
dilatándose  sus  recursos  y  en  proporción  el  námero  de  sus 
alumnos  que  si  eran  diez  hace  cien  años  hoy  llegan  á  qui- 
nientos once.  En  la  actualidad  la  escuela,  además  de  una 
reliquia  del  patriotismo,  es  también  una  promesa:  en  sus  au- 
las se  concentran  las  esperanzas  de  la  nación  que  quiere 
poseer,  á  todo  trance,  generales  insignes.  Respondiendo  á  esas 
solicitudes  del  espíritu  público,  el  Congreso  acaba  de  autori- 
zar al  gobierno  para  invertir  la  enorme  suma  de  cuatro  mi- 
llones de  pesos,  que  en  caso  de  no  ser  suficiente  podrá  ele- 
varse á  seis  millones,  en  la  restauración  absoluta,  completa, 
deslumbrante,  de  West  Point,  que  cualquiera  creería  en  ruinas 
á  juzgar  por  el  propósito  expuesto,  y  que  ya  es,  sin  em- 
bargo, una  institución  espléndidamente  instalada.  £1  ingreso 
á  la  escuela  ofrece  verdaderas  dificultades  y  si  bien  es  cierto 
que  lob  senadores  de  cada  Estado  y  el  jefe  de  la  Nación 
pueden  proponer  candidatos  para  llenar  las  becas  vacantes, 
también  debe  recordarse  que  esas  valiosas  influencias  resul- 
tan estériles,  no  sirven  de  salvavidas,  cuando  no  se  obtiene 
éxito  en  los  exámenes  de  admisión.  Allí  domina  una  seve- 
ridad pareja  y  por  eso  pudo  decir  el  otro  día  uno  de  los 
oradores,  que  era  esta  una  de  las  instituciones  del  país  la 
más  netamente  americana,  pues  en  ninguna  parte  como  en 
su  seno  reina  la  democracia  cuando  llega  la  hora  de  adju- 
dicar honores.     El  jovencito  que  obtiene  su    incorporación  al 


96  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

cuadr*)  puede  juzgarse  dichoso:  si  mañana^  gracias  á  un  es- 
fuerzo perseveraate^  gana  el  premio  de  un  galón  podrá  lu* 
cirio  con  singular  orgullo,  dada  su  selecta  procedencia  aca- 
démica. 

Los  cadete?,  al  iniciarseí  deben  prestar  el  siguiente  voto 
de  pundonor  j  de  bonradez  militar:  cjuro  solemnemente 
que  sostendré  el  imperio  de  la  Constitución  de  los  Estados 
Unidos  7  que  acataré,  con  sincera  fidelidad,  al  gobierno  na- 
cional; juro  que  sostendré  y  defenderé  la  soberanía  de  los 
Estados  Unidos  por  encima  de  toda  dependencia,  soberanía 
ú  homenaje  que  pudiera  creer  deber  á  cualquier  Estado,  con- 
dado 6  país;  y  que  en  todo  tiempo  obedeceré  las  órdenes 
legales  de  mis  oficiales  superiores  y  las  ordenanzas  y  leyes 
que  gobiernan  á  los  ejércitos  de  los  Estados  Unidos.»  Para 
memoria  de  quienes  piensan  que  el  soldado,  en  holocausto 
á  la  disciplina,  debe  abdicar  su  perdonalid;id  moral  en  su 
jefe  I^ítimo  y  someterse  como  una  máquina  á  sus  órdenes, 
conviene  observar  que  en  esas  palabres  de  rígida  adhesión  solo 
se  habla  de  acatamiento  á  las  órdenes  legales.  Los  cursos 
duran  cuatro  años.  Ese  tiempo  se  dedica,  sin  descanso,  á  la 
tarea  fecunda  de  hacer  hombres,  hombres  viriles,  hombres 
de  honor,  hombres  de  carácter  íntegro,  de  ese  medio  millar 
de  muchachos  entresacados  de  los  puntos  más  extremos  de 
la  Unión.  Si,  por  una  parte,  ellos  dedican  muchas  horas  del 
día  al  estudio  y  maniobras,  por  otra,  adquieren  agilidad  y 
fuerza,  en  la  práctica  constante  de  ejercicios  aüéticos*  Jue- 
gan al  base-ballj  que  es  el  entretenimiento  nacional;  hacen 
continuados  ensayos  de  caballería;  se  familiarizan  con  el  ma« 
nejo  de  los  cañones;  cuidan  ellos  mismos  de  sns  caballos  y 
á  menudo,  preparan  su  rancho. 

Durante  el  invierno  los  cadetes  duermen  dentro  de  los  edi^ 
ficios  aparentes,  pero  en  la  estación  de  verano  se  les  obliga 
á  vivir  en  campamento.  Este  lo  constituyen  filas  paralelas 
de  carpas  color  marrón  con  piso  de  madera  tosca  á  una  al- 
tura prudente  del  suelo,  á  fin  de  evitar  las  sorpresas  de 
pequeñas  inundaciones.  Estas  ligeras  viviendas  son  am- 
plias y  están  mantenidas  con  la  más  escrupulosa  corrección. 
En  cada  una  se  albergan  dos  cadetes  que  allí  tienen  todo  sa 


BB8DE    WA8RIHQTOK  97 

veátnariOy  trajes  de  parada,  de  semcio,  como  también  sus 
armas.  AI  mostramos  osas  instalaciones  volantes  nos  expli- 
caban los  ofioiales  la  clase  de  vida  á  que  ellas  obligan,  sin 
sospechar  que  alguno  de  sus  afelpados  interlocutores  conocfa 
semejantes  gajes,  por  una  larga  experiencia  propia,  más  cruda^ 
seguramente,  que  la  de  ellos.  Aunque  mil  veces  profano  en 
el  asunto,  se  me  ocurre  ventajosísimo  ese  sistema  gráfico  que 
enseña  al  cadete  A  sufrir  contrariedades,  á  soportar  al  aire 
libre  los  cambios  de  temperatura  y  á  dormir  escaso  de  cobijas 
familiaiízándolo  con  las  excentricidades  y  secretos  de  la  na- 
turaleza. £1  soldado  que  no  sabe  descansar  sobre  el  suelo  pe- 
lado, teniendo  el  brazo  por  almohada,  presenta  sensibles  incon- 
venientes. Así  lo  comprenden  los  americanos  y  por  eso  han 
implantado   las  carpas. 

Pero  ellos  también  piensan  ¡y  vaya  si  piensan  bien!  que 
para  ser  aprovechado  oficial  no  basta  con  ser  estudioso  y 
con  saber  soportar  las  inclemencias  de  la  intemperie.  Quie- 
nes lucirán  mañana  el  uniforme  de  la  patria,  quienes  serán 
sus  caballeros,  necesitan  saber  probar  que  pueden  desempe- 
ñarse como  tales.  Por  eso,  á  la  enseñanza  del  francés,  del 
español  y  de  la  historia  de  los  grandes  capitanes,  se  agrega, 
á  la  par  de  otras,  la  enseñanza  del  baile  y  de  las  buenas 
maneras  en  la  mesa,  en  un  salón,  entrf^  señoras  y  entre  hom- 
bres. Alguien  supondrá  fiivolo  todo  eso,  olvidando  que  en 
este  país  no  se  gasta  el  tiempo  en  cosas  inútiles.  ¿  4caso 
el  tipo  perfecto  del  militar  no  lo  determina  la  alianza  equi- 
librada de*  la  capacidad,  de  la  energía  y  de  la  gentileza? 
Sobre  todo  nosotros,  que  hemos  conocido  tantas  catástrofes, 
no  podemos,  justificadamente,  recordar  sin  repulsión  á  los 
soldadotes.  Si  todos,  empezando  por  los  civiles,  precisamos 
el  cepillo  civilizador  del  trato  de  las  gentes  educadas,  para 
aprender  á  refrenar  impulsos  y  á  practicar  la  cortesía,  mejo- 
res que  ningunos  exigen  la  lección  quienes,  por  dedicarse  á 
la  carrera  de  las  armas,  que  despierta  las  pasiones  más 
indómitas  del  individuo, — adquieren,  sin  sentirlo  y  muchas 
veces  sin  quererlo,  el  hábito  de  imponer  en  forma  ruda  su 
voluntad  y  su  persona.  De  acuerdo  con  este  criterio  en 
West  Point  se  concede   á   los   cadetes  que    se   portan   bien, 

7 


98  LUIS  AmiggTO  DE  HE^BERA 

una  noche  por  semana,  el  privilegio,  que  todos  codician,  de 
improvisar  una  tertulia  íntima.  En  esas  oportunidades  reci* 
ben  á  sus  famiiihs  y  con  el  contingente  de  señoritas  repre-* 
sentado  por  sus  hermanas,  primas  y  amigas,  ellos  danzan, 
infatigables  y  dichosos,  bajo  la  vigilancia  de  sus  profesores^ 
sin  que  jamás  surja  el   motivo  de   una  reprimenda. 

Pnra  reflejar  la  índole  general  de  la  enseñanza  que  se  da 
en  la  Escuela,  tomo  enseguida  varias  frases  de  Pearson  Farley, 
que  nos  iluminan  á  ese  respecto.  <A  los  pocos  días  de  in- 
gresar á  ella,  dice,  las  desigualdades  externas  desaparecen 
como  por  efecto  de  mKígia.  Deberes,  privilegios,  ropa,  cuar- 
tos, alimentos,  todo  es  igual.  A  nadie  se  le  consiente  tener 
dinero,  ó  por  lo  menos,  gastarlo.  En  el  curéo  de  una  semana 
todo  rastro  de  diferencias  externas  ha  desaparecido.  No 
existe  absolutamente  un  favoritismo  de  parto  de  los  instruc- 
tores. El  efecto  de  todo  esto  sobre  el  carácter  del  cadete  es 
inmediato  y  admirable.  De  manera  que  no  cabe  ninguna  eva- 
siva del  deber  y  existe  la  seguridad  de  que  la  más  mínima 
falta  cometida  tendrá  su  correspondiente  castigo  al  finalizar 
el  día.  Ni  por  un  instante  deja  de  saber  el  cadete  que  de 
su  conducta  del  presente  depende,  en  gran  parte,  el  brillo 
futuro  de  su  carrera.  Esto  todos  lo  reconocen  y  lo  encuen- 
tran justo,  así  que  la  consecuencia  inmediata  do  las  acciones 
es  cierta  y  segura.  Se  educa  á  cada  estudiante  en  el  culto 
de  la  fortaleza  y  de  la  justicia,  convenciéndolo  de  que  por- 
tándose bien  cumple  con  su  deber  y  asegura  su  triunfo.  No 
se  discute  el  asunto:  todo  se  rige  por  leyes  simples  y  equi- 
tativas; de  manera  qué  el  final  es  como  el  resultado  de  la 
gravitación,  inevitable,  inexorable,  justo  é  inmediato.  Esas 
condiciones  estimulan  al  oficial  y  determinan  una  snludable 
emulación  de  honor  personal  entre  los  mismos  cadetes.  Un 
mentiroso  ó  un  cobarde  es  despreciado  por  sus  camaradas,  y 
el  estudiante  convicto  de  haber  observado  una  conducta  in- 
digna de  un  soldado  ó  de  un  caballero  pronto  se  siente 
abandonado   por    todos». 

Las  fiestas  del  centenario  habían  congregado  cantidad  ex- 
traordinaria de  huéspedes,  al  punto  de  no  encontrarse  aco- 
modo ni  aán  en  las  \  illas  inmediatas.    En   la  noche  de  núes- 


DRSDE    WA8HIMOTON  99 

tra  ¡legada  asistimos  al  gran  baile,  ofrecido  por  las  autoridades 
del  estableciinteñto  á  los  cadetes,  que  tuvo  lugar  en  el  hall 
qne  acaba  de  inaugurarse  gracias  á  la  generosidad  de  uu 
acaudalado  militar.  Ese  espléndido  edificio,  destinado  exclu- 
sivamente para  actos  pCibücos,  consta  de  un  salón  inmenso^ 
del  mejor  gusto  artístico,  ro<leado  de  hermosas  salas  laterales 
que  complementan,  al  infinito,  los  menores  detalles  del  con- 
fofi.  En  un  piso  inferior  al  nivel  del  suelo,  dejan  sus 
abrigos  los  visitantes.  El  mármol  domina  en  el  salón  cen- 
tral, produciendo  un  efecto  soberbio  el  conjunto  de  aquella 
irreprochable  blancura.  El  techo,  sin  carga/.ones^  sencillo, 
piano,  se  levanta  á  mucha  altura,  aumentando  las  proporcio- 
nes monumentales  del  todo,  cuya  arquitectura  sobria  impre- 
siona de  manera  seductora.  Agregúese  :í  esto  muchas  y 
gloriosas  bandc^ms  tomadas  al  enemigo  en  conflictos  memo- 
rables; los  estandartes  usados  por  los  alumnos  de  la  escuela 
en  distintas  é|X>cas,  que  también  flamean;  cañones,  arrebata- 
da<*  en  los  campos  de  batalla,  que  incrustados  en  las  co- 
lumnas se  ofrecen  al  alcance  de  la  mano;  retratos  al  óleo 
de  los  soldados  más  reputados  del  país,  de  tamaño  natural^ 
cubriendo  los  flancos  de  todas  las  paredes;  uu  millar  de 
personas  llenando  la  sala  con  su  alegría  y  con  sus  encon- 
tradas voces;  brillantísimos  uniformes  confundidos  con  toilettes 
de  la  más  rigurosa  etiqueta;  mézclense  esos  singulares  ma- 
tices y  se  tendrá  concepto  pálido  de  una  escena  mágica. 
Pero  los  héroes  de  la  jornada  eran  los  cadetes  que,  de 
gran  parada,  luciendo  el  traje  de  pantalón  blanco  y  levita 
azul  do  los  días  históricos,  patinaban^  radiantes,  por  el  piso 
encorado  engañando  corazones,  como  buenos  soldados  que 
serán.  Todas  las  distinciones,  todos  los  halagos,  se  dividían 
entre  ellos,  pues,  por  convenio  tácito,  se  les  había  dejado  se- 
ñores del  campo,  cual  si  todos  coincidiéramos  en  pensar 
que  era  de  buen  augurio  concederles  esa  noche  el  patri- 
monio de   todas  las   victorias    sociales. 

A  hora  más  avanzada  fuimos  llevados  al  club  de  West 
Point,  en  donde  nos  encontramos  con  una  serie  muy  dis- 
tinta de  perspectivas.  Allí  estaban,  en  íntima  tertulia,  los 
militares   veteranos,  esos    impasibles    que   no   hubieran    dado 


100  LÜI8  ALBERTO   DE  HERRERA 

un  paso  por  aproximarse  á  la  fiesta  de  la  hora.  Reparti- 
dos eti  grupos  jugaban  á  las  cartas  y  coasumíau  cerveza, 
hermanados  todos  por  una  fraternidad  de  clase,  ruidosa, 
expansiva,  que  poco  comprendemos  nosotros  que  tenemos  la 
chifladura  de  cnltivar  perpetuamente  la  seriedad,  cual  si 
fuera  un  crimen  prestar  momentos  á  la  risa,  tan  humana. 
Algún  deschabetado  nos  ha  hecho  creer  que  para  ser  inte- 
ligentes y  profundos  se  requiere  mucha  poíse  y  ahi  nos  tie- 
nen ustedes  empeñados  en  usar  barba  y  pelos  desgreñados, 
como  si  fuéramos  parientes  de  Juan  Moreira,  y  en  presentar- 
nos con  desaliño,  y  en  ser  sucios,  y  en  sepultar  en  lo  más 
hondo  los  ímpetus  joviales,  á  fin  de  que  se  nos  haga  co- 
nocer dichas  arlequinescas  llamsíndonos  «poetas»,  «pensa- 
dores:^, «intelectuales:».  Véase;  en  cambio  estos  señores 
americanos,  sin  afectaciones  tontas,  sin  prosopopeyas,  siu  ges- 
tos de  teatro,  alcanzan  éxitos  colosales,  positivos,  en  el 
orden  de  las  más  diversas  actividades.  Como  casi  todo  la 
buena  oficialidad  del  país  ha  hecho  servicio  largo  en  Fili- 
pinas, Cuba  ó  Puerto  Rico,  el  español  se  ha  generalizado. 
Es  de  notarse  la  satisfacción  que  experimentan  ellos  cuan- 
do trabajosamente  formulan  un  pensamiento  en  nuestro 
idioma;  si  bien  su  vocabulario  se  reduce,  por  lo  común,  á 
una  docena  de  palabras.  Por  aquello  de  «corazón  ladino  len- 
gua no  ayuda,»  la  cosa  no  pasa  de  escaramuzas  ¡son  tantas 
las  dificultades  de  pronunciación  y  tan  diferentes  los  giros 
como  diferentes  las  razas!  Me  he  apercibido  de  que  en  esta 
sociedad  se  considera  un  título  envidiable  de  cultura  poseer 
el  español,  cuya  característica  flexibilidad  y  elegancia  mu- 
cho se  admira.  La  vez  pasada,  en  cierta  recepción,  una 
señora  ponderaba  la  lengua  nativa  proclamando:  «¡se  pueden 
decir  en  español  tantas  dulces  galanterías  que  no  tienen  fór- 
mula en  nuestro  inglés,  tan  seco!»  Consideren,  pues,  la  gra- 
cia que  me  causaría  oír  cantar,  á  los  oficiales  en  el  club, 
con  acompañamiento  de  piano,  la  antiquísima  letra:  « Me 
gustan  todas,  me  gustan   todas . . .    etc. » 

A  las  diez  de  la  mañana  siguiente,  ante  una  selecta  con- 
currencia, el  señor  Presidente  de  la  República,  seguido  de 
los  invitados  oficiales,  pasó  revista  á    los   cadetes   que  luego 


DESDE    WASHINQION  101 

hicieron  diversas  evoluciones  luciendo  soltura  y  brillante  uni- 
dad en  la  acción.  Pero  la  parte  más  interesante  del  acto 
llegó  cuando  Mr.  Rooseveit  prendió,  sobre  el  pecho  del  alum- 
no Cal  vino  P.  Titus,  una  medalla  de  honor  decretada  en  su 
favor  por  acuerdo  especial  del  Congreso.  Llamado  del  seno 
de  las  filas  vino  á  colocarse  frente  al  presidente  para  reci- 
bir una  tan  brillante  distinción.  Este  le  estrechó  calurosa- 
mente la  mano  dirigiéndole  breves  palabras  de  estímulo. 
Tuvimos  oportunidad  de  escuchar,  de  labios  de  su  mismo 
coronel  en  la  hora  de  peligro,  la  relación  de  la  hazatla  de 
Titus.  Cuando  las  tropas  americanas  llegaron  frente  á  la 
parte  de  las  fortificaciones  de  Pekín  que  debían  asaltar,  du- 
rante la  campaña  internacional,  se  encontraron  con  una  sólida 
pared,  de  nna  altura  no  menor  de  veinte  pies,  que  se  alzaba 
lisa  y  en  línea  perpendicular  y  dominada  por  fuerzas  chinas. 
Para  seguir  adelante  hacía  falta  un  hombre,  dispuesto  á  morir* 
que  escalara,  como  un  gato,  la  ihuralla.  £1  jefe  americano 
pidió  en  voz  alta  ese  hombre  de  coraje;  presentando  rá'- 
pida  respuesta  se  separó  de  las  filas  el  músico  Titus,  cua- 
drándose en  actitud  de  esperar  órdenes.  £1  valor  de  aquel 
Boldado  que  iba,  sabiéndolo,  á  buscar  la  muerte,  produjo 
efecto  conmovedor;  pero  no  había  tiempo  que  perder  y  pronto 
el  bravo  muchacho,  llevando  nn  cabo  entre  los  dientes,  inició 
su  temeraria  ascensión,  seguido  por  las  miradas  angustiosas 
de  sus  camaradas.  £1  mismo  atrevimiento  de  la  empresa  lo 
salvó,  pues  el  enemigo  nunca  supuso  semejante  audacia;  pron- 
to estuvo  tendida  la  escala  y  conquistada  la  trinchera,  débi^ 
mente  defendida  por  el  enemigo.  £n  recompensa  á  ese  rasgo 
de  valor,  por  una  ley  extraordinaria,  se  permitió  el  ingreso  á 
West  Point  de  Calvino  P.  Titus  que,  según  nos  dijeron  sus 
profesores,  destaca  por  su  buena  conducta  y  aplicación,  como 
también  por  lo  arraigado  de  sus  ideas  religiosas.  Tuvimos 
el  gasto  de  conversar  con  este  viril  representante  9e  la  ju- 
ventud académica,  aún  sin  un  pelo  de  barba  y  ya  con  ante- 
cedentes envidiables. 

Las  instalaciones  de  West  Point  se  componen  de  nnroero- 
S08  y  lindos  edificios  los  tfsiéj  eQtno  he  dicho,  en  su  mayoría 
van    á    ser  reemplazados'"|lDr   otros    de    estilo   monumental. 


102  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

Hay  allí  una  construcción  independiente  para  comedor  de 
los  cadetes;  casa  para  el  cuadro  de  catedráticos;  casa  para 
el  director  y  su  familia;  club  social,  al  cual  no  tienen  acceso 
los  alumnos;  una  bonita  iglesia  en  donde  se  celebra  un  ser- 
vicio todos  los  domingos;  salas  de  estudio  y  de  recreo; 
campos  para  los  juegos  atlétícos;  campo  de  maniobras;  salo- 
nes de  tiro  y  demás  complementos  indispensables  á  institu- 
ciones de  ese  género.  Pero  el  suceso  más  palpitante  de  los 
festejos  consistía  en  la  gran  asamblea  oficial  de  la  tarde  en 
el  magnífico  hall  que  antes  describí.  Estaba  cuajado  de 
selecta  concurrencia  cuando  el  jefe  de  la  Academia,  coronel 
Alberto  Mills,  hizo  uso  de  la  palabra  para  dar  la  bienvenida 
á  sus  huéspedes.  Este  militar  fué  herido  de  bala,  en  la 
cabeza,  en  el  combate  de  San  Juan,  en  Cuba,  de  cuyas  re- 
sultas, después  de  estar  entre  la  vida  y  la  muerto,  perdió  el 
ojo  derecho.  Después  de  él  habló  el  señor  Presidente  de 
los  Estados  Unidos.  Su  discurso  tuvo  el  alto  significado  de 
una  pioza  política  matizada  de  útiles  observaciones  militares. 
En  parte  por  esto  último  y  en  parte  para  que  nuestros  lec- 
tores puedan  darse  cuontu  propia  de  la  energía  tribunicia  de 
Mr.  Roosevelt,  reproducimos  sus  párrafos  finales,  advirtiendo 
que  ellos  pierden  mucha  de  su  fuerza  oratoria  arrebatándoles 
el  énfasis  varonil  que  les  da  su  autor  al  emitirlos,  y  mal 
traducidos: 

«El  día  antes  de  la  pelea  de  San  Juan,  concluyó,  cuando 
marchábamos  hacia  una  posición,  perdimos  las  comunicacio- 
nes con  los  portadores  de  nuestros  bagajes  y  alimentos. 
Esa  noche  yo  tuve  |K)r  comida  lo  que  el  coronel  Mills  me 
dio  (risas  y  aplausos)  y  por  cierto  que  lo  encontré  lo  más 
sabroso.  A  la  mauana  siguiente  almorcé  con  ese  mismo  jefe 
y  con  Shipp,  de  la  Carolina  del  Sur,  otro  hijo  de  West 
Point^  y  yo  recuerdo  haberme  felicitado  entonces  de  que  mi 
regimiento — en  el  cual  todos  eran  voluntarios — tuviera  en 
sus  fílas,  cotno  un  ejemplo,  miembros  como  los  nombrados, 
cuya  sola  presencia  infundía  valoi:-  á  la  tropa  y  provocaba 
alientos.  Mills  y  Shipp  entraron  en  ])elea  con  nuestro  re- 
gimiento. Muy  poco  después  Shipp  caía  muerto  y  Mills  era 
herido   en  una  forma  qne  nos   hizo  suponer  en    aquel  instante 


DB0DE    WASHINGTON  108 

qae  jamás  pudiera  salvar.  Y  ahora,  para  terminar,  quiero 
decir  lo  siguiente  á  los  graduandos.  £1  otro  d(a  me  llamó 
mucho  la  atención  un  artículo  escrito  por  uno  de  nuestros 
instructores,  también  formado  en  West  Point,  en  el  cual  se 
refería  al  cambio  que  han  sufrido  las  condiciones  de  la 
guerra  y  á  la  necesidad  imprescindible  de  que  así  lo  com- 
prendieran todos  aquellos  que  quisieran  ser  buenos  oficiales. 
Yo  pienso  que  ahora  va  á  resultar  mucho  más  difícil  alcanzar 
fama  de  buen  oficial  que  en  el  pasado.  Yo  pienso  que,  ade- 
más del  valor  y  la  serenidad,  que  han  sido  siempre  los  pri- 
meros requisitos  del  soldado,  ustedes  deberán  demostrar  su 
gran  poder  de  individualidad,  si  es  que  ustedes  anhelan  apli- 
car al  cumplimiento  del  deber  la    fórmula   más    elevada. 

«Como  muy  bien   se   ha  dicho,  los  adelantos   del    arte  de 
la  guerra   durante    los  últimos   años,   han   acreditado  que,  eu 
«I  futuro,   la   unidad   no   será   el  regimiento,    ni  a&n  la  com- 
pañía, pero   sí  el  simple  soldado.  Si  éste  no  sabe  tirar  bien^ 
protegerse  sólo,  obedecer  estrictamente  las  órdenes  recibidas, 
7,  llegada    la    emergencia,    afrontar  las   propias  responsabili- 
dades cuando    carezca    de  aquellas,  si  no   posee   esas  eondi<p 
cienes  elementales,  lo  mejor  que  puede  hacerse  es  expulsarlo, 
por  inútil,  de  las  filas.  En  adelante,  sobre  el    campo  de  ba- 
talla cada  hombre    estará   confiado  á  sus    propias  iniciativas, 
en   un   extenso   sentido.   Hasta  tal  punto  alcanza  esta   evolu- 
ción que  ahora   los   más  jóvenes  oficiales  tendrán   que  tomar 
para  sí  gran   parte  de  la  responsabilidad  que  antes  se  echa- 
ba sobre  los  jefes,  desempeñando  á  menudo  los  soldados  sus 
obligaciones  sin     la   vigilancia    del    superior.    Si    puesto   ese 
Bervidor    en  el  terreno  se   siente  nervioso    y  echa   de  menos 
^1   codo  del   compañero,  lo   más    práctico  será  que    se   retire 
de   la  línea  y,  en  cuanto     á  ustedes,  oficiales,   si    aspiran    á 
brillar   deben    aprender  á  cumplir  con    su   deber,    cosa    tan 
«esencial.   La  tarea  es  ruda    pero  ustedes    están  obligados    á 
«bordarla  con  éxito  y  á  recordar  que,  hoy   más  que    nunca, 
él  honor  y  el    crédito    del  país    dependen    de  la   energía    y 
capacidad  de  su  ejército  y  que  esa  energía  y   esa  capacidad 
«n  la  tropa  sólo  puede  alcanzarse  por  su    intermedio.  Usté* 
des,  pues,  tienen  que  dedicar    todo  su    tiempo   á    llevar  al 


104  LUI8  ALBBRIO  DE  HS^RBRA 

más  alto  grado  de  perfeocioDaiiiieDto  la  eficacia  guerrera  de 
los  hombres  bajo  su  mando,  no  solamente  haciendo  lo  qoe 
deben  hacer  pero  haciéndolo  de  modo  que  cada  aubaltemo 
sepa  imitarlos.  Ahora  quiero  que  pesen  lo  que  voy  á  decir 
porque  si  sólo  recejen  la  mitad  de  mis  palabras  no  alcan- 
zarán  á    comprender  mi  pensamiento. 

c  Yo  he  encontrado  que  en  mi  regimiento  el  mejor  soldado 
era  el  que  había  servido  en  el  ejército  regular  en  las  regio- 
nes del  Oeste,  destacado  ctn  las  llanuras  y  luego  incorporado 
por  dos  años  á  alguna  guarnición^  en  donde  solo  hacía  ejer- 
cicios doctrinarios,  ó  á  las  fuerzas  de  la  Guardia  Nacional, 
que  es  lo  mi»mo.  Si  en  estas  distintas  faces  él  aprendió  un 
cinco  por  ciento  de  los  asuntos  de  la  gtierra,  resultará  uu 
cinco  por  ciento  superior  á  cualquier  otro,  lo  que  importa 
una  gran  ventaja;  pero  si  él  pretende  saber  también  la  res- 
tante fracción  de  noventa  y  cinco  partes,  resultará  peor  sol- 
dado que  cualquier  otro.  (Risas  y  aplausos).  Recuerdo  per- 
fectamente á  un  subalterno  mío,  que  fuera  antes  cabo  en  el 
ejército  de  línea.  Este  jóveu  voluntario  estaba  convencido 
de  que  lo  principal  en  la  guerra  consistía  en  preocuparse 
de  que  los  ejercicios  mecánicos  fuesen  irreprochables  en  su 
exactitud,  no  habiendo  modo  de  inducirlo  ;(  enseñar  á  la  tropa 
algo  más  práctico. 

cPero,  caballeros,  yo  no  necesito  predicarles  el  desempeño 
del  deber  cuando  vuestra  especial  obligación  aquí  ha  sido 
aprender  eso.  Más  sí  les  ruego,  que  tengan  presente  la  di- 
ferencia que  existe  entre  la  carrera  militar  de  hoy  y  de  ayer, 
recordando  constantemente  que  la  buena  milicia  no  consiste 
en  saber  formar  con  lucidez  en  los  días  de  parada,  pero  si 
en  la  eficiencia  de  los  servicios  en  campaña,  y  que  la  uti- 
lidad, la  verdadera  gran  utilidad  de  las  maniobras  que  se 
enseñan  en  los  cuarteles,  se  alcanza  cuando  se  procura  con 
ell<fth  np  un  fin,  pero  uno  de  los  elementos  para  llegar  al 
fin.  Les  observo  que  no  les  pido  que  recuerden  algo  que 
jamás  pueden  olvidan  las  lecciones  de  lealtad,  de  valor,  de 
firme  adhesión  á  los  más  altos  mandatos  del  honor,  que  to<- 
dos  ustedes  aprenden  desde  el  -  instante  en  que  respiran  el 
ambiente  de  esta  gran   institución  t. 


DS8DE     TTASHINOTOK  106 

Creo  que  no  he  desperdiciado  espacio  transcribiendo  esos 
certeros  conceptos,  emitidos  por  nn  hombre  de  esperiencia  y 
de  inqaebrantable  voluntad.  En  cuanto  á  la  inutilidad  de  la 
más  esmerada  instrucción  de  las  compañías  en  los  cuarteles*, 
coando  ella  no  va  asistida  de  la  práctica  del  campamento 
y  de  reiterados  ejercicios  de  tiro,  bien  podemos  confirmai'- 
la  quienes,  en  días  tristes  de  conflictos  entre  hermanos,  la 
vimos  exhibirse  de  continuo.  En  pleno  período  de  fraterni- 
dad, ya  extinguidas  las  viejas  cicatrices,  es  tiempo  de  que 
nuestras  autoridades  militares,  teniendo  sólo  presente  los 
sagrados  intereses  de  la  defensa  nacional,  se  preocupen  de 
adaptar  nuestro  ejército  á  las  modernas  exigencias.  Parn 
hacinamiento  de  seres  humanos  en  locales  encerrados,  de 
sobra  tenemos  con  nuestras  asilos  y  hospitales.  Los  solda- 
dos no  deben  hacer  vida  amontonada  y  artificial,  cual  plan- 
tas de  invernáculo.  En  las  ciudadea  americanas  todavía  no 
he  tropezado  con  un  cuartel,  debiendo  agregar  que  más 
fácil  es  encontrarse  con  sacerdotes  que  con  soldados  por  las 
calles.  Todos  los  cuerpos  están  repartidos  por  las  fron- 
teras. 

Después  del  presidente  habló  el  general  Horacio  Porter, 
embajador  en  París.  Ya  había  tenido  el  placer  de  escuchar 
á  este  brillantísimo  orador  al  inaugurarse  la  estatua  erigida 
al  mariscal  de  Rechambeau,  pero  en  esta  nueva  oportunidad 
pude  apreciar  mejor  sus  admirables  facultades  de  expresión. 
Mimado  por  el  auditorio,  que  lo  seguía  en  sus  párrafos  con 
inefable  gusto  jaloneando  cada  pensamiento  con  salvas  de 
aplausos,  el  general  Porter  hizo  en  forma  insuperable  el 
elogio  sintético  de  West  Pjpint;  y  cuando,  entusiasmado  él 
mismo  por  su  triunfo,  evocó  los  grandes  ejemplos  ofrecidos 
por  la  milicia  nacional,  exhibiéndose  literato  y  pensador  de 
vuelo,  una  corriente  de  delirio  patriótico  asoció  todos  los 
corazones;  de  pié,  damas  y  caballeros,  agitando  paffuelos  y 
guantes  y  bastones,  vitorearon  á  la  patria,  tan  gallardamente 
enaltecida  por  el  insigne  orador.  Confieso  que  yo  tiunbién 
me  rendí  al  encanto  que  fluía  de  aquellos  conceptos  bien 
cortados,  vxbvaotest  sobrios»  viriles,  que  iban  directamente  á 
la  cuiestión.   A  ese    respecto  me  decía  más  tard^  nn  oficial 


106  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

del  ejército,  que  había  ocupado  un  asiento  en  frente  de  mf^ 
que  hubiera  deseado  tener  á  mano  una  máquina  fotográfica 
para  recoger  la  expresión  complacida  de  mi  rostro.  El  ora- 
dor fué  aclamado  cuando  dijo:  cel  país  no  acepta  excusas 
de  sus  soldados;  él  les  exige  victorias.»  La  serie  de  los 
discursos  restantes  no  merece  mayor  comentario. 

Por  la  noche  tuvo  lugar  un  banquete  monstruoso,  para 
seiscientos  cubiertos.  Según  he  leído  en  los  diarios,  nunca 
se  ha  dado  aquí  fiesta  semejante,  tan  numerosa  y  selecta. 
Los  comensales,  repartidos  en  distintas  mesas,  ocupaban  un 
salón  de  cien  metros,  aproximados,  de  largo,  presidiendo  la 
alegre  reunión  el  jefe  del  Estado  con  sus  ministros.  Allí 
pude  conocer  nuevas  modalidades  del  carácter  americano. 
Con  todos  los  generales  en  servicio  hacían  acto  de  presencia 
los  generales  retirados,  jefe  superior  de  las  fuerzas  naciona- 
les y  oficiales  de  renombre.  Todo  lo  más  distinguido  del 
ejército  estaba  congregado.  En  otras  partes  el  banquete  hu- 
biera tenido  un  carácter  etic]uetero,  solemne,  aburrido,  mucho 
más  si  se  considera  que  estaba  presente  el  primer  mandata- 
rio y  el  Cuerpo  Diplomático;  pero  en  los  Estados  Unidos 
no  sucede  así.  Durante  todo  el  tiempo  de  la  comida  do- 
minó una  ensordecedora  algazara.  Aquí,  se  cantaban  himnos 
patrióticos;  allá,  se  arrojaban  flores  sobre  un  afortunado  co- 
mensal; en  esta  mesa,  se  conversaba  con  lujo  de  bullicio 
mientras  en  la  otra,  de  pié,  se  golpeaban  las  copas  en  me- 
dio de   hwrohs  atronadores. 

Para  probar  la  cordialidad  de  relaciones  existentes  entre 
los  miembros  del  ejército,  haré  referencia  á  ciertas  atencio- 
nes de  grupo  que  noté.  Los  oficiales  de  cada  año,  espe- 
cialmente los  jóvenes,  se  trasladaban  en  corporación  á  las 
mesas  ocupadas  por  los  veteranos  y  una  vez  que  los  rodea- 
ban les  dirigían  saludos,  en  coro,  mientras  agitaban  en  su  honor 
las  servilletas.  De  manera  que  los  viejos  .servidores»  los 
soldados,  ya  escasos,  de  la  guerra  civil,  recibieron  abruma- 
dores y  sentidos  saludos.  Aquel  conjunto  de  contagiosas  y 
nobles  satijifacciones  me  impresionó  de  la  manera- más  ^a- 
.vorabie.  Pero  lo  que  más  me  sedujo  fué  apreciar  la  com* 
pleta  naturalidad  con  que  se  desarrollaban  estas   escenas  ani- 


DESDE     WASHINGTON  107 

Diadas  bajo  la  vista  del  presidente  de  la  Uqíod.  Yo  be  visto 
á  oficiales  subalternos  pasar  en  grupo  desordenado  por  frente 
de  aquel^  detenerse  junto  á  él,  sin  pagarle  un  asomo  de  re» 
verencía,  como  si  no  lo  hubieran  notado,  y  entonar  la  más 
estruendosa  de  las  manifestaciones  vocales  en  honor  de  un 
compañero.  También  debo  agregar  que  yo  he  visto  al  pre- 
sidente siguiendo  complacido  esas  alegres  expansiones,  sin 
preocuparse  de  su  alta  investidura,  y  contento  de  participar 
de  aquella  turbulenta  y  honrada  sociedad.  Pero  ¿acaso  im* 
porta  la  actitud  dé  éste  una  benevolencia  exagerada  6  refleja 
excesos  de  familiaridad,  signos  irrespetuosos,  la  conducta  de 
aquellos?  Bajo  ningún  concepto  y  precisamente  ahí  encuentro 
el  más  agradable  colorido  de  esos  hábitos  de  tradicional  sen- 
cillez.  Está  tan  encarnado  aquí  en  todos  los  espíritus  el 
acatamiento  á  la  autoridad  constitucional,  que  á  nadie  se  le 
ocurre,  ni  como  una  hipótesis,  que  alguien  desconozca  ese 
postulado,  elemental  ya  en  una  democracia  centenaria.  Se 
juzga  que  el  presidente  de  la  República  es  el  mejor  amigo 
de  sus  conciudadanos  y,  sobre  todo,  se  da  á  cada  asunto  su 
lugar. 

Así,  desde  el  dintel  afuera,  incurriría  en  grave  omisión 
quien  en  acto  de  servicio  pasara,  sin  hacer  una  gran  venia, 
cerca  del  primer  magistrado;  pero  en  una  fiesta  de  cámara- 
das,  cuando  bajo  auspicios  dichosos  todos  los  amigos  se  reú- 
nen para  brindar  por  la  patria  y  por  su  porvenir,  signifi- 
cara ridicula  petulancia,  hondamente  censurada,  ponerse  á 
fastidiar  á  aquel  con  adhesiones  de  forma,  innecesarias  en 
una  sociedad  que  siendo  la  menos  incompleta  de  las  demo- 
cracias, posee  en  más  alto  grado  la  noción  de  respeto  es- 
tricto debido  á  las  autorídadas  constituidas,  por  la  simple 
razón  de  que  ellas  son  constituidas  de  manera  popular,  libre 
y  conciente.  Antes  de  iniciarse  los  brindis  se  cantaron  en 
coro,  prestando  Mr.  Kooseveit  gustoso  el  concurso  de  su  voz, 
los  aires  nacionales  favoritos.  Luego  siguió  un  derroche  de 
hermosas  manifestaciones  solidarias  agradeciendo  el  sefior  em- 
bajador de  Italia,  en  nombre  de  sus  colegas,  la  hospitalidad 
lecibida.  Así  terminaron  las  fiestas  del  centenario,  bien  difí- 
ciles   de  olvidar. 


106  LUI8  ALBERTO  BE  HERRERA 

Tal  vez  me  he  extendido  demasiado  haciendo  su  crónica, 
pero  sinceramente  he  creído  que  habfa  conveniencia  en  ofre« 
cer  á  nuestros  cadetes,  idea,  aunque  fuera  imperfecta  y  es^ 
crita,  de  la  significación  que  tiene  aquí,  en  el  concepto 
público,  la  Academia  militar;  de  lo  que  se  espera  de  sus  alum- 
nos y  de  las  principales  virtudes  que  se  les  exigen.  Leal- 
tad, honor,  kmor  á  la  patria,  amor  á  las  instituciones,  por 
encima  de  simpatías  y  de  partidos,  coraje,  desarrollo  físico^ 
desarrollo  moral,  disciplina.  ¡Qué  esclarecida  divisa  deter- 
minan esas  cualidades  aliadas!  Y  nunca  se  insistirá  bastan- 
te sobre  la  necesidad  de  su  culto  arraigado  en  los  países 
del  sur,  que  deben  casi  todas  sus  tremendas  desgracias  á 
la  anarquía,  al  desorden,  á  la  prepotencia,  sin  perdón,  de  la 
espada.  Siempre  he  creído  que  en  nuestra  Escuela  Militat 
está  el  cimiento  de  la  regeneración  de  nuestro  ejército,  como 
ya  lo  están  probando  los  hechos.  Lo  que  en  ese  sentido 
ella  ya  ha  laborado  es  incalculable  y  todavía  nosotros  no  lo 
alcanzamos. 

Estimulemos,  sin  cesar,  la  fecunda  tarea  de  esa  institución 
salvadora  que  ofrece  todos  los  afios  al  país  el  homenaje  pre- 
cioso de  oficiales  dignos,  ilustrados  y  de  pundonor  verdadero, 
habiendo  aventado  va  con  sus  luces  hasta  la  semilla  de  los 
motines  ignominiosos! 

Por  el  último  vapor  recibí  una  docena  de  ejemplares  del 
«Anuario  Estadístico  del  Uniguay»,  publicación  n)uy  valiosa 
que  mejor  se  aprecia  desde  el  extra  ngero  y  que  he  repartido 
en  el  Canadá,  Cuba,  México  y  ésta,  para  que  sea  el  heraldo 
elocuente  de  nuestra  cultura  y  avanzados  progresos.  Talvez 
sea  esa  obra  'la  primera  recibida  por  la  Biblioteca  de  La 
Habana,  después  de  abierta  la  era  republicana  en  la   isla. 


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V 


Un  Congreso  Internacional  contra  la  tuberculosis  —  Importancia  del 
asunto  —  Intervención  de  nuestro  diplomático  — Tesis  discutidas- 
Conclusiones  —  La  mortalidad  en  el  Uruguay  —  La  nlAez  y  la  tu- 
berculosis —  Una  visita  á  Nueva  York  —  La  ciudad  vieja  y  la  nue- 
va—El barrio  chino  —  Un  parque  modelo —  La  policía  norte-ame- 
rícana  —  Sus   procedimientos. 


Durante  los  días  2,  3  y  4  de  Junio  celebróse  en  la  ciudad 
de  New  York  e\  tercer  Congreso  Americano  de  la  Tubercu- 
losis, al  cual^  en  concepto  internacional^  sólo  tenían  acceso  los 
representantes  de  las  distintas  naciones  del  Nuevo  Mimdo. 
Especialmente  invitado  para  concurrir  á  sus  sesiones  creí  que, 
además  de  uu  deber  de  cortesía^  los  deberes  ineludibles  del 
cargo  me  imponían  la  obligacíóu  de  aceptar  tan  galante  acuer- 
do, mucho  más  si  se  tiene  presente  que  se  me  solicitaba  con 
carácter  honorario.  También  iba  á  encararse  el  asunto,  en 
cierta  extensión,  bajo  la  faz  legal  y,  por  otra  parte^  ¿cómo  no 
asociarse  á  campañas  tan  humanitarias?  Aquí,  por  lo  general, 
no  se  cree  en  nuestras  actividades  en  favor  del  interés  pú- 
blico, pues  se  supone  á  la  autoridad  solo  empeñada  en  sus 
tejes  y  manejes  políticos  y  al  pueblo  sólo  preocupado  de  de- 
rrocar á  la  autoridad.  ¡Cuánto  nos  han  perjudicado  en  el 
concepto  extranjero  los  desastres  institucionales  de  épocas 
pasadas!  Pienso^  pues,  que  no  existe  el  derecho  de  desper- 
diciar Jas  ocasiones  nobles  que  se  presentan  de  poner  las  co- 
sas en  su  lugar,  rectificando  conceptos  crueles  que  ya,  por 
fortuna,  no  tienen  razón  de  ser.  £1  deseo  de  hacer  acto  de 
presencia  en  la  interesante  asamblea,  me  llevó  á  New  York. 


lio  LUIS  ALBERTO  DB  HERRERA 

Eq  la  mañana  del  día  anunciado  se  instaló  cl  Congreso,  cons- 
tituido por  un  centenar  de  miembros.  Los  gobernadores  de 
todos  los  Estados,  así  como  las  sociedades  científicas  de  ma- 
yor noipbradía  de  la  Unión,  estaban  allí  representados.  Tam- 
bién acreditaban  interés  en  los  serios  asuntos  que  iban  á 
debatirse,  delegaciones  especiales  del  ejército  y  de  la  armada, 
de  las  provincias  canadienses,  de  Quebec,  Ontario,  Brittsh 
Colombia,  Pñnce  Eklward  Isl^nd,  y  New  Brunswick  y  de  los 
gobiernos  de  México,  Guatemala,  Costa  Rica,  Santo  Domingo, 
Brasil  y  Uruguay.  La  primera  parte  de  la  mañana  so  dedicó 
á  dar  cuenta  de  las  adhesiones,  unas  escritas,  otras  orales. 

Todos  coincidían  en  abogar  por  lo  mismo:  por  la  cons- 
titución de  asociaciones  solidarias  que  iniciaran  en  las  dis- 
tintas secciones  del  continente  la  reolanmda  canopaSa  contra 
un  enemigo  más  terrible  que  las  guerras,  que  al  fin  son 
azotes  pasajeros. 

La  tuberculosis,  se  repitió  muchas  veces  por  viejos  pro- 
fesores, avanza  victoriosa  sin  que  hasta  la  fecha  hayan  de- 
dicado los  gobiernos  suficientes  energías  al  afán  impuesto 
de  contenerla.  Favorecidas  por  las  nuevas  circuntancias  crea- 
das por  la  vida  moderna;  encontrando  terreno  singularmente 
propicio  para  su  desarrollo  en  el  hacinamiento  de  las  gran* 
des  ciudades,  en  las  masas  de  obreros  inmolados  á  las  exi- 
gencias del  industrialismo,  ella  avanza,  sin  cesar,  socabando 
los  cimientos  de  la  salud  del  mundo.  Casi  un  quinto  de  la 
mortalidad  en  el  universo  entero  le  pertenece  por  indiscuti- 
ble derecho,  dijo  uno  de  los  los  delegados  del  Canadá,  y 
es  un  remordimiento  para  los  hombres  de  ciencia,  saberlo 
así,  comprobar  á  diario  la  intensidad  del  flajelo  y  no  com- 
batirlo en  forma,  aliando  todas  las  energías.  Pero,  ¿qué 
pueden  hacer  por  sí  los  médicos  si  no  cuentan  con  el  apo- 
yo de  los  gobiernos?  La  propaganda  tenaz  que  un  deber 
elemental  ordena,  no  rendirá  frutos  si  no  se  confirma  la 
fuerza  probatoria  de  las  palabras  con  la  fuerza  ejecutiva  de 
los  hechos.  Desgraciadamente  aun  la  educación  no  ha  roto 
del  todo  el  dominio  de  la  ignorancia,  en  el  espíritu  de  las 
muchedumbres;  por  lo  demás,  ¿qué  extrañeza  puede  causar 
a  negligencia    de  éstas,  justificada    en    mucha    parte   por    la 


DtaSBfi     WAgHlKGÍTON  111 

É 

preocupación  devorante  de  la  lucha  cuotidiana,  cuando  abun- 
dan los  casos  del  más  reprensible  y  brutal  abandono  entre 
las  clases  más  elevadas  de  la  sociedad?  Kn  estos  y  pare- 
cidos términos  se  expresarou  muchos  de  los  preseiitcs,  antes 
de  entrar  al  fondo  de  la  cuestión,  y  acompañando  cstadís* 
tícas  sobre  las  fluctuaciones  de  la  tisis  en  las  distintas  re- 
giones. Unánimemente  se  cpnsideró  luminosa  una  carta 
abierta  dirigida  al  Congreso  por  el  célebre  profesor  Benedikt 
de  Viena,  en  refutación  de  las  doctrinas  de  Kock,  de  la  cual 
no  diremos  una  palabra  más  para  no  sacar  los  pies  del 
plato.  Las  siguientes  cuatro  tesis  absorvieron  la  atención 
de  la  asamblea: 

1.*  LfCgislación  pi*eventiva,  abrazando  el  aspecto  sociab 
municipal-  y  público  de  la  tuberculosis. 

2.*  La  tuberculosis  considerada  en  sus  aspectos  patológico 
y  bacteriológico. 

3.*  La  tuberculosis  en  su  aspecto  médico  y  quirúrgico, 
abrazando  el  estudio  de  las  condiciones  sanitarias  y  clima- 
tológicas, luz  y  electricidad. 

4.*  Aspectos  veterinarios   de    la    tuberculosis. 

Zapatero  á  tus  zapatos.  No  será  ciertamente  el  que  esto 
escribe  quien  pretenda  hacer  un  resumen  de  interesantes  y 
profundos  debates  sobre  materia  médica,  sin  que  esto  prive 
de  repetir  algo  de  lo  que  se  dijo  encarando  el  asunto  bajo 
la  faz  legal.  ¿Pueden  ó  no  pueden  los  gobiernos  proceder 
con  los  tuberculosos  avanzados  como  si  se  tratara  de  epi- 
démicos y  arrancarlos  del  seno  de  sus  hogares  en  nombre  de 
de  la  salud  pública  amenazada?  Las  dos  tesis  tuvieron  dis- 
tinguidos sostenedores.  Alguien  expuso  que  conceder  derecho 
tan  avasallador  á  la  autoridad  importaba  saorifioar  las  más 
elementales  regalías  del  individuo,  comprometiendo  de  ma- 
nera muy  grave  la  facultad  libérrima  de  cada  cual  de  agi- 
tarse como  mejor  le  convenga;  que  sería  en  extremo  cruel 
agregar  á  la  catástrofe  decretada  por  la  tisis,  al  elegir  sus 
víctimas  entre  los  miembros  de  una  familia,  la  vergüenza, 
la  aflicción  representada  por  el  hecho  de  que  terceros  com- 
partan obigatoriamente  las  intimidades  del  hogar;  que  ser 
atacado  por    una  enfermedad,   por    grave   que    ella   sea,  im- 


112  LUIS  ALBERTO  0E  HERRERA 

porta  una  fatalidad  y  do  uq  delito  y  que  la  ley  solo  per- 
sigue y  castiga  á  éstos  c1ti  nombre  del  interés  geoeral  ofea- 
dido  por  la  violación  intencional  de  deberes  morales,  lo  que, 
á  buen  seguro,  no  poede  argumentarse  en  el  primer  caso. 
Pero  tales  razones  fueron  rebatidas  en  forma  contundente. 
No  se  pretende,  se  contestó,  humillar  á  los  particulares  aña- 
diendo- á  las  desgracias  privadas  el  sinsabor  de  las  intromi- 
siones pfibUcaSy  siempre  poco  delicadns;  ni  se  piensa  en  im- 
poner presiones  duras  á  quienes  bastante  y  bien  injusto  castigo 
tien(Hi  en  su  terrible  situación;  ni  hay  quien  sueñe  en  crear 
la  dictadura  peligrosa  de  cieitas    corporaciones  oficiales. 

Discutir  bajo  esos  aspectos,  estrictamente  legales  y  aislados, 
á.  nada  pníctico  conduce,  pues  se  sostiene  algo  que  nadie 
nio^a  hablando  del  respeto  que  merece  en  sus  actividades  el 
individno.  Pero,  apartando  sentimentalismos  perniciosos,  ¿cum- 
ple con  su  deber  el  Estado,  llaiiado  á  velar  por  la  salud 
común,  permitiendo  que  .personas  que  llevan  en  sí  el  germen 
trasmisible  de  males  aseladores,  sacrifiquen,  por  imprudencia» 
á  muchos  inocentes?  ¿Debe  consentirse,  en  homenaje  á  bo- 
nitos doctrinarismos,  que  la  iguorancia,  el  descuido,  la  torpeza 
de  los  unos,  provoque  verdaderas  calamidades  sociales  á  la 
sombra  de  idénticas  cualidades  negativas,  tan  corrientes,  de 
los  otros?  ¿El  concepto  exacto  de  la  libertad  consiste  en 
consentir  á  todo  el  mundo  que  haga  lo  que  se  le  dé  la 
gana  sin  reconocerse  otros  frenos  que  los  impulsos  del  pro- 
pio capricho?  De  ningún  modo;  la  libertad  de  cada  cual 
termina  en  donde  empieza  la  ajena,  y  ese  patrimonio  sagra- 
do del  vecino  se  vulnera  gravemente,  si  un  sujeto  afectado 
en  condiciones  peligrosas  esparce  en  abundancia  la  semilla 
de  sus  propios  males,  valido  de  que  es  libre.  Probado  como 
está  el  carácter  temible  de  la  tuberculosis  y  evidenciados 
sus  avances,  están  obligados  los  gobiernos  de  todos  los  paí- 
S)es  civilizados  de  la  tierra  á  constituir  una  alianza  estrechí- 
sima para  batir  así  con  éxito  al  pertinaz  enemigo  en  todas 
las  distintas  secciones  del  Universo.  En  nombre  del  bien 
público  ellos  deben  penetrar  decididamente  á  ios  hogares 
flagelados  para  convencerse  de  que  se  adoptan  con  esos  en- 
fermos   las    medidas    rigurosas    impuestas   por    la    defensiva 


DESDE     WASHINGTON  IIB 

social  7,  tn  caso  contrario,  para  tomar  á  su  cargo  esa  defen- 
siva, en  representación  legítima  de  los  m:(s.  Ellos  debe  a 
poner  en  rigor  las  mismas  medidas  de  vigilancia  que  se  esta- 
blecen en  circunstancias  de  epidemia,  sin  detenerse  ante  con- 
sideraciones inaceptables  de  gerarqufa,  que  la  tisis  siempre 
entraña  inmensos  peligros,  ya  se  hospede  en  la  casa  del 
pobre  6  en  el  palacio  del  rico.  L'i  asamblea  aceptó  por 
gran  mayoría  estas  ideas  de  carácter  eficiente  agregando  que 
el  apoyo  del  pueblo  era  indispensable  para  hacer  tan  efi- 
caces como  se  quiere   los  esfuerzos  de  la  autoridad. 

Pero,  por  lo  común,  ese  pueblo  no  está  preparado  para 
coadyuvar  á  la  tarea  extirpadora;  él  ignora  los.  medios  exi- 
gidos para  combatir  con  éxito  al  flagelo;  él,  dominado  por 
la  tenacidad  silenciosa  del  mal  que  cava  sepulturas  en  forma 
aleve,  tomándose  años  para  abrir  y  cerrar  una  fosa,  se  re- 
signa, contemplando  las  tácticas  lúgubres  del  adversario  incan- 
sable, sin  atinar  á  oponerle  vallas  vencedoras.  Esos  son  los 
frutos  de  la  ignorancia  general,  aliada  á  criminales  desidias, 
y  para  modificar  situacñón  tan  lamentable  se  requiere  llevar 
á  las  multitudes  noticia  detallada  de  las  cosas,  tales  como 
ellas  son;  interiorizarla,  en  forma  gráfica,  de  las  catástrofes 
domésticas  á  que  aboca  la  tuberculosis  cuando  no  se  enfrena 
su  desarrollo;  decirle  que  hijos  é  hijas,  padres  y  madres,  fá- 
mulas desmoronadas,  señalan  con  rastro  de  cruces  su  huella, 
y  esto  de  manera  irremediable,  si  la  previsión  no  decreta 
medidas  prontas  y  enérgicas.  Pues  esa  propaganda,  que 
cooducirá  á  resultados  trascendentales,  debe  iniciarse  simultá- 
neamente en  todas  las  esferas.  Ella  tendrá  en  la  escuela 
primaria  su  mejor  resorte.  Alguna  parte  de  las  muchas  lec- 
turas, sin  mayor  importancia,  preparada  para  los  niños,  puede 
reemplazarse,  con  ventaja,  por  ejercicios  escritos  sobre  las  epi- 
demias y  enfermedades  más  terribles,  precedidos,  por  supuesto, 
de  explicaciones  elementales  de  los  maestros.  En  el  espíritu 
impresionable  de  las  criaturas  deben  estamparse  conceptos 
generales  de  higiene  y  de  desinfección,  enseñándoles,  á  la  vez, 
cómo  se  producen  la»  infecciones  y  por  qué  motivo  de  orden 
sanitario  se  prohibe  escupir  en  los  trenvíaS;  vender  la  leche 
de   vacas  tuberculosas,  usar  las  ropas  de  los  enfermos  conta- 


114  LUIS  ALBERTO  OB  HERRERA 

gíoBos  7  se  adoptan  otras  muchas  precauciones  vulgares^  cuya 
bondad  evidente  muy   pocos   alcanzan. 

.  Y  al  pueblo,  á  ese  factor  importantísimo  que  posee  todas 
las  impaciencias  y  ligerezas  de  los  niños  y  todos  los 
egoísmos  y  soberbias  de  los  hombres,  aunque  sea  ya  tarea 
más  difícil,  hay  que  explicarle  lo  mismo  poniendo  ^  contri- 
bución las  columnas  generosas  de  la  prensa,  generalizando 
el  conocimiento  de  las  instrucciones  definitivas,  repartien- 
do impresos  breves  y  claros,  creando  ligas  populares  com- 
puestas de  ciudadanos  selectos.  A  propósito  de  esto  último, 
manifestó  el  delegado  de  Ontario  que  en  el  Canadá,  se  ha- 
bían obtenido  resultados,  realmente  halagüeños,  con  procedi- 
mientos sencilllos  que  recomendaba  por  estar  ellos  al  alcance 
de  todas  las  voluntades..  En  vista  de  los  avances  constan- 
tes de  la  turberculosis,  dijo,  nos  propusimos  algunos  hom- 
bres de  ciencia  hacer  algo  práctico  para  modificar  situación 
tan  desastrosa.  Al  efecto  empezamos  por  constituir  centros 
populares  de  acción  llegando  á  obtener  que  cada  comuna 
imitara  el  ejemplo  y  creara  ligas  dependientes  de  índole  pa- 
recida. Cuando  hubimos  adquirido  fuerzas  de  organismo  nos 
dirigimos  al  parlamento  local  invocando  la  representación 
justa  de  todos  los  municipios  y  pidiendo  que  se  dictara 
una  ley  que  apoyara  nuestra  acción.  Nuestra  iniciativa  en- 
contró e?o  simpático  en  las  Cámaras  y,  como  para  dar  carác- 
ter práctico  é  inmediato  á  nuestras  gestiones,  acompañáramos 
un  proyecto  breve  y  razonable  de  legislación  preventiva,  éste 
fué  sancionado  y,  á  la  fecha,  gracias  al  esfuerzo  coaligado 
de  todos,  no  hay  en  todo  el  Canadá  un  tuberculoso  en  el 
desamparo,  habiéndose  creado,  sin  jnayores  sacrificios  y  con 
sólo  disponer  de  parte  reducida  de  las  rentas  generales, 
casas  de  refugio  y  satiatoriums,  gratuitos  los  más  y  pagos 
algunos.  Ideas  tan  saludables,  y,  sobre  todo,  tan  prácticas 
encontraron  caluroso  apoyo  acordándose  elevar  á  la  consi- 
deración del  gobierno  americano  el  proyecto  á  que  me  re- 
fiero, presentado  por  el  delegado  canadiense,  habiéndose  decla- 
rado, previamente,  qne  el  estado  de  las  cosas  á  ese  respecta 
en  el  país,  estaba  muy  distante  de  ser    satisfactorio. 

Como  profano  que  soy  la  prudencia   me  manda  no  s^uir 


DESDE    WASHINGTON  ll5 

al  Congreso  en    sus  demás    deliberaciones  las  que,  por   otra 
parte,  aparecerán  muy   en   breve    impresas  en    volumen.     Si, 
debo  agregar  que  favorecido,  á   la    par  de  los  demás    minis- 
tros extrangeros  y  en   mérito    al    rango   diplomático,   con    la 
vioe  presidencia  honoraria  del  mismo    y  obligado  por   la  so- 
licitud afectuosa  de  los  miembros  de  la  Mesa,  empeñados  en 
que  testimoniáramos   de  viva  voz  la  adhesión  de    nuestra  so- 
ciedad  á  las  nobles  tareas  emprendidas,  no  tuve   otro  reme- 
dio que  hablar,  sobreponiéndome  á   mi  propia  confusión.     ¡Era 
tan  fácil  decir  necedades    en    un  idioma  extraño!     Pero,  de 
cualquier  modo,  había  que  salir  del  atolladero  hasta  para  pro- 
bar que  las  nacionalidades  del    sur   de    Sud  América   calzan 
ya    los  puntos   de   una    cultura  propia    aquí    no  sospechada. 
Confieso  que  cuando  subí  á  la  tribuna,   obedeciendo  al   lla- 
mado del  señor  presidente  Holton,   sentí  que  me  ñaqueaban 
las  piernas    y  que  so    me    anudaba    la  voz.    Nunca  me    he 
visto   en    trance   más    penoso,    aunque    también    declaro    que 
nunca  he  intentado  con  mayor  energía  vencer  una  dificultad. 
Bien  sabía  yo  que  en  aquel  momento  se  juzgaba  el  valimiento 
de  la  patria    por  lo  que  iba    á    decir   y  por  mi  desempeño. 
A  ella,  pues,  encomendé  mi  suerte  y  todavía  estoy  creyendo 
que    gracias    á  la  santidad    de   la  invocación    salvé   ileso  el 
escolló.    Por  lo  demás,   es  tan  afectuoso   el  ambiente  de  las 
asambleas    americanas    que   uno   pronto    se    familiariza   y  se 
siente,  como  ellos  dicen,  at  home.   ¡Fueron  tan  buenos  con- 
migo!   Escucharon  mis  oyentes  con  tanta  paciencia  mis  sobrios 
párrafos  en   mal  inglés!  Con  mi  última  palabra  presenté   á  la 
Mesa  el  folleto  estadístico  del  doctor  Joaquín  de  Salterain,  que 
casualmente  hallé  entre  mis  libros,  que  estudia,  con  números, 
el  desarrollo  de  la  tisis  en  el  Uruguay  en  los  últimos  siete 
afios  y   que  comenta  las  medidas  adoptadas   para  reprimirla. 
¿Verdad  que  no  debemos  perder  las   oportunidades  que    sur- 
gen de  enaltecer,  en  todas  las  ramas    del    saber,  el    nombre 
del  país?    Algunos  profesores  con  quienes  intimé  después  de 
mis  palabras  de  agradecimiento,  que   vierto  textuales    en   mi 
nota  al  gobierno,  me  interrogaron  luego,   con  evidente  curio- 
sidad, sobre  los  asuntos    nuestros,    manifestándose  sorprendí* 


116  LUI8  AUBSTO  DK  HEBBXRA 

do8  de  que  ahí  algo  eficaz  se  habiera  hecho  ya  para    aire- 
batar  víctimas  á  la  tísis. 

En  la  noche  del  4  de  Junio  7  ya  clausuradas  las  sesiones^ 
se  celebró  un  gran  banquete  de  despedida  en  el  magnífico 
hotel  Majestíci  de  cuya  grandiosidad  se  da  idea  diciendo  que 
casi  mide  una  manzana  y  que  consta  de  doce  pisos.  A  la 
hora  de  los  brindis  hizo  uso  de  la  palabra,  en  primer  tér- 
mino, el  vice-alcalde  de  la  ciudad  de  New  York,  quien  aplau- 
dió la  empresa  humanitaria  abordada,  ofreciendo  á  sus  inicia- 
dores el  más  decidido  concurso  de  la  autoridad  municipal, 
la  que,  por  su  lado,  ya  se  había  preocupado  seriamente  de 
cuestión  tan  trascendental.  Luego  hubo  una  sucesión  de  brin* 
dis  entusiastas.  Agregaré  complacido  que  el  presidente  dedicó 
párrafo  especial  á  nuestro  país,  el  más  lejano  de  los  allí  re- 
presentados,  pidiendo  á  la  asamblea  que  lo  acampanara  á  for- 
mular un  voto  por  la  felicidad  de  una  tierra  cjustamente 
famosa  por  la  belleza  de  sus  mujeres»;  esas  fueron  sus  pala- 
bras precisas,  qne^  por  supuesto,  retribuí.  Realmente  no  me 
explico  como  aquel  profesor,  hombre  de  gabinete,  reñido  con 
las  expansiones  sociales,  tenía  conocimiento  de  esa  amable 
galantería  ^que,  talvez  con  razón  positiva,  se  nos  dispensa 
por  ahí.  Como  remate  de  lo  dicho  añadiré  que,  segfin  veo  en 
el  diario  de  hoy,  acaba  de  constituirse  en  esta  ciudad,  por 
iniciativa  de  la  Sociedad  Caritativa,  que  encabeza  el  doctor 
S.  Knopf,  un  Comité  Preventivo  de  la  tuberculosis,  int^rado 
por  once  médicos  de  representación  y  trece  personas  más  de 
nombre.  Reproduzco  enseguida  el  programa  que  el!os  han 
acordado  para  alcanzar  los  benéficos  propósitos  que  per- 
siguen : 

h^  Divulgar  profusamente  entre  el  pueblo  la  doctrina  de 
que  la  tuberculosis  es  una  enfermedad  comunicable,  preveni- 
ble y  curable. 

2.^  Esparcir  todos  los  conocimientos  necesarios  para  que  la 
gente   aprenda  á  evitarla. 

3.°  Insistir  en  la  necesidad  imperiosa  que  hay  de  aumentar 
el  número  de  hospitales  especiales  y  de  sanatorios,  poniendo 
á  la  vez  los  remedios  corrientes  al  alcance  de  los  niños  y 
adultos    tuberculosos. 


DESDE    WASHINGTON  117 

4.<*  Estimalar  todos  los  esf uersos  que  tiendan  á  combatir 
el  desarrollo  escrofuloso  entre   los  niños. 

No  está  de  sobra  decir  también,  que  tales  ejemplos  nunca 
perjudican,  que  el  gobierno  de  México  acaba  de  mandar  im- 
primir, para  repartirla,  una  obra  de  ese  mismo  doctor  S.  Knopf, 
laureado  en  Berlín,  que  trata  de  los  modos  indicados  para 
contener  el  azote. 

Una  nueva  visita  me  ha  permitido  trabar  conocimiento  más 
agradable  y  más  íntimo  con  esta  capital  neoyorkina  que  se 
destaca  por  sus  corpulencias  asustadoras.  ¡Qué  ciudad  tan 
enorme!  Consta  de  dos  partes  en  el  concepto  genérico: 
Down  y  Up  Town;  esto  es,  de  la  ciudad  baja  j  de  la  ciu- 
dad alta,  que  señalan  cada  una  distinta  idiosincracia  y  muy 
diversas  agitaciones.  Aquella,  absorbe  el  mundo  de  los  ne- 
gocios, de  las  gestiones  aduaneras,  de  los  juegos  de  bolsa  y 
de  la  alta  banca. — Allí  está  el  riñon  bursátil  y  ella  repre- 
senta lo  que,  en  miniatura,  retrata  entre  nosotros  la  parte  viva 
de  ese  Montevideo  Antiguo:  la  calle  Rincón,  con  su  apeñus- 
camiento  de  casas  mayoristas  é  importadoras;  la  calle  25  de 
Agosto,  ensordecedora  siempre  gracias  al  tránsito  constante  de 
las  pesadas  y  feas  carretillas,  perpetuamente  empeñadas  en  la 
tarea  de  desagotar  á  los  muelles;  la  calle  Zabala,  que  en  su 
cruce  con  Piedras  señala  la  memoria  de  tantas  fortunas  per- 
didas ó  ganadas;  la  calle  Cerríto  que  atesora  las  riquezas  po- 
sitivas y  conservadoras;  y,  finalmente,  aún  esa  serie  de  barrios 
exóticos,  de  un  extra  ngerismo  sospechoso,  que  ponen  singuliu* 
anillo   al  edificio  de  nuestro  Universidad. 

Las  mejores  tradiciones  históricas  y  municipales  de  New 
York  tienen  su  engarce  propio  en  Down  Town.  Allí  está  el 
aaiento  típico  de  la  antigua  metrópoli,  que  tuvo  su  piedra 
angular  en  aquel  fuerte  fundado  en  1614  por  descubridores 
holandeses,  que  se  denominó  por  muchos  años  Nuevo  Amsterr 
dam.  Cuenta  un  minucioso  cronista  que  la  famosa  WaU 
Sireet  (calle  de  la  Muralla)  se  llama  así  porque  en  ese  pa- 
raje se  erigió  una  fortificación  para  garantirse  contra  los 
avances  de  los  indios.  Debe  suponerse  que  esa  parte  del 
municipio  no  ofrece  bellezas,  llena  pomo  está  de  callejuelas 
j  de  huecos  que  no  han  podido  arrastrar  del  todo  los  esta- 


118  LUIS  ALBEBTO  DE  HERRERA 

pendoB  desarrollos  posteriores.  Y  como  allí  el  espacio  exi- 
gido por  millares  de  escritorios  resultoría  estrecho,  si  sólo  se 
contara  con  edificios  normales,  allí  es  donde  la  arquitectura 
ha  clavado  la  bandera  de  las  temeridades  americanas,  alzan- 
do  edificios  monumentales  que,  sin  incurrir  en  la  exageración 
de  la  gastada  metáfora,  puede  afirmarse  que  envuelven  en 
manto  real  de  nubes  sus  azotea^.  ¡Cuántas  veces  me  he 
detenido  al  pie  de  esas  construcciones  de  veinte  pisos,, 
que  desafían  la  noción  humana  de  las  dimensiones  artís- 
ticas, absorto  ante  la  enormidad  de  tales  casas,  que  pare- 
cen palomares  y  que,  en  ciertos  momentos,  un  fenómeno 
óptico  me  las  presenta  movedizas  en  sus  confínes  superiores, 
como  si  vacilasen  y  trastabillaran  sobre  sus  cimientos  gigan* 
tes!  Do  manera  que  con  este  audaz  desafío  de  la  altura, 
el  terreno  va  en  camino  de  desdoblarse  hasta  lo  infinito,  no 
estando  distante  el  día  en  que,  en  vez  de  emigrar  al  norte 
y  al  este  en  busca  de  temperaturas  suaves,  se  traslade  sim- 
plemente el  domicilio,  durante  la  estación  veraniega,  á  las 
habitaciones  colgadas  allí,  en  la  cumbre  improvisada,  como 
nidos  de  cóndores,  cual  si  rivalizacen  con  los  picachos  an- 
dinos. 

£1  otro  día  estuve  á  visitar  al  Cónsul  del  Uruguay,  que 
tiene  su  oficina  en  un  piso  número  diez  y  nueve.  La  su- 
bida estuvo  muy  bien,  pero  á  la  bajada  sentí  una  impresión 
semejante  á  la  que  debe  experimentarse  al  descender  rápida- 
mente una  montaña.  El  ascensor  se  descolgaba  como  una 
piedra  arrojada  en  el  vacío,  desarrollando  una  velocidad  que 
me  produjo  un  efecto  intenso,  tan  desagradable  cuanto  inde- 
finible. .  Ahora  mismo  están  concluyendo  en  la  convergencia 
de  Broadway  y  Quinta  Avenida  un  edificio  tan  extraordinario 
que  hasta  los  mismos  neoyorquinos  se  detienen  á  abrazarla 
con  una  mirada  de  orgullosa  admiración.  No  se  orea  que  se 
destaca  por  el  número  de  pisos,  que  alcanzan  á  veinte,  pero- 
que  no  pasan  de  veinte  y  cinco.  Su  rara  característica  la 
apunta  la  escasísima  base  de  la  construcción,  que  se  apoya 
sobre  un  triángulo  agudísimo  de  tierra.  Parece  aquello  una 
colosal  hoja- de  espada.  Centenares  de  ventanas  criban  so^ 
^s  lienzos,  de  pared  sin  que  el  tercer  trozo  de  ladrillos,  que 


DESDE    WA8HI1IQTOM  119 

remata   el  edificio  en   su   paraje    posterior,   merezca  meiictÓQ 
por  sus  ajustadísimas  dimensiones  laterales. 

New  York  tiene  también  sus  cientos  de  iglesias,  pero  la 
enormidad  del  conjunto  borra  el  relieve  de  las  torres,  quel 
las  cúpulas,  las  flechas  y  las  sinagogas  parecen  simples  lu- 
nares, perdidos  al  lado  de  estas  nuevas  narices  arquitectó- 
nicas con  proporciones  de  hipérbole.  Imagínese  el  blanco 
delicioso  para  los  cañones  que  en  oportunidad  de  un  bom-^ 
bardeo  ofrecerían  esos  tableros;  concíbanse  las  escenas  horro- 
rosas que,  en  caso  de  incendio,  se  desarrollaran  allá  arriba^ 
en  las  últimas  series  de  cuartos;  piénsese  en  él  peligro  que 
corren  los  obreros  creando  chapiteles  sobre  el  [abismo.  En 
algo  deben  haber  modificado  aquí  los  sistemas  dominantes 
de  edificación  para  poder  llegar  al  hacinamiento  millonario  de 
ladrillos,  sin  peligros  ulteriores  de  derrumbe.  Por  lo  pronto, 
observo  al  pasar  que  los  aquí  usados  son  muy  distintos  á 
los  nuestros;  más  cortos,  mucho  más  angostos,  pero,  á  la 
vez,  más  altos  y  de  escasísimo  peso.  Se  edifica  rápidamente) 
superponiendo  irnos  ladrillos  á  los  otros  con  la  misma  sol* 
tura  con  que  levantan  las  criaturas  los  castillos,  colocando  en 
un  orden  determinado  piezas  de  madera  ya  combinadns.  Aún 
no  me  explico  de  qué  manera  ligan  las  fracciones  entre  sí 
porque  hasta  la  fecha  nunca  he  visto  hacer  uso  de  ese  má- 
tete de  albañilería  que  nosotros  los  ignorantes  llamamos,  mal 
6  bien,  mezcla. 

Un  ajustado  espacio  de  Doten  Toivn  lo  ocupa  parte  de 
la  colonia  italiana,  la  judia  y  la  china.  A  los  primeros 
les  reprochan  generalmente  los  americanos  que  sean  tan  eco- 
nómicos: el  dinero  vale  porque  corre  y  representa  valor  de 
intercambio  y  el  que  gana,  en  vez  de  atesorar  febriciente^ 
debe  de  gastar,  á  su  vez,  para  que  ganen  los  demás,— he  oído 
decir  repetida^  veces^.  Los  segundos,  en  su  absoluta  mayo- 
ría subditos  del  Kaiser,  se  definen  á  cada  instante,  en  el 
enjambre  callejero,  por  el  perfil  corvo  y  por  la  expresión 
inerte,  fría,  inquisidora,  de  sus  ojos  negros,  hermosos  y 
gaamecidos  por  largas  pestañas  de  seda.  £n  total,  y  espar- 
cidos' en  todos  los  rumbos,  se  calcula  que  casi  alcanzan  á. 
medio  millón  los  alemanes  trasplantados  á  esta  capital.    Pero 


120  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

la-  representación  más  iateresante  del  cosmopoUtismo  pertene- 
ce á  los  hijos  del  Celeste  Imperio  que  nada  tíenen  de 
celestes  y  si  mucho  de  sucios.  ¡Qué  grandes  figuras  son 
estos  sujetos!  Como  todos  sabemos,  la  entrada  á  los  Esta- 
dos Unidos  les  está  prohibida.  ¿Acaso  por  ser  defectuosos 
de  físico,  por  pertenecer  á  una  raza  corrompida,  6  por  sus 
vicios?  No  señor,  simplemente  por  su  incansable  laborio- 
sidad, que  llegó  á  echar  por  tierra  el  precio  de  los  jornales 
infiriendo  perjuicio  grave  al  obrero  caucásico.  El  chino  es 
el  ser  humano  que,  por  sus  condiciones  singulares,  más  se 
asemeja  á  una  máquina:  él  come  poco,  apenas  duerme  y  casi 
no  gasta  la  ropa,  pues  invierno  y  verano  se  arregla  con 
una  bata  negra,  usada  sobre  el  cuerpo.  ¿Qué  trabajo  manual, 
por  muy  laborioso  que  sea,  resiste  á  la  competencia  de 
quienes  no  discuten  salarios  y  sacrifican  todo,  hasta  las  más 
elementales  holguras,  al  afán  de  la  ganancia?  De  modo 
pues,  que  aun  en  el  país  más  libre  de  la  tierra,  ha  sido  nece- 
saria negar  hospitalidad  á  huéspedes  que  poseen  esas  fuer- 
zas, no  rivalizadas,  de  succión.  Alcanzan  á  diez  mil  los 
chinos  arraigados  en  New  York,  gracias  á  aquello  de  que 
las  leyes  no  tienen  efecto  retroactivo.  Se  distinguen,  ellos, 
por  su  espíritu  de  extrema  solidaridad.  Así,  se  les  encuen- 
tra amontonados,  como  majada  de  ovejas,  en  los  peores  ve- 
ricuetos  de  la  ciudad  baja. 

Para  satisfacer  una  natural  curiosidad  recorrí,  cieita  noche, 
los  estantes  de  aquel  bazar  amarillo.  Si  los  centros  popula- 
res de  la  gran  China  son  por  el  estilo,  decididamente  más 
vale  vivir  muy  lejos  de  ellos.  Un  olor  característico  y  re- 
pugnante, que  luego  me  dijeron  provenía  del  opio,  domina 
en  aquel  barrio,  compuesto  de  guaridas  que  se  llaman  res^ 
taurauts  algunas,  tiendas,  otras,  y,  las  más,  casas  particular 
res.  Entremos  á  uno  de  esos  negocios  y  enseguida  veremos, 
á  cualquier  hora  del  día  y  de  la  noche,  á  ciudadanos  chinos 
echados,  sin  paréntesis,  sobre  la  máquina  de  coser,  en  at- 
mósfera del  más  absoluto  silencio.  Para  baoer  mm  pequeñas 
operaciones  comerciales  despliegan  vivacidades  inofensivas  de 
ratón.  Recuerdo  que,  como  les  comprara  chucherías  y  les 
ofreciese  un  precio  total  menor  del  ezhorbitante  que  me  pi- 


DB8UE     WABHIKQTON  121 

dieron  por  eáda  piesa,  se  llamaron  á  consulta  eti  su  leagii% 
trafaron  de  embaucarme  haciéndome  decir  lo  que  no  habla 
dicho^  me  interrogaron  repetida8  veces,  volvieron  á  enten* 
derse  7  después  de  mirarme  mucho,  accedieron  á  mis  pre* 
tenciones.  Pero  todo  esto  hecho  con  bondad,  con  dulzura, 
coa  tanta  mansedumbre  de  espíritu  y  laudable  afán  de  lucro 
que  me  sentí  atraído  y  dispuesto  á  reconocer  su  mucha  y 
meritoria  tenacidad   laborante. 

Jamás  el  nombre  de  un  chino  ocupa  espacio  en  las  cró^ 
nicas  policiales  de  New  York  y  el  secreto  de  esa  correc- 
ción se  explica  en  dos  palabras.  Ellos  viven  aislados,  for^ 
mando  mundo  apaite  de  los  blancos;  ellos  evitan  todas  laÉ 
circunstancias  de  conflicto  y,  en  caso  de  ser  víctimas  de  una 
evidente  injusticia^  prefieren  soportarla  antes  de  llegar  Á  las 
contingencias  de  un  lance  personal.  Feos,  sucios,  pacientes, 
con  su  larga  trenza  mujeril,  ora  acomodada  en  forma  de  ro- 
dete sobre  el  casco,  ora  extendida  hasta  la  cintura,  como 
enseña  de  no  sé  qué  virtudes  orientales,  ellos  se  deslizan  en- 
tre estas  muchedumbres  inquietas  que,  respetuosas  de  todo, 
han  concluido  por  mirar  con  alguna  simpatía  á  estos  hombres 
de  temperamento  blando  y  tranquilo  que  jamás  gritan,  inco- 
modan ni  reclaman.  Al  decir  hombres  he  afirmado  más  de 
lo  que  podemos  afírmar  nosotros.  ¿No  hay  mujeresr  entre  ellos? 
Sí  que  las  habrá  pero,  ¿quién  posee  sagacidad  bastante  para 
poder  proclamar  que  aquella  persona  que  sube  al  eléctrico  es 
una  china  y  no  un  chino  cuando  todos  se  visten  de  idéntica 
manera,  cuando  todos  destacan  por  sus  pies  de  muñeca  y  la 
misma  sonrisa  afable  ilumina  los  mismos  rostros  pálidos,  sin 
una  veta  de  colores  animados  y  sin  un  pelo  de  barba,  y  la 
misma  expresión  de  éxtasis  se  recoge  en  sus  ojos  grandes, 
oblicuos,  de  varilla  de  abanico? 

¡Pensar  que  una  inmensa  región  del  Universo  sirve  de  hoya 
á  cuatrocientos  millones  de  estos  extravagantes  ejemplares  I 
y,  lo  que  es  más  extraordinario,  que  ellos  para  nada  pesan 
en  los  destinos  del  mundo,  atreviéndose  apenas,  de  vez  en 
cuando,  á  matar  á  una  media  docena  de  misioneros  europeos, 
para  asustarse  en  seguida  de  lo  obrado  y  pagar  reclamacio- 
nes gaigantuescas  con  sabrosos  pedazos  de  tocino  territoriall 


122  I^UIB  ALBERTO  DE  HERRERA 

Se  habla  del  peligro  amarillo  cuando  recién  las  tropas  in- 
ternacionales acaban  de  asolar  el  imperio  haciendo  de  Pekín 
la  encantada,  su  cuartel  general^  7  cuando  el  Japón  ha  cru- 
zado, impunemente,  á  latigazos  el  rostro  de  marfíl  de  su 
poderoso  vecino!  Otro  será  el  rumbo  que  traerá  el  huracán 
si  las  cosas  no  cambian.  Por  lo  demás,  es  una  fortuna^ 
no  bastante  apreciada,  que  esta  raza  prolífica  y  de  activida- 
des madrepóricas  no  aliente  ensueños  de  conquista  que,  de 
lo  contrarío,  ella,  señalando  á  sus  legiones  infinitas  las  fron- 
teras de  la  Europa,  harfa  despertar  de  envidia  al  mismo 
Atila,  renovando  en  el  siglo  XX  la  hazaña  clásica  de  los 
Bárbaros.  ¿Qué  harían  ellos,  en  su  manifiesta  inferioridad 
militar,  frente  á  los  cuadros  aguerridos  de  los  ejércitos  occi- 
dentales?, dirá  alguno.  Creerlo  así  importa  desconocer  el 
empuje  del  número  cuando  el  número  se  eleva  á  cantidades 
fantásticas.  ¿Es  que  no  hemos  visto  en  el  Río  de  la  Plata 
mangas  inmensas  de  langostas  interceptando,  por  momentos, 
los  rayos  solares,  posándose  una  noche  en  campo  de  oro, 
conquistado  para  el  trigo  y  brillantes  arboladas,  para  ofrecer 
al  día  siguiente  el  espectáculo  de  un  desastre  total  que 
llega  desde  la  mata  de  pasto  miserable  hasta  las  cortezas 
más  rebeldes;  y  á  los  mismos  ferrocarriles  interrumpidos  en 
el  tránsito  porque  sus  ruedas  se  inutilizan  al  masacrar  tone- 
ladas y  toneladas  de  estos  bichitos? 

Mas  nada  hay  que  temer,  pues,  por  fortuna,  los  señores 
chinos,  á  los  placeres  de  la  guerra  prefieren  las  satisfacciones, 
sin  sobresalto,  del  hogar  y  del  trabajo  mal  remunerado.  Des- 
de hace  muchos  siglos  gustan  ellos  los  beneficios  pacíficos 
y  en  vez  de  construir,  por  la  fuerza,  nuevas  y  grandes  nacio- 
nes, se  entretienen  en  hacer  lujos  de  primor,  bordando  pañue- 
los de  arabesco  insuperable  y  creando  preciosas  porcelanas; 
mientras  los  granos  de  arroz  hervido,  que  levantan  con  plali- 
tos,  y  la  goma  de  sus  nidos  de  golondrina,  continúan  siendo 
su  desiderátum  en  la  vida.  Y  cuando  perdidamente  borra- 
chos, intoxicados  por  el  opio,  ellos  solo  desatan  su  imagina*» 
don  enferma  para  desdoblar,  en  misteriosas  lontananzas,  vÍ8Ío>- 
nes  inocentes  de  niños,  extraños  juegos  de  volatineros,  esce- 
nas de  dulces   y   graciosos  encantos,   romerías   de   Arlequín, 


DESDE    WASUINOTON  123 

países  de  delicias  inmortales  y  hazañas  funambulescas,  siem- 
pre suaveSy  siempre  plácidas,  siempre  infantiles!  El  nombre 
épico  de  un  Napoleón  no  lo  comprenderán  nunca;  por  eso 
mismo  nunca  alarmarán  á  la  civilización  con  bostezos  de  tigre 
cebado. 

üp-toimiy  la  parte  alta  de  New  York,  condensa  las  her- 
mosuras de  todo  género  de  esta  capital.  Allí  levantan  su 
prestigio  los  museos,  los  modernos  hospitales,  los  grandes  cen- 
tros de  estudio  y  multiplicadas  academias  de  arte,  siendo 
suyo  también  el  patrimonio  de  espléndidos  paseos.  Esta  me~ 
tn^poli  tiene  la  ventaja,  poco  común  en  otras,  de  ofrecer  á 
sos  habitantes,  en  el  mismo  centro,  un  dilatadísimo  parque. 
A  lo  largo  está  comprendido  este  entre  las  calles  59  y  110, 
de  manera  que  casi  alcanza  una  legua  en  ese  sentido,  por 
ocho  cuadras  de  ancho.  Apunto  con  intención  este  dato  expre- 
sivo y  exacto,  porque  entre  nosotros  se  toma  á  menos  la 
necesidad  de  esos  desahogos  públicos,  al  extremo  de  habér- 
sele arrebatado  á  nuestra  empeñosa  Municipalidad  la  antigua 
plaza  de  Carretas  para  ubicar  allí  la  Facultad  de  Medicina, 
que  bien  ha  podido  obtener  asiento,  tan  propio  y  completo 
como  ella  se  lo  merece,  sin  llegar  al  sacrificio  de  una  exten- 
sión de  terreno  que  servirá  mañana  de  recreo  á  un  nutrido 
grupo  de  población.  Muchos  cientos  de  miles  de  pesos  ha 
de  haber  demandado  la  formación   aquí  del   Parque   Central. 

Pero  no  se  crea  que  la  autoridad  ha  invertido  sus  fondos 
en  rebuscamientos  artísticos  de  salón.  Fácilmente  se  vé  que  el 
propósito  perseguido  desde  un  principio  fué  de  no  cercenar 
los  sabios  derechos  de  la  naturaleza,  acrecentando,  por  lo 
contrario,  la  fuerza  de  su  dominio.  Aquella  presenta  un 
conjunto  de  bosques,  lleno  de  seducciones  rústicas,  con  en- 
redaderas salvajes  que  trepan  por  la  roca  viva,  aquí;  por 
caminos  trillados,  por  una  parte,  y  senderos  de  estilo,  indio, 
por  otra;  con  grupos  de  árboles  macizos,  seguidos  de  capri- 
chosos claros,  con  umbrosos  recovecos  y  laberintos,  por  allá, 
£8te  dato  complementario  y  extraño  los  convencení  de  que 
DO  exagero:  en  los  espacios  abiertos,  que  se  asemejan  mucho 
á  pequeños  potreros,  pastan  en  verano  grupos  de  ovejas, 
aprovechando  la    verde    gramilla,  mientras    por  todas  partes 


124  LÚI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

saltan  las  ardillas  mansas  y  libres,  ora  abrasadas  al  tronco 
de  las  hayas  en  actitad  de  cracífíxión,  ora  comiendo  psU" 
nuts,  maní,  ofrecido  por  los  paseantes  j  tomado  en  sus 
mismas  manos.  Se  respeta  y  cuida  aquí  tanto  á  los  animales 
que  nadie  se  atrevería  á  jugarles  una  mala  partida  á  estos 
favorecidos  representantes  de  nuestro  reino,  y  ha  sido  apro- 
vechada de  tal  modo  la  topografía  del  terreno  que  los  pa- 
noramas son  siempre  variados  y  los  lagos  azules,  que  hien- 
den los  cisnes,  se  suceden  á  las  explanadas  y  á  los  boscajes 
y  á  las  alturas  de  contorno  irregular,  en  un  verdadero  de- 
rroche de  desórdenes  artísticos.  En  el  Parque  Central,  con 
todo  intento,  no  se  han  creado  jardines,  que  las  flores  piden 
marcos  más  delicados,  elegidos  con  acierto  en  otros  sitios, 
siendo  el  objeto  exclusivo  de  ese  paseo  servir  de  desahogo 
práctico  á  las  más  diversas  expansiones  sociales.  Allí,  pue- 
den las  criaturas  alcanzar  todos  los  beneficios  de  salud  de 
un  día  de  campo,  y  los  ancianos  gozar  las  impresiones  im- 
ponderables de  un  amblante  puro,  tranquilo,  y  los  jinetes 
galopar,  hasta  el  cansancio,  por  pistas  bastante  blandas  para 
el  casco  de  los  caballos  finos  y  á  la  vez  bastante  dui*as  para 
DO  ser  pesadas,  y  los  jóvenes  entregarse  á  toda  clase  de 
ejercicios  atléticos,  desde  las  carreras  á  pié  hasta  el  remo. 
Aún  siendo  extranjero  se  pasan  momentos  agradables  pre- 
senciando el  desfile  de  carrruajes  de  toda  clase,  de  gallardas 
amazonas,  de  ciclistas  y  do  automóviles;  todos  esos  elemen- 
tos en  animada  confusión,  como  colores  enlazados  sobre  una 
misma  paleta,  mientras  los  diminutos  prados  y  los  árboles 
centenarios  manchan  el  fondo  del  cuadro  con  un  matiz 
uniforme  de  creación  y  de  vida  y  los  pájaros  libres  ponen 
en  música  sus  alegrías   y  sus  poemas. 

No  sin  razón  goza  de  mucha  fama  la  policía  neoyorquina. 
Sns  miembros  son  seleccionados  entre  los  individuos  de  mayor 
talla,  á  los  que  luego  se  completa  con  una  enseñanza  apro- 
piada á  las  exigencias  del  oficio.  Los  policernen  usan  sen- 
cillo y  holgado  traje  azul  oscuro,  abrochada  al  frente  la 
amplia  casaca,  por  cuatro  botones  plateados.  No  llevan  po- 
lainas y  en  vez  de  kepí  tienen  un  casco  alto,  gris,  de  cas- 
tor,  muy  semejante  al  de  los  bomberos.    No  digo  nada  nuevo 


X>E8l>fi    WASHINGTON  125 

agriando  que  aqaf  está  desterrado  el  machete,  sustítiiyéa- 
dolo,  con  evidente  ventaja  para  todos,  un  palo  de  madera 
muy  dura,  pulida,  cuyo  grueso  se  aproxima  al  de  un  taco  de 
Iñllar,  7  sostenido  á  la  mnfieca  por  una  manija  de  cuero 
curtido.  Esa  arma  de  defensa  reúne  muchas  bondades,  fuera 
de  la  economía  que  representa  para  el  Elstado.  Ella  evita  las 
de^racias  que  aquí,  como  en  todas  partes,  puede  originar  un 
abuso  de  autoridad,  7  aparta  del  camino  del  funcionario — 
no  empleo  esta  palabra  en  su  concepto  administrativo — 
toda  tentación  homicida  provocada  por  el  acaloramiento.  Y 
en  realidad  vale  ella,  para  repeler  una  agresiiln,  más  que  las 
armas  blancas  usadas  entre  nosotros.  El  palo,  blandido  por 
un  fuerte  brazo  catalán,  desafía  con  éxito  cualquier  ataque, 
pues  no  hay  avance  que  rompa  el  círculo  trazado  por  uu 
hábil  molinete.  En  tales  condiciones  de  impunidad  pueden 
colocarse  aquí  los  vigilantes  que,  ejercitándose  á  diario,  llegan 
á  adquirir  un  conocimiento  completo  de  su  atributo  de  mando. 
Por  lo  demás,  un  golpe  seco  en  los  huesos  de  la  pierna, 
provoca  dolores  agudísimos  y  obliga  á  caminar  al  delincuente 
más  empedernido;  otro  golpe  violento  en  la  cabeza  echa  por 
tierra,  desmayado,  al  menos  débil. 

Esto  sin  agregar  que,  en  casos  apurados,  cuando  se  ol- 
vida la  lástima,  puede  cometerse  cualquier  barbaridad  con  esa 
je|^  de  medio  metro.  Pero  debemos  decir  también  que  la 
policía  americana  rarísimas  veces  pone  en  práctica  esos  me* 
dios  defensivos,  en  parte,  porque  está  enseñada  á  hacerse 
obedecer  sin  castigar,  y  en  parte,  porque  aquí  la  gente  obe* 
deoe  sin  esfuerzo.  Es  tanto  el  respeto  á  la  autoridad  que 
nadie  se  atrevería  á  hacer  burla  de  laa  órdenes  de  un  vi- 
gilante, pues  el  mismo  público  empezaría  por  censurar  acre- 
mente  tal  desacato.  Es  cierto  que  aq*ií  los  policianos,  como 
que  saben  cumplir  sus  obligaciones,  nunca  intentan  cometer 
arbitrariedades.  Y  no  se  crea  que  ellos  andan  con  mira- 
mientos si  no  se  les  presta  atención.  Empiezan  por  decir: 
get  atoai/,   lo  que  vale:  /salga  de  aquí/,  y   si   el  aludido  con- 

* 

testa  groseramente  y  no  hnce  caso  á  lo  que  se  le  manda, 
ens^uida,  sin  consideraciones  de  ningún  género,  !e  replican 
con  uñ  fuerte  empellón,  y,  si  todavía  insiste,  otra  manifesta- 


126  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

ciÓDy  aáa  m¿8  enéi*gica,  impone  el  respeto.  Al  presenciar 
casos  por  este  estilo  me  fae  acordado  de  lo  que  sucede  á 
unestros  vigilantes,  á  los  cuales  todos  creemos  tener  el  derecho 
de  interpelar  criticando  sus  instrucciones  y  revelándonos  lue- 
go, burlonamente,  contra  sus  insinuaciones.  De  manera  que, 
como  la  autoridad  es  tan  ejecutiva  y  abona  de  inmediato 
con  hechos  contundentes  sus  vooes,  aquí  no  existen  los  pen- 
dencieros, ni  hay  un  insolente  que  diga  indignidades  á  las 
damas  por  la  calle.  Un  simple  llamado  de  la  muchacha  más 
humilde  del  pueblo  pondría  en  situación  apurada  á  cual- 
quiera, fuere  quien  fuere  el  irrespetuoso,  abriéndole,  con  se- 
guridad, un  espacio  en  la  comisaría.  Nadie  ignora  que  con 
la  autoridad  no  se  juega. 

Pero  lo  que  verdaderamente  admira  es  ver  cómo  esa  enti- 
dad cumple  su  deber  social  sin  ruido,  sin  aparato,  sin  uno 
sólo  de  esos  exhibicionismos  que  tanto  conocemos.  Su  orga- 
nización no  responde  á  ideas  militares  y  ahí  se  encuentra  el 
sabio  secreto  de  su  corrección  y  de  su  merecido  renombre. 
Los  policianos  no  hacen  la  venia  á  nadie,  que  su  misión  no 
consiste  en  saludar  á  perdonas  extrañas  al  servicio;  ellos  go- 
zan entera  libertad  de  locomoción  dentro  de  su  radio  de 
vigilancia,  y  tanto  se  les  vé  á  ciertas  horas  protegiendo  á  una 
anciana  que  se  aturrulla  al  cruzar  la  calle,  alzando  con  brazo 
poderoso,  otra  vez,  á  una  criatura,  como  dando  amables  infor- 
maciones al  forastero  y  paseándose  con  toda  calma  por  la 
vereda,  deteniéndose  ante  los  escaparates  para  conversar  con 
los  amigos  de  las  tiendas,  por  la  integridad  de  cuyos  inte- 
reses velan.  Así  se  hace  todo  aquí:  de  manera  natural,  lógi- 
ca, sin  presiones  exageradas,  que  crean  siempre  un  estado  de 
cosas  artificial  y  estéril.  Todavía  me  pregunto  cómo  se  des- 
empeñan para  controlar  el  servicio,  porque  aún  no  he  visto 
un  sólo  oficial  inspector  á  caballo.  Todo  lo  que  prueba  que 
sin  disparadas  á  media  rienda,  sin  reiterados  toques  de  pito, 
— aquí  no  existe  ese  sistema  de  llamada — y  sin  infundir  alar- 
mas impropias  entre  los  vecindarios,  puede  mantenerse,  á  ma- 
ravillas, el  orden  público.  Veo  en  los  diarios  de  esa  que 
levantó  protestas  la  actitud  de  nuestra  policía  que,  obligada 
por  quejas  concretas,  no  permitió  en  cierto  momento  la  for- 


DS8DE    WASHINOTON  127 

mación  de  grandes  grupos^  durante  la  noche,  en  la  calle 
Sarandí.  Pues  en  New  York,  sin  que  medien  aquellas  cir- 
cunstancias, se  procede  con  idéntica  rigidez.  He  visto  á 
personas  que  conversaban  tranquilamente  en  la  esquina  de 
anchas  calles,  sin  incomodar  á  los  transeúntes,  obligadas  á 
retirarse  sin  mayor  explicación;  y,  en  lo  que  va  de  personal, 
puedo  agriar  que  habiéndome  estacionado  sólo,  una  vez,  para 
presenciar  el  desfile  de  paseantes,  fui  arrancado  de  mi  éxta- 
sis burgués  por  el  ¡get  away!  imperioso  7  casi  grosero  de 
un  señor  policiano,  á  quien  me  guardé  muy  mucho  de  chis- 
tarle una  protesta. 

Pero  basta  por  hoy,  que  ésto,  por  lo  largo,  parece  sermón 
de  cuaresma  y  corre  peligro,  merecidísimo,  de  no  obtener 
la  atenta  hospitalidad  de  ustedes. 


VI 


El  verano  en  Norte  América — En  marcha  hacia  el  OAnadá— Las  nos- 
talgias del  viaje— El  hábito  del  silencio  entre  los  yankees~Una 
ciudad  canadiense  ^El  espíritu  de  sus  habitantes — En  la  escuela 
de  Quelph  —La  enseñanza  tedrico-práctlca  de  la  agricultura  y 
'  de  ia  ganadería  — Los  estudiantes  argentinos —Las  teorías  del 
director — La  propaganda  entre  los  agricultores  y  ganaderos — La 
literatura  y  la  ciencia  política  en  la  escuela  de  Quelph— Oondi- 
ciones  sobresalientes  de  su  director — Elogio  de  los  alumnos  ar- 
gentinos— Una  fiesta  nocturna  en  Quelph— Manera  original  de 
organizaría — El  proyecto  de  mandar  alumnos  orientales — El  pre- 
supuesto y  las  ventajas. 


Escribo  esta  correspondenoia  desde  Toronto,  una  de  las 
más  hermosas  ciudades  del  Canadá.  Gracias  al  verano  —  - 
que  es  insoportable  en  Washington  —  se  produce  un  des- 
bande completo  del  mundo  oficial,  apenas  llega  la  vanguardia 
de  los  calores  al  distrito  federal,  y  desde  el  señor  Presi- 
dente de  la  República,  que  acaba  de  instalarse  en  Oyster 
Bay,  hasta  el  último  de  los  políticos,  todos  emigran  apresura- 
damente, buscando,  al  revés  de  las  golondrinas,  temperaturas 
otoñales.  La  costumbre,  impuesta  por  el  cambio  brusco  de 
las  estaciones,  está  arraigada  al  punto  de  ser  ella  una  exi- 
gencia de  buen  tono.  La  alta  sociedad,  que  en  todas 
partes  posee  líneas  frivolas,  impone  esta  fuga  de  carácter 
aristocrático.  Es  indispensable,  para  no  perder  calibre,  que 
la  pregunta  consagrada: — 4: ¿Dónde  piensa  pasar  usted  el  ve- 
rano?» tenga  una  respuesta  tourista.  Se  asegura  que  en  esa 
inmensa  New  York  hay  personas  que,  no  pudiendo  salir 
al  campo  en  el  momento    solemne,  se  someten  á  las  torturas 


9 


130  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

de  un  largo  encierro,  negándose  á  loa  visitantes,  para  estar 
Inego  en  aptitud  de  ser  esreídas  cuando  refieren  fantásticas 
impresiones  de  viaje.  ¿Por  qué  seremos  tan  tontos?  El 
Cuerpo  Diplomático  en  masa,  también  se  dispersa,  pero,  á 
buen  seguro  que,  al  hacerlo  así,  no  paga  tributo  á  prácticas 
artificiales  sino  que  consulta  verdaderas  conveniencias  de  todo 
género.  Paralizada  en  absoluto  la  gestión  corriente  de  los 
asuntos  exteriores,  fuera  insensato  resignarse  á  un  cocin^iento 
en  vida  cuando  ferrocarriles  insuperables  casi  convierten  en 
suburbios  de  la  majestuosa  metrópoli  á  encantadores  centros 
de  gran  recreo.  Blandamente  arrastrado  por  el  elegante  mo- 
vimiento, salí,  sin  pesadumbre,  de  Washington:  contagiado  del 
espíritu  nervioso  dominante  en  este  país  extraordinario,  nue- 
vas curiosidades  de  forastero  me  habían  invadido  ya.  Echado 
sobre  el  mapa  elegí  ruta.  La  totalidad  de  los  paseantes  ha- 
bían optado  por  las  playas  oceánicas,  que  aquí  tienen  atrac- 
tivos espléndidos  fuera  de  la  sugestión  que  ofrecen  á  los 
bañistas. 

Yo  quise  conocer  ese  Canadá  que  de  niño,  cuando  colec- 
cionaba estampillas  postales,  lo  concebía  un  país  extraño,  mis- 
terioso, envuelto  en  el  vasto  sudario  de  las  nieves  árticas; 
lleno  de  osos  blancos,  en  tierra,  y  de  ballenas  en  sus  mares 
inmensos.  Sin  pretender  sentar  plaza  de  muy  joven,  se  me 
ocurre  que  todavía  tengo  algún  tiempo  por  delante  para  de- 
dicarme á  los  placeres  sc;dentarios  do  las  estaciones  verani^as, 
interlineados,  dígase  de  paso,  con  exigencias  sociales,  bastante 
caldosas  en  un  salón  con  piso  de  arenas.  Por  otra  parte, 
hace  mucho  tiempo  que  no  le  profeso  simpatía  á  ese  picaro 
mar,  que  tantas  malas  partidas  nos  juega  cuando  uno  menos 
se  lo  espera.  Y  á  f é  que  estamos  á  la  recíproca  con  el 
soberbio  elemento.  ¡Le  debo  cada  recuerdo!  Cuando  yo,  á 
la  interrogación  sacramental  á  que  he  referido,  contestaba  in- 
variablemente:—  cvoy  al  Canadá»,  siempre  tenía  que  discutir  el 
punto  con  alguno  de  esos  afectuosos  amigos  que  me  he  hecb(> 
en  este  medio  tan  altruista.  Más  de  una  vez  se  me  acorraló 
preguntándoseme  cuál  era  el  objeto  de  andar  así,  de  un  lado 
para  otro,  y  entonces,  siguiendo  la  broma,  proclamé  qne  me 
levaba  al  dominio  británico   la    intención  de   comprarme   ua 


BESDfi    WASHINÓTÓN  131 

sobretodo  de  pieles!  Así,  alegremente,  sostuvimos  más  de  una 
tertulia  social  y  nos  dimos  el  farewell  hasta  el  próximo  in« 
viemOj  unos,  sofiando  con  las  delicias  de  las  aguas  salobres, 
otros,  proyectando  seductoras  excursiones  cinegéticas  en  radios 
limitados,  y  yo  buscando,  en  el  famoso  sobretodo  de  pieles, 
un  pretexto,  aunque  en   miniatura,  para  caminar  mucho. 

Nunca  me  felicitaré  bastante  de  haber  sido  huésped  de 
este  país  que  todavía  no  he  concluido  de  visitar.  Parecería 
que  después  de  conocer  á  Estados  Unidos,  cuyas  maravi* 
llosas  gorduras,  en  todos  los  órdenes,  tan  preocupada  traen 
á  la  opinión  del  mundo,  el  Canadá  apenas  puede  presentarse 
á  los  ojos  del  viajero  como  un  boceto  rudimentario,  como 
una  débil  imitación  de  la  democracia  vecina.  Ahí  estriba  el 
error.  Claro  está  que  abrir  paralelo  de  energías,  parando 
números,  entre  un  país  enorme,  repleto  de  población,  y  otro 
país,  más  enorme  aun,  escasísimo  de  ella,  sería  encarar  el 
asunto  de  mala  manera.  £1  Canadá  no  intenta  medir,  por 
ahora,  sus  fuerzas  con  quienes  han  tomado  ya,  por  derecho 
de  conquista  legítima,  la  caña  del  timón  de  las  especulaciones 
universales;  tanto  menos  cuanto  que  entre  los  primos  que 
separa  el  río  San  Lorenzo  existe  el  deseo  sincero  de  estre- 
char, aun  más,  si  es  posible,  los  vínculos  del  parentesco.  Pero 
entre  ambas  ramas  de  buena  cepa  sajona  resaltan  diferencias 
de  hábitos  y  de  crecimiento.  Los  americanos  afirman  que  los 
canadienses,  muy  buenos  y  muy  laboriosos,  marchan  despacio, 
á  paso  de  buey.  En  cambio,  éstos  dicen  de  aquéllos  que  vivir 
como  ellos  viven  no  es  vivir,  y  que,  sin  necesidad  de  dejarse 
dominar  por  la  fiebre  de  negocios  enloquecedores,  pueden  pa- 
sarse holgados  y  felices  estos  cuatro  días  de  que  disponemos 
los  mortales.  Ese  gracioso  diálogo  de  pullas  fronterizas  se- 
fiala,  bajo  su  cascara  liviana,  el  carácter  de  las  distintas  idio- 
sincracias. 

El  Canadá  vive  entregado  á  la  agricultura  intensiva,  que 
es  su  mejor  presea;  produce,  elabora  y  exporta  en  condicio- 
nes honrosísimas;  su  bandera  es  también  de  paz,  de  prospe- 
ridad, de  libertad  intensa;  pero  todavía  el  espíritu  local  no 
ha  sentido  el  mordedor  peligroso  de  las  empresas  des- 
atadas, de  los   ctrusts»,  de  las  combinaciones   monstruosas  y 


1^2  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

soberbias  del  capital  movido  por  brazos  de  fragua.  Aun* 
que  BUS  instituciones  republicanas  están  en  perfecto  juego, 
aun  se  pasa  por  colonia,  y  esto  con  gusto,  con  carifio,  oon 
el  amor  indiscutido  que  se  merece  una  sabia  y  generosa  me* 
trdpoli.  Pueblo  feliz,  que  nunca  sufrió  la  sombra  de  un 
despotismo,  ha  aprendido  á  respetar  porque  se  le  ha  res- 
petadoy  7  á  la  fecha,  cuando  podría  creérsele  requerido  por 
ambiciones  de  aventura  7  de  calaverada  política^  sólo  se 
preocupa  de  multiplicar  sus  excelentes  escuelas  pAblícais  7  de 
ganar^  en  locha  leal^  los  mercados  consumidores  de  sus  pro- 
ductos agrícolas  7  ganaderos,  mientras  emprende,  ardoroso^  la 
colonización  meditada  de  sus  provincias  occidentales,  dis- 
putando, al  norte,  sus  fronteras  á  los  hielos  polares.  Lle- 
gué al  Canadá  de  noche,  después  de  cruzar  en  tres  horas  las 
aguas  del  lago  Ontario,  que  se  desdoblan  en  inmensa  sába- 
na, sin  que  las  ríze  una  sola  espuma,  cual  si  al  despeñarse 
por  el  Niágara  hubieran  entregado  todas  sus  energías  al  in- 
sondable abismo.  Echado  sobre  un  cómodo  sillón  de  cu- 
bierta, dejo  á  la  memoria  que  me  encante  con  sus  confidencias» 
que  traen  perfume  de  mi  país,  mientras  á  mi  alrededor  loa 
demás  pasajeros  hablan  en  bullicio  de  los  asuntos  del  día,  de 
tales  ó  cuales  negocios,  do  Inglaterra,  de  Kitchener,  de  la 
paz   sud-africana. 

Los  oigo,  se  expresan  en  un  idioma  que  70  también  en- 
tiendo y,  sin  embaigo,  e8t07  tan  lejos  de  ellos  que  necesito 
recapacitar  para  comprenderlos.  ¿Y  para  qué  ese  esfuerzo 
si  nada,  si  absolutamente  nada,  me  interesa  lo  que  dicen, 
desde  que  70  sólo  en  un  paraje  reducidísimo,  estrecho,  olvi- 
dado del  otro  hemisferio,  siento  el  calor  de  santas  pasiones 
locales  7  sólo  allí  encuentro  temas  capaces  de  encender  in- 
tensos entusiasmos?  Se  «proclama  como  real  la  solidaridad  de 
la  familia  humana  7  70  me  pregunto^  ¿dónde  aparece  ella  en 
este  caso,  qué  punto  de  intersección  visible  presenta  el  indi- 
vidualismo irreductible  de  ellos,  7  el  individualismo,  también 
rebelde,  mió?  No;  cada  cual  busca  sólo  lo  SU70.  ¡Sí  los 
continentes  están  cruzados  por  fronteras,  llenas  de  púas,  que 
señalan  el  límite  de  organismos  independientes  7  egoístas  en 
el  fondo  7,  por  fas   ó  por  nefas,  radicalmente   Opuestos  los 


BESDB    WA81II9QTOH  133 

unos  á  los  otrosí  Este  es  uno  de  los  tantos  mirajes  que  se 
rompen  recorriendo  tierras  lejanas.  En  lo  que  me  vá  de 
personal,  debo  decir  que  antes  de  acostumbrarme  á  tales 
sequedades  extrangeras,  que  ahora  sin  dificultad  me  explico, 
he  debido  ser  muchas  veces  víctima  de  nuestra  característica 
espontaneidad  que  aquí,  á  buen  seguro,  no  corre  peligro  de 
producir  contagio. 

Añadiré  también  que,  al  presente,  he  tomado  al  pié  de  la 
letra,  fuera  de  mis  obligaciones,  ese  exterior  impasible  7  al- 
muerzo y  tomo  lunch  y  cómo  sentado  junto  á  personas  con 
las  cuales  me  paso  semanas  enteras  sin  cambiar  una  palabra. 
£1  otro  día  un  caballero,  que  ha  sido  muchísimas  veces  mi 
colega  de  mesa,  me  dio  las  ¡buenas  táreles!  y  todavía  estoy 
pensando  á  qué  circunstancia  anormal  se  debió  ese  exceso 
comunicativo.  Pero  reconozcamos  que  eso  de  hacer  vida  so- 
cial en  el  mayor  mutismo  y  bajo  la  acción  de  una  misma 
cuerda,  como  sí  se  tratara  de  relojes,  al  lado  de  muy  grandes 
ventajas — independencia  personal,  holgura  y  libertad  com- 
pleta del  espíritu  —  ofrece  el  serio  inconveniente  de  que  uno 
se  expone  á  perder  el  uso  de  la  voz  por  falta  de  ejercicio. 
Por  lo  demás,  cuando  hasta  ios  gatos,  sin  subirse  á  los  te- 
jados, cumplen  una  ley  orgánica  mayando,  que  ese  será  su 
lenguaje,  ¿cómo  alabar  mucho  la  abdicación  de  la  facultad  más 
hermosa  del  hombre?  Para  tener  pretexto  para  pensar,  pues  de 
lo  contrario  temo  que  la  inteligencia^  entregada  á  tanta  pe- 
reza, rechine  mañana  enmohecida  y  me  conteste  malhumorada, 
cual  criada  respondona,  no  he  encontrado  nada  mejor  que 
forjarme  mis  propios  interlocutores,  fuera  del  trato  con  los 
libros  cuya  amistad  tanto  nos  ayuda.  De  manera  que  ese 
otro  yo  que  he  necesitado  crear,  muy  penetrado  de  mis  asun- 
tos y  de  mis  inclinaciones  y  de  mis  ideales  ¡vaya  si  lo  está 
eostiene  conmigo  diálogos  animados,  llama  cariñoso  los  gran- 
des recuerdos  del  pasado,  me  estimula,  me  interroga,  derrota 
las  invasiones  nostálgicas  con  razonamientos  llenos  de  so- 
lidez, opone  bríos  á  la  laxitud  y  me  ayuda  á  ser  útil  y  á 
trabajar.  Cuando  me  engolfo  en  una  de  esas  peregrinaciones 
restrospectivas  atando,  sin  esfuerzo,  remembranzas  é  impre- 
siones, me  parece  que  converso  con  algún  camarada  muy  que- 


13i  LUIS  ALBERTO  DE  HBRUERÁ 

rido.  Todo  ^to  tiene  sus  ribetes  raros^  ¿no  es  cierto?  ¡pero, 
posee  tanta  realidad  I  Son  simples  resultados  del  aislamiento 
efectivo  que  no  hay  necesidad  perentoria  de  ir  al  Sabara  para 
saber  lo  que  es  la  soledad. 

La  entrada  á  Toronto^  por  el  lago,  presenta  atractivos  fan- 
tásticos. El  barco,  más  que  hender,  parecería  que  se  deslizara 
como  un  pato  sobre  las  aguas  dormidas,  mientras  en  la  costa 
luces  de  mil  colores  le  señalan  derrotero  destacándose  á  la 
distancia  cual  millares  de  linternas.  En  otra  oportunidad  me 
ocuparé  de  las  instituciones  y  caracteres  generales  del  Do- 
minio, pero  desde  ya  puedo  decir  que  Toronto,  capital  nata 
del  antiguo  Alto  Canadá,  encarna  las  más  puras  tnidiciones 
del  provincialismo  sajón  frente  á  las  evidentes  preferencias 
francesas  de  Montreal  y  Quebec.  E^  paralelismo,  que  en 
épocas  muy  viejas  originó  conflictos  de  larga  repercusión,  ha 
cambiado  de  aspecto  al  pasar  por  el  tamiz  de  nuevas  gene- 
raciones, y  en  la  actualidad  sólo  existe  como  fuente  de  fecun- 
das emulaciones  y  apenas  señalando,  á  la  vez,  el  rastro  de 
históricas  leyendas. 

Toronto  es  una  ciudad  grande,  hermosa,  vestida  de  árboles 
por  todos  sus  suburbios.  Muchas  de  sus  calles  presentan  pa- 
vimento de  asfalto  y  otras  muchas  simplemente  pavimento  de 
tierra,  abundando  también  el  adoquinado  tosco  de  madera 
tosca.  Su  comercio  alcanza  proporciones  importantísimas,  que 
van  en  rápido  aumento.  Sin  embargo  de  su  prosperidad  y 
tamaño,  esta  capital  aun  no  ha  adquirido  el  carácter  com- 
pacto y  regular  de  los  grandes  focos  humanos.  Entiendo  que 
su  notable  adelanto  tiene  la  culpa  de  todo  eso  y  que  pasa 
con  ella  lo  que  con  los  muchachos  en  la  edad  del  creci- 
miento: que,  por  más  holgada  que  se  les  mande  hacer  la 
ropa,  siempre  les  resulta  ajustada  debido  á  que  la  naturaleza 
anda  más  de  prisa  que  el  sastre.  En  el  deseo  de  adquirir 
algún  conocimiento  sobre  el  carácter  de  la  enseñanza  agrí- 
cola y  ganadera  superior  en  el  Canadá,  antes  de  emprender 
viaje  había,  escrito  al  director  del  Colegio  de  Guelph,  caba- 
llero James  Mills,  pidiéndole  autorización  para  visitar  el  ins- 
tituto que  tiene  bajo  sus  órdenes,  talvez,  en  so  índole,  el  mejor 
.  del  Nuevo  Mundo.    Recibí  respuesta  muy  afectuosa^  de  ma- 


DESDE    WASHINGTOlt*  135 

ñera  que  una  mañana  salí  temprano  con  rumbo  al  pueblo  de 
Guelph;  que  queda  á  dos  horas  de  ferrocarriL  Todo  el  tra^ 
yecto  se  desarrolló  entre  granjas  y  campos  del  más  esmerado 
cultivo.  Hasta  la  última  pulgada  de  tierra  conoce  los  beneficios 
de  una  inteligente  labranza. 

Amenas  perspectivas  se  suceden  interminables^  las  unas  á 
las  otras^  bosquejadas  por  la  mano  del  hombre,  sobre  un 
lienzo  suavemente  ondulado,  mientras  alegres  casitas  de  ma- 
dera destacan  aquí  y  allá,  casi  aprisionadas  por  árboles  y 
huertas,  ofreciendo  con  su  tono  oscuro,  la  apariencia  de  islas 
en  aquel  mar  color  de  esmeralda  que  sólo  reconoce  las  ri- 
beras, intangibles  siempre,  del  horizonte.  El  colegio  está  á 
dos  millas  de  Guelph.  Utilizando  una  de  las  tres  líneas  eléc- 
tricas que  tiene  este  pueblo  de  doce  mil  habitantes,  llegué  á 
mi  destino.  Pronto  me  vinculé  amistosamente  al  señor  Mills, 
al  cual  muy  pronto  presentaré  como  un  hermoso  ej*^mplo  de 
cualidades  sobresalientes.  Debo  decir  que  también  me  lle- 
vaba ai  establecimiento  el  propósito  de  saludar  á  jóvenes  de 
mi  relación  y  parentesco  que  figuran  en  el  grupo  de  estu- 
diantes que  allí  tiene  subvencionados  la  República  Argen- 
tina. Así,  pues,  por  indicación  del  señor  Mills  salí  al  campo, 
acompañado,  en  busca  de  alguno  de  ellos.  Mucho  camina- 
mos por  entre  canteros  y  sembrados  escuchando,  de  paso, 
rápidos  é  interesantes  esclarecimientos.  Las  dos  estaciones 
estremas  del  año  dividen  en  dos  períodos  los  cursos.  Du- 
rante el  invierno,  cuando  parte  de  la  creación  descansa  en 
el  Canadá,  entregada  al  sueño  cataléptíco  que  decretan  las 
temperaturas  bajas  y  la  vegetación  desaparece  de  la  vista, 
enterrada  bajo  verdaderas  lápidas  de  hielo,  los  alumnos  inte- 
rrumpen las  tareas  manuales;  pero  no  por  eso  hacen  vida 
contemplativa.  En  salas  espaciosas,  respirando  atmósfera  en- 
tibiada por  la  acción  de  abtuidantes  caloríficos,  estudian, 
oyen  explicaciones  de  sus  profesores,  trabajan  en  el  labora- 
torio, manejan  el  microscopio,  examinan  las  difereji^tes  cali- 
dades de  tierras  y,  en  forma  gráfica,  sobre  el  mismo  cuerpo 
de  animales  reales,  aprenden  á  conocer  los  caractei*es  típi- 
eoa  de  cada  raza,  el  desarrollo  de  las  enfermedades  sobre 
las  especies  ganaderas,  estado  y  engorde  de  presente  de  cada 


136  LU18  AUBMIO  DE  HCBRERA 

ejemplar  átU^  aloanzando  el  eonéepto  científico  de  su  engorde 
ideal  para  el  consumo  6  la  exportación.  Almuerzan  á  las 
ocho  repartiendo  su  tiempo^  hasta  las  doce^  en  diversos 
quehaceres  intelectuales.  A  esa  hora  toman  lunch,  dedicando 
la  primera  parte  de  bi  tarde  á  las  clases  y  gastando  viril* 
mente  la  segunda  parte  en  juegos  atléticos,  despreciados  por 
nosotros  y  tan  preferidos  por  los  pueblos  del  norte  que, 
á  menudo  pienso,  tienen  en  esas  sanas  gimnasias  físicas  uno 
de  los  principales  secretos  de  su  bienestar,  de  su  dicha  y 
de  su  envidiable  agilidad  para  todas  las  empresas  varoniles. 
Después  de  comer  un  rato  de  tarea  liviana  y  luego,  tem- 
pranito, á  la  cama  por  aquello  de: 

€  Early    to  bed  and   early  to  rise 
Makcs  a  man  healthy,  wealthy  and  wise  » 


Lo  que  en  nuestro  lindo  idioma  se  traduce  en  piosa  y 
quitándole  gracia  y  énfasis,  diciendo:  que  acostarse  á  hora 
juiciosa  y  levantarse  idem  hace  al  hombre  fuerte,  opulento 
y  sabio.  En  el  verano,  las  cosas  pasan  de  otro  modo,  sin 
que  se  comprometa  el  plan  de  enseñanza.  Cuando  los  hie- 
los se  van,  corridos  por  el  calor, — que  también  en  esta  lati- 
tud se  permite  algunos  desahogos, — y,  tocadas  por  la  vara 
mágica  de  los  rayos  solares,  lap  plantas  resucitan  como  Lá- 
zaro, entonces  la  bullicioso  pléyade  ocupa  nuevas  posiciones 
en  el  exterior,  y  con  la  azada  en  la  mano,  ordeñando  vacas, 
fabricando  uabrosfsimos  quesos,  limpiando  cada  uno,  todas 
las  semanas,  determinada  sección  de  los  gallineros  y  sor- 
prendiendo á  las  semillas  en  su  maravilloso  desarrollo,  pre- 
sidido por  el  misterio  de  la  fecundación,  ellos  confirman 
muchas  de  las  doctrinas  recogidas  en  las  páginas  de  exce^ 
lentes  libros  didácticos;  mientras  atienden,  por  otro  lado,  á 
las  evoluciones  del  trigo, — ya  brotado, — á  la  cebada,  á  la 
alfalfa,  á  los  ejemplares  forestales  y  coleccionan  yuyos  y 
gramíneas  con  amor  de  sibaritas.  Había  quedado  en  que  salí 
en  procura  de  los  estudiantes  argentinos.  Encontré  á  va- 
rios de  ellos,  dispersos,  cultivando  materialmente  la  tierra, 
sudorosos,  sin  saco,    en    mangas    de    camisa,  entregados  con 


DESDE    WA8HI9OT0N  137 

«ntusismo^  con  expontánca  afición,  á  pesquisas  agrícolas. 
Bien  pudieron  sentirse  llenos  de  orguUo  exhibiéndose  á  mi 
vista  en  esas  condiciones  de  sugestiva  y  reconfortante  labo^ 
riosidad.  De  mi  sé  decir,  que  les  estreché  la  mano  coa 
admiración  y  con  respeto,  convencido  de  que  estaba  en 
presencia  de  jóvenes  de  una  sola  pieza,  llamados,  en  el  fu- 
turo, á  ser  generales  de  huestes  brillantísimas  en  la  con- 
quista pacífica  y  definitiva  para  el  arado  de  las  más  le- 
janas comarcas  argentinas.  Amablemente  invitado  por  el 
doctor  Mills,  ocupé  un  asiento  en  su  mesa,  huésped  de  una 
familia  patiíarcal,  educada  en  el  culto  de  las  más  nobles 
tradiciones  canadienses.  Antes  de  partir  el  pan,  el  jefe  de 
la  casa,  poniéndose  de  pié,  sin  aparato,  sin  ningún  aspavien- 
to ritualista,  agradeció  á  lo  Alto  el  favor  que  le  concediera 
de  poder  sentarse  otra  vez  entre  los  suyos.  Como  quiera 
que  se  les  ju^ue,  son  esas  manifestaciones  sinceras  y  ejem- 
plares para  la  niñez  que  afirman  el  patrimonio  precioso  de 
las  virtudes  domésticas. 

£n  Guelph  hay  trescientos  estudiantes  pertenecientes  á  la 
provincia  de  Ontario.  Pero,  aunque  ya  de  sí  muy  valiosa  la 
labor  enunciada,  ella  tiene  campo  aún  más  dilatado.  Todos 
los  afios,  en  el  mes  de  Junio,  se  abren  las  puertas  del  esta- 
blecimiento á  todos  los  labradores  que  deseen  inspeccionar 
sus  instalaciones,  penetrarse  de  los  beneficios  incalculables 
del  cultivo  llevado  en  forma  sensata  y  ver,  sobre  el  terreno; 
leyendo  las  páginas  de  un  libro  que  no  miente,  los  resultados 
que  depara  la  selección  inteligente  de  las  especies.  Pero  el 
gobierno  no  reduce  su  misión,  en  esas  circunstancias,  á  diri- 
gir un  simple  llamado  á  las  clases  productoras  del  país,  sino 
que,  para  hacer  el  traslado  fácil,  obtiene  rebajas  sensibles  en 
los  pasajes  y  determina  combinacioues  ferrocarrileras  apro- 
piadas. Además,  él  ofrece  á  los  visitantes  almuerzo  gratis 
-en  la  misma  Escuela,  en  cuyo  lociil  se  tienden  mesas  rústi- 
cas. Todo  se  cumple  de  manera  práctica  y  todo  se  concierta 
para  alcanzar  sazonado  el  fruto  que  se  persigue:  convencer 
á  los  j>equefios  propietarios  de  los  bienes  que  apareja  la 
buena  agricultura,  del  interés  que  para  ellos  reviste  esa  en- 
«efianza,  probándoles,  á  la  vez,  con  ejemplos  incontrastables^ 


138  LUIS  ALBERTO  DE  HEBRBBA 

que   la  tierra^   esa    gran   madre   de  todo,    exige  tratamientos 
especiales   y  cuidados  solícitos  para  ser  próvida,  que  en  sus 
senos   fecundos   encuentra   riqueza  y    prosperidad  quien  sabe 
buscarla,  y  que  las  plantas,  como   los   hijos,  piden  vigilancia 
y  cariño  para  alcanzar  su  perfecto  desarrollo.     Los  profeso- 
res de   la  escuela    aceptan,  como    parte  de  sus    obligaciones, 
acompañar  á  los  grupos  de  visitantes  contestando  á  sus  pre- 
guntas y  esclareciendo  las  dudas  mínimas.     A  este  propósito, 
me  contaban    algunos    alumnos    que    la    oratoria    del    doctor 
Muís  es  típica.     £1   se  dirige  á  sus  oyentes  en  forma  clarf* 
sima,  abonando   sus   palabras   con  el    peso  de  su    reconocida 
autoridad  en  la  materia,  y  él  les  dice  también  que  es  un  mal 
agricultor  quien  solo  abre   un  surco  respondiendo  á  una  vul- 
gar rutina    y  sólo  levanta   los  frutos   empujado  por  el  afán 
único    de    lucro.     Siendo    el    éxito,    en    ese    sentido,  ya  una 
victoria,     está     lejos    de    ser    toda    la    victoria.     £1    obrero 
merece   el   nombre   de  tal   cuando   ejerce  su    tarea   con  con- 
ciencia  y  aplicando    sus   esfueczos   con   raciocinio.     £1  con- 
cepto  verdadero   del   farmer   moderno   lo    alcanza  quien  alia 
el    interés    del    beneficio    material    la   satisfacción    de    haber 
vencido  y  dominado  á  las  fuerzas  físicas,  en  lucha  porfiada, 
llena   de  destellos   intelectuales.    ¿Cabe,  por   ejemplo^    placer 
más  puro  y  legítimo,  para  quien  maneja  el  arado  y  derrama 
cuidadosamente    la    semilla,    que   obligar   al    surco   rebelde  á 
que  fecunde  pródigo  lo  que  aquel  quiere  y   á  pagar  obedien- 
cia á  su  señor  con  las  humánate  docilidades  que  demuestra  un 
corcel  amaestrado   á  su  amo;   pero   con   la  diferencia  funda- 
mental de  que  éste  impone  su  voluntad  por  el  temor,  á  precio 
de  látigo,  mientras  que  aquel   rompe    resistencias  usando  del 
convencimiento,  agregando  á  terrenos  pobres  mucho  nitrógeno, 
si  quiere  recoger  cosechas  de  trigo  magníficas, — que  matemá- 
ticamente obtiene   á    su  tiempo,— y    pidiendo   al    predio,  que 
también  tiene   su  lógica,  los  frutos  que   debe  dar  después  de 
habilitarlo  para  que   los  dé? 

£n  todas  las  ciencias  y  en  todas  las  artes  se  aspira  á  en- 
carnar en  la  realidad  el  concepto  plástico  perfecto  que  re- 
sultaría cumpliendo,  de  manera  irreprochable,  los  mandatos  de 
la  teoría»    Pues  la  agricultura,  que  tiene  algo  de  éstas  y  mu- 


DB8PE     WÁSmMOTON  139 

cho  de  aquéllasi  posee  ^también    su    típo   de   belleza  que  no  , 
consiste,  seguramente,  en  la  limpieza  artificiai  de  las.  hojas  y 
en  la  corrección  de  líneas    y  turgencia  casual  de  los  tallos» 
pero  si  en  una  aplicación  rigurosa  de  las  leyes  que  rigen  la 
selección  de  los  productos  y,  como  última  etapa  de  esos  es- 
fuerzos   experimentales   y  siempre    progresivos,    señalando  el 
más  alto  ezponente,  frutos  superiores  y  pictóricos  que  reúnan 
muchas  y  excelentes  robusteces  bien  aliadas.    ¿Acaso  la  cruza 
de  razas  no  asume  idénticos  caracteres,  ya  se  trate  de  especies 
animales  ó  de  especies  vegetales?   ¿Acaso  las  diferentes  cali- 
dades de  savia  no  son,  entre  estas,  lo  que  las  diversas  sangres 
entre  aquellas?  Pues  sí,  aunque  en  planos  separados,  los  proce- 
sos evolutivos  son  los  mismos  y  sí  se  concede  título  de  mejor 
criador  á  quien,  en  el  refinamiento  caballar,  aproxima  sus  po- 
trillos á  la  fórmula  modelo,  ¿cómo,  pensando  lógicamente,  no 
conceder  iguales   galardones  de  costoso  triunfo  á  quienes  per- 
siguiendo, por  ejemplo,  el  perfeccionamiento  de  algunos  cerea- 
les, nos  presentan,  después  de  mil  ensayos,  desgraciados  hoy 
y  felices  mañana,   ora  granos  de    trigo,  ora  granos   de  maiz 
que  vencen  en  tamaño,  en  fuerza  y  en  salud  á  los  conocidos 
como  mejores  en  el   mercado?    Después,  hay   muchos  modos 
eficaces  de  si^rvir  á  la  patria.    Unos,  deponen  en   el  altar  el 
homenaje  de  afanes  ruidosos,  que  encuentran  vehículo  ilumi- 
nado  en  las  deliberaciones  de  la  política,  en  el  foro  y  en  las 
actividades  honestas  de  la  buena  milicia,  pero  existen   otros 
que  cooperan  á  su  engrandecimiento  con  energías  de  hormiga, 
desde  abajo,  prestando  á  la  soberanía  popular  el  sólido  é  in- 
dispensable  cimiento  de  la  soberanía  productora.    De   manera 
que,  aumentando  el  coeficiente  de  las  cosechas,  adquiere  mayor 
intensidad  el  bienestar  público,  reina  la  abundancia,  se  satis- 
facen con  holgura  las   necesidades  internas  y   todavía  queda 
un  grueso  saldo  de  riquezas,  más  valiosas  y  más  representa- 
tivas   que    el  oro   del    Perú,    que   ofrecido  en    los    mercados 
extranjeros  levanta  é  ilustra  el  nombre  de  la  nacjón.  Propa- 
ganda más  ó  menos  semejante,  esparcida,   sin  rebuscamiento 
de  palabras,  entre  oyentes  que  saben  leer  y  escribir,  suscritos 
á  periódicos  y    capaces   de   tener   propio  y    certero    criterio, 
deben  rendir  resultados  tan  infalibles   como  benéficos,  cuya 


140  LUIS  ALBBRTO  DE  HBBftERA 

importancia  trascendental  paede  alcanzarse  diciendo  que  en  el 
año  corriente  más  de  treinta  mil  labradores  han  desfilado  por 
entre  los  sembrados  de  Gnelph.  Con  estos  7  aún  otros  mu- 
chos elementos  de  asimilación  y  de  lucha  que  nosotros, 
apesar  de  nuestros  evidentes  fracasos,  aun  persistimos  en 
apreciar  como  simples  detalles,  estos  pueblos  sajones  han 
puesto  basamento  de  granito  á  sus  prosperidades  de  todo 
género.  ¡Y  habrá  todavía  quien,  dominado  por  la  pasión,  cierre 
los  ojos  al  punto  de  suponer  fortuitos  los  buenos  sucesos  que 
ellos   alcanzan! 

Pero  á  ustedes  les  sorprenderá,  como  me  sorprendió  á  mí, 
saber  que  en  el  programa  del  colegio  la  literatura  tiene  es- 
pacio dilatado.  Saciaré  al  respecto  vuestra  curiosidad,  antes 
de  que  me  interroguéis.  Ser  agricultor  y  ser  hombre  de  es- 
casos bienes  de  fortuna  no  implica  vivir  perpetuamente  en- 
corbado  sobre  el  rastrillo.  Nada  estimula  más  á  la  labor 
que  entreactos  de  descanso,  acompañados  de  puros  placeres 
intelectuales.  Pues  entonces,  ¿por  qué  desterrar  de  la  casa 
del  pequeño  propietario  rural  el  posible  conocimiento  de  las 
obras  maestras  del  ingenio  humano,  cuando  quienes  viven  en 
contacto  íntimo  con  la  naturaleza,  fuente  de  las  más  egregias 
inspiraciones,  confidentes  fieles  de  sus  secretos, — que  para 
otros  son  impenetrables, — y  admiradores  de  sus  grandezas 
multiformes,  están  en  aptitud  favorecida  para  gustar  el  fruto 
que  dan  lop  talentos  caudales?  Se  garantiza  la  dicha  délas 
familias  campesinas,  se  reemplazan  en  forma  previsora  las 
distracciones  de  la  vida  urbana,  ofreciendo  hermoso  pretexto 
para  prolongar  las  veladas  alrededor  de  la  estufa  en  esas 
noches  de  invierno,  tan  crueles  aquí.  ¡Cómo  dudarlo!  Cuando 
el  espíritu  obtiene  satisfacción  á  sus  apetitos  abstractos,  el 
físico  también  aprovecha  esos  beneñcios  pascuales,  que  no 
sólo  de  pan  vive   el   hombre. 

Pero  el  doctor  Mills  lleva  aun  más  allá  el  límite  de  sus 
anhelos.  Hasta  la  fecha,  siendo  las  clases  conservadoras  1a 
masa  electoral,  es  decir,  la  decisiva  en  los  días  de  sufra- 
gio, ha  declinado  sus  funciones  públicas  dirigentes  entregan^ 
do  su  representación  legislativa  á  personas  de  extracción 
completamente    distinta.     ¿Por    qué   ha  de    continuar  domi« 


D«8DB    WABHIHOTON  141 

nando  este  ordea  de  cosas  invertido?  Sólo  error^  fundado 
sobre  preocupaciones  hereditarias,  que  el  alfabeto  ha  destruí* 
do,  puede  sostener  al  presente  práctica  tan  viciosa.  Los 
productores  no  necesitarán  bnsoarse  mandatarios  extraños  á 
sus  filas  el  día  en  que  ellos  también  adquieran  el  hábito — 
que  no  es  otra  cosa— de  hablar  en  público  y  de  sostener, 
sin  turbarse,   las  ideas  que  su  cerebro   les    brinda  nítidas. 

Por  eso  en  Guelph  se  afiade  á  la  literatura,— que  se 
aprende  en  Shakespeare^  Macaulay,  Longfellow,  etc.,  —  el 
estudio  de  la  Economía  Política  elemental  y  del  arte  de 
gobierno.  Sería  redundancia  insistir  sobre  la  sabiduría  de 
estas  tendencias  cuando  todos  sabemos  que  la  fórmula  de 
la  verdadera  salud  parlamentaría  se  determina,  geométrica- 
mente, pr>r  una  pirámide  que>  sólo  en  las  proximidades  de  su 
cúspide,  concede  espacio  á  las  profesiones  libérale?  mientras 
los  ganaderos,  agricultores  y  comerciantes,  dominan  toda  la  exten- 
sión de  su  base,  como  sucede  en  la  Cámara  de  los  Comunes. 
En  cuanto  á  los  curaos  completos  duran  dos  y  tres  años,  según 
la  rama,  ofreciéndose,  además,  un  año  complementario  y  defini- 
tivo en  la  Univereidad  de  Toronto,  que  luego  otorga  á  los 
vencedores  el  título  de  bachilleres  en  artes,  lo  que  equivale 
á  nuestro  doctorado,  pues  aquí  no  existe,  fuera  de  la  medi- 
cina, tal  designación.  De  los  profesores  puede  decirse  que 
ellos  son  tenaces  experimentadores  y  que,  con  sus  ensayos 
de  todos  los  días,  minuciosos  y  acertados,  despiertan  en  los 
discípulos  interés  altruista  por  las  pesquisas  científicas. 

Esa  es  la  preciosa  bandera  de  Guelph:  enseñanza  práctica, 
sobre  el  terreno.  Visitando  las  instalaciones  de  quesería, 
enfriadas  artificialmente  en  verano,  nos  encontramos  con  el 
jefe  de  la  sección,  vestido  de  largo  delantal  blanco  y  so- 
bando, á  puño  cerrado,  una  masa  gorda,  amarilla,  de  aspecto 
insuperable,  que  esperaba  en  la  batea  su  turno  para  entrar 
en  el  molde.  Cuando  alabamos,  como  se  merecía,  el  fruto 
codiciable  de  la  tarea,  nos  dijo  el  competente  fabricante  que 
el  resaltado  no  estaba  á  la  altura  de  sus  deseos  y  de  las 
exigencias  técnicas  estrictas,  pues  les  faltaba  á  los  quesos  un 
tono,  probablemente  infinitesimal,  de  preparación.  Con  la  mis- 
ma conciencia  proceden  los   demás  catedráticos   y,  con   segu-- 


142  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

ridad^  á  ello  se  debe  que^  uno,  Mr.  Harconrty  haya  alcanzado 
novedades  en  sus  estudios  sobre  las  cenizas  de  las  maderas^ 
usadas  como  fertiUzadores;  que  otro,  Mr.  Daj,  haya  obtenido 
una  nueva  j  efícaz  fórmula  para  alimentar  á'  los  cerdos,  que 
consiste  en  una  combinación  de  suero  dulce,  agua  7  suero 
agrio  agregada  á  sus  comidas;  que  otro,  Mr.  Pauton,  pueda 
ofrecer  sistemas  nuevos  7  propios  para  atacar  á  los  gusanos 
enemigos  de  ciertas  plantas;  que  otro,  Mr.  Harrison,  exponga 
con  éxito  sud  consideraciones  sobre  el  desarrollo  de  algunas 
enfermedades  en  las  piaras,  indicando  el  modo  más  ventajoso 
de  combatirlas;  que  otro,  Mr.  Huts,  siguiendo  en  su  creci- 
miento simultáneo  á  siete  ú  ocho  variedades  de  frutas,  llegue 
á  poder  seüíalar,  con  útilísima  precisión,  las  cualidades  7  mé- 
ritos de  cada  una  de  ellas.  Todo  esto  podrá  parecer  fri- 
volo, prosaico,  á  quienes,  tocados  de  las  decadencias  morales 
del  siglo,  no  conciben  las  santas  elaboraciones  de  la  natura- 
leza. Malos  deudores  que  llevan  su  audacia  ignorante  hasta 
el  extremo  de  negar  personería  en  nuestros  destinos  á  la 
tierra,  única  7  legítima  acreedora,  siempre  en  saldo,  de  la 
humanidad! 

£1  colegio  de  Gnelph  fué  fundado,  con  asiento  en  un  pa- 
raje diferente  al  de  hoy,  en  el  año  1874.  Sus  primeros 
pasos  fueron  vacilantes,  puede  avanzarse  que  negativos. 
En  1880  se  le  ubicó  en  donde  en  la  actualidad  existe^ 
ocupando  una  superficie  de  quinientas  cincuenta  hectáreas. 
A  esta  altura  de  mi  descripción  pide  espacio  biográfico  la 
figura  del  doctor  James  MüIm,  alma  muier  de  la  fecunda 
institución.  Hace  veinte  7  dos  años  que  él  tiene  las  riendas 
del  colegio  en  sus  manos  7,  para  abonar  la  eficacia  de  sus 
sobresalientes  energías,  ahí  están  proclamándola,  con  el«)cuen- 
cia  incontrastable,  los  progresos  alcanzados.  Mr.  Mills  posee 
prestigios  de  patriarca,  entre  sus  ¿conciudadanos.  Uno  de  ellos 
acaba  de  apuntar  el  grado  de  esa  consideración  regalando  á 
la  Academia,  para  que  su  director  los  invierta  como  lo  juzgue 
conveniente,  ciento  veinte  7  cinco  mil  pesos  oro  que  están 
á  su  orden  personal  en  una  casa  de  banca. 

Con  cuarenta  mil  pesos,  oblados  por  una  familia  selecta, 
se  han  adquirido  variadas  colecciones  de  libros  especiales,  se 


DESDE     WASHINGTON  143 

han  constrdido  laboratorios  perfeccionados  7  se  á\6  'edificio 
apropiado  á  la  biblioteca.  Esta  última  me  llamó  mucho  la 
atención  por  la  novedad  de  su  instalación.  El  piso  es  de 
vidrio  transparente,  para  que  pueda  penetrar  la  luz  en  abun- 
dancia, con  espacios  medidos  por  los  cuales  penetra  el  aire 
y  traen  su  respiración  reconfortante  los  calorificos,  que  tam- 
bién los  libros  demandan  tales  cuidados.  En  cuanto  á  los 
estantes,  son  todos  de  metal  y  sin  contacto  con  la  paredj 
pudiéndose  modificar,  sin  dificultad  su  altura  7  ubicación. 
Ahora  bien,  todas  estas  obras  de  arquitectura  se  acometieron 
con  lujo  de  economía.  £1  mismo  doctor  Mills,  sin  ser  di- 
bujante ni  ingeniero,  trazó  los  distintos  planos,  poniendo  á 
contribución  su  experiencia  para  coronar  el  proyecto.  Pero 
lo  más  extraordinario  de  este  esfuerzo  estriba  en  que  el  re- 
ferido es  manco,  pues  le  falta  todo  el  brazo  derecho.  Para 
exhibir  lo  que  puede  una  volimtad  7  lo  que  representan  loa 
verdaderos  conocimientos,  ahí  están  las  elegantes  construc- 
ciones levantadas  de  acuerdo  á  las  más  precisas  solicitudes 
técnicas.  Para  ahorrar  dinero,  me  decía  Mr.  Mills,  hemos 
puesto  escaleras  sencillas  de  madera,  7  para  ahorrar  dinero, 
diferencia  de  centavos,  hemos  revestido  las  paredes,  hasta 
cierta  altura,  con  pino  blanco  barnizado  en  vez  de  lustrado  á 
puño. 

No  se  necesitaron  ma7ore8  empeños  para  que,  aceptando 
una  galante  invitación,  fuera  huésped  esa  noche  de  los  jóve- 
nes argentinos  Bustamante,  Jorge  Peltzer  Salterain  7  Avila, 
que,  en  mérito  á  sus  distinguidas  condiciones  personales  7 
estando  para  concluir  la  carrera,  han  obtenido  la  prerrogativa 
real  de  vivir  fuera  de  la  Escuela  7  de  hacerse  la  ilusión  de 
que  están  en  su  home.  La  colonia  de  la  otra  orilla  no  se 
reduce  á  los  nombrados;  los  jóvenes  Panelo,  Alberto  Fernán- 
dez, Rivara,  Martínez,  Granel,  Coll,  Ocampo  7  del  Carril  7 
algún  otro,  CU70  apellido  involuntariamente  escapa  á  mi  me- 
moria, completan  el  grupo  de  tan   selectos  representantes. 

Tratándose  de  un  extranjero,  los  elogios  que  de  ellos  haga 
no  sugieren  la  sospecha  de  que  sean  dictados  por  la  parcia- 
lidad nacional.  Rendir  tributo  á  la  justicia  talvez  provoca 
una  impresión  agradable,  debido  á  que  los  hombres  tan  poco 


144  LUI8  ALBERTO  DE  HBREERA 

acostumbrados  estamos,  en  realidad,  á  pagar  merecidos  home- 
najes. Pero,  para  que  mis  palabras  de  alabanza  posean  faersa» 
además  de  ser  tan  sinceras,  quiero  agregar  que  de  los  labios 
sobrios  del  doctor  Mills  cayeron  ellas,  de  manera  que  yo  sólo 
me  limito  á  jugar  el  papel  de  mal  traductor.  cLos  mucha- 
chos,— mo  dijo  éste, — trabajan  con  firmeza,  aprovechan  con 
verdadero  éxito  su  tiempo  y— lo  que  para  nosotros  vale  mu- 
chísimo— tienen  un  alto  concepto  del  honor,  esforzándose  por 
no  dar  motivo  á  mis  censuras.»  Estas  expresiones  terminan- 
tes califican  el  más  caluroso  aplauso  cuando  pronunciadas  por 
un  miembro  de  estas  razas  concisas.  La  Argentina  ha  repartido 
cuarenta  y  cinco  alumnos  entre  las  primeras  escuelas  prácti- 
cas de  Estados  Unidos  y  del  Canadá.  Entre  ellos  figuran 
algunos  mandados  á  expensas  de  sus  respectivas  familias.  -Lo 
que  causa  extrafieza  es  ver  cómo  se  han  adaptado  los  jóve- 
nes á  que  he  referido  al  ambiente  típico  de  este  país  hos- 
pitalario, haciendo  en  un  todo  suyas  las  costumbres  locales, 
adquiriendo  los  modismos  extranjeros  y  aceptando,  con  entu- 
siasmo, sus  juegos — laton-tenniSf  lacrosse,  patines — y  sus  atrac- 
tivos sociales. 

También  corresponde  agregar  que  ellos  gozan  de  especial 
partido,  por  lo  que  yo  casi  me  atrevo  á  vaticinar  que,  si 
no  se  les  repatria  en  tiempo,  existe  peligro  inminente  de  que 
la  compañía  sufra  dulces  bajas  en  batallas  con  el  género  fe- 
menino que,  á  fuerza  de  admirables  estrategias  y  sólo  em- 
pleando una  inofensiva  red,  vence  en  todas  las  r^iones  ci- 
vilizadas. 

Para  la  noche — suave  y  primaveral  como  las  nuestras — se 
habían  organizado  en  Ouelph  dos  garden  parties,  es  decir, 
paseos  al  aire  libre — y  de  paso,  quiero  hacer  constar  que  si 
á  menudo  en  el  curso  de  estas  páginas,  escritas  sobre  el 
tambor,  deslizo  palabras  inglesas  no  es  porque  me  pellizque 
por  ese  lado  la  zoncera  y  pretenda  simular  dominio  de  un 
idioma  que  apenas  garabateo,  sino  que  á  los  frutos  del  país 
•—calificaré  así,  para  no  andar  con  muchos  circunloquios, 
á  los  juegos  nacionales— debe  de  llamárseles  como  los  bau- 
tiza la  gente  del  país  en  donde  ellos  nacieron.  Imagínense 
ustedes  el    efecto    detestable    que    haría  oir  decir   cuerda  al 


DBSDE    WAfiHUIG^rOH  145 

laso,  ahnohadoh  al  cojinillo,  sobretodo  al  poncho,  en  vez  d« 
yerra,  reunión  de  animales  á  una  marcación  de  ganado, 
etc.,  etc!  ¿No  sería  ello  risueño?  Pues  la  moraleja  tiene 
aplicacíóu  en  todas  las  latitudes  y  no  seré  yo,  por  cierto, 
qnien  intente  traducir  al  español  conceptos  que  no  admiten 
ese  parentesco,  por  la  muy  lógica  razón  de  que  ellos  deno- 
minan ideas  determinadas  que  nos  son  ajenas,  y  porque,  por 
más  vueltas  que  se  les  dé  á  nuestros  dos  vintenes,  nunca 
podrá  confundírseles  con  un  penique,  aunque  las  dos  sean 
monedas  de  cobre. 

Prefiero,  pues,  salpicar  mis  párrafos,  en  casos  obligados, 
con  palabras  de  otro  diccionario,  antes  de  ponerme  en  com- 
petencia gramatical,  metafórica  y  castiza,  con  aquella  res- 
petable familia  de  los  suburbios,  tan  mentada  por  la  voie 
popular,  que,  en  su  afán  de  expresar  las  cosas  de  manera 
distinta  y  más  elegante  que  los  demás,  en  vez  de  lUcir,  á 
secas,  pescadoj  hablaba  cdel  habitante  gentil  de  las  aguas  va- 
porosas arrancado  de  su  reino  por  la  perfidia  humana»,  y 
cuando  agregaba:  chermoso  par  de  luciérnagas  colocado  eu 
la  parte  superior  del  rostro»,  refería  á  los  ojos.  Y  talvez 
esoB  impuestos  extranjerismos,  sin  yo  saber  por  qué  ni  como, 
dan  cierto  sabor  agradable  al  pensamiento,  y  yo,  que  no 
soy  andaluz,  necesito,  para  salir  de  estos  apuros,  algunas  de 
esas  oportunas  caridades.  ¡Cuántas  veces,  aun  sabiendo  que 
se  trata  de  factura  artificial,  volvemos  en  la  calle  la  cara 
pora  admirar  de  nuevo  un  rostro  iluminado,  con  atrayente 
picardía,  por  lunares  de  marca  Moussion  y  C.*!  Pues  vamos, 
(de  nuevo  tengo  que  lastimar  á  oídos  manchegos)  concurrí  á 
un  garden^party  en  Guelph,  que  era  á  beneficio  de  una 
iglesia.  Adveitiré  que  no  se  había  gastado  un  sólo  centavo 
en  adornos,  pues,  entonces,  ni  con  el  importe  de  las  entra- 
4»A  se  cubrían  las  erogaciones  indispensables.  No  señor;  si 
se  contó  con  marica,  y  excelente,  fué  porque  un  grupo  de 
aficionados  prestaron  así  su  concurso  desinteresadamente;  si 
hubo  marcha  caux  flambeaux»  se  debió  á  que  cada  niña  y 
cada  señorita  trajeron,  comprado  con  su  dinero,  un  farolillo 
veneciano;  si  hizo  el  mejor  efecto  ese  número  del  programa 
ddlñeron  agradecerlo  los  espectadores  á  un  decidido  vecino , 

10 


Í46  LUIS  ALBERtO  DE  HERRERA 

veterano  de  la  guerra  de  Crimea^  que  antes  de  morirse  ha 
tenido  el  gusto  de  estrecharle  la  mano  al  actual  príncipe  de 
GraleSy  en  su  reciente  excursión  por  el  Canadá,  y  que  habría 
sido  incontrastable  mandando  soldados  de  la  alta  estirpe  de 
los  dirigidos  esa  noche,  cuando  el  asalto  á  la  Torre  de 
Malackoff;  si  se  nos  obsequió— pagando,  por  entendido — 
con  bizcochos,  helados  y  flores,  fué  simplemente  porque 
todos  los  jardines,  todas  las  cocinas  y  todas  las  alacenas 
allegaron  su  auxilio.  Estos  detalles  de  actividad  corporativa, 
¿no  señalan,  bien  definido,  el  rastro  fundamental  y  sabio  de 
estas  sociedades  enérgicas  y  de  voluntad   emancipada? 

A  otra  cosa:  en  Guelph  toda  la  fuerza  policial  está  cons- 
tituida por  dos  guardias  civiles;  y  no  á  consecuencia  de  que 
ésta  sea  una  sucursal  del  paraíso,  pero  sí  porque,  desempe- 
ñándose con  acierto  y  sin  ruido  de  machetes,  esa  autoridad 
es  suficiente  para  espantar  á  los  picaros,  fuera  de  que  aquí 
se  entiende  que  en  la  vida  normal  el  mejor  guardián  de  sus 
intereses  es  el  mismo  interesado.  ¡Hasta  á  los  muchachos 
se  les  enseña  á  manejarse  solos  y  se  va  á  cuidar  con  exceso 
á  los   hombres! 

Salí  de  Guelph  convencido  de  que  no  había  desperdiciado 
mis  últimas  veinticuatro  horas.  Ahora,  como  síntesis  de  to- 
dos los  comentarios,  me  pregimto  yo:  ¿no  haríamos  obra  buena, 
obra  fácil,  obra  útilísima,  ocupando  con  jóvenes  orientales, 
dignos  y  capaces,  algunas  de  las  becas  de  la  £scuela  de 
Agricultura  que  acabo  de  visitar?  Seducido  por  ese  ideal 
conversé  detenidamente  con  el  doctor  Mills,  en  quien  hallé 
la  mejor  disposicóiii.  Con  doscientos  pesos  trimestrales,  en 
oro  canadiense,  puede  manejarse  perfectamente  cada  alumno, 
cubriendo  todos  sus  gasto?,  habitación,  libros,  etc.  Como  ya 
lo  he  manifestado,  los  diferentes  cursos  completos  duran  dos, 
tres  y  cuatro  años,  según  sean  ellos.  Para  argumentar  con 
números,  que  es  lo  más  eficaz,  supongamos  que  el  Uruguay 
mandara,  como  mínimun,  seis  estudiantes  por  un  término  de 
tres  años.  Tendriamos  que,  representando  cada  uno  dos  mil 
cuati'ocientos  pesos,  educarlos  en  forma  costaría,  en  total, 
¡catorce  mil  cuatrocientos  pesos,  que  bien  podemos  elevar  á 
quince  mil  incluyendo  los  pasajes.     Como   puede   apreciarle. 


DEfiDE     WASHINGTON  147 

por  ese  lado  no  surge  dificultad,  y  tambiéu  no  olvidemos  que 
las  jo?as,  por  baratas  que  sean,  siempre  tienen  precio  subido 
para  los  pichincheros.  Para  que  las  empresas  rindan  resul* 
tado   se  impone  hacerlas  eti  forma. 

El  gobierno  ha  enviado  á  algunos  oficiales  del  ejército  ii 
seguir  sus  estudios  en  las  buenas  academias  del  exterior  y 
á  buen  seguro,  no  ha  tirado  el  dinero  concurriendo  á  pre- 
parar distinguidos  militares.  Ahora  mismo,  con  aplauso  de 
todos,  acaba  de  discernir  dos  becas  de  pintura.  Pues,  aún 
guardando  los  debidos  respetos  á  esta  y  á  aquella  arte,  es 
algo  evidente  que  el  futuro  exigirá  con  mayor  imperio  ga- 
naderos, agricultores  y  veterinarios  de  cepa  superior. 

¿No  abrigamos  el  propósito  de  fundar  la  Escuela  Nacional 
de  las   materias  á  que  refieren  esas   importantísimas  profesio- 
nes?    ¿No  figura  en  la  carpeta  de  la  Comisión  de  Fomento 
de  la  Cámara  un  auspicioso  proyecto  en  ese   sentido,  del  es- 
timable  representante  señor  Juan  Smith?     Entre  importar  ya, 
sobre  tablas,  catedráticos  europeos,  que  sólo  vendrán,  movidos 
por  un  afán  utilitario,  á  ganar  pronto   sus  sueldos  para  irse, 
y  preparar  ya,  por  cuenta  propia,   en  centros   de   fama  con- 
sagrada, ese  personal   de  enseñanza,  que  precisamos    urgente- 
mente, no    hay  lugar    á    una    vacilación.     Para    sembrar  sus 
generosidades  en  terreno  fértil,  el  Estado  elegiría  sus  subven- 
cionados entre  los  mejores  estudiantes  de   cuarto  y  quinto  año 
de  Preparatorios;  entre  aquellos  que  destacaran  por  sus  clasi- 
ficaciones y  que  fueran,  á  la  vez,  de   edad  juiciosa.    Y  para 
obtener  producto  serio   de  ese  beneficio,    el    Estado  también 
establecería  que  ellos  quedaban    obligados  á  servirlo,  una   vez 
terminada  su   carrera,   por  dos   años,    mediante   sueldo  mere- 
cido.   Entonces  podríamos  encarnar  en   una  práctica  poderosa 
y  fecunda  ese    ideal,   que   vaga    en   la    atmósfera,   de   fundar 
nuestra  Escuela   de   Agricultura   y    Ganadería.     Los   alumnos 
estarán  bajo  el  cuidado  y  vigilancia  de  la  Legación  en  Noite 
América,    recibiendo    puntualmente,    en    giros    individuales    y 
adelantados,  sus  cuotas.     ¿Necesito,  para  hacer   triunfar   este 
sencillo   y  fácil  proyecto,  poner  en  mayor  relieve  las  conve- 
niencias perseguidas?     Con  el  detalle   exigido  be  formulado  la 
propuesta  al   gobierno  de  la  nación;    de  manera  que,   si  ella 


148  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

se  publica,  quedará  así  bien  ampliada.  De  todos  modos, 
pienso  que  la  prensa  prestaría  un  positivo  servicio  ocupán- 
dose del  asunto,  á  fin  de  que  el  estímulo  de  los  órganos 
caracterizados  haga  más  viable  esta  ú  otra  iniciativa  dirigida 
al  mismo  objeto. 


A/v^A^^A/^/wls^^^<^A<'^^AAAAl/vv^<vs/v^A#^^*^A^v^AA^Mvv^^A/^^^^/^A^MVV^i^■^^ 


Vil 


Las  cataratas  del  Niá^^ara  —  Un  espectáculo  maravilloso  —  Tradicio- 
nes y  anécdotas  —  Aventuras  inverosímiles  —  Las  víctimas  del 
abismo  —  El  Niágara  artificial  —  Las  aguas  [dominadas  por  el 
hombre  —  Engendro  de  la  industria  yankee  —  Otro  espectáculo 
asombroso. 


1 
Siguiendo  el   orden  cronológico  de  mis  impresiones  he   de- 
bido ocuparme^  antes   de   ahora^  del  Niágara^  prodigio  de  la 
naturaleza    que   conocí,  haciendo  un  alto   expreso,  al  trasla- 
darme de   la  ciudad  americana  de  Báffalo  á  la  ciudad  cana- 
diense de  Toronto.  Por  cierto   que  no  es  imputable  á  olvido 
este   pequefio    desorden    de    narración,  olvido    que,  por   otra 
parte,  seiialaría  una  verdadera  blasfemia  estética,  aun  en  la- 
bios tan  profanos   como  los  míos.   Describir  las  bellezas  del 
Niágara  es  tarea  más  fuerte  que  nosotros,  y  por  eso,  pagando 
tributo  á  la  costumbre,  cómoda  7  perniciosa,  de   dejar  para 
mañana  el  cumplimiento  de  las  obligaciones  difíciles,   no  he- 
mos abordado  el  arduo  empeño.  Nos  ha  tentado   la  travesura 
de  dar  á  los  lectores  gato  por  liebre,  engolfándonos  en  diva- 
gaciones, también  interesantes  y,  sobre  todo,  muy  alejadas  de 
la  dificultad   magna,   á   imitación   de  los    señores  periodistas 
que,  cuando  no  tienen  artículo  de  fondo  disponible,  nos  tirati 
tierra  á  los  ojos  contándonos,  desde  las  columnas  editoriales, 
historias  viejas  del  Japón  ó  las  ocurrencias  de  S.  E.  el  Shah 
de  Persia.    Pero    huímos  á  la  tentación   porque  los   lectores 
son  nuestros  amigos  y   á   los   amigos  es  felonía    engañarlos, 
¿eterio?   Antes  de  entrar  de  lleno  al   combate,  y  parai  pro- 
barles hasta  dónde  llega  nuestra  buena  voluntad,  debemos  de^ 


150  LÜI8  ALBEBTO  DS  HERRERA 

eir  que  permanecimos  largo  rato  extasiados  ante  las  cataratas, 
vencidos  nuestros  oídos  y  nuestro  espíritu  por  aquel  trueno 
de  grandeza,  en  el  afán  de  estudiar  todo  hasta  en  sos  deta- 
lles,—  si  detalles  puede  tener  el  Niágara — para  contarles  lu^o 
á  ustedes  las  impresiones  recibidas;  pero  ese  mismo  esfuerzo 
sincero  apunta  el  tamaño  de  la  derrota.  Se  refiere  que  cuando 
nuestro  ilustre  poeta,  el  doctor  Zorrilla  de  San  Martín,  de- 
clamó su  magnífica  «Leyenda  Patria»  en  la  Florida,  un  paisano 
presente,  conmovido  á  la  par  del  resto  del  auditorio,  sólo 
atinó  á  exhibir  su  justo  entusiasmo  dirigiendo  al  cantor  de 
las  glorias  nacionales  un  apostrofe  recio  que,  en  otras  cir- 
cunstancias, fuera  injuria  y  que  entonces  vino  á  medir  la 
emoción  vivísima  de  un  corazón  agreste  y  puro.  Confieso 
que  al  apartarme  por  última  vez  de  la  barandilla  de  hierro 
que  me  había  permitido  ser  salpicado,  sin  peligro,  p3r  las  es- 
pumas del  coloso,  que  son  sus  crines,  casi  hice  las  del  paisa- 
no compatriota.  Me  lanzo,  pues,  á  la  empresa  descriptiva 
para  cumplir,  sabiendo  que  voy  á  ser  víctima,  tanto  como 
si  me  alcanzara  la  famosa  catarata  que  rechinft  sus  furias 
soberanas  en  la  frontera  internacional. 

.  ¡Qué  marco  divisorio!  Porque  ¿qué  líneas  reúnen  bastante 
fuerza  para  representar  algo  que,  precisamente,  abruma  y  atrae 
por  ser  negación  de  las  concepciones  normales  y  por  estar 
refiido  con  las  habituales  armonías?  Aunque  con  algfin  tra- 
bajo, puede  retratarse  en  páginas  escritas  el  espectáculo  plá- 
cido, sin  una  brusquedad,  de  las  perspectivas  familiares.  Con 
pocas  palabras  se  cierra,  vivido,  el  cuadro  de  un  campo  cu- 
bierto de  espigas;  de  un  paisaje  iluminado  por  las  luces 
miedosas  de  la  luna;  de  idilios  y  romerías.  Escenas  esas, 
comunes,  de  todos  conocidas,  en  más  ó  menos,  si  la  pluma 
del  cronista  pone  la  mitad  del  esfuerzo  naiTativo,  triunfa, 
sin  duda,  porque  la  imaginación  del  lector  redondea  el  afán 
con  la  memoria  instintiva  y  complementaria  de  las  propias 
¡experiencias.  Pero  no  ocurre,  ciertamente,  lo  mismo  cuando 
el  tema  pertenece  al  orden  de  las  cosas  extraordinarias,  ya 
se  trate  del  escenario  terrible  de  un  campo  de  batalla,  lleno 
d9  tonalidades  trágicas;  ya  de  sacudimientos  de  tierra  con 
.epílogo   de   catástrofes  é  inundaciones   de  lava  hirviente;  ya 


DESDE    WASHINGTON  15t 

dd  despefiadero  loco  de  una  masa  de  aguai  representativa  de 
doscientos  noventa  y  seis  millones  de  pi^s  cúbicos,  en  plazo 
de  veinte  j  cuatro  horas,  que,  reducida  á  fuerza,  vale  tanto 
como  la  potencia  qne  desarrollarían  doscientas  mil  toneladas 
de  carbón,  6  sea  la  producción  minera  del  mundo  entero  en 
un  día  entero!  Si  la  concepción  de  esas  vitalidades  casi  in- 
superables, casi  exige  un  radío  de  fantasía  más  dilatado  que 
el  de  nuestra  mente,  ¿cómo  exigirse  la  imagen  palpitante,  li- 
mitada dentro  de  letras  y  de  conceptos,  de  algo  quo  pesa- 
damente se  describe  con  hileras  de   números   millonarios? 

El  tren    se    detuvo  en  el    pueblo    del  Niágara      Falls  y, 
después  de    interrogar  al  guarda    para    confirmar    la  identi- 
dad de  la  estación  célebre   que  yo   buscaba,  descendí,   arras- 
trado por  una  muchedumbre  mordida  por  mis   mismas  curio- 
sidades. En  la  calle  nos   esperaba  un  escuadrón  de  cocheros, 
ansiosos   de  arrebatar  una  presa,  que    aquí  el  gremio    tiene 
más  acentuados  sus  apetitos  de  gavilán.  Sabiéndome  de  ante- 
mano vencido^   parlamenté  con  el    que  me  pareció  tener  as- 
pecto do    menos    pirata,    y    emprendimos   la  marcha.     Claro 
está  que,  á  los  cinco  minutos  de   movimiento,  el   celo  de  la 
propina  desató  la   lengua  del   auriga,    sujeto  parlachín    y   de 
cara  tan  roja  qne  yo^  á   no  ser  asunto  milagroso,  aseguraría 
qne   además  de  sangre^   tenía  en  las   venas  carmín   ó   esencia 
de    remolacha.    Tal    vez     fuera    esencia   de   whiskey.      Me 
empajaba  el  anhelo  nervioso  de  ver,   cuanto  antes,  á  ese  Niá- 
gara que  da  pié  magnífico    á   las  más    atrevidas  metáforas   y 
que,  desde    el    Barón     de  Hamboldt    hasta   lord  Dickens    y 
Thackeray,  ha  sido   saludado   con  el    homenaje    de   los    más 
selectos   pensamientos.     Me    soprendía  no    oir  claro,  á    mu- 
chas cuadras,  el  rumor  de  su3   gigantescos  resoplidos  de   ma- 
.qoinaria.    Casi  incurro  en  delito  dé  vulgaridad   al  repetir  que 
el   TÍO  Niágara,    que    pone  en    comunicación   esos  dos    vasos 
interiores   que   'se    llaman  el    lago   Erie  y    el    lago    Ontario^ 
probablemente  dos  millas  antes  de  precipitarse   en  el  abismo' 
.parte  la   nutrida  cabellera  de  sus  aguas  en   dos    trenzas-  de 
hm  caalea,  la   una,  más   espesa,  se  reclina  sobre   el    hombro 
de   la  costa  canadiense,  mientras,  la  otra,  se  des))eña,  ya  en 
eballición  preliminar,  sobre  la  ribera  americana.    Cu  ese  deltat 


152  LUIS  ALBi^lO  DE  mt^UFf^A 

abrasada  con  cariño  por  tan  recia  mascalatura,  goeando  pl»* 
cérea  de  diosa,  tflzase,  miniatorescay  la  isla  de  la  Cabra> 
cual  si  ella  estuviera  llamada  á  dirigir  el  oeiemoiiial  de  un 
nuevo  círculo  dantesco,  el  eterno  pugilato  de  la  roca  7  de 
las  aguas  embravecidas.  Un  s<ílido  puente  de  material  la 
pone  en  comunicación  con  la  tierra  firme,  y  por  9¡M  me 
hizo  cruzar  mi  guía,  á  fin  de  colocarme  en  un  punto  de 
paisaje  estrat^co.  Avanzamos  por  la  isla  en  sentido  de 
la  corriente  7,  cuando  el  tránsito  fué  difícil  para  el  vehículo, 
descendí  7,  aprovechando  una  amplia  escalera  labrada  sobre 
el  suelo  7  guarnecida  de  una  baranda  de  hierro,  pude  apro- 
ximarme al  extremo  más  accesible  de  tan  espléndido  balcón 
naturaU 

Las  cataratas  son  dos,  correspondientes  una  á  cada  brazo 
del  río.  Eran  las  diez  de  la  mañana  7  tenía  delante  de  mí 
á  la  cascada  canadiense,  reputada  la  más  interesante  por  ser 
la  más  voluminosa.  Sé  que  desmereceré  en  vuestra  opinión 
cuando  os  diga  que  sufrí  un  desencanto  en  el  primer  ins-^ 
tante.  Las  famas  superlativas  están  siempre  expuestas  al 
peligro  de  que  bu  realidad,  por  vigorosa  que  ella  sea,  no 
corresponda  al  concepto  popular,  hiperbólico  7  fantástico^ 
aunque  no  lo  sintamos,  porque  en  el  fondo  del  más  rado 
artesano  late  el  alma  de  un  poeta.  ¿Acaso  no  ocurre  lo 
mismo  con  los  héroes?  Aunque  sea  cierto,  ciertísimo,  noao* 
tros  no  queremos  convencernos  de  que  el  renombre  de  Dewett^ 
el  admirable  guerrillero,  tenga  por  marco  la  estampa  prosai-^ 
ca  de  un  simple  sembrador.  Por  lo  demás,  ¿quién  concibe 
cojo  á  Anibal  ó  enclenque  á  Alejandro?  Caprichos,  sin  fun- 
damento, de  la  imaginación.  Me  retiré,  casi  desalentado,  j 
le  insistía  luego  al  cochero: 

— No;  pero  ésta  no  es  la  parte  más  notable.  Yo  esperaba 
un  conjunto  más  grande. 

— Ya  cambiará  de  opinión,  me  dijo,  con  aire  de  filósofo, 
mi  interlocutor;     Así  hablan  todos  al   principio. 

Y  tenía  váaóu  el  depotente,  lo  que  prueba,  otra  vez,  oon 
la  más  gráfica  de  las  elocuencias,  que  donde  menos  se  es- 
pera salta  ana  enseñanza  útil,  7  que  hasta  un  antomedonte 
borracho   consuetudinario,  también  alcanza    oportooidades    de 


DE8DB    WASBIMOTOV  153 

liacer  cátedra  y  de  ilustrar  á  neófitos.  Enseguida  me  de- 
tove,  largo  rato^  en  el  extremo  derecho  de  la  isla,  á  fin  de 
obeervar  el  escalón  americano  de  las  cataratas^  7  ja  empece 
á  sentirme  avergonzado  de  mis  primeras  manifestaciones. 
¡Qué  altanería,  qoé  cóleras,  que  pnjanzal  8e  me  cayeron 
del  todo  los  anteojos  ahumados  cuando,  parado  en  el  vértice 
de  Prospect  Point,  frente  á  las  murallas  de  granito  que  cas- 
tiga el  torrente,  pude  hacer  la  síntesis  visual  de  tanta  ma* 
gestad.  ¡Grandioso!  Para  borrar  el  recuerdo  de  mi  pecado 
estético  invité  á  mi  desinteresado  conocido  del  pescante  á  to^ 
mar  una  crema  helada,  sin  acordarme  del  expresivo  argu- 
mento que  formulaban  las  chapas  coloradotas  de  sus  meji- 
llas. Rectificado  el  error,  á  tiempo,  saldé  mis  dos  cuentas,  la 
espiritual  y  la  espiritosa,  alojándome,  sin  saber  yo  mismo 
hasta  cuando,  en  un  hotel  inmediato.  Las  dominaciones 
verdaderas  avanzan  despacio  y  yo  me  sentía  ya  bajo  el  im- 
perio del  Niágara  y  deseaba  observar  de  nuevo  el  mágico 
escenario.  A  media  tarde  me  aproximé,  otra  vez,  á  la  costa 
y  ya  entonces  pude  apreciar,  en  su  justo  valor,  aquella  belle- 
za, de  sello  incomparable  que,  como  las  soberbias  produc- 
ciones del  genio  clásico,  alcanza  nuevas  victorias  sobre  el 
entendimiento  cuanto  más  estudiada.  Recién  me  creí  sefior 
de  mis  facultades  y  bastante  dueño  de  mi  criterio  y  por  eso 
hasta  aquí  he  demorado  una  descripción,  que,  ya  lo  he  dicho, 
avasalla  mis  fuerzas  de  cronista.  Concíbase  el  espectáculo 
de  una  masa  líquida  colosal,  cuya  fuerza  motriz  la  calcula 
la  ingeniería  en  cinco  ó  seis  millones  de  caballos,  precipitán- 
dose, surgidora  y  vertiginosa,  por  un  estribo  de  ciento  se- 
senta pies  de  altura  y  de  más  de  diez  cuadras  de  extensión. 
Como  el  declive  del  río,  antes  de  llegar  al  obstáculo, — que 
también  el  vacío  es  una  barrera,-' se  acentúa  de  manera  muy 
notable,  el  imponente  desenlace  se  viene  dibujando  desde 
lai^  distancia  y  se  afirma  cuanta  mayor  es  la  inclinación 
de  la  gradería.  Cada  una  de  las  enormes  piedras,  tiradas 
al  ajear  por  la  naturaleza  en  la  cabecera  de  las  rápidas, 
apunta  el  origen  de  un  hervor  y,  como  á  medida  que  se 
avanza,  ellas  aumentan  en  cantidad,  cual  si  representaran  el 
rol  de  partidas  exploradoras    decalcadas  por  el   abismo,  ao- 


154  LUIS  ALBERTO  DE  BBRBERA 

BÍ080  de  salvar  á  todo  trance  el  patrimonio  de  las  que  algu- 
na vez  fueron  sus  soberanas  soledades,  y  como  la  corriente 
irreflenable  señala,  con  huella  de  rugidos  7  de  espumas,  cada 
una  de  esas  mezquinas  resistencias  opuestas  á  su  pasaje 
turbulento,  ganando  nuevos  acentos  de  locura  en  cada  hos* 
tilidad  vencida,  resulta  que  al  abrazarse  7  confundirse  todos 
los  contingentes  de  salvajes  energías,  á  cien  metros  del 
inmenso  parapeto,  saludados  por  la  música  de  clarinadas 
infernales,  se  está  en  presencia  de  un  cuadro  arrebatador 
que  sólo  encuentra  marco  digno  de  su  grandeza  empotrado 
enfcre  malezas  7  entre  peñascos.  Ya  llega  el  asaltante  á  un 
paso  del  éxito  ó  de  la  derrota.  Un  s^undo  más  7  rueda 
deshecho,  mutilado,  hasta  besar  el  fondo  de  la  horrorosa 
sepultura.  Esa  misma  fisonomía  aterradora,  cuajada  de  focos 
siniestros,  debió  tener  aquella  zanja  maldita  do  Waterloo, 
traicionera  é  insaciable,  que  tragándose  á  la  flor  de  las  ca- 
ballerías imperiales,  se  confabuló  con  Blücher  para  cambiar 
radicalmente  los  destinos  del  mundo. 

Como  sorprendidas  ante  la  existencia  inesperada  de  ese 
foso  gigantesco,  las  aguas  parecen  erguirse,  para  retroceder, 
cual  si  las  aguijoneara  el  instinto  de  las  humanas  desespe- 
raciones, pero  el  abismo  no  perdona  7  entonces  se  descuel- 
gan, frenéticas,  por  aquel  trampolín,  desafiando,  con  la  teme- 
ridad del  ataque,  la  temeridad  de  la  resistencia.  Ese  es  el 
momento  clásico  de  la  lucha,  cuando  el  espíritu,  sacudido 
por  borrascas,  se  rinde  para  admirar,  postrado,  tanta  mara- 
villa. El  vellón  blanquísimo,  tegido  en  las  rápidas  por  los 
dientes  incisivos  7  crueles  de  un  mecanismo  cu7a  maestría 
artística  no  admite  paralelo;  ese  manto  de  espumas  inmacu- 
ladas, más  puro  todavía  que  el  armiño,  que  envidiaría  el 
más  grande  de  los  re7es,  se  desmenuza,  queda  reducido  á 
polvo,  cuando  el  turbión  se  desploma,  rehaciéndose  de  nue- 
vo allá  abajo,  en  la  llanura  de  las  agufis  dominadas,  mien- 
tras sobre  las  neblinas  que  la  caída  engendra  7  que  semejan 
un  aliento,  escribe  el  sol  un  arco  iris  perfecto,  que  también 
la  creacidn  tiene  su  signo  hermoso  de  paz  7  de  miserioor- 
dia.  He  hablado  sólo  del  blanco  cuando  en  aquella  paleta 
del  mundo  todos  los  colores  fundamentales  tienen  espacio  y 


DESDE    WASHINGTON  165 

todas  las  combtnaoionés  eooiplementárias  están  representadas^ 
porque,  contemplando  al  Niágara,  se  asiste  á  la  coronación 
gloriosísima  é  infínHa  de  la  luz.  AUf  ha  puesto  ella  con  su 
cetro,  el  genio  de  la  pintura;  allí  su  capricho  hilvana  juegos 
de  efectos  prismáticos  admirables;  allí,  sobre  los  encajes  con 
que  adorna  orgullosa  su  cresta,  cada  onda  llamada  por  el 
vértigo,  traza,  al  pasar,  pinceladas  que  no  pertenecen  á  es* 
cuela  alguna  porque  son  inimitables»  Nada  entiendo  de  arte 
7,  sin  embargo,  en  ciertos  momentos  influencias  extrañas 
enardecían  á  mí  pobre  imaginación   estéril. 

Mirad  como  se  colora  de  un  precioso  rojo  ese  haz  de  aguas 
al  arquearse,  con  las  perfecciones  de  una  ceja,  sobre  la  roca 
viva;  ved,  á  la  izquierda,  un  tono  distinto  que  cualquiera  ju* 
raría  se  ha  obtenido  fundiendo  millones  de  esmeraldas;  sor- 
prended, á  la  derecha,  un  chorro  azul,  espléndido,  de  agua 
marina,  que,  atado  con  lazos  de  espuma  á  otros  chorros  azu- 
les, evoca  la  memoria  de  una  bandera  querida;  buscad,  que 
la  encontraréis,  en  aquel  joyel  inagotable,  satisfacción  á  la 
codicia  de  príncipes  y  de  artífices,  que  no  hay  ensueño  de  la 
mente  humana  que  no  tenga  engarce  sobrenatural  allí,  en  esos 
ríos  de  pedrería,  que  se  precipitan  abrazados,  como  si  qui- 
sieran ablandar  el  corazón  del  gigante  atando  á  su  cuello 
collares  infinitos  de  perlas,  de  diamantes,  de  topacios  y  de 
turquesas  montadas  sobre  rubíes.  ¿No  habrá  sido  ese  el 
asiento  elegido  por  Sntanás  para  tentar,  con  escaparate 
de  argumentos  feéricos,  la  virtud  de  la  mujer?  Hasta  la  le- 
yenda mágica  de  los  tesoros  del  Conde  de  Monte  Cristo  huye 
avergonzada  ante  esta  rivalidad.  Todos  los  talentos  del  pincel 
se  encontrarían  sin  originalidad  si  interrogaran  al  Niágara, 
pues  dcade  las  bizarrías  geniales  de  Rubens,  que  están  re- 
producidas en  proporciones  inmensas,  allft,  en  aquel  caudal  de 
aguas  bermejas,  que  posee  sombras  de  rostro  humano,  hasta 
laa  tintas  vivísimas  de  Fortuny  y  de  Villegas,  cuya  alegre 
confusión  de  claveles  rojos  y  multicolores  mantos  sevillanos, 
parece  calcada  en  estas  irisaciones  magníficas  del  frente, 
todos  los  secretos  de  las  más  atidaz  inspiración  i^  descubre, 
los  derrocha,  la  sugestiva  catarata.  Y  en  lo  hondo  del  pre- 
cipicio, cuando  la  corriente,  después  de  enterrarse  en  una  pro- 


156 

LÜM  ALBERTO  De  HEBBEBA 


fandidad  de  doscieatoí  tf  tresciento-  ^¡^ 

ficie,  todavía  r«a.o«sa,  per^Tlb«t         "'  '  '*  ""P*" 

que  también  al  líquido  un»  tJ    ^"*''"*»-Po»^ue  se  creeria 

pa«lít¡co-asi. tiZ ton^s^i  7™*  ""**.  '°  ^""^««^^  «« 
«.s.    AqueUa  pulpa,  que  seTj  JT  *''*"^''«  '«"-^-o- 
cent™  el  suelo,  ¡e  dJC  «^1  '?  í  ""*  ^*^  ««*^<i» 
bicrta  de  rancias  o^Z' Z  rfÍT^^*^*  í^^^*^  - 
cea    únitar    cuajarones    sau^iJelrs"  ^^.^Hr   ^"■ 
ora  viokceaa,  ora  granadinas,  caracterizan  tTi' "    °'^' 
tos  que  encuentnu»   nutrido    parentesco    .„  ,     f   "      "^P**^ 
ágatas     Ese  esp^t^culo  perteTceT Ls I  Is  deT  íl  '^'" 
rante  la  noche  el  teldn   no   se  corre  ZrT^  f        '•     ^"- 
recidos  por  el  contaste  de  la^  so^^  dr^  ****  ''  '""'" 
coro.^  los  altos  penachos  que   envl,:^;  ^T  ZZ  ""! 
«tío  de  la  eterna  querella.    Entonces  el  oído  La  .^^ 
cdn   lo  que  pierde  el  sentido  de   la   vist^TiSf     "**"' 
la  ribe»  se  escucha,  en  el  mayor  siJdt  la  vot^tdo"'" 
nunca  enronquecida  del  elemento.     Como   auJdos    d^^.,^ 
salvaje,  de  incitacidn  á  la  oelea    r..«1«„       *'"™08    de  jfibilo 

d»d.  ua™,  .„d»„.J„  ».J^So  i^,-^ 

c  do  ra,  mediocre  bud.  mUitor  no,  II,».  °  "  f""- 
4.«0  .o,^„„d.r,  ...0.00.,  ,„,  o,  N«j^  ¿^"1' 
8118   visitanteg,    noche  v   día     U    ^;.^  ^    esclavos  de 

e.  so,,   Vistiendo  de  orí  ^^^.r^Z'  -:f:J:;Z  Z 
al  poner  en  derrota  al  espíritu   de  las  «nieblas?     U.J^ 
«dn    magnética    que  ejeree  alcanza   intensidades  irresisüW^ 
y,  ta  ve.  pagando  tribut,.  í    esa    dominacidn   férrrTa!; 
uno  llega  hasta  el  ultimo  escaldn  de  la  plataforir'      *  ^ 
vía  no  satisfecho,  se  inclina,  casi  con  peC^rbV'la^ 
randa,    movido  por   un    anhelo   raro,    que  ^mo  I  ™     ,   ^ 
mortales,  las  glorias  inmortales  también  p;s!!r/»i.    ^  **"■" 
qae  invitan  al  fanatismo.  ^^°  fa««nac.one. 

Si  la  oratoria  tribunicia  rompe    voluntades     al    ««»♦      ^ 
~.v«*  on  .p,.»«   ^.^    ^   ^-    ^;^ 


DE8DE    WAdmilQTON  157 

de  la  víspera;  si  la  palabra  irreprochable  de  Lamartine  amanaa 
y  conquista  al  populacho  revolucionario  de    Paris^    ebrio    de 

cólera  y  orientado  por  odios  de  barricada;  si^  al  influjo  arras* 
trador  de  Castelar,  caen  instituciones  podridas  y  surje,  cual 
una  alborada  aunque  efímera^  el  ideal  de  una  república, 
¿cómo  suponer  que  esta  otra  elocuencia^  engendrada  por  el 
huracán  al  desplomarse  sobre  el  abismo,  mucho  más  po- 
tente, más  trágica,  más  próxima  al  ensueño,  multiplicada  mi- 
llones de  veces  en  la  fuerza  de  sus  bajos,  de  sus  agudos 
y  de  sus  inflexiones  épicas,  arrojada  al  oído  de  una  mu- 
chedumbre, por  la  garganta  atronadora  de  otra  muche- 
dumbre, cómo  suponer,  digo,  que  esa  elocuencia,  digna 
de  titanes,  no  arrebate  corazones  y  no  rompa  la  caja  del 
pecho  con  preces  de  admiración?  Vencidos  por  esos  atrac- 
tivos perversos,  reproduciendo  la  escena  del  débil  pajarillo 
y  de  la  víbora,  muchos  neuróticos  se  han  adelantado  á  la 
cita  inevitable,  arrojándose  al  torbellino  que,  luego  de  mace- 
rar sus  cuerpos  y  de  arrancarles  girones  de  carne  ensan- 
grentada, apenas  se  ha  dignado  escupirlos,  como  una  resaca^ 
informes  y  deshechos,  en  Jas  estribaciones  inferiores.  Días 
antes  de  mi  llegada,  una  pobre  muchacha,  dominada  por  esa 
6ÍDguIar  pasión  romántica,  buscó,  con  éxito,  el  suicidio  en 
la  sima  fragorosa.  Pocas  horas  después,  sus  restos  mutilados 
sefialaron  el  rastro  de  otro  fúnebre  naufragio.  Leí  en  los 
4iario8  de  la  localidad  que  su  familia  manifestó  á  la  poli- 
cía, como  posible  origen  de  aquella  tragedia,  el  hecho  de 
^ue  la  de^raoiada,  desde  tiempo  atrás,  venía  diciendo  que  el 
Niágara  la  llamaba  á  sí.  Pero  no  es  de  ahora  que  la  cata* 
jata  engulle  á  infelices  que  voluntariamente  se  ofrecen  de 
pasto  á  sus  apetitos  caníbales.  Cuenta  la  tradición  que 
cnando  los  indios  eran  señores  de  la  comarca,  ellos  inmola- 
ban todos  los  años  la  virgen  más  linda  de  la  tribu  arro- 
jándola, como  la  más  valiosa  ofrenda,  entre  los  tentáculos  del 
monstruo,  para  aplacar  así  sus  cóleras  despiadadas.  ¡Horri- 
ble desposorio  con  la  nadal  Agrega  la  leyend^^  que  cierta 
▼es  la  elección  sacríl^a  recayó  en  la  hqa  única  del  jefe, 
poes  8u  belleza  no  admitía  debate.  El  padre  y  e\  novio  ba- 
jaron la  cabeza  ante  la  inmensidad    de  su  infortunio;  pero  al 


158  LUI8  ALBERTO  DE  HBBREBA 

día  siguiente^  coando  la  víctimUy  prisionera  de  una  canoa, 
por  ella  sola  guiada,  emprendió  el  derrotero  de  su  martirio, 
impelida  con  la  velocidad  de  una  flecha  hacia  la  enorme 
quijada,  vieron  los  indios,  aterrados,  que  otra  barca  sp.  des- 
prendía de  la  orilla  llevando  á  un  hombre  anciano,  en  rumbo 
á  la  irremisible  perdición:  era  el  padre  de  la  infeliz  que  aca- 
taba 7  extendía  hasta  él  el  fallo  inexorable!  Desde  enton- 
ces la  superstición  suprimió  ese  homenage  al  cDios  de  las 
aguas». 

No  han  faltado  audaces  que  han  querido   gustar  el  placer 
mitológico  de  lanzarse  al  peligro,  de  rebotar  luego   sobre  las 
rompientes  y  de  referir    más    tarde,    ilesos,  las    impresiones 
recibidas  en  el  seno  de  la  vorágine.   Todos  han  cumplido  las 
dos  primeras  partes  del   arriesgado    programa   pero,  hasta  la 
fecha,  ninguno  pudo  llegar   á   la  tercera.     Un    célebre    nada- 
dor inglés  hizo  la   prueba,    veinte  años  atrás,   y  sólo    consi- 
guió aumentar  la  siniestra  estadística.     No  hace  mucho    una 
excéntrica    americana,    herméticamente    encerrada    dentro    de 
un  barril  y  en  compañía  de   su     falderillo,    se  atrevió   á    lo 
mismo:  una  nueva   cruz  en  tierra  denuncia  el  resultado    de 
esa  empresa.    ¡También  el  Nuevo  Mundo  tiene  su  roca  Tar- 
peya!     Me  contaba  el    guardián    que  él  fué    testigo  presen- 
cial  del     sacrificio    de  la    desventurada    señora  del    perrillo* 
El  barril  venía  patinando,  como   una    boya,  entre   los  borbo«- 
tones.     Cuando  el    vértigo    lo  hizo   suyo    desapareció  á    las 
miradas  de  los  espectadores  espantados.     A  los   pocos  segun- 
dos se  le  pudo  divisar,  dé  retomo  de  la   tremenda    zambu- 
llida, flotando  ai  acaso  entre  el  oleaje,  primero,  para  empren- 
der, tras  de  breve  vacilación,  ruta  matemática  hacia  el  mismo 
sitio  de  las  barrancas  de  piedra,  ya  de  todos  conocido.  ¿Ha- 
bria  a6a  vida  dentro   de   la    cárcel  de  madera?     Cuando  se 
levantaron  las  primeras  duelas   se  vio  que  la  ley  terrible   no 
admitía   excepción  y  que    el  barril    era   un    ataúd.     Blondin, 
aquel  gimnasta  francés   huésped    en  alguna    ocasión   del   Bío 
de  la  Plata,  hizo  la  proeza   de   cruzar,  de  lado   á  lado,  guar- 
dando el  equilibrio  sobre  una  cuerda  preparada  de  antemano. 
Como   si  no  fuera  bastante  el  lujo   de   su  audacia,  agregó  un 
rasgo  más  emocionante  al  esfuerzo,  cargando  sobre  sus  hom- 


DESDE    WASHINGTON  159 

bros  á  un  compañero  saltímbanqtii.  Es  el  caso  preguntarse 
caál  de  los  dos  hizo  alarde  de  más  coraje,  si  el  que  con- 
fiaba á  sns  propios  pies  la  suerte  de  su  vida  6  si  quién 
ponía  el  destino  de  la  suya,  abdicando  toda  personalidad, 
en  los  remos  de  otro. 

Quienes  han   visto  una  y  otra  cascada  afirman  que  la  del 
Iguazñ  posee  aún  mayores  encantos  que  la  del  Niágara,  Todo 
puede  ser.    Por  lo  demás,  poco  nos  cueáta  aceptar  que  aque- 
lla exceda  á  ésta,  al  presente,  en  sus  atavíos,  en   la  inmen- 
sidad rústica  de  los  panoramas  y  boscajes  que   le  sirven  de 
marco.    A  pesar  de  qne  el  prodigio  jamás  perderá  su  carácter 
monumental,  porqué  el  timbre  de  su  arquitectura  impondera- 
ble está  por   encima  de    la  crítica    de   los    hombres,    pienso 
que   el  Niágara  que  dejó  extasiado  al  explorador  La  Salle  en 
1678,  debió  ser   aún  más   impresionante  que  el  Niágara  que 
nosotros  hemos  podido  conocer.    Los  detalles  dan  ó  quitan  y 
así  como  las  águilas   domesticadas  no  valen  tanto  como  las 
águilas  salvajes,  predilectas  de   la  intemperie  y  favoritas   en 
los  festines  carniceros,  casi  me  atrevo  á  decir  que  los  puen- 
tes de  fierro  que  cruza  el  ferrocarril,  y   los  pueblos  vecinos, 
cada  día    con  más    aspecto  de  ciudades,   y  los   parques  im- 
provisados en   las  riberas,  y   las  calzadas,  á  retaguardia,   de 
material,  y  el  humo  de  las  chimeneas  industriales,  y  el  pasaje 
de  los  trenvías  eléctricos;  en  una  palabra,  que  la  actitud  nerviosa 
de  los  enjambres  nacidos,  como  custodios,  en  la  inmediación, 
ha  arrancado  al  coloso   matas  enteras  de  su  melena  leonada. 
No   atino  á  explicarme  bien  pero  vosotros  entendéis  mi  pen-^ 
Sarniento  ¿verdad?    La  civilización,  se  dirá;  más  no  olvidéis 
que   el  Niágara,  en  su  cabal  y  clásico  concepto,  está  refiido 
con   la  civilización;  que  aquél  encarna  el  señorío   bárbaro  de 
las  soledades  y  que  ésta  tiene  su  símbolo  en  la  colmena;  que 
mientras   una  vive  al  calor  de  todos    los   refinamientos  el  otro 
ofrece  la  expresión  de  todos  los  desordene 3  y  de   todas  las 
inclemencias,  en  reino  de  selvas,  de  pájaros  y  de  fieras.  Pues 
precisamente,  ese  capital  de  prestigios  indefinibles,  que  ya  se 
despide  de    aquí,  existe   pletórico  y  todavía    intacto    en    las 
costas,  hasta  boy  misteriosas,  del  Alto  Paraná  y  por  eso  creo 
que  la  catarata  del  Iguazú  ofrezca  espectáculo  de  más    sil* 


160  LUIS  ALBERTO  DE  HBBRERA 

vestre  poderío,  abrazada  por  montes  inexplorados  de  palmeras 
y  presidiendo  soberana,  desde  su  lecho  de  Cleopatra,  sin  sen* 
tirse  molestada  por  un  sólo  lamento  de  locomotora,  las  ela- 
boraciones maravillosas  de  un  mundo  siniestro  y  tropical  de 
indios  bravos,  de  tigres  y  de   venenos  mortales. 

£1  Niágara,  que  parece  de  complexión  eterna,  está  tam- 
bién llamado  á  pagar  su  tributo  á  las  edades  y  á  desapa- 
recer, tragado  por  la  misma  naturaleza  que  lo  engendró  des- 
pués del  período  glacial^  treinta  y  un  mil  afios  atrás,  según 
unos,  hace  sólo  siete  mil  quinientos  años,  s^án  otros,  que 
así  es  de  contradictoria  nuestra  sabiduría!  En  efecto,  la  lucha 
de  Sísifo  jamás  se  interrumpe  y  las  aguas  rencorosas  siguen 
imperturbables  en  su  desfile  caudaloso  mordiendo,  entre  la-- 
dridos,  la  roca  negra  y  enorme  que  las  ofende.  Eoa  tarea 
tenaz  de  todas  las  horas,  de  todos  los  minutos,  sin  un  inter- 
valo, ha  concluido  por  herir,  que  hasta  la  misma  piedra  tiene 
su  talón  de  Aquiles,  y  ya  se  ha  probado  que  la  catarata 
retrocede  en  su  asiento  tres  ó  cuatro  pies  por  año,  castigada 
por  los  avances  de  una  carie  incurable.  Dentro  de  cinco 
mil  afios,  aseguran  los  profetas  de  la  ciencia,  que  el  lavaje 
centenario  habrá  conseguido  limar  hasta  en  sus  orígenes  al 
jigantesco  estribo,  y  entonces  las  aguas  del  lago  Erie,  pri- 
vadas de  esa  compuerta  natural,  cambiarán  de  cauce  y  hasta 
de  hoya,  yendo  á  aumentar  las  energías  reales  del  MississipL 
Pero  el  aire  también  presta  ayuda  en  la  campafia  destructora. 
Hasta  el  presente  no  se  había  podido  explicar,  con  acierto,  la 
causa  de  las  detonaciones  que  parten  del  fondo  del  precipi-- 
ció;  pero  en  la  actualidad  ese  secreto  está  descifrado,  atribu- 
yéndose, sin  género  de  duda,  tales  estampidos,  á  la  explosión 
del  aire  que  aprisiona  el  magnífico  torrente  y  que  una  vez 
condensado  estalla,  con  la  fuerza  de  descargas  de  artillería,  y 
ayuda  así  á  vencer. 

Mi  exposición,  tan  larga  ya,  es  sin  embargo  incompleta: 
todavía  no  me  he  detenido  á  hablaros  de  una  maravilla,  her- 
mana ó  hija  de  esta  otra,  llamada  á  producir  nna  verda- 
dera revolución  social  aquí  por  el  alcance  de  sus  proyeccio- 
nes técnicas.  E^toy  cierto  que  no  adivináis  á  donde  voy, 
pues  la  fama  del  prodigio  aún  no  se  ha  universalizado.     Se- 


DESDE    WASHINGTON  161 

fiero  al  establecimiento  motriz,  creado,  frente  al  torbellino, 
con  la  misión  estupenda  de  robarle  quinientos  cincuenta  mil 
eaballos  de  su  fncrza.  Bien  paga  la  pena  tejer  algunos  pá- 
rrafos en  honor  de  tema  tan  extraordinario.  Tierras  estas 
de  atrevimientos  7  de  asombros,  desde  tiempos  lejanos  se  ca- 
vilaba con  el  afán  de  aprovechar  la  potencia  atlética  que 
engendra  la  cascada  y  que  se  pierde  lastimosamente  en  do- 
minio de  cavernas  y  remolinos.  Se  cuenta  que  ya  en  1725 
hubo  qnien  planteó  un  molino,  servido  con  esas  impulsiones. 
Nebuloso  prolegómeno  de  un  milagro.  Muchas  voluntades  su- 
periores, atenaceadas  por  el  bravo  propósito,  fracasaron  en 
sus  proyectos  ante  las  di6eultades  de  toda  índole  que  era 
necesario  disipar.  Parecía  insensatez  querer  encadenar  al 
Niágara  en  cuyo  seno  barroso  cuajan  indomables  rebeliones. 
En  1885  el  ingeniero  Tomás  Evershed,  empujado  por  la 
misma  pasión  conquistadora,  hizo  nuevos  estudios  del  asunto 
y  fundado  en  ellos  solicitó  y  obtuvo  una  concesión  de  la 
Legislatura  de  New  York  para  abordar  la  empresa.  Tres 
años  de  propaganda  porfiada  necesitó  el  proyectista  para 
desvanecer  resistencias,  pero  al  fin,  en  18S9,  quedó  organizado 
el  sindicato  presidido  por  Pierpont  Morg;in,  William  Vander- 
bílt  y  John,  Jacob  Ástor,  trinidad  de  magos  para  quienes  ya 
el  oro,  á  fuerza  de  abundante,  no  tiene  atractivos.  Ense- 
guida se  iniciaron  las  obras  y  en  1897,  al  precio  de  diez  y 
siete  millones  de  dollars,  se  pudo  ofrecer  la  encarnación 
prtfctica  y  definitiva  del  ideal  perseguido  con  tanto  brío. 

Muchos  y   variados  problemas,  además   del  financiero,  hubo 
qae  resolver   para  alcanzar  un  resultado;  pero  el  talento,  en 
sus    manifestaciones  más    complejas,   abordó    la    solución     de 
las  difíciles  ecuaciones.     A  una  milla    y   cuarto  antes  de  las 
cataratas,    en    el    sitio  en     donde  el  río  empieza  á    desbor- 
darse,  cavóse    un    canal,  en   sentido    oblicuo  á  la    corriente, 
de  doscientos  cincuenta  pies  de  ancho,  por  doce  de   profun- 
didad    y    mil   seiscientos    de    extensión.     Ahí    se    envasa   el 
caudal  de  líquido  necesario.  La  diferencia  de  nivel  entre  este 
punto    y  el  lecho  del  Niágara  inferior  es   de  doscientos   pies, 
lo   que   equivale,  más   ó  menos,  á  una  cincuentena  de  metros; 

creo    sea  algo  más.   Para  tener  base  de  comparación    obser- 

11 


162  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

vemos  quc^    si   mal  no  rcouerdo,   la  torre   príacipal  de  núes 
tra   Catedral,  que   nos  parece  y  es  altísima,  mide  sólo  treinta 
y   seis  metros.     Pues     desde    un   piso     ai   otro    piso   cae    el 
pedazo  de  río   prisionero  que  agrega    entonces,   á   bu    impul- 
sión  natural,   la   que  le  proporciona   ese  descenso   vertiginoso 
por  una  pared    á  pico.     ¿No  es  esa  una  reproducción    fíde* 
digna  de  la    catarata,    con    sus   mismos    estampidos,    con   su 
poder  y  con  sus  rebotes   macabros,   pero  m^Cs  siniestra,  toda- 
vía, porque  la  escena  se     desarrolla    en   una     catacumba,  en 
reino  de    murciélagos,  sin   sol   y  sin  panorama?     Lias    aguas, 
una   vez    desfloradas,   perdida  su     vitalidad,    van   á   reunirse, 
como  desperdicios,   á  la  corriente    madre,    para   rodar  luego, 
vencidas    y    liumilladas,    basta    el    lago    Ontario    y     desago- 
tarse más  tarde  en  el    océano  por   ese  río  San    Lorenzo  que 
las   recoge   cual   un    embudo.     Evaporadas   en  la   inmensidad 
ellas   volverán  á  fertilizar,   mañana,   las    campañas   y   á   con- 
fundirse, después  de   cumplida  su   misión  reparadora,  en  una 
linfa    riente   y  cristalina  que  ya  ha   recuperado   las    fuerzas 
arrebatadas,  como  si  al  coronar  las  cumbres  del  cielo  hubíe* 
ran  obtenido    una    purificación  y   el  premio   de    mágicos  es- 
tímulos. 

¡La  eterna  metamorfosis  y   la   eterna  victoria  final!   Medi- 
temos ahora  sobre  cuál  debe  ser  la  capacidad  de  la  garganta 
subterránea  que  sirve  de  desahogo  artificial.  Ese  túnel  tiene 
casi  dos  millas  de   largo  por  trescientos  ochenta   y  seis  pi^ 
de  circunferencia.    Su  declive  es  tal,  que  una  astilla  arrojada 
én  la  embocadura  recorre  todo  su    trayecto  con    rapidez  de 
relámpago.    Pero  el  comentario    perdería  parte   de   su  acento 
admirativo  si  no  insistiéramos  en  el  mérito  de  esa  construc- 
ción que,  como  digo,  abarca  un   radio  aproximado  de  veinte 
cuadras   á  una  profundidad  de  50   metros    largos.    Aprecíese 
las  proporciones  colosales   de   ese  trabajo,  emprendido  en  las 
entrañas   de  la  tierra,  y   calcúlense  las  energías  sobrehumanas 
que  él  ha  demandado  para  llevarse  á  término.    Muchas  vidas 
costó  el  temerario  esfuerzo,  que  no  impunemente  se  horada 
la  roca  y  se  interrumpe  en   su  sueño  de  muerte  á  todo   un 
período  geológico.   ¡Qué   arteria!    En    el  orden  de    la  teoría 
científica  las  dos  principales  cuestiones  que  necesitó  resolver 


DESDE    WASHINGTOH  163 

la  compañía  explotadora  fueron  las  que  se  referían  al  des^ 
arrollo  del  poder  arrancado  al  torrente  7  á  su  apropiada  tras- 
misión con  fines  industriales.  Para  solucionar  el  primer  pro- 
blema se  abrió  un  gran  concurso  en  Londres.  Entre  veinte 
proyectos,  emanados  de  los  primeros  ingenieros  de  Europa,  se 
aceptó  el  sometido  al  examen  por  los  profesores  genoveses 
Faesch  y  Piccard,  quienes  presentaron  el  boceto  de  una  tur- 
bina perfeccionada,  capaz  de  producir  una  potencia  de  cinco 
mil  caballos.  En  cuanto  al  segundo  punto,  después  de  un 
cuidadoso  estudio  de  los  diferentes  métodos  de  trasmisión, 
por  alambre,  por  aire  comprimido,  por  cañerías  hidráulicas  y 
por  la  electricidad,  se  optó  por  el  último  de  los  menciona- 
dos  sistemas,  utilizándose,  al  efecto,  dinamos  de  corriente  alter- 
nativa. Aunque  el  asunto  excita  el  interés,  hasta  de  los  pro- 
fanos, no  avanzaré  por  este  rumbo,  pues  detesto  hablar  de 
cosas  tan  serias  cuando  estoy  tan   lejos  de  dominarlas. 

Sólo   me  he  limitado  á   dibujar  consideraciones  fáciles    so- 
bre esas  victorias  del   saber. 

En  el  deseo  de  dar  fé  de  la  magnitud  del  establecimiento, 
lo  recorrí.     Ya  antes  de  ahora  me  he    ocupado  de  esos  edi- 
ficios gigantes    de  New   York,  que   disputan    elevación   á  los 
más   altaneros   monumentos;   en   esta   opoitunidad   debo   refe- 
rirme á  construcciones,  también  enormes,  pero  que  añaden  á 
ese   mérito  la    característica   de    desdoblarse   para   abajo,   en 
condición  cada  vez  más  subterránea,  cual   si  pretendieran  re- 
cslinar   su    cabeza  en    las  últimas    capas   del  suelo  primitivo. 
Knseguida    abonaré   la   veracidad  de   tan    raras  afirmaciones. 
La  casa  matriz  consta  de  diez  pisos,    dispuestos  bajo  tierra, 
qne  no  por  estar  en  esa  singular  condición  dejan  de  ser  có% 
modos  y   espaciosísimos.     En  instantes  el  ascensor  nos  puso 
al  nivel  del  más  lejano  de  los   espléndidos  zótanos.     Alzando 
la   vista  desde  allí,  y  colocados  á  respetuosa  distancia,  pu- 
dimos apreciar  el  espectáculo  que   ofrece  ese  ramal  del  Niá- 
gara, al  precipitarse,  enfrenado  por  la  inteligencia,  entre  chas* 
qaidos  y  torbellinos.     Este  espectáculo  complementario  deben 
exigirlo    todos    los    touristas,  como  parte    esencial    del   regio 
programa.     Oprime   el  espíritu   y  casi  acongoja   ver  el    des- 
eenao  rabioso,  perpetuamente  acompañado  de  truenos,  de  masa 


164  LUIS  ALBERTO  DE  HEBRERA 

taa  considerable  de  agiia  por  un  conducto  que  más  semeja 
una  grieta.  Los  focos  de  luz  eléctrica,  aquí  y  allá,  apenas 
abren  brecha  en  la  oscuridad.  Sus  pupilas  incandescentes 
más  bien  parecieran  una  simple  abotonadura  de  fuego,  llamada 
á  sostener  los  pliegues  fantásticos  de  un  manto  de  tinieblas 
y  de  crespones.  A  instancias  del  empleado  me  asomé  al  bo- 
quete, á  fin  de  ver  el  canal  que  da  desahogo  á  la  masa  des- 
plomada y  ya  servida. 

Todo  aquello    despertaba    impresiones    de    capricho  mons- 
truoso y  podía  ser  cantado,   en  estrofas   neurasténicas^  por  la 
lira  de   esos  grandes    enfermos   que  se    llaman    poetas  deca- 
dentes.  Yo   mismo  llegué  á   pensar  que  hacia    acto   de  pre- 
sencia en   los  funerales  del    otrora    irreductible  Niágara;   que 
aquellas    paredes    de    granito,    tapizadas,     por    si   acaso,    de 
portlamlf  representaban  una   caja  funeraria    inmensa;  que   las 
luces,  esparcidas  en  líneas  paralelas,  amarillas  y  lívidas,  eran 
hachones  encajados   en    candelabros  de  sombras;   que  las  es- 
pumas hacían    de  flores:  canastas  y  canastas  de  lirios    echa- 
das  á  los  pies  do   la  virginidad  violada;  que  el  difunto  estaba 
encarnado  allí,    en  aquella  mole  de  extremidades   engrilladas; 
tétrica  y  de  contacto   pegajoso,  como   la  piel  de  la  serpiente f 
y  frío,  como  la  piel  de  los   muertos;  que   mi  acompañante   y 
yo,  y  esos  centenares  de  operarios  dispersos  por  los  distintos 
escalones    de    tierra,    cuyas    voces    llegaban   hasta    nosotros 
amortiguadas    y    confusas,    éramos    los   doloridos,  éramos  los 
deudos    que   murmurábamos  la    última  plegaria    por  el    alma 
del   ser  ausente;  y  que   los  ecos  sinfónicos  que   subían  desde 
el  fondo,  entre  blandones,   como  heraldos  de   una  catástrofe, 
venían   del    coro    de    la    enlutada    basílica,   confundidos     los 
cánticos   arrobadores   de  la  religión  con   las   notas    recias   de 
un  órgano  incomparablo,  enterrado  en   el   mismo    corazón    de 
la  piedra.     Cuando    subimos   y  salí    de    aquella    cárcel,     que 
hubiera  espantado   aun  al  feudalismo   de   Luis   el  Onceno,     y 
pude  divisar   de   nuevo  los   campos,    bañados  por    las   clari- 
dades tibias  de   un  sol   primaveral,  respiré  más   á  gusto,    que 
un  instinto  superior   aparta  al    espíritu  de  lo  tenebroso.  • 
.    Había,  pues,  conocido,  en   cierto   concepto,  el  anverso  y    el 
reverso   de  la   medalla.     Como  ocurre   en   esos   museos   popu- 


D88DB    WASHIHOTOH  165 

lares  de  figuras  de  cera,  janto  á  impresiones  amables  tuve 
cuadros  desoladores.  Porque  el  Niágara  de  arriba  es  la 
vida^  con  todos  sus  esplendorosos  atributos,  y  el  Niágara  de 
abajo  evoca  á  la  muerte,  con  todos  sus  hielos;  aquél,  que 
consagra  el  triunfo  de  )a  luz,  demanda  un  himno  de  glorifi- 
caciones, y  éste,  que  apunta  las  victorias  de  las  tinieblas, 
pide,  como  las  sepulturas,  un  epitafio;  los  dos  son  prodi- 
gios, pero,  mientras  en  el  uno,  la  naturaleza  canta,  con  voz 
de  bronce,  sus  alegrías  infinitas,  parece  que  en  el  otro,  ella 
llora  sus  desventuras;  allá,  se  está  en  una  mazmorra  y,  aquí 
entre  cumbres,  se  sueña  con  aureolas;  la  libertad  ruge  allá, 
y,  aquí,  esa  misma  libertad  gime  cuando  el  Niágara  superior 
rompe  sus  cristales  contra  las  rocas  que  le  estorban  su  ca- 
mino. Sus  cóleras  desatadas  poseen  el  timbre  de  los  ca- 
ñones y  se  piensa  que  así  con  esa  estrepitosa  energía,  debe 
hablar  á  los  tiempos  futuros  el  darin  de  la  Fama;  pero  cuando 
el  Niágara  subterráneo  rueda  y  cae,  también  furioso,  sobre 
el  acero  de  las  maquinarías,  dijérase  que  se  oye  el  repicar 
de  mil  campanas  y  se  piensa  que  el  conjunto  de  esa  escena 
podría  servir  de  recurso  para  imponer  á  los  espíritus  débiles 
con  la  visión  imaginaria  del  imaginario  purgatorio;  y,  final- 
mente, á  la  margen  del  uno,  la  memoria,  regocijada,  nos  trac 
reminiscencias  de  jubiler>,  y  la  justicia  nos  susurra  al  oído 
que  esa  grandeza  física  debiera  montar  guardia  en  las  tum- 
bas que  evocan,  como  un  relicario,  el  nombre  de  las  gi*an- 
dcsas  humanas;  á  la  margen  del  otro,  esa  misma  memoria 
se  despierta  bajo  el  sobresalto,  entre  apariciones  de  espec- 
tros, y  empaña  la  mente  el  recuerdo  de  patíbulos  y  de  su- 
plicios inquisitoriales. 

La  casa  matriz  á  que  he  referido  abre  para  la  población 
de  Nii^ara  Falls  un  porvenir  lleno  de  prosperidades.  La 
estadística  cnenta  que  hace  ocho  años  ese  pueblo  sólo  alcan- 
zaba á  diez  mil  habitantes;  en  la  actualidad  son  veinte  y 
cinco  mil  sus  moradores.  Comentando  el  crecimiento  de  las 
ciadades.  manufactureras,  se  ha  llegado  á  establecer  que  cada 
caballo  de  fuerza,  aplicado  á  propósitos  industriales,  reprcr 
senta  cinco  nuevos  individuos  adheridos  al  núcleo.  Con  este 
dato   por   base   se  dice    que,   cuando    se   obtenga    el   medio 


166^  LUIS  ALBBBTO  I>£  HERRERA 

milMn  dé  caballos,  límite  de  la  concesión^  entonces  NMgara' 
Falls  extenderá  el  hormiguero  de  sus  barrios,  desde  lago  á 
lago;  la  actual  ciudad  de  Báffalo  será  un  apéndice,  un 
Brooklyn,  de  esta  nueva  New  York;  y  tres  millones,  apro- 
ximados, de  hombres,  vivirán  holgadamente  al  pie  del  coloso 
y  á  sus  expensas.  Apesar  de  las  sorprendentes  evoluciones 
de  este  medio,  creo  que  tal  fenómeno  no  lo  veremos  nos- 
otros, aún  en  el  supuesto  falso  do  qne  lleguemos  á  abuelitos» 
Pero  nadie  puede  negar  que  Niágara  Falls  dispone,  ya  hoy,  de 
venturosos  horizontes,  gracias  á  la  magna  empresa  implantada 
en  sus  cercanías,  y  que  ella  aprovecha  aquella  eficaz  impul- 
sión artificial  de  las  aguas,  como  una  barca  en  plena  cor- 
riente favorable.  Por  lo  demás,  soplan  vientos  beneficiosos 
para  todos  allí  pues  la  sociedad  Morgan  y  C*  obtiene 
pingües  ganancias  con  su  atrevido  negocio. 

En  efecto,  ella  ofrece,  en  la  actualidad,  á  la  demanda  el 
poder  eléctrico  necesario  para  el  funcionamiento  industrial  á 
precios  cuya  baratura  no  admite  competencia.  £1  caballo  de 
fuerza  que  la  empresa,  debido  á  su  enorme  producción,  vende 
á  veinte  dollars  por  día,  cuesta  cantidad  duplicada  obtenido 
con  instalaciones  particulares.  Entonces  no  debe  causar  es- 
trañeza saber  que  ya  no  se  da  abasto  á  las  exigencias  del 
mercado.  Molinos,  trenes,  fábricas,  ferrocarriles  de  nuevo 
sistema,  puentes  modernos,  elevadores,  panaderías,  laboratorios 
químicos,  curtiembres,  fundiciones,  automóviles,  bombas,  expo- 
siciones, en  una  palabra,  todas  las  actividades  de  bulto,  bebea 
empuje  en  los  dinamos  inagotables  de  la  compañía.  E^tos 
aparatos,  alineados  en  un  salón  de  cien  metros  de  largo, 
limpios  y  brillantes  como  alhajas  y  dando  veinte  y  cinco  re-^ 
voluciones  por  segundo,  ofrecen  un  aspecto  extraño.  Por  ca- 
bles, de  millas  y  millas  de  extensión,  se  trasmiten  las  energías 
solicitadas.  Búffalo,  por  ejemplo,  distlinte  leguas  de  Niágara 
Falls,  muevo  todos  sus  servicios  públicos  aparentes  con  fuerza 
comprada  allí. 

Después  de  conocer  la  magnitud  del  despojo  me  pregunté; 
¿y  el  Niágara,  el  viejo  é  imponderable  Niágara,  no  sufrirá 
detrimento  con  esa  herida  abierta,  como  un  lanzase,  en  su 
flanco    y    con  la    succión    constante  de   la   casa  matriz  que 


DESDE     WASHINGTON  167 

le  robaí  noche  y  mañana,  con  angurrias  de  ventosa,  parte 
de  sus  soberbias  energías?  He  oido  decir  que  no  existe 
tal  peligro,  primero,  porque  teniendo  presente  tan  remota 
probabilidad  la  legislatura  que  autorizó  la  concesión  puso 
firme  frontera  á  cualquier  tentativa  de  ensanche  del  nego- 
cio; y  después  porque  es  tanto  el  caudal  del  río  que  en 
nada  apreciable  disminuye  su  volfimen  una  sangría  del  gé- 
nero mencionado,  apesar  de  sus  audaces  proporciones.  Como 
al  concepto  del  Niágara  se  asocia,  fuertemente,  la  idea  de 
algo  invencible,  libre  del  alcance  de  nuestras  persecuciones 
finitas,  nada  me  cuesta  aceptar,  como  exactos,  aquellos  aser- 
tos. PerOj  á  la  vez,  pienso  que  ya  el  coloso  puede  llorar 
BU  autonomía  perdida  porque,  á  la  fecha,  una  voluntad  más 
fén'ea  que  la  suya  dispone  del  destino  del  hondo  cauce. 
Deja  de  ser  animal  salvaje  el  potro,  una  vez  ensillado,  aun- 
que luego  se  agite  enloquecido  al  contacto  del  jinete  y 
hasta  consiga  botarlo  con  un  corcovo  feliz.  Pues  al  Niá- 
gara ya  le  ha  puesto  freno,  y  freno  mulero,  la  sabiduría 
utilitaria  y  fecunda  de  los  mortales.  Y,  punto  final,  por- 
que después  de  hablar  de  ese  hijo  de  Sansón  todos  los 
temas  huyen  de  mi  pensamiento  porque  todos  parecen  infi- 
nitamente pequeños! 


VIII 


Sobre  nuestro  tasajo  —  Las  dificultades  con  el  Brasil  —  La  cuestión 
en  Ouba  ~  En  busca  de  nuevos  nnercados  —  La  industria  tasa- 
jera y  los  frigoríficos  ^  Una  evolución  necesaria  ~  Considera- 
ciones generales. 


La  trascendencia  que  para  nosotros  posee  el  asunto  tasajo 
me  excusa  de  explicar  el  por  qué  de  estas  líneas.  Ellas  se- 
rsín  prosaicas  y,  á  buen  seguro,  tan  secas  como  el  célebre  y 
rico  producto  nacional  que  les  sirve  de  motivo. 

Por  lo  demás,  el  tema  reviste  palpitante  interés.  Ya  es 
llegado  el  tiempo  de  que,  sin  renegar  de  las  flores,  nos 
ocupemos,  como  de  algo  muy  fundamental,  de  nuestras  ove- 
jas y  de  nuestras  vaquitas,  cuyo  recuerdo  no  estií  reñido  con 
la  poesía  característica  del  siglo,  cuando  el  contingente  pre- 
cioso de  sus  cueros,  de  su  sebo,  de  su  lana  y  de  sus  ha- 
choras,  arroja  oro  en  las  cajas  de  la  nación  y,  llevado  al 
exterior  por  las  corrientes  comerciales,  divulga  la  fama  de 
nuestras  energías  activas,  más  allá  de  las  fronteras.  En  cues- 
tión de  negocios  no  tiene  cabida  el  romanticismo  de  los  ena- 
morados, que  ven  lindas  las  caras  femeninas  al  través  del 
lente  de  su  pasión,  según  dicen.  Las  estadísticas  y  los  ba- 
lances, cuando  favorables,  decretan  bellezas  públicas,  insupe- 
rables por  lo  expresivas.  Todos  coincidimos  en  conceder  que 
el  chancho,  el  más  ídem  do  los  cuadrápedos,  provoca  ex* 
pontáneas  prevenciones.  Pues  el  Canadá,  exportando  su  to- 
cino y  excelentes  jamones,  ha  creado  una  nueva  y  podero- 
sísima corriente  de  rentan,   al  punto  de   que    el   mismo  Buey 


170  LÜI8  ALBERTO  DS  UERBÉBA 

Apis    sagrado   vería    con    celos  como  se   les  lava^   cepilla  y 
complace  allá  en   todos  sus  caprichos  de  brutos   importantes. 

Las  recientes  dificultades    tasajeras  con  el   Brasil  han  re- 
abierto,   otra    vez,  un  viejo   debate,  que   tampoco  se    cerrará 
ahora,    porque    para    persistir   él   tiene   la   misma    razón    que 
presentan    las    heridas    mal   curadas   para   no    cicatrizar.     El 
mencionado   país  no  puede,  en   manera  alguna,  prescindir  de 
las  carnes  saladas  orientales,  que  constituyen  el   alimento  im- 
puesto de  las  clases  populares.     A  no  mediar  el  imperio  de 
esa  necesidad  indiscutible,  ya  antes  de  ahora  se  habrian  creado 
derechos  prohibicionistas. sangrientos.     A  pesar  de  las  exigen» 
cias  de    la  demanda,  en  más  de  una  oportunidad    se  ha  in- 
tentado castigar  á  nuestra  exportación  buscando  pretextos  sin 
arraigo  sensato.     Colazos,  entre  otras   cosas,  del   contrabando 
fronterizo  que  señala  la  última  y   refinada  instancia  del    se- 
cular  pleito  mameluco,  presentado  hoy,  felizmente,  en  condi- 
ciones invertidas,  y  también  de  ese  nuestro  comercio  de  trán- 
sito, que  tantas  desesperaciones  fiscales  levanta  del  otro  lado 
de  la  divisoria.     Pero,  por  fortuna,  como  acabamos  de  verlo 
en    las   dificultades   recién   zanjadas,   en    el    seno  del    mismo 
mercado  atacante   contamos   con  un   aliado  formidable  cuyas 
reclamaciones  concluyen  por  imponerse.     Esa  influencia,   tan 
decisiva,  la   representan    los    pobres,  los   consumidores  braai^ 
leros,  que   nada   entienden  ni  quieren  entender  de   las    dife- 
rencias de  tarifas,  y  que  protestan,  con  calor,  cuando  se  lea 
encarece  arbitrariamente   el   costo  de   artículos  indispensables 
y  sin  posible  reemplazo.     De  manera  que  siempre  se  ha  ce«> 
dido,  hasta  la    fecha,   no  en  homenaje   á    nuestros   intereses^ 
que  se  quisiera  perjudicar  en  serio,  por  vía  de  represalia  con- 
siderada merecida,   pero  sí    prestando   acatamiento  al  clamor 
público.     Más  intensas   que  las  zozobras    de  los   saladeriataa 
montevideanos   fueron   en    el   pasado    conflicto   las    angustias 
económicas  en  la  república  vecina,  reflejadas,  á  diario,  en  lag 
columnas  editoriales  de  la  prensa  fluminense.    ¿El  transitorio 
triunfo    de    hoy    debe    de    adormecer    nuestras    previsiones? 
Desde  hace  muchos  años   está  planteada  la   ardua    cuestión, 
siempre  postergada  y  nunca  resuelta. 

£n  1887  se   sostuvo  que  las  carnea  aertÍRn  de  vehíealo  á 


DESDE    WASHINGTON  171 

los  gérmenes  epidémicos  y  se  necesitó  el  esfuerzo  extraordi- 
nario de  una  misión  diplomática  especial  para  romper  las 
tenacidades  de  tal  absurdo.  £n  1902,  después  de  mil  gue- 
rrillas aduaneras  y  de  renovadas  astucias^  se  hace  hincapié  en 
los  términos  de  una  redacción  parlamentaria,  que  no  eran 
confusos,  y  cuando  semejante  estorbo  desaparece  se  crea  un 
sustítutívo  apropiado^  observando  las  arpilleras  que  sirven  para 
el  embalaje  de  los  fardos.  ¡Escolástica  pura!  Es,  pues,  evi- 
dente, que  el  Brasil  nos  tira  al  codillo  en  esta  materia  en 
lo  que  hace,  por  otra  parte,  muy  bien,  si  lo  exigen  sus 
intereses,  que  así  son  de  irreductibles  y  desniadadas  las  con- 
veniencias comerciales.  Constatado  ese  hecho,  cuya  mejor 
demostración  se  recoge  con  el  simple  estudio  de  los  aconte- 
cimientos, creemos  innecesario  insistir  en  que,  si  no  se  nos 
ha  mordido  eficazmente  hasta  el  presente,  ha  sido  por  la 
razón  sencillísima  de  que  al  hacerlo  asf  se  corría  peligro  de 
hincar  el   diente  en  la   propia  lengua. 

Afirmada  esta  té^sis,  surjen  varias  interrogaciones  lógicas. 
¿Saldremos  vencedores  en  esos  tiroteos  de  cancillería?  Pen- 
samos que  no.  El  Brasil,  que  tiene  plena  conciencia  de  que 
sus  consumos  nos  son  preciosos  en  la  actualidad  y  de  que 
uti  pequeño  aumento  dq  derechos  sobre  nuestras  importaciones 
obraría  con  energías  de  torniquete  sobre  el  vecino,  no  aban- 
dona, como  es  natural,  la  perspectiva  de  esa  fecunda  satis- 
facción. El  Brasil,  que  por  tantos  lustros  ha  ejercido  sobre 
Doaotros  autoridad  incontrastable  de  tutor,  sueña  con  repro- 
dactr,  en  el  orden  económico,  ese  cuadro  de  encantadora 
preponderancia,  ya  que  el  curso  airado  de  los  sucesos  lo  ha 
hecho  imposible  en  el  orden  político.  El  Brasil,  que  sabe 
oomo  se  le  despoja  impunemente  en  la  frontera  terrestre  y 
eoo^o  se  inunda  el  territorio  de  Río  Grande  de  mercaderías 
qae  entran  al  país  sin  dejar  una  sola  gota  metálica  en  sus 
aduanas,  no  puede  olvidar  este  perjuicio  que  se  le  infiere  y 
se  preocupa  de  devolverlo,  sin  detenerse  á  pensar  hasta  dón- 
de  sea  esto  íHtimo  justo. 

La  nación  amiga,  pues,  se    viene  acomodando  para  luchar 
ea   forma  eficiente  y^á  tal   fin    van  dirigidas    las  escaramu- 
de  la  ^ctuülidáíd*.    Pero,  como  queda   dicho,   nada  deci- 


173  LUIS  ALBEKDa  DE  HERRERA 

bívo  puede  alcansarse  mientras  el  tasajo  oriental  sea  elemento 
único  de  la  alimentación  de  las  clases  inferiores.  Iniciando 
ese  deshanque^  que  vendrá,  se  han  dado  las  mayores  fadli- 
dades  á  los  saladeros  ríograndenses,  para  estfdileoer  la  com- 
petencia al  producto  extranjero  con  el  producto  elaborado  en 
la  propia  casa.  Esa  provincia  del  sur  es  más  grande  y  más 
poblada  que  nuestro  país  y  sus  ganadoa,  aunque  inferiores 
á  los  nuestros,  son  excelentes.  En  el  mejor  de  los  casos, 
ese  concurso  interno  concluirá  por  reducir  de  manera  nota- 
ble la  importación  de  las  carnes  uruguayas.  Pero  esto  no 
es  todo;  la  cría  de  ganados  se  ha  abordado  con  ver- 
dadero éxito  en  Minas  Ueraes  y  también  en  las  pla- 
nicies de  Matto  Grosso.  El  gobierno  central,  penetrado  de 
la  importancia  de  tales  esfuerzos,  le  presta  apoyo  incondi- 
cional y  ya  en  Rio  Janeiro,  me  decía  dias  pasados  un  dis- 
tinguido ingeniero  brasilero,  se  empieza  á  preferir  aquella 
oferta  nacional,  que  será  incontrastable  cuando  quede  defi- 
nitivamente resuelto  el  problema,  ya  abordado,  de  las  comu- 
nicaciones interiores  rápidas  con  la  metrópoli.  Entonces, 
¿qué  ocurrirá,  en  tiempo  más  ó  menos  próximo?  No  ce 
precisa  poseer  capacidades  de  estadista  para  afirmar  que  el 
porvenir  de  nuestro  tasajo,  en  la  plaza  referida,  no  presenta 
caracteres  halagüeños  y  que,  de  manera  paulatina  pero  sos- 
tenida, irán  disminuyendo  nuestras  exportaciones  en  aquel 
rumbo.  Merece  la  pena  de  preocuparnos  semejante  proba- 
bilidad cuando  ella,  cumplida,  vendría  á  herir  en  sus  mis- 
mos ganglios  á  la  más  potente  de  nuestras  poco  numerosas 
riquezas,  á  la  que  sirve  de  pedestal  al  bienestar  de  la  inmen- 
sa mayoría  de   nuestros  conciudadanos. 

No  se  diga  que  nuestro  fuerte  consumo  de  yerba,  fariña, 
etc.,  levanta  barreras  á  cualquier  tentativa  de  hostilidades 
vecinas,  cuando  la  enorme  potencia  productora  del  Brasil  le 
permite  lanzarse  á  tales  aventuras  y  sufrir  trastornos  mo- 
mentáneos, que  nosotros  no  podríamos  soportar,  dada  la  des- 
proporción de  fuerzas  litigantes.  Por  eso  hemos  afirmado 
que  alguna  vez  será  la  vencida;  que  alguna  vez,  afianzadas 
las  posiciones,  quitado  al  tasajo   el  carádter  de  indispensable 


DBSDE     WASHINGTON  173 

que  hoy  tiene,  se  implantará    todo   un    sistema  de  cortapisas 
severas  é  inquebrantables. 

¿Debemos  esperar  á  entonces  para  ox^nizar  la  defensiva? 
Una  ley  elemental  en  la  lucha  por  la  vida,  dictada  por  el 
propio  instinto,  ordena  lo  contrarío.  ¡Cuanto  importa  tender 
líneas  preventivas  al  peligro  y  recibirlo,  ein  sorpresa,  con  el 
escudo  ya  pronto!  ¿Conviene  á  nuestro  país  sor  tributario 
comercial,  tan  obligado,  de  las  potencias  limítrofes?  La  in« 
dependencia  de  las  naciones  tiene  su  fé  de  bautismo  en  las 
grandes  epopeyas  libertadoras  en  hechos  honrosos,  declara- 
dos y  reconocidos,  y  encuentra  su  confirmación  en  los  tra- 
tados; pero  ella  se  escribe,  en  forma  más  eficaz  que  sobre  el 
papel,  en  las  costumbres,  en  las  preferencias,  en  los  ideales 
de  los  nuevos  asociados.  El  mejor  fundamento  de  la  auto- 
nomía política,  arranca  de  la  autonomía  financiera,  y  del 
mismo  modo  que  no  es  completamente  libro,  aunque  lo  pa- 
rezca, el  individuo  que  para  gastar  necesita  recurrir  al  favor 
de  sus  amigos,  sufren  menoscabo  en  sus  agitaciones  externas 
las  sociedades  que  piden  eje  para  su  desarrollo  á  las  con- 
sideraciones, siempre  molestas  é  hipotecarias,  de  los  núcleos 
próximos.  En  la  vida  colectiva,  tanto  como  en  la  vida  pri- 
vada, nada  liay  más  enojoso  que  las  cortesías,  con  interés 
compuesto,  de  barrio. 

No  cabe  duda  de  que  la  fórmula  más  acabada  de  la  feli. 
cídad  consiste  en  precisar,  lo  menos  posible,  de  los  demás,  y 
esto,  que  invocando  altruismos,  provocaría  discusiones  en  el 
concepto  particular,  posee  fuerza  de  teorema  cuando  se  trata 
de  los  Estados.  Ahí  está  palpable  el  ejemplo  de  Inglaterra. 
Queriendo  aplastar  á  la  impertérrita  enemiga,  Napoleón  I, 
que  hasta  en  sus  venganzas  era  un  atleta,  cerró  á  su  co- 
mercio las  puertas  del  continente,  creyendo  anonadarla  con 
este  decreto  de  expulsión.  Venciendo  las  dificultades  natu- 
rales del  momento  histórico,  las  Islas  Británicas  buscaron 
nuevas  y  mejores  plazas  de  desahogo  para  sus  producciones 
y,  obligadas  á  prescindir  de  la  industria  extranjera  para  llenar 
sus  necesidades,  dieron  colosal  incremento  á  la  propia  manu- 
factura. Ahí  están  los  frutos  contraproducentes  del  rudo 
ataque:  Inglaterra,  engarzada  entre  las  olas,  no  exige  la  buena 


174  LUIS  ALBERTO  DE   HERRERA 

voluntad  de  las  potencias  rivales  para  prosperar  y,  con  cer- 
teza^ más  precisan  de  ella  las  demás  que  de  las  demás,  ella. 
¡Britannia  rules  the  waves!  El  Uruguay,  que  desde  la  época 
i^endaria  de  Artigas  hizo  sentir  á  tantas  ambiciones  adve- 
nedizas el  escarmiento  de  las  cóleras  patrióticas,  jamás  ten- 
drá que  preocuparse  de  discutir,  otra  vez,  sus  fronteras 
territoriales,  porque  ellas  son  tan  firm&s  como  nuestros  desti- 
nos y  tienen  su  mejor  marco  en  el  espíritu  fuerte  de  una  raza 
varonil  é  imperecedera,  á  pesar  de  que  divulguen  lo  contrario 
por  el  exterior  ciertos  cariños  que  matan,  todavía  supuestos 
paternales  por  algunos  ingenuos.  Bajo  la  faz  económica,  su 
situación  ofrece  seguridades  idénticas.  Alzado,  como  atalaya, 
en  la  entrada  de  la  más  admirable  red  fluvial  de  la  tierra, 
está  llamado  á  celebrar  sus  bodas  regias  con  el  Atlántico 
del  Sur  y  á  monopolizar  su  comercio  el  día  en  que  sea  reali- 
dad el  magnífico  puerto  de  Montevideo.  En  mérito  á  la  simi- 
litud de  producciones,  en  nada  dependemos  de  los  mercados  de 
la  Argentina,  de  la  cual  nos  separa,  y  nos  separa  hondo,  ese 
Kío  de  la  Plata,  proclamado  alguna  vez,  sin  calculada  ironía, 
vínculo  de  unión,  por  oradores  entusiesmados.  Pero  no  su- 
cede lo  mismo  con  las  plazas  brasileras,  con  las  cuales  man- 
tenemos un  intercambio  muy  poderoso  que,  hoy  por  hoy, 
tiene  importancia  vital  para  nosotros.  De  cualquier  manera 
que  se  encare  el  asunto,  á  nuestro  país  no  puede  convenirle 
esa  ligazón,  tan  exclusiva,  con  uno  de  sus  vecinos  que,  cons- 
ciente de  la  significación  trascendental  que  para  los  gana- 
deros orientales  tiene  su  demanda,  no  deja  de  darnos  sobre-^ 
saltos  de  tan  mal  gusto  como  el  que  acabamos  de  presenciar, 
tal  vez  para  hacernos  sentir,  con  el  peso  de  su  entidad, 
temores  justificados,  imitando  el  procedimiento  práctico  usado 
por  los  padres  de  familias  con   sus  hijos  calaveritas. 

Kepito  que  un  interés  permanente  de  nacionalidad  nos 
manda  arbitrar  los  medios  para  que  esta  vinculación  mer- 
cantil pierda  el  aspecto  imperativo  que  ella  exhibe  al  pre- 
sente, á  fín  de  que  no  se  reproduzca  el  espectáculo  de  solem- 
nes angustias  que  hemos  ofrecido  en  la  última  emeigencia. 
Dígase  lo  que  se  diga,  no  es  normal,  no  entraña  ventajas,  cali- 
fica serios  peligros  económicos,  ese  influjo  incontrastable  de  la 


DB8I>E    WASHINGTON  175 

plaza  consumidora  brasilera  sobre. la  plasa  expoi-tadora  orien- 
tal. Aseguran  los  diarios,  y  á  ie  que  están  en  lo  cierto,  que, 
á  pesar  de  la  diligencia  acreditada  por  nuestra  cancillería  y 
del  rápido  éxito  alcanzado,  el  referido  conflicto  ha  costado  va- 
rios millones  de  pesos  á  nuestra  fortuna  pública.  En  el  estado 
actual  de  las  cosas,  démonos  por  bien  servidos  sí  hemos  esca- 
pado de  la  guerra  con  este  sólo  perjuicio.  Aceptemos  cierta 
porción  de  pesimismo,  como  proced<)  tratándose  de  negocios 
y  preguntemos:  ¿cuál  hubiera  sido  nuestra  condición  si  el 
gobierno  brasilero  insiste  en  su  falsa  interpretación  de  la  ley, 
como  pudo  muy  bien  haberlo  hecho?  ¿Qué  recurso  adoptar 
en  situación  tan  precaria?  ¿En  alas  de  que  ayuda  milagro- 
sa hubieran  salvado  de  una  ruina  segura  nuestros  saladeristas 
y  con  ellos  los  intereses  más  eficaces  del  país?  La  mejor 
prueba  del  fondo  exacto  de  semejante  suposición  la  encon« 
tramos,  precisamente,  en  el  fastidio  que  evoca  ella  al  ser  enun- 
ciada. El  peligro  ha  pasado  por  esta  vez,  pero  merecería* 
mos  cualquier  desastre,  incurriríamos  en  insensatez  lindera 
del  crimen,  si  estas  sabias  advertencias  que  nos  dan  los 
mismos  sucesos,  fueran  desechados  como  vanas  sombras. 
Tampoco  encontramos  razón  justa  á  esas  impetraciones  qne 
dirigimos  periódicameute  al  vecino  consumidor,  si  extende- 
mos el  plano  del  horizonte.  Nuestros  agradecimientos  á  la 
joven  República,  cada  vez  que  hace  lugar  á  nuestras  peti- 
ciones, después  de  una  serie  de  rogativas  aparatosas,  nos 
produce  el  mismo  efecto  que  nos  causaría  oir  á  un  nece- 
sitado alabar  la  liberalidad  del  prestamista  que  le  adelantó 
dinero  sobre  sus  sueldos  asegurados  y  al  cinco  por  ciento 
mensual.  Claro  está  que  los  políticos  brasileros,  confir- 
mando la  fama  de  sus  históricas  habilidades,  que  tanto  tra- 
bajo nos  dieron,  en  otro  orden  de  sucesos,  antes  de  ahora, 
—  aceptan  complacidísimos  el  rol  generoso  y  agradable  que 
nuestro  entusiasmo  les  adjudica  y  se  resignan,  sin  protestas, 
á  aparecer  sacrificándose  por  nosotros  cuando,  en  esencia, 
procediendo  como  proceden,  rinden,  por  el  momento,  homenaje 
á  8U8  propias  conveniencias. 

¿Puede    faltarles    mercados    en    el   resto  del    mundo  á  las 
carnes,  sobre   todo  á  las  carnes  orientales,  superiores  en  ca- 


176  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

lidad  aún   if   las  argentinas?     En  la  actualidad  ese  producto 
es  solicitado,  con    verdadera  codicia^  de   todas  partes  y  una 
porekSn  de  factores  aliados,  que  sería  engorroso   desmenuzar, 
deorotaií   la  persistencia    de    elevados   precios.     La   situación 
de  las  clases  sociales    mejora  de    manera    sensible    en   todos 
los  extremos  del  giobo^   la  holgura  de   los   gremios    aumenta 
á  diario  y  ya  también   los  desheredados  identifican    sus  exi- 
gencias   alimenticias  con    las    del    burgués.     Ya    han  pasado, 
para  no  volver,  los  tiempos   en   que    se  carneaba  en   nuestras 
campañas  una  res,   simplemente  para  utilizar  el   cuero   y  dis- 
poner de  un  buen  matambre,  abandonándose  el  resto  de  pasto 
á  los   caranchos,  en   mérito  á    que    no  pagaba  casi   la    pena 
levantarlo.     Tanto  han   cambiado   las  cosas    que   parecen    le- 
yendas  semejantes  memorias,   tan  llenas  de    verdad.     Es  que 
el   contacto  entre  los  distintos    pueblos    se    ha    multiplicado; 
es  que   nuestro  principal   producto  se  cotiza,  con  todo  éxito, 
en   las  plazas  europeas  y,  por   mucha  que    sea  la    plétora  de 
ganados,  siempre  tendrán  ellos  precios  aceptables  en  Tablada. 
Comprendemos,  por  ejemplo,  que  el  Paraguay    conceda    sin- 
gular impoi*tancia  al  estado    de  los    negocios  argentinos  sobre 
su  yerba- mate,  pues,  tratándose  de  su  primera  fuente  de  ex- 
portación y  siendo  el  referido    un    producto  netamente  loca- 
lizado en    sus   aplicaciones,    estorbado    el    consumo  corriente 
en    los    países    limítrofes,  que    monopolizan    la  demanda,    se 
corre   riesgo  de  sufrir  perturbaciones   muy   serias   en    el   mo- 
vimiento aduanero  y,  lo    que  resulta   más   grave,    sin   medios 
á  mano    para   evitarlo.     Pero   no   apreciemos    con  el    mismo 
criterio  tímido  asuntos  tan   diversos.     Si,    en    general,    fuera 
de  aquí,  la  yerba  carece  de  uso,    juzgándose    una  extravagan- 
cia hija  del   atraso,  su    empleo  por  nosotros,  al  punto   de  que 
no  causa  extrañeza  el    cuento   repetido  bajo   variadas  formas 
todas  verdaderas,  del   europeo   que  invitado    con  un    mate,  en 
vez  de  chupar  la  bombilla,   empezó  á  batir  con  ella  el  conte- 
nido,— muy  diverso  es  el  caso  de  las  carnes  rio-platinas,  cuyo 
exacto  y  gran    valor   solo,  creo,   se   ignora  entre  nosotros. 

Como  se  verá  más  adelante,  aun  en  Estados  Unidos,  due- 
ño de  inmensas  pradcríis  que  se  extienden  desde  el  nove- 
lesco Far   West  hasta  Texas,  tiene  probabilidades   de  éxito  la 


,y    DESDE    WA8UIMOTON,  'ITtT 

importación  de  carnesi.  jd^bido  á  la  caresítía  actual  -y  soste- 
nida del  artículo..  He  conversado  ooii«. muchos  cubanos  prer 
giintándolcs  si  habían  probado  tasajo.  Para  todos  se  trata  de 
un  producto  familiar  y  >pauy  apetecido.  Montevideo  denomi- 
nan ellos  á  un  preparado  que  se  hace  con  aquél  en  los  ho^ 
gares  de  la  isla  y  qne^  aseguran,  vale  la  pena  probar.  La 
carne  posee  los  prestigios  universales  del  pan.  Detenerae;  á 
demostrarlo  asj  fuera  tan  inoficioso  como  empeñarse  en  evi-^ 
denoiar  las  excelencias  del  tri^  y  las  causas  de  su  consn* 
mo  meridiano.  A  solicitud  del  señor  cónsul  de  Sueda  y  No^^ 
rnega^  ¿no  acaba  el  señor  Ministro  de  Relaciones  Exteriores 
de  reunir  en  su  despacho  tf  nuestros  saladeristas-  para  propo* 
nerles  transacciones,  que  fueron  consideradas  ventajosas,  con 
r<^ones  perdidas  para  nosotros  en  el  otro  hemisferio,  á  loe 
setenta  grados  de  latitud  norte?  La  elocuencia  de  estos  datos, 
recogidos  al  asar,   no   puede  desconocerse. 

Sostengamos,  pues,  sin  temor  de  incurrir  en  exageraciones 
optimistas,  que  las  carnes  del  Rfo  de  la  Plata  poseen  dispu- 
tada demanda  en  el  exterior  y  que  ella  irá  en  aumento.  En- 
tonces^ ¿no  resalta  de  cuerpo  entero,  como  una  enorme 
aberración,  ese  nuestro  sometimiento  servil  á  los  mercados 
brasilerosi  ese  empeño  constante  en  correr  la  suerte  de  com- 
pradores que  ni  son  los  mejores,  ni  nos  guardan  mayores 
consideraciones,  ni  conviene  tengan  intervención  tan  activa  en 
la  elaboración  de  las  rentas  nacionales?  Debei'es  imperiosos, 
de  todo  género,  imponen  el  rompimiento  de  esa  esclavitud 
exportadom  que  agrega,  á  su  fisonomía  antipática,  el  rasgo 
odioso  de  las  abdicaciones  innecesarias  y  complacientes.  No 
vaya  á  creerse  que,  exhibida  la  fuerza  de  estas  razones  sen- 
cillas, suponemos  cuestión  facilísima  arraigar  en  la  práctica 
las  conclusiones  claras  de  las  argumentaciones  anteriores.  Toda 
innovación  exige  briosas  energías  para  imponerse  y,  muy  en 
especial,  en  un  país  dominado  todavía  por  el  espíritu  de  los 
ya  proverbiales  aplastamientos  españoles.  ¡Qué  horror,  para 
muchos,  concebir  nuevas  rutas  y  dejar  de  hacer  lo  que  se 
ha  hecho  hasta  la  fecha!  Afortunadamente  la  Cámara  de 
Diputados  ha  dado  el  ejemplo  de  las  fecundas  iniciativas  pro- 
yectando el   establecimiento  de   frigoríficos. 


12 


178  LUI8  ALBERTO  DE  HERSERA 

Ese  es,  talvez,  el  xtéia  eficaz  reearso  que  el  acierto  exije 
para  debilitar  el  monopolio  pelif^so  á  los  mercados  brasi-» 
leros.  En  efeotOi  el  sistema  de  la  salazón  ya  está  mandado 
retirar,  por  grosero  y  empírico.  Sin  mencionar  el  embarque 
de  ganados  en  pie,  utilizando  vapores  constnifdos  con  ese 
objeto  exclusivo,  existe  el  procedimiento,  ya  impuesto,  de  las 
carnes  congeladas.  Después  de  presenciar,  por  años,  ios  éxi- 
tos pingües  obtenidos  por  el  vecino  de  enfrente  con  stt 
ensayo,  nosotros  hemos  concluido  por  aceptar  el  contagio  de 
la  radical  reforma.  Una  vez  que  adquiera  arra^  la  expor- 
tación de  las  carnes  referidas,  tan  solicitadas  en  los  grandes 
centros  del  viejo  continente,  entrará  en  decidida  decadencia 
el  sistema  anticuado  de  salazón  imperante  y,  por  ende,  la 
oferta  de  tasajo  perderá  la  importancia  capital  que  todavía 
tiene.  En  esas  circunstancias  ya  no  será  arbitro  de  nuestros 
precios  el  mercado  brasilero  cuyo  consumo  considerable,  con 
todo  de  interesarnos,  no  nos  privará  del  sueño,  como  talvez 
suele  ocurrir  en  la  actualidad.  Abierto  el  camino  á  las  justas 
competencias  habrá  cesado  la  época  de  nuestros  apuros  en 
la  colocación  de  las  carnes. 

Pero  tratándose  de  mecanismo  tan  mi^no,  puede  afirmarse 
que    los    resultados   de   la   proficua   evolución   piden   tiempo 
para  alcanzar  su  bella  madurez.     Antes  de   que   los   más   de 
nuestros  hacendados  acepten  el  ejemplo  progresista  que  ofre- 
cen los  menos,  amoldándose   á    las   ideas  modernas  y  cientf^ 
fícas  de  exportación  ganadera,  pasarán   muchísimos    meses   y 
con  seguridad   años.     Los    nuevos   procedimientos  exigen   na 
cuidado  más  solícito  de  las  invernadas,  pues  han  determinado 
el  engorde,  tipo  indispensable  para  las  transacciones  externas» 
y  á  esa  nueva  etapa  de  nuestra  prosperidad  vacuna  corres- 
ponde un  concepto  distinto  al   actual  del  estanciero:  el  gran 
propietario,  lector  de  las   publicaciones   técnicas  imprescindi- 
bles, como  también   de  diarios,  capaz  de  aplicar  sabiamente 
las  leyes  de  la  selección,  de  conocer  las  calidades  genuinas  de 
los  pastos  y  de  alcanzar   el  mejoramiento  de  sus  rodeos  por 
esfuerzos  personales,  constantes  y   positivos.   Los  que  hemos 
recorrido  de   extremo  á  extremo  nuestra  campaña,   nos  damoa 
cuenta  exacta  de   la  lejanía   de  esas  hermosas  aspiraciones. 


'      UBSDJB    WA8HIKOTOM  179 

Cuando  aftn  nuestros  hombres  de  campo  no  han  aprendido 
á  plantar  un  soto  árbol  protector,  7  todavfá  en  los  establecí* 
mtentos  de  importancia  se  ignoran  los  beneficios  de  una  huer-. 
ta  para  el  uso  doméstico;  cuando,  fuera  de  ciertas  regípneSi 
encontrar  queso  6  manteca   en    los  hogares  del  interior  im- 
porta casi  un  hallazgo,   á    pesar  de  que   ahí  están  las  vacas 
pastoreando  á  media  cuadra  de  las  casas,  y  cuando  el  capri- 
cho de  las  estaciones  continda  siendo    arbitro  absoluto  é  ina- 
pelable del  bienestar  particular,  porque   todavía  no    se    sabe 
luchar  victoriosamente  contra  las  adversidades  meteorológicas- 
y  no  se  ha  ensayado  el  sistema  de'  las  irrigaciones  artificia^ 
les,  sencillo  y  ecoilómico,  que  dominante  aquí  ha  convertidd^ 
en  asientos  de  verdura  las  tierrfeis  antos  desiertas  y  calcina-* 
das  de  Arizona   y  de   la   Alte  California,   ¿cómo   creer   que 
estando  tan  distantes  de  esa  cultura  media,  tan  necesaria  para 
las  innovaciones,  hemos  de  entrar  inmediatamente  á  los  nue- 
vos dominios  del  ideal  productor?  De  manera,  pues,  que  lois 
días  de!  tasajo  no  están  contados;  aserto  que  adquiere  mayor 
éonfirinación  si  recordamos  que  las  clases  populares  del  Bra- 
sil  y  de  Cuba,  tomando  en  cuenta  la  ventajosa  baratura  re- 
lativa de  esta  oferta,  se  guardarán  muy  bien  de  permitirse  el 
consumo  de  las  carnes  congeladas,  manjar  prohibido  para  los 
desheredados.   Entonces,  salta   á  la  vista   que>  sin  desconfiar 
del  inmenso    éxito  de   la   evolución  ganadera,    ya    felizmente 
iniciada,  el  largo  plazo  reclamado  para  su   arraigo    defínitiv'o 
inpone  la  combinación  de  otros  recursos  hábiles  para  disipar 
las   dificultades  apremiantes   de  la    época   presente.  Mientras 
la  saludable  reacción,  que  alborea,  llega,  es  forzoso  arbitrar 
ótroa   medios  de  defensa,  no  sabemos  hasta  qué  punto  tran- 
sitorios. ¿Cuál  ó  cuáles  pueden  ser  ellos? — Abrir  nuevos  mer- 
cados á  nuestras  carnes  saladas,  contesta  antes  que  nosotros 
la   sensatez  del  lector.    No  tanto,   decimos  nosotros,  si  es  que 
las   tradiciones  coloniales  se   asustan   al  conocer   estos  ende-< 
moniados  ímpetus   activos.    En  caso  de  tal   desazón  y  para 
aplacarla   bastaría    con   vigorizar   las   actuales    corrientes    de 
coDsamo. 

Recién  á  esta  altura  entramos  al    comentario    de  los    pro- 
pósitos que  han  dictado  este  artículo.     El  Uruguay  vende  ta- 


180  LUIS  ALBEBTO  DE  HERRERA 

^jo  al  Brasil/ á  España  y  á  taé*  Antillas  ^qne  oitamoB  ái- 
B^uida,  en  esta  proporción  .aproximada, ¡'correspondiente  al; 
afio  pasado:  ^.        ^  ai 

Ida  de  Cuba...  360.000  quintales  ó  sea  18.000  toneladas  por  afio 
Puerto  Rico....      14  000         »     :.       »  700        >  » 

Trinidad.;....,.       4.800      .  [»  »  240        »      ;.       » 

.   Lamentamos  .no<  tener  á  mano  noticia  pi^isa^  sobre  el  con-; 
sumo  de  las  dos    potencias    arriba    citadas.     Como  dato  alia 
más  eficaz^  agregar^  >  que  de  los  informes  consulares  que  tenga 
á   la  vista,  resultaí  rque  duranlíe  el  sepiestre    fenecido    el    30 
de  Junio  ppdo,/  compró  Cuba  tasajo  por  valor  de  $  1.117.927.07 
eentósimos,  cantidad  esta    que    se   desdobla   en    $  1.037.254, 
correspondientes   al'  puerto  de  la  Habana,   y  $  80.673  al    de 
Cienfuegos.    Es,  pues,   evidente   que  las    dos  ..repúblicas  máa 
jóvenes    de    Sud    América — Brasil    y    Cuba^son   las   únicas 
plazas  del  mundo  qué'  ofrecen  demanda  considerable  á  mies- 
tras  carnes    saladas    en   él    estado    actual    del  negocio»    De- 
jando á  un  lado    los   consumos   brasileros,    pues*    nuestra  ar- 
gumentación se  dirige    prccisainente    á    prpppner   los  medioa 
conducentes  para  suavizar  esa    condición,  tan  tributaria  y  tan 
sofocante,   procede  ocuparse    de  los  aspectos  que  presenta  el 
problema  en    la    Isla.     Sostenemos  que    el   mercado    Qubano^ 
mediante  gestiones    diplom<(tiqas   atinadas,    puede    multiplicar 
para    nosotros    su    actual    importancia.     Talvez   no  todos   los 
compatriotas   que    estudian    nuestros    desarrollos    económicos, 
saben  que  nuestro    comercio    de   tasajo    con    la  perla   de   las 
Antillas  languidece,  cada  día  más,  en  vez  de  aumentar,  como 
fuera  de  presumirse.    Ese  intercambio,  que  llegó  á  represeDtar 
medio    millón  de    quintales,    ha  descendido    de   manera    tan. 
sensible   al    extremo    de    que  hoy    apenas  importa,    como    la 
hemos  visto,  360.000  quintales. 

La  elocuencia  melancólica  de  estas  cifras  excusa  todo  es- 
clarecimiento ulterior.  ¿A  qué  se  debe  tan  evidente  y  des-^ 
consolador  retroceso?  Carecemos  de  la  competencia  rigurosa? 
que  exigen  las  in^^estígaciones  de  osa  índole  para  rendir  frutos 
acertados,  pero  juzgamos  qne  no  se  necesita  ser  una  lumbrera 
para  comprender  que  uno  de  los  orígenes  serios  de  tal  de- 
rrota,  estriba  en  la  suba  de   los  derechos   á  la  caña  cabana 


.DE8DE    VrÁBOBmSlQ'ÉOV     '  iSl 

qóe  ha  pibvocádo^  de  rechaio,  otro  motivo  aplastador  con  la 
soba  de  los  derechos  á  las  carnes  orientales  importadas.  En 
ese  binomio  de  circunstancias  se  encierra  la  mayor  parte  del 
desagradable  secreto.  De  aqudlos  polvos  vienen  estos  lodos; 
aquellas  famosas  leyes  sobre  alcoholes,  que  recuerdan  los  fil- 
timos  coletazos  fiscales  de  nuestras  dacadencias  cívicas^  han 
concurrido^  no  pocO;  á  estos  perjuicios  palpables.  En  el  afán 
vergonzoso  de  favorecer  á  determinadas  personas  y  á  pre- 
texto de  amparar  industrias^  nacionales  solo  en  el  nombre,  se 
foliaron  contribuciones  proteccionistas,  dos .  lustros  atrás,  tan 
abrumadoras  para  la  competencia  extrangera  que  tanto  va- 
liera haber  atado  con  gruesas  cadenas  los  puntos  de  acceso 
de  nuestros  muelles.  El  tiempo  ha  dicho  ya  si  fueron  ven- 
tajosas para  los  intereses  permanentes  del  país  aquellas  com- 
binaciones fantásticas  y  censurables.  Nuestra  industria  de 
alcoholes  no  ha  dejado  por  un  instante  de  ser  artificial,  ella 
arrastra  la  vida  prestada  de  los  organismos  parasitarios  y  el 
bienestar  público  nada  le  debe,  ni  en  la  baratura  del  artículo, 
ni  en  demanda  de  brazos  para  su  explotación  que  ha  sido 
negativa.  En  cambio,  ahí  están  las  rentas  de  aduana  su- 
friendo mermas  constantes  é  irreductibles,  á  pesar  de  los 
esfuerzos  honorables  de  la  presente  administración;  en  cambio, 
ahí  está,  cruelmente  castigado,  el  rubro  de  nuestra  principal 
oferta. 

Dorante  la   dominación  norteamericana,   el   tasajo  ha   paga- 
«b  por  su  entrada  á  la  isla,  derechos  por    valor  de  un  30  Voy 
bastante  fuertes,  -en  verdad.  Nuestros  esfuerzos  deben  dirigir- 
se á   producir  la    hostilidad  de  esas  tarifas  prohibicionistas  y 
para    darles  el  carácter  serio  y  eficaz    que    ellos  demandan, 
para  alcanzar  algún  éxito,  se  impone  extender    hastia    la  Ha<^ 
baña,  nuestra  representación  diplomática.     Veo,  por  los  diaí- 
rios,  que  el  Ministerio   de    Relaciones   Exteriores    ha    hecho 
público  que  ^ert  fecha  2  de  Mayo  sugerí,  á  quien  corresponde 
tomar  en    cuenta   tales    observaciones,   la   idea    práctica    de 
acreditar  etí  la  nueva  República  la  legación  ya  existente  en 
'astados  Unidos  y    Méjico.    Tal  complemento,  sin  aumentii:r 
ésta   planilla  del  presupuesto,  permitida  feeolver,.  eá  un  sen- 
tido- é  en  gtro,  las  difieoltitifes  opuesta^   ¿  nuestro  tagajo,  «a 


183  LUIS  A  LBBBVO  -1>E '  RBBBEBA 

éalidad  de  represalias.  Como  es  sabido,  el  gobierno  lia 
éocontrado  oportuna  aquella  indicaoión  y  ya  sólo  se  espera 
que  Cuba  haga  conocer,  de  manera  oficiali  su  constitución 
definitiva^  para  que  nuestro  país  le  ofrezca,  con  su  salado 
diplomático,  el  testimonio  do  las  calurosas  simpatías  qae  se 
merece  ella,  la  mártir,  la  santificada,  la  heroica,  herida  en 
la  adolescencia  por  dolores  inclementes,  nueva  Cenicienta 
•del  mundo  occidental.  £^  de  lamentarse  que  la  inmensa 
distancia  que  nos  separa  de  la  patria  haya  demorado  un 
paso  de  tanto  tiltento  positivo.  Oportunidad  tan  propicia 
como  la  ofrecida  por  los  primeros  días  del  delirio  patriótico 
•realizado,  no  puede  repetirse.  ¿Qué  ambiente  más  favora- 
ble para  aproximarse  á  resultados  venturosos  que  el  decre^- 
tado  por  la  explosión  de  todos  los  sentimientos  altruistas, 
cuando  el  Parlamento  recien  inauguraba  sus  funciones  y  es- 
peraban su  voto,  confirmatorio  ó  reformista,  las  leyes  y 
reglamentos  comerciales  dejados  en  herencia  por  los  tiempos 
muertos?  Pero  no  hay  que  hacerse  ilusiones;  enfriada  la 
atmósfera  costará  obtener  todo  lo  que  necesitamos. 

No  basta  que  nuestro  tasajo  sea  popularísimo  en  la  isla, 
al  extremo  de  que  no  otra  clase  de  carne  se  come  y  usa  en 
sus  bogares.  Cuba  es  hoy  un  organismo  independiente  que 
lucha  con  formidables  dificultades  financieras;  que  sale  de 
una  guerra  desoladora;  que  debe,  y  se  apronta  á  pagarlos, 
treinta  millones  de  pesos  á  su  ejército  veterano,  que  se  lo 
merece  porque  ha  sido  libertador;  que  se  encuentra  hoy  due- 
fia  de  sus  destinos,  pero  con  sus  industrias  deprimidas;  que 
tropieza  con  la  depreciación  de  la  azficar,  que  ya  le  apareja 
angustias  mortales;  que  para  afrontar  sus  compromisos  ex- 
traordinarios sólo  cuenta  con  sus  rentas,  tan  castigadas  por 
•el  último  huracán  histórico.  ¿Pueden  esperarse  grandes  con»- 
oésiohes  de  una  situación  así  solicitada  por  obligaciones  de 
difícil  dilatoria,  si  no  se  ofrecen,  en  justa  compensación,  pro- 
l^ias  liberalidades  á  las  agenas  liberalidades?  Conteste  por 
nosotros  la  lógica.  No  se  v,encen  con  sólo  palabras  de  tAmír 
bar  las  desconfianzas  provocadas,  y  más  sencillo  fuera  abrir, 
usando  de  discursos,  una  .puerta  oerrada  i  doble  vuelta  d^ 
llave,  que  artanaarle  generosidades,  sin  precio,  á  quien  ha  l^e^ 


<      DE8DS    WASHIMOTON  16S 

tirado  eo  favor  por  causae  juetifioadas.  Imitando  al'  caracol/ 
todos  nos  recogemos  y  renunciamoB^  en  guardia,  á  las  caricias 
solares  cuando  se  nos  ataca.  Si  se  quiere  que  Cuba  mejore 
SQ  trato  con  nuestras  carnes  saladas  será  necesario  hacer  lo 
mismo  con  los  productos  sujos  que  el  Uruguay  compra. 
Como  lo  hemos  dicho,  entre  éstos  destaca  la  caña,  duramente 
gravada.  La  fórmula  del  problema  se  establece  en  estos 
términos,  ¿ha^ta  qué  grado  puede  reducir  nuestro  país  esa 
contribución  de  entrada,  sin  menoscabo  sendble  de  sus  ren- 
dimientos aduaneros,  y  hasta  dónde  será  compensada  esta 
pérdida  con  la  ganancia  de  una  mayor  exportación  tasajcni 
y  en  condiciones  más  blandas?  La  solución  recla^na  expe- 
riencia y  sólida  capacidad  comercial.  Sin  el  consejo  de  ésta, 
como  base,  todo  será  vacilante  y  empírico.  Ahí  está  el 
panto  de  arranque.  ¿Cuánto  debemos  ceder?  y,  enseguida, 
¿cuánto  debemos  pedir,  como  devolución  del  servicio?  «La 
gran  dificultad  que  probablemente  se  tocará  para  conseguir 
la  disminución  de  los  derechos  es  la  que  opondrán  nuestros 
propios  errores;  si  nosotros  cargamos  aquí  el  estupendo  im- 
puesto (entre  derechos  de  aduana  é  impuesto  interno)  de 
270  7o  sobre  la  cañsL  de  Cuba,  ¿cómo  podremos  decirles 
que  consideramos  exagerado  el  de  38  ^/o  que  ellos  cobran 
sobre  el  tasajo?»  Tomamos  este  párrafo,  de  argumentación 
contundente,  de  una  agradecida  carta  informativa  de  la  repu- 
tada firma  Peixoto,  Morales   y   C.%  de  Montevideo. 

Pero,  á  la  vez  de  proyectar  a>*reglo  de  mutua  conveniencia 
con  este  mercado  ya  adquirido,  que  vamos  en  camino  de 
perder,  debemos  aproximarnos  á  otros  muy  codiciables.  En 
todos  los  países  que  no  se  dedican  á  la  cría  ganadera  exis- 
ten probabilidades  de  negocio,  que  se  irán  acentuando.  £) 
gremio  rico  y  representativo  de  nuestros  saladeristas  debiera 
de  preocuparse,  por  cuanta  propia,  de  esos  ensayos,  en  vez 
de  poner  el  grito  en  el  cielo,  á  última  hora,  rompiendo  recién 
au  pasividad  cuando  Santa  Bárbara  estalla.  Entre  nosotrps 
domina  el  hábito,  pernicioso  é  inveterado,  de  esperarlo  todo 
de  la  entidad  gubernamental  á  la  cual  siempre  estamos  dis- 
puestos á  fulminar  con  un  j^  accuse,  sin  detenernos  á  ave- 
Tapiar   kasta    que    punto  somos  justicieros.    ¡Es   tan  fácil  j 


184  LUIS  ALBSRl^  ]>E  RBRRERA 

sobre  todo  tan  camodo  esconder  la  propia  desidia  bajo  es» 
ponjado  edredón  de  reproches!  Sí  Norte  América  lariunfa  tam- 
bién en  las  lides  del  intercambio,  el  mérito  de  ese  triunfo 
corresponde  á  las  hermosaa  energías  individualistas  de  sus 
obreros  y  fabricantes,  que  multiplican  exposiciones  manufac- 
tureras, que  tienen  sus  incansables  federaciones  corporativas, 
que  gastan  millares  de  pesos  en  propaganda,  imprimiendo 
folletos,  libros,  estadísticas  y  derramando  legiones  de  agen- 
tes viajeros  á  los  cuatro  puntos  cardinales.  El  estado 
se  limita  á  bosquejar  los  lincamientos  del  bienestar  páblico, 
mediante  la  8anci<5n  de  leyes  sabias  y  protectoras,  y  sobre 
«se  único  riel,  que  entre  nosotros  ya  existe  ancho  y  firme, 
se  desliza  la  actividad  invasora  de  estos  lebreles  del  trópico 
que  no  afirman  ciertamente  en  vano  cuando  proclaman:  irade 
foüoivs  the  flag,  6  sea,  que  el  comercio  sigue  á  su  bandera. 
¿Qué  mejor  órgano  de  indagación  exterior  que  esa  Asocia- 
•ción  Rural  del  Uruguay,  de  antecedentes  beneméritos,  á  la 
que  ya  va  llegando  la  hora  de  ser  una  verdadera  potencia 
^e  consulta  en  todo  lo  referente  á  nuestros  problemas  con- 
servadores? ¿Ó  es  que  acaso  pretenden  los  particulares,  inte- 
resados en  jugosos  negocios  particulares,  que  el  gobierno  do 
lá  nación  se  ciña  cofia  para  ser  su  nodriza  y  darles  mama- 
dera? Impónganse,  los  bolsillos  de  los  exportadores,  la  con- 
tribución de  pequeñísimos  sacrificios  y  organicen  por  su 
cuenta,  ellos,  un  servicio  completo  de  informaciones  que  lea 
permita  saber,  en  todo  momento,  ü  cómo  se  cotizan  y  en  qué 
condiciones  las  carnes  en  los  puertos  consumidores.  Siendo 
seguro  el  apoyo  del  gobierno  en  tales  empeños  ellos  tendrían 
corresponsales  gratuitos  en  todos  loa  Cónsules  de  la  llepú-. 
blica,  tí  los  cuales  podrían  consignar  las  muestras  de  carga- 
fidentos,  etc. 

Mientras '  no  se  proceda  en  esta  ó  parecida  forma  ejecu- 
tiva, no  saldremos  de  las  actuales  incertidumbres.  Las  co-^ 
lonías  europeas  ¿no  tienen  en  Montevideo  y  en  Buenos  Aires 
sus  Cámaras  de  Comercio  con  toda  independencia  del  poder 
público  de  los  rcñspéctivos  países?  Pues  el  sistema  que  pro- 
hijamos responde  á  lo  mismo  y  es  lo  mismo.  Un  caso  prácti* 
%o  de  las  defíeienciait  con  que  se  tropieza  para  toda  iniciativa 


DKBDE    WASHINGTON  185 

y  ensayO;  por  falta  de  ese  reclamado  organismo  corresponsal, 
lo  ofrecemos  el  Cónsul  General,  señor  Murguiondo  j  yo,  que, 
á  doras  penas,  hemos  podido  obtener  una  muestra  de   tasajo, 
como  vulgarmente  se  dice,  por  una  carambola,  gracias  á  que 
el  señor  Segundo  Flores,  por  incidencia,  supo  del   asunto  y 
tuvo  la  corazonada  de  prestar  ese  servicio  en  provecho   ex- 
clusivo de  terceros.     La  plaza  norteamericana  ofrece  perspec- 
tivas favorables   y  aunque  ya  esta  exposición   va  adquiriendo 
proporciones  quilométricas  y  horriblemente   pesadas,  creo  que 
no  robaré  espacio   extendiéndome    en  algunos  comentarios  al 
respecto.     Aunque  Estados  Unidos  tiene  ganados  propios,  es 
tan  enorme   la   demanda  interna  que  en  la  actualidad  no   se 
discute  que  aquéllos  no  satisfacen,  con  amplitud,  las   exigen- 
cias de   ésta.     Carecería  de  objeto  detenernos  á  enumerar  las 
circunstancias  complejas  determinantes  de  tal  escasez  y,  muy 
en  especial,  del  carácter  permanente  que  ella  tiende  á  asumir. 
Como   simple  dato,  bastará   exponer  que   un   triist,  que   tiene 
por  cimiento    calculado  seiscientos   millones  de   pesos,  mono- 
poliza ya  la  venta  de   carnes.     Este  artículo  de   primera  ne- 
cesidad alcanza,  desde  hace  muchos  meses,  precios   exhorbitan- 
tch  que  han  provocado  graves  apuros  entre  el  pueblo,  el  cual, 
«n  su  justo  enojo,  quiso  ocurrir  á  las   vías  de  hecho.     Cons- 
ciente de  la  singular  importancia    del   asunto,  el  Poder  Eje- 
cutivo Nacional  ha  estimulado  la  actividad  de  los  Fiscales  en 
sentido   de  perseguir   y  penar,    con   la  ley   en    la    mano,  los 
manejos  ilícitos  de  los  especuladores.     Pero  todo  no  pasa  do 
an  honesto  deseo  imposible  de  encarnar  en  la  práctica,  como 
está  visto.     La   libra  de  carne  regular  y  con   hueso   se  paga 
aquí   á    ocho    centesimos,    calculándose  que    esa  porción  con- 
tiene de  un  60  á  un  80  7o  de  agua.    El  tasajo  apenas  posee 
este  último   elemento,    pero  tiene    sal.     Sin    contar   aún    con 
base  exacta,  consideramos  que   nuestro   producto  podrá   ven- 
derse, con  ganancia,  á  cuatro  centesimos  la  libra,  por  supuesto 
sin  hueso.     Pero  recordemos  que  el  tasajo  es  un  desconocido 
en   la  economía  doméstica  del  país;   que  aquí  no  saben   pre- 
pararlo en    forms^  ^apropiada,    sin    que    sirvan  de    gran  cosa 
naestras  luces  en  la  materia,  pues,  en  cuanto  á  mí,, .nunca  lo 
he   probado,  como  que  nunca  pensé  que  alguna  vez  me  vería 


186  LU»  ALBBBTO  DE  HKBBERA 

embaroado  en  eetas  pellejerías  de  propaganda;  j  que  para 
vencer  resistencias  y  conquistar  la  aliansa  indispensable  de 
los  diarios  y  atraerse  i  los  capitalistas  carniceros,  se  requiere 
tiempo  y  elementos  serios. 

Ayer  mismo  me  escribía  el  distíngnido  amigo  señor  Mur* 
guiondo:  «Créame,  hay  un  solo  modo  de  hacer  estas  cosas 
de  aliento.  Me  he  dirigido  á  un  químico  conocido,  cnyo 
nombre  inspira  abboluta  confianza,  para  qué  produzca  un 
análisis,  al  detalle,  sobre  el  tasajo.  En  otoño  haremos  en  su 
casa  las  preparaciones  requeridas  y  conoceremos  el  resultado 
preciso  de  nuestro  esfuerzo».  En  la  misma  carta,  y,  para 
mi  conocimiento,  me  incluye  una  pro-forma  cucuta-venta  de 
tasajo,  el  referido  compatriota  á  cuya  autoridad  doy  gustoso 
la  derecha  en  esta  materia  rindiendo  tributo  al  verdadero- 
mérito.  La  reproduzco  enseguida,  pues  ella  puede  ser  un  in- 
forme útil   para  los  interesados: 

PRO-FORMA,    CUfiNTA-VBNTA,   APROXIMADA   DEL    COSTO     DE  300 
FARDOS,  DE  TASAJO,  ENTREGADOS  EN  NUEVA  YORK 

300  fardos,  pesando   23.540  kilos,  á   pesos 
12  1/2  por  103  kilos  (abordo)    ....  t     2.942  50 

Con  cambio  sobre  Londres  c.  51  d.  £  625.5.7 
c.  $4.88 $     3.(^1  37 

Gastos: 

Comisión  del  Banco  3/4  o/^" $    22  88 

Seguro  marítimo?^  $  3.356  1;2  °/o    .     .     »    16  78 

Flete,  i  5.00  oro  tonelada »  115  84 

Gastos  de  entrada,  Aduana »      5  00 

Derechos  de  entrada  sobre  t  2.868  c.  25  *»/. .     »  717  00 
Gastos  de  muelle,  2.4  cada  fardo  300  ...»      6  00 

Corretaje  1  <»/o >    40  77 

Comisión  2.12  o/o »  101  94    »      1.026  21 


$     4.077  58 


23.540  kilos-51:896  libs.  Costo  7.857  centesimos  libra  $  12  12 
costo  promedio  con  cambio  c.  51  d.  53/1  1/2  por  100  kilos,  puesto 
á  bordo  en  Montevideo. 


El  preok)  de  $  12.50,  que  figura  ep  el  cálculo  anterior,  ha 
fijado  como  un  término  medio  entre  $  11  haata  $  14  c^a 
cien  kilo9,  que  se  establece  en  las  cartas'recibidas  por  nosotros, 
puestos  abordo  en   Montevideo  con  todos  los  gastos  pagos. 

No  me  he  ocupado,  con  respecto  á  Estados  Unidos,  de 
mencionar  una  rebaja  en  las  tarifas  porque  nada  hay  que 
liacer  al  presente  por  ese  lado.  El  tasajo  seguirá,  pues,  pa- 
gando I  3.95  de  derechos,  por  cada  cien  kilos.  En  efecto, 
uno  de  los  principales  objetivos  de  la  plataforma  del  partido 
republicano,  que  gobierna  sin  interrupción  desde  1893,  con- 
siste en  el  r^men  de  las  elevadas  contribuciones  aduaneras, 
consagrado  por  la  famosísima  y  discutida  Ley  Dingley.  He«- 
rir  á  ésta  sería  atacar  la  integridad  de  todo  un  criterio  polí- 
tíeo  dominante. 

Como  ustedes  pueden  comprenderlo,  solo  por  una  gran  ra- 
reza volveré  á  ocuparme  en  mis  correspondencias  de  cues- 
tiones tan  agenas  al  ejercicio  de  mis  facultades.  Mas  con- 
vencido que  nadie  de  tal  probabilidad  me  parece  que  sería  una 
lástínáa  dejar  el  rabo  por  desollar  no  agregando  algunos  da- 
tos consulares,  de  relieve  agradable   y    dignos  de  conocerse. 

Las  exportaciones  del  Uruguay  á  Norte  América,. en  el  pri- 
mer semestre  de  1902,  alcanzaron  á  $  2.256.656,13. 

Las  importaciones  de  Norte  América  al  Uruguay,  en  igual 
término,  fueron  de  $  866.083,54. 

Saldo   á  nuestro  favor:  $  1.390.572,59. 

Del  total  de  las  exportaciones  nuestras  hay  que  advertir 
qae  las  carnes  saladas  de  reembarco  para  Cuba  y  Puerto  Rico 
representan  un  valor  de  $  365.200,53.  Como  disparo  final 
de  la  retirada,  insertamos  á  continuación  el  cuadro  compar»- 
iivo  de  las  importaciones  americanas  á  nuestro  país  durante 
los  AHímos  siete  años: 

Afio  de  1895 $  1.485.062  31 

>  1896 »  1.452.331  45 

»  1897 »  1.125.684  07 

>  1898 »  1.346.816  16 

3  1899 *  1.815.256  63 

3  1900 »  1.904.299  62 

3  1901 »  2.631.403  46 

l.*^  «c^re  1902 >         866.083  54 


188  LUId  ALBBBTÓ  DE  HBRáERA 

^pasando  estas  cifras  se  nota  que  las  relaciones  comer- 
ciales de  los  E2stados  Unidos  con  la  República^  se  íortifí- 
can  de  día  en  día.  Nada  nos  extrafia  esto  y  muy  pronto 
veremos  á  los  industríale»  norteamericanos  disputando^  con 
éxito^  á  las  potencias  europeas  los  mercados  del  Río  de  la 
Plata  que  hasta  ahora  ellas  han  monopolizado.  Aquí  ya  la 
producción  manufacturera  excede,  en  mucho^  á  las  necesida- 
des nacionales^  y  ya  estos  sefiores,  que  presentan  expresión 
exacta  de  sus  energías  majestuosas  en  el  águila  simbólica 
de  su  escudo^  han  entrado  en  competencia  febril  con  la  ma- 
dre patria,  con  Alemania  y  con  Francia,  sus  únicas  dignas 
rivales.  Por  otra  parte,  ya  se  van  dando  cuenta  de  que  no 
somos  tan  imperfectos  como  lo  han  creído,  y  de  que  caracte- 
rizamos un  emporio  de  riqueza.  La  gran  línea  de  vapores 
proyectada  desde  New  York,  con  cabecera  en  Montevideo  ó 
Buenos   Aires,  tendrá  mucha  importancia  transaccional. 

¡Bastuy  basta/  dirán  luego  mis  lectores,  abrumados  por 
esta  interminable  articulación  de  párrafos,  ásperos  como  los 
guijarros,  que,  concedo,  deben  obrar  con  presión  de  grille- 
tes sobre  la  inteligencia  de  mis  pobres  víctimas.  Penetrado 
de  tal  convicción,  también  ¡hasta,  basta/  exclamo  yo  desde 
ahora,  todavía  con  más  intensa  angustia,  porque  sólo  yo  sé 
el  sacrificio  que  he  necesitado  imponerme  para  reanudar 
relaciones  con  los  números,  á  los  cuales  sólo  venía  saludan- 
do^ por  cortesía  y  de  vereda  á  vereda  desde  hace  muchos 
afíos.  Mi  práctica  en  operaciones  aritméticas  se  reduce  á 
la  resta,  que  es  la  legítima  que  corresponde  en  patrimonio  á 
los  muchos  buenos  sujetos  que,  cualquier  día,  nos  levanta* 
mo3  proclamando,  con  Proudhomme,  que  «la  propiedad  es 
un  robo»,  dando  por  único  fundamento  de  ese  cambio  re- 
pentino de  criterio  el  muy  expresivo,  de  no  tener  nosotros 
ninguna,  y  que,  en  consecuencia,  no  saldrán  de  i^uestro  pe- 
llejo las  correas  exigidas  por  la  doctrina  subversiva.  De 
sumas,  poco  sé.  Siempre  que  las  intento,  para  Regularizar 
mis  finanzas,  incorrectas  y  -desordenadas  como  buenos  latinos, 
me  veo  en  la  dura  necesidad  de  equivocarme  siempre  en 
más,  para  seguir  ignorando  las  infidencias  de  mis  bolsillos  bo- 
hemios. La  única  cuenta  mia,  limpia  de  errores,  es  la  que  lleva 


DESDE    WASHINGTON  189 

mi  corazón^  tan  orientaly  sumando  los  días  y  las  tardes  gri- 
ses que  miden  la  ausencia  de  esa  patria  incompara|>le^  cuyos 
atractivos  y  fascinaciones  de  hogar  nada  puede  vencer.  Sólo 
pensando  en  ella  he  podido  dejarme  arañar  por  las  estadís- 
ticas, que  lastiman    como  las   zarzas  I 

(Escrito  lo  que  antecede  me  llegan  noticias  fidedignas  de 
que  el  gobierno  cubano  ya  ha  resuelto  subir,  cincuenta 
por  cienio,  los  derechos  que  pagan  las  carnes  orientales,  lo 
que,  cuioplido,  importará  cerrar,  á  cal  y  canto,  los  puertos 
de  la  Isla). 


IX 


Um  juegos  atliticos  — *  El  box  —  Una  lucha  sensacional  —  Paralelo 
con  al  toreo  —  8u  importancia  en  Norte  América  —  Resultados 
estupendos  —  Los  progresos  de  la  raza  ^  Niños  heroicos  —  La 
evolución  entre  nosotros  —  Ventajas  del  "foot-ball"— Una  inicia- 
thfa  leiiz. 


Mucho  me  ocuparé  en  esta  correspondencia  de  los  juegos 
atlétícos  y  de  su  influencia,  que  me  atreiro  á  suponer  tras- 
cendental, sobre  el  espíritu  de  la  raza  sajona.  Nuestra  crítica, 
apasionada  más  de  una  vez,  se  ha  cebado  en  ellos  impu- 
tfíndoles  barbarie  y  crueldad,  como  si  esas  corridas  de  toros, 
hoy  felizmente  destejadas  para  siempre,  gracias  al  punti- 
llazo definitivo  dado  por  la  Asamblea  General,  admitieran 
competencia  en  ese  sentido.  En  ocasión  de  discutirse  la 
oportunidad  de  las  últimas  se  ha  sostenido  que  el  box  de  los 
pueblos  del  norte  también  presenta  caracteres  ingratos,  lo 
4fBte  no  priva  que  sea  muy  gnmde  bu  prestigio  en  el  seno  de 
his  sociedades,  que  lo  cultivan  como  una  de  las  diversiones 
más  emocionantes.  Argumento  deleznable  por  sus  cuatro  cos- 
tados. Pero,  sea  6  no  sea  digno  de  elogio  el  box,  tanto  hin- 
capié se  ha  hech3  en  él,  que,  para  empezar,  bien  vale  la 
pena  dedicarle  algunas  cuartillas  describiéndolo,  primero,  y 
eomentándolo  después.  Aumenta  el  interés  del  asunto — que 
todo  no  será  tema  político — la  circunstancia  coincidente  de 
que  recién  acaban  de  encontrarse,  en  la  ciudad  ¿e  San  Fran- 
cisco de  California,  para  disputarse  el  campeonato  del  mundo^ 
los  dos  primeros  pugilistas  do  Estados  Unidos.  Contando 
con  muchos  partidarios  el    ejercicio  de  la  referencia,  se   com- 


192  LUDB  ALB9BTO  DE  HERRERA 

prende  que  los  preliminares  del  famoso  duelo  hayan  sido  se- 
guidos, con  extraordinaria  avidez,  por  los  círculos  adictos, 
mereciendo  la  historia  de  su  desenlace  dos,  tres  y  hasta 
cuatro  columnas  de  los  principales^  diarios.  A  ellos  recurra 
para  tejer  el  irado  de  mi  crónica,  en  esta  parte,  concretán- 
dome á  traducir  sus  párrafos  en  todo  lo  que  sea  descrip- 
tivo. Así  podrán  mis  lectores  formar  opinión  propia  com- 
partiendo ó  no,  más  adelante,  las  impresiones  de  quien  escribe 
estas  líneas   sin  sal. 

Los  rivales  en  la  contienda  mundial  fueron  Roberto  Fitz- 
simmons  y  James  Jeffries,  más  conocidos  simplemente  por 
Fitz^  aquél,  y  por  Jeff,  éste,  que  aquí  hasta  para  pronunciar 
los  apellidos  se  economiza  tiempo. 

Fitz  frisa  á  la  fecha  en  los  cuarenta  años,  habiendo  na- 
cido en  Inglaterra.  Empezó  su  carrera  en  Nueva  Zelandia 
alcanzando  á  cuarenta  y  seis  sus  victorias  de  renombre,  so- 
bre la  arena.  En  esa  larga  actividad  ha  estropeado  á  más 
de  un  adversario.  Alguno,  como  Riordan,  batido  por  él  en  el 
teatro  de  la  ciudad  de  Siracusa,  en  1895,  falleció  de  resultas 
de  un  golpe  artístico.  Una  trompada,  aplicada  en  la  parte 
inferior  de  la  mandíbula,  produjo  su  muerte  al  provocar  una 
hemorragia  cerebral.  Comprobada  la  fatalidad  del  accidente, 
Fitz  recabó  su  libertad,  y  empleando  sus  formidables  puños 
como  aspas  de  molino,  continuó  sembrando  derrotas  en  todos 
los  rings  de  la  Unión.  Jetf  nació  en  el  Estado  de  Ohio  en 
1875,  y  está,  por  consiguiente,  en  la  fuerza  de  la  edad.  Ha 
quebrado  la  fama  de  quince  rivales.  Clareadas  tanto  las.  filas 
de  los  competidores,  faltaba  averiguar  cuál  de.  los  dos  pri- 
meros campeones  merecería  el  título  de  vencedor  de  vence- 
dores, irguiéndose  triunfal  sobre  el  prestigio  del  contrario. 
En  la  noche  del  choque  el  circo  principal  de  la  gran  me- 
trópoli del  oeste  fué  invadido  por  una  muchedumbre  de  es- 
pectadores, cuyo  número  se  calcula  en  ocho  mil,  obligando  á 
la  policía  á  aumentar  de  manera  extraordinaria  su  personal 
de  servicio,  ^jsl  presencia  de  diez  ó  doce  representantes  del 
sexo  femenino,  algunas  de  las  cuales  habían  .tomado  la  pre- 
caución pudorosa  de  cubrirse  el  rostro  con  espesos  velos,  dio 
lugar  á  ruidosas  agitaciones  de  la  multitud.    El  monto  meta- 


I>£8D£    WASHINGTON  193 

lieo  de  las  entradas  percibidas  no  era  menor  de  treinta  y 
cinco  mil  pesos  oro^  importando  alrededor  de  diez  mil  el  pre- 
mio á  adjudicarse. 

A  las  10.05  Fitz  hizo  su  entrada  en  la  cancha  y  á  las 
10.06  Jeff  lo  imitaba,  recibiendo  ambos  clamorosas  demos- 
traciones de  sus  admiradores^  muchos  y  convencidos.  Su 
traje  se  reducía  á  un  pantalón  ceñido  al  cuerpo  por  un  cinto 
con  los  colores  de  la  bandera  americana.  Los  momentos 
eran  de  verdadera  ansiedad.  Los  rivales,  ya  prontos,  se 
aproximaron  simultáneamente  y  luego  de  estrecharse  la  mano, 
como  es  de  práctica,  abordaron  la  ruda  tarea,  chocando  sus 
«nei^as  en  ocho  encuentros  sucesivos  de  duración  de  tres 
minutos  cada  uno  con  brevísimos  intervalos.  Hagamos  un 
resumen  de  sus  peripecias  para  ofrecer  idea  más  gráfica  de 
la  índole  exacta  del   discutido   box. 

Primer  encuentro.  Rápidamente  ocuparon  los  contendien- 
tes el  centro  de  la  arena  en  actitud  de  irreprochable  defen- 
siva. Fitz  fué  el  primero  en  atacar  acertándole  un  golpe,  en 
la  boca  á  su  contrario  que,  agachándose,  lo  devolvió  sin 
éxito.  De  nuevo  quiso  cobrarse  Jeff  alcanzando  sólo  á  cas- 
tigar, con  un  pesado  puñetazo,  el  costado  izquierdo  de  Fitz. 
Pero  éste  obtuvo  mayores  ventajas.  Al  finalizar,  la  nariz 
de  Jeff  sangraba  debido  á  uno  de  los  terribles  zurdazos  de 
Fitz. 

S^ando  encuentro.  Jeff  avanza  recibiendo  una  trompada 
en  el  pescuezo,  que  sólo  consigue  hacerlo  sonreír,  acosa  á 
BU  rival  y,  como  herido  por  un  marronazo,  lo  arroja  sobre 
las  cuerdas,  pero  Fitz  repele  fieramente  al  enemigo,  cuya 
hemorragia  nasal  aumenta* 

Tercer  encuentro.  Jeff  toma  otra  vez  la  ofensiva,  pero 
sus  golpes  son  parados  aunque  sin  embargo,  puede  dar  un 
doloroso  golpe  en  el  estómago  á  Fitz,  que  toma  crecida  re- 
vancha multiplicando  sus  temibles  golpes  al  rostro  de  su 
adversario  hasta  partirle  la  mejilla  izquierda.  La  cara  de 
Jeff  está  cubierta  de  sangre,  mientras  Fitz  descansa  de  la 
fatiga,  fresco   como   un   pepino. 

Cuarto  encuentro.  Jeff  se  adelanta  irritado  mientras  ma* 
mobra  con  sus  puños  en  cuidadosa  guardia.    Pero  el  inexo- 

18 


Idl  LOlfl  ALBERTO  DE  HERRERA 

rabie  Fitz  consigue  romperla  y  castigar  con  su  recia  zurda 
los  carrillos  de  Jeff^  abriendo  nuevos  surtidores  de  sangre. 
Jeff  alcanza  á  pegarle  en  la  cabeza.  Parece  muy  molestado- 
Quinto  encuentro.  Fué  el  más  interesante.  Ambas  partes 
se  prodigaron  golpes  abrumadores^  conceptuados  magistrales 
por  los  entendidos.  Más  la  cara  de  Jeff  continuó  siendo  fa* 
vorccida  por  las  caricias  despiadada»  de  Fitz,  resultando  que, 
al  producirse  el  intervalo  de  descanso,  aquél  sangraba  por 
ojos,  nariz  y   mejilla. 

Sexto  encuentro.  Jeff  avanza,  sin  vacilación,  y  recibe  nue- 
vas y  sevei'ísiroas  lecciones.  Obtiene  tocar  expresivamente  la 
oreja  de  Fitz,  pero  éste  se  defiende  con  singular  maestría 
y  antes  de  que  suene  la  campana  retoca  la  boca  y  nariz  de 
Jeff,  ya   hinchadísimas. 

Séptimo  encuentro.  Esta  vez  Jeff  ataca  con  mejor  resul- 
tado y  hace  vacilar  á  Fitz  mediante  puñetazos  dados  en  el 
costado  del  cuerpo;  la  carga  es  dura  y  dolor^sa.  Fitz  la  con- 
testa con  tres  trompadas  sucesivas  en  la  boca.  Al  terminar 
Jeff  presentaba  un  aspecto  terrible  con  la  fisonomía  bañada 
en  sangre. 

Octavo  encuentro.  £1  inquebrantable  Jeff  toma  siempre  la 
ofensiva  y  hace  sonar  las  costillas  de  Fitz  mientras  sonríe. 
Está  desfigurado,  pues  las  esponjas  ya  no  pueden  contener 
las  hemorragias  faciales.  Se  agita  con  elasticidades  de  pan- 
tera y  cuando  todos  los  vaticinios  le  eran  adversos  alcanza 
á  propinarle  á  Fitz  un  tremendo  puñetazo  en  la  mandíbula, 
que  lo   echa  por  tierra  sin   sentido. 

Antes  de  que  pueda  levantarse,  el  juez  cuenta  diez  veces 
en  voz  alta,  y  entonces  se  proclama  vencedor  al  aporreado 
Jeff.  El  público  estalla  en  aclamaciones  mientras  Fitz,  ya 
repuesto  y  de  pie,  se  dirije  á  él  con  estas  palabras:  c Se- 
ñores: el  mejor  ha  triunfado.  Si  yo  hubiera  tenido  esa 
suerte  esta  noche  habría  pasado  á  Jeff  los  honores  del  cam- 
peonato para  retirarme  definitivamente  de  la  arena.  Lo  hago 
de  todos  modos,  sin  haber  llenado  mi  aspiración  y  quedo 
satisfecho  porque  la  pelea  ha  sido  ganada  con  bizama».  A 
lo  que  contestó  Jeff:  cFitz  es  el  más  temible  de  los  vivien- 
tes  y   yo   me   considero  bien  feliz   con  esta  difícil   victorias. 


DESDE    WASHINGTON  195 

En  realidad^  estas  francas  y  afectuosas  apreciaciones  mutuas 
alcanzarían  á  reducir  los  caracteres  rudos  de  la  escena  des- 
crita si  no  se  afirmara,  con  muchos  visos  de  verdad,  que  los 
lidiadores  estaban  de  acuerdo  en  el  desenlace. 

A  este  extracto  de  noticias  agenas  puedo  agregar  las  pro- 
pias. De  paso  por  la  ciudad  de  Quebec^  presencié  un  match 
entre  el  campeón  de  la  provincia  y  otro  profesional  venido 
de  Australia.  Fué  precedido  de  una  serie  de  escaramuzas 
entre  varios  aficionados  más  jóvenes,  que  se  abofetearon  con 
todo  el  entusiasmo  de  la  edad,  enconados  por  las  risas  y 
las  burlas  del  escaso  público.  El  pugilato  de  la  noche  duró 
pocos  minutos.  Aparecieron  en  la  arena  los  rivales,  lucien- 
do todas  las  gallardías  de  la  musculatura,  y  ai  tercer  en- 
cuentro, y  de  la  manera  más  inesperada^  el  Hércules  local 
derribó  por  tierra  á  su  contrario.  Suyos  fueron  los  laureles. 
Dos  golpes  simultáneos,  uno  en  la  quijada  y  otro  debajo  del 
corazón,  trajeron,  con  un   desmayo,  la  victoria   anhelada. 

Por  lo  que  antecede  se  vé  que  no  he  disimulado  los  deta- 
lles más  antipáticos.  Si  se  me  interrogara  sobre  los  atrac- 
tivos del  box  diría  que,  satisfecha  la  curiosidad  observadora 
que  me  llevó  á  un  ring,  nunca  caminaría  media  cuadra  por 
presenciar  un  espectáculo  semejante.  Las  carreras  á  pié  ó 
á  caballo,  la  caza,  el  tiro  á  la  paloma,  el  juego  de  pelota, 
todos  poseen  la  fuerza  imantada  que  engendran  las  grandes 
emociones  en  plena  actividad.  Me  explico  que  cuando, 
atrepellando  en  el  último  codo,  media  docena  de  puros  se 
disputan  el  triunfo,  que  dependerá  talvez  de  la  vista  del  co- 
rredor, de  su  pericia,  del  estado  del  flete  que  monta,  la 
muchedumbre  de  los  palcos  se  ponga  maquinalmente  de  pié 
y  vocifere,  como  queriendo  estimular  desde  las  tribunas  el 
valor  de  sus  favoritos  en  la  lid;  concibo  que  en  las  plazas 
de  toros  los  hombres  más  sesudos  se  conviertan  en  verda- 
deros locos,  y  que  en  determinados  momentos  las  banquetas 
vuelen  por  los  aires,  con  monedas  y  sombreros,  porque,  al 
fin  y  al  cabo,  la  bestia  humana  tiene  derecho  á  romper  la 
careta  de  los  convencionalismos  y  á  salir  á  tomar  un  baño 
de  sol  meridional  cuando,  al  acorde  de  himnos  reales,  se 
destripa    á  reses    y  caballos    y    se    insulta   á  la  civilización. 


196  LUIS  ALBERTO  DE  fi^^RFRA 

La  fiangre  enturbia  los  sentidos  y  emborracha  tanto  como 
el  ingo  concentrado  de  las  uvas.  Acepto  que  viendo  el  de- 
sarrollo en  un  frontón  de  un  partido  de  pelota,  los  espec- 
tadores prorrumpan  en  expresivas  demostraciones  cuando  la 
cesta  invencible  del  Chiquito  de  Eibar  mide,  desde  el  doce, 
una  rasante,  que  después  de  avanzar  besando  el  plano  de  la 
pared  lateral,  pica  un  decímetro  mis  arriba  de  la  línea  vá- 
lida, y  que  lo  mismo  sucediera  cuando  en  los  partidos  á 
mano  limpia  el  célebre  Pajsandá,  entre  nosotros,  hacía  sil- 
bar la  pelota  al  hendír  los  aires  como  un  proyectil,  po- 
niéndola, cautiva  de  su  maestría,  en  el  punto  deseado  por 
la  inteligencia  del  jugador.  En  todos  esos  ejercicios,  de 
tan  diferentes  matices,  á  poco  de  estudiarlos,  se  encuentra 
el  secreto  de  los  grandes  éxitos  pasionales.  Creo  que  no 
sucede  lo  mismo  con  el  boxj  que  no  agrega  á  su  brutali- 
dad y  grosería  una  sola  tinta  conquistadora.  El  conjunto 
del  espectáculo  en  sí,  no  puede  ser  más  insípido,  sin  mú- 
sica, sin  ovaciones,  sin  la  variedad  pintoresca  de  altercados 
y  diálogos  naturalistas,  tan  necesarios,  como  la  pimienta  á 
los  platos  fuertes,  en  circunstancias  de  placer  y  desenfreno 
populachero. 

En  medio  del  silencio  más  absoluto,  impuesto  por  las  reglas 
del  acto,  dos  individuos,  casi  desnudos,  salen  á  la  palestra   y 
se  curten  la  fisonomía   á   puñetazos.    En   plena   florescencia 
física,  de  espaldas  angulares,  de  pecho  soberbio,  que  parece  va 
á  romperse,  como  una  tela  demasiado  extendida,  bajo  la  pre- 
sión de  fragua  de  sus  pulmones,  es  innegable   que  ellos  pro- 
claman, con  una   realidad  hermosa,  la  eficacia  espléndida  de 
los   movimientos  gimnásticos   sobre   el  cuerpo   sometido    á  au 
raimen.  Esos  músculos  perfectos,  señalados  mejor  por  el  ajus- 
tamiento de  la  piel,  al  igual  de   las  formas  femeninas  en   el 
tránsito  callejero,  gracias  á  la  moda  agradecida  de  estirar  para 
un   lado  las   polleras,    merecen    ser   admirados   por   la    salud 
romana  que  denuncian  y  por  el  esfuerzo  plausible  que  repre- 
sentan.   La  belleza   poética   de    Narciso   nada  tiene  que  ver 
con  la  belleza  fiera,   reciamente   masculina,    de   estos   atletas 
que,  como  el  Ursus  de  Enrique    Sicnkiewck,   serían    capaces 
de  luchar,  á  brazo  partido,  con  un  toro  salvaje  y  de  desau- 


DiBa>E  wASHnrátoN  197 

cario  rompiéndole  la  cerviz,  8i  lo  mandara  así  sa  voluntad. 
Frente  á  frente^  se  atacan  y  se  repelen^  como  dos  autómatas^ 
sin  dirigirse  una  palabra^  sin  cambiar  un  reproche^  hasta  que^ 
bajo  el  contacto  de  acero  de  un  pufio,  se  rinde  la  energía 
adversaría.  He  ahí  una  diversión  que  nunca  adquirirá  arraigo 
entre  las  razas  latinas  que^  nerviosas  7  artísticas  aún  en  sus 
horas  de  entretenimiento  varonil^  necesitan  espectáculos  ar-* 
dientes  que  llenen  con  ecos  animados  sus  oídos,  que  hieran 
con  intensidad  la  vista,  lastimando  casi  la  pupila,  y  que  arran- 
quen á  la  garganta  expresiones  imperiosas.  La  ausencia  misma 
de  esos  excitantes  la  hará  perdurable  aquí  en  donde  el  clima 
y  la  educación  particular  alian  sus  influencias  glaciales  sobre 
el  mundo  moral  para  ofrecemos  el  ejemplo  de  temperamentos 
flemáticos,  reacios  al  bullicio,  que  miden  sus  impresiones  por 
reloj  y  que  ignoran  los  estallidos  ruidosos  de  la  cólera  y 
del  placer.  En  ese  sentido,  el  box  satisface  las  preferencias 
de  muchos  al  proporcionarles  la  oportunidad  de  seguir  el 
desarrollo  de  dos  actividades  físicas  encontradas. 

De  manera  que,  con   todo  de   su  torpeza,  no  cabe  el  pa- 
ralelo que   en   tal  concepto  se  ha    intentado  entre  el  box  y 
las  corridas  de  toros.     Aquél   se  determina  por  el  consenti- 
miento, sereno  é    interesado,    de   dos   sujetos    racionales  que 
ponen   expontáneamente   al  servicio  de   sus  ambiciones  mone- 
tarias, el    arte  en    que   son    diestros.     Otros    se   ganan    con 
dificultad  la  vida   en  el   desempeño  de   las  ocupaciones  más 
duras;  éste,  cava  la    tierra;  aquel,  maneja  un   coche  de  pla- 
ca; pues  el  boxeador,  con  toda  holgura,  sin  perder  un  minu- 
to  de  su  sueño,  gordo,    feliz  y     mimado,    pone  su    porvenir 
en  las  muñecas,  las  cuida,   ensaya  con    ellas  las  más  hábiles 
estrategias,  y  así,  al    precio  ínfimo  de  medio   litro  de    san- 
gra  nasal   por  año — lo  que  evita  el  uso  de  ventosas — pros- 
pera y  se  enriquece  acariciado  por    ráfagas    de  positiva  po- 
pularidad.    £1    peligro  de    muerte    que    puede  correr   en  su 
pn>fesión  es  tan    problemático  como  el  que  se  cierne   sobre 
cualquiera    de   nosotros  al  cruzar  una  boca-calle.     Sabiéndolo 
BOíy    el  espectador  no  se  arrebata  porque  el  espíritu  sólo  sé 
ag^ta^  dominado   por  zozobras    que  causan  extraños  deleites, 
cuando    existe,    en    el    fondo,    la    perspectiva    constante    de 


.     1^  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

una  cattfatrofe  sólo  alejada  por  la  habilidad  del  protágonisH 
ta.  Tal  68^  precisamente^  el  caso  del  torero,  y  por  eso  la 
diversión  en  que  él  interviene  provoca  evidentes  fanatismos. 

Bien  merece  el  calificativo  de  arrojada  su  actitud  tranquila 
en  medio  del  redondel,  desafiando  la  desgracia,  fresco,  risue- 
fio  y  en  postura  académica,  como  si  estuviera  empefiado  en 
unas  cuadrillas,  mientras  el  toro,  á  su  frente,  acepta  servir* 
le  de  bis-ábis  y  empieza  la  danza  con  un  ñoreo  impresio- 
nante  de  rabias  y  de  mujidos  salvajes.  El  lance  se  produce 
y  cuando  la  res  embiste,  con  rapidez  de  exhalación,  buscan- 
do en  el  adversario  audaz  sortija  sangrienta  para  sus  pito- 
nes, el  páblico  se  confunde  en  una  misma  angustia,  teme- 
roso por  la  suerte  de  ese  espada  que  él  ha  empujado  mo- 
mentos antes,  y  de  manera  cobarde,  al   conñicto. 

Si  sale  ileso  del  duelo,  ¿cómo  no  explicarse  que  las  mu- 
chedumbres  ignorantes  y  sin   sospecha   do    las  satisfacciones 
del   comicio    libre,  se  sientan  seducidas  por  el   cristiano  que 
acaba   de  jugar  á  las  cartas    con   la  muerte,   sin   pestafiear, 
erguido,   todo  en  homenaje  á  los   caprichos  de  su  arte  y  de 
sus  admiradores?    Y,   á  la  verdad,  que  rompe  las  prevencio- 
nes de  cualquiera  el    espectáculo   de  una   lidia  que,    si    soia 
aficionados  á  las  memorias  del  pasado,  os  ofrece  reminiscen- 
cias vividas  de  costumbres,  tan    arcaicas   que   van  á    buscar 
cuna  en  los  eircos  del  mundo  antiguo,  en  ese  desfile  de  los 
diestros  por    frente  á  la  presidencia,   á  los  acordes  de   una 
marcha  cUsica,  pues  él  reproduce,  mucho  menos  soberbi«>,  el 
moríluH  te  salutam  de  los  gladiadores,  cebados   por  el  paga- 
nismo para  servir  de   manjar  delicioso  á    las   fieras;  si  sois 
artistas,  os  domina   desde   el  instante  en    que  vuestros    ojoa 
tropiezan  con    flores  encarnadas,   con  mantas   sevillanas,  con 
chaquetillas  recamadas  do  oro,  con  capas   de  colores  fuertes^ 
todos  esos  matices  provocativos  revueltos   sobre  una  inmensa 
paleta  ondulante  que  el  sol  anima  y  destaca  dando,  aquf,  allf» 
en  todas  partes,  mágicas  pinceladas  de   fuego;  si  sois  pensa^ 
dores,  estáis  obligados  á  confesar  que  ni  el  miC§  reputado  de 
los  dramas,  ni  la  mejor  ^de  las  arengas  tribunicias,  ni  el  más 
sonado  de  los  éxitos  colectivos,  alcanzan  á  conmover  el  cora*' 
zón  selvático  de  las  masas  como  ese  torneo,  de  faces  diota-^ 


D£SI>E     WASHINGTON  199 

das  por  la  emocíóo^  que  arrebata,  exalta  y  desordena,  fiin^ 
diendo  en  una  misma  nota  agudísima  las  pasiones  enardecidas 
del  público  de  los  tendidos  y  del  público  de  los  palcos;  si 
sois  sensitivos  y  os  agradan  las  escenas  rudas,  ninguna. sacu-^ 
dirá  como  ésta  vuestro  espíritu,  que  ninguna  diversión  cobra 
tanto  tributo  de  sobresaltos  al  asistente;  y  si  sois  filósofos 
y  queréis  descubrir  una  de  las  raíces  de  ciertas  decadencias 
gigantes  y  encontrar  el  secreto  de  increibles  derivaciones  del 
sentimiento  cívico,  ocurrid  también  á  las  plazas  de  toros,  que 
en  el  medio  de  ese  picadero  batido  y  limpio,  encontrareis, 
sin  embargo,  la  semilla  profusa  de  muchas  molicies,  de  mu- 
chos oscurantismos  y  de  muchas  chaturas,  á  cual  más  fatal. 
¡Ni  el  alfabeto  resiste  á  esa  alianza  de  caries  formidables! 
Así  se  explica  que  hnya  asistido  más  concurrencia  al  en^ 
tierro  de  Quenista  que  á  la  inhumación  de  los  restos  de  ese 
glorioso  ciudadano  llamado  Emilio  Castelar.  En  esa  palpable 
sugestión  de  las  corridas  está  el  argumento  que  inclina  á 
proscribirlas  y  que  ha  puesto  en  guardia  contra  ellas  á  los 
pueblos  adelantados.  ¡Claro,  que  si  no  poseyeran  semejantes 
atractivos  disolventes  no  sería  necesario  enchalecarlas!  Como 
á  las  casas  de  juego,  nadie  les  negará  su  enorme  fuerza  de 
seducción,  pero  de  perniciosa  seducción,  y  de  la  misma  ma- 
nera que,  en  nombre  del  interés  social,  se  persigue  á  las  ru- 
letas, por  desmoralizadoras,  invocando  idéntico  y  tan  sagrado 
propósito  debe  atacarse  al  toreo,  recinto  fortificado  de  los 
instintos  chnlapos  con  toda  su  nutrida  descendencia  de  vicios 
menores.  De  consiguiente  y  siendo  lógicos,  agregaremos  que 
hostilidad  también  merece  de  las  autoridades  el  box^  aunque 
no  sea  éste  acreedor  á  condenación  tan  severa.  Entendiéndolo 
así,  son  ya  muchos  los  Estados — casi  todos  —  que  lo  han 
prohibido,  al  punto  de  que  al  presente  los  pugilistas  andan 
fagitivos  por  las  ciudades  fronterizas,  tropezando  con  verda- 
deras dificultades  para  celebrar  sus  luchas  singulares.  Y  no 
provoca  este  entretenimiento  la  agria  censura  que  arranca 
aquel,  por  cuanto,  aun  reconocida  la  torpeza  del  espectáculo, 
no  reúne  caracteres  degradantes.  La  mejor  prueba  de  esto 
último  la  tenemos  en  que  si  se  quita  al  asunto  su  objetivo 
mercantil,  de  reñidero   con  entrada  paga,  lo    que   vale  tanto 


200  LUIS  ALBERTO  DE  fiERRERA 

cromo  servirle  al  pueblo  alcoholes  fuertes  y  malos,  y  se  le 
transporta  á  ana  sala  particular,  sustituyendo  á  los  profesio- 
nales por  amigos,  el  boXy  en  vez  de  ser  reprobable,  adquiere 
atractivos  varoniles  y  puede  competir,  ventajosamente,  con  et 
juego  de  palo  de  los  catalanes,  por  su  utilidad  defensiva  en 
las  circunstancias  más  inesperadas,  por  su  eficacia,  que  per-> 
mite  repeler  ataques  en  las  condiciones  más  desiguales,  y, 
sobre  todo,  por  la  energía  elástica  que  dá  á  las  musculaturas 
jóvenes. 

Por  lo  demás,  los  boxeadores  de  oficio  no  invitan  á  la 
simpatía  afectiva.  Hechos  para  dar  y  recibir  golpes,  con  la 
misma  particularidad  de  los  perros  ñatos,  que  sólo  saben 
morder;  puestos  en  la  arena  cumpliendo  planes  de  propia 
especulación  y  en  uso  libérrimo  de  su  voluntad;  ya  grande- 
citos  para  aceptar  consejos  y  demasiado  hercáleos  para  en- 
cender láiitimas,  que  de  todos  modoR  serían  improcedentes, 
nunca  merecerán  ellos  la  compasión  que  inspiran  las  reses 
crucificadas  á  banderillazos  y  á  estocadas,  y  los  caballos,  he- 
ridos con  todo  lujo  de  alevosía  y  ensañamiento.  £n  cuanto 
á  los  toreros,  poco  nos  preocupa  bu  destino  porque  los  ver- 
'dugos,  aún  los  arriesgados,  nunca  atraen.  ¡Arrebatarse  por 
la  suerte  de  esos  innobles  capeadores  y  pugilistas  contrata- 
dos, cuando  el  corazón  humano,  fuente  de  origen  de  las 
grandes  corrientes  generosas,  no  posee  caudal  bastante  de 
simpatías  legítimas  si  se  propone  repartirlas  entre  los  injustos 
infortunios  conocidos  á  diario;  entre  el  minero,  que  un  hun- 
dimiento súbito  entierra  vivo  en  las  entrañas  del  carbón; 
entre  el  telegrafista,  fulminado  por  el  contacto  eléctrico  al 
arreglar  una  línea  enredada;  entre  el  fundidor,  que  ha  obte- 
nido el  retiro  siniestro  de  una  ceguera  eterna,  como  premio 
de  su  jubilación  laborante,  y  el  marinero,  arrastrado  por  una 
ola  traidora  á  los  fondos  implacables  del  mar,  mientras  ata 
cabos  en  el  mástil  de  la  nave!  ¡Esos  sí  que  son  dignos, 
héroes  anónimos  en  las  batallas  del  trabajo,  de  manos  enca- 
llecidas en  tareas  sin  compensación  equitativa  y  de  réditos 
crueles  I 

Pero   los    fuegos  populares    en    Norte   América  son    otros, 
mucho  más.  viriles,  y  acreedores  á  todo  nuestro  aplauso.     £1 


DBBDS    WAAHnrOTON  201 

predilecto  j  verdaderamente  nacional  se  denomina  bas^e  hall 
y,  suprimiendo  el  detalle  de  las  r^las  que  lo  rigen,  diré  que 
consiste  en  dos  bandos,  situados  á  distancia  de  veinte  me- 
tros, que  se  turnan  en  el  boleo  de  una  pelota,  pequefia  y 
áuTñ,  que  se  rechaza,  en  el  aire,  utilizando  una  maza  de 
madera  de  un  metro  escaso  de  longitud.  Ganan  quienes  re^ 
velan  mayor  habilidad  en  esas  distintas  funciones  de  ata- 
<Mmte8  y  de  atacados  y  corren  con  rapidez  precisa  para  ocu- 
par, en  momentos  determinados,  las  vstlias  laterales.  Este 
ejercicio  lo  practican  los  niños,  así  que  encuentran  campo 
Buficiente,  sea  en  la  calle  ó  en  terrenos  baldíos.  £1  Parque 
Central,  especialmente  Iqs  sábados,  pertenece,  por  derecho 
de  conquista,  á  los  muchachos  de  los  colegios  neoyorquinos, 
cuyas  alarías  sin  paréntesis,  sientan  bien  como  nota  com- 
plementaria de  los  arbolados  caprichosos  y  de  la  gramilla 
tendida  cual  inmensa  alfombra.  Dueños  y  señores  absolutos 
del  regio  paseo,  en  la  sección  qué  se  les  adjudica,  ellos  co- 
rren, gritan  y  se  apostrofan  sin  que  á  ningún  representante 
de  la  autoridad  se  le  ocurra  interrumpirlos  en  esas  expan<^ 
sienes  ruidosísimas,  propias  de  la  edad,  que  tienen  mucho 
del  bullicio  victorioso  de  los  pájaros  en  las  mañanas  de  pri- 
mavera, cuando  entonan  sus  himnos,  que  son  dianas,  y  des- 
piertan á  la  floresta  en  honor  de  los  tibios  amaneceres. 
Lástima  que  la  meritoria  Municipalidad  de  Montevideo,  tan 
injustamente  castigada  en  sus  finanzas  por  los  desastres  his- 
tóricos, no  pueda  ofrecer,  á  la  población  condensada  de  ios 
barrios  más  nutridos,  el  desahogo  de  paseos  de  ese  estilo, 
ya  que  no  de  semejante  magnitud.  Pero,  dentro  de  las  he- 
redadas dificultades,  deben  señalarse,  como  iniciativas  muy 
felices,  la  creación  del  Parque  Urbano,  Jardín  Botánico,  y  el 
ensanche  y  mejoramiento  del  Prado,  que  servirán  en  el  fu- 
taro  de  firme  base  á  obras  de  mayor  aliento  ediücio.  Existe 
an  proyecto  novedoso,  del  concejal  señor  Eduardo  Monte- 
verde,  para  habilitar,  en  exclusivo  para  los  niños,  determi- 
nada plaza  de  la  ciudad.  La  idea  es  buena,  es  práctica,  es 
saludable,  y  ella  ganaría  en  vigor  si  aún  en  los  suburbios 
foera  posible  ofrecer  á  los  alumnos  de  las  escuelas  locales 
um  campo  de  recreo  dilatado  y  agreste. 


202  LUIS   ALBERTO  DE  HERRERA 

A  veces  pienso  que  entre  nosotros  se  mira  como  asunto 
trivial,  desprovisto  de  interés,  todo  lo  referente  al  desarro- 
llo de  las  aficiones  atlétícas,  y,  sin  embargo,  cuanto  más  lo 
medito,  encuentro  más  fundamental  ese  género  de  activida- 
des físicas.  La  influencia  de  tales  ejercicios  en  los  indivi- 
duos se  señala  tan  profunda  que  ella  parece  decisiva  en  los 
destinos  de  las  nuevas  nacionalidades.  Aunque  ya  hace 
muchos  lustros  dijo  el  duque  de  Wellington:  que  había  triun- 
fado en  Waterloo  con  los  muchachos  jugadores  de  la  Uni- 
versidad de  Oxford,  sus  más  lucidos  y  resistentes  subalter- 
nos, no  bagamos  argumentos  con  el  peso  de  brillantes  frases. 
¿Cómo  discutir  que  las  justas  aüéticas  fortifican  la  salud, 
el  bienestar  y  la  energía  de  quienes  en  ellas  intervienen?  A 
cierta  altura  de  la  vida,  cuando  la  naturaleza  decreta  los 
grandes  desdoblamientos  en  el  oi^anismo  y  el  físico  adopta 
sus  moldes  definitivos,  existe  necesidad  imperiosa  de  concu- 
rrir á  esa  labor,  de  complementarla  mediante  una  juiciosa 
aplicación  de  las  energías  corporales.  Ahí  están  entonces  los 
ejercicios  juveniles  brindando  el  favor  de  sus  placeres  espar- 
tanos y  de  bondad  indiscutida.  Pero  todavía  vale  más  su 
acento  sobre  el  carácter  y  las  condiciones  morales  de  los 
adolescentes,  pues  aparta  á  la  imaginación  de  los  ensueños 
pasionales,  llenando  el  horizonte  del  pensamiento  con  el  tema 
inagotable  de  diversiones  embriagadoras  y  purísimas. 

Para  califícar  mejor  la    fuerza  de    la  realidad   observemos 
los   distintos  rumbos  que   se  siguen   en  tan    importante  mate- 
ria entre  los  sajones    y    entre  los  latinos.     Uu  niño  nuestro 
invierte  sus  recreos    brevísimos,   en  juegos     siempre  conteni- 
dos, porque    existe  la  tendencia  singular  de  apagar  los  bríos 
expansivos    de  la  edad,  como  si  todavía  conservara  prestigio 
el  sistema    educacional    de    los    cartujos.     De  prisa,  con    el 
mismo  desorden    nervioso    con    que    se  llena    una  bolsa    de 
viaje,  hacinada  de  cosas  al   punto   de  que  revientan  sus  cos- 
turas, se  les   carga  la   cabeza  de  conocimientos,  recogidos  ea 
los  cuatro  puntos  cardinales  de  la  sabiduría  humana,  exigien- 
do  espacio  y  pensión  barata  para   todos,  ¡como  si  las  ramas 
tiernas  estuvieran  hechas  para    resistir   el  peso   agobiador  de 
los   frutos!     ¡Siquiera   se   atemperaran  estos   excesos  inteleo- 


DE0DE    WASHINGTON  208 

tuales  con  el  alivio  de  eficaces  entretenimientos  físicosl 
Pero  nó;  todas  las  veleidades  activas  se  desvanecen  usando 
del  mismo  estribillo:  «correr  es  malo  porque  puede  pisarse 
una  cascara  de  banana^  rodar  por  tierra  y  romperse  una 
pierna»;  «saltar^  peor^  por  motivos  semejantes»;  «los  niños 
bien  enseñados  no  gritan^  siendo  esto,  por  lo  demás,  pernicioso 
para  los  pulmones»;  «los  niños  buenos  se  están  quietitos,  sen-* 
tados  en  un  banco,  durante  el  recreo  ó  estudiando  las  lec- 
ciones de  la  tarde»;  «el  foot-ball  está  proscrito  pues  sólo  á  los 
ingleses  puede  ocurrírseles  divertirse  moviendo  los  miembros 
inferiores»;  «las  carreras  á  pie  también  son  indignas  porque 
equiparan  á  los  hombres  con  los  caballos;  y  la  pelota  par- 
ticipa de  la  condenación  en  mérito  á  que  origina  grosería 
de  modales.» 

En   dos   corrientes  separadas   se   divide   esa  preciosa   linfa 
de  juventud   que    la    naturaleza  quiere    sea   acero    7   que   la 
voluntad  dogmática  de  lo  arbitrario  se  empeña  en   convertir 
en  vidrio;  unos^    dan  por  concluida  su   educación  y  solicita- 
dos desde     temprano  por   la    lucha    diaria    se    reparten    en 
escritorios,    en    fábricas,    en    establecimientos    rurales,    en   la 
administración,  para  ser    mañana  buenos  oficinistas,  hacenda- 
dos, comerciantes  ó  industriales;  otros,  funden  sus  energías  per- 
severantes en   el   crisol  de  las  facultades   universitarias   para 
llenar  los  claros   en  el   escalafón  de  los   médicos,  abogados  é 
ingenieros   nacionales.     Aquellos  pierden,    desde    luego,    toda 
oportunidad  de   adquirir  gusto   por  los   ejercicios  musculares; 
y   éstos,    renuncian   á    ello   en    esta    su  segunda  etapa  estu- 
diantil, requeridos   con     imperio  por  preocupaciones   exagera- 
das.    Pero  á  los    diez   y  ocho  años  la  savia   es   tan   exube- 
rante   que,    abandonada    á  los  caprichos  de   su  propio  curso^ 
ella  se  desborda,  para  enardecer  el  fuego  de  las  pasiones  más 
lamentables,  como   sucede  con  los  más  ricos  caldos,  que  cre- 
cen y  rebosan  de  la  fuente  para  saciar  la  sed  de   los  tizones, 
cuando  no  se  les  espuma  á  tiempo.     Resultado  final:  la  ma- 
yoría, debiendo  aplicar  á  algún  objetivo  su  plétora  de  ener. 
gías,  la  malgasta,  sin  conseguir  disipar  su  aburrimiento  oi«gá- 
nioo,   mientras  la  minoría,  que  no  tiene  el  cuidado  de  inter- 
linear con  descansos  sensatos  su  dedicación  á  loa  libros,  co« 


20á  LUIS  ALBEBTO  DE  HERRERA 

noce  temibles  fatígaR  celébrales  en  época  de  plena  yirílidad, 
y  ofrece^  pronto,  valioso  contingente  á  los  cnadros  extraños 
de  la  remonta  neurasténica. 

No  hay  peligro,  por  cierto,  de  que  ella  obtenga  volunta* 
nos  tan  numerosos  entre  las  razas  del  norte.  El  niño  ame- 
ricano va  á  la  escuela  de  acuerdo  á  planes  de  enseñanza 
más  simples  y  que,  sin  embaído,  rinden  msís  beneficio  y  son 
de  más  aliento  social.  El  Estado  no  abriga  aquí  la  inútil 
pretensión  de  hacer  un  pueblo  de  sabios  de  sus  hijos  y  de 
preparar  oradores  y  literatos.  El  considera  cumplida  su  mi* 
sidn  pública  instruyendo  á  sus  escolares  en  los  conocimientos 
elementales.  Leer,  escribir,  contar;  saber  á  grandes  rasgos 
la  historia  del  país;  adorar  á  los  héroes  de  la  República; 
recitar  de  memoria,  con  la  misma  devoción  con  que  rezarán 
de  noche,  al  acostarse,  en  el  regazo  de  sus  madres,  las  ora- 
ciones cristianas,  los  varios  himnos  que  condensan  la  epo- 
peya nacional;  creer  que  ningún  país  del  mundo  vale  lo  que 
esta  tierra  de  libertad  y,  sobre  todo,  jugar,  jugar  mucho, 
destacar  en  el  base-ball,  distinguirse  en  el  foot-ball,  he  ahí 
lo  que  se  exige  de  los  muchachos  en  sus  primeras  escara- 
muzas con  los  libros.  Enorme  tarea  do  manufactura  en  la 
que  los  fiscales  sólo  exigen  á  los  productos,  para  poder  salir 
á  la  plaza,  etiqueta  de  fábrica  republicana.  La  gran  aspira- 
ción consiste  en  preparar  buenos  ciudadanos,  es  decir,  hom- 
bres de  robustez  física.  Lo  primero,  se  adquiere  encarnando 
en  los  espíritus  tiernos  el  amor  apasionado  por  la  patria  y 
por  sus  hermosas  instituciones  libres,  en  su  concepto  genérico 
y  elemental;  y,  lo  segundo,  despertando  en  las  generaciones 
que  surgen  la  afición  por  todos  los  ejercicios  que  fatigan  no- 
blemente el  cuerpo.  Los  resultados  de  ese  cuidado  paralelo 
ya  no  se  discuten:  se  palpan. 

La  integridad  varonil  de  los  americanos  es  sorprendente. 
Por  una  rareza  se  tropieza  con  individuos  enclenques,  ó  con- 
trahechos y,  en  cuanto  al  tipo  medio  de  las  estaturas,  no 
admite  competencia.  Lo  mismo  puede  afirmarse  de  las  damas. 
La  corrección  de  líneas  de  las  americanas,  á  fuer  de  notoria, 
es  ya  proverbial.  Los  bustos  esculturales  abundan,  y  la  fres» 
cura  de  las   complexiones   produciría  serias    alabanzas   entre 


DB8DB    WASHISOTON  205: 

no6otro8*  Algo  más  fundamental  que  una  vanidad  de  sexo 
hace  que  los  colegas  del  célebre  Moussíón^  confeocionador 
fantástico  de  mejillas  femeninas  en  el  Río  de  la  Plata,  no 
tengan  cabida  posible  en  el  seno  de  este  opulento  emporio. 

Sus  servicios    serían  absolutamente  inútiles    desde  el    ins- 
tante que  el  color  natural  de  los  rostros  toca  los   límites  de 
la   perfección.   Eso   se    debe  á   la    capacidad    activa  de   los 
miembros   de  este  núcleo,  todos  elásticos,  todos  ágiles,  todos 
poseedores  de  una  misma  levadura  atlética,  y  concluidos  así, 
á  golpes  de  martillo,  aprovechando  las  primeras  cosechas  del 
espíritu,   que  son  las  de  los  frutos  opimos.  Moldeados  los  va- 
rones en   su  período  maleable,  como   se  hace  con  los  trozos 
de  hierro  incandescente  sobre  el  yunque,  se  les  echa  luego  á 
la  corriente  del   mundo,  sin  peligro  de  que  naufraguen,  por- 
que ellos,  como  los  pichones  de  pato,  traen   el  instinto  de  la 
natación  en  la  sangre.   En   los  incidentes  de  apariencia  más 
trivial   encuentra  amplia  confirmación  esa    ley  fecunda    y   se 
descubre  el  secreto  de  las  mismas  enterezas   orgánicas.    Días 
pasados  leí  en  los  diarios  que  un  chicuelo  de  nueve  años  se 
había  arrojado   al  Hudson  para  salvar  á  los   pasajeros  de  un 
bote  sin  gobierno,  llevados  por  las  aguas  á  una  mueite  segura.- 
Y  los  salvó.  Otro  pergenio,  de  la  misma  edad,  como  quisiera 
emplearse  y  su  madre  se  riera  de  tales  pretcnsiones,  se  arrojó 
al   patio,  desde  un   tercer  piso.    Un  joven    de    New  Jersey, 
conociendo    que   estaba  enfermo    de    viruela,    esperó  estoica- 
mente á   la  noche  para   dirigirse  á  pié  al   hospital,  muy  dis- 
tante,  alejándose  en   su    marcha  de  la  vía  ordinaria  para  no 
trasmitir  el  contagio.    A   la  maflana    siguiente  los  porteros  lo 
recogieron,  moribundo  de  cansancio,  en   la    puerta  del  asilo. 
Sorprendidas  por  las  llamas,  una  criatura  de   diez  años  y  su 
madre,  aquélla  se  empeña,  con   lágrimas   en  los  ojos,  por  que 
ésta  se   salve   primero;   pero   en    este   caso  fracasa  el   coraje 
infantil  y    se  agrega  una  nueva   estrofa  á  los   heroísmos  hu- 
mildes, que  las   alas  de  los  ángeles  no  son   bastante  blancas 
y    bastante  puras   para  acariciar  el   espíritu  de   la   más  des- 
venturada de  las  madres  en  la  más   miserable  de   las  bohar- 
dillas.   Con  buenos  cimientos,  las   demás   dificultades  son  se- 


206  LUIB  ALBERTO  DE  HERRERA 

candarias,  j    los   cimientos    sociales    aquí  se    construyen  con 
portland  y  granito. 

Las  inclinaciones  gimnásticas  de  la  niñez  se  acentáan^  si 
es  posible^  con  el  tiempo.  Nada  ni  nadie  disputa  con  más 
éxito  sus  víctimas  á  las  tabernas  que  los  juegos  nacionales. 
Cada  gremio  tiene  su  team,  es  decir,  su  cuadro  de  desafío 
exterior,  y  no  necesito  agregar  que  nunca  le  falta  contrin- 
cante. Los  empleados  de  una  casa  de  comercio^  apoyados 
alegremente  por  sus  patrones,  se  disputan  la  victoria  con 
los  empleados  de  otras  instituciones  semejantes;  los  .obreros 
hacen  cosa  idéntica;  los  centros  cié  nfif icos  apropiados  cifran 
su  orgullo  corporativo  también  en  esos  laureles;  y  las  seño- 
ritas estimulan  esos  enardecimientos,  que  denuncian  una  sa- 
lud poderosa  en  los  espíritus,  usando  en  sus  vestidos,  en  los 
días  de  lucha  atlética,  ya  sea  en  forma  de  pequeñas  banderas 
esmaltadas  ó  de  cintas  con  inscripciones,  la  divisa  de  los 
clubs  á  que  se  sienten  vinculadas  por  pertenecer  á  ellos  sus 
amigos,  sus  hermanos  ó  sus  prometidos.  La  escuela  militar 
de  West  Poiut,  como  todas  las  asociaciones  chicas  y  gran- 
des, tiene  también  sus  teams,  y  cuando  ella  festejó  su  cen- 
tenario, uno  de  los  principales  n&meros  del  programa  lo 
llenaba  un  partido  de  base  ball,  considerado  interesantísimo, 
entre  sus  mejores  alumnos.  Mientras  estuve  en  Toronto,  los 
obreros  fundidores,  reunidos  en  asamblea  internacional  magna, 
en  número  de  dos  mil  delegados,  interrumpieron  un  día  sus 
trascendentales  tareas  gremiales  para  entregarse  á  los  place- 
res atléticos.  Las  universidades  americanas  no  son  excep- 
ción á  la  benéfica  regla.  Ellas  miden  sus  fuerzas  con  sin- 
gular afán  y  los  cuadros  elegidos,  con  el  honor  de  sus  colores, 
tienen  el  encargo  de  llevar  al  tiiunfo  el  prestigio  muscular 
de  los  Estados.  Cuando  la  aristocrática  Universidad  de  Har- 
vard entra  en  lidia  con  la  Universidad  de  Yale,  ó  la  de 
Chicago  con  la  de  Columbia,  los  diarios  organizan  un  ser- 
vicio de  información  extraordinaria  y  ningún  suceso  absorve 
más  la  atención  pública  que  ese  choque  de  dos  virilidades 
hermanas.  Pascando  por  Ottawa,  vi  un  grupo  animado  frente 
á  la  redacción  de  un  diario.  Creyendo  que  se  tratara  de  la 
enfermedad  del  rey  Eduardo,  seguida  con  interés  por  aquellos 


DESDE    WASHINGTON  207 

leales  subditos^  me  aproximé  á  la  pizarra  notieiosa  para  sa- 
ber, en  segatda^  que  toda  la  ansiedad  dominante  sa  originaba 
en  las  alternativas,  comunicadas  por  telégrafo,  de  un  partido 
de  lacrosse — juego  favorito  de  los  canadienses- -reñido  entre 
los  representantes  de  la    ciadad  citada  y  los  de  Toronto. 

E^  muy  agradable  constatar  que  entre   nosotros  so  ha  ini- 
ciado, con  caracteres  auspiciosos,  la  anhelada  evolución  de  las 
aficiones  juveniles.     Años  atrás  se  hacia  un  proceso  espeluz- 
nante del  foot'ballj  argumentándose  con  el  caso  de  un  com- 
patriota que  sufrió  la  fractura  de  dos   costillas  y   cuyo  per- 
cance ya  iba  en  camino  de  obtener  fama  do  leyenda.  ¡Cómo 
se  han  encarrilado  las   opiniones!  El  rector    de  la  Universi- 
dad, doctor  Pablo  De-María,  tuvo  especial  gusto  en  declararse 
partidario    acérrimo    de  la    diversión    importada,  inaugurando 
con  el  prestigio  de  su  palabra  el  campo  atlétioo  del   cAlbion»; 
y,  á  la  fecha,    nuestras    más    distinguidas   familias   asisten  á 
'   las  reuniones  y  millares  de  espectadores,  que  se  apasionan  por 
la  suerte  de  los  bandos  divergentes,  siguen  el  desarrollo   de 
la  fiesta,  en   plena  posesión   de  los   términos   técnicos   ingle- 
ses, que    han  españolizado,   y  prodigando   ardientes    aplausos 
al  insuperable   Sardesón,   celoso    cumplidor   de     sus    deberes 
de   San   Pedro  en  la  puerta  de  la  valla  confiada  á  su   vigi- 
lancia gatuna,  ó   á  ese  reputado  rival  del  PeñaroY,  conocido 
por   Ferrocarril,  en   mérito   al  empuje   incontrastable   de   sus 
avances.     Impresiona  bien  ver  durante  los  domingos  á  cente- 
nares de  muchachos  montevideanos  llenando  los  suburbios  de 
la   ciudad  con    el  matiz  pintoresco   de   provechosas   corridas 
detrás  de  una  pelota  de  cuero  que,  lanzada  por  los  declives, 
parece    huirles   y    desafiarlos    á    la  lucha.     Pero   esos  útiles 
entusiasmos,  que  pueden  pasar,  debieran  cristalizarse  haciendo 
obligatorio  el  foot-ball  en  las    escuelas  públicas  y  señalando 
tardes  de  asueto   para   practicarlo,   como   se   hace   en    Norte 
América.     Lo    mismo  cabe  decir  de  la  sección  universitarias 
de  Estudios  Preparatorios.    Durante  su  luminoso  rectorado  el 
doctor  Alfredo  Vázquez  Acevedo  hizo  un  ensayo  en  tal  sen- 
tido,  pero    la    laudable   iniciativa    no    adquirió     el    necesario 
arraigo,  debido  á  las  pocas  oportunidades  que  había   de  de- 
dicarse  holgadamente   al  ejercicio. 


206  LUIS  ALBERTO  DE 

oundarías,  y    loa   <»inieiitos    sociales    aquf  se    constrayan  coa 
portíand  y   granito. 

Lns   inclinaciones  gimnftetioas  de  la  niBez  se  acentúan,   « 
es  posible,  con  el  tiempo.     Nada   ni    nadie  disputa  con  mía 
¿xito  BUS  victimas  i  las    tabernas   que  los  ju<^os   nacionales. 
Cada  gremio   tiene  su  team,  es    decir,  su   cuadro  de  desafio 
exterior,  y   no   necesito    agregar   que   nunca  le  falta  coatrin- 
cante.     Los  empleados  de    una   casa    de    comercio,  apoyadoa 
alegremente  por    sus    patrones,    se   disputan    la   victoria  con 
los  empleados  de  otras  instituciones    semejantes;   los  .obreros 
hacen  cosa  idéntica;  los  centros    ciontifícos  apropiados  cifran 
BU  orgullo  corporativo  también  en  esos    laureles;   y  las  seSo- 
ñtas  estimulan   esos  enardecimientos,  que   denuncian  una  sa- 
lud poderosa  en   los  espíritus,   usando  en  sus  vestidos,  en  los 
días  de  lucha  atlética,  ya  sea  en  forma  de  pequeDas  banderas 
esmaltadas  6   de  cintas  con    inscripciones,    ta    divisa   de   los 
clubs  á  que  se  sienten   vÍDCuladas  por   pertenecer   á  ellos  sus 
amigos,  sus  hermanos  6    sus    prometidos.     La  escuela  militar 
de  West  Point,    como  todas    las    asociaciones  chicas  y   gran- 
des, tiene  también  sus  teams,   y   cuando   ella  festejó   su   cen- 
tenario, uno    de    ios    principales    números    del    programa    lo 
llenaba  un  partido  de  base   ball,  considerado    interesantísimo, 
entre  sus  mejores  alumnos.     Mientras   estuve   en  Toronto,  \ob 
obreros   fundidores,  reunidos  en  asamblea  internacional  magna 
en  número   de  dos  mil  delegados,  interrumpieron   un   d(a  su 
trascendentales  tareas  gremiales  para  entregarse  it  los  plact 
res  atléticos.     Las  universidades    americanas    no   bou     exce 
ciíjn  á  la  benéfica  r^la.     Ellas    miden  sus  fuerzas  coa  si 
guiar  afán   y  los  cuadros  elegidos,  coa  el  honor  de  sus  color 
tienen  el   encargo   de  llevar  al  triunfo    el  prestigio    musen 
de  los  Estados.     Cuando  la  aristocrática  Universidad  de  E 
vard  entra    en   lidia  con  la    Universidad    de  Yale,   6    la 
Chicago  con  la  de    Columbia,    los  diarios  organizan  un 
vicio  de  información  extraordinaria  y    ningim  Buceso   abe 
más   la  atcncitJn  pública  que   ese   choque    de    dos    vúy^^  ^^ 
hermanas.     Paseando  por  Ottawa,  vi  nn  grupo  an'~  "^^^^"^ 
&  la  redaocién   de  un  di.irlo.     Creyendo  que    -—  - 

enfermedad  del  rey  Ediiniiio,  seguida  cor 


i 


DE8DE    WASHINGTON  209 

¿Qué  bAcen  allí  los  niños  de  sus  tardes  j  de  sus  días,  de  fiesta? 
Bostezar  en  e\  abunímiento  y  aprender  á  dormir  la  siesta  de 
las  grandes  perezas  que^  más  adelante,  hará  de  ellos  freouen«- 
tadores  asiduos  de  esas  innobles  riñas  de  gallos.     Porque  ¡es 
claro!  restringido  eada  vez  más   el   uso  del  caballo^  á  causa 
de  la  evolución  general,  cerrado  el   período  de  las   aventuras 
andariegas,  es  indispensable   dar  desahogo   á  las  impulsiones 
nerviosas  de  la  edad,  y,  como  no  se  le  encuentra  bueno,  se 
le  dá  malo,  que  de   una   simple  arruga  del  terreno  depende 
que  los  arroyos    alimenten  con    el   caudal  de   sus  aguas  cié- 
nagas 6  ríos.    Rompiendo  el  aislamiento  letal  de  las  épocas 
coloniales,    ¡cuánto   más  hermoso  fuera  ver  á   la  juventud  de 
las  cabezas  de  departamento   adiestrarse   en  juegos    viriles   y 
lanzar  resuelto  reto   de   desafío  á  las  rivales,  ofreciéndose  á 
combatirlas  en  sus  mismas  posiciones,  que  ya  nuestra  red  de 
ferrocarriles,  casi  completa,  permite  saltar  en  horas  de  la  Co- 
lonia á   Soriano,  del  Salto   á    Paysandü  y  de  Tacuarembó  á 
Bivera!    Todos    sabemos   que   la   anarquía  de   opiniones,  los 
celos    recíprocos,   las   intrigas,   dominan,  como   una   incurable 
malaria,  en  los  poblados  de  la  campaña,  condenando  á  muerte 
las  iniciativas  de  mejoramiento  local   que,  por  mucha  que  sea 
8Q   bondad,  fracasan    si    no   las  levanta    sobre   sus    hombros 
fornidos  el  esfuerzo  colectivo.     Más  de  un  recurso  hábil  brinda 
la  razón  para  combatir,  con  éxito,  esas  verdaderas  epidemias 
morales.     Pero  afirmamos  que  no  figurarían  entre  los  últimos^ 
si  dirigidos  á  tal  efecto  purificador,  la  improvisación  de  nue- 
vos  motivos  de    actividad  urbana  y   de  estímulos  á  la  vida 
social  y   un  funcionamiento  más   eficaz  de  la  enseñanza  pú- 
blica, en  sentido  de  aproximar  prácticamente  á  los  niños  entre 
sí,  lo  que,  en  el  fondo,  importaría  la  aproximación  inadvertida 
de  los  bogares  más  divergentes.     Los  juegos  atléticos  adap- 
tables á  nuestro  medio  y,  en  primera  línea,  el  foot^ball  y  las 
carreras  á  pié,  pueden  rendir  esos  beneficios  hermanos.    Por 
an    lado,  los  partidos   domingueros,   suscitando  interés  seme- 
jante   al   que  ya   despiertan    en   la  capital   de   la    República, 
crearían  los  pretextos  de  entretenimiento  y  de  contacto  cortés 
que    se  necesitnn;  y,   por  otro,  la  alianza  obligada  y  placen-*- 
tera    de   los   escohires   en   juegos  que  los  apasionarían,  á  la 

14 


196  LUI8  AT.BKRTO  DE  H»UIBBA 

La  sangre  enturbia  los  sentidos  y  emborracha  tanto  como 
el  ingo  concentrado  de  las  uvas.  Acepto  que  viendo  el  de- 
sarrollo en  un  frontón  de  un  partido  de  pelota^  los  espec- 
tadores prorrumpan  en  expresivas  demostraciones  cuando  la 
cesta  invencible  del  Chiquito  de  Eibar  mide,  desde  el  doce, 
una  rasante,  que  después  de  avanzar  besando  el  plano  de  la 
pared  lateral,  pica  un  decímetro  mf(s  arriba  de  la  línea  vá- 
lida, y  que  lo  mismo  sucediera  cuando  en  los  partidos  Á 
mano  limpia  el  célebre  Paysandú,  entre  nosotros,  hacía  sil- 
bar la  pelota  al  hendír  los  aires  como  un  proyectil,  po- 
niéndola, cautiva  de  su  maestría,  en  el  punto  deseado  por 
la  inteligencia  del  jugador.  £n  todos  esos  ejercicios,  de 
tan  diferentes  matices,  á  poco  de  estudiarlos,  se  encuentra 
el  secreto  de  los  grandes  éxitos  pasionales.  Creo  que  no 
sucede  lo  mismo  con  el  box,  que  no  agrega  á  su  brutali- 
dad y  grosería  una  sola  tinta  conquistadora.  El  conjunto 
del  espectáculo  en  sí,  no  puede  ser  más  insípido,  sin  mú- 
sica, sin  ovaciones,  sin  la  variedad  pintoresca  de  altercados 
y  diálogos  naturalistas,  tan  necesarios,  como  la  pimienta  á 
los  platos  fuertes,  en  circunstancias  de  placer  y  desenfreno 
populachero. 

En  medio  del  silencio  más  absoluto,  impuesto  por  las  reglas 
del  acto,  dos  individuos,  casi  desnudos,  salen  á  la  palestra  y 
se  curten  la  fisonomía  á  puñetazos.  En  plena  florescencia 
física,  de  espaldas  angulares,  de  pecho  soberbio,  que  parece  va 
á  romperse,  como  una  tela  demasiado  extendida,  bajo  la  pre- 
sión de  fragua  de  sus  pulmones,  es  innegable  que  ellos  pro- 
claman, con  una  realidad  hermosa,  la  eficacia  espléndida  de 
los  movimientos  gimnásticos  sobre  el  cuerpo  sometido  á  su 
raimen.  Esos  músculos  perfectos,  señalados  mejor  por  el  ajus- 
tamiento de  la  piel,  al  igual  de  las  formas  femeninas  en  el 
tránsito  callejero,  gracias  á  la  moda  agradecida  de  estirar  para 
un  lado  las  polleras,  merecen  ser  admirados  por  la  salud 
romana  que  denuncian  y  por  el  esfuerzo  plausible  que  repre- 
sentan. La  belleza  poética  de  Narciso  nada  tiene  que  ver 
con  la  belleza  fiera,  reciamente  masculina,  de  estos  atletas 
que,  como  el  Ursus  de  Enrique  Sienkiewck,  serían  capaces 
de  luchar,  á  brazo  partido,  con  un  toro  salvaje  y  de  desnu- 


DIBBDE    WASHUrchTON  197 

cario  rompiéndole  la  cervis,  si  lo  mandara  asf  su  voluntad. 
Frente  á  freute>  se  atacan  j  se  repelen,  como  dos  autómatas, 
sin  dirigirse  una  palabra,  sin  cambiar  un  reproche,  hasta  que, 
bajo  el  contacto  de  acero  de  un  puño,  se  rinde  la  energía 
adveraaría.  He  ahí  una  diversión  que  nunca  adquirirá  arraigo 
entre  las  razas  latinas  que,  nerviosas  j  artísticas  aún  en  sus 
horas  de  entretenimiento  varonil,  necesitan  espectáculos  ar« 
dientes  que  llenen  con  ecos  animados  sus  oídos,  que  hieran 
con  intensidad  la  vista,  lastimando  casi  la  pupila,  y  que  arran- 
quen á  la  garganta  expresiones  imperiosas.  La  ausencia  misma 
de  esos  excitantes  la  hará  perdurable  aquí  en  donde  el  clima 
7  la  educación  particular  alian  sus  influencias  glaciales  sobre 
el  mundo  moral  para  ofrecemos  el  ejemplo  de  temperamentos 
flemáticos,  reacios  al  bullicio,  que  miden  sus  impresiones  por 
reloj  y  que  ignoran  los  estallidos  ruidosos  de  la  cólera  y 
del  placer.  En  ese  sentido,  el  box  satisface  las  preferencias 
de  muchos  al  proporcionarles  la  oportunidad  de  seguir  el 
desarrollo  de  dos  actividades  físicas  encontradas. 

De  manera  que,  con   todo  de   su  torpeza,  no  cabe  el  pa- 
ralelo que  en  tal  concepto  se  ha    intentado  entre  el  box  y 
las  corridas  de  toros.    Aquél   se  determina  por  el  consenti- 
miento, sereno  é    interesado,    de  dos   sujetos    racionales  que 
ponen  expontáneamente   al  servicio  de   sus  ambiciones  mone- 
tarias, el    arte  en    que  son    diestros.     Otros    se   ganan    con 
dificultad  la  vida   en  el  desempeño  de   las  ocupaciones  más 
duras;  éste,  cava  la    tierra;  aquel,  maneja  un   coche  de  pla- 
za; pues  el  boxeador,  con  toda  holgura,  sin  perder  un  minu- 
to de  su  sueño,  gordo,    feliz  y    mimado,    pone  su    porvenir 
en  las  muñecas,  las  cuida,  ensaya  con    ellas  las  más  hábiles 
estrategias,  y  así,  al    precio  ínfimo  de  medio  litro  de    san- 
gra nasal  por  año — lo  que  evita  el  uso  de  ventosas — pros- 
pera y  se  enriquece  acariciado  por    ráfagas    de  positiva  po- 
pularidad.   £1    peligro  de    muerte    que    puede  correr   en  su 
profesión  es  tan    problemático  como  el  que  se  cierne   sobre 
cualquiera    de  nosotros  al  cruzar  una  boca-calle.    Sabiéndolo 
juí,  el  espectador  no  se  arrebata  porque  el  espíritu  sólo  se 
aigita,  dominado   por  zozobras    que  causan  extraños  deleites, 
citando    existe,   en    el    fondo,    la    perspectiva    constante    de 


X 


Más  noticias  sobre  el  Osnsdá  —  Los  rigores  del  clims  y  !s  indus- 
tria de  los  habitantes—  Influencia  de  las  municipalidades  —  Los 
bomberot  yankees  —  Maravillas  de  la  institución  —  Un  congreso 
extraordinario  —  Elementos  portentosos  de  salvataje  —  Referencias 
sobre  el  Uruguay  —  Una  raza  fuerte  contra  un  clima  adverso  — 
Oomo  se  progresa  —  Ottawa,  Toronto  y  Montreal  —  Por  las  igle- 
sias —  Ecuanimidad  religiosa. 


Cuando  recapacito  sobre  los  temas  que  han  servido  de  mo^ 
tívo  á  mis  anteriores  cartas  se  me  ocurre  pensar  quC;  ni 
aún  persiguiendo  propósitos  de  enredador,  habría  podido  ofre* 
cer  á  ustedes  una  combinación  tan  pintoresca  de  asuntos  tam 
divergentes.  Pero  la  culpa  de  semejante  desorden  pertenece 
á  la  realidad,  llena  de  alternativas  y  contrastes,  que,  desde 
hace  muchos  meses,  está  jugando  á  la  pelota  con  mi  ima- 
ginación. Si  esta  última  fuera  de  contextura  material  ya 
habría  estallado,  como  sucede  con  los  globitos  de  juguetería 
cuando  se  les  infla  en  exceso,  tantas  y  tan  extrañas  y  tan 
tM>nipIicadas  son  las  impresiones  recibidas!  Pero,  por  fortuna, 
descendamos  del  buen  Adán  que,  en  mala  hora,  cometió  la 
debilidad  de  comer  una  fruta  verde,  ó  de  esos  feos  orangu- 
tanes, físicamente  tan  parecidos  á  nosotros,  que  nos  descu- 
bren la  hilacha  en  los  museos  zoológicos,— el  cráneo  del  más 
vnlgar  de  los  mortales  tiene  capacidades  infinitas  al  extremo 
de  ser  inagotable  su  hospitalidad.  Por  lo  demás,  ¿cómo  exigirle 
al  cazador  que  precise,  antes  de  correr  la  aventura,  cuál  será 
el  contenido  de  su  morral,  á  la  vuelta,  si  todo  depende  del 
asatf  A  menudo,  rastreando  perdices,  el   descubrimiento,  por 


214  LUIS  ALBEBTO  DE  HKRRKTtA 

incidenciai  de  una  bandada  de  patos  posesionada  de  la  laguna 
con  tentador  descuido^  cambiará  el  rumbo  de  su  pasión  ci- 
negética,  que  pronto  conocerá^  otro  recodo,  cuando  alguna 
de  esas  codiciadas  becasinas  pase  al  alcance  de  la  escopeta.^ 
Pues  con  el  desfile  de  las  ideas  sucede  algo  parecido.  EUaa 
no  pagan  tributo  á  la  disciplina,  como  las  tropas  que  mar- 
chan por  compañía)»,  de  mayor  á  menor,  llevando  sus  oficiales 
á  la  cabeza.  Su  lej  es  la  anarquía.  Ligadas  en  el  tiempo 
ellas  brotan  en  monstruoso  parentesco,  mezclado  lo  trivial  á 
lo  serio,  sin  que  nada  pueda  la  propia  voluntad  contra  tan 
singulares  caprichos.  ¡Cuantas  veces  ciertas  impresiones,  que 
en  otras  circunstancias  pasarían  perdidas,  se  graban  con  te- 
nacidades de  terquedad  y,  rompiendo  toda  gerarquía,  vienen 
á  colocarse  con  imperio  á  la  vanguardia  del  pensamiento, 
reproduciendo  en  el  terreno  abstracto  el  espectáculo  de  esos 
impertinentes  que,  empujados  en  las  más  grandes  manifesta- 
ciones callejeras  por  afanes  de  exhibicionismo,  llegan  de  la 
cola  á  la  cabeza  de  la  columna,  atropellando  con  grosería  á 
los  que  más  valen  y  consiguiendo  formar  junto  á  los  pri- 
meros 7  ser  sorprendidos  así  por  la  placa  fotográfica!  He- 
chos estos  esclarecimientos  atenuantes,  ¿me  perdonan  el  desor- 
den, de  montonera,  de  mis  párrafos? 

Todavía  no  ha  perdido  vivacidad  el  recuerdo  de  los  días 
agradables  pasados  en  el  lejano  Canadá.   Caído,  como  un  bó- 
lido,  en  aquel    medio    de  atractivos    singulares,  pude    pene- 
trarme   del -mérito    batallador  de  la  nueva  raza  que    vive    ea 
lidia  perpetua  con  el   clima,  cuyas  inclemencias   sabe  vencer. 
Nosotros,  nacidos  en  zonas   de   ambiente    delicioso,  bajo  laa 
caríoias  de  un  sol  jamás  inconstante,  que  vivimos  dejando  ha- 
cer á  la  naturaleza,  difícilmente  podemos  comprender  los  gran-- 
des  trastornos  decretados  en  otros  países  por  las  bajas  tem^ 
peratbras.  ¿Concebimos,  acaso,  el  alojamiento  para  los  ganados 
bajo  techo,  de  día  y  de  noche,  durante  la  mayor  parte  del 
año;    el  cuidado   paternal   de  las  flores,  obtenidais  como    aa 
milagro,   en   la  atmósfera  artificial   de    I09  invernáculos  bajo 
cielo  de  cristales;  la  paralización  larguísima  en  el  exterior  de 
laÉ  tareas  rásticas;  el  aprovisionamiento  abundante  de  cerea- 
les y  pasto  para  afrontar  con  éxito  las  exigenetas^  sin  posible 


DESDE    WAfiJBINQTOX  ,^15 

repaesto^  de  la  estación  adversa;  la  concentracii^ii  íntima  j 
prolongada  de  los  miembros  de  cada  familia  campesina  eu 
casitas  construidas  con  todas  las  estrategias  imaginables,  do- 
tadas de  ventanas  dobles,  puertas  de  cierre  hermético  y  forro 
de  madera,  ajustado  al  ladiiilo;  en  una  palabra,  la  mueiie 
transitoria  del  mundo  físico  que  ofrece  entonces  un  aspecto 
de  perfecta  é  inexorable  catalepsia?  El  frío  intenso  convierte 
á  las  corrientes  de  agua  en  témpanos  sin  solución  de  conti- 
nuidad; flagela  á  los  árboles;  ahuyenta  á  los  pájaros,  y  aplasta, 
bajo  una  lápida  de  hielo,  la  frente  de  los  campos.  Cercos, 
bosques,  accidentes  topográficos,  ríos,  precipicios,  sembrados, 
carreteras,  todo  desaparece  perdido  en  los  pliegues  del  blanco 
sudario,  del  inmenso  sudario,  que  se  esponja  en  todos  los 
rumbos  señalando  una  victoria  triste.  La  consigna  del  silencio 
más  absoluto  aparece  escrita,  como  uti  epitafio,  sobre  la  estepa 
incomensurable.  Ahí  está  reproducida,  en  proporciones  fantás- 
ticas, la  imagen  de  los  castigos  inquisitoriales.  Sin  piedad,  sin 
justicia,  sin  razón  noble,  se  persigue  á  la  vida  en  los  senos 
benditos  de  la  ^madre  tierra,  se  rompen  las  energías  de  la 
creación  con  el  peso  de  un  horrible  grillete  y  se  la  somete  al 
más  pavoroso  de  los  tormentos  enterrándola  viva,  evocando 
así  la  memoria  de  aquellos  emparedamientos  infernales  do  la 
Edad  Media. 

En  esa  condición  se  deslizan  siete  meses  del  año  en  el 
Canadá.  Al  cabo  de  ellos  el  cruel  enemigo  se  retira  á 
sus  cuarteles  polares,  corrido  por  las  grandes  alegrías  del  ve- 
rano. Entonces  se  emprenden  los  cultivos,  con  actividades 
febriles,  para  sacar  ventajas  del  pequeño  paréntesis  conce- 
dido; las  fuerzas  fecundantes  del  surco  entran  en  rápida 
evolución;  los  pinos  salvajes  visten  galas  lujuriosas;  una 
cabellera  de  vq^etación  exuberante  cubre  el  casco  de  las 
comarcas;  llega  la  época  de  l.>s  grandes  cortes  y  los  mon- 
tes naturales  sufren  el  ataque  de  millares  de  leñadores;  cru- 
zan el  país  cargamentos  enormes  de  madera,  de  los  cuales 
algunos  alcanzarán  hasta  el  Río  de  la  Plata,  y  un  aliento 
ejemplar  de  labor  y  de  industrialismo  vuela  por  todas  las 
leones.  Se  trabaja  con  ahinco,  teniendo  siempre  preseate 
el  fantasma    de    la    perspectiva  desfavorable,  que    adquirirá 


216  LUIS  ALBKBTO  DE  HERBERO 

contornos  de  realidad  en  (echas  de  exactitud  matemáticak 
Juanea  se  olvida  la  visión  del  implacable  opresor  del  norte 
que  se  concentra^  á  disgusto,  en  la  misteriosa  hoya  nevada  del 
Océano  Ártico,  ansioso  de  desbordarse,  con  elasticidades  de 
pulpo,  sobre  el  hermoso  pedazo  de  continente  libre,  por  ins- 
tantes, del  penoso  cautiverio.  Las  plantan  crecen,  florecen 
y  fructifican  de  prisa,  las  cosechas  se  recogen  sin  pérdida 
de  tiempo  y  con  tanto  acierto  victorioso  que  cuando,  apro- 
vechando los  descuidos  del  sol,  el  frío  golpea  exigente  á  la 
puerta  de  los  hogares,  el  pueblo  canadiense  sale  á  recibirlo 
risueño  y  burlón,  y  le  da  la  bienvenida  desplegando  la  mis- 
ma soltura  amable  del  deudor  que  tiene  á  mano  dinero  bas- 
tante para  apagar  las  impaciencias  hostiles  de  su  acreedor. 
Ya  los  graneros  están  llenos;  ya,  á  la  espera  del  nuevo 
respiro  primaveral,  se  ha  hecho  el  abono  científico  del  te- 
rreno y  se  ha  puesto  en  sus  entrañas  la  semilla,  para  que  ella 
dormito  prisionera  de  los  hielos  y  aguaitando  su  partida;  ya 
las  vacas  lecheras  han  disfrutado  de  sus  vacaciones  al  aire 
libre  y  los  caballos  de  uso  doméstico  han  cumplido  su  mi- 
sión laborante,  prendidos  al  arado;  ya  están  tomadas  todas 
las  precauciones  necesarias  y  se  puede  bajar  el  puente  leva- 
dizo sin  temor  á  una   sorpresa. 

Entonces,  empiezan   los  entretenimientos   atléticos,   impues- 
tos  por  las  dureza  del  clima,  y  aparecen   las  diversiones  ca- 
racterísticas  de  ese  país  de  las   pieles,  tan   maravillosamento 
adivinado  por  el  talento   pictórico  de  Julio  Verne.     El  hielo 
ofrece   un  insuperable  campo  de   maniobras,  aprovechado  con 
usura  por  todos  los   habitantes  del   Dominio   y   la  juventud, 
siempre   bizarra,    hace   sarcasmo  del   invierno,  que    no   la  al- 
canza de  ninguna   manera,  escribiendo  poemas   de  amor,  con 
el  filo  de  sus  patines,  sobre  el   mármol   terso  de  la  llanura. 
Se  combinan  largas  jornadas  de  bullicio,  los  trineos  sustituyen 
con  ventaja  placentera  á  los  vehículos   ordinarios  y  se  con- 
suman atrevidas  excursiones  en  colectividad.   Elsto  en  el  exte- 
rior que,  en  el  interior,  tampoco  faltan  objetivos.     Ha  llegado 
la  hora  de  las  veladas  interminables  y  sentada   alrededcH*  de 
«n  fu^o  bien   nutrido    la   familia   reunida  sigue   con  interés 
la  lectura  de   las  revistas  agrícolas  y  ganaderas,  que  el   go- 


I>BBDB    WASHINGTON  217 

bierno  publica  con  previsora  generosidad,  y  de  los  diarios, 
qae  tienen  snscritores  ávidos  en  la  más  humilde  de  las  vi- 
viendas. Pero  todo  no  es  esparcimiento.  La  fabricación  de 
manteca  y  qaeso  oonstitnye  una  tarea  delicada  y  seria  y  de 
opimos  beneficios.  En  ella  colaboran,  con  toda  la  valentía 
honesta  de  su  sexo,  las  mujeres,  alternando  estas  actividades 
con  el  tejido,  en  el  cual  son  muy  hábitos. 

¿No  tiene  sienes  de  triunfador  un  pueblo  así  fundido, 
que  sabe  leer,  que  mantiene  como  fuego  sagrado,  el  culto 
de  sus  tradiciones  legendarias,  que  nunca  soportó  despotis- 
mos y  que,  á  fuerza  de  tenacidad,  de  paciencia  y  de  carác- 
ter ha  enfrenado  los  caprichos  de  un  clima  que  ya  no  es 
desolador?  Allí  ha  puesto  la  grandeza  sajona  la  piedra  an- 
gular de  una  nueva  patria  republicana.  Para  nosotros,  en  el 
momento  actual,  posee  afin  más  eficacia  ejemplar  el  caso 
del  Canadá  que  el  caso  de  los  Estados  Unidos.  Este  último 
es  un  país  colosal,  ya  hecho,  el  más  grande  de  la  tierra, 
que  nada  tiene  que  aprender  ya,  en  cierto  sentido,  pues  su 
evolución  orgánica  está  concluida  á  cincel.  Otra  cosa,  muy 
distinta,  debe  decirse  de  aquél,  en  proporción  despoblado, 
todavía  colonial,  que,  si  bien  llamado  á  vuelos  caudales, 
recién  entra  en  rivalidad  vigorosa  con  la  concurrencia  uni- 
versal. El  Canadá  pasa  por  un  período  de  transición  y 
afronta  las  exigencias  educacionales,  políticas  y  productoras 
con  recursos  relativamente  limitados,  haciendo  prodigios  de 
economía  financiera,  acosado  á  menudo  por  dificultades  del 
tamaño  de  montañas,  como  venimos  de  verlo.  £^a  simili- 
tud de  circunstancias  embrionarias  nos  aproxima.  Y  no  se 
tenga  á  menos  ese  paralelo  con  una  sociedad  que,  á  pesar 
de  ser  muy  adelantada,  aun  no  goza  de  soberanía  propia. 
Cuestión  de  palabras.  Eu  otra  correspondencia  les  diré  que 
el  Canadá  á  la  fecha  y  aunque  sea  gobernado,  en  teoría, 
por  un  monarca  europeo,  puede  figurar  entre  los  pueblos 
más   libres,  más  concientes  y  mejor  constituidos   del  globo. 

Toronto,  que  presenta  un  radio  algo  menor  que  nuestra 
metrópoli,  posee,  sin  embargo,  una  casa  municipal  esplén- 
dida que,  sin  incurrir  en  exageración,  podemos  envidiarle. 
Ese   palacio,  que  costó  dos  millones  de  pesos  tomados  de  los 


218  LUIB  ALBERTO  DB  HBBBERA. 

recnrsos  provinciales^  ocnpa  una  manzana  entera  y  se  desdo- 
bla en  cinco  pkos.     Sn  arquitectura  responde  al  estilo  típico 
de  las   construcciones  inglesas,  que,  en  lo  referente  á  edifi- 
cios públicos,  tienen  la  apariencia  de   las    históricas  abadías, 
si  se  enfoca  su  centro,  7  de  castillos  feudales,    si    se   miran 
las  esquinas,  que   rematan  en   sólidos    torreones.    Todos    los 
servicios  públicos  están   holgadamente  instalados  allí   además 
de  los  amplios  salones  de  recepción.     Porque  las  institucio- 
nes municipales   tienen  un  carácter  más  genuino  en    las  na- 
cionalidades libres  brotadas  del  tronco  británico.    Los  latidos 
de  la  comuna  repercuten    con   mayor,  eficiencia    social  en  el 
seno  de  las  autoridades  edilicias  que,  sintiéndose   fuertes  con 
el    apoyo    decidido    del    cuerpo    ciudadano    que    representan, 
abordan,  sin  temor,  la  solución  de  loa  problemas  locales.    Ea 
que  ellas  son   verdaderamente  autónomas;   es  que  ellas  tienen 
sus  rentas  propias    7  para    nada  deben    preocuparse  de    las 
fiscalizaciones  retardatarias  de  los  Poderes  del    Estado,  pues 
si  el  Ejecutivo  lleva  en  las  manos   las  riendas  del   gobierno 
nacional  ellas  tienen   en   las  suyas,  con  derecho  tan  legítimo, 
el  gobierno  de  la  ciudad,  protegida  en  sus  fueros  por  Cartas 
de  naturaleza  sabia  y  de  prestigios  inviolables.     De  ahí  nace 
la  alta  significación    pública    atribuida    á  los    alcaldes,  cuya 
investidura   so  impone  en  todas  las  ceremonias,  como  también 
la  alta  importancia    colegiada  de   los   Consejos    Municipales. 
Es  cierto  que  entre  nosotros  y  si  leemos  sus  reglas  cons- 
titutivas, las  autoridades  civiles  de  índole   semejante  ofrecen 
la  constancia  de  iguales   títulos   orgánicos.   Por  lo  demás,  sa 
cepa  genealógica  no  puede  ser  más  pura,  ya  nos  detengamos 
en  el  primer  escalón  retrospectivo,  estudiando  la  índole  libe- 
ral   de   los  Cabildos,   que   sefialan    una  vaga  tentativa   demo- 
crática en   los  tiempos   de  la  patria  vieja,   ó  ya    alcancemos 
hasta   las  épocas  inmemoriales,   cuando  los    bravos    hijos    de 
Aragón    encabezaban   sus    manifestaciones  al  rey   de  Espafia 
con   aquellas  palabras  empapadas  de  insuperable  altanería  cí- 
vica:   cNosotros,  que  separádalnente  somos  tanto  como  vos  y 
que  juntos  somos  más   que  vos ...»   Pero  en  la  realidad  esa 
significación  de  cuerpo,   con  raras  excepciones,  ha.  ido   per- 
diendo  terreno  que,  con  certeza,  recuperará  hoy  que*  d  vúft^. 


DBSDB    WIOBIVQTOH  219 

palanca  de  las  sociedades  regulares^  se  ejercita  en  ensayos 
bienhechores.  Entonces  esas  Comisiones  Auxiliares  de  la  cam- 
paña tomarán  con  empeño  la  representación  de  los  pequeños 
vecindarios,  preocupándose  del  mejoramiento  estético  de  los 
nficleos  poblados,  por  escasos  de  tamaño  que  ellos  sean;  de 
plantar  árboles  en  las  calles;  de  adornar  las  plazas;  de  fes* 
tejar  los  aniversarios  nacionales;  de  contribuir  al  mayor  brillo 
de  las  fiestas  escolares;  de  rectificar  delineaciones ;  de  insta- 
lar servicios  privados,  y  de  otras  mil  funciones  de  su  resorte, 
en  vez  de  abdicar  en  los  señores  comisarios  la  responsabi- 
lidad de  sus  hermosos  é  intransferibles  cometidos.  Ejemplo 
gráfico  de  esa  dedicación  social  lo  "presenta,  en  escenario  dimi- 
nuto, el  último  de  los  villorrios  americanos  ó  canadienses  que 
produce  en  el  viajero  una  impresión  muy  favorable,  de  orden 
y  de  progreso  vigilante.  Aquí  las  roimicipalidades  están  en 
mayor  contacto  con  la  masa  del  pueblo  por  la  sencilla  razón 
de  que  aquí  ellas  poseen  muchas  y  grandes  atribuciones  pro- 
pias y  pueden,  por  lo  tanto,  resolver  directamente  infinidad 
de  cuestiones  administrativas.  Para  que  se  vea  hasta  qué 
panto  sucede  así,  agregaré  que  el  l.o  de  Setiembre  los  diver- 
sos gremios  de  la  ciudad  de  New  York  desfilaron,  represen- 
tados por  cuarenta  mil  obreros,  por  el  City-Hall  para  recibir 
el  saludo  apreciadísimo  del  alcalde  y  demás  ediles.  Cuando 
visité  la  casa  municipal  de  Toronto  vi  á  los  fundidores, 
reunidos  en  asamblea  internacional,  ocupando  el  gran  salón 
de  sesiones,  embanderado  en  su   honor. 

Cambio  de  asunto  y  recuerdo  que  el  entierro  de  cuatro 
bomberos,  víctimas  de  su  deber,  fué  una  escena  emocionante. 
Mientras  atacaban  un  voraz  incendio  ellos  fueron  aplastados 
por  un  edificio  que  se  desplomó.  Más  de  cincuenta  mil 
almas  presenciaron  el  desfile  de  los  carruajes  mortuorios  que 
contenían  los  restos  mutilados.  Aquel  duelo  expontáneo  fué 
una  simpática  demostración  de  la  cultura  pública.  Los  si- 
niestros en  estos  países  son  numerosísimos  y  adquieren,  á 
menudo,  proporciones  de  verdaderas  catástrofes.  For  eso  en 
la  construcción  de  las  casas  se  adoptan  especiales  precau- 
ciones edificándolas  de  hierro,  como  enormes  jaulas,  y  usan- 
do el  complemento  de  ladrillos  4,  prueba  dé  fuego,  sin  olvi- 


220  LUI0  ALBERTO  BE  HEtiOtERA 

dar  an  aparejo  exterior  de  escalerillas  permaaeiites  que  éx»- 
^n  agilidades  gatunas  para  ser  recorridas.  En  New  York^ 
más  que  en  ninguna  otra  parte,  adquiere  el  peligro  proba- 
bilidades aterradoras.  Habituado  á  ver  en  ios  incendios 
una  contingencia  en  realidad  remotísima  7  qne>  en  el  más 
apurado  de  los  casos,  nunca  amenaza  la  vida  de  manera 
inminente^  entre  nosotros,  no  comprendía  al  principio  las 
advertencias  insistentes  ofrecidas  al  forastero  en  los  grandes 
hoteles.  Ya  he  cambiado  de  criterio  7  confieso  que  ha7 
razdn  justificada  para  tales  cuidados.  Concíbase  el  conjunto 
•apelmazado  de  una  población  heterogénea,  obligada  por  mo- 
tivos climatéricos  á  usar  generosamente  de  las  chimeneas» 
que  se  derrama  sobre  una  extensión  de  diez  millas,  com- 
primida en  edificios^  cuya  altura  mínima  es  de  cuatro  pisos, 
como  sardinas  en  caja.  ¿En  tales  condiciones  pueden  fal- 
tar causas  diarias  de  calamidad?  Así  se  explica  que  el  de- 
partamento de  bomberos  de  New  York  sea  una  institucióa 
importantísima  7  de  inmenso  personal  v  que  el  esfuerzo  de 
todas  las  administraciones  se  dirija  á  perfeccionarlo. 

Pero,  hablando  con  sinceridad  de  profano,  se  me  ocurre 
que  7a  se  ha  alcanzado  el  ideal  de  rapidez  7  de  organización 
cuando  veo  á  los  carros  salvadores  respondiendo  diligentes, 
casi  instantáneos,  á  los  llamados  de  la  aflicción;  á  escaleras, 
de  longitud  fantástica,  cimbrándose  sobre  un  reducido  apo7o 
de  acero  7  tiradas,  como  garfios,  hasta  el  hueco  de  las  más 
elevadas  ventanas;  á  máquinas  de  vapor,  siempre  prontas,  que 
extraen  el  agua  de  las  cañerías  comunicándole  impulsiones 
de  torrente;  7  á  las  bombas,  dirigidas  con  pulso  automático 
7  acierto  cauterizador  al  mismo  foco  del  desastre.  Todo  esto 
en  silencio,  sin  que  se  oiga  el  eco  de  una  voz  de  mando, 
como  que  se  trata  de  una  lección  ruda  aprendida  de  me« 
moria  gracias  á  una  experiencia  audaz  mil  veces  repetida! 
Paseando  por  los  suburbios  do  Chicago  con  el  archiduque 
Boris,  primo  del  czar  de  Rusia,  7  como  se  hablara,  por  in- 
cidente, del  servicio  de  bomberos,  dijo  su  jefe,  que  era  de  la 
comitiva,  que  sus  subalternos  antes  de  cuatro  minutos  hacían 
acto  de  presencia  en  cualquier  punto  de  la  ciudad.  Re- 
cibida con   sonrisas  esta  afirmación   ofertó  una  prueba  práo- 


DE8DB    WASHINGTOir  221 

tica  tocando,  al  efecto,  el  timbre  dé  alarma.  En  los  prime- 
ros momentos  no  hubo  respuesta,  á  los  tres  minutos  compareció 
la  policía  7,  por  reloj,  antes  de  los  cuatro  minutos,  cuando 
ja  se  consideraba  rota  la  fuerza  verídica  del  atrevido  aserto, 
aparecieron  al  galope,  tremolando  sus  insignias  de  guerra  bu- 
manitaria,  los  carros  de  los  amigos  del  pueblo. 

De  distancia  en  distancia  hay  en  las  esquinas  de  New 
York  postes  metálicos,  rematados  por  faroles  de  vidrios  co- 
lorados para  distinguirlos  de  los  otros.  Moviendo  una  ma-* 
nivela,  al  alcancé  de  cualquier  transeúnte,  toca  una  campana 
á  la  vez  que  se  abre  una  caja  metálica  en  cuyo  interior 
aparece  un  resorte  que,  oprimido,  trasmite  el  llamado.  Esta 
operación,  en  dos  actos  independientes,  de  los  cuales  el  pri- 
mero es  ruidoso,  tiene  la  ventaja  de^  que  evita,  en  lo  posible, 
los  abusos  de  los  mal  intencionados.  Pero  trasladémonos  á 
la  estación  solicitada  para  conocer  la  respuesta  que  se  da  á 
la  denuncia.  Aquella  consta  de  un  gran  salón  con  su  ancha 
puerta  perpetuamente  abierta  de  par  en  par.  En  el  centro 
está  colocado  el  carro,  que  contiene  todos  los  elementos  de. 
asalto.  Atrás  de  éste  el  segundo  vehículo  con  la  máquina  im- 
pulsora en  constante  actividad.  Los  costados  de  cada  uno 
de  ellos  están  ocupados  por  los  caballos  de  servicio,  cuatro 
en  total,  que,  atados  corto,  en  pesebres  aparentes,  se  man- 
tienen quietos,  como  asistentes  prontos  á  la  orden.  A  pri- 
mera vista  parece  que  el  local  estuviera  abandonado,  pues  allí. 
no  hay  rastro  de  personal.  Pero  cuando  el  timbre  de  auxilio 
bate,  la  escena  cambia  en  instantes  y  sucede  á  lá  calma  un 
movimiento  inusitado,  de  maquinaria,  al  cual  concurren,  con 
plena  independencia,  brutos  y  racionales.  Los  caballos,  admi- 
rablemente amaestrados,  abandonan,  por  inspiración  propia^ 
sos  departamentos  laterales,  pues  los  cabrestos  se  atan  al  bo- 
zal de  manera  que  basta  un  tirón  fuerte  para  desprenderlos. 
Ya  en  libertad  se  colocan,  siempre  solos,  en  su  sitio  de  cos- 
tumbre, á  los  costados  de  la  lanza. 

A  todo  esto  los  arreos,  en  su  mayor  parte  metálicos  y 
muy  sencillos,  que  han  estado  hasta  entonces  suspendidos  del: 
techo,  caen  sobre  el  lomo  de  los  animales  y  se  ajustan  casii 
aotomáticamente.    Mientras  tanto  los  bomberos,  que  ocupan 


2S  LUIB  ALBBRTO  DE  HERRERA 

loa  pisos  superiores^  han  invadido  la  sala  y  se  encaraman  á 
los  carros  en  actitud  de  circunstancias.  Pero  bajar  las  esca* 
leras  de  acceso  ha  de  exigirles  un  tiempo  precioso,  dirá 
tal  vez,  el  lector.  Contesto  á  ese  posible  comentario  advir* 
tiendo  que  ellos  descienden,  cual  si  cayeran  del  cie^o,  des- 
lizándose, con  agilidades  de  mono,  por  una  barra  fija  de 
hierro  que  atraviesa  de  abajo  á  arriba  todos  los  pisos.  Qué 
más  puede  pedirse?  De  una  pechada  se  suprime  la  cade- 
nilla que  impide  la  entrada  y  la  expedición  sale  al  galope 
para  devorar  el  espacio  como  impelida  por  alientos  endemo- 
niados. Y,  sin  embargo,  á  veces  tantas  energías  puestas  á 
contribución  para  reducir  el  número  de  crueles  infortunios  se 
estrellan  impotentes  contra  los  decretos  irónicos  de  la  fata- 
lidad y  los  gritos  desgarradores  de  infelices,  sitiados  por  las 
llamas  allá,  en  las  alturas  de  un  sexto  piso,  anuncian  á 
quienes  traen  el  socorro  público  que  las  habitaciones  ahoga- 
das por  el  furioso  elemento  se  han  convertido  en  algo  así 
como  una  horrible  monstruosa  parrilla  sostenida  por  el  brazo 
helado  de   todas   las   maldades  apocalípticas. 

El  congreso  internacional  de  los  bomberos  de  habla  sajona 
acaba  de  reunirse  en  New  York,  constituido  por  la  friolera 
de  mil  jefes  de  otras  tantas  de  esas  corporaciones  simpáticas* 
Todas  las  ciudades  mandaron  su  delegado,  desde  Londres  hasta 
la  más  modesta  capital  de  comunidad  americana.  Con  tal 
motivo  se  celebró  una  exposición  de  aparatos  y  útiles  apro- 
piados para  combatir  siniestros.  Aproveché  la  ocasión  para 
darme  una  idea  de  los  adelantos  alcanzados  aquí  en  la  mate- 
ria y  recorrí  aquel  inmenso  bazar  de  elementos  defensivos. 
Cada  casa  inventora  tenía  su  instalación  propia  y  un  personal 
aparente  de  propaganda  para  pregonar  la  excelencia  de  sos 
creaciones.  A  pesar  de  mi  crasa  ignorancia  en  el  asunto  fue- 
ron tantas  las  explicaciones  que  me  facilitaron,  quieras  que 
no  quieras,  en  el  curso  de  mi  visita,  que  á  la  salida  estaba 
casi  en  aptitud  de  discutir  su  ciencia  con  nuestro  bravo  co** 
mandante  Báñales.  ¡Si  para  los  ímpetus  mercantiles  de  estos 
americanos  no  hay  Gran  Muralla  que  valga  y  si  ellos  soa 
capaces  de  emprender,  como  Fausto,  negocio  de  almas  coa 
el  diablo  y  de  ganarle  en   vivezas!   Pero  la  verdad  sea  dich% 


DE8DB    WASHINGTON  2^3 

qoe  los  perfeccionamientos  alcanzados  en  la   rama  que  trato 
son  admirables.   ¿Qué  queda  por  concebir  para  acorralar  at 
fuego  que  tiene  que  ser  tan  perverso,  como  es,  para  aún  asf^ 
acosado  y    vencido,  dar  origen    á  tantos  dramas    populares?' 
He  visto  papeles  de   asfalto  para   las    habitaciones,  por   su-» 
puesto,   incombustible;    madera    dotada    de    idéntica    calidad 
por  medio  de  baños  dé  magnesio;  arneses  automáticos:  lite- 
paras  de  mano  protegidas,  por   el  estilo  de  las  que  usan  los 
mineros;  escaleras   larguísimas   con  bombas    anexas,  que   gra- 
cias á  un  simple    meóanismo    se   manejan  desde  abajo;   apa- 
ratos protectores    contra   el  humo,  cuyo  objeto    es  evitar    la 
asfixia;  denunciadores  automáticos;  mallas  recias  y   flexibles, 
capaces   de  recibir,  sin   que  sufran  lesión,  á  los  desesperados 
que  se  arrojan  del  más  alto  piso;   automóviles   adaptados   al 
servicio;    ventanas    con    vidrios    incombustibles;  escalas  pneu- 
máticas,  baldes  de    última    novedad;  mangas   de    contextura 
formidable;    cascos    mejores   que  los  mejores    conocidos;  uni- 
formes,   capaces    de     permitir    á    quienes  los    usan    desafiar 
al    fuego,    como  se    desafía    á  la    lluvia,    con  las  manos    en 
los    bolsillos;     botas,    caretas,    máquinas,    tornillos,    tenazas, 
hachas  y  mil  otros  aperos  y  recursos  de   carácter  práctico  y 
eficaz.    Las   llamas  poco  dan  que  hacer  entre  nosotros  pero, 
de  todos  modos,  es    indudable   que   la   gran  extensión  de  la 
ciudad  de  Montevideo  exige  que,  en  tres  ó  cuatro  puntos  es- 
tratégicos de  su  planta    urbana,  se   instalen    esteciones   inde- 
pendientes de  bomberos,  sin  necesidad  de  aumentar  por  esto 
el  plantel  existente  aunque  sí,  talvez,  su  dotación  de  aparatos. 
Un  oriental   no  se  vé  todos  los  días  en  Toronto;    de  ma- 
nera que  fui  objeto  de  la   curiosidad    reporteril    de    algunos 
periodistas.     ¿Cómo   es  el   Uruguay?    ¿Cuáles  sus  industrias? 
¿Cnál  su  pasado  y  su   porvenir?    ¿Prospera?    A  todas    estas 
preguntas,  formuladas  con   el  lápiz  en  la  mano,  contesté  sa- 
tisfecho de  poder  divulgar  en  tierras  tan   lejanas  noticias  de 
nuestra  capacidad  y  de    nuestra  singular  cultura.     La   pluma 
se  desliza  más  suelta  al  referir  á    este   tema  tan  sugestivo, 
y  como  la  tinta  empleada  en  ensalzar  á  la  patria  nunca  re- 
solta perdida  y  deja  de    ser    negra,    yo    experimento  placer 
sintetizando  mis   respuestas.     Proporcionalmente  nuestro    país 


224  LUIS  ALBERTO  DE  HB8BERA 

tiene  más  telégrafos  y  ferrooaniles  qae  los  demás  de  Siid 
América.  Es  el  úaico  del  continente  que  no  presenta  los 
matices  desfavorables  de  las  rasas  negra  ó  india  en  sa  po- 
blación,  siendo  en  conseenencia,  sólido,  caacásico  y  puro  su 
milloncito  de  habitantes;  tendrá  en  breve  el  mejor  puerto 
del  continente^  siendo  notoria  su  honestidad  íinHUciera;  su 
bondad  topográfica  goza  de  fama,  como  también  la  riqueza 
de  su  suelo.  Sus  ganados  son  excelentes;  sus  trigos  mere- 
cen preferencia  en  los  mercados  europeos;  sus  hijos  son  va- 
roniles y  belicosos,  explicándose  solo  así  que,  apesar  de  las 
dominaciones  inglesa,  portuguesa,  brasilera  y  argentina,  hayan 
qlavado  para  siempre  sus  fueros  y  su  independencia  entre 
potencias  de  inmenso  volumen  territorial. 

£1  Uruguay  adelanta  sensiblemente  y  sobre  el  cimiento 
granítico  de  la  política  de  coparticipación  honesta,  iniciada 
con  el  aplauso  de  todos  los  hombres  buenos,  levanta  á  la 
fecha  el  edificio  de  su  grandeza  institucional  que  llegará  á 
ser  una  realidad  venturosa  si  el  buen  sentido  no  naufraga, 
como  no  naufragará.  Padecí  error  al  expresarme  así?  ¿Cómo 
suponerlo  cuando  nadie  ignora  que  sin  la  unión  sincera  de 
todos  los  orientales,  el  porvenir  sólo  nos  promete  desastres 
aplastadores  y  cuando  todos  sabemos  que  siendo  tan  po- 
quitos como  somos  un  instinto  elemental  nos  manda  aproxi* 
iparnos  y  entendernos? 

£1  Canadá  es  un  país  de  agricultores  y  á  ello  debe,  en 
mucha  parte,  su  bienestar  y  energías  multiplicadas.  La 
población  campesina  está  repartida  en  zonas  inmensas  pero 
ocupando  cada  cual  pequeñas  parcelas.  De  manera  que  el 
cultivo  de  la  tierra  posee  acentuados  caracteres  intensivos  y 
no  existe  allí,  como  entre  nosotros,  el  inconveniente  del  mo^ 
Qopolio  de  los  campos  en  pocas  manos.  Todos  son  peque* 
fios  propietarios;  todos  tienen  algo  suyo,  al  punto  de  poderse 
afirmar  que  cada  familia  dispone  de  arraigo  independiente. 
Fórmula  ideal  ésta  de  riqueza  pública,  encuentra  decidido 
apoyo  en  el  £stado  que  no  economiza  esfuerzos  para  au- 
mentar la  cantidad  de  los  panales  de  tan  hermosa  colme- 
na. £n  forma  directa  se  afirman  tales  propósitos  habilitando 
nuevas  vías   de  comunicación,  abriendo  canales,  incorporando 


DESDE    WASHU^OTON  225 

fracciones  víi^enes  al  laboreo,  obteniendo  en  el  exterior  faci- 
lidades aduaneras  para  las  producciones  propias,  que,  desde 
los  quesos  sabrosísimos  hasta  las  maderas,  se  han  conquis- 
tado valiosos  mercados;  rebajando  los  fletes  y  mejorando 
los  caminos,  como  también  reduciendo,  en  lo  posible,  la^^ 
contribuciones  é  impuestos. 

En  forma  indirecta  concurren  al  mismo  fin  las   exposicio- 
nes ganaderas  y  agrícolas,  que  despiertan  estímulos  preciosos 
del  mayor  mérito,  las  conferencias  gráficas  é  instructivas,  que 
han  rendido  beneficios  de  propaganda  realmente   maravillosos, 
y  la  educación,  dirigida  al   mismo  objetivo,  de  la  niñez.     Las 
voluntades    superiores    de  la    administración   se    alian    en    el 
mismo  empeño  de  actividad   práctica  y   no  necesito  decir   si 
siendo  ella  tan  sabiamente  encaminada  puede  fracasar  cuando 
está  servida  por  las  imponderables  perseverancias  de  una  raza 
de  combatientes.    La  enseñanza  de   la  agricultura  y  ganade- 
ría elemental   es  obligatoria  en  todas  las   escuelas;  de  modo 
que  las  criaturas  se  desarrollan  en  contacto  intelectual,  fácil 
y  atrayente,  con  las   ramas   de  conocimiento  en   que    se  las 
quiere  apasionar.    El  Estado  cumple  sus  ñnes  fundamentales 
con  acierto  de  maquinaria    y,  penetrado  de    las    necesidades 
páblicas,  sabiendo  cuales  son  las  grandes  fuentes  explotables, 
í  ellas  empuja,  con  el  libro  en  la  mano,  á  las  generaciones 
que  llegan.    ¿Para  qué  necesita  saber  el  hijo  de  un  paisano 
de   Ontario  si  el  hombre    americano  llegó    de  Asia  ó  nó,  y 
ai  el  álgebra  y  las   artes  refinadas  existen,  cuando  mil  fac- 
tores obligados  y  favorables  lo  llaman  al  cultivo   de  la  tierra 
y  le  exigen  que  sepa  comprender  las  lecciones    de  experiencia 
que  tienen  una  página  escrita  en  cada  surco,  y   que  aprenda 
á  hacer  juiciosos  sembrados   y  á  cuidar   científicamente    da 
unas  cuantas  vacaa  lecheras  y  de   media  docena  de  caballos 
hábiles  para  las  tareas  de  la  granja? 

Lo  que  se  busca  son  buenos  productoras,  obreros  inteligen- 
tes»  aliados  en  el  afán  de  engrandecimiento. 

Se  quieren  hombres  felices,  ciudadanos  dignos,  jefes  de 
hogar  honestos,  corazones  paros,  caracteres  fuertes.  Y  todo 
eso  se  va  alcanzando,  gracias  á  la  bondad  del  cimiento. 
Habilitando  á  cada  joven  humilde  con  las  aptitudes  neeesa- 

16 


226  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

rías  para  iniciar  con  éxito  la  lucha  por  la  vida,  el  Estado 
asegura  el  arraigo  sano  y  eficaz  de  todos  los  brazos  y  bate 
las  entrañas  férreas  de  una  nacionalidad.  He  tenido  opor- 
tunidad de  leer  el  libro  de  agricultura  usados  en  las  escuelas 
y  hasta  conversé  con  su  autor,  el  señor  ministro  provincial 
de  aquel  ramo,  pidiéndole  permiso  eventual  para  traducirlo, 
pues  se  me  ocurre  que,  con  pequeñas  variantes  de  nombres, 
él  sería  excelente  para  nosotros.  Porque  nosotros,  como  el 
Canadá,  muy  pronto  tendremos  que  preocuparnos  seriamente 
•de  dotar  al  país  de  labradores  nacionales,  en  vez  de  espe- 
rarlo todo  de  los  importados.  Cerrado  el  período  de  los 
grandes  aislamientos,  con  caminos,  con  ferrocarriles  y  con 
apoyo  oficial,  penetramos  ya  en  los  dominios  de  una  nueva 
etapa  de  elaboraciones  febricientes.  El  seductor  modelo  de 
adelanto  y  de  felicidad  que  ofrecen  los  suizos — de  nombre 
ahora  aún  que  tales  por  sus  hábitos  activos— radicados  en  el 
departamento  de  la  Colonia,  no  puede  quedar  reducido  á  los 
límites  litorales.  Esas  inmensas  campiñas  nuestras,  desiertas^ 
que  están  pidiendo  á  gritos  árboles  y  plantíos,  señalan 
magnífico  escenario  á  una  buena  y  definitiva  evolución  de 
nuestras  tendencias  que  ya  están  llamadas  por  los  aconte- 
cimientos á  adquirir  estabilidades  orgánicas  y  fecundas.  Por 
eso  merece  calurosa  aprobación  el  proyecto,  ya  sancionado, 
del  querido  representante  doctor  Alfredo  y  Vidal  y  Fuentes, 
por  el  que  se  acentúa  de  manera  obligatoria  la  enseñanza 
escolar  de  la  agricultura  y  ganadería  rudimentaria  en  la 
campaña. 

Ottawa  está  á  ocho  horas  de  ferrocarril  de  Toronto.  Los 
<;oches  son  amplios  y  confortables,  el  panorama  presenta  her- 
mosos atractivos  decretados  por  el  verano,  pero,  sin  embargo, 
la  fatiga  nos  alcanza  por  circunstancias  idénticas  á  las  que 
nos  inclinan  á  bostezar  durante  esas  incomensurables  fun- 
oíones  teatrales  que  rebasan  sin  piedad  la  media  noche. 
Ottawa  es  la  capital  del  Canadá.  ¡Valiente  novedad,  exciar 
marán  ustedes!  Pues  con  eso  está  dicho  todo  porque  á  la 
referida  ciudad  le  ocurre  lo  que  á  esas  personas,  insignifi- 
cantes, sin  méritos  positivos,  que  mucho  valen  y,  sobre  todo, 
mucho  representan   por  el  título  nobiliario  glorioso  que   llevan. 


DESDE    WASHINGTON  227 

Annqne  pequefia,  tíene  gallardos  edificios  públicos  desta- 
cando,  en  primera  líaea^  el  parlamento  que  recorrí  en  com- 
pañía de  un  portero  que  fuera  indigno  de  su  gremio^  tan 
parlachin^  si  no  me  hubiera  dado  todo  género  de  explicaciones 
sobre  la  política  federal  j  sobre  su  desarrollo  en  aquel  mo- 
mento histórico.  Creyendo  que  me  otorgaba  honores  de  ca- 
pitolio, me  obligó  á  arrellenarme  en  el  asiento  que  ocupa, 
en  las  épocas  de  tarea  oratoria,  el  primer  ministro  del  Do- 
minio, mientras  él,  para  hacer  más  gráficas  sus  demostra- 
ciones de  actualidad  canadiense,  se  posesionaba,  por  derecho 
de  conquista,  del  sillón  perteneciente  al  jefe  de  la  oposición 
conservadora.  Desde  allí,  haciendo  verdadera  cátedra,  me 
explicó  las  sorpresas  que  suele  deparar  al  gabinete  el  régi- 
men parlamentario  mientras  yo,  convertido  en  jefe  del  go- 
bierno, estimulaba  aquel  derrame  de  derecho  constitucional 
práctico,  recogido  á  retazos  en  las  puertas  de  las  antesalas 
y  cosido,  junto  con  párrafos  de  diario  y  frases  mal  enten- 
didas, durante  las  grandes  meditaciones  soñolientas  de  la 
conserjería. 

El  tipo  delicioso  de   «Justicia  Criolla»   no  tiene    patria  y, 
negro  ó  blanco,  surge  en  los  zaguanes  de  todos  los  Cuerpos 
Legislativos  del  mundo  con  la  misma  certeza  con  que  crecen 
pastos  tímidos,  cuya  semilla  nadie  puso  allí,  á  la  sombra  de 
todas  las  paredes  abandonadas.  De  manera  que  ahora  puedo 
afirmar  que  me  he  sentado  en  la  butaca  de  un   primer  mi- 
nistro y — en  confianza — á  la  verdad  que  ella  era  muy  cómoda. 
¿Será  tan  holgada  y  fácil  la  posición  en  sí?  Montreal  ocupa 
con  sus  trescientos    mil  habitantes   aproximados,  la   derecha 
entre   las  ciudades  del  Canadá.    Fundada  sobre  el  territorio 
de   la  provincia  de    Quebec,   ella  ofrece    el   testimonio  neto 
de    la  civilización  francesa  que  tiene  en  ella  uno  de  sus  más 
sólidos  baluartes.   Insular,    encajada    entre    las  barrancas  del 
lío    San  Lorenzo,  cuyas  aguas  si  poseen  la   noción  del  buen 
gosto,  deben  abrazar  con  amor   y    orgullo  el   delta  que  ella 
condecora  con  sus  inquietudes  de  gran  vuelo  comercial  y  pro- 
dactor,  Montreal  posee  capacidades,  no  rivalizadas,  de  empo- 
rio.   Apesar  de  la  proximidad  del  río,  sus  calles,  en  general, 
son   sucias,   así   es  que   á   su  respecto  digo   lo  que  de  esas, 


228  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

bellezas  gitanas  y  desgrefiadas  que  uno  suele  encontrar  en  las 
calles  de  los  poblados  meridionales  y  que^  admiradas  al  pasar^ 
arrancan  este  comentario:  ¡«qué  lástima  que  no  se  lave  la 
carait 

Llegué  á  Montrcal   un  domingo    de  ma&ana.     Como  parti- 
cipando del  descanso  festivo^  la  naturaleza  ofrecía  el  espec- 
táculo de    tranquilidades  supremas^    sin    que  el   decorado  de 
una  sola  nube  interrumpiera  la  nitidez  del  inmenso  cielo  que, 
cuando  muy  azul,  invita,  en  todas    partes,  á  teger  ensueños. 
Me  bajé  del  tren,    casi  contento,    tocado  por    aquella   vibra- 
ción   animada    que    parecía   cruzar  sobre    la  frente   de    las 
prade)*as,  jugando  con    las  hojas  de   las  plantas,  con  los  ár- 
boles añosos,  con  los  ganados  retozones  mientras  otras  gran- 
des caricias  luminosas  hacían  mecer,  con    extremecimientos  de 
bandera,  á  los  trigales  y  peinaban  sus  espigas.   En  esas  oca- 
siones, cuando  latidos  de  fuerza  y  de  salud  parten  de  todos 
los    centros  y  cuando   la  tierra,   en  un  arranque  pródigo,  nos 
abruma  con  el    homenaje   de    todas  sus  flores   y  el  lujo    de 
todas  sus  energías,  comprendo    el  secreto  de    ciertas  y   her- 
mosas expansiones  espirituales,   sentidas  con    intensidad   pero 
difíciles   de  describir.     Entonces  la    imaginación  envuelve   en 
tules  á   los  hilos  del  telégrafo,    convertidos     en    pentl^rama 
por   mandato  mágico,  músicas    arrobadoras  pueblan  el   espa- 
cio que  adquiere  proporciones    artísticas  de    cúpula;  el  por- 
venir, momentos  antes  inseguro  y  triste,  so  ofrece  insinuante^ 
con  apariencias  de  mágica  portada;  los  barcos  en  el  puerto> 
jugaríamos    que    son    cisnes,    palacios    las   chozas    humildes, 
príncipes   los  menesterosos;    entonces  las  diferencias  sociales 
se   extinguen,  un  anhelo  de   ternuras  insaciables  nace  en    lo 
hondo  del  corazón  y  consagrando  el  triunfo  imperecedero  de 
todos  los   altruismos  se  dibuja  vacilante,  primero,   en   el   ho- 
rizonte moral,  para  cruzarlo,  luego,  con  caracteres  de  símbolo, 
de  arriba  abajo,  un  arco-iris    constituido  por  la  alianza  pre- 
ciosa de  todas  las  luces  honradas  del  alma.  Esa  se   llama  la 
alegría  de  vivir  y  nos  contagia  de  vez  en  cuando  á  los  mor- 
tales en  compensación  de  tantas  tormentas  que  pasan! 

Pocas  cuadras  separaban  al  hotel   de    la  estación  y    como 
que  era  mi  deseo  vagar  un  poco,  para  satís&cer  en  algo   mis 


DESDE    WASHINGTON  229 

•«iiriosidadea  de  viajero,  emprendí  marcha  á  pié.  Justamente 
^  esa  hora  Montreal  estaba  entregado  á  la  oración,  de  lo 
•que  pronto  podría  dar  fé.  La  primera  que  encontré  á  mi 
paso  fué  una  iglesia  protestante.  ¿  Porqué  no  visitarla?  Allá, 
en  el  fondo,  el  pastor  pronuncia  su  sermón,  claro,  sencillo, 
sin  párrafos  retumbantes,  pero  de  apreciable  intención  lógica, 
recogido  con  interés  expontáneo  por  un  respetable  núcleo  de 
oyentes.  Por  las  ventanas  de  estilo  gótico,  adornadas  con 
vidrios  de  color  y  abiertas  de  par  en  pai*,  penetra  á  torrentes 
la  luz  de  aquel  espléndido  día  primaveral  llevando  también 
liasta  el  templo  el  contacto  de  sus  efluvios  de  resurrección. 
ISl  conjunto  de  aquella  ceremonia  concisa,  franca,  austera, 
consagrada  por  tantas  sinceridades  reunidas,  despierta  un  sen- 
timiento de  profundo  respeto.  Avanzo  una  cuadra  y  tropiezo 
-con  otra  casa  de  devoción.  ¿Por  qué  no  entrar?  Pertenece 
^  la  secta  congregacionista.  Estoy  en  presencia  de  un  pre- 
dicador civil,  también  rodeado  de  inmenso  n&mero  de  fíeles, 
que  interpreta  llanamente  ios  profundos  pensamientos  huma, 
nos  contenidos  en  las  páginas,  siempre  admirables,  de  la  bi- 
blia. A  no  saberlo  con  certeza,  casi  creería  que  estoy  en  el 
salón  de  clases  de  una  escuela  para  adultos.  El  auditorio  se 
aglomera  ocupando  asientos  en  forma  circular;  la  voz  metá- 
lica del  heraldo  cristiano  llena  la  sala  con  inflexiones  de 
<»unpana;  no  hay  música;  no  hay  canto;  se  trata  de  una  pro- 
paganda limpia  de  detalles,  como  una  línea  recta,  que  repu- 
dia todos  los  elementos  de  convicción  que  no  hieren  clara- 
mente las  nebulosidades  del  espíritu. 

«Bienvenido  sea  el  extrangero»,  dice  una  placa  que  corona 
ia  entrada.  Chapas  rememorativas  de  bronce,  esmaltan  las 
paredes,  aquí  y  allá,  recordando  á  filósofos  y  literatos  emi- 
nentes. Cnizo  la  calle  y  penetro  bajo  la  bóveda  del  templo 
presbiteriano  de  San  Pablo  que  responde  á  otro  matiz  doc- 
trinario de  la  religión  reformada.  Llego  á  las  postrimerías 
^el  servicio,  cuando  el  pastor  dedica  conceptos  ardorosos  y 
nobles  á  so  país  y  pide  á  quienes  lo  escuchan  que  eleven 
sas  preces  por  la  patria  y  por  los  hermanos  que  pagan  tri- 
buto á  la  ley  santa  del  trabajo  en  los  extremos  más  lejanos 
úéL  Canadá.   En  respuesta  confirmativa,  cánticee-  suaves,  emi- 


230  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

tldos  por  nifios  y  aocianos^  llenan  los  ámbitos^  el  órgabo  ava- 
salla voluntades  con  raudales  de  armonía^  que  tienen  dulzuras 
de  ruego,  que  son  lamentos,  y  las  señoritas,  desde  el  coro, 
culminan  con  cascadas  de  notas  cristalinas  la  fuerza  atrayente 
de  tan  puro  y  sano  misticismo.  Avanzo  una  cuadra  más  y 
estoy  en  la  catedral  católica,  magestuosa,  con  aspecto  de 
monumento.  Si  no  padezco  error,  su  exterior,  en  cierto  sen- 
tido, imita  Á  San  Pedro  de  Roma,  pues,  doce  magníficas  imá- 
genes de  los  apóstoles  coronan  la  línea  de  su  frente,  aumen- 
tando la  intensidad  del  efecto  arquitectónico.  También  allí 
terminan  las  plegarias.  Desde  la  entrada  recojo,  multiplica- 
dos, los  ecos  de  la  palabra  sagrada,  que,  de  acuerdo  con  las 
bizarrías  infalibles  de  este  culto  tan  esencialmente  aristocrá- 
tico en  el  aparato  de  sus  ostentosas  ceremonias,  en  todos  los 
pulpitos  plantea  sus  afirmaciones  sectarias  con  apasionada 
decisión  dogmática. 

La  elocuencia  arrebatadora  de   los   Masillen  y  de  los  Bo- 
suet,  ha  muerto,   pero   no  se  ha  perdido,  nó,  el   nervio  de  las 
viejas   propagandas  dialécticas  que  todavía  impresionan   á  las 
multitudes   con  el   recurso    coercitivo  del   purgatorio,  conquis- 
tándose todavía  así  valiosas  adhesiones.    Tal  vez  en  esa   re- 
sistencia de  esfinge  á  los  fecundos  estragos  del  tiempo  y  del 
progreso,  estriba  el  misterio  de    su  innegable  poder  de  atrac- 
ción entre  las   masas.     ¿Algán  día,   pronto,   la  evolución  irra- 
diadora de  las  ideas   no    la  obligará    á    apearse   de   sus    ab- 
solutas, que  no  podrán    ocultar    su  calvicie    científica   y    una 
porción  de  extrañas  abstracciones  silogísticas?     A  la   izquierda 
tropiezo  con   un   hermoso  monumento,  dedicado  por   Pío    IX 
á    la    memoria  de    los    voluntarios    del   papado.      El   Canadá 
aportó   lucido  contingente  á  los  zuavos  que   en  1870  lucharon 
convencidos  contra  las  tropas  garibaldinas,  como   si  un  reino 
que   se  afirma   no  es  de  este   mundo,  tuviera  derecho  á  arre- 
batar su    capital  á  una  nación  de   la  tierra.     Dignos  del    ho- 
nor   concedido,    en    márito     á    su     fidelidad,    ellos    reposan 
envueltos  en  su  bandera  de  combate  religioso  que    lleva    al 
medio  ésta  inscripción:     cAime   Dieu  et  va  ton  chemin». 

Un  señor,  que  sale  de    cumplir   sus   deberes  de   creyente^ 
me  pregunta,  muy  interesado,   cuál  es  el   nombre  del   sacer- 


DESDE    WASHINGTON  231 

dote  que  acaba  de  pronunciar  el  sermón.  Apunto  este  de- 
talle sin  importancia  para  decirles  enseguida  que  ya  muchas 
veces  me  han  abordado  con  interrogatorios  en  la  calle.  A 
los  dos  dfas  de  estar  en  Washington  me  paró  un  matrimonio 
en  la  esquina  de  mi  domicilio  para  pedirme  la  dirección  del 
mejor  dentista  local.  Precisamente  yo  estaba  viendo  la  cha- 
pa de  uno  y  allá  los  endilgué.  ¿Si  los  habrá  torturado  mu- 
cho mi  hombre?  Pareciera  que  de  intento  se  elige  al  forastero 
para  solicitarle  in{ormaciones  vecinales.  Esto  me  recuerda 
lo  que  me  ocurría  de  muchacho  en  el  colegio:  por  una  ex- 
traña fatalidad  me  preguntaban  la  lección  cuando  no  la 
sabía  ni  por  el  forro^  lo  que  pasaba  á  menudo.  Visitante 
escrupuloso  de  cuatro  iglesias  durante  mis  dos  primeras  ho- 
ras de  huésped^  reconózcase  que  mi  entrada  en  Montreal 
sefiala  un  caso  de  impecable  eclecticismo^  y  fué  por  la  puerta 
del  medio,  si  es  cierto  que  yendo  á  misa  se  gana  el  cielo. 
Podía  pues  almorzar  tranquilo  que  ya  tenía  espantados  re- 
mordimientos   ])ara  muchas   semanas! 


XI 


Oonsideraclones  generales  —  La  sociedad  norte-americana  —  Sus  li- 
bertades y  sus  costumbres  —  La  propaganda  electoral —Espec- 
táculo curioso  —  Desarrollo  de  una  lucha  electoral  -^  Elogios  — 
Insultos  —  Reconciliados  —  Acatamiento  de  las  mayorías  —  Lealtad 
cívica  —  Una  buena  lección  para  nosotros. 


Dentro  de  la  civilización  cada  país  tiene  su  atributo  de 
alta  autoridad,  sin  que  por  eso  carezca  de  otras  condiciones 
de  mucho  mérito,  del  mismo  modo  que  dentro  de  un  grupo 
de  bellezas  femeninas,  mereciendo  todas  el  cetro,  aquella,  lo 
conquiífta  por  el  color  insuperable  de  sus  mejillas  moriscas; 
ésta,  por  la  expresión  andaluza  de  sus  ojos  meridionales;  de* 
bido  al  gesto  gallardo,  la  otra,  y  gracias  al  conjunto  de  lí- 
neas estatuarias,  la  de  más  alltf. 

Las  nacionalidades  son,  pues,  montañas  truncas,  erguidí- 
simas,  ó  medio  contrahechas  cual  si  representaran  lo»  últimos 
mojones  de  un  pasado  inmenso,  como  esas  ruinas  de  templos 
derniidos  y  todavía  desafiantes  que  sirvieron  de  escudo  á  la 
mole  supersticiosa  de  los  cultos  asiáticos.  A  cada  nimbo  se 
encuentra  un  viento.  Por  eso,  se  va  á  Grecia  á  ver  la  cuna 
del  genio  antiguo,  siempre  moderno,  y  se  pisa  el  suelo  sa- 
grado de  la  Beocia  con  espíritu  devoto,  llevando  el  sombrero 
en  la  mano,  como  se  hace  en  presencia  de  los  muertos  ilus- 
tres, porque  allí  se  formaron  las  mejores  células  del  cerebro 
del  mundo;  se  va  á  Italia  á  conocer  la  más  espléndida  pa- 
leta del  arte;  á  Alemania  á  calificar  la  entidad  férrea  de  una 
sociedad  que  es  un  campamento  7  que  se  cimbra,  como  el 
mejor  acero,  bajo  la  voluntad  opresora  de  un  emperador  ar- 


234  LUIS  ALBBRTO  DE  HERRERA 

diente  que,  apesar  de  requerir  algo  más  qué  la  amistad  glo- 
riosa de  UD  Voltaire  para  ser  un  Federico  11,  aspira,  sin 
embargo,  á  la  reproducción  de  aquella  enorme  estampa  gue- 
rrera; se  va  i  España  á  apreciar  el  conflicto  de  dos  cre- 
púsculos y  á  descubrir  el  rastro  de  esos  terribles  fanatismos 
religiosos  7  políticos,  que,  como  la  viruela,  no  perdonan  y 
dejan  huellas  indelebles  de  su  zarpa  en  los  rostros  que  aca- 
rician; á  Francia  á  admirar  el  primero  de  los  laboratorios 
de  la  intelectualidad  humana  7  á  recoger  chispas  de  sabiduría 
7  de  elegancia  entre  aroma  de  ideales  girondinos;  se  va  á 
Inglaterra  á  asombrarse  ante  el  espectáculo  milagroso  de  una 
monarquía  que  hermana  á  las  fórmulas  reaccionarias  las  más 
avanzadas  exigencias  constitucionales  7  más  libre  que  muchas 
repúblicas;  se  viene,  finalmente,  á  los  Estados  Unidos  á  des- 
cubrirse ante  la  grandeza  de  una  democracia  que  funciona 
con  precisiones  matemáticas  de  maquinaria  7  ante  la  vitali- 
dad estupenda  de  un  pueblo  que  tiene  entrañas  fecundas  de 
madre.  ¿Qué  mucho  que  nosotros,  vulgares  mortales,  lleguemos 
á  las  playas  americanas  sintiendo  ese  acicate,  cuando  una  cu- 
riosidad idéntica,  aunque  ampliada  en  sus  pro7ecciones  hasta 
alcanzar  brillo  radiante,  dictó  piginas  de  precioso  comentario 
á  los  Tocqueville  7  á  los  Laboulaye  y  acaba  de  merecer  dos 
tomos  de  literatura  académica  de  psicólogos  y  do  estilistas  de 
la  talla  de  Paul  Bourget?  Porque  en  el  fondo  del  pensa- 
miento á  todos  nos  retoza  la  misma  interrogación  árida: 
¿cuál  es  el  secreto  de  la  paz  octavinna,  ya  patrimonial,  de 
estos  señores  del  norte;  cómo  hacen  ellos  para  no  tener 
jamás  ni  despotismos  ni  revoluciones;  de  qué  modo  se  entien- 
den, siendo  tantas  7  tan  diversas  sus  instituciones  parciales 
de  gobierno,  al  punto  de  que  vacían  su  teoría  política  en 
a<|uel  concepto,  tan  fácil  de  proponer  como  difícil  de  reali- 
zar, cuna  Unión  indestructible  compuesta  de  Estados  indes- 
tructibles»? Y,  siendo  leales,  claro  está  que  los  hijos  de 
Sud  América  sentimos  más  aguzado  el  afán  indagador  por 
aquello  de  que  á  los  calaveras  7  trasnochadores  de  oficio  les 
cuesta  creer  en  la  virtud  relativa  de  loe  juiciosos  7  de  los 
buenos  padres  de  familia.  Del  istmo  de  Panamá  hasta  la 
Tierra  del  Fuego  no  alcanzamos  á  contar  los  latinos  de  este 


DESDE    WASHINGTON  235 

hemisferio  cuarenta  millones  de  habitantes,  divididos  entre 
diez  naciones  independientes.  No  mencionemos  los  conflictos 
armados  entre  unas  y  otras,  que  esos,  como  todos  los  con- 
flictos entre  vecinos  celosos,  son  gajes  de  las  malas  fronteras 
heredadas  y  de  otras  yerbas  viejas.  Pero,  ¿y  los  choques 
internos,  sangrientos  y  repetidos? 

Las  sociedades  del  sur  han  conocido  padecimientos  de  cru- 
ciñxión  durante  lustros  y  lustros  que,  ¡bendito  sea  el  des- 
tino! ya  para  algunos  parecen  haberse  cerrado  para  siempre. 
Sus  caudales  se  perdieron,  como  las  aguas  en  las  arenas 
calcinadas  del  desierto;  sus  dogmas  íntegros,  sin  costuras, 
fueron  tirados  á  la  suerte,  como  las  ropas  de  Cristo;  los 
más  conocidos  delincuentes  públicos  modernos  salieron  de  sus 
filas;  sus  libertades  resultaron  cimiento  de  todas  las  esco- 
rias; sus  soldados  fueron  verdugos;  sus  gobernantes  tiranos 
6  disolutos;  sus  ideales  se  perdieron  en  el  barro;  á  tanto 
llegaron  los  extravíos  continentales  que  la  emancipación  de 
principios  de  la  centuria  llegó  á  creerse  culpable  error  en 
la  antevíspera  de  la  agonía  del  siglo.  En  cambio,  ahí  ha 
estado,  ahí  sigue  estando,  cada  día  más  soberbio,  el  monu- 
mento de  la  felicidad  norte-americana.  Dos  veces  mayores  en 
número  que  nosotros;  también  teniendo  un  enemigo  en  el  indio 
y,  como  yapa,  el  inconveniente  formidable  de  los  negros; 
también  asaltados  por  los  grandísimos  peligros  de  organiza- 
ción interna,  altanero  el  federalismo  y  altanero  el  unitaris- 
mo; también  acosados  y  conducidos  á  la  guerra  por  el  extran- 
jero; con  diferencia  de  pocos  años,  menos  jóvenes  que  nosotros, 
ellos,  sin  embargo,  han  alcanzado  progresos  vertiginosos  y 
y  son,  en  la  actualidad,  tan  fuertes  en  todo  que  nada  de 
raro  tiene  que  á  nosotros  nos  preocupen  un  poco  sus  ener- 
gías de  coloso  cuando  las  mismas  potencias  europeas  de 
primer  orden,  inquietas,  se  consultan  con  la  mirada,  las  unas 
á  las  otras,   alarmadas  por   tan   soberano  arrancón. 

La  verdad  del  antecedente  paralelo  no  acepta  vuelta  ni 
disimulo,  que  sería,  por  otra  parte,  poco  práctico  y  poco  inte- 
ligente. Y  el  secreto  de  la  humillante  diferencia  se  pierde 
en  los  orígenes,  en  la  primera  edad  de  la  tutela  metropoli- 
tana, cuando  los  unos,  emigrados  puritanos,   abandonaban  las 


23G  LUIS  ALBEBTO  DE  HERBERA 

costas  británioas  para  fundar  del  otro  lado  de  los  mares  UQa 
ntieva  Inglaterra,  más  libre  y  mi»  feliz  que  la  antigua,  y  eleva- 
ban^ desde  la  cubierta  del  May  ÍTower,  entre  cánticos,  el 
programa  de  sus  anhelos  redentores;  y  cuando  los  otros,  fun« 
daban  su  dominación  en  las  tierras  recién  descubiertas  invo» 
cando,  orgullosos,  la  representación  del  absolutismo,  y  hacfán 
de  la  América  una  presa  que,  á  pesar  de  sus  generosos  tribu- 
tos, no  alcanzó  á  saciar  sus  insaciables  apetitos  auríferos.  ¡Cuán- 
to puede  el  aprendizaje  de  una  infancia  dichosa  ó  desgraciada! 
Se  comprende  mejor  la  evidencia  de  ese  contraste  social  le- 
yendo los  primeros  capítulos  de  la  historia  de  Belgrano,  dedi- 
cados por  el  general  Mitre  á  su  comentario.  El  aguza  allí  su 
gran  talento  para  ofrecernos  valientemente,  despreciando  necias 
preocupaciones  y  vanidades,  el  comentario  comparado  de  los 
núcleos  continentales.  Las  páginas  de  Bryce,  de  Kinsdale  ó 
de  John  Fiske  arrojan  nuevos  caudales  de  luz  al  explicamos 
el  fundamento  de  los  principios  constitucionales  norte  ameri- 
canos, el  propósito  que  se  persiguió  al  establecerlos,  las  ten- 
dencias fírmes  á  que  ellos  respondieron,  y  por  qué  «los  rasgos 
culminantes  de  la  sociedad  sajona  jamás  se  perdieron  y  el 
nuevo  gobierno  trasatlántico  vino  á  ser  el  más  libre  del  mundo 
entero».  Washington,  Frankiin,  los  Madison,  los  Jéfferson, 
los  Adams,  los  Henry,  los  Munroe,  los  Hamilton,  los  Jay,  no 
surgen  ál  acaso  y  en  cualquier  parte,  como  brotan,  por  capri- 
cho del  azar,  las  flores  en  el  riñon  de  las  selvas.  Ellos  son 
frutos  maduros  y  ejemplares  de  una  raza  bien  fundida,  de 
una  sabiduría,  de  una  verdadera  democracia,  de  una  fuersa 
ya  hecha. 

Si  todavía  esa  convincente  energía  probatoria  no  bastare, 
si  todavía  hubiese  quien  desconfiase  de  la  legitimidad  del  sal- 
do favorable  reconocido  al  extranjero,  y  creyera  ver  exceso 
generoso  en  la  justicia  del  fallo  filosófico,  pensamos  que  un 
viajecito  de  observación  por  este  mundo,  que  sólo  se  parece 
á  sí  mismo,  desgarraría  los  últimos  tules  de  la  malquerencia 
apasionada. 

No  se  crea  que  un  afán  de  alabanza  nos  lleva  á  expre- 
sarnos en  forma  tan  categórica,  tampoco  se  sospeche  que, 
conquistados  por  los   atractivos   del    medio,  vemos  en  Norte 


DESDE     WASHINGTON  237 

América  un  organismo  de  integrídades  inmaculadas  que  em- 
palidece en  la  realidad  las  fuerzas  ut^Spicas  de  la  República 
de  Platón.  Aquí^  como  en  todas  las  asociaciones  humanas, 
la  iniquidad  cuenta  por  millares  sus  adeptos;  el  crimen  levan- 
ta sus  altares  en  el  misterio;  las  pasiones  miserables  muer- 
den^ 7  á  veces  con  éxito  á  la  virtud,  que  las  víboras  no 
tienen  patria  exclusiva;  la  injusticia  podrá  alcanzar  triunfos 
que  hacen  llorar  á  las  conciencias  honrada?;  la  corrupción 
puede  disponer  de  holgado  albei^ue,  y  el  delito,  en  todas 
sus  faces  agresivas,  adquirir  florescencias  tropicales.  ¿Quién 
ignora  que  en  New  York,  como  en  Londres  y  en  París, 
tiene  el  vicio  sus  mas  irreductibles  encrucijadas?  Lo^i  hom- 
bres no  son  ángeles,  ni  siquiera  ángeles  caídos,  y  todas  sus 
creaciones,  por  perfectas  que  ellas  sean,  poseen  vestigios  de 
las  mismas  lacras.  Ni  la  más  impecable  de  las  cartas  cons- 
titucionales, ni  la  más  pura  de  las  naciones  sometidas  á  su 
freno,  podrán  jamás  fundar  un  estado  irreprochable.  De  modo 
que,  aceptando  como  enfermedades  congénitas  é  incurables 
las  gangrenas  que  se  asilan  victoriosas  en  el  corazón  de  casi 
todos  los  mortales,  es  necesario  buscar  elementos  condenato- 
rios de  juicio  en  otras  fuentes,  más  decisivas,  de  informa- 
eión.  Averigüese  si,  dentro  del  orden  convencional  en  que 
vivimos,  la  lucha  con  el  mal  se  mantiene  aquí  ó  allá  enér- 
gica y  viril  ó  en  forma  vergonzante  y  entonces,  en  esa  ma- 
yor ó  menor  capacidad  defensiva,  podrá  recogerse  un  sín- 
toma serio  de  crítica. 

Pues  así  encaradas  las  cosas  al  amparo  de  un  criterio  pro- 
fundamente humano,  lícito  es  decir  que,  en  ninguna  parte, 
la  justicia  y  el  derecho  obtienen  la  noble  consagración  que 
alcanzan  en  los  Estados  Unidos.  Aquí  existe  el  culto  severo, 
invariable,  de  la  libertad,  y  si  es  cierto  que  ella  suele  seir- 
vir  de  estribo  á  lamentables  aberraciones  de  conducta,  es 
mucho  más  cierto  que  ella  sanciona  el  más  precioso  de  núes-* 
tros  ideales  buenos  y  que  á  su  sombra,  nacen,  crecen  y  fruc- 
tífiean  las  más  edificantes  virtudes.  Pero  esos  mismos  excesos 
que  puede  originar  su  ejercicio  desatentado  hacen  su  elogio, 
porque  la  aspiraciiSn  de  los  legisladores  no  consiste  en  con- 
vertir á   las    muchedumbres  en    inmensos  rebaños,   libres  en 


238  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

masa  7  disciplinados  ea  sus  actividades  por  una  regla  mo- 
nacal de  falansterio,  sino  en  imbuirlos  eu  ideas  de  cordura 
para  abandonar  luego  cada  individuo  á  su  propio  capricho^ 
señor  absoluto  de  su  voluntad.  Cada  cual  hace  lo  que  le 
da  la  gana,  sin  recabar  permiso  de  nadie,  sin  previa  con- 
sulta^  sin  presiones,  ni  directas  ni  indirectas,  pero  también 
cada  cual  debe  do  medir  sus  actos,  á  fin  de  no  provocar 
con  un  ataque  al  derecho,  igualmente  garantizado,  de  los  de- 
mi(s,  la  intervención  reprimente  7  castigadora  de  la  autoridad. 
Entre  nosotros,  cuanto  más  interviene  el  poder  páblico  en  los 
asuntos  comunes,  cuanto  más  ancha  es  la  puerta  que  se  abre 
á  su  entrada,  más  contentos  7  más  cumplidores  se  consideran 
los  representantes  de  ambos  elementos.  Los  hacendados  del 
interior  ponen  el  grito  en  el  cielo  7  descargan  todas  sus  Iras 
contra  el  gobierno  porque  este  no  les  asegura  la  absoluta 
integridad  de  sus  alambrados  mientras  sus  peonadas  duermen 
la  siesta;  cada  almacenero  de  las  poblaciones  quiere  tener  un 
vigilante  en  la  esquina  de  su  negocio  para  evitar  disturbios 
en  sus  cantinas;  se  exige  á  la  policía  que  sea  juez  7  parte 
en  la  más  ínfima  acción  privada;  se  considera  mágico,  para 
todo  7  por  todo,  el  apo70  de  la  autoridad,  aun  en  las  em- 
presas más  reñidas  con  su  ministerio.  Pues  aquí  sucede  lo 
contrario.  Los  gobernados  7  los  gobernantes  han  resuelto, 
amigablemente,  molestarse  lo  menos  posible  los  unos  á  los 
otros.  Cada  cual  vela  por  sí,  como  mejor  le  place;  todos  se 
manejan  practicando  una  independencia  de  conducta  dilata- 
dísima. La  fuerza  pública  encama  un  recurso  de  última  ins- 
tfllicia  al  cual  se  recurre  cuando  todos  los  demás  se  han 
agotado  7  nada  razonable  re^ta  por  hacer  al  particular,  dentro 
de  sus  propias   aptitude«(. 

Todas  las  noches  lo  veo.  Cualquier  sujeto  se  planta  sobre 
un  banquillo  de  madera,  contra  el  cordón  de  cualquier  ave- 
nidH,  7  empieza  á  pregonar  las  excelencias  do  su  religión, 
de  su  partido  ó  de  esta  ó  aquella  chuchería  de  comerciante 
bohemio.  Chilla  á  más  7  mejor,  se  enronquece,  procesa  la 
política  del  presidente,  atrae  á  los  paseantes,  dificulta  con 
ese  corro  el  pasaje  de  los  transeúntes.  Pues  bien,  nadie  se 
atrevería,  á    interrumpirlo    en    sus  elucubraciones    7   ningún 


DE8DB    WASHINGTON  239 

Ojeóte,  por  refiidas  que  estén  sus  opiniones  con  las  del  ha- 
mildfsimo  orador,  se  permitirá  hacerle  una  demostración  de 
hostilidad,  ni  aun  sonreírse.  Este  comentario,  conocido  de 
memoria  por  todos,  resuelve  semejantes  conflictos  de  ten- 
dencias: «él  es  un  ciudadano  americano  y  posee  el  derecho 
indiscutible  de  pregonar  la  máa  disparatada  de  las  tesis  en 
el  sitio  público  que  más  le  agrade;  si  yo  pienso  de  un  modo 
distinto  puedo  refutarlo  haciendo  lo  mismo».  Nada  de  per- 
misos y  de  imploraciones.  Quien  ofende  al  orden,  sea  quien 
fuese,  merecerá  represión.  Eso  es  todo.  Un  guardián  pú- 
blico no  tiene  empacho  en  correr  de  un  lado  al  otro  de  la 
calle  para  proteger,  contra  los  peligros  del  tránsito,  á  las 
señoras  y  á  los  niños;  pero  se  reirá,  con  desprecio  varonil, 
en  la  cara  de  cualquier  gandul  que  venga,  en  son  de  queja, 
llorando  el  dolor  de  puñetazos  recibidos,  ¿acaso  desempe- 
ñan ellos  el  papel  de  tutores?  Si  el  averiado  está  en  pleno 
vigor  físico  y  es  un  hombre,  ¿por  qué  no  se  defiende  él 
mismo?  E^te  sistema  de  autonomía  burila  profundamente  los 
caracteres  y  convence  á  todos,  desde  pequeños,  que  en  la 
lucha    por  la  existencia  todo  hay  que  esperarlo  de  sí. 

Los  chicuelos  se  preparan,  muy   sueltos  de  cuerpo,  á  tra-^ 
bajar  por  su  cuenta;  las  señoritas,  apenas  salidas  de  la  escuela,    I 
se   buscan,  cuando  lo   necesitan,  trabajo  bien    redituado;   los 
hombres  laboran  con  la   vista  clavada  en  su  ensueño  de  pros- 
peridad, sin  ocurrícseles  jamás  echar  la  culpa  de  sus   desca- 
labros á  la  administración,  y  cada  cual  sigue  su  rumbo,  atento 
á  los  rumores  que   le  interesan,  y    desarrollando   siempre   un 
plan  de  campaña  enérgicamente  individual.    Quien  se  pusiera  t 
aquí  en  la  conversación  ordinaria,  á  echar  discursos   sobre  la  «i 
política  militante  ó  á  endiosar  ó  combatir   al  gobierno,  sería 
tomado  por   poco   cuerdo   y  pronto   se   quedaría  sin    oyentes, 
porque,  consumados  los  acontecimientos  cívicos  de  acuerdo  á 
la  ley,  ya  desaparece  todo  motivo  do   estériles   controversias 
y  sólo  se  piensa  en  acatar  los  poderes   constituidos.    El  mo- 
mento de  los  debates  y  de  las  protestas  ya   pasó.    Me  con- 
creto á  apuntar  detalles  gráficos  que  son,  muchas  veces,  los 
más    ilustrativos.     La    libertad    practicada    así,    con    espíritu 
amplio  y  sin  esas   retrancas   verbosas  que   tanto  nos  gustan 


r 


240  LUÍS  ALBERTO  DE  HERRERA 

á  nosotro8|  adquiere  proporciones  formidables  de  palanca  y 
esparce  un  herEcosísimo  y  envidiable  tínte  de  independencia, 
matizado  de  respeto,  en  todas  las  esferas  sociales.  Como  á 
nadie  se  coarta  en  sas  actividades  honestas,  carecen  de  pre- 
texto las  reacciones  y  serían  absurdos  los  desahogos  furi* 
bundos.  ¿Contra  quién  dirigirlos  si  la  ley  protectora  alcanza, 
por  igual,  á  todos?  Por  eso  no  existe  aquí  el  odio  ni  el  ser- 
vilismo de  fracciones.  Los  sacerdotes  de  las  sectas  más  encon- 
tradas pregonan  sus  doctrinas  sin  sobresaltos  celosos;  los 
comerciantes  realizan  sus  negocios  sin  gastar  su  tiempo  en 
chismografías  de  barrio,  preocupados  sólo  de  derrotarse  los 
unos  á  los  otros  á  fuerza  de  habilidad  y  travesura;  los  mili- 
tares jamás  usan  en  las  ciudades  su  uniforme  porque  aquí  en 
la  calle  llama  más  la  atención  un  pasajero  cualquiera  que  un 
militar,  debido  tal  vez,  en  alguna  parte,  á  que  ni  los  gene- 
irales  llevan  entorchados.  Sociedad  muy  adelantada  esta,  no 
conoce  ya  el  perjuicio  de  las  pasiones  fuertes  y  de  los  enco* 
nos  brutales,  dominantes  en  los  escenarios  imperfectos.  Como 
virtud  mágica,  creadora  de  todas  las  demás,  que  tanto  admi- 
ran aquí,  está  la  libertad,  pero  en  un  concepto  más  sólido  y 
liberal  que  el  imaginado   por   nosotros. 

Bajo  ese  escudo,  batido  desde  la  infancia  republicana, 
cuando  casi  trescientos  año»  atrás  se  reunían  asambleas  ciu- 
dadanas en  Jamestown  y  Boston  para  discutir  los  derechos 
populares,  ha  surgido  el  conjunto  recio  de  todas  las  demás 
virtudes  complementarais.  No  seré  yo  quien  pretenda  ana- 
lizarlas en  su  desarrollo,  tarea  fecunda  abordada,  con  tanto 
éxito,  por  maestros  de  la  ciencia,  pero,  como  simple  cro- 
nista fácil,  au  joíir  le  jour,  pienso  que  ellas  consisten,  prin- 
cipalmente, en  el  respeto  fervoroso  que  se  profesa  al  dere- 
cho ageno;  en  la  reverencia  que  se  guarda  á  la  mujer, 
dignificada  al  punto  de  poseer  á  caras  descubiertas,  tanto  ó 
mas  influjo  activo  que  el  hombre;  en  ia  noción  leal  y  pre* 
cisa  de  la  justicia,  que  lleva  á  reconocer,  sin  esfuerzo,  los 
méritos  ágenos,  cuando  eUos  existen,  y  á  acatar  resignada- 
mente  la  fuerza  incontrastable  de  las  mayorías;  en  el  carác- 
ter saludable  de  los  sentimientos  religiosos  generalizados  en 
todas  las  clases,  pero  sin   presentar   un  solo  ribete    de  into- 


DESDE    WABHUIOTOM  241 

lerancia  y  atemperados  en  sus  manifestaciones  :U  extremo 
de  que  las  iglesias  solo  se  abren  ios  domingos;  en  la  insti- 
tución permanente  de  la  Guardia  Nacional,  la  mejor  milicia 
con  qne  cuenta  el  país  para  cumplir  los  servicios  internos, 
pues  sólo  con  ciento  quince  mil  soldados  del  ejército  regu- 
lar, veinticinco  generales  y  un  teniente  general,  mal  pueden 
atenderse  las  necesidades  guerreras  de  una  nación  que,  con- 
tando sus  posesionee,  casi  alcanza  á  cien  millones  de  habi- 
tantes (nosotros  hemos  llegado  á  tener  treinta  y  cinco  gene- 
rales y  dos  tenientes  generales,  sin  disponer  de  uu  sólo 
cuerpo  de  Guardias  Nacionales,  para  mandar  cuati'O  mil  pla- 
zas); en  la  separación  de  la  Iglesia  del  Estado,  que  propicia 
una  moralizadora  y  absoluta  libertad  de  cultos,  ayer  mismo 
exteriorizada  en  la  ceremonia  inaugural  de  la  nueva  Aduana 
de  New  York,  iniciada  con  una  bendición  del  pastor  protes- 
tante y  concluida  con  los  oficios  devotos  de  un  sacerdote 
católico;  y,  he  debido  decirlo  en  primera  línea,  en  la  selecta 
cultura  del  promedio»  conquistada  mediante  una  difusión  por- 
tentosa de  la  primera  enseñanza,  que  permite  á  blancos  y 
morenos  ser  dignos  ciudadanos,  sin  una  excepción,  porque 
aquí,  ni  buscándolo  con  linterna,  se  encuentra  un  analfabeto. 
Muchas  de  esas  aristas  que  decretan,  cada  una,  un  tópico 
importantísimo,  las  apreciaremos  al  pasar  y  sin  apearnos  de 
la  sencillez  de  lenguaje  y  de  pensamiento  que  informan  estas 
carillas,  desprovistas  de  pretensiones  y  concebidas  á  la  rústica. 
Ya  podemos  empezar  el  descuento  de  esa  obligación  noti- 
ciosa ofreciendo  á  ustedes  la  crónica  de  unas  elecciones,  que 
acabo  de  seguir  en  todas  sus  faces,  pródigas  en  detalles 
pintorescos.  Desde  que  llegué  tenía  el  deseo  de  ver  esce- 
nas de  sufragio  aquí.  Si  bien  aún  no  he  podido  apreciar  en 
grande  el  espectáculo,  de  paso  por  New  York,  he  satisfecho 
casi  toda  mi  curiosidad  asistiendo  al  desarrollo  en  minia- 
tura, diré,  del  interesante  proceso.  Estaba  en  agitación  cívica 
el  noveno  distrito,  compuesto  aproximadamente  de  cuarenta 
manzanas  ubicadas  en  la  parte  más  nutrida  de  la  ciudad;  un 
barrio  muy  bullanguero.  El  origen  de  la  contienda  no  par- 
tía, como  puede  suponerse,  de  un  choque  entre  fracciones 
políticas  diversas  sino  de  la  actividad  aislada  de   un  bandnt 

16 


242  LUIS  ALBBBTO  DE  HERRERA 

el  partido  democrático  se  preocapaba,  en  aquella,  como  en 
otras  circunscripciones,  de  elegir  su  leader^  es  decir,  el  cau- 
dillo que  llevará  á  la  lucha  á  sus  falanges  en  la  gran  cam- 
pafta  que  se  prepara  contra  el  partido  [republicano,  en  el  in- 
tento do  arrebatarle  la  gobernación  del  Ektado  de  New  York 
y  todas  las  demás  posiciones  que  aquel  reobtuvo  en  el  ante- 
rior comicio.  Debo  constatar  que  la  designación  de  leader 
se  reaKxa  en  acto  público  que  se  denomina  elección  prima- 
ria, pudiendo  sólo  votar  en  favor  de  los  candidatos  de  cada 
parcialidad  las  personas  debidamente  inscriptas  en  los  regis- 
tros oficiales.  De  manera  que  semejante  proclamación,  que 
tiene  carácter  privado  entre  nosotros — elección  de  autoridades 
partidarias  seccionales  y  departamentales — posee  importancia 
pública  aquí,  pues  el  mando  de  los  jefes  elegidos  no  se  dis- 
cute ni  admite  apelación,  estando,  por  otra  parte,  apoyado 
en  la  ley  y  en  las  nóminas  electorales  depuradas  el  pres- 
tigio de  su   triunfo. 

Los  demócratas  del  noveno  distrito  estaban  profundamente 
divididos  cuando  llegó  el  momento  de  resolver  esta  gran  esca- 
ramuza preliminar  de  la  cual  depende,  más  tarde,  el  éxito  á 
alcanzarse  sobre  el  adversario.  Tres  grupos  divergentes  domi- 
naban en  las  filas,  repartidos  entre  las  candidaturas  de  los 
ciudadanos  William  S.  Devery,  John  Sheehan  y  Frank  Good- 
win.  £1  16  de  Setiembre  era  el  día  señalado  para  la  lucha, 
que  presentaba  perspectivas  reñidísimas.  Los  recursos  de  com- 
bate pueden  caracterizarse  en  dos  clases:  la  propaganda  silen- 
ciosa y  personal,  que  ocurre  á  los  sitios  más  apartados  de  los 
cuarteles,  durante  el  día,  para  conquistar  voluntades  eleccio- 
narias poniendo  en  ejercicio  todos  los  recursos  concebibles 
de  persuasión,  y  la  propaganda  bochinchera  que,  con  músicas, 
discursos,  cohetes  y  bromas  ruidosas,  hace  el  gasto  nocturno. 
Como  espectador  desvinculado  solo  me  es  posible  poner  de 
relieve  el  desarrollo  de  la  segunda  parte  del  esfuerzo,  al 
alcance  de  todas  las  miradas.  La  semana  anterior  á  la  justa, 
durante  la  noche,  ofrecían  las  calles  del  noveno  distrito  un 
aspecto  más  animado  que  de  costumbre.  En  las  esquinas  con- 
sideradas más  estratégicas  se  improvisaban,  noche  á  noche, 
tribunas  constituidas  generalmente  por  cuatro  tablas  rústicas. 


DJBBDB   w^SHnfGcrDir  2á3 

adornadas  oon  la  bandera  de  la  Unión^  ccuindo  no  por  un 
«imple  carro  de  mudanza,  habilitado  con  sillaa  como  se  hace 
abf  para  llevar  viaitantes  de  las  orillas  á  las  fiestas  espa- 
ñolas. La  primera  vez  que  tuve  oportunidad  de  presenciar 
este  espectáculo  popular  me  encontré  con  una  asamblea  al 
aire  libre,  compuesta  de  un  millar  de  personas  que  respondían 
en  sus  simpatías  á  William  S.  Devery.  Muy  largo  rato  per- 
manecí, confundido  entre  aquel  retazo  de  pueblo,  apreciando 
los  distintos  incidentes  de  aquella  gran  escena  democrática. 
Los  oradores  se  sucedían  á  los  oradores,  combinándose  todos 
los  esfuerzos  en  la  porfiada  tarea  propagandista.  No  es  ésta 
la  primera  vez  que  noto  la  facilidad  de  expresión  en  público 
que  acreditan  los   norte-americanos. 

Jamás   se  cortan;  jamás  pierden  el  hilo  de   su   peroración; 
nunca  dejan   de  decir  lo  que  quieren  decir,  por  falta  de  pa- 
labras.   Atribuyo  esa  soltura  de  lenguaje,  primero,  al  tempe- 
ramento resuelto   y  firme  que  crea  el  sistema  de  enseñanza 
dominante,  dirigido   siempre   á  exaltar   el   espíritu   de  perso- 
nalidad en  el  individuo,  y  luego  á  la  índole  sobria  y  familiar 
de  la  oratoria  nacional.     Se  habla  al  auditorio,  sencillamente, 
yendo  á  la  cuestión,  y  se  le  convence  do  la  misma  manera, 
ofreciéndole  razones  y  bases  prácticas  de  criterio.    La  mímica 
académica,  los  cambios  cadenciosos  de  voz,  las  sonrisas  insi- 
nuantes, los  párrafos  de  efecto  imaginativos,  burilados  á  cin- 
cel, eso  carece  de  objeto,  no  encuentra  eco,  no  se  recibe  con 
manifestaciones    apasionadas   porque   no    hiere    el    fondo    del 
asunto.  En  cambio,  ima  palabra  de  inflexiones  robustas,  enér- 
gica,  que  llegue   á   todos  los  tímpanos  virgen  de   un  desfa- 
llecimiento, acompañada  de  gestos  gráficos,  también  denota- 
tivos de  convicción,  y  sin  preámbulos   engorrosos,   encuentra 
acogida  satisfactoria  y  conquista  muchas  voluntades.    Y  si  el 
ezponente   salpimenta   sus  frases  con  jokes — chascarrillos  — 
oportunos,  claros,   breves,  y   de  moraleja  bien  traida,  puede 
dar  por  ganada  la  batalla,  que  aquí  se  escuchan  y  se  aplauden 
con  alegría   infantil  todas  las    manifestaciones  jocosas.    Nos- 
otros tenemos  nuestra  gracia,  que  ostenta  el   caché  inconfun- 
dible del  genio  latino,  muy  diferente   de    la  de  los  sajones, 
qne  también  poseen  la  suya,  singular  y  característica.    Aquí 


214  LUIS  ALBBinO  BE  HE^SERA 

no  se  cultiva  el  calembour  pioareBOO  ni  los  juegos  de  ingenio, 
pero  hay  afición  esctraordinaria  por  los  cuentos  burlones  que 
respiran  ridículo  franco  y  contundente.  £1  adorable  Lafón» 
taine  retrata  la  sátira  nuestra,  bellísima  en  la  forma,  bellísima 
en  el  fondo,  rebosante  de  cortesía  y  de  chiCf  que  gana  la 
inteligencia  del  lector  con  despliegue  de  aticismos  atenienses. 
El  famoso  Swift  encarna  la  sátira  de  ellos,  briosa,  cortante, 
que  saca  sangre  sin   rodeos,  con  crueldades  frías  de  látigo. 

El  propósito  de    los  discursos    referidos  no  cambia,  todos 
van  dirigidos  á  hacer  la  apología   del  candidato  que,  á  juzgar 
por    los  elogios  concretos   que   se  le  brindan,  debe  llevar  en 
sus  venas  sangre  de  los  Gracos.  El    se  ha  sacrificado  siem- 
pre por  el   pueblo;  su  bolsa  ha  sido  patrimonio  de  sus  ami- 
gos y    correligionarios;    ningún    pobre    ocurrió    en    vano   de- 
mandando  sn  socorro;  nadie    arrastra    como  él   las   simpatías 
de  los  vecindarios;   si  triunfa  él  procurará  todos  los  beneficios 
imaginables   para  el  distrito,  desde    el    abastecimiento    abun- 
dante de  ese  carbón    antracita,   que    tanto    escasea  debido   á 
la  huelga,   hasta   escuelas  fundadas  y  sostenidas  con  sus    di- 
neros particulares.     Estoy  convencido:   Devery  debe    forzosa- 
mente ser  un  patricio   adornado  de   altruismos    admirables  y 
poco  comunes  en  estas   épocas,   favoritas  del   interés.     Si  así 
no  fuera  ¿cómo  concebir  que  esa    media  docena   de  saOores, 
que  acaban  de  desgañitarse  desafiando  con   sus   apologías  es- 
truendosas todas  las  rectificaciones  enemigas,  tendrían  el  co- 
raje de  sentar  asertos    tan    audaces,  y   cómo    comprender  el 
entusiasmo  caluroso  de   los  muchísimos    oyentes    que   reciben 
con  ovaciones  cada  andanada  de  alabanzas?    A    la  vez,  ¿qué 
opinión  puede  merecer   el  adversario?    ¿Se    le    ha    ofendido, 
se  le  ha  respetado  en  el    curso    de  los  ardientes  homenajes 
al  compañero?    Nunca,  nunca    he    oído    zaherir,    insultar  de 
manera  tan   rajante  á  un  adversario.     Si  la  mitad  de  la  suma 
oratoria  la  constituían  los  hosannas  al  jefe  propuesto,   la  otra 
mitad  la  ocupaban  los  desahogos  y  dicterios  lanzados  contra 
el  rival.     ¡Qué  lista  de  epítetos!     Ladrones,  expoliadores,  mí- 
seros, egoístas,  negociantes  en  las  posiciones  elevadas,  tráns- 
fugas, vendidos,  todo  esto,   y  todavía  me  quedo  corto,  desfila 
por  los  labios  propagandistas,  escupido  entre  crispaciones  de 


]>sáDE    WASHINGTON  245 


lo  qae  yo  suptme  saBÉa  md^oaokhi  patricia,  y  bajo  afirma- 
ción reiterada  de  que  se  estaini  ^Bfnetíbo  á  probarlo^  basta 
aceptando^  en  caso  contrario,  espacio  en  una  eeláa    peniten- 
ciaria, por  delito  de  injuria  y  calumnia. — No  hay  dnda:  quie- 
nes trabajan  para  derrotar  á  Devery  son  unos  grandes  picaros, 
y  el  hecho  de  que  gocen  de  libertad  importa  una  burla  irrisoria 
de  la  justicia.  ¡Que  la  humanidad  engendre  semejantes  abortos! 
Pero    al  final  de    la  escena  se    extreman  los  recursos   emo- 
cionantes.   Un  elocuente  apóstol  de  la  buena  causa  comunica 
al  auditorio  que   el   mismo  candidato  en   persona,  que  acaba 
de  llegar,  á  tiempo  para  recoger,  sin   paraguas  ó  impermea- 
ble,  las    últimas  granizadas  de  caramelo,  va  á  tener  el  honor 
de  dirigirle  la  palabra.    ¿No  vale  esto  tanto  como  un  regalo 
de  Navidad  tratándose  de    tan  austero    soldado    del  bien  pú- 
blico?    Las   aclamaciones   que  suceden   á  la  noticia  lo  testi- 
monian á  las  claras.    Según  el  prologuista,  los  hombres  llevan 
retratadas  fielmente  sus  pasiones  en  el  rostro:  los  malos  pre- 
sentan   el  estigma  de  galeotes,    aplicado    por    la    naturaleza 
infalible,  en  las  miradas  torvas,  en  los  pómulos  de  que  habla 
Liombroso,  en  los  labios  brutales,  en  las  orejas  largas,  aplas- 
tadas y  gruesas,  que  denuncian  instintos  asesinos;  en  cambio, 
los  virtuosos  son  dueños  de  fisonomías  angelicales.     Pues  De. 
very  pertenece  al  número  de  estos  últimos:  el  aspecto  irre- 
prochable  del    embalaje  corresponde  á  la   finura  y  selección 
del  contenido   moral.     Ya   lo    confirmaremos    así   cuando  el 
hombre  aparezca, — lo  que  hará  enseguida,  —  cuando  surja  ex- 
hibiendo  su    cabello  gris,  encanecido  en   la   lucha  contra  la 
corrupción,  su  frente  ancha  y  noble,  y  un  conjunto  de  fac- 
ciones dignas,  beatificadas  por  la  luz  mansa  de  sus  ojos   de 
profeta.     ¡Inusitado  favor   de   la  suerte;  el   justo,    como  los 
diamantes    de  la   mejor  agua,   aliaba  todas  las  purezas  con- 
cebibles !     Compareció  él,  por  fin,  para  dar  fé  de  las  verdades 
antecedentes.    Como  sucede  con  los  muebles  vulgares  en  los 
remates,  tanto  se  había  dicho  en  su  favor  que,  medio  hipno- 
tizado, le  concedí  muchas,  todas  las  calidades  pregonadas.  Era 
un  sujeto  bajo,  rechoncho,  de  aire  apoplético, — según  recapa- 
cité después  de  retirarme — ronco  hasta  decir  basta,  de  pa- 
labra gastada  y  sin  atractivos.    El  héroe  abonó  la  efectividad 


2á6  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

de  Ba    ensalzada  bondad    evangélica  curtiéndoles  la   badana^ 
de  lo  lindo^  á  sus  contrarios  y  abrumándoles  con  ocurrencias 
agresivas,  algunas  muy  espirituales,  que  provocaban  ensordo* 
cedoras  salvas  de  aplausos.     Para  ofrecer  una  prueba  agre- 
garé que,  para   calificar  el   grado  polar  de  la  indiferencia  y 
del  egoismo  de  Frank  Goodewin,  dijo:   cmis  amigos,  es  taa 
frío,  el  mencionado,  que  yo  no   me  animaría  á  darle  la  mano 
en  el  temor  de  que  me  contagiara  una  pulmonía  galopante.  > 
Música  de  silbidos — que   aquí  ellos  significan  aprecio — y 
música  de  la  pequeña  banda  posesionada  de  la  cabecera  del 
carro,  cerró  la  primera  parte  de  la  jornada.     La  segunda  la 
constituía  un  desfile  monstruo  de  adictos,  en  carruajes   y    á 
pié.     El  estallido  de  cohetes,  á  la  distancia,  anuncia  la  apro- 
ximación de  los   aliados.     La  muchedumbre  espectadora  des- 
borda de  las   veredas    hasta    la  calle    y  el    tránsito    de    los 
trenes    eléctricos   se  interrumpe   para  dar   paso   á    la    proce- 
sión   cívica,   que    avanza    clamorosa    y    vivando  siempre    al 
candidato  de   sus  simpatías,  cuyo  retrato,  estampado   en  bro* 
ches,    divisas  y   banderas    de   la    Unión,    parece  que    sonrio 
ante  aquellos  honores  de   apoteosis.     Casi  una  hora  demanda 
el  desfile   de  la  compacta  columna,  en  la    cual  se    ha  tenido 
la  precaución    de  interpolar  excelentes  músicos.     El  ruido  y 
la    admiración   no  decaen    un   segundo.     En    primer   término 
van  los  carruajes   particulares,  los  automóviles,  los  coches  de 
alquiler,  atestados  hasta  los  estribos  de  ciudadanos,  de  seño- 
ras y  de  señoritas   que  también    gritan  ¡Viva    Devery!  apor- 
tándole al   afortunado    el    concurso  eficacísimo    de   las  adhe- 
siones  más    difíciles   y    envidiadas.      Luego    sigue    la    masa 
pedestre,    perfectamente    organizada,   que    marcha    con    paso 
militar  y   que  desdobla  sus  anillos  interminables,  mientras  el 
eco  de    tan    apasionada    idolatría   popular    sigue   compitiendo 
con  la  voz  de  los  fuegos   artificiales.    Desaparece  aquel  tor- 
bellino  humano,  que  ya  invade  otras  jurisdicciones  paracfjn- 
movev    la    tranquilidad  de   nuevos    vecindarios,    y    me  quedo* 
perplejo  preguntándome    cómo    trabajan    las    voluntades  diri- 
gentes para  asociar,  con   tanta  disciplina,  en  un   inmenso   la«> 
tido,  todos  los  elementos  dispersos. 

La  misma  avidez  curiosa  me  empuja  á  la  noche  siguiente 


DGBBE    WAfiHIBGTOK  247 

en  direeción  á  la  octava  avenida,  pues,  á  la  altura  de  la  calle 
veinte  y  ocho,  están  los  cuarteles  generales  de  los  distintos 
bandos.  Tropiezo  con  una  isisamblea,  también  nutrida,  pero 
que  responde  al  nombre  de  Frank  Goodwin.  El  mismo  deco- 
rado y  la  misma  energía  de  rasgos  coleotivos.  Casi  me  dis- 
gusta este  encuentro,  pues,  recordando  lo  presenciado  el  día 
anterior,  estoy  persuadido  de  que  sólo  la  escoria  social  puede 
militar  en  filas  opuestas  á  las  del  virtuosísimo  Devery,  que, 
con  la  fuerza  de  su  reconocida  fat>nestidad,  me  arrastra  como 
el  imán  al  acero.  Seamos,  sin  embargo,  condescendientes  y 
escuchemos.  Pero,  ¿qué  oigo?  También  aquí  se  busca  en  el 
apostrofe  y  en  la  más  soez  injuria  vehículo  para  la  propaganda, 
y  se  devuelve  la  pelota  á  los  atacantes  do  ayer,  haciendo 
trizas,  á  puñaladas,  su  reputación.  La  personalidad  de  Devery 
absorbe  las  cargas.  ¡Devery!  dicen  los  oradores  lev^antando 
los  puños  al  cíelo  y  como  si  experimentaran  repugnancia  al 
pronunciar  ese  nombre.  ¿Acaso  se  necesita  hacer  su  historia 
para  saber  quién  es?  El  procesante  no  quiere  penetrar  en  el 
sagrado  de  su  vida  privada  y  así  lo  abona  dejando  deslizar, 
generosamente,  sombras  de  ignominia  sobre  sus  antecedentes; 
pero,  su  vida  pública,  esa  sí  que  tiene  derecho  á  investi- 
garla, y  ya  lo  hace  cortándolo,  sin  piedad,  en  todos  sentidos, 
con  la  fruición  de  los  estudiantes  de  medicina  que,  persi- 
guiendo la  verdad  científica,  hunden  afanosos  el  bisturí  en 
las  carnes  muertas.  Devery,  el  Big  Chlef,  The  Pump^  como 
lo  apodan,  no  pasa  de  ser  un  gran  ladrón  páblico;  así  lo 
proclama,  con  todas  sus  letras,  el  perorante.  Ascendido  desde 
el  puesto  humilde  de  simple  guardián  del  orden  hasta  el 
elevado  cargo  de  Jefe  de  Policía,  ¿cómo  ha  hecho  la  gran 
fortuna  de  que  dispone?  Los  nfimeros  sudan  lógica  aplasta- 
dora. Multiplicando  la  cantidad  de  años  de  servicio  por  los  suel- 
dos ganados  en  cada  gerarquía,  se  obtiene  un  total  importante 
pero  muy  pequeño,  si  se  compara  al  tesoro  amasado  por  el 
referido.  Se  le  reprocha  á  Goodwin  que  no  sea  pródigo  y  se 
alaba  á  Devery  porque  lo  es,  prosigue  el  tribuno,  pero,  seño- 
res, Goodwin  no  da  porque  no  tiene  que  dar,  porque  nunca 
ha  sido  Jefe  de  Policía  y  nunca  dispuso,  como  Devery,  de 
lo  ajeno.    A  esta  altura  se  oyen  lejanos  clamores;  el  público 


'^^  LUIS  ALBERTO  DE  HERBERA 

deja  de  prestar  atención  y  el  orador  mantüesta  que  el  acto 
termina  {lorque  una  nueva  procesión  de  los  partidarios  de 
Devery  se  aproxima  y  no  sería  justo  privar  á  los  oyentes 
de  los  placeres  gratuitos  de  circo  que  ofrece  tan  grotes- 
ca romería.  El  bullicioso  espectáculo,  ya  caraeterizftdo,  se 
reproduce  con  creciente  brillo,  cruzando  los  glorificadores 
de  un  lecuier  entre  los  apiñados  grupos  do  la  muchedumbre 
adversaría,  sin  que  una  provocación,  una  sola  palabra  hostil, 
interrumpa  el  franco  y  coittagíoso  buen  humor  de  todos. 
¿Para  qué  perder  el  tiempo  en  diferencias  enojosas  y  en  pe- 
leas estériles  cuando  cada  cual  ejercita  su  derecho  vocife- 
rando desesperado  en  favor  de  su  favorito  y  cuando  lo 
importante  es  obtener  la  mayoría?  Más  conviene  entretenerse 
en  contar  el  níímero  de  las  falanges  que  pasan  para  saber  hasta 
dónde  alcanza  la  fuerza  exacta  del  enemigo.  Casi  no  nece- 
sitaría agregar  que  en  otro  corso,  constituido  por  los  ciuda- 
danos adictos  á  John  Sheehan,  encontré  los  mismos  síntomas 
de  personalismo  cruel  percibidos  en  los  campos  rivales.  Ad- 
mirado de  la  frescura  con  que  so  dan  y  se  reciben  seme- 
jantes cargas  al  honor  individual,  pregunté  á  un  respetable 
amigo  americano  si  tan  reprobables  pugilatos  de  palabra  no 
^concluían  en  sangrientos  encuentros  personales.  <Nó,  me  dijo, 
-esos  son  lo  que  aquí  llamamos  poUticSy  recursos  políticos,  ó, 
lo  que  vale  tanto,  estratagemas  vulgares  para  impresionar  á 
los  electores  de  calidad  social  inferior.  Li  gente  seria  no 
participa  de  tales  desahogos.  Lis  imputaciones  gruesas 
que  se  tiran  á  la  cara  los  aspirantes  gozan  favor  recí- 
proco ilimitado,  y  como  se  conoce  el  propósito  torcido  á 
que  ellas  responden  no  se  las  atiende;  por  lo  demás,  nos- 
otros tenemos  demasiado  buen  juicio  para  aceptar  la  tira- 
nía ridicula  del  duelo,  institución  caduca  y  Catápida — apo- 
yado— que  jamás  obtendrá  arraigo  en  nuestro  país.  A  lo 
sumo,  unas  trompadas  callejeras  resuelven  el  conflicto  en 
forma  gimnástica   y  sana.» 

A  los  ocho  días  de  campaña  se  realizó  la  tan  disputada 
elección.  Las  mesas  se  instalaron,  algunas,  en  salas  alquiladas 
4il  efecto,  y  otras,  en  los  locales  de  las  peluquerías,  que  no 
por  eso  interrumpieron  su  trabajo.    Los  policianos  guardaban 


.        JDB8DE    WABHIKOTON  249 

el  orden,  lo  que  casi  no  tenía  objeto,  paee  los  diferentes 
votantes  poco  se  preocnpabau  unos  de  los  otros,  aprestirán* 
dose  solo  á  dejar  su  balota  en  las  urnas.  A  las  nueve  de  la 
noche  terminó  el  acto  de  sufragio  comenzado  á  las  dos  de 
la  tarde.  Como  último  disparo  preliminar  á  la  contienda,  se 
repartió  por  las  calles  del  distrito  una  hoja  impresa,  firmada 
por  el  propio  Devery,  cuyos  párrafos  principales  t^aduzco 
fielmente  enseguida,  para  que  ustedes,  al  paladear  esta  curiosa 
literatura  electoral,  se  penetren  de  la  veracidad  de  mi  narra- 
ción. Dicen  así:  «compafierosi  Devery  representa  la  felici- 
dad del  pueblo.  En  cambio  Sheehan  representa  el  fraude,  la 
duplicidad  y  la  traición  á  sus  amigos,  así  como  tambián  la 
entrega  á  nuestros  adversarios.  En  cuanto  á  Goodwin,  él  re- 
presenta el  interés  de  Goodwin.  Sucesos  recientes  prueban  que 
Sheehan  entró  en  combinaciones  para  vender  asientos  legislati- 
vos á  los  republicanos.  Aceptó  todo  el  auxilio  4|ue  pudo  con- 
seguir de  éstos  y  ahora,  para  salvarse,  los  ha  vendido.  Del  mismo 
modo  venderá  á  los  demócratas,  siempre  que  se  le  presente  la 
oportunidad.  De  Joodwin  afirmo  que  es  indiferente  y  egoísta. 
Se  olvida  de  sus  sostenedores  enseguida  de  las  elecciones.  Siem- 
pre que  pudo  sacrificó  á  sus  correligionarios  en  su  propio  be- 
nefício.  Sheehan  ha  engañado  antes  á  los  vecinos  de  este 
radío,  pero  hoy  ellos  están  en  guardia  porque  lo  conocen. 
Ciudadanos:  colocaos  del  lado  del  ganador  y  votad  por  De- 
very. Devery  ayudará  á  todos  luego  que  triunfe.  Este  in- 
vierno va  á  ser  muy  frío.  Devery  tiene  instintos  humanos. 
Ninguna  familia  del  noveno  distrito  carecerá  de  carbón  y 
lefia.  Devery  es  el  hombre  del  pueblo  y  el  pueblo  es  para 
él.  No  prestéis  atención  á  los  anónimos  y  á  las  viles  circulares, 
preparadas  por  Sheehan  y  Goodwin,  pues  ellas  son  un  tejido 
de  fálsedadcsf.  Esa  advertencia  final  del  manifiesto  tenía 
or^n  en  el  hecho  de  que  los  bandos  divergentes  habían  re- 
partido en  todas  las  casas  habitadas  por  los  partidarios  del 
rival,  hojas  sueltas,  suscritas  por  Devery,  en  las  cuales  éste 
les  decía  que  no.  concurrieran  á  votar  porque,  en  vista  de 
su  inminente  derrota,  prefería  mantenerse  en  la  abstención. 
No  bien  se  cerraron  las  urnas  comenzóse  el  escrutinio,  com* 
piiiendo   todos   en  una  actividad  febril. 


260  LUIS  ALBB«rO  DE  HSBBERA 

Miliares  de  ciudadanos  ocupaban  el  ancho  de  las  veredas^ 
confundidos  los  partidarios  de  los  diferentes  candidatos,  como 
si  ya  hubieran  olvidado  el  profundo  cisma  de  horas  ante-* 
rieres.  Ni  un  grito  insolente,  ni  una  expresión  de  disgusto 
partía  del  seno  de  aquella  masa  heterogénea,  tan  inquieta 
como  puede  permitirlo  la  flema  de  esta  raza  sabia  y  sin 
nervios.'  Aquí  y  allá,  la  policía  quitaba  del  medio  á  algún 
beodo,  cuando  se  hacia  incómodo.  Llevado,  sin  saber  cómo, 
porque  las  muchedumbres  tienen  poder  irresistible  de  trom- 
ba, fui  á  dar  al  local  de  un  club  adicto  á  Sheehan,  que 
estaba  repleto  de  gente.  Retratos  de  eminentes  demócratas 
adornan  las  paredes;  allá,  en  el  fondo,  sentados  alrededor  de 
una  mesa,  están  los  jefes  del  movimiento  electoral  que  aca- 
ba de  producirse,  materialmente  agobiados  por  la  ola  popu- 
lar. Allí  veo  representantes  de  toda  la  escala  social;  obreros, 
empleados,  ancianos,  hermanados  en  un  mismo  anhelo  por 
idéntica  orientación  simpática.  La  mayoria  tiene  papel  y 
lápiz  en  la  mano.  Son  las  diez  de  la  noche  y  empiezan  á 
llegar  los  partes  numéricos  de  las  distintas  mesas,  pues  el 
distrito  está  dividido  en  veinte  y  cuatro  cuarteles.  Cada  emi- 
sario que  arriba  invoca  su  misión  y  la  multitud,  á  la  vez 
que  lo  asedia  á  interrogaciones,  le  abre  espacio  para  que 
alcance  hasta  el  sitio  ocupado  por  los  jefes.  Estos  reciben 
el  informe  y,  sin  pronunciar  una  palabra  de  comentario,  lo 
trasmiten  en  voz  alta  al  auditorio  que,  según  sea  el  resultado, 
aplaude  ó  no,  mientras  asienta  los  datos  y  establece  compara- 
ción de  probabilidades.  Sucedió  que  las  primeras  noticias  fue- 
ron decididamente  favorables  á  Sheehan;  entonces  ensordecedor 
V9&  ovaciones,  que  iban  en  aumento,  llenaban  el  ámbito  del 
salón,  expresando  con  energía  varonil  el  crecimiento  de  una  es^ 
peranza.  Pero  la  rueda  de  la  fortuna,  sobre  todo  en  política, 
es  muy  caprichosa,  y  pronto,  simultáneo  con  los  saldos  adver- 
sos, empezó  el  cambio  de  las  decoraciones.  '  Un  poco,  bas- 
tante desilusionado  de  Devery,  mi  ídolo  austero  de  una  hora^ 
desee  á  esa  altura  su  triunfo  ó  el  triunfo  de  Groodwin,  para 
apreciar,  sobre  el  terreno,  el  efecto  de  la  derrota  en  el  seno 
de  aquella  asamblea  tan  enardecida.  ¿Se  acataría  silenciosa- 
mente el  fallo  del  comicio  ó  estaba  anidando  una  tonneata 


DESDE    WA8HINOTON  251 

dentro    de  aquellas    filas  compactas?    No  tardaré  mucho  en 
romper  esa  duda.    Cuando  la  suma  de  una  veintena  de  cifras 
parciales  convenció  í  los  asistentes  de  que   sólo  por  gracia 
de  algún  cómputo  milagroso  podía  alcauzarse  la  victoria,  em- 
pezaron   á  desgranarse,  sin   decir  una   palabra,   aceptando   el 
ejemplo  significativo  de  los  miembros  de  la  mesa,   que  aban- 
donaron el  campo  poniendo  el  sello  sacramental   al  desastre» 
Sin  tumulto,  penetrados  de  que  se  trataba  de  un  asunto  con- 
cluido,  fueron   saliendo    los  compañeros  de  Slieehan.     ¿Para 
qué  empeñarse    en  debates  y   juicios    airados   cuando,    impo- 
niéndose  sobre  todas  las  conclusiones   optimistas,  ab(  lucía  la 
elocuencia  incontrastable  de  los  escrutinios?    Do  Devery  era 
el  triunfo    y  desde  ese   instante  no   otro  que    él   podía  dis- 
frutar el  título  envidiado  de  leadsr  del  noveno  distrito.     Fal- 
taría á  la  verdad  si  dijera  que  oí  el  eco   de   protestas  y   de 
esos  reproches  iracundos,  tan  comunes  en  otras  partes.     Por 
lo  demás,    temer  un  choque  entre    las   fracciones   vencida   y 
vencedora,   compuestas  ambas   en  su  extensión    do   gente   de 
pelo  en  pecho,  importaba  mi  desconocimiento  del  espíritu  razo- 
nable y   profundamente  tranquilo  de  los  americanos.     Devery 
había  ganado,  ¿quién  tenía,  pues,  el  derecho  de  coartar  el  curso 
estrepitoso  de  la  alegría  de  sus  amigos?   ¿Acaso  no    hubieran 
practicado,  éstos,    el   mismo   religioso  respeto,   si   derrotados? 
Admirable   equidad   moral,   que   apunta    otro    de   los    tantísi- 
mos frutos   invalorables  do  la    educación    popular   y    de    las 
grandes  enseñanzas   libres  que  llegan  del  pasado  fecundo  como 
hebras  de   una  luz  gloriosa.     Acatar  la  voluntad   regia   de  las 
mayorías,  ceder  el  puesto  al  adversario,  cuando  el  adversario, 
luchando   con   la   cara   vuelta  al  sol,  ha  impuesto  su  victoria, 
desterrar  el  hábito  de  las  innobles  argucias  usadas  para  empa- 
ñar el  significado  abrumador  de  los  hechos,  hé  ahí  las  varias 
manifestaciones  de  una  virtud  cívica  de  arraigo  centenario  en 
el    espíritu  de    estos   sólidos    ciudadanos  de   Norte    América. 
¿Podemos  decir  lo  mismo    nosotros,  que  afrontamos  todas  las 
temeridades   del    criterio,   olvidando   á    menudo    el    culto   de 
deberes  elementales,  antes  de  respetar   los  fallos  sagrados  de 
la  democracia  y  de  resignarnos  ante  la  evidencia  de  la   ajeua 
j  legítima  victoria? 


252  LUIft  ALBEBTO  DE  HBRRBRA 

Antes  de  las  once  de  la  noche  la  noticia  del  resaltado  co- 
micial  estaba  divulgada  por  todo  el  distrito.   Rapidez   escru- 
tadora también  extraordinaria.    Y,  á  todo    estO|  ¿qué    efecto 
produce  en  las  líneas    triunfadoras    el    gran    éxito    obtenido? 
Doy  la  vuelta   á  la  esquina  y  otra    muchedumbre,    ebria   de 
entusiasmo,  me  arrolla.    ¡Qué  delirio  de  satisfacción!     Devery 
aparece,  por  instantes,  llenando  con  su  personalidad  adiposa,  que 
ahora  parece  tener  más  volámen,  el  marco  de  una  ventana.     Un 
ruido  de  aclamaciones  infernales  lo  saluda;  pero  sus  electores  quie- 
ren que  baje  para  testimoniarle  más   eficazmente   su   aprecio. 
Así  lo    hace   Devery    para   ser  estrujado,    golpeado,   abatido 
por  sus  millares  de  amigos   y    admiradores.    Intenta    asilarse 
en  un  carruaje,  pero  no  se  le  permite   y,  prisionero  de  una 
inagotable  alegría  callejera,  es  llevado   hasta  su  domicilio,    al 
compás  de  músicas,  de  cohetes,  de  vivas  estentóreos,  de  estas 
grandes  risas  americanas,  buenas,   amplias,   sencillas,    que  re- 
flejan con  exactitud  los  lincamientos  sanos  del  carácter  nacio- 
nal, ein  que  de  ninguna  boca  parta  un  grito  de  rencor  ó  de 
agravio    que,  concluida    la    batalla,    la     bandera    del    olvido 
ampara  á  todos  y  ya  no  existen  vencedores  ni  vencidos.  Frente 
á  la  casa  del  caudillo  consagrado  se    arremolina  la  columna, 
que  sólo  allí,  en  su  lugar   legítimo,  suelta  á   la  presa  de  sus 
amores   democráticos.    La    esposa,   los    hijos  de   Devery,    las 
señoritas  pertenecientes  á  familias  de  su  amihtad  y  ¡oh  mila- 
gros de  la  pasión  cívica!  hasta  su  misma  suegra,  lo  agasajan 
expresivamente    y    agitan    en    su    honor    banderitas    patrias. 
Abajo,  comerciantes  avisores  venden  entre  los  adictos  peque- 
ñas  escobas,  especiales    para  prenderse   en   el  ojal,    que    son 
gracioso   emblema  de    la  gran   barrida  que   acaba    de    darse. 
A   pesar  del  retiro   del  héroe,   los  grupos    no  se  disolvieron, 
continuando  muchos   vecinos   los  festejos  hasta  la  madrugada* 
A    la  noche    siguiente  una    nueva   demostración    rodante    de 
fuerza  electoral  puso  punto   final  á  la  reñida  jornada.  ¿Pero 
cuánto  le  costó  al  lecuier  electo  conquistar  el  bastón  de  mando? 
La  nómina  de  esfuerzos  que  sigue,  tomada  de  diarios  serios, 
les  dará  una  idea  de  la  cantidad  y  calidad  de  sacrificios  mo- 
netarios hechos  por  él.     Dio  á  las  mujeres  y  niños  del   pue- 
blo de  su  distrito  un  paseo  campestre,  al  que  asistieron  diez 


IMttDE    WASÉLÍNOTON  253 

y  siete  mil  personas,  qae,  según  cálculos,  le  deiíiandó  diez  mil 
pesos.  Otro  tanto  tavo-  que  pagar  por  otra  fiesta  de  la 
misma  índole  celebrada  en  las  márgenes  del  río  Hudson. 
Veinte  mil  concurrentes  ocuparon  los  teatros  durante  una  se- 
rie de  funciones  gratuitas.  Todo  el  verano  abastecicS  con 
hielo  á  las  familias  pobres.  Ciento  cincuenta  de  ellas  disfru- 
taron servicios  gratis  de  médico,  enfermeros  y  botica.  Pagó 
los  gastos  originados  por  seis  entierros.  Ochenta  hogares, 
que  estaban  bajo  la  intimación  perentoria  de  desalojo,  recu- 
peraron su  tranquilidad  gracias  á  su  intervención  reconfor- 
tante y  mágica.  Prometió  fundar  una  escuela  libre.  Entre 
fuegos  artificiales,  regalos,  comidas,  cerveza  y  porción  de  dá- 
divas necesarias,  dispuso  de  quince  mil  pesos.  Obtuvo  tra- 
bajo para  centenares  de  obreros.  Finalmente,  el  candidato 
pronunció  alrededor  de  cien  discursos,  siendo  confirmado  por 
quince  lugar-tenientes,   igualmente  infatigables. 

Pero  todavía  nada  he  dicho  del  epílogo  de  la  campaña. 
Una  semana  después  de  estos  sucesos  se  reunió  en  Saratoga 
la  gran  convención  demócrata  del  Estado  de  New  York, 
para  proclamar  candidatos  á  las  distintas  posiciones  electivas 
en  la  próxima  lucha  política  contra  los  republicanos.  Ocu- 
pando, con  doscientos  de  sus  predilectos,  un  tren  expreso  y 
siempre  entre  música  y  cohetes,  William  S.  Devery  se  dirigió 
á  aquel  destino,  á  fin  de  tomar  parte  en  las  deliberaciones, 
como  delegado  flamante  de  un  distrito.  SU  transit  gloria 
9nundi:  fué  recibido  con  toda  frialdad  por  los  demás  repre- 
sentantes populares  reunidos  en  asamblea.  La  prevención 
dominante  contra  él  encontró  pretexto  atendible  en  sus  po- 
deres y  la  comisión  competente  aconsejó  su  rechazo.  Devery 
se  defendió  personalmente,  poniendo  al  servicio  de  su  causa 
todas  sus  energías  dramáticas.  El  convencional  Sullivan  dijo 
en  su  contra:  cDevery,  durante  la  mayor  paite  de  su  vida, 
ha  sido  un  culpable.  Invoco  los  nombres  de  nuestras  espo- 
sas, de  nuestras  hermanas,  de  nuestros  hogares,  para  decidiros 
á  darle  un  voto  negativo.  Devery  es  un  escándalo  para  New 
Tork  y  si  ahora  también  triunfa  aquí  será  un  escándalo  para 
el  Estado».  En  cambio,  el  convencional  Suikin  expuso  en  su 
favor:     csi  es-cierto  que  Devery    ha  usado  del  dinero  pura 


254  LUI8  ALBKRXO  D^  H1BRRHBA 

alcanzar  el  triunfo,  ¿qué  hay  «n  dio  de  malo?  El  lo  ha 
utilizado  honestamente  7  en  la  forma  en  que  el  dinero  ae 
aplioa  á  las  operaciones  electorales.  Sólo  la  prensa  ha  com- 
batido á  Devery.  Por  lo  demás,  sus  oponentes  no  son  sinceros. 
Deveiy  tiene  importancia  7  es  un  buen  demócrata».  Dio 
corte  definitivo  al  asunto  el  convencional  Conell  con  las  si* 
guíenles  reflexiones,  que  determinaron  el  carácter  de  la  vota-» 
ción:  €68  tiempo  ya,  dijo,  de  que  nuestro  partido  se  ponga 
resueltamente  en  guardia  contra  la  impostura  7  la  corrupción. 
Todos  conocemos  los  recursos  puestos  en  práctica  por  Devery. 
\8\\  poder  en  política!  ¿Cómo?  El  condado  de  New  York 
cuenta  con  una  mayoría  de  ochenta  mil  demócratas  7,  sin 
embargo,  por  causa  del  deverysmo  fuimos  derrotados,  de  ma- 
nera aplastadora,  en  la  última  campafia.  A  Devery  y  á  su 
bandera  de  indecencia  es  atribuible  tal  desastre.  Por  cada 
voto  que  perdamos  expulsándolo  de  nuestro  seno,  un  millar 
de  nuevos  votos  ganaremos  de  los  hombres  que  aprecian  la 
dignidad,  el  carácter  y  la  inteligencia  que,  ellos  sí,  son  la 
esperanza  de  la  democracia  del  futuro.»  Devery  fué  repu- 
diado. Más  tarde,  proclamado  candidato  á  gobernador  Mr. 
Cooler,  joven  ciudadano  de  treinta  y  tres  años  y  de  alto 
nombre  I  Devery  sepultó  en  el  fondo  de  su  corazón  sus 
agravios  para  manifestar  que^  apesar  de  todo,  el  noveno 
distrito  contribuiría,  como  una  tabla,  á  su  triunfo  dando  el 
mayor  cómputo  electoral  allí  conocido.  Estoy  seguro  de  que 
los  lectores,  sin  saber  por  qué,  le  han  cobrado  simpatías  al 
arlequinesco  Devery,  al  ingenioso  luchador  que,  con  sus  va- 
riadísimos y  pintorescos  esfuerzos  para  conquistar  sufragios, 
ha  batido  la  fama  propagandista  de  todos  los  leaders  ante- 
riores. Por  eso  no  está  demás  decir  que  nuestro  hombre 
ha  conseguido  sentarse  en  el  comité  ejecutivo  demócrata. 
Amenazó  con  llevar  su  caso  ante  la  Corte  y  este  argumento 
produjo  el   efecto  deseado.    Aquí  estoy  y  aquí  me   quedo. 

Hecha  omisión  de  algunos  rasgos  demasiado  locales  y  por 
lo  mismo  poco  oportunos,  las  páginas  antecedentes  retratan, 
sin  brillo  pero  con  mucha  fidelidad,  el  desarrollo  de  una 
elección  en  los  Estados  Unidos.  Cuando  pronto  ella  se  re- 
produzca en  gran  escala,  tal  vez  vuelva  á  fatigarlos  con  nuevas 


deiorípoíoMS  4e  costumbres  pacificas.  Talves  no  rae  equi- 
voco plisando  que  esta  lectura  ha  de  haber  dejado  ea  el 
ánimo  de  ustedes  la  misma  impresión  que  empafió  mi  espí- 
rHu,  por  instantes,  al  presenciar  el  desarrollo  de  los  sucesos 
referidos.  ¿Verdad  que  parece  que  surge  la  sombra  de  ua 
desencanto,  como  cuando  algún  ideal  querido  vacila  sobre  su 
pedestal,  al  saber  que  en  la  patria  del  derecho  7  de  la  jusr 
ticia  puede  ser  coronada  la  mistificación?  ¡También  en  los 
Estados  Unidos  conocen  los  principios  tormentos  inqutsito-^ 
riales;  también  allí  encuentra  impunidad  y  escudo  lo  arbi* 
trario;  también,  en  la  nación  modelo,  la  tánica  institucional 
sufre  desgarros  crueles!  No  pensamos,  en  manera  alguna^ 
así.  Precisamente  las  escenas  retratadas,  bochornosas  unas 
cuantas,  envidiables  otras,  ofrecen  un  argumento  vivo,  incon-' 
trastable,  en  favor  de  la  alta  fama  cívica  del  país.  Después 
de  presenciarlas  se  puede  afirmar,  con  mayor  ^mfasis,  que 
Norte  América  es  la  tierra  clásica  de  la  libertad  y  que  el 
símbolo  de  las  estrellas  no  usurpa  espacio  en  el  ángulo  su-r 
perior  izquierdo  de  su  bandera.  Convertir,  los  adversarios 
del  partido  que  gobierna,  en  salones  de  propaganda  las  calles 
elegidas  por  su  capricho;  lanzar  desde  esas  tribunas  popu- 
lacheras, rayos  y  centellas  contra  la  situación  dominante; 
disputarse,  con  apasionada  codicia,  el  apoyo  de  la  muehe* 
dumbre;  conquistársela  utilizando  todos  los  medios  imaginables, 
que  no  sean  coercitivos,  de  convicción;  dirigirse  frenética- 
mente á  ella,  solo  á  ella,  para  conseguir  la  anhelada  victoria; 
competir,  en  actividades  y  combinaciones  de  (^xito  los  dife« 
rentes  candidatos;  todo  ese  cúmulo  de  manifestaciones  indivi- 
duales, todos  esos  afanes  de  sugestión,  dirigidos  al  embauca- 
miento interesado  del  pueblo,  ¿no  proclaman,  acaso,  con  realidad 
irrefutable,  la  existencia  de  una  verdadera  y  sólida  democra- 
cia? La  fórmula  de  la  perfección  doctrinaria  se  encarna  en  el 
triunfo  de  las  mayorías  libres,  extrañas  á  toda  presión  ilegí* 
tima.  Esa  presión  ilegítima  solo  puedo  venir  del  gobierno  de 
la  nación  y,  por  encontradas  y  turbias  que  sean  las  corrien- 
tes, ella  jamás  partirá  del  pueblo,  que  es  fuente  superior  de 
soberanía.  Vox  populi  vox  DeL  Sus  errores  son,  pues,  reales; 
sus  extravíos  excelsos.    Ellos  podrán  resultar  funestos  y  m^ 


256  I.ÜI8  ALBKRIO  DB  BBRREBA 

recer  severas  críticas,  pero  ¿quién  tiene  personería  bastante 
para  negarle  á  él,  el  jneK  supremo  y  menos  falible  de  las 
diferencias  humanas,  el  derecho  altivo  de  equivocarse?  Pues 
bien,  si  en  el  terreno  de  la  teoría  no  existe  ni  el  asomo  de 
ese  audaz  factor  tercerista,  todos  sabemos  perfectamente—- 
¡vaya  si  lo  sabemos! — que  en  el  terreno  de  la  práctica  él 
ha  surgido  en  la  casi  totalidad  de  las  sociedades  república* 
ñas  para  violar  el  derecho  y  hacer  escarnio  de  la  ley.  Los 
gobiernos  interventores  en  el  acto  del  comicio,  la  intromisión 
nefanda  y  abrumadora  del  poder  público  en  las  contiendas 
ciudadanas,  ese  ha  sido  el  causante  diabólico  de  las  grandes 
disoluciones  populares.  Los  Estados  Unidos  no  conocen  esa 
enfermedad  mortal  de  las  instituciones.  La  mayoría  verdadera, 
espontánea,  libérrima,  obtenida  por  el  esfuerzo  independiente 
y  antojadizo  de  los  interesados,  impone  su  voluntad  inapela- 
ble y  la  minoría  sabe  acatarla,  sin  rugidos  de  fiera,  y  el  go- 
bierno, dueño  de  la  montaña,  la  deja  disponer  á  su  capricho 
de  las  posiciones  de  la  llanura,  sin  soñar  en  algo  incom- 
prensible aquí,  en  alzar  diques  á  sus  mareas  avasalladoras  y 
á  menudo  enemigas!  El  gobierno  metido  en  su  casa,  arrinco- 
nado, mientras  el  pueblo,  en  todo  el  soberbio  ejercicio  de  bu 
virilidad,  arregla  las  cuentas  del  pueblo.    ¿Puede  pedirse  nada 

más  aproximado   al    ideal? 

Encarando  el  asunto  bajo  otra  faz,  convenimos  en   que  los 

manejos    del    victorioso   Devcry,    que   buscó    en    su  bolsa  el 
asiento  más  firme    de   su    elección,  que    sedujo    energías   de- 
rramando  á  manos  llenas  favores  de  todo   género,   no   mere* 
cen  un  ápice  de  elogio  y  provocan  censuras,  cuando  aprecia- 
dos con  un  estricto   criterio   moral;  pero,  por  distinto  camino, 
vamos  en  procura  de   la  misma  respuesta  ya  formulada:  faé 
el  pueblo,  solo,  independiente,  el  que    así   lo   quiso.     Poixjue 
no  6guró  un    oficial   del    ejército  en   la    jornada,    ni   un    co* 
misario  de  policía,  ni  un    funcionario    civil,    ni    se  hizo    en- 
mudecer, con  la  amenaza   innoble,  á   los  empleados  públicos. 
Devery  dirigió    la  puntería  al    corazón  de    la    nuicheduoibre 
que  intentaba   conquistar,    como    los   galanes    avisados,   y    la 
conquistó,  á  la  luz  del  día,  sacrificando    su    bolsillo  por   ella, 
dándole  banquetes,  tiestas,  teatro,  medicamentos,  carbón,  hielo. 


DESDE    WA8HINQTOK  257 

j  promesas  mil.    ¿No  vibra    en   el  fondo    de  todo  esto   una 
onda  de  salud?     Pero,  entonces,   dirá  algún    soñador,  el  pue- 
blo, también    vende  sus  favores?   No   sé;   pero  lo   que  sí  sé, 
es  que,  desgraciadamente,  en  sus   filas  no  todos  piensan  que 
el  voto,  como  la  conciencia,  es   inalienable.    La  culpa  de  se- 
mejantes aberraciones    no   debe  imputarse  á   las  instituciones, 
que    son    ejemplares,  sino  á  la  imperfección  de  los  hombres, 
los  cuales,  á  pesar  de  escuelas  y   de  doctrinas,  todavía  con- 
tinúan siendo  de  barro.     Por  lo  demás,  ¿cómo  podemos  acep- 
tar, quienes  alentamos  ideales  generosos,   la  tesis  política  mer- 
cantil profesada  por  el  leader  del  noveno  distrito  de  la  ciudad  de 
New  York?  ¡Qué  inefable  impresión  debe  experimentar  un  ciu- 
dadano austero  al  ser  sorprendido  en  su  gabinete  de  trabajo  por 
la    noticia  consoladora   de  que    sus  compatriotas,  por  ímpetu 
propio  7  desinteresado,  lo  han  exaltado  á  las  más  altas  posi- 
ciones   de    origen    electivo!      ¡Cómo    debe    enorgullecer    ese 
triunfo,  que  no  se  ha  pedido,  ese  honor  otorgado   por  perso- 
nas  extrañas,    jamás  vistas,  y    que,  sin  embargo,  dominadas 
por  el  prestigio  de    una   virtud  positiva  y    modesta,  inscri- 
ben  un   nombre  en  sus  balotas  para  decir  al  predilecto:    «con- 
fio eo  tí  como  en  mí  mismo  y  en  prueba  de  ello  te  otrezco 
un  homenaje  cívico  que  nunca  me   pediste!»     ¡Qué  revancha 
de  nobilísimos    goces   espirituales    sobre    las  injusticias    que, 
tantas   veces,  se    cruzan    en   el    camino    de  los    buenos!     Y 
téngase  por  cierto  que  en  la  patria  de  Jorge   Washington   la 
absoluta  mayoría  se   inspira  en   el     recuerdo  santificado    del 
patriarca  de    Mount-Vernon,   tan   grande,  que  á   su    sombra 
desaparecen,  perdidos,  los  políticos  comerciantes  como  desapa- 
recen las  resacas  en  la  inmensidad  del  océano. 


17 


^»^>iA<V»A^»^VMS<«><VSAAAAr<VMVWVSi»»^VVVSA<VSA.^/SA^^^ 


XII 


La  ciudad  de  Quebec  —  Una  Joya  antigua  —  Antecadentes  hfatóricos 
—  Evolución  pQlitica  del  Oanadá  --  8u  porvenir  —  Un  paralelo  ^ 
La  cannpaAa  de  Quebec  —  Sobre  uniformes  militares  —  Remi- 
niscencias afectivas. 


Además  del  rio  San  Lorenzo  una  línea  férrea  ata  á  las 
dodades  de  Montreal  y  Quebec.  Huyendo  siempre  de  las 
peripecias  marinas^  opto  por  el  transporte  terrestre,  aunque 
todos  ponderan  las  bellezas  singulares  de  perspectiva  que  se 
recf>gen  por  la  vía  finvtal|  cuando  el  vapor  cruza  por  entre 
centenares  de  islas  miniaturescas  y  de  sin  igual  atractivo 
pictórico.  Tanto  se  pregonan  las  peculiaridades  locales  de 
Quebec,  suspendida  por  el  San  Lorenzo  al  cuello  del  Cana- 
dá, como  un  medallón  antiguo,  que  correspondo  al  afán  curioso 
que  me  empuja  hacia  ella. 

Como  la  linda  Montevideo,  esta  otra  ciudad  debe  su 
nombre  al  capricho  de  una  exclamación  admirativa.  c¡Qué 
bec!>  dijo  Cartier  al  dominar  el  maravilloso  paisaje,  sin 
concebir  que  su  comentario  expontáneo  de  descubridor  ten- 
dría fuerza  insigne  de  bautizo.  Más  tarde,  el  marqués  de 
Champlain,  buscando  sitio  seguro  para  encajar  el  cetro  de 
la  civilización  francesa  en  las  colonias  trasatlánticas,  encon- 
tró aquel  refugio,  inaccesible  casi  como  nido  de  águilas.  A  la 
sombra  de  pefiascos  enormes  surgió  la  fortaleza,  y  coro- 
nándola, á  tanta  altura  que  pudo  confundirse  con  una  divi- 
sa patriótica  pendiente  del  cielo,  flameó  desafiante  una 
bandera.    Más  de  un  siglo,  ciento    cincuenta  afios,  se  man- 


260  LtTIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

tuvo    allí  pregonando  las  grandezas   de    una  soberanía,  pero 
cierta  vez  ecos  de  trueno    llegaron    basta   los   oídos    de    los 
soldados  fidelísimos  de  reyes    sin   memoria,  j  todos  corrieron 
á  tomar  las  armas  en  defensa  de  su   metrópoli  agredida:  In- 
glaterra 7  Francia  también  chocaron  sus  rivalidades    históricas 
en  el  suelo  de  América,  inocente  de  sus  agravios.     La  gue- 
rra fué  larga,    dividida  en  capítulos  memorables  y  tan  ren- 
corosos   como  lo   quería    la  pasión  de  raza.     Los    franceses, 
aún  en   el    desamparo,  pelearon  como  leones;  pero  ya  enton- 
ces  Bretaña  era    dueña  de  esa  pasmosa  tenacidad  de  propó- 
sitos  que  está  llamada  á  darle   el  gobierno  del   mundo  y  la 
perseverancia  valiente  pudo   más  que    las  desesperaciones  del 
coraje.  En  Quebec  se  jugó   el  último  esfuerzo.    Aquella  ago- 
nía fué  colosal;    tiene    el  perfil    imponente  de    las   epopeyas 
clásicas.     Adentro,   acosado    como    una    fiera,    estaba    Mont- 
calm,  el  general   francés;  y  afuera,  intentando,  intrépido,  esca- 
lar la  roca,    estaba  Wolfe,    el     general    inglés.     Meses   duró 
aquel  asedio  definitivo.  ¿Cómo  dominar  posición  tan  inexpug- 
nable, erizada  de  cañones?     Ese  detalle  fatal,  por   el   que   se 
pierden  todas  las    causas  humanas,  fué  encontrado  al    fin  por 
el  inquebrantable   adversario,   y  una  mañana   el   sitiado   supo 
con    asombro    que    no    era    toda  suya    la    montaña.     En    la 
pelea  que    siguió    cayeron    heridos    de  muerte  los    dos   jefes 
enemigos.     «Dios    sea    loado,  muero    feliz,f    dijo,    antes    de 
expirar,  el  victorioso  Wolfe,    mientras  Montcalm  cerraba   los 
ojos  exclamando:     «no   vivero  para  ver  la   rendición  de  Quo- 
bec.»     Señalando  este  recuerdo  legendario,  por  consenso   uná- 
nime de   las  dos  ramas  pobladoras,  hoy  reconciliadas,  se   ha 
erigido  en   la  parte   más   elevada    del  recinto,  un  monumento 
en   honor  de  los  dos  gloriosos  capitanes,  que  lleva  esta  ins- 
cripción gloriosa:    «Iguales  en  la  virtud,  en  la  muerte,  en    el 
valor    y    en    la    historia.»     ¡Cómo    debieran    tener    presente 
esta  sanción  noble   de  posteridad   los    exaltados  que  en  nues- 
tro  país  y    en    distinto  y    semejante   plano   pretenden    abrir 
cisma  de   odio   entre  los  hijos  de   una  misma  familia,  endio- 
sando  á  unios  antepasados  y  profanando,  con  insultos   aleves^ 
el  sueño   de  los   otros! 

El  ferrocarril  se  detiene  al   pié  de  la  gran  muralla  natural 


DESDE    WA8HINQTON  261 

^oe  fiirve  de  mortaja  á  esa  joya  antigna  que  se  llama  Que- 
bec.  Hemos  llegado  al  fin  de  nuestro  viaje  y,  sin  embargo, 
pasará  rato  antes  de  que  podamos  afirmarlo  con  toda  ver^ 
dad.  Porque,  concluida  la  marcha  en  sentido  horizontal, 
«mpieza  el  avance  hacia  lo  alto,  la  ascensión  fatigr>sa  y 
complicada  por  el  lomo  arrugadísimo  de  la  cumbre.  El  ca- 
rruaje adelanta  despacio,  como  por  concesión  de  una  lástima, 
pues,  apesar  de  sus  robusteces  frisonas  y  de  estar  dotado  de 
herraduras  especiales,  el  caballo  de  las  varas  gana,  poco  á 
poco,  el  pleito  de  la  jomada.  Las  calles  dan  tantas  vueltas 
como  las  circunvalaciones  de  un  cerebro  y  describen  una 
extraña  espiral  cuyo  centro  interior  lo  determina  la  vieja 
fortaleza  que  se  ostenta  en  la  cresta,  llamativa  como  una 
muela  postiza.  El  ideal  de  los  tiempos  pasados  lo  consti- 
tuía la  guerra.  Soñar  de  noche  con  el  enemigo  era  un  de- 
ber, y  atacarlo  de  día  era  un  derecho;  y,  pagando  homenaje 
á  las  exigencias  crueles  de  la  mosquetería  internacional,  allí 
están  aquellas  paredes  semi-derruidas,  más  perdurables,  cun 
todo,  que  el  poder  de  los  monarcas  que  las  mandaron  cons- 
truir; aquellas  encrucijadas  indescifrables  para  el  forastero; 
aquellas  tortuosidades;  aquellos  senderos,  caprichosos  como  las 
voluntades  torcidas,  que  serpentean  en  todas  direcciones,  que 
se  alejan,  que  se  cortan,  que  se  confunden  luego  para  morir 
siempre  en  un  contrafuerte,  de  capacidades  estratégicas,  que 
sirvió  en  otrora  de  tribuna  á  temibles  elocuencias  belicosas. 
En  ciertos  puntos  apenas  dispone  de  espacio  el  vehículo  para 
deslizarse  entre  edificios  que  estorban  el  camino  con  juste- 
dades de  guante.  Esos  boquetes,  todavía  vigilados  por  la 
desconfianza  de  piezas  de  artillería,  apuntan  la  transacción 
celebrada,  después  de  ruda  controversia,  entre  lo  antiguo  y 
lo  nuevo:  el  ideal  de  las  épocas  feudales,  escudado  por  el 
amparo  de  triples  murallas,  y  el  ideal  moderno,  de  estas  cen- 
turias reñidas  con  todos  los  letales  encerramientos  del  claus- 
tro. Cuesta  colarse  por  tales  aberturas,  hostiles  y  escasas 
como  la  rendija  que  conceden  las  puertas  de  los  hogares  al 
desconocido  que  á  ellas  llama,  sin  dar  su  nombre,  después 
del  oscurecer.  La  montaña  fortificada  se  compone  de  varios 
eftantes  superpuestos  que  responden  á  los  fmes  de  un  idén- 


262  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

tico  propósito.  Todavía  la  preocupaci<$n  de  la  defensa  militar 
vaga  por  la  altura  y  son  tantos  los  circunloquios  que  pre- 
ceden á  la  llegada  definitiva  qne  el  pasajero  puede  muy 
bien  creerse^  por  gracia  especial,  huésped  de  algún  seftor  de 
horca  y  cuchillo.  Al  ll^ar  al  último  estribo  se  nota  un  re- 
crudecimiento de  energías  armadas;  por  todas  partes  asoman 
su  boca  gruesos  cañones,  las  calles  se  convierten  casi  en  pa- 
sadizos, y  más  de  una  se  ofrece  desorejada,  sin  veredas, 
mientras,  todavía  más  arriba,  allá  en  la  cúspide  afilada,  des- 
taca como  una  sombra  la  casa  de  piedra  mandada  labrar  por 
el  gobierno  inglés,  sobre  la  roca  misma  y  al  precio  de  doce 
millones  de  pesos,  para  servir  de  recio  baluarte  á  la  insignia 
colonial.  A  cada  instante  se  echa  de  menos  el  ¡quién  vive! 
de  los  recintos   militares. 

Incorporado  á  la  población  de  Quebec  entre  dos  luces  no 
puedo   formarme    idea  de    sus    detalles   exteriores.     Huésped 
de  uno   de    los    tantos    hoteles    diseminados    en   la    penúlti- 
ma estribación,    debo    esperar    las    claridades    del   nuevo   dCa 
para   orientar  rectamente   mis    comentarios   de    visitante.     La 
temperatura  es   primaveral.     A   la  mañana  siguiente  me   des- 
pierta un  sol  magnífico  que   penetra,    sin  pedir  permiso,    por 
la  ventana  de  corte  antiguo,  como  si  se   tratara  de  un  amigo 
previsor    interesado    en   favorecerme.      Abro    los    ojos    para 
comprender  que  aquellas   pinceladas  luminosas  están    ahí    di- 
ciéndome  con  énfasis  artístico:  t ¡levántate,  perezoso,   y  apre- 
súrate á  gozar  del  espectáculo    soberbio  que    te  ofrece   este 
pedazo  de  tierra  extraña  que  yo  fecundo,  siempre   victorioso, 
con  mis  halagos  de  terciopelo!»  *   Bien   vale  la  pena  de  aso- 
marse.    Estoy   en  un  balcón    natural,  tan  alto  que  desde  él 
se  domina,  en  todos  sus  detalles,  el  núcleo  de  la  ciudad,  que 
se   extiende  en  gradería   rebosando    con  mucho  sus  fronteras 
históricas.     Es    tan    sensible   la    diferencia   de    nivel    que    la 
perspectiva  se  arquea  como  si  por  virtud  de  una  mágica  ma- 
tilación  se  hubieran   arrancado    eslabones   enteros  á   la  reali- 
dad corpórea.     Caída  así  la  vista  hasta  el  fondo  de  la    lla- 
nura,  después    do   rodar    vertiginosa,    cual  guijarro,    por    ua 
declive,  resbala  luego  sobre  la  superficie  de  ríos  y  de  cam* 
pos  en  flor  para  vencer  en   seguida    en  el    escalanüento    de 


I>E8DE    WASHINGTON  263 

los  montes  Laurentidas^  que  cierran  el  horizonte  con  biza- 
rrías de  marco  decadente  y  del  color  oscuro  de  la  caoba. 
En  el  fondo  del  valle^  regado  por  hilos  de  aguas  mansas, 
que  producen  el  efecto  visual  de  sangrías  azules^  domina  el 
sublime  desorden  hijo  de  la  fiebre  activa.  Las  vegas  se 
suceden  unas  á  las  otras;  aquí  y  allá  relumbran^  con  aspecto 
de  grandes  reflectores^  las  chapas  de  zinc  de  los  galpones 
agrícolas;  el  humo  envuelve  sus  gasas  blanquísimas  al  rede- 
dor de  las  chimeneas  que^  á  la  distancia^  resultan  delgadas  y 
flexibles  como  los  astiles;  carros  van  y  carros  vienen  por 
los  caminos  vecinales;  los  arbolados  ya  empiezan  á  abanicar 
sombra;  el  tinte  amarillo  de  los  trigales  se  abraza  al  tinte 
esmeraldino  de  los  campos  de  cebada^  cuyo  tono  desmaya 
en  las  huertas  que^  á  su  vez^  lo  reconquistan  al  tropezar 
con  los  boscajes^  mientras  una  locomotora^  que  acaba  de 
aparecer  por  el  Este^  ya  se  pierde  en  lontananza  riéndose 
del  recuerdo  fabuloso  y  ya  atrasado  de  aquel  gigante  que 
medía  sus  pasos  por  leguas.  Ondas  de  actividad^  de  tra- 
bajo, de  energía  campesina^  se  trasmiten  en  todas  direccio- 
nes, llenando  el  espacio  con  los  ecos  de  un  himno  sacro- 
santo que  hiere  al  pensamiento  para  ratificar  la  convicci(Sn 
profunda  de  quienes  tanto  creemos  en  la  influencia  del  taller 
y  del  cultivo.  Si  es  cierto  que  la  mísera  jornada  no  con- 
cluye con  la  muerte  y  si  los  escogidos  interrumpen  alguna 
vez  las  dichas  que,  afirman^  se  disfrutan  en  los  Campos  Elí- 
seos^ para  enterarse  de  las  batallas  infernales  que  se  libran 
en  este  pobre  astro^  que  presenta  en  el  rostro  lacras  del 
tamaño  de  volcanes,  las  profundidades  del  cielo  deben  en- 
treabrirse sobre  paisajes  tan  nobles  y  encantadores  como  el 
que  señalo^  á  fin  de  que  llegue  hasta  la  altura  infinita  la 
perspectiva  de  una  irreprochable  placidez  humana,  modelada 
sobre  la  frente  de  una  naturaleza  de  perfil  griego.  El  pe- 
destal es  digno  de  Quebec  que  se  levanta,  con  gallardías  de 
penacho^  ocupando  el  punto  principal  del  panorama. 

Como  hasta  ahora  nada  había  dicho  de  las  iglesias,  que 
abundan  en  la  ciudad  como  en  ninguna  otra  de  este  con- 
tinente, recien  corresponde  agregar  que  mucho  ayudaron  al 
viejo  sol,  en  su  tarea  de   sacudir  la  modorra  de  este  solté- 


364 


Lülft  ALBEBTO  DE  HBRBJBRA 


ron  desocupado,  las  campanas  de  la  inmediación,  batidas  á 
todo  trapo,  como  si  con  el  simbolismo  pintoresco  de  sus 
sonidos  se  enviara  un  pescozón  cariñoso  á  los  fíeles  olvida^ 
dizos  de  la  salud  espiritual.  En  adelante,  el  concierto  de 
aquellas  voces,  solemnes  é  infaltables,  que  me  venían  de  los 
campanarios  vecinos,  me  despertó  todas  las  mañanas  con 
inflexiones  arrulladoras  de  una  llamada  dulce.  Sin  cualida- 
des de  neófito,  nunca  me  rendí  al  amable  mensaje  pero  sí 
digo  que  aquella  música,  bajo  la  cual  gemían  los  cristales  de 
mi  ventana,  ora  con  trepidaciones  de  congoja,  ora  asociándose  á 
las  notas  de  modalidad  suave,  evocó  siempre  en  mi  memo- 
ria el  recuerdo  rutilante  de  aquel  Cuasimodo,  creado  por  la 
imaginación  colosal  de  Victor  Hugo,  que,  tuerto,  contrahe- 
cho, repulsivo,  feo,  pero  dotado  de  esa  rara  belleza  moral, 
que  es  la  única  verdadera,  daba  rienda  suelta  á  bu  delirante 
amor  silencioso  por  la  judía  Esmeralda  en  la  soledad  de 
las  torres  carcelarias  de  Nuestra  Señora.  Nadie  lo  entendía 
como  las  campanas;  ellas  jamás  le  fueron  ingratas  y  solo  su 
lamento  supo  contestar  á  su3  quereres  cuando,  ginete  en 
ellas,  oscilaba  sobre  el  abismo  tocando  llamada  religiosa  con 
desesperaciones  epilépticas  y  pasión  de  iluminado.  Ahora 
comprendo  mejor  las  estrofas  imponderables  de  aquella  poe- 
sía en  prosa. 

Pasó  tres  semanas  en  Quebec.  Algo  singular,  más  enér- 
gico que  la  voluntad,  me  mantenía  en  esta  ciudad  que, 
aunque  parezca  contradictorio,  puede,  á  justo  título,  denomi- 
narse simultáneamente  la  Roma  y  el  Gibraltar  del  Nuevo 
Mundo.  La  fe  y  el  afán  nacional,  que  es  otra  fe,  reatan 
allí  sus  más  preciadas  fuerzas  y  tejen  una  coraza,  llena  de 
nudos  acerados — troneras,  iglesias,  murallones,  ruinas,  reduc- 
tos, santuarios  y  capillas  y  bastiones — sobre  el  pecho  mismo 
de  la  montaña.  Trepada  sobre  la  piedra  y  desplegando 
eternas  agilidades  felinas,  descansa  Quebec  y  la  caracterizo 
así  porque,  realmente,  mirados  desde  abajo,  parece  que  los 
caseríos  superiores  están  en  perpetuo  peligro  de  desmoro- 
narse. Una  amplia  terraza  de  madera,  por  el  estilo  de  las  de 
nuestras  playas,  que  hace  muy  poco  tiempo  fué  encajada  á, 
grande  altura  sobre  el  flanco  del  acantilado,  ofrece  un  paseo 


DE8DB    WASHUiOTOIf  285 

de  atractivos  insuperables.  ¿Necesito  decir  qae,  en  machas 
-ocasiones^  recorrí  de  extremo  á  extremo  aquella  esplanada 
deliciosa  soñando  con  el  halago  de  otras  latitudes?  Lejos, 
muy  lejos^  siguiendo  hacia  el  sur  en  la  línea  recta,  salvando 
los  obstáculos,  porque  ellos  no  existen  para  el  afecto  que 
tiene  alas  de  cóndor,  é  inclinando  luego  la  marcha  decidi- 
damente á  la  izquierda^  se  llega  al  país  bendito,  á  la  tierra 
querida,  la  más  linda,  la  más  hospitalaria  del  universo,  en 
la  cual  consentirá  el  destino  que  alcance  mañana  para  mi 
tumba  el  espacio  que  tuve  ayer  para  mi  cuna.  ¡Cuánta  so- 
ledad en  el  seno  de  esa  muchedumbre  de  paseantes,  nativos 
y  forasteros^  que  de  tarde  y  noche  desfilan  por  mi  lado 
castigándome  con  el  contraste  de  sus  risas  y  de  sus  ale- 
grías! Sólo,  siempre  desorientado,  ¿si  me  olvidaré  de  ar- 
ticular una  espresión  social,  á  fuerza  de  tanto  aislamiento? 
Aleja  esa  posibilidad  desagradable  la  amistad  que  trabo, 
^easi  por  instinto,  con  un  distinguido  canadiense,  A.  Coibert 
Martineau,  aficionado  á  los  viajes  y  huésped,  alguna  ves,  de 
nuestro  Montevideo  que  recuerda  con  entusiasmo.  De  vieja 
cepa  francesa,  devotísimo  de  la  antigua  metrópoli,  á  pesar 
de  la  caída  de  Quebec  en  manos  sajonas,  él,  como  muchos 
otros  elementos  locales,  sueña  con  futuras  evoluciones  polí- 
ticas renovadoras^  en  contrapunto  á  los  ideales  opuestos  que 
flotan  en  el  ambiente  de  Toronto.  Las  provincias  de  Quebec 
y  de  Ontario:  hé  ahí  las  dos  cabezas  de  lab  emulaciones 
rivales.  A  pesar  de  todo,  de  lustros  y  de  derrotas,  el  alma 
de  la  Francia  palpita  robusta  y  exclusiva,  desterrando  lati- 
dos ajenos,  en  el  último  poblado  de  las  región  oriental. 
Al  occidente  ha  clavado  sus  tradiciones,  con  igual  arraigo, 
también  sólidas,  también  cerradas  á  todo  contacto  desfibra- 
dor,  el  alma  de  la  Inglaterra.  Esta  nación  admirable,  en 
presencia  del  extraño  apegamiento  de  los  vencidos  á  la  pri- 
mera metrópoli,  ha  tenido  la  habilidad  de  someterse  á  la 
imposición  molesta  de  ese  inconveniente,  y  la  provincia  re- 
belde, vencida  en  sus  preferencias  de  razas,  ha  podido  ven- 
eer,  más  tarde,  gracias  á  la  fuerza  de  su  idiosincracia.  Por 
ella  y  para  ella  se  ha  hecho  obligatorio,  como  idioma  ofi- 
-eíal,  á  la  par  del  inglés,  la  lengua  francesa. 


266  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

Quienes  aprovechan  el  tiempo  indagando  el  secreto  de  las 
distintas  colonizaciones  en  el  sur  y  en  la  América  Septen* 
trienal,  que  comparadas  arrojan  un  saldo  tan  desconsolador 
para  nosotros,  pueden  encontrar  testimonio  vivo  de  las  ten- 
dencias de  la  conquista  sajona  en  el  seno  de  la  sociedad  de 
que  me  ocupo.  Por  esta  vez  y  en  este  escenario  no  toca 
soportar  la  derrota  del  paralelo  al  coloniaje  español,  que  hue- 
lla tan  fatal  ha  dejado  en  nuestros  orígenes.  Apreciaremos  la 
influencia  francesa.  Hasta  1760  estuvo  el  Canadá  en  poder 
de  la  potencia  mencionada. — El  tratado  de  París  confirmó  le- 
galmente  el  dominio  del  triunfador,  sellado  con  la  toma  de 
Quebec.  Por  el  mismo  se  estableció  el  respeto  al  idioma  y 
religión  de  los  habitantes  de  esta  provincia.  Las  libertades 
canadienses  nada  deben  al  esfuerzo  de  su  primera  metrópoli 
¿Puede  decirse  lo  mismo  de  la  segunda?  La  situación  de 
Inglaterra,  después  de  la  paz,  fué  difícilísima,  pues  entonces 
conoció  la  hostilidad  con  que  miraba  sus  propósitos  absor* 
bentes  la  vigorosa  rama  desgajada  del  tronco  galo.  Bepro-' 
duciendo  el  propio  régimen  territorial,  la  Francia  antigua 
adjudicó  grandes  porciones  de  tierra  á  los  favoritos,  tras- 
plantando el  sistema  perjudicial  de  los  señónos,  con  toda 
su  secuela  de  injusticias  y  resabios  feudales.  Esta  fun- 
dó también  el  fanatismo  religioso,  de  raíces  tan  seculares 
que  el  Bajo  Canadá  ofrece  al  presente  asiento,  el  más  pro- 
picio, para  la  resurrección  de  los  ideales  intolerantes,  man- 
dados sepultar  ya  por  los  progresos  morales  del  siglo. 
La  universidad  de  Quebec  todavía  está  en  las  manos 
partidarias  del  clero;  á  sus  miembros  se  confía,  en  mucha  parte, 
la  educación  oficial  de  la  niñez;  por  todas  partes  hay  allí 
conventos,  desafiando  con  sus  paredes  tapiadas,  con  su  hela- 
dez  y  su  silencio,  el  espíritu  activo  de  la  época  y  diciendo 
que  en  tales  refugios  funerarios,  cuelgan  su  colmena  oscura 
los  más  reprochables  egoísmos  humanos.  Apaciguada  la  tor- 
menta, que  dejara  el  fermento  de  tantos  odios  de  raza, 
Inglaterra  trató  de  bonificar  la  situación  política  de  su  nue- 
va colonia.  Más  que  nuestras  palabras  argumentan  los  he- 
chos y  las  fechas.  Apenas  tranquilizados  loe  ái)imos,  Jorge 
líl     extendió  á  sus  nuevos   subditos    el  derecho     represen* 


DESDE    WABHDiaTON  267 

tativo  local.  En  1774  el  Parlamento  inglés  sancionó  la  pri- 
mera constitución.  Ella  colocaba  en  un  mismo  pié  de 
derechos  á  todas  las  sectas  y  religiones  dominantes;  confir- 
maba la  más  franca  libertad  de  cultos;  reconocía  el  derecho 
inviolable  de  cada  iglesia  de  retener  sus  propiedades  libres 
de  confiscación;  entregaba  á  Qnebec  el  uso  completo  é  inde- 
pendiente de  las  leyes  civiles  francesas^  antes  vigentes^  aun- 
que imponiendo^  en  cambio,  la  practica  de  la  legislación 
criminal  sajona,  tan  saludable  por  lo  rápida  y  ejecutiva.  El 
acta  de  1840,  al  unir  bajo  una  sola  autoridad  á  los  dos 
Cañadas,  fundó  el  gobierno  parlamentario  responsable.  En 
esa  época  se  resuelve  satisfactoriamente,  mediante  la  compra 
oficial  de  las  tierras  de  los  seigneurs,  el  enojoso  asunto  de 
los  semi-vasallazgos,  á  que  he  referido,  que  estorbaban  de 
manera  grave  la  subdivisión   equitativa  de  la  propiedad. 

Ya  hemos   visto  que  el   sel-gorememetj  que  lleva   á   todas 
partes   el  colono  inglés,  junto  con   sus  dioses    penate3,   había 
adquirido   todo  su   vigor  fecundante.     El  dominio    aumentaba 
visiblemente   sus    prosperidades  y   con    los   nádeos  que   bro- 
taban, fueron    preparando   su   entidad   nuevas   provincias.   Ta- 
les transformaciones  fueron  causa  de  que,  puestos  de  acuerdo 
los  gobiernos   locales  con   los  representantes  de   los    partidos 
de   oposición, — interesa  ese  grado  de  cordura — acordaran   en- 
tregar á  delegados   autorizados  la  redacción  de   nuevas  bases 
de  unión.     Así   nació    el   arreglo  de   1867,    que   establece  la 
oi^anización   federal    definitiva    del   Canadá.     Elegida    Que- 
bec  para  deliberar  á  la  sombra  de    su    hospitalidad     clásica, 
fué  aprobada  la    resolución   perseguida,  inmediatamente  ratifi- 
cada por  el  parlamento   imperial.     Ese  juego  de  actividades, 
tan  holgado,  tan  conciente,  tan  lleno  de  respeto   mutuo,    ¿no 
proclama,   en  forma    irrefragable,  que  la   adolescencia   de  los 
pueblos  americanos   del    norte  ha  sido  mucho   más   feliz,  más 
libre,  que  la   de   los  pueblos   americanos   del    sur?     Y   para 
que   se   vea,  á   pesar  dé  las  terribles    divergencias  del  pasa- 
do,   el  concepto   expontáneo  y    afectuoso   que    merece  Ingla- 
terra á  sus  hijos  de  sangre  y  de  adopción,   agregaré  que   en 
el   tercer  párrafo  del  acta  se  establece  que,  «en  el   deseo  de 
perpetuar  las  vinculaciones  con   la    madre   patria   y  de   pro- 


268  LÜI8  ALBEBTO  DE  HKRRKRA 

mover  el  bienestar  de  las  provincias,  la  oonstítucitfn  fede- 
ral deberá  ajustarse  al  modelo  de  la  constitución  inglesa, 
en  tanto  cuanto  permiten  las  circunstancias.»  La  fórmula 
federativa  creada  está  en  pié,  habiendo  sido  fortificada  con 
la  incorporación  de  nuevas  provincias.  Para  alcanzar  su 
perfecta  organización  política  ya  el  Canadá  nada  tiene  que 
pedir  por  la  simple  razón  de  que  ya  todo  lo  tiene.  Favo- 
recido por  vientos  de  bonanza,  empujado-  por  el  afán  labo- 
rioso de  sus  ejemplares  habitantes,  este  pab,  que  surge  á 
las  contiendas  del  mundo  para  sorprender  agradablemente  á 
los  demás,  recorre  plácido  su  trayectoria  aproximándose,  sin 
miedo,    sin  atropellamiento,  al   soberbio  desenlace. 

¿Está  en  vísperas  de  exigir  su  independencia?  Si  escu- 
chamos á  los  pobladores  de  antaño  eso  jamás  sucederá^ 
porque  el  amparo  de  la  bandera  británica  es  demasiado 
frondoso  y  liberal  para  que  pueda  alguna  vez  resultar  mo- 
lesto. El  empeño  de  acreditar  su  lealtad  nubla  el  criterio 
de  mis  interlocutores  de  ojos  azules.  Si  interrogamos  á  los 
vecinos  de  Quebec,  fíeles,  como  legítimos  descendientes,  á 
las  tradiciones  francesas,  la  ruptura  sobrevendrá  pronto  y 
con  ella  no  será  improbable  el  fraccionamiento  de  los  gru- 
pos antagónicos.  El  calor  de  celos,  todavía  no  del  todo 
extinguidos  y  á  la  fecha  sólo  aplacados,  exalta  el  raciocinio 
de  mis  interlocutores  de  ojos  oscuros.  Me  atrevo  á  suponer 
que  no  sucederá  ni  una  ni  otra  cosa.  Insistir  en  la  perpe- 
tua fidelidad  canadiense  causa  el  mismo  efecto  risueño  que 
produce  oir  á  los  niños  mimosos  que,  para  acreditar  el  cati- 
no hondo  que  sienten  por  los  suyos  y  enseñados  por  sus 
buenas  mamas,  dicen  ingenuamente  que  nunca  se  casaráa 
para  quedarse  junto  á  sus  padres  y  cuidarlos  cuando  sean 
viejitos.  ¡Como  si  la  savia  que  circula  por  el  tronco  y  por 
las  ramas  fuera  la  misma  y  de  igual  energía  vivificante 
cuando  brotan  las  primeras  hojas  ó  cuando  aparecen  las 
primeras  flores  y  se  bautiza  el  fruto!  ¡Cómo  se  quebrantan 
luego  esas  solterías  juradas  en  los  días  vehementes  de  la 
juventud!  Por  lo  demás,  suponer  que  la  libertad  llegará 
enseguida,  y  con  ella  la  subdivisión,  valdría  tanto  como  creer 
que  un  capricho  de  contados  soñadores  puede  erguirse  sobre 


DB8DE    WASHINGTON  269 

lá  opinión  sensata'  y  ya  'hecha  de  la  ábsohita  mayoría.  No; 
él  Canadá  será  independiente  pero  todavía  está  distante  el 
día  de  so  gran  etióayo  autonómico.  En  Toronto  existe  an 
club  republicano  que  funciona  á  la  vista  de  la  autoridad 
sin  provocar  un  exceso  ni  merecer  una  censura.  Pero^  como 
ihe  han  dicho  muchos^  ¿á  qué  objeto  práctico  responde^  hoy 
por  hoy^  su  propaganda?  ¿Acaso  ningán  canadiense  de 
Oriente  6  de  occidente  tiene  motivo  para  renegar  de  la 
liietrópoli?  ¿Acaso  ella  se  permite  atentar^  de  manera  di- 
recta 6  indirecta,  contra  los  derechos  libérrimos  de  sus  sub- 
ditos trasatlánticos,  hechos  á  su  noble  hechura  y  fuertes  y 
prósperos  al  presente  porque  ella  no  los  ha  estorbado?  ¿Al- 
guna vez  se  afrentó  á  la  colonia  con  despotismos  y  trípotajes? 
La  respuesta  negativa  á  estas  interrogaciones  borra  hasta' 
el  rastro' de  un  pretexto  rebelde.  Obsérvese  que,  quitando 
los  gobernadores  y  tenientes  gobernadores,  todos  los  fun- 
cionarios del  Dominio  son  canadienses  y  elegidos,  como  mejor 
les  place,  por  los  canadienses;  que  el  hermoso  y  aguerrido 
ejército  local  sólo  tiene  un  extranjero  en  su  jefe  superior; 
que,  con  excepción  de  la  firma  de  tratados  con  potencias,  el 
Canadá  posee  aptitud  para  hacerlo  todo  sin  previa  consulta 
á  la  corona;  que  ni  un  sólo  peso  de  sus  rentas  cruza  el  mar 
para  llenar  los  cofres  metropolitanos.  La  independencia,  pro- 
clamada á  la  faz  del  mundo,  ¿sería  más  verdadera?  Las 
colonias  sajonas,  más  felices,  empiezan  con  lo  que  los  países 
8ud- americanos  terminan.  Primero,  la  verdadera  libertad  in- 
terna, el  sufragio  purificado,  el  respeto  á  la  autoridad,  la 
cultura  media,  la  exaltación  fecunda  del  individualismo;  des- 
pués^ cuando  ya  la  propia  salud  ha  hecho  que  se  caiga,  sin 
sentirlo,  el  hilo  umbilical,  la  libertad  externa.  En  cambio, 
las  colonias  latinas,  lanzadas  prematuramente  á  la  vida  eman- 
cipada y  obligadas  por  los  acontecimientos  á  vivir  de  prisa, 
como  esos  pobres  adolescentes  llamados  á  cumplir  deberes  de 
padres  para  con  sus  hermanos  huérfanos  cuando  ellos  mis- 
inos todavía  son  niños,  dieron  un  salto  fatal  hacia  la  anar- 
quía, amamantadas  con  leche  insuperable  por  los  prejuicios, 
errores  é  ignorancias  heredadas  de  la  madre  patria.  Los 
países    del  Río  de  la   Plata   han  cerrado  ya  el    período   de 


\ 


270  LÜI8  ALBERTO  DK  HEBRXBA 

esas  catástrofes,  gracias  á  las  altas  cualidadas  de  la 
nueva  que  en  ellos  ha  suigído  para  corregir  valerosamente 
funestos  atavismos.  Todo  esto,  daro  como  la  luz  del  día 
y  por  todos  sabido,  resulta  duro;  no  en  balde  es  tan  verda- 
dero. ¡Cuántas  enseñanzas  provechosas  arrancan  de  és- 
tos paralelos  que  no  emprendemos  por  falta  de  espacio 
y  de  preparación  suficiente!  £1  Canadá  surge,  pues,  á 
la  imagen  de  los  Estados  Unidos.  Si  Inglaterra  lo  apu- 
rara, ahora  mismo  se  produciría  el  rompimiento  para  siem- 
pre; pero  Inglaterra  aplica  con  elasticidad  sus  fuerzas  de 
coloso,  y  en  la  época  actual  no  existe  ni  remoto  peligro  de 
que  se  produzca  allf  el  espectáculo  hodtil  que  dio  Bos- 
tón eu  1773  arrojando  al  agua  un  cargamento  de  té  y  en- 
cabezando así  el  último  capítulo  de  una  revolución  política 
que  ya  estaba  concluida  en  el  seno  de  las  masas  populares. 
Para  confirmar  opiniones,  añadiré  que  el  caso  de  los  contin- 
gentes canadienses  enviados  al  África  del  Sur  para  pelear 
contra  los  boers,  en  nada  empalidece  y  sí  fortifica  la  tesis 
sostenida.  Inglaterra  solicitó,  como  un  servicio  expontáneo,  la 
ayuda  de  las  fuerzas  coloniales  y,  en  tal  concepto,  después 
de  algunos  debates  parlamentarios,  se  acordó  acceder  al  pe- 
dido. Le  mandaron  los  soldados  que  voluntariamente  quisie- 
ron ir,  corriendo  de  cuenta  de  la  metrópoli  los  gastos  de 
transporte  y  de  sostenimiento  en  el  teatro   de  la  guerra. 

Aceptando  el  galante  ofrecimiento  del  caballero  Colbert 
Martíneau,  el  domingo  anterior  á  mi  partida  lo  dedicamos 
á  recorrer  en  carruaje  los  suburbios  rurales  de  Quebec.  Mi 
buen  amigo  quiso  hacerme  conocer  la  vida  que  llevan  ios 
campesinos  provinciales  y  el  acomodo  minucioso  de  sus  gran- 
jas. £1,  que  ha  viajado  por  la  campaña  oriental  y  argentina, 
á  cada  instante  interrumpía  mis  comentarios  entusiastas  y 
sinceros  sobre  este  país  industrioso  que,  á  justo  título,  ostenta 
el  diseño  de  un  castor  simbólico  en  su  bandei*a,  alabándo- 
me, también  con  lealtad,  los  encantos  de  nuestras  comarcas, 
la  idiosincracia  simpática  de  nuestros  pueblos,  los  sentimien- 
tos generosos,  el  desprendimiento  y  la  hospitalidad  de  nues- 
tros hermanos.  Acepto,  le  contestaba,  esas  manifestaciones 
porque  ellas  son  sentidas  y  porque,  lo  confieso  ingenuamente, 


DESDE    WASHINGTON  271 

en  mucha  parte  las  considero  josticieras,  pero  ¡qué  diferen- 
cia entre  la  acción  del  hombre  aquí  y  la  acción  del  hombre 
allá! 

Ustedes  han  tenido  todo  en    contra  j,  sin  embaí^,  están 
triunfando  en  toda  la    línea.    Parecería  que  el  inmenso    ta- 
mafio    de    las    dificultades    encontradas    hubiera   multiplicado 
prodigiosamente  las  energías  del  ataque.  El  hielo  cubría,   como 
una  sábana  de  plomo,  la  tiernii  torturándola^  estigmatizándola, 
como  á  los    criminales,    y   vosotros,   ctm   tenacidades    inque- 
brantables, os   empeñasteis  en  la  tarea  sabia   de   redimirla  y 
ya  está  obtenida  esa  santa  liberación.     Las   estaciones,   tem- 
peraturas adversas,  os  acosaban   burlándose  de    vuestros   in- 
tentos laborantes,  y  en  la  actualidad,  proclamando  de  quién 
ha  sido   la  victoria,  ahí    se  ostenta  ese    jardin    de  verduras, 
infinito  como  el  océano  y  como    el   océano    variado    en    sus 
matices,  que  se  extiende  desde  New  Brunswick  hasta  el  La- 
brador,  por  un  lado,  y  que,  por  el  otro,  besa  al  Pacífico,  des- 
pués  de  acompañar  con  sus  oleajes    al  ferrocarril  transcana- 
diense,  que  cruza  el  continente  en  su  mayor  latitud;  mientras 
al   norte,  el  mismo   mar  de  hojas    y  de    espigas,  se  detiene, 
no  muere,  apuntando  con  gesto  amenazador  á  las  estepas  he- 
ladas y  hasta  ayer  eternas    que  mañana    saltarán,    rotas   en 
mil  pedazos,  para  parecer    entonces,  extraños  azahares  desho- 
jados, como  alfombra,  en    los    nuevos    é  incesantes  desposo- 
rios del  trabajo  y  de  la  naturaleza  reconquistada.     ¡Por  todas 
partes  síntomas  de  lucha   y  huellas  de    una  capacidad  tenazi 
¡A  todos  los  rumbos  el   surco,    la  semilla,  el   buey   y   el  ca- 
ballo, graneros,  huertas,  sembrados    y   poblaciones,  señalando 
el  poder  incontrastable  de  una    voluntad  gloriosa!     Las    dis- 
tancias á  cruzar  eran  enormes,    el    capital  exigido  para  com- 
pletar vuestra  red  ferrocarrilera  ingente.     En  vez  de  desma- 
yar pusisteis  el  ingenio  al  servicio   de  las    soluciones  por    la 
vía  fluvial,  y  ahora  vuestro  poderosísimo  comercio  de  maderas 
y  de  productos  agrícolas   encuentra   vehículo  soberbio  y  ba- 
rato en  los  ríos    que  se   precipitan,  con  intenciones  de  cas- 
tígOy   desde  el    silencio   polar,    pero  enfrenados    con   utilidad 
por   la  inteligencia  nacional.    Vuestros  bosques  de    pinos  re- 
presentan riquezas    inagotables,    cortados,  como  lo    son,   con 


272  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

{fradencia;  pero  se  luchó  antes  con  el  inconveniente  de  ser 
costosísimas  las  instalaciones  movidas  á  vapor,  j  lo  mismo 
puede  decirse  de  vuestras  fábricas.  Al  presente  ya  se  ha 
salvado  esa  barrera,  con  brillante  éxito  y  beneficio,  pues 
vuestro  esfuerzo  fué  á  buscar  en  las  cascadas  y  saltos  de 
agua,  el  auxilio  impulsivo  que  en  adelante  requería,  y  desde 
entonces  el  elemento  salvaje,  que  se  precipita  desde  las 
alturas,  seguro  de  su  poder  y  con  las  mismas  arrogantes 
desnudeces  de  Frinée,  entona  glorificaciones  al  industrialis- 
mo,  á  la  par  que  á  esa  creación  eternamente  buena  y  con- 
soladora como  todas  las  madres.  ¿Todo  eso  no  habla  de 
laureles  y  de  virtudes  singulares,  canadienses?  Nosotros  he» 
mos  tenido  muchas  cosas  en  nuestro  favor  y,  sin  embar- 
go, vosotros  nos  aventajáis.  Parecería  que  las  facilidades 
y  sugestiones  optimistas  del  medio  hubieran  enervado  la 
fuerza  del  propósito  primero,  inclinándonos  á  dejar  para 
mañana  la  victoria.  Somos  duefios  de  un  clima  privilegia- 
do y  tibio,  como  si  fuera  el  fruto  de  una  bendición,  pero 
por  largas  épocas  sus  favores  sólo  han  beneficiado  á  los 
pastizales  nativos,  sirviendo  á  la  lujuria  de  las  vegetacio- 
nes expontáneas;  somos,  quizá,  el  país  mejor  irrigado  del 
globo;  como  venas  de  un  organismo  providencial,  abundantes 
corrientes  cruzan  el  territorio,  pero  todavía  ningún  provecho 
de  alcance  hemos  sacado  de  esa  envidiable  ventaja.  Los 
ganados  del  Uruguay  gozan  de  renombre  en  Europa;  teñe* 
mos  allá  un  inmenso  mercado  que  explotar;  las  carnes  tipo 
se  pagan  á  peso  de  oro;  pero  aún  hay  criadores  encerrados 
en  la  concha  de  imperdonables  rutinas  y  rebeldes  á  los  des- 
velos de  la  cruza  y  de  la  producción  cuidadosa  y  metódica, 
que  ordena  establecer  abrigos  para  las  haciendas  y  proteger- 
las contra  las  inclemencias  del  tiempo.  Más,  llegaba  con-* 
vencidíbimo,  enseguida:  todo  se  andará;  siento  una  fe  pro- 
funda en  el  porvenir  que  ya  alborea,  y  usted  que  conoce 
la  calidad  excelente  de  aquellas,  á  pesar  de  lo  dicho,  ade- 
lantadas sociedades  del  sur,  puede  decir  si  me  asiste  razón 
cuando  sostengo  que  ellas  llegarán  á  donde  deben  llegar. 

A  todo  esto  el  birlocho  corría  que   volaba  por  un  camiao 
perfecto,   escoltado  á  los  lados  por  cercos   rústicos  de   ma- 


DESDE    WASHINGTON  273 

dera.  Tranquilidad  absoluta;  ni  un  ruido  insólito;  ni  siquiera 
una  brisa  perdida  jugando  con  los   árboles.    Nadie  trabaja  y 
pagando   tributo  escrupuloso  y  saludable  al  asueto   dominical 
los  labradores  se  dispersan  buscando  diversiones.  Pero  el  sol 
presenta  excepción   á   la   regla  del  descanso.     Clavado  en  lo 
alto  del  firmamento,  como  si  fuera  un  ojo  rutilante  y  apasio- 
nado, absorbido  en   la  tarea  dulce  de   enamorar  á  la  Tierra, 
8U3  torrentes  lumínicos   nos  alcanzan,  nos   envuelven  en  una 
tánica  de  indefinible  poder   vital  que  posee    contactos   felices 
y  acariciadores,  tal  vez  porque  sus  hilos  de   oro  se  han  teji- 
do al  pasar  por  las    pestañas  ideales   de   lo  azul.     Ahí   está, 
siempre  vigilante,  en  su   puesto  de  combate  heroico,  el  astro 
altanero  que  desde  hace  tantísimos  siglos  nos  viene   salvando 
del   horrendo  desastre   final   al  brindarnos  la  caridad  de   sus 
limosnas  reales.   ¡Callen  los  emperadores   su   orgullo  y   levan- 
ten  fortificados  sus  cabezas  los    humildes    para  recibir  anhe- 
losos ese   mensaje   de  igualdad,  que   no   entiende  del  absurdo 
de    las    gerarquías    sociales,    que    pertenece  á  todos,  que  baja 
del   cielo  en  nombre  de   la  única  democracia  verdadera  cono- 
cida! Y  la  campiña  que    se  extiende  ante   mi  vista  tampoco 
descansa.     Ella  ha  aceptado  el  reto  de  gigantescos  devaneos, 
y  obediente  al  reclamo  sideral  elabora  y  persevera,  construye 
y   destruye,  digiere  huesos  y  podredumbres   para   crear  mag- 
níficas corolas,  para  producir  admirables  organismos,  para  dar 
pan  al  hombre  miserable,  indigno  de  tanta  grandeza.  La  vida 
sonríe  aquí,  allí,   en  todas  partes,  y  sus   latidos  nos  empla- 
zan, que   ningún  mortal  dejará  de  servir  de  abono  á  sus  en- 
trañas,  perpetuamente    acreedoras  de   lo  existente.    Al   acaso 
nos  detenemos   en   una  granja  que  da  sobre  la  vía,  á  fin  de 
almorzar.  Pude  apreciar  entonces   el   aseo  extraordinario  y  la 
comodidad  de  una  casita  rural   canadiense. 

Protegida  contra  el  frío,  ella,  aunque  de  material,  está 
forrada  de  madera.  Dobles  ventanas,  pisos  encarpetados  con 
unas  mantas  especiales  que  preparan  los  paisanos,  techos 
muy  bajos,  y  en  el  centro  una  estufa  monumental  á  cuyo 
alrededor  celebra  la  familia  sus  asambleas  íntimas,  mientras 
afuera  el  cierzo  azota  en  vano  las  paredes'  y  la  nieve  sigue 
cayendo    sobre    una  sepultura.     Adornan    la   pieza  estampas 

18 


274  LUIS  ALBBBTO  DE  HERRERA 

de  santos,  retratos,  y  al  alcance  de  la  mano  tengo  revistas 
y  periódicos.  ¡La  preciosa  amistad  del  alfabeto  nadie  la 
repudia!  La  campesina  tiende  un  mantel  para  nosotros  y  colo- 
ca sobre  ese  tapete  de  pulcritud  holandesa^  queso  gordo, 
manteca  amarilla  y  leche  pura  acompañada  de  bizcochos. 
Para  inclinarla  á  soltar  la  lengua,  mi  camarada  le  expone 
que  yo  vengo  de  un  país  remotísimo,  en  el  que  se  habla 
otro  idioma,  que  es  parte  del  hemiferio  austral.  Sin  curio- 
sidad, sin  interés  mayor,  aquella  buena  mujfir  nos  escucha. 
Me  explico  por  qué  vaga  la  sombra  de  una  pena  por  su 
rostro  de  treinta  años,  cuando  nos  declara,  con  quebranto, 
que  ha  tenido  cuatro  criaturas  y  que  las  cuatro  han  muerto 
dejándola  sola  con  su  incurable  aflicción.  Recuerdo  entonces 
una  hermosa  y  oportuna  frase  de  Carmen  Sylva^  esa  reina 
de  Rumania  que  también  posee  el  derecho  de  usar  cetro  en 
los  dominios  Ubres  de  la  literatura:  «un  hogar  sin  hijos  es 
una  campana  sin  badajo,  t  ¿Qué  vale  para  aquella  pobre 
madre,  herida  á  puñaladas,  la  relativa  prosperidad  de  que 
goza,  su  bienestar  y  la  buena  suerte  de  su  marido,  si  el  azar 
no  le  permite  tener  niños  suyos  y  velar  el  sueño  y  la  ale- 
gría de  inocencias  aladas? 

Me  cuesta  despedirme  de  Quebec,  dueña  del  encanto  de 
las  alhajas  cinceladas  por  la  vieja  orfebrería.  Talvez  le  en- 
cuentro el  atractivo  raro  de  las  semblanzas  queridas,  y  al 
recorrerla  evoco  esa  Colonia  del  Salvamento,  que  visité  una 
vez  en  compañía  del  nobilísimo  amigo  don  Ramón  Y.  Ben- 
gano,  que,  erguida  sobre  la  margen  izquierda  del  Río  de  la 
Plata,  habla  al  presente  de  las  edades  pasadas,  mojón  clásico 
de  una  frontera  natural  que  será  para  siempre.  Existe  en 
Quebec  una  capilla,  dos  veces  centenaria,  en  la  cual  recibe 
culto  Santa  Ana  de  Beaupré.  Asegúrase  que  ella  responde 
á  las  rogativas  muy  fervorosas  con  el  favor  de  asombrosos 
milagros,  devolviendo  agilidad  á  los  paralíticos  y  quitando 
aberraciones  físicas.  Abonándolo  así,  se  muestra  al  viajero 
una  colección  abigarrada  de  muletas  y  de  báculos  dejados 
por  los  redimidos  al  pié  del  maravilloso  altar.  Formulando 
un  argumento  á  contrario,  á  la  puerta  del  oratorio  imploran 
la  caridad  pública  algunos  ciegos,  mancos  ó  inválidos,   c  E  pur 


DESDE    VAffiHHOTOK  275 

se  muove»!  pioclama  la  desgracia  de  aquellos  infelices.    De* 
hieran  de  hacerlos  retirar  de  allí^  por  importunos. 

Pocas  cosas  tan  chocantes  como  el  uniforme  de  las  tropas 
coloniales,  idéntico  al  británico.  Las  chaquetillas  de  un  rojo 
vivO;  color  sangre;  los  cinturones  de  cuero  blanco,  prendí- 
dos,  no  sé  por  qué,  una  cuarta  más  airiba  de  las  caderas; 
los  pantalones  ajustados  en  los  muslos  y  con  demasiado  gé« 
ñero  en  el  tobillo;  pero,  sobre  todo,  la  forma  y  proporciones 
del  cap  y  su  extravagante  colocación  sobre  la  cabeza,  de- 
terminan un  conjunto  curioso  que,  á  primer  golpe,  resulta 
desfavorable.  Aquel  gorrito  de  paño,  ora  puntiagudo  como 
quilla,  ora  redondo  y  diminuto  como  el  bonete  del  payaso, 
está  muy  lejos  de  ser  marcial.  Entiendo  que  la  ordenanza 
manda  llevarlo  terciado  y  que  da  prueba  de  mayor  buen  gusto 
quien  lo  lleva  tan  inclinado  sobre  la  frente  al  punto  de  que 
pueda  trabar  conversación  cómoda  con  la  oreja.  Sin  embargo, 
esos  uniformes  tienen  la  ventaja  de  su  extrema  sencillez  y 
baratura. 

Hablando   de    otras    tropas    ya  antes    he  manifestado   que 
lo  único  que  diferencia   al  general   norte   americano   de   sus 
soldados    es    la  insignia    bordada    en    el  cuello  de  la  blusa. 
Ni    una   presilla,  ni  un    galón,    ni   el   rastro   de    una   franja 
<le  oro  en  los  pantalones.     Por  lo  demás,  está  adoptado   en 
mochos  cuerpos  el  sombrero  civil  de  ala  blanda  y  levantada; 
nuestro  gacho,  liviano,  de  poco   precio,  que  ha  probado  ser 
el    mejor   en   la   última    campaña.    Entre    nosotros    no   está 
lejano  el  día  de  la  reforma  de   la  indumentaria  militar,  que 
adquirió   aspecto    de   chafalonía  en  los  tiempos    ominosos  y 
siniestros  del  despotismo.    Entonces  se  aliviará  el  sueldo  de 
los    oficiales,  á  la  fecha  abrumado  por  el  peso  de  las  inaca- 
bables cuentas  de  sastrería,   se  discutirán   las  ventajas  ó  in- 
convenientes de  ese  kepí   de  tropa,   caro  y  que    predispone 
á    la  calvicie,  y    se   decidirá    si  los    servidores  de  la   patria 
deben    usar  trajes   llamativos  y  de  escaparate. 

Paseando  una  noche  por  la  magnífica  terraza,  me  parece 
oir  que  se  pronuncia  mi  nombre.  ¿Para  qué  volverse  si 
solo  se  trata  de  una  quimera?  ¡Hace  tanto  tiempo  que 
nadie  me  conoce!    Obligado  por   la  iusisteiicia   del   llamado' 


276  LüIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

busco  y  tropiezo  con  el  saludo  caluroso  de  seis  ú   ocho  ar- 
gentinos,   pupilos   de  la    escuela    agrícola    de    Guelph.     Me 
presentan  enseguida  al  jefe    espiritual    de   todos,   al   popular 
ciudadano  bonaerense  señor  don  Melitón  Panelo.  ¡Amables  efu- 
siones!    También  me  introducen   á  otros  jóvenes  compatrio- 
tas  suyos.     Charlando   afectuosamente    encuentro  que    alguno, 
como    Alberto   CoU,    ha  sido    mi  compañero    de    colegio  en 
Buenos  Aires  y  después  en  la  peregrinación  universitaria  que 
hicimos,  en    1894,  á  los  campos  gloriosos  de  Tucumán  y  Salta. 
Despertada   la  reminiscencia,  ¿me  permitís  este  aparte  agra- 
dable y  deshojar,  lí  la  vez,  cariño    sobre    la  loza  de   algunas 
tumbas  prematuras?    Los  estudiantes    argentinos  habían  invi- 
tado   á  los  estudiantes  orientales    á   ir  con    ellos   á  la    casa 
sagrada   en   donde  sesionó  el  Congreso  de  1816,  hecho   liber- 
tador .por    la    frase    fulgurante   de  Fray    Justo   Santa   María 
de  Oro,  y   tambiéu  á  la   llanada  saltcña   que  regaló  á  la  his- 
toria el  patriotisndo  antiguo   de  Manuel    Belgrano.     Aceptada 
la  galantería,   Enrique  Castro  fué  designado   para  representar 
¡(  la  Facultad   de    Medicina,   Luis    Lerena    Joanicó   á   la   de 
Matemáticas    y    á   la  de  Derecho    este    vuestro    interlocutor. 
A  nuestro    arribo  á  la  capital  vecina   nos    abrazó,  infundién- 
donos  ánimo  y   nos   sirvió  de  intérprete    social    en    los    pri- 
meros   momentos,    Gonzalo    Ramírez    Cbain.     ¡Qué    días    de 
inefables  satisfacciones   aquellos!     ¡Entonces  sí   que  empezaba 
para  nosotros  la   primavera!     Algún    día  amplificaré    la    cró- 
nica, que  ya  hice,  de  aquella  aproximación  generosa.     Ahora 
sólo  la  reclamo  para    rendir,  de  nuevo,    tributo   á  los  cama- 
radas   que   se  han  ido.     Enrique  Castro  era  un   hijo  mimado 
del  ideal;  cuando  habló    á  una   inmensa   multitud,    en    Salta 
sus  párrafos  tenían  la   vibración  arrebatadora   de  los   sollozos 
y  su  rostro  de  Nazareno   parecía  iluminado.     ¡Así    fué   luego 
de  grande  la  ovación!     £1  tipo    de   un  artista  estaba  fundido 
en   Luis  Lerena  Joanicó,   inteligencia    superior,  llena    de   fa- 
cetas,   como    todas    las    piedras    preciosas;    siempre    risueño, 
siempre  chispeante.    El    tomó  la  palabra    en  la  invicta    Tu- 
cumán con  motivo  de  una  velada.    No   olvido    que,    habién- 
dose prendado  de  una  linda   morocha,    que    se   llamaba    En- 
carnación, en   el  deseo  cortesano  de  honrarla,    él   empezó   bu 


DESDE    WASHINGTON  277 

discarso  con  ese  nombre^  entonces  de  doble  sentido,  al  exal- 
tar ]as  pujanzas  de  la  patria.  Gonzalo  Ramírez  Chain,  era 
un  filósofo,  era  un  vigoroso  estadista  en  ciernes.  Espíritu 
selecto  que  flotaba  muy  por  encima  de  la  masa  vulgar.  A 
esas  tres  columnas  de  pureza  cívica  las  truncó  la  fatalidad, 
después   de   afilar  mucho  la  hoz. 

Pero  ellos    valían  tanto   que  figuran  como  presentes  en  las 
filas  de   la    generación   á   que   pertenecieron;    como  el   estu- 
diante de  derecho  Arturo  llamos  Suárez,  como  el  periodista 
Ramón  Orique,  como  Alberto  Maldonado,  ese  melancólico  trá- 
gico, como    algunos   más,    segados   antes    de   tiempo,  cuando 
recién   empezaban   la  dura  jornada.    A  muchos  de  los  restan- 
tes compañeros  de   excursión  estudiantil  hace  ocho  años,  los 
veo    lucir    en    su  país.     El    presbítero   Romero,   de  entonces, 
hoy   obispo,  que  tanto   valía  ya,  es   el   mejor  campeón  de  la 
causa  católica   en  el    parlamento   argentino;   Atanasio  I  turbe, 
preside  la  subcomisión  de  límites  con  Solivia;  es  subsecretario 
del  ministerio  de   agricultura,  José  León  Suárez,  digno  biznieto 
del  patriota  don  Joaquín  Suárez;  Francisco  Uriburu,  dirige  El 
País;  Julio  A.  Roca,  hijo,  lo  dice  todo  con  su  apellido;  Leopol- 
do Lugones,  que  se  reveló  en  el  atrio  de  la  catedral  de  Salta, 
ya   ha    libado   á  la  cumbre,  que   le   pertenece;  Daniel  Fer- 
nández es  á  la  fecha  comandante  de  Estado  Mayor;  y  cuán- 
tos otros,  dispersos,  que  dominan  en  su  carreras.     ¡Hojas  de 
otoño!     Como   vanguardia    encantada  y    triste,  mezclados,  en 
extraña  confusión,   las  flores  y    los    crespones,   pasad,  posad, 
recuerdos,   diciéndome  que  ya  no    soy  joven  y   para  probar- 
me,  otra   vez — ¡cuesta  tanto  convencerse!  —  que  las  ilusiones 
son   fugaces   como    esas    nieblas,    casi  emblemáticas,   cernidas 
«obre  los  campos  y    disipadas  con  los  primeros  tiroteos  deL 
amanecer.     Pero  pasad  despacio,  tan  despacio  como  los  acom- 
pañamientos funerarios,   lentamente,   tan    lentamente  como  las 
lágrimas  que  ruedan   por   una  mejilla  dolorida,  porque  quiero 
gastar  el  placer  angustioso  de  vuestro  desfile.    Las  memorias 
del   pasado  lastiman  al  pensamiento  pero  tienen  la  particula- 
ridad de  que  se  hincan  en  lo  vivo,  con  dulzuras  de  ensueño, 
como  si  fueran  espinas  con  la  punta  mojada  en  miel. 
¡Pasad,  pasad,  recuerdos.  ••! 


XIII 


La  apología  del  sufragio  libre  —  Una  elección  norte  americana  — 
Maravillas  democráticas— Peculiaridades  edificantes— Fin  de  una 
elección  americana -La  colosal  huelga  hullera^Un  caudillo  he« 
róico — Saludable  influencia  de  Rooseveit  -  La  primera  nevada. 


Al   describir  las  escenas  pintorescas  que   presencié  en  las 
calles    de  New  Yoik^  con    motivo  de  unas  elecciones  piima- 
rias,  decía  en  carta  anterior  que  aún  no  quedaba  agotado  el 
tema.   Probándolo  así,  aquí   estoy  de   nuevo  dispuesto  á  hil- 
vanar párrafos  complementarios    de  aquellos  y   usando    como 
aguja   el  mismo  asunto.   S<>lo  el   temor  de   resultar  mas  ram- 
plón que  de  costumbre,  incurriendo  en  el  pecado  vulgarísimo 
de  quienes  empiezan   sus    peroraciones  pidiendo  disculpas   al 
auditorio   por   su   incapacidad  —  en   la   que,   por   supuesto,  no 
creen — me  decide    á   no    encabezar    estas    líneas   con    cuatro 
palabras   de   excusa.  Kl    caso  se   resuelve    mejor    rogando   á 
ustedos   que  no  me   lean  por  compromiso.     Estoy   dema&iado 
vinculado  á  mis  lectores,  que  á  menudo  han   sido  mis  confi- 
dentes, para  que  ellos  se   consideren   obligados  á   soportar,  á 
disgiiBio,  mi  chachara,  como  sucede  en  las  visitas  de  etiqueta 
que,  cuando  canta  mal  la  hija  de   la   casa  6  la   mamá  rompe 
sin  piedad  las  teclas  del  piano  á   la   vez   que    los    tímpanos 
de  sna  oyentas,  la  cortesía  manda  trazar  un  punto  admirativo 
al   final   de  tales  blasfemias   artísticas  y   exclamar  con  expre- 
sión   apasionada:     <¡Ah,    continúe    usted;    qué    ejecución    la 
soya!»    Ya  lo  creo;  ¡qué  ejecución!  De  manera,  entonces,  que 
86  aervíván  tratarme  en  familia:  cuando  les  fatigue  me^  echan 


OQfi 

LUIS  ALBERTO  DE. HERRERA 

un   ladóy   como  hacemos   todos    con  los    importunos,  7  •  •  • 
tan  amigos  como  antes. 

¡v^errado  el  trato!  La  voluntad  soberbia  del  pueblo  norte 
americano  acaba  de  cristalizar  en  el  fondo  de  las  urnas. 
Üiscuchando  el  llamado  constitucional,  los  ciudadanos  hábiles 
de  medio  hemisferio  practicaron  en  fecha  dada  el  sufragio 
para  descubrir,  otra  vez,  mucha  parte  de  las  cualidades  so- 
bresalientes de  esta  sociedad  disciplinada  que  cumple  los 
mandatos  de  la  ley  con  fidelidades  de  enamorado.  Extraor- 
dinario^ viril,  pasmoso  en  sus  beneficios,  este  otro  ejercicio 
atlético!  Magnífica  gimnasia  del  pensamiento,  de  la  propia 
energía,  del  entusiasmo,  de  las  convicciones,  de  la  fuerza 
moral.  El  derecho  y  el  deber  paseándose  del  brazo^  siem- 
pre vencedores,  siempre  acatados,  sin  encontrar  el  estorb<»  de 
una  piedrecilla  en  su  camino.  La  balota  electoral  tan  sa- 
grada en  manos  del  último  extranjero  que  acaba  de  natu- 
ralizarse como  en  poder  del  millonario.  Cuando  el  ideal 
llega  á  encamarse  así  en  la  realidad,  se  le  concibe  como 
un  óleo  santo  que  posee  la  virtud  maravillosa  de  curar  to- 
das las  heridas  y  de  aplacar  todos  los  grandes  dolores  de  las 
muchedumbres  infelices;  se  le  sueña  materializado  en  una 
bandera,  amplía,  generosa,  triunfadora,  que,  elevada  en  la 
cumbre  más  alta  de  la  tierra,  sonrie  á  las  tempestades 
produciendo  al  flamear  el  ruido  de  un  aleteo  gigante.  ¿Qué 
importa  el  error  de  preferencias  que  pueda  cometerse;  qué 
valen  los  fraudes  que  puedan  intentarse;  qué  significan  todas 
las  intenciones  espúreas  aliadas,  que  se  aproximan  perver- 
sas á  la  mesa  del  voto  pretendiendo  derrotar  á  los  cariños 
buenos,  cuando  el  pueblo  es  señor  soberano,  cuando  ningu- 
na presión  ilegítima  lo  violenta,  cuando  él  se  sabe  dueño  de 
todas  las  responsabilidades,  pero  también  de  todas  las  rega- 
lías  nobles? 

La  imperfección  y  la  más  íntima  actividad  humana  son 
congénitas.  Nacieron  raellizas  y,  á  decir  cosa  cierta,  los  de- 
fectos son  manchas  que  limpian  si  ellos  brotan  á  la  som- 
bra de  la  libertad  verdadera  y  apadrinados  por  el  derecho. 
¿Acaso  flotan  pocas  impurezas  en  la  superficie  del  mar?  ¿Y 
acaso  el  puñado  que  ellas  representan  alcanza  á  quitarle  una 


DEBDE     WASHINGTON  .  281 

belleza  al  elemento  cautivo?  ¡Si  á  la  marejada  de  fondo, 
qae  trajo  escorias,  sucede  otra  marejada  de  fondo,  mensajera 
de  las  perlas  y  de  los  corales,  que  trae  esencias  de  ámbar 
en  los  rizos  de  sus  espumas!  ¡Cómo  si  los  abrojos  quitaran 
majestad  á  la  melena  del  león!  Más  impresionantes  que  las 
batallas  libradas  por  Grant  contra  Lee,  para  arrancar  de  cuajo 
el  cáncer  de  la  esclavitud,  son  estas  luchas  modernas  y  de 
renovación  periódica.  Allá  se  asiste  á  un  drama  espantoso: 
se  bautiza  al  negro  libre  en  las  aguas  rojas  de  un  Jordán 
alimentado  con  la  sangre  del  hermano,  entre  el  remedo  de 
trueno  que  ofrece  la  fusilería  incansable  y  la  ruina  que  de- 
creta el  desastre.  Aquf,  no  hay  calamidades,  no  se  evocan 
carnicerías,  no  se  aumentan  los  sepulcros.  Por  lo  contrarío, 
todo  contribuye  á  bosquejar  el  espectáculo  de  una  cordialidad 
seductora,  de  un  amor  idéntico,  puesto  que  no  son  menos 
hermanos  los  varones  que  disienten  honestamente  de  opinio- 
nes al  apreciar  intereses  comunes.  Dígase  si  no  es  admirable 
ver  á  una  masa  humana,  tan  dilatada  que  sólo  cabe  en  el 
estuche  de  medio  continente,  tan  nutrida  que  ella  representa 
mucho  más  de  la  población  sumada  de  todas  las  repúblicas 
americanas  desde  Texas  al  Cabo  de  Hornos,  prestar  obedien- 
cia, con  agilidad  simultánea,  á  las  obligaciones  del  sufragio  y 
sostener  el  dominio  indiscutido  de  su  voluntad  soberana, 
ain  conflicto,  sin  camorra,  sin  protestas  airadas,  sin  que  una 
gota  de  rencor  maldito  quede  á  la  espalda  amatando  el 
corazón  de  la  madre  de  todos.^  Dígase  si  todavía  no  au- 
menta el  prestigio  de  suceso  tan  ejemplar  cuando  se  piensa 
que  tantísimos  millares  de  sufragantes,  á  pesar  de  manejos 
ilícitos  y  de  influencias  torcidas,  han  sostenido  firme  su 
instinto  justiciero,  llevando  á  la  representación  nacional  á  los 
primeros  hombres  dirigentes  del  país.  Resultados  estupendos 
de  la  libertad,  dignificada  por  la  educación  popular,  que  en 
el  más  apartado  villorío  no  deja  escapar  á  un  solo  niño  sin 
la  vacuna  salvadora  del  alfabeto,  y  en  cuyo  nombre  se  persi- 
gue á  los  pobres  que  no  mandan  sus  hijos  á  la  escuela,  que 
ellos  también  son  delincuentes  comunes. 

No  se  dirá  que  un  país  en  donde  tan  enaltecedores  espec- 
táculos, á  fuerza  de  habituales,  ya  no  llaman  la  atención   de 


282  LUIS  ALBBBTO  DE  BERRERA 

nadie,  disfruta  prosperidadet  asustadoras  y  aomenta  á  diario 
su  poderío  de  coloso  por  obra  graciosa  de  la  casualidad.  £1 
carácter  voluble  de  los  favores  de  ésta  no  armoniza  cierta* 
mente  con  la  índole  orgánica  de  aquellas  venturas.  Por  lo 
demás,  n^ar  el  rasgo  racional  de  semejante  desenvolvimiento 
importaría  desconocer  el  fruto  de  las  lejres  kigicas.  £1  titán 
está  ahí,  robusto,  brioso,  ergnidísimo.  No  perdamos  el  tiempo 
en  buscarle  el  talón  vulnerable,  haciendo,  bajo  el  aguijón  de 
las  peores  envidias,  lo  que  los  ni&ob  que,  espoleados  por 
una  inocente  curiosidad,  rompen  sus  más  preciosos  juguetes 
en  el  afán  de  encontrarles  el  secreto.  Apresurémonos  á  re- 
coger sus  soberbias  enseñanzas,  á  formar  muy  complacidos 
en  la  áltima  fila  de  sus  discípulos,  en  vez  de  disimular,  ne- 
ciamente, nuestra  evidente  inferioridad  política  insistiendo  en 
el  vulgar  estribillo  de  que  nos  sobra  en  hidalguía  lo  que  de 
ella  les  falta  á  los  norte  americanos;  de  que  somos  más  ge- 
nerosos que  ellos;  de  que  la  redención  espiritual  del  mundo  nos 
debe  todo  á  nosotros;  de  que  nadie  cultiva  los  bellos  ideales 
como  nosotros;  de  que  á  la  flema  utilitaria,  mercantil,  inque- 
brantable, de  ellos,  nuestra  raza  opone  su  corazón,  su  gran  co- 
razón, que  tanto  heroísmo  ha  regalado  á  las  páginas  de  la  his- 
toria. Lote  de  mentiras,  mucho  más  convencionales  que  las 
denunciadas  por  el  talento  igualitario  de  Max  Nordau.  Lote 
de  mentiras  con  las  que  es  inicuo  resistirse  á  la  elocuencia 
que  se  desprende  de  sucesos  iluminados.  Lote  de  mentiras, 
indignas  de  las  nuevas  generaciones  que  en  la  América  lati- 
na surgen  hoy  á  la  vida  para  fundar  la  libertad  de  socieda- 
des  castigadas  por  aplastadoras  herencias  coloniales. 

¿Cómo  podemos  reivindicar  como  nuestro  patrimonio  el 
culto  del  derecho,  el  respeto  á  los  principios,  los  sentimien- 
tos altruistas,  el  desinterés  positivo,  cuando  desde  la  cuna 
venimos  mordiéndonos  con  encono  de  alacranes,  cuando  la 
anarquía  nos  abocó  al  peligro  de  las  tuberculosis  galopantes 
y  hemos  n^ado,  porque  sí,  al  hermano  coparticipación  legí- 
tima en  el  manejo  de  la  cosa  pública,  y  hemos  envenenado 
el  porvenir  de  la  patria  antes  de  acatar  los  mandatos  de 
las  mayorías,  y  hemos  inclinado  la  balanza  echando  en  un 
pbtíUo   nuestras  ambiciones  incalificables,  que  siempre  pesa- 


]>E8PB    WA8HI1IOT0N  28S 

roa  como  el  piorno^  7  que  siempre  cortaron   con  el   filo  de 
la  espada  de   Breno:  ¡ay  de  las  vencidos!    Y,   en   Cambio, 
¿qué    escudo    intelectual  nos    permite    rebelarnos    contra    el 
ejemplo  deslumbrante  de    esa    democracia   vecina,  centenaria 
como  la  virtud,  idéntica  á  sí  misma  como  Washington,   sen- 
cilla y  sabia  como  Frankiin,  firme  como  el  hacha  del  leñar 
fior   Abraham  Lincoln,  adicta    á   los  mandatos  de    su  carta 
constitucional  como   el  soldado   á  su  estandarte?    Ella  con- 
densa  un   grueso   é  imponente  capítulo   de   la  honradez  del 
universo.      A  su  sombra  fecunda  han  brotado  las  más  avan- 
zadas  doctrinas  de    organización  política;    á    su   amparo   han 
surgido   las  falanges    más    purificadas  de   ciudadanos;    en   su 
seno  germinaron  con  potencia,  no  igualada,  las  más  preciadas 
liberaciones  del  carácter,  bajo  su  ^ida  creció  y  seguirá  cre- 
ciendo la  dignidad    de   nuestra  especie.     ¿Puede  cerrarse  los 
ojos  á    tales   convicciones,  que   hieren  el    pensamiento  como 
la  luz  á  las  pupilas,  sin  pedir  permiso,  ciuindo  se  ha  tenido 
la  dicha   de    nacer  en    tierras    libres   de   resabios   caducos  y 
que    viven    con   el    siglo?     Censurarnos    por   estas   alabanzas 
recias,  y  ya  viejas  por  lo  merecidas,  valdría  tanto  como  diri- 
gir   reproches    á    la    brújula    porque    ella   siempre  apunta   al 
norte.    ¿Cómo   apartar  el  influjo  de   este  otro  imán    cuando 
él   exhibe    al    alcance    de  todas    las  miradas    su    macizo    de 
cordillera? 

Las  elecciones  recién  terminadas  me  han  permitido  cono- 
cer un  momento  extraordinario  de  New  York.  Cuesta  des- 
pertar la  curiosidad  de  la  inmensa  metrópoli,  hacerla  olvidar 
BUS  segregaciones  de  barrio,  fundirla  en  un  sentimiento  común, 
arrancarla  á  la  vorágine  de  sus  quehaceres  incesantes.  Sin 
embargo,  yo  ya  he  presenciado  el  milagro  y  he  visto  al 
verdadero  pueblo,  á  multitudes  ondulantes,  avasalladoras,  ale- 
gres, desbordando  por  las  calLs,  dando  así  el  latido  de  vida 
gigantesco  que  exige  este  núcleo  gigante.  Y,  consoladora 
victoria  de  las  ideas,  no  ha  sido  la  campana  de  rebato  de 
los  incendios,  que  incita  á  gozar  en  corro  de  la  desgracia 
ageoa,  ni  el  estruendo  de  una  terrible  catástrofe  pública,  ni 
pasiones  iracundas  de  los  gobernados,  ni  el  desahogo  colérico 
de  pechos  oprimidos^  el  que  ha  decretado  esta  briosa  palpi- 


284  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

tacitfn  de  las  entrañas  populares.  Ha  sido,  sí,  la  voz  má- 
gica de  esas  instituciones  venerandas  que  vienen  encausando, 
desde  los  albores,  la  marcha  ascendente  de  una  sociedad  que 
asombra  por  la  fuerza  de  su  equilibrio  moral;  ha  sido  el 
llamado  dignificante  del  deber  y  el  acicate  soberbio  del  de- 
recho quienes  han  encendido  esa  llamarada  de  entusiasmos 
ciudadanos  que  triunfó,  por  horas,  de  todas  las  preocupacio- 
nes y  de  todas  las  tareas  imperiosas;  que  interrumpió  el 
pasaje  de  los  trenes  eléctricos;  que  tuvo  su  centro  frente  á 
los  principales  diarios;  que  puso  pitos  y  cornetines  en  la  boca 
de  los  vencedores  delirantes,  banderas  americanas  en  los  ojales 
de  las  levitas,  hojas  simbólicas  al  cuello,  y  pequeñas  escobas, 
también  significativas,  en  la  cinta  de  los  sombreros.  Arras- 
tre soberano  del  comicio,  que  es  la  flor  espléndida  que  da 
el  árbol  de  la  libertad,  que  corrige  sabiamente  todos  los 
errores,  que  redime  todas  las  culpas,  que  asegura  contra 
todos  los  huracanes  cuando  se  le  ejerce  sin  retranca  ni  do- 
gales. El  día  de  las  elecciones  es  declarado  festivo,  á  ese 
solo  objeto,  en  todo  el  territorio  de  la  Unión.  No  vaya  á 
suponerse  que  New  York  comprometió  el  carácter  puritano 
de  sus  días  de  descanso,  con  motivo  de  la  ardua  emergen- 
cia. La  abundancia  de  mesas  receptoras  de  votos  y  su  acer- 
tada distribución  evita  los  atropellamientos.  Por  lo  demás, 
ellos  están  reñidos  con  el  modo  de  ser  de  estos  ciudada- 
no? ejemplares  que  concurren  á  las  urnas  con  la  misma  cal- 
ma respetuosa  con  que  entran  á  sus  templos.  Nadie  estorba; 
nadie  recrimina;  no  hay  matones;  no  se  conciben  los  tipos 
provocativos;  se  huye  del  exhibicionismo  y  la  injuria  al  ad- 
versario no  tiene  cabida  lógica.  La  cultura  avanzada  de 
todos  y  de  cada  cual  permite  que  brote  en  los  espíritus  la 
misma  reflexión  honrada:  la  ley  se  ha  dictado  para  la  na- 
ción entera,  sin  diferencia  de  razas  ni  de  divisas;  ella  ampa- 
ra á  toda  la  comunidad  y  cometería  una  incalificable  injus- 
ticia quien  la  quebrara  en  el  deseo  de  asegurar  el  dominio 
de  sus  aspiraciones  personales.  £1  miembro  más  humilde  y 
desconocido  de  la  muchedumbre  sabe  raciocinar  y  posee  con- 
cepto propio,  irreductible,  consciente,  de  su  personalidad 
social  y  de  la   parte  de  derecho    que   es  suya,  que  le  per- 


DX8DE    WASHINGTON  285 

tenece,  como  la  sangre  de  bub  venas,  y  qué  no  puede  arre- 
batársele sin  cometer  un  atentado.  Id  á  mistificar  á  un 
conductor  de  trenvía,  á  fin  de  obtener  otro  rumbo  para 
sns  preferencias  políticas;  proponed  á  un  vendedor  ambu- 
lante la  compra  de  su  balota,  como  si  se  tratara  de  una 
baratija;  amenazad  al  empleado  dependiente,  invocando  pre- 
rrogativas de  patrón;  apoyados  en  vuestra  elevada  gerarquía 
militar,  decid  al  último  subteniente  del  ejército  que  está 
obligado  á  orientar  en  tal  6  cual  sentido  su  voto,  y  ya  ve- 
réis con  que  energía  altiva  se  rechaza  tal  propuesta.  Y  puede 
asegurarse  que  tal  ocurrirá  porque  la  opinión  tiene  aquí  in- 
flujo incontrastable  y  ella  aplastaría  con  su  condenación  á 
quienes  intentaran  imponer  su  criterio  á  los  débiles.  ¿Coar- 
tar la  independencia  del  ciiterio  en  Norte  América?  Jamás. 
¿Consentir  que  se  adultere  la  tradición  de  oro  del  indivi- 
dualismo y  que  los  comerciantes  y  los  jefes  de  la  adminis- 
tración y  los  generales  y  coroneles  violenten  brutalmente  ^a 
conciencia  de  sus  subalternos?  Jamás.  Claro  que  no  soy 
huésped  de  un  país  de  ángeles.  Quien  así  lo  quiera  puede 
enagenar  su  voluntad  y  convertirse  en  esclavo  de  otro  me- 
diante la  venta  de  su  sufragio.  Hasta  ahí  no  llega  la  vigi- 
lancia del  Estado  que  sólo  se  preocupa  de  fundir  caracte- 
res y  de  dar  á  cada  uno  el  escudo  invulnerable  de  la 
preparación  escolar.  De  ahí  que  en  Estados  Unidos  no  pue- 
dan invocar  pretexto  de  inconciencia  ó  ignorancia  los  que 
van  á  las  urnas  como  instrumentos  do  otros.  De  ahí  que 
todavía  en  el  seno  de  nuestras  democracias  imperfectas  posea 
veracidad  dolorosa  ese  argumento  que,  más  que  pretexto,  se- 
ñala una  explicación,  cruda  y  exacta,  de  tantas  abdicaciones 
campesinas! 

El  aspecto  de  New  York  cambió  radicalmente  de  noche* 
Apenas  oscureció,  y  apesar  de  la  baja  temperatura,  empeza- 
ron á  cuajarse  de  gente  las  calles  más  céntricas.  A  todos 
empujaba  el  deseo  de  conocer  el  resultado  de  los  centenares 
de  escrutinios  que  se  practicaban,  con  rapidez  vertiginosa,  des- 
de el  instante  en  que  se  levantaron  las  mesas  receptoras,  es 
decir,  á  las  cinco  de  la  tarde.  Las  redacciones  de  diarios, 
qne  son  los  clubs  eu   que  se  concentra  el   alma  popular  en 


286  LUIS  ALBERTO  Dfe  HBRBBRA 

circunstancias  palpitantes,  fueron  invadidas  por  la  ola  huma- 
na que  llenaba,  con  hinchazones  de  maremoto^  la  extensión 
estratégica  de  Broadway.  Además  de  sus  ediciones  extraor- 
dinarias, The  American  Journal  había  anunciado  que  los  re- 
sultados parciales  serían  reproducidos  por  el  cinematógrafo 
en  los  altos  de  su  edificio,  recién  concluido  en  la  intersec- 
ción de  la  Quinta  Avenida  y  de  la  calle  Veinte  y  Tres 
y  mencionado  con  anterioridad,  que  seOala  la  audacia  más 
temeraria  de  la  moderna  arquitectura.  En  efecto,  allí  se  re- 
produjeron, con  corrección  fotográfica,  las  alternativas  de  la 
puja  cívica.  Con  aquella  ocurrencia  feliz  el  Journal  había 
dado  indudablemente  un  golpe  hábil  de  propaganda,  y  así  lo 
reiteraban  sus  sueltos  de  gacetilla  proclamando  que  era  tanto 
el  cariño  de  la  empresa  periodística  por  el  público  que  ella 
no  vacilaba  en  renunciar  al  beneficio  monetario  de  la  venta 
de  su  hoja,  con  tal  de  favorecerlo.  Por  eso  clavaba  allí,  en 
el  reino  de  las  nubes,  su  cartel  de  desafío  noticioso:  todo 
por  el  pueblo.  Pero  los  restantes  órganos  de  publicidad  no 
podían  consentir  ese  triunfo.  Uno  concibió  la  idea,  aún 
más  original,  de  utilizar  globos  cautivos  y  de  aprovechar  ese 
recurso  novedoso  para  congraciarse  con  los  millares  y  milla- 
res de  sujetos  que,  desde  abajo,  disfrutábamos  del  interesante 
espectáculo;   otro,    hizo    remontar    cometas    de    colores    que 

llevaban  inscripto  el  nombre  de  los  candidatos  y  hacían 
lo  imposible  por  eclipsar  el  éxito  de  los  globos;   mientras   el 

viejo  Herald,  ese  coloso  de  la  idea  que  viene  escribiendo 
desde  hace  años  y  día  á  día  la  historia  de  la  civilización, 
se  posesioniaba  de  la  torre  de  Madisón  Square  para  conver- 
tirla en  un  gran  faro,  adornándola  con  una  magnífica  cabe- 
llera de  luces.  Ya  estaba  indicado:  cuando  el  chorro  eléc- 
trico, que  atado  allá  en  la  cumbre  del  fanal  parecía  una  cinta 
de  plata  volante  sobre  el  manto  de  la  noche,  apuntara  en 
tal  dirección,  eso  significaba  ventaja  para  determinado  de  los 
bandos,  y  lo  contrario  en  caso  distinto.  Reloj  de  blancas 
manecillas  colgado,  como  un  relicario,  al  cuello  de  los  aires; 
estrella  artificial,  más  bella  aún  que  las  verdaderas,  que  las 
reales^  que  asoman   su  parpadeo  por  las  grietas  del  infinito, 


DESDB    WA8HIKOTON  287 

por  que  el  torrente  de  bus  claridades  ilaminaba  á  la  ttiateriia 
7  tambiéii  ilurnioaba  aí  espíritu! 

La  lacha  electoral  que  acababa  de  jugarse,  había  sido  refii- 
dísima.  Si  por  uq  lado  no  se  discute  que  los  demócratas 
arrastran  la  mayoría  en  la  ciudad  de  New  York,  por  otro, 
está  demostrado  que  los  republicanos  son  dueños  del  resto 
del  Estado.  ¿Podría  más  la  cabeza  que  el  cuerpo?  ¿Era 
la  victoria  de  la  metrópoli  ó  de  las  poblaciones  á  ella  su- 
bordinadas? Este  contesto  lo  resolvía  al  aire  libre  la  mul- 
titud .  neoyorkina  en  la  noche  del  26  de  Octubre.  Cuando 
en  los  lienzos  iluminados  se  reflejaban  cifras,  una  gritería 
infernal  se  alzaba  del  seno  de  la  masa  compacta.  Pero  nada 
de  gritos  agresivos,  ni  de  inteijecciones  maldicientes.  Los 
favorecidos  con  el  saldo  ponían,  solo  en  gritos  estruendosos, 
la  intensidad  de  su  satisfacción  ciudadana,  coreados  por  el 
comentario  travieso  de  los  muchachos,  por  la  riua  contagiosa 
de  los  obreros,  semejante  á  resoplidos  de  fuelle,  y  por  las 
manifestaciones  complementarias  de  las  señoritas  que  ayuda- 
ban á  aturdir  sin  que  á  nadie  se  le  ocurriera  menoscabar 
el  profundo  respeto  que  la  mujer  merece  y  que  solo  aquí  he 
visto  en  toda  su  hermosísima  realidad.  Pero  ocurrió  más 
de  una  vez  que  los  dados  se  dieron  vuelta  y  entonces  to- 
<^aba  el  tumo  de  exteriorizar  su  alegría  á  los  que  un  ins- 
tante antes  escucharan,  sin  desplegar  los  labios,  sin  fnmcir 
la  frente,  el  desahogo  del  delirio   adversario. 

¿Enojarse,  ofenderse,  insultar,  porque  á  un  paso  de  un 
oído  republicano  una  voz  demócrata  toca  furiosamente  la 
cometa  en  honor  de  su  candidato  que  avanza?  Eso  sería 
torpe,  injustificado,  incomprensible  en  los  Estados  Unidos. 
¿Acaso  cada  cual  no  ha  pugnado,  con  uñas  y  dientes,  como 
mejor  ha  podido,  por  el  triunfo  de  su  leculer,  sin  sentir  la 
sombra  de  un  estorbo  que  dificulte  el  libre  desarrollo  de 
sus  aptitudes?  Si  alcanzan  la  meta  éstos  y  no  aquéllos  es 
por  la  simple  razón  de  que  este  color  y  no  aquél  ha  tenido, 
más  sufragios,  ha  conquistado  de  manera  legítima  la  ma- 
yoría. ¿Cómo  desconocerles,  entonces,  á  los  victoriosos  el 
derecho  de  proclamar  su  éxito,  á  grito  herido,  siempre  que 
no  lastimen  la  libertad  de   terceros,  siempre  que    no  empu- 


288  I.UI8  ALBERTO  DE  HEBRERA 

jen,  que  no  pisen^  que  no  muestren  los  puños  á  los  herma* 
nos  rivales?  Ese  raro  equilibrio  de  los  criterios,  que  per- 
tenece por  igual  al  último  moreno  y  al  primero  de  los 
millonarios,  es  lo  que  no  concluye  de  adivinarse.  Acatar  el 
mandato  de  las  mayorías,  sin  protestas,  sin  juramentos  hos- 
tiles, sin  miradas  febriles.  ¿Comprendemos  nosotros  esa  vir- 
tud; no  debemos  envidiarla  quienes,  á  pesar  de  nuestro 
pregonado  liberalismo  y  generosidad  de  raza,  creemos  que 
es  justp  ocurrir  á  los  más  reprobables  expedientes  antes  de 
confesar  la  victoria  del  otro  bando;  propio  sostener  que  el 
poder  nos  pertenece  por  derecho  arbitrario,  y  virilidad  par- 
tidaria sentar  que  así  seguirá  siendo  por  la  razón  6  por  la 
fuerza? 

Las  cosas  no  habían  marchado  tan  bien  como  se  creyera 
y  New  York^  demócrata,  no  tuvo  otro  remedio  que  rendirse 
ante  el  fallo  inapelable  de  los  escrutinios.  De  paso  merece 
observarse  que  á  las  once,  es  decir,  seis  horas  después  de 
cerradas  las  urnas,  conocía  el  país  el  resultado  preciso  y  de- 
finitivo del  sufragio  de  medio  millón  de  ciudadanos.  Eso 
acredita,  con  toda  evidencia,  que  alguna  simplificación  de 
procedimientos,  que  no  alcanzo  á  precisar,  puede  recogerse 
de  las  prácticas  electorales  americanas.  Por  primera  vez  en 
este  comicio  se  utilizaron  los  servicios  de  máquinas  automá- 
ticas para  votar,  con  excelente  provecho.  La  derrota  de  los 
demócratas  fué  difícilísima  y  sólo  en  seis  ú  ocho  mil  balotas 
consistió  la  mayoría;  lo  que  nada  representa  en  una  pugna 
de  este  volumen.  Intereses  fundamentales  para  el  partido  se 
arriesgaban  en  la  jornada,  ríos  de  dinero  quedaban  estéril- 
mente tragados  por  la  arena,  y  sin  embargo,  se  aceptó,  con 
resignación,  el  peso  de  la  catástrofe.  En  otras  partes  se  hu- 
biera declamado  semanas  enteras  contra  la  infamia  del  ad- 
versario que  tuvo  la  audacia  de  vencer  por  sus  cabales.  8u 
disciplina  fuera  designada  servilismo;  fraude,  su  agilidad;  en- 
gaflo  ó  sorpresa,  sus  acertadas  combinaciones;  pero  repito 
que  aquí  no  se  conocen  tales  intemperancias  de  pensamiento 
y  de  lenguaje  y  al  día  siguiente  de  estar  constatado  el  de- 
sastre, los  diarios  de  la  fracción  infortunada  se  entregaban 
á  la  tarea  ingrata  de  comentarlo,  coincidiendo  en  afirmar  que 


DESDE     WASHINGTON  289 

él  se  debía  al  desacierto  que  reina  en  las  filas  democráticas. 
«No  importa^  leí  en  algún  órgano  de  publicidad^  esta  vez 
hemos  sido  arrollados;  pero  haremos  lo  posible  porque  la 
caída  no  se  repita  dentro  de  dos  a&os.  £1  error  fué  desig- 
nar á  un  candidato  de  escaso  calibre  político  y  sin  presti- 
gios bastantes  para  despertar  todos  los  entusiasmos  del 
partido.  La  culpa  debe  imputarse  á  las  propias  anarquías. 
Luchemos  desde  ahora  porque  esa  culpa  y  ese  error  no  se  repi- 
tan». Así  se  encaran  los  sucesos  en  estos  escenarios  purificados. 
He  expuesto  que  la  campaña  recién  concluida  tenía  impor- 
tancia trascendental  y  deseo  insistir  sobre  este  punto,  de 
juicio  atrayente.  Desde  que  Grover  Cleveland  bajó  por  se- 
gunda vez  de  la  presidencia  en  1S97,  para  ser  sustituido  por 
Willíam  Mac-Kinley,  los  demócratas  vienen  esforzándose  por 
recuperar  el  gobierno.  La  última  batalla  dirigida  á  ese  em- 
peño ha  sido  la  apuntada.  Pero,  ¿por  qué  se  abrigaba  en 
esta  ocasión  más  confianza  en  el  éxito  que  en  otras?  Ahí 
está  la  cuestión  obrera,  el  gravísimo  problema,  que  fué,  de 
la  huelga  de  los  mineros,  contestando  por  nosotros.  Se  pen- 
só que  de  los  campos  de  antracita  de  Pennsylvania  surgirían 
legiones  de  votantes  amigos;  que  los  desheredados  y  los 
descontentos  ocuparían  ancho  espacio  en  las  filas.  Inmensas 
proporciones  ha  debido  alcanzar,  dirán  ustedes,  esa  rebelión 
de  los  trabajadores  cuando  ella  pudo  influir  de  manera  tan 
activa  en  los  comicios  nacionales.  Indudablemente;  y  para 
acreditarlo  así  he  ligado  en  la  crónica  asuntos  intimamente 
unidos  en  la  materialidad  de  su  desarrollo.  Lamento,  sí,  que 
me  mande  ser  sobrio  la  consideración  que  guardo  á  mis 
compañeros,  los  lectores,  con  los  cuales  estoy  siempre  en 
débito  de  agradecimiento  por  la  paciencia  benedictina  con 
que  me  siguen  en  estas  excursiones  enciclopédicas  y  á  bar- 
quinazos. ¡Sobriedad — pensará  algún  juguetón — y  nos  endilga, 
sin  hacer  un  alto,  cuatro  columnas  apretad itas  de  composición! 
Eso  es^  precisamente,  lo  que  me  aflige;  aún  siendo  más  lar- 
go en  mis  elucubraciones  que  las  leguas  brasileras,  siempre 
quedo  corto  y  siempre  resta  algo  por  agregar.  ¡Son  tan 
conquistadores  los  temas;  tan  soberbia  la  escuela  á  que 
asisto;  tan  dilatadas  las  enseñanzas  que  ella  brinda  sin  tasa! 

19 


290  LÜIB  ALBBRTO  DE  HERRERA 

Ahora  comprendo  algo  la  inagotable  facundia  de  los    novios 
en    su    primer   emplume    y  la   másica^  sin   punto   final,  que 
ellos   arrancan  á  las  cnerdas  de    su   corazón  nuevitol     Basta 
de    apartes    7     adelante    que,  si  continúo  justificándome  con 
mis     víctituas,     corro     el  riesgo     de  que  me  suceda     lo  que 
á  esos  señores   muy  estirados    que,    en  el  afán  de  menudear 
cortesías,  tropiezan  en  un   mueble  y  rompen  el  jarrón  de  fina 
porcelana,  regalado  en  ocasión  de  un  cumpleaños  por  el  amigo 
predilecto,  y   mirado  como    una  reliquia  en  el  culto  casero. 
¡Qué  simpática  es  la  causa  de  los  mineros  norte^americanos ! 
¡Con  cuánta  satisfacción  dejo  correr  la  pluma  al  escribir  es- 
tas  líneas  que   repetirán   mañana    en   letras  de   molde    y  por 
centésima  vez  el  himno  universal  de  la  defensa  obrera!   ¡Cómo 
parece  que  clarea  el  color  de  la  tinta  cuando  ella  se  utiliza 
en  trazar   caracteres  de  homenaje  y  de  cariño  á  ios  grandes 
oprimidos  del  siglo  diez   y  nueve  y  liberados,  que   serán,  del 
siglo  veinte!     ¿Queréis  apreciar  el  significado  de  esta  huelga? 
Pues  ella  decretó  la  paralización  de  ciento  cincuenta  mil  vo- 
luntades  que,    á  una    hora   precisa,   como    tocadas    por    una 
misma  corriente   eléctrica,    dejaron   de    escarbar  las    entrañas 
negras    de    la  tierra  y  salieron  á   la  superficie,  en  algazara, 
para  exigir  mejores   salarios  á   los  mortales  del  primer  piso, 
sus  patrones;  ella  abocó  á  incertidumbres  domésticas,  linderas 
de    la  miseria,  á  un  núcleo    de  cuatrocientas  mil    mujeres  y 
niños;   ella   ha  originado   más    pérdidas  á  la  fortuna  pública 
que  el  precio  de   la  guerra  franco-prusiana  y   los  perjuicios 
inmediatos,    que    alcanzan   á  cien   millones   de    doUara,   están 
ahí,  á  la  vista  del  más  incrédulo.     Raciocinemos  con  lealtad. 
Cuando  la  protesta  consigue   montar  una  tan  colosal  maqui- 
naria  y  bajo   el   acicate  de  un  idéntico  disgusto   se  il^a  á 
tejer  una  tan  formidable  malla  de  acero  moral,  es  necesario 
confesar  que  la  reacción  tiene  origen  digno,  porque,  apesar  de 
que  en  este  mundo  hay  tantos  picaros,  nunca  la  injusticia  lo- 
graría asociar  en  un  haz  romano  tantas  unidades  diversas   y 
libérrimas.   £n  efecto,  los  mineros  no  pedían  mucho.   Aiunento 
de  jornal,  más  horas  de  descanso,  menos  fatiga,  el  socorro  de 
fondos  cooperativos  para  los  vencidos,  para    los  que  caen   en 
la    brecha  con  las  manos  llenas   de  callos,  que  esas   son  las 


iosignias  de  la  \eff6n  de  honor  de  los  kiimildea.  ¡Es  cierto; 
los  mineros!  ¡Recién  os  acordáis  de  que  ellos  existen  cuando 
el  recurso^  heroicamente  defensivo,  por  ellos  adoptado,  os  las- 
tima en  carne  propia  y  vuestro  presupuesto  aumenta  porque 
de  seis  pesos  ha  subido  hasta*  doce  el  valor  de  la  tone- 
lada de  carbón!  Mientras  al  amor  de  la  estufa  entibiabais 
también  el  espíritu  con  el  calor  de  amables  lecturas,  nunca 
se  os  ocurrió  pensar  que  mucha  parte  de  ese  solaz  quedaba 
adeudado  á  quienes  arrancan  en  los  zó taños  de  la  creación» 
pedazos  del  más  precioso  de  los  combustibles.  ¿Cómo  tener 
presente,  si  jamás  se  les  vé,  á  esos  obreros  del  abismo  que 
vagan  fantásticos  por  galerías  subterráneas;  que  pasan  la 
vida  entre  grietas,  como  los  bichos;  que  en  materia  de  luces 
sólo  les  es  familiar  la  pálida  y  temblorosa  brindada  por  las 
lámparas  de  seguridad  de  Davy;  que  á  menudo  se  casan,  na- 
cen y  mueren  en  el  fondo  de  la  inmensa  tumba  geológica; 
que,  prisioneros  de  las  indias  negras,  avanzan  en  su  tarea 
eterna  de  conquista  llevando  en  ios  dedos  el  azadón  que  es 
el  crucifijo  de  la  religión  laborante;  y  que,  ciudadanos  sin 
ciudades,  hijos  sin  patria,  padres  sin  vejez,  sólo  se  asoman 
al  brocal  del  gran  pozo,  en  caso  de  extrema  penuria,  como 
el  presente,  cuando  cansados  de  ser  prisioneros  resuelven 
poner  á  la  vista  de  sus  hermanos  más  felices  las  llagas  de 
8U  situación  para  apelar  enseguida  ante  el  tribunal  pleno  de 
las  opiniones  honradas? 

En  el  país  del  derecho,  en  el  país  en  donde  tienen  menos 
razón  para  llorar  agonías  los  desheredados,  repercutió  honda- 
mente la  expresión  de  aquel  santo  dolor  que  llegaba  con 
inflexiones  de  reproche  hasta  Ioh  pensamientos  superiores. 
Alguien  había  sido  olvidado  en  las  jornadas  de  liberación 
Bocial^y  para  borrar  la  veigüenza  de  aquella  injusta  omi- 
sión, se  ofreció  el  lote  diamantino  de  todas  las  simpatías 
públicas  á  las  que  recien  venían  á  implorar  para  sí  el  favor 
de  los  «tres  ochos»  de  la  redención  obrera.  ¡Qué  hermoso 
ejemplo  acaba  de  dar  en  esta  emergencia  la  solidaridad  hu- 
mana! El  choque  era  de  proporciones  gigantes:  de  un  lado, 
el  capital,  impaaible,  sordo  á  las  demandas  respetuosas,  pro- 
tegido   en  su  actitud   soberbia  por  la  triple   coraza   de   sus 


2d2  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

egoísmos,  de  sus  opulencias  y  de  su  desprecio;  7  del  otro, 
la  masa  anónima,  la  marejada  de  los  débiles,  sin  más  am- 
paro que  la  toga  de  su  derecho  y  sin  otra  esperanza  que 
la  conciencia  de  sus  fundadas  reclamaciones.  Quince  sema- 
nas duró  esta  lucha  memorable  entre  media  docena  de  sin- 
dicatos aliados  7  millares  de  descontentos.  Asunto  magno 
proveer  á  las  necesidades  de  un  pueblo  entero  que,  acosado, 
renuncia  á  los  beneficios  del  trabajo  remunerativo  y  acepta 
las  perspectivas  insolubles  del  hambre  como  remedio  ex- 
tremo á  sus  aflicciones!  ¿Quién  hacía  suya  la  responsabili- 
dad de  ese  ostracismo,  de  esa  carencia  de  recursos  á  un 
paso  de  su  fuente;  quién  preparó  el  sostenimiento  de  sus 
compañeros  durante  los  días  inciertos  y  terribles  de  la  ba- 
talla? John  Mitchell  se  llama  el  general  que  organizó  las  filas 
de  la  resistencia,  que  la  sostuvo,  á  despecho  de  todos  los 
temporales,  que  la  impuso,  al  fin,  á  los  recalcitrantes.  Su 
nombre  ha  adquirido  ya  larga  resonancia,  pudiéndose  decir 
que  hubo  instante  en  qne  las  vibraciones  de  su  prestigio 
llegaron  hasta  el  fondo  de  todos  los  hogares  de  la  Unión. 
Las  horas  de  desfallecimiento  fueron  muchas;  la  Guardia 
Nacional  de  Pennsylvania,  llamada  á  la  armas,  acampó  en  la 
región  de  las  minas  para  garantizarlas  y  defender  á  los  de- 
sertores, á  los  que,  también  infelices,  habían  desmayado  al 
quedarse  sin  pan  y  con  hijos;  el  abastecimiento  de  tantísi- 
mos batallones  civiles,  penoso  y  miserable,  motivaba  algunos 
enojos;  las  apariencias  estériles  que  iban  rodeando  al  abne- 
gado esfuerzo,  con  el  correr  de  las  semanas,  contribuían  á 
debilitar  energías;  á  menudo  los  elementos  dirigentes  de  la 
-multitud  se  miraron  azorados  preguntándose,  con  el  gesto, 
unos  á  los  otros,  si  aquella  actitud  desesperada,  que  arran- 
caba sangre  á  tantos  bolsillos  inocentes,  tendría  los  resulta- 
dos desastrosos  de  la  histórica  retirada  militar  de  Rusia. 
Pero  era  entonces  que  destacaba  imponente  la  figura  de 
John  Mitchell,  de  ese  caudillo  descollante  que  desde  la  más 
envidiable  de  las  tribunas,  en  hombros  de  los  derrotados,  ha 
hablado  como  un  iluminado  y  ha  conseguido  mover  el  alma 
grande  de  la  patria.  Lampiño,  con  el  pelo  lai^o,  peinado  para 
atrás,  como   si  quisiera  descubrir  á  todas  las  investigacionea 


DB8DB    WA8HINOTOK  293 

el  campo  de  la  frente  ancha;  alto,  bien  plantado,  él  encar- 
naba con  éxito  la  representación  de  la  causa  minera.  Hijo 
de  BU  esfuerzo,  criado  en  el  fondo  de  las  minas,  conoce  por 
experiencia  propia  el  grado  de  exactitud  de  los  anhelos  [cor- 
porativos. Elegido  jefe  supremo  de  todas  las  organizaciones, 
le  tocé  cargar  con  la  enorme  responsabilidad  de  un  rompi- 
miento violento  con  los  patrones  encastillados  en  su  desdén- 
£1  tiempo  corría,  demasiado  lento,  sin  que  im  síntoma  de 
solución  apareciera  en  el  horizonte;  el  invierno  se  aproxi- 
maba bosquejando  la  sombra  de  una  catástrofe.  ¡Cuántas 
veces  el  espíritu  noble  de  John  Mitchell  se  habrá  sentido 
agobiado  bajo  el  mármol  del  desaliento!  ¡Qué  á  menudo  el 
incansable  batallador  ha  debido  pensar,  con  terror,  en  la  suer- 
te de  su  grej,  aunque  siempre  proclamara  lo  contrario  en 
público! 

Comprendiendo  que  se  estaba  jugando  una  empresa  llamada 
á  dejar   huella    profunda,    fueren   los  que    fuesen  sus   resul- 
tados,   los    demás    gremios    allegaron    auxilio  de    contingente 
metálico  á  los  camaradas  en  desgracia;  y  así  vierten   sema- 
nalmente  doscientos  mil  dollars  en  la  caja  de  los  mineros  para 
concurrir  al   pago   de   las    erogaciones   creadas    por    el    alza- 
miento monstruo.    Los  sindicatos  se  mantenían  firmes,  en  la 
confianza  de  quebrar  por  hambre   la  viril  resistencia,   y    em 
necesario  probar  que  á  esa  viril  resistencia  no  la  extinguiría 
la  escasez  de  recursos,  ese  argumento  de  hierro  que    aplasta 
á  tantas  causas   buenas.     Los  rebeldes    redujeron  sus  gastos 
y  las  familias,  arrolladas  por  el  movimiento,    aceptaron  gus- 
tosas,   comer   menos   que  de  costumbre,    á  condición  de    no 
ceder;  y  no  se  cedió.    Un  factor  incontrastable,  que  se  había 
estado   fundiendo  muy  lejos   del  campo  de  combate,  vino  á 
dar  una  solución  equitativa  al  conflicto,  y  junto   con  ella  el 
triunfo   á  los  obreros.     Ese  factor  se  llama   la  opinión    pú- 
blica, y  aquí  bien  se  sabe  cuánto  él  puede.    La  huelga  probó, 
con   una   propaganda  activísima,  el    mérito  razonable  de  sns 
pretensiones,  y  cuando  la  prensa,  que  es  buena  parte  del  ce- 
rebro y  del  corazón  del  mundo,  hizo  suya  la  bandera  de  los 
protestantes  y  la  agitó  entusiasta  en  todos  los   grandes  cen- 
tros  desatando  las   simpatías    populares,  pudo  Mitchell    des- 


294  LUlá  ALñBRTO  DB  HSBREBA. 

cansar   tranquilo    porqné    ja   estaba   decretado    el   i$íyó  qnt 
abriría  las  tinieblas. 

A  todo  esto  sé  hacía    del    árdao  problema  ecún6mi<^    an 
áscmto  político.    Las  eleccioúes   legislativas  eéftaban  encima  y 
el    partido    demócrata    nada  tardó  en   btíscar  la  aliamsa  im- 
portantísima  de  los    obreros    y   de  sos    adictos.    Todos    los 
tíiros  iban  dirigidos  á  ese  propósito  y,  al  sancionarse  la  pía* 
taforma  de  la  campaña    iniciada^   estableció  expresamente    la 
convención  nacional,  reunida   en  Saratoga,  que  ceta    necesa* 
rio  traspasar    á  las   municipalidades  la   propiedad  y  explota" 
ción  de  las    minas    de    carbón,  en   virtud  del  ejercicio    por 
parte    del  gobierno    del  dominio    eminente,   y   mediante    una 
justa  compensación  á  sus  dueños;   agregando  que  se  fundaba 
ese  propósito  en  el  hecho  de  que  el  combustible  es,  como  el 
agua,  una  necesidad  pública,  estando,  por   lo  demás,  ubicados 
en  el  Estado  de  Pennsylvania  el  noventa  por  ciento   de    los 
campos    de   antracita   del   mundo^    circunstancia    esta   última 
que  hacía  de  interés    social  su  constante  laboreo».     Pero    la 
actitud  valiente   y  esclarecida  del  presidente    BoOsevelt  quitó 
eñcacia  á  tales  recursos  resolviendo,  en  horas,  la  grave  difi- 
cultad nacional.     El    mandato  poderoso,  sagrado,    de  la  opi- 
nión, hecha  ya  en  el  punto  debatido,    había    sido    escuchado 
en  las  alturas  del  gobierno,  y  de  lá  Casa    Blanca  salió  esta 
vez,  como  tantísimas  otras,    la    palabra    de  conciliación  y  de 
justicia.     cA  las  once  de  la   mañana   del  día    tres  de  Octu- 
bre, os  invito  á  celebrar  conmigo  una  conferencia  en  la  Man- 
sión Ejecutiva  para    discutir  el  problema   minero»,    dijo,  pot 
tel^rafo,  el  jefe  del  Estado  á  los  representantes  de  las  frac- 
ciones divergentes.    Y   sucedió    enftonces  que,    bajo  los  aus- 
picios generosos  de  la  autoridad  presidencial,  se  encontraron, 
poir  primera  vez,  frente  á  frente  y    sin    ser  para  desáfiaiBé, 
John  Mitchell  y  las  cabezas    de  los   sindicatos,  Baer,  Trües- 
dale,  Fowler,   Markle  y  Oliphant. 

En  circunstancias  tan  extraordinarias  y  ante  juez  de  tan 
alto  coturno  debían  tíiórit,  antes  de  llegat  <  los  labio6>  toa- 
das las  borrascas.  Mitchell,  interrogado  sobre  éüalés  ei^áii 
"sUs  exigencias,  iepitíó  lo  que  venía  proclamando  desde  «fñ 
{principio:  lá  faueigii  soto    ftSj^irabá  á  que  un  ttAúnal)  ootil- 


DE8DB    WABUIl»GT(»r  295 

puesto  de  personalidades  imparciales,  resolviera  las  diferen- 
cias produciendo  un  fallo  arbitral  inapelable.  Los  presiden- 
tes de  las  compañías  se  rehusaron  á  admitir  este  expediente 
de  equidad.  La  sesión  se  levantó  sin  que  el  asunto  que« 
dará  resuelto.  Pero  el  labrador  que  arrojara  al  seno  de 
las  filas  la  semilla  de  la  paz  era  demasiado  robusto  y  ezpe- 
rimentaifo  para  dejarla  perecer  en  el  fondo  del  surco.  A  los 
ocho  días  obtenía  completa  sanción  la  propuesta  suprema, 
y  ambas  partes  entregaban  á  la  sentencia,  que  se  acatará, 
de  media  docena  de  ciudadanos  distinguidos,  designados  por 
el  jefe  de  la  nación,  la  palabra  deñnitiva  y  pacificadora  en 
la  reñida  disputa.  Uu  obispo  católico  romano,  un  general 
retirado,  y  varios  peritos,  integran  ese  tribunal  de  honor, 
que  ha  instalado  la  sala  de  sus  deliberaciones  en  el  esce- 
nario de  la  batalla,  y  que  en  estos  momentos  desciende  de- 
mocráticamente al  fondo  de  las  minas  para  leer  mejor  el 
alegato  de  los  huelguistas  y  escudriñar  los  secretos  del  tra- 
bajo  negro  en   el   mismo  corazón   de  la    antracita. 

El  triunfo  alcanzado  ha  sido  enorme  y,  verdaderamente, 
uno  no  sabe  á  quién  adjudicar  la  parte  mejor:  si  al  que 
manda  ó  al  que  gobierna,  si  al  magistrado  que,  movido  por 
impulsos  de  alto  patriotismo,  baja  hasta  su  pueblo  para  es- 
cuchar sus  dolores  y  aplacarlos,  ó  al  pueblo  que,  sabiendo 
que  hay  jueces  en  Berlín,  sube  hasta  el  magistrado  para  en- 
tregarle el  memorial  de  sus  padecimientos.  Obtendrán  ó  no, 
satisfacción  plena  las  demandas  de  los  mineros;  la  pasión 
envenena  las  controversias  humanas  y  es  presumible  que  la 
equidad  que  se  busca  no  se  encuentre  en  los  términos  extre- 
mos de  la  ecuación;  pero,  lo  que  no  puede  dudarse  porque 
resalta  con  la  evidencia  de  los  argumentos  palpables,  es  que  la 
entrada  de  John  Mitchell  á  la  sala  del  Ejecutivo,  como  re- 
presentante aceptado  de  las  organizaciones  mineras,  importa 
una  victoria  moral  mucho  más  grande,  por  su  significado 
*  histórico,  que  la  alcanzada  sobre  los  sindicatos  unidos.  El 
presidente  de  la  república,  por  primera  vez  en  los  anales 
del  país,  ha  recibido,  reoonoctendo  perfectamente  correctas 
sos  oroáenctales  de  embajador,  al  presidente  de  obreros  hne)- 
goiatafl^.y  ha  conversado    con  él  sin  disimularle  aimpatía  ¡y 


296  LUIS  ALBBBTO  DE  HERRERA 

cousideraciÓD.    TieDen   sobradísimo  motivo  para  sentirse  con- 
tentos  los  protestantes,    paes   ya  se  les  ha   dado  personería 
jurídica  en  las  lides  sociales  y  para  ellos  el  poder  no  tendrá 
ya   garras,  siempre    que   el   derecho  ios    asista   en   sus   cam- 
pafias.     Por  lo  general,  la  mejor  manera  de  dominar  las  con- 
flagraciones   que    amenazan,  consiste    en  afrontarlas,   cara    á 
cara,  y  sólo  los  leguleyos  ignoran  el  beneficio  decisivo  de  los 
arreglos  francos,  previos  al  pleito.   Lustros  de  pruebas  tremen- 
das se  aproximan  para  las  naciones  mes  adelantadas  del  globo. 
£1    horizonte  se   descubre   opaco  y  parece    que    en  el   orden 
de  las  ideas  se  producirán  cataclismos  tan   desoladores,   aun- 
que no  tan   inesperados,  como    los    geoiógicos   que    en   estos 
momentos  hacen  vacilar  los   cimientos  de  la   triste  costra  so- 
bre la  que  arrastramos  nuestras   miserias.     Talvez    la    demo- 
cracia vea,  espantada,   surgir  islas   en  donde    antes    existían 
.precipicios  y  vice-veraa;  talvez   nos  toque    á  nosotros  ser  tes- 
tigos de   las  agitaciones  endemoniadas  de    nuevos  descamisa- 
dos; talvez  son  ya  muchas  las   turbas  enloquecidas  qiie,  bajo 
«1  látigo  de  brutales  instintos  desatados,  husmean   ya  las  me- 
morias espeluzantes    de  la    Comuna.     El    peligro    de    lejanas 
disoluciones  ahí  está,  y   acreditan   visión   de    estadistas  quie- 
nes lo  compnieban  y  lo    afrontan,  para   disiparlo,  adaptando 
su  conducta  al    espíritu    avanzado    de    la    época.    Apártense 
pretextos  al  crimen,    quítense    motivos    á    las    reacciones    del 
rencor,  óigase  al  débil,  préstesele  el  apoyo   que  se  merezca  y 
háblettele  con  sinceridad  que,  procediendo  así,    las   más  ame- 
nazadoras  trombas  se  convertirán  insensiblemente  en  chubas- 
cos de  verano.     Al  Rn  y   al   cabo,  las   muchedumbres  clamo- 
rosas  son  como  el   león  del  cuento  clásico:    si  se  les  arranca 
la    espina  clavada  en  la  zarpa  se    olvidan  de  atacar  y  lamen, 
agradecidas,    la    mano    que    las  ha  curado.    Por    eso  destaca 
digna,  sabia  y    ejemplar,  la    actitud  del    señor  presidente  de 
Iqs  Edtados  Unidos  al    encarar  con  decisión    el  grave    suceso 
7  acercarse  á  él,   para  resolverlo  felizmente,  en  vez  de  huirle 
como  á  la    lepra. 

Al  cerrar  estas  líneas  levanto  la  cabeza  y  miro  con  placer 
á  la  plaza  vecina,  condecorada  con  una  estatua  ecuestre,  per- 
dida durante  el  verano  en  el  fondo  del  follaje,  y  qoe  ako- 


DESDE    WASHINGTON  297 

ra  hasta  parece  encogerse  frío  en  la  mala  compañfa  de 
árboles  pelados.  Todavía  sigue  cajendo  esa  nieve  que  ayer 
hixo  su  aparición  de  novicia.  Nunca  la  había  visto.  Con- 
fieso que  con  curiosidad  esperaba  su  llegada.  Ella  no  ha 
faltado  á  la  cita  de  la  muerte  y  desciende  de  lo  alto,  en 
línea  recta  y  disciplinada,  como  si  se  deslizase  por  los  hilos 
invisibles  de  un  telar  encajado  en  las  cumbres  6  en  el  abis- 
mo de  lo  azul.  Cae  firme  y  silenciosa,  como  cae  el  tiempo, 
para  cubrir  de  pétalos  blancos  los  altares  marchitos  de  la 
natiuraleza,  cual  si  el  destino,  jugueteando  en  los  jardines 
del  empíreo^  se  entretuviera  en  deshojar  las  '  flores  de  sus 
rosales.  Cae  esponjada  y  leve,  primero,  para  adquirir,  luego, 
compacidad  de  hielo  y  ser  fuerte  como  las  rocas;  igual  á 
las  propagandas  honradas  que  también  cuajan  en  piedra 
después  de  ser  copos  inofensivos.  Su  vista  provoca  impre- 
siones encontradas;  alegra  y  entristece  el  espíritu,  á  la  vez. 
En  algunos  momentos,  pensando  que  en  la  presente  estación 
casi  toda  la  vida  orgánica  se  paraliza,  se  me  reproduce  el 
simbolismo  de  un  funeral  y  comparo  á  la  nieve  mensajera, 
qne  pasa  por  mi  ventana,  con  la  cera  derretida  que  gotea  de 
los  cirios  y  que  se  estampa  eu  forma  de  estrellas  sobre  el 
paño  negro  que  cubre  á  los  catafalcos.  Pero  también  se  me 
ocurre  que  esas  blancuras  que  ruedan,  más  inmaculadas  que 
el  azahar,  traen  socorros  de  pureza  á  esta  Tierra,  tan  me- 
nesterosa de  ideales  buenos,  cual  si  en  víspera  de  Navi- 
dad se  quisiera  lavar  de  manchas  la  fisonomía  sucia  de  nues- 
tro astro,  del  mismo  modo  que  suele  blanquearse  el  frente 
do  los  edificios  públicos  con  una  semana  de  anticipación  á 
los  festejos  nacionales.  Vehículo  de  inocencias  ó  de  agonías, 
sigue  cayendo  impertérrita  la  nieve  y  grabando  arabescos 
en  el  suelo  helado,  mientras — susurra  mi  pensamiento — alU 
abajo,  acariciada  por  un  sol  tropical  y  envuelta  la  gallarda 
cabeza  andaluza  en  tules  de  alegría,  resplandece,  como  una 
tiara,  esa  Montevideo,  que  da  el  contraste  y  moja  la  punta 
de  sus  zapatos  de  princesa  en  las  aguas  cristalinas  de  un 
río  como   mar! 


XIV 


El  Ooni^reso  Pan  Americano  —  Las  vicisitudes  del  arbitraje  —  Los 
fiíerzos  del  seAor  Lazo  Arriaga  -—  Beneficios  para  el  Uruguay  — 
La  industria  cafetera  ^  Angustias  en  los  mercados  productores  — 
Extraordinarias  medidas  preventivas  —  El  periodismo  yankee  —  Sus 
prodigios. 


Acaba  de  celebrarse  en  la  ciudad  de  Néw  York  la  con- 
ferencia internacional  americana  convocada  para  dÍBóutir  la 
situación  de  la  industria  cafetera  en  el  continente  y  propo- 
ner medidas  apropiadas  á  fin  de  arrancarla  de  su  precario 
estado  actual.  Tuve  el  honor  de  representar  á  la  república 
en  esa  asamblea^  á  la  cual  habían  mandado  delegaciones  to- 
das las  naciones  del  Nuevo  Mundo,  con  excepción  de  Chile, 
la  Argentina  7  Bolivia.  Antes  de  entrar  al  comentario  de 
la  labor  realisada  en  la  referida  oportunidad^  y  para  que 
tengan  coordinación  racional  estos  párrafos,  necesito  exponer 
los  antecedentes  diplomáticos  qne  dieron  origen  á  tan  plau- 
sible contacto  de  intereses  idénticos.  Algo  hay  que  decir, 
entonces,  sobre  el  Congreso  Pan  Americano  de  México.  Desde 
que  la  unidad  irreprochable  de  las  obras  de  arte  está  reñida 
con  estas  correspondencias,  que  no  son  obras  ni  son  arte,  y 
sí,  simplemente,  cartas  expontáneas  dirigidas  á  ustedes  por 
un  amigo  invariable,  sin  temor  á  ios  escrápulos  estéticos,  que 
no  rezan  con  nosotros  los  profanos,  voy  á  extenderme  algo 
en  la  apreCiaeión  dé  ese,  ya  célebre,  torneo  científico.  No 
«é  impacienten,  que  todo  irá  condensado  y  ocupando  el  menor 
éépeóio  posible,  como  te  haee  con  nuestro  dulce  de  leche— 
qjüíb  mpd  fio  encuentro— acondkáonádo  en  tarritos  de  lata^  á 


300  LÜI8  ALBERTO  DE  HERREEA 

caarenta  centásímofl  la  libra^  por  una  casa  especial  de  la  calle 
Buenos  Aires,  que   espero  volver  á  visitar. 

El  primer  Congreso  Pan  Americano  se  reunió  en  Washing- 
ton  á   fines  de  1889.     Allí  se  esbozaron  grandes  soluciones 
de  derecho   público.     Nada   complementario   se  había   hecho 
desde  entonces.      Comprendiendo   la   ventaja    de   coronar    lo 
iniciado,  el  presidente  Mac  Kinlej^  justo  diez  años  después, 
llamaba  la  atención  del  Congreso  sobre  €  las  numerosas  cues- 
tiones de  interés  general  y  beneficio  común  á  todas    las  re- 
públicas  de    América,    algunas  de    las    cuales   fueron   consi- 
deradas,   pero    no    definitivamente    resueltas,    en    la   primera 
Conferencia  Internacional  Americana  y  otras  que,  desde  enton- 
ces, han  adquirido  importancia».     Haciendo  pié  en  tales  evi- 
dencias, agregaba    en   seguida:    cque    le  parecía  conveniente 
que  las  varias  repúblicas  que  constituyen   la   Unión   Interna- 
cional de  las  Repúblicas  Americanas  sean  invitadas  á  cele- 
brar pronto  otra  conferencia  en  la  capital  de   alguno  de  los 
otros  países,  pues  los  Estados  Unidos  disfrutaron  ya  de  esa 
distinción».     Aceptada  inmediatamente  la  idea  y  consultada 
por  la  cancillería  del  norte  la  opinión  de  las  potencias   inte- 
resadas, sobre  el  punto  en  que  debía  reunirse  la  nueva  asam- 
blea, todas  las  preferencias  se  inclinaron  á  México;  y  México, 
la  ciudad  de  las    viejas  civilizaciones  imperiales,  fué  la  ele- 
gida.    Allí  se  reunieron  todos  los  plenipotenciarios  del  conti- 
nente y,  en  el  afán  fervoroso  de  llegar  á  soluciones  avanzadas 
en    los  distintos   órdenes   de   controversia  exterior,  trabajaron 
porfiadamente  durante   varios  meses.     El   fruto    de   aquellas 
luminosas  deliberaciones   se  resume  en  los  siguientes  trabajos 
concluidos:  un  protocolo — el  de  adhesión  á  las  convenciones 
de  La  Haya;    cuatro  tratados  —  sobre  patentes    de    invención, 
extradición  de  criminales,  reclamaciones  por  daños  y  perjuicios 
pecuniarios,  y  arbitraje  obligatorio;  seis  convenciones — sobre 
canje  de  publicaciones,  protección  de  obras  literarias  y  artís- 
ticas, formación  de  códigos  de  derecho  internacional,  ejercicio 
de  profesiones   liberales,  derecho   de  extranjería,  y  congreso 
geoghflico;     ocho    resoluciones — sobre   ferrocarril  pan-nmuri 
cano,  congreso  aduanero,  fuentes  de  producción  y  estadístioa, 
comercio    internacional,  reoiganizaoión  de  la  Oficina  Interna* 


DESDE    WASHINGTON  301 

cional  de  las  Repúblicas   Americanas^  policía  sanitaria^  comi** 
sión  cafetera,   y  futuras    conferencias   internacionales;    cuatro 
recomendaciones  —  referentes  á  banco  pan-americano,  comisión 
arqueológica,  museo  comercial  de  Filadelfia,  y    diccionario  de 
construcción  y  r^men  de  la  lengua  castellana. 

Como  queda  indicado,  la  Conferencia   acordó   que  se    con- 
vocara   á  una  reunión  para    discutir   los  medios   tendentes   á 
proteger  la  industria  del   café   y  á  poner  fín    á   la  crisis  por 
que  ella  pasa.  Fué  resuelto   también  que  ese  debate   proyec- 
tado   de    representantes,    autorizados    en  forma,    de   las   dos 
Amérícas,  tendría  lugar  en   New  York,    el   más  grande  mer- 
cado cafetero  del  universo,  dentro  de  un  año  contado   desde 
el   momento  de   la  sanción  de   la  idea.     Esa   importante   ini- 
ciativa perteneció  al   doctor   Antonio  Lazo   Arríaga,  delegado 
por   la  república  de    Guatemala  y    acreditado  ministro  pleni- 
potenciario  de  la  misma,  desde  hace   nueve  años,  ante  el  go- 
bierno de   los   Estados  Unidos.     Corresponde  que   me   ocupe 
aquí  de  tan  distinguida  personalidad,   y  lo   hago  complacido 
no  sólo  por    tratarse  de  un   experimentado    diplomático,  que 
goza  de  especiales  consideraciones  en  el   seno  de   la  sociedad 
de  Washington,  sino  también  por  ser  aquél  el  amigo  extran- 
jero   más    noble  y   generoso   que   tiene   el    Uruguay  eu   estas 
lejanas  tierras.     Por  lo  demás,  conviene  que   en  estas    mate- 
lias    la  opinión  de   las   naciones  sud-americanas   se   condense 
alrededor  de  sus  hijos  de  positiva  valía   en  asuntos  interna- 
cionales, cayendo,  para  siempre,  las  fronteras    del    aislamiento 
entre  ellas,    que    han   sido    más    legales    y    rigurosas  que    la 
gran   muralla  de  los  pobres  chinos.     Si    hechos   notorios    no 
dieran  fé    plenísima  de  la  veracidad  de  mis   palabras,  casi  no 
podría    ocuparme    in parcialmente  de  la  actuación   del  doctor 
Lazo     Arriaga    en    la   Conferencia   de   México,    pues   cultivo 
con  él   relaciones  muy    estrechas.     Suyo    fué  también  el  pro- 
yecto de  reorganización   de  la  oficina  de  las  repúblicas  ame- 
ricanas, que  tan  beneméritos  servicios  está  llamada  á  prestar 
cuando   se    comprenda    debidamente    por    los  interesados,   el 
objeto  práctico   á    que    responde;    y,  el   proyecto  de  creación 
de    una   corte    internacional    de    reclamaciones  para    resolver 
todas  las  diferencias   externas    fundadas  en  daños    y  perjuU 


962  LUIS  ALBEBTO  JDE  HSBSEBA. 

oíos  pecuniarios.  E^ta  ioioiativa  aaladable  fué  aprobada  por 
unanimidad  de  votos,  lo  que  ahora  abona  el  apoyo  entu- 
siasta que  ella  encontró  en  todas  las  delegaciones.  Por  otra 
parte,  es  digno  de  notarse  que  ese  tratado,  que  entraña  un 
señalado  triunfo  del  buen  sentido,  establece  el  arbitraje  obli- 
gaiorio  para  todas  las  cuestiones  de  índole  pertinente  que 
puedan  suscitarse  en  lo  sucesivo,  confiándose  el  fallo  al  tár 
bunal  de  La  Haya.  La  unificación  de  opiniones  en  la  forma 
acordada  merece  apuntarse  de  manera  muy  especial,  pues^ 
apartado  de  las  relaciones  entre  los  pueblos  de  este  hemis- 
ferio el  estorbo,  que  tantas  veces  ha  dejenerado  en  enojosos 
conflictos,  de  las  reclamaciones  de  interés  privado,  se  quita 
un  serio    motivo   de  divergencias  y  disgustos   vecinales. 

Pero,  con  todo  de  ser  ya  esto  mucho,  algo  de  mayor 
aliento  afin  debe  la  ge«itión  del  derecho  en  América  al  infa- 
tigable plenipotenciario  de  Guatemala.  Nadie  ignora  que, 
dadas  las  especialísimas  circunstancias  del  momento  histórico, 
asunto  más  trascendental  á  debatirse  era  el  del  arbitraje, 
aplicado  á  la  fijación  de  fronteras  é  interpretación  de  trata- 
dos. Cuando  la  Conferencia  de  México  comenzaba  sus  sesio- 
nes, había  llegado,  por  cuarta  ó  por  quinta  ves,  á  ser  muy 
alarmante  el  grado  de  tirantez  de  las  relaciones  entre  Chile 
y  la  Argentina.  La  primera  de  las  potencias  citadas  tenia 
en  pie,  más  ardiente  que  nunca,  su  vidriosa  cuestión  de 
límites  con  el  Perú  y  Bolivia.  Chile  ha  pretendido  siempre 
resolver  ese  punto  dudoso  sin  ocurrir  á  fallo  arbitral.  Ahora 
bien,  la  Argentina,  obrando  con  previsiones  de  futuro,  tanto 
en  el  pleito  del  Pacífico  como  en  el  pleito  andino,  era  par- 
tidaria del  arbitraje  obligatorio,  es  decir,  del  arbitraje  en  au 
acepción  más  simpática,  actitud  ésta  que,  á  la  vez  de  conquis- 
tarle el  aplauso  exterior  que  se  merece  una  política  liberal,  le 
creaba  solidaridades  muy  valiosas  eu  el  caso  desgraciado  de 
un  choque  guerrero  con  la  nación  chilena.  Alrededor  de  estas 
dos  tendencias  fundamentales,  claras,  precisas,  firmes,  debíaa 
de  girar  y  giraron  todos  los  debates.  Esa  rivalidad  de  pro- 
pósitos, al  absorber  las  actividades  y  el  esfuerzo  de  cada  lado^ 
al  extremo  de  hacer  olvidar  el  campo  de  las  aproximaciones 
neutrales    en    otros  temas    de    comentario    muy    distante   de 


DEn>E     WA8HINOTON  308 

•qnella  seria  disidencia,  perjudica  mucho  el  desarrollo  de  las 
tareas  de  la  Conferencia.  Más  afin,  estuvieron  á  punto  inmi*> 
nente  de  provocar  el  fracaso^  lamentable,  ruidosísímoi  de  la 
misma.  Veamos  de  qué  manera.  Desde  el  primer  instante 
quedaron  definidas  en  tres  campos  las  fracciones  divergentes, 
mediando  la  circunstancia  de  que  ninguno  de  los  grupos  arriba 
mencionados,  y  profundamente  divididos,  podría  constituir  ma- 
yoría sin  ageno  apoyo.  Esas  fracciones  se  caracterizaban  así: 
una,  repudiaba  las  soluciones  por  el  arbitraje,  (encabezada  por 
Chile);  otra,  la  sostenía  en  su  concepto  más  amplio  (dirigida 
por  la  Argentina);  pero  una  tercera,  integrada  por  elementos, 
no  del  todo  concordes  pero  animados  de  una  previsora  re- 
serva, se  mantenía  en  prudente  espectativa,  sin  vincularse  á 
ninguno  de  los  bandos  apasionados,  aunque  también  sin  ma- 
nifestarse, al  principio,  en  contradicción  abierta  con  ellos. 
Ese  grupo,  prescindente  de  todo  compromiso,  jugaría  papel 
decisivo,  pues  en  mérito  á  estar  en  sus  manos  el  hacer  ma- 
yoría, en  uno  ó  en  otro  sentido,  llegó  á  gozar  de  influjo 
evidente  en  la  preparación  de  las  resoluciones  definitivas. 
Pero  sucedió  que  como  los  grupos  adictos  á  las  aspiraciones 
argentinas  y  chilenas,  ambas  radicales  en  sus  alcances,  no 
obtenían  la  deseada  mayoría,  pues  ninguno  se  apeaba  de  sus 
absolutas  doctrinarias,  á  ningán  puerto,  ni  malo  ni  bueno,  era 
posible  arribar  porque  el  sufragio,  precioso  entonces,  de  al- 
gunos de  los  delegados  independientes  de  todo  compromiso 
en  colectividad,  no  resolvía  tampoco  este  relativo  empate  de 
ambiciones  políticas. 

A  este  respecto  y  para  afirmar  la  verdad  de  los  juicios 
que  anteceden,  inserto  en  el  siguiente  párrafo  la  opinión 
sobre  este  punto  emitida  por  un  distinguido  escritor:  cLa 
situación,  á  principios  del  mes  de  Diciembre,  no  podía  s^ 
más  desalentadora.  No  siendo  acogido  el  plan  de  la  dele- 
gación mexicana,  ni  la  idea  sugerida  por  la  de  los  Estados 
Unidos,  y  sin  buen  resultado  las  gestiones  hechas  sobre  otras 
bases,  era  evidente  que  ya  no  podría  alcanzarse  acuerdo  en 
cuanto  al  arbitraje  y,  como  éste  era  el  punto  principal  del 
programa,  todo  parecía  indicar,  por  entonces,  el  mal  éxito  de 
Ja  concordia.  Los  periódicos    así  lo  anunciaban,  el  cable  tras- 


304  LUIS  ALBERTO  DB  HERRERA 

mitfa  al  mundo  entero  las  desanímadoras  noticias,  y  nada 
tenía  eso  de  extraño  cuando  abrigábamos  las  más  serias  du- 
das los  mismos  que  ardientemeute  deseábamos  una  solución 
práctica  y  satisfactoria  para  todos.»  Para  esclarecer  cual- 
quier duda,  agregaré  que  el  plan  de  los  representantes  de 
México,  á  que  se  refiere  en  las  anteriores  líneas,  consistía, 
en  su  conjunto,  en  una  reproducción  de  la  Convención  de  La 
Haya,  pero  con  el  aditamento  lucido  de  establecer  el  arbi- 
traje obligatorio  para  la  solución  de  las  controversias  que, 
ۇ  juicio  exclusivo  de  algunas  de  las  naciones  interesadas, 
DO  afecten  ni  la  independencia  ni  el  honor  nacional.  El 
arbitraje  será  obligatorio  para  las  controversias  pendientes, 
que  en  el  momento  de  la  firma  ó  ratificación  del  tratado 
no  fueren  objeto  de  salvedad  especial  de  parte  de  alguna 
de  las  naciones  interesadas.»  A  primera  vista  sugestiva  la 
fórmula  cuyo  páixafo  culminanta  extractamos,  ella  también 
carecía  de  las  virtudes  necesarias  para  ser  aceptada  como 
eficaz  panacea.  Quienes  abogaban  por  el  arbitraje  absoluto, 
completo,  extendido  á  las  diferencias  pendientes  y  á  las  fu- 
turas, nada  querían  saber  con  la  parte  final  que,  en  home- 
naje palpable  á  la  cuestión  del  Pacífico  y  á  otras  limítrofes 
de  palpitante  actualidad,  proponía  que  se  reconociera  el  de- 
recho á  exceptuar  de  fallo  de  torceros  los  litigios  extemos 
determinados  taxativamente  al  suscribir  el  tratado  de  la  re- 
ferencia. 

Por  su  lado,  quienes  repudiaban  la  solución  arbitral  halla- 
ban muy  amplía  la  propuesta  de  México,  inspirada  en  la  más 
evidente  buena  voluntad.  También  se  observó  á  ella,  y  á 
buen  seguro  con  acierto,  que  eso  de  controversias  que  no 
afectan  ni  la  independencia,  ni  el  honor  nacional,  no  es  bas- 
tante preciso  y  deja  siempre  una  sombra  de  alcance  elástico, 
si  bien  es  cierto  que  en  otro  inciso  se  restringía  en  alguna 
parte  esa  posibilidad  de  interpretaciones  caprichosas  estable- 
ciendo que  c  no  se  considerarían  comprometidas  la  indepen- 
dencia ni  el  honor  nacional  en  los  casos  de  daños  y  perjui- 
cios pecuniarios  é  interpretación  ó  cumplimiento  de  algunos 
tratados.»  Para  caracterizar  mejor  la  objeción  aludida,  me 
permito  transcribir    cuatro   palabras    del  doctor  Cruz,  ilustre 


DRSDE    WASHINGTON  305 

guatemalteco,   delegado    en  la    primera  Conferencia   pan-ame- 
ricana de  1889,  que  oponiendo  escrúpulo  semejante,  pronunció 
conceptos  que,  aún  mutilados  como  los  incorporo,  corrido  por 
el    deber    sintético,    son   muy    expresivos.     Decía:    c  No   hay- 
cuestión,   sea  la  que  fuere,  de  la  que  no  pueda  decirse   que 
interesa  al  honor  y  dignidad   nacional,  y  dejar  el   recurso  de 
la  guerra   para  esos    casos  tanto   significaría   como   no  haber 
adelantado   nada.     Podría  pasar   con   las   naciones  al  calificar 
lo    que    compromete  su    honor,   lo    mismo   que   pasa  con    los 
duelistas:    el  motivo   niiís   insignificante    podría   ser    un    casns 
beUif  como  sería  un   lance    de    honra  para   un  espadachín   el 
que  no  se  le  hubiese  saludado  con  profunda  cortesía,  el  que 
se   le  hubiese  dirigido  una  mirada  que  él   calificase   do   pro- 
vocativa y  otros  tantos  hechos  del  mismo  tenor.»      También 
conviene  agregar,  de    paso,  que  la  idea   lanzada  por  los   Es- 
,  tados    Unidos   se   reducía  íí    que   las   potencias  americanas  — 
todas    excepto  Norte   América   y   México  —  que    no   hubiesen 
firmado  la  Convención  de  La  Haya,  se  adhieran   á  ella,  ce- 
rrando  así  el  punto    en   debate.      Esta  propuesta,   hecha   en 
privado,  fué  recibida  aun  con  mayor  desgano  que  la  anterior,^ 
pues  se  argumentó,  atinadamente,  que  para  darse  por  satisfe- 
chos con  tan  escaso  fruto  más  valiera  no  haberse  congregado. 
Fué  á  esta  altura  de  los    sucesos,    cuando  se  perfilaba  el 
epílogo  deplorable  de  una  disolución  anárquica  de  la  Confe- 
rencia, que  el  doctor   Lazo  Arriaga   salvó,  fuera  de  duda,  la 
situación,  proponiendo  una  nueva  fórmula  que,  bosquejada  con- 
fidencialmente   á    los  delegados    de    México,    que    veían   con 
profundo  disgusto  la  probabilidad  de    un   fracaso  en  su  país, 
mereció  ser  entusiastamente  aprobada,  previa  introducción  de 
dos    modificaciones    de    forma    y    complementarias.     Estando 
constatado    que    era    una   quimera   pretender    unificar    en    el 
cuerpo    de  una  sola   resolución    el   interés   de   diez  y    nueve 
naciones  entre  las  cuales    algunas,  hasta  por  pique  de  pasión 
colectiva,  estaban  en  abierta  y  sostenida  disidencia,  el  pleni- 
potenciario de   Guatemala    propuso   que,    en    primer   término, 
todas  las  delegaciones   celebraran   un   tratado    de  adhesión    á 
las   tres   convenciones   firmadas    en    La    Haya,    incorporando, 
en   consecuencia,  los  principios  consignados  en  ellas  al  derecho 

20 


306  LUIS  ALBBSIO  1>E  BSRBKRA 

público  americano.  La  aceptación  del  arbitraje  volitDtart«>  allí 
sustentado,  por  nadie  podría  ser  resistido  racionalmente  y  no 
creaba  compromisos  de  ningún  género.  En  sogundo  término, 
indicó  la  conveniencia  existente  de  que  los  países  partíds- 
ríos  del  arbitraje  obligatorio  siiscríbieran  en  ese  sentido  un 
tratado  con  base  comfin.  Elste  plan  fué  aceptado  con  satis- 
facciones de  alivio.  A  todos  coneiliaba  y,  sobre  todo — que 
era  lo  más  importante,  —  á  la  vez  de  quitar  sello  estéril  á 
la  Conferencia,  daba  resonancia  internacional  á  sus  conclusio- 
nes. Determinar  el  carácter  del  tratado  último  suscrito,  sus 
dos  articules  iniciales.  El  1.®  recoje  el  texto  de  la  fórmula 
mexicana,  pues,  por  necesidades  de  transacción,  determina 
que  Krr<n  objeto  de  arbitraje  obligatorio  las  diferencias  que 
« no  afecten  ni  la  independencia  ni  el  honor  nacionales.» 
Pero  el  artículo  2.®  corrige  el  vicio  de  vaguedad  ya  refe- 
rido, agregando  que  c  no  se  considerarán  comprometidos  ni  la  • 
independencia  ni  el  honor  nacionales  en  las  -  controversias 
sobre  privilegios  diplomáticos,  límites,  derechos  de  navegación, 
y  validez,  inteligencia  y  cumplimiento  de  tratados.»  Como 
fácilmente  se  nota,  se  mejora  en  mucho  el  artículo  semejante 
de  la  primitiva  redacción  mexicana,  incorporando  á  los  asun- 
tos que  deben  someterse  á  arbitraje  obligatorio  los  de  límites, 
sin  restringir  la  aplicación  de  ese  principio  á  los  oasos  futu- 
ros de  divergencia.  También  á  los  actuales  alcanzaba  el 
temperamento   arbitral. 

Este  triunfo  diplomático  del  doctor  IjSzo  Arriaga  señala  un 
antecedente  muy  hermoso  que  la  Conferencia  creyó  deber  jus. 
ticiero  constatar,  de  manera  oficial,  como  lo  comprueba  el 
acta  de  la  sesión  del  20  de  Enero  que,  en  su  parte  proce- 
dente, dice  así:  «S.  E.  el  señor  Presidente  expuso:  como  un 
acto  de  justicia  debo  hacer  una  adición  al  discurso  que  pro- 
nunció en  la  sesión  anterior  el  Hon.  señor  Pardo,  al  dar  las 
gracias  á  S.  E.  el  señor  Guachalla  por  sus  afectuosas  frases 
de  reconocimiento  á  los  propósitos  y  trabajos  de  la  delegación 
mexicana,  que  han  dado  por  resultado  el  desenlace  feliz  de 
la  delicada  cuestión  del  arbitraje,  sin  dejar  huella  de  resen- 
timiento ni  de  amarguras.  Esa  adición  se  refiere  á  haoer 
constar,  de   una  manera  pública,  la  parte  muy  importante  que 


]>E8DE     WASRINOTOV  907 

i^orresponde  en  el  éxito  obtenido  al  Hon.  sefior  1a80  Amaga, 
delegado  de  Guatemala,  que  fué  el  iniciador  de  la  idea  fun- 
damental de  celebrar  dos  convenciones,  la  una  de  arbitraje 
voluntario  con  las  naciones  que  así  deseaban  estipularlo,  y 
la  otra  de  arbitraje  obligatorio,  más  6  menos  restringido, 
<;on  aquellas  que  no  estimaban  bastante  para  sus  conviccio- 
nes la  fórmula  facultativa.  Comunicada  la  idea  de  S.  E.  el 
aefior  LazQ,  Arriaga  á  la  delegación  mexicana,  desde  los  pri- 
meros  dfas  de  Diciembre,  cuando  precisamente  habían  lle- 
gado á  su  colmo  los  temores  de  no  lograrse  acuerdo  alguno 
entre  los  grupos  diversos  en  que  se  encontraban  divididas 
las  opiniones,  ella  dio  origen  á  las  negociaciones  que  ense- 
guida se  abrieron  por  esa  nueva  vía  y  cuyo  resultado  co- 
noce la  Conferencia».  Todas  las  potencias  representadas, 
excepto  Chile  y  el  Ecuador,  suscribieron  la  adhesión  á  las 
convenciones  de  La  Haya.  En  cuanto  al  tratado  de  arbi- 
traje obligatorio  lo  fírmaron  la  Argentina,  Bolivia,  Perú  y 
Paraguay,  que  desde  el  principio  habían  marchado  compactas, 
y  México,  el  Salvador,  Guatemala,  Uruguay  y  Santo  Do- 
mingo, que  sin  estar  de  manera  alguna  en  pugna  con  la  te- 
sis, habían  preferido  mantenerse  en  expectativa  frente  á  las 
agitaciones  de  los  bandos  divergentes. 

De  todo  lo  expuesto  se  deduce  fácilmente  que  la  Confe- 
rencia, apesar  de  los  vaticinios  desconsoladores  que  presidie- 
ron á  su  nacimiento  y  apesar  de  los  momentos  críticos  porque 
pasó,  pudo,  gracias  al  esfuerzo  inteligente  y  cordial  de  algu- 
noe  espíritus  serenos,  cumplir  fructuosamente  su  cometido 
internacional.  A  ese  propósito  traduzco  el  siguiente  párrafo 
tomado  del  informe  de  los  delegados  americanos  á  su  go- 
bierno: cNo  es  ofensivo  para  la  primera  Conferencia  inter- 
nacional el  hecho  de  manifestar  que  la  labor  de  la  segunda 
será  de  más  provecho  práctico  para  los  gobiernos  interesados. 
Ijbl  adhesión  de  las  repúblicas  á  las  resoluciones  de  La  Haya 
j  la  sanción  del  proyecto  de  arbitraje  para  los  reclamos  pe- 
cuniarios, quedarán  como  constancia  del  progreso  más  notable 
qne  se  ha  alcanzado  en  sentido  de  arreglar  en  forma  pacífica 
las  controversias  entre  las  naciones  del  hemisferio  occidental.» 
ir   los  hijos  de  este  país  no  son  gente  que  alaben  por  com- 


906  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

placencia  amable.  No  dicen  nada  esos  mÍ8inoa  firmantes  so* 
bre  el  tratado  do  arbitraje  obligatorio  aplicado  á  las  cuestiones 
políticas,  por  no  haber  intervenido  los  Estados  Unidos  en  ese 
acuerdo  parcial.  De  las  nueve  naciones  que  aceptaron  el  ar- 
bitraje obligatorio,  ¿cuáles  resultan  más  favorecidas  por  esa 
victoria  de  la  cordura?  No  son,  seguramente,  las  que,  en  re* 
lación,  merecen  el  título  de  fuertes,  ac}uellas  que  por  su  vo- 
Iñmen  territorial  y  de  población, —  sólo  por  eso, — destacan 
en  el  mapa  continental.  Reconocida  la  verdad  de  esta  afir- 
mación, cuyo  relieve  no  escapa  al  más  elemental  raciocinio, 
se  sienta  ipso  fado  otra  al  agregar,  como  consecuencia  ló«> 
gica,  que  los  países  pequeños, — en  tamaño  material  sólo  — 
resultan  beneficiados,  en  primera  línea,  por  la  solución  jus* 
ticiera  de  la  referencia.  Las  ventajas  mayores  se  acumulan 
decididamente  en  favor  de  Guatemala.  En  efecto,  ella  ha 
tenido  y  todavía  no  están  resucitas,  dificultades  fronterizas 
con  El  Salvador,  al  sur,  y  con  los  Estados  Unidos  mexica- 
nos, al  norte,  dificultades  que  en  especial,  por  lo  que  res- 
pecta á  la  última  potencia  citada,  hicieron  inminente  el  con- 
flicto armado  en    tres   distintas   oportunidades. 

Pues  bien,  ella  puede  halagarse  de  haber  conseguido  traer 
al  terreno  favorabilísimo  de  los  fallos  arbitrales  obligatorios  y 
á  sus  dos  vecinos  pleitistas,  al  débil  y  al  fuerte,  ya  hoy 
de  temibles  capacidades  belicosas.  ¿  Puede  discutirse  la 
evidencia  de  este  éxito  trascendental  para  aquel  país?  Vea- 
mos cual  le  sigue  en  provecho.  No  es  á  ciencia  cierta  la 
república  de  Santo  Domingo,  que  presenta  á  tres  vientos 
divisorias  incuestionables,  como  que  las  delínea  el  mar 
en  todo  su  apogeo  océantico.  Al  oeste  limita  con  Haití,  pe- 
ro ningún  debate  internacional  separa  á  estas  diminutas 
potencias  hermanas,  prisioneras  dentro  de  una  isla;  y  la  me- 
jor prueba  de  ello  la  da  el  hecho  expresivo  de  que  los 
mismos  delegados  las  representaron  en  el  seno  de  la  Con- 
ferencia. Tampoco  lo  será  El  Salvador  que  nunca  ha  po* 
dido  abrigar  respecto  de  Guatemala  los  temores  que  ésta 
alimentó  con  relación  á  México,  apesar  de  que  la  naciona- 
lidad citada  también  salió  gananciosa.  ¿Corresponderá  el  se- 
gundo puesto  al  Perú,  cuya  conducta  sólo  señala  un  esfuerzo 


DBSBE    WASHINGTON  30^ 

platónico,  paes  ni  Chile  ni  Ecuador — con  los  qae  discute 
en  forma  grave  desde  tiempo  atrás — entraron  por  el  aro 
arbitral;  6  á  Bolivia  que  determina  un  caso  semejante;  6  á 
la  Argentina,  sólo  empefiada  ^n  dejar  testimonio  sugestivo 
de  sus  tendencias  doctiinarías  frente  á  la  dureza  de  los  pro- 
cederes trasandinos?  Tal  vez  pertenezca,  en  simultaneidad  de 
beneficios,  al  Paraguay  y  al  Uruguay,  y  lo  afirmaríamos  si 
el  Brasil  hubiera  suscripto  el  tratado,  de  lo  que  fué  privado 
debido  á  la  muerte  inesperada  y  fatalísima  de  su  represen- 
tante, el  doctor  José  Hygino  Duarte  Pereira,  pues  eran  cono- 
cidas las  opiniones  bien  inclinadas  y  liberales  del  mencio- 
nado jurista.  Funda  ese  aserto  la  circunstancia  evidente 
de  haber  aceptado  uno  de  sus  dos  fronterizos  el  tempera- 
mento arbitral  obligatorio.  ¡Qué  triunfo  se  alcarzaría  si  el 
otro  llegara  á  los  mismos  extremos  plausibles,  como  lo  hu- 
biese h<icho  expontáneamente,  con  toda  probabilidad,  á  no 
mediar  la  desgracia  preindicada! 

Pero  desbrozado  un  tema  tan  interesante  como  el  que  acabo 
de  recorrer   sin  aceptar  estaciones,  volvamos  á  nuestro  punto 
de  partida,  A  ese  café   que    dejamos    abandonado   y  en  ebu- 
llición al  empezar  estas   páginas,  infiriéndole  serio  perjuicio  y 
cargando  la  misma  responsabilidad  culinaria  del  pinche   que, 
desobedeciendo  órdenes,  deja  demasiado   tiempo  sobre  el  fuego 
una  fuente  y  la   encuentra   reseca    cuando    vuelve,  ya  tarde, 
por  ella.     En    mi  obligada  ausencia,  ¿habrá  perdido  su  aroma 
d    rico   líquido    tonificante   preparado   por    roí,   expresamente 
para   ustedes,    y    que   dejé  humeante  sobre  la  plancha  de  la 
cocina,  mientras  iba  á  la  alacena  por    las  tazas  y  cucharas? 
Aunque   de    buenas    intenciones    está    empedrado   el    camino 
aquel,    desagradable    en  este  caso,    no    renuncio    á    invovar, 
como  atenuante,  las  mías.     Para  apreciar  el  creciente  alcance 
qne   van  teniendo  en   América    las    cuestiones    económicas  y 
hasta  donde  llega  ya  su  repercusión,  necesito  transcribir  aquí 
el   texto  de  uno  de  los    fundamentos  aducidos  por   el  doctor 
Laso   Arriaga  al  presentar  á  la  Conferencia    su  proyecto  ca- 
fetero.   Dice  así:     «El  problema  que  la  crisis  del  café  plan- 
tea no  es  sólo   un  problema  comercial  sino  también  un   pro- 
blema económico,  político  y  social.    La    baja   en    el   jprecio 


310  LUI6  ALBEBTO  DE  HKBBKRA 

del  café  ha  dísminufdo  considerablemente  los  ingresos  del 
tesoro  de  algunos  países  americanos^  y  quizás  debe  verse  en 
ella  la  causa  de  algunas  revoluciones  que  afligen  á  varios  de 
los  referidos  países  y  que  bien  pueden  explicarse,  en  gran 
parte,  por  la  pobreza  y  la  miseria  que  en  ellos  reina,  coma 
resultado  de  la  terrible  situación  porque  atraviesa  la  indus- 
tria  cafetera».  Valientes  verdades,  rudas  verdades,  que  lie* 
gan  á  nuestros  oídos  con  inflexiones  extrañas  porque  no  existe 
el  hábito  de  calificar  así,  de  manera  científica,  el  origen  de 
muchas  calamidades  públicas  que  malamente  se  cubren  el 
rostro  con  máscara  de  política  y  de  pasiones  de  divisa. 

La  base    exacta   de   los    asertos    del  doctor  Lazo    Arríaga 
está  á  la   vista,  con   la   evidencia   de    las   cosas    fehacientes. 
Mucho  tiempo  después  de   haber   sido  emitidos,  los  abona  el 
caso   doloroso  de  Venezuela,   en   perpetua  anarquía,   en  inso- 
luble  conflicto  interno,  gracias  al  malestar  nacional  decretado 
por  los    desastres    económicos.     £1   precio    del   café,  que  ha 
descendido    en    los    grandes    mercados,    de    veinte    y    tantos 
centesimos  á  ocho,  y  menos,  no  promete  ningún  repunte  favo- 
rable, y   esta  caída  tiene   proyecciones   de   catástrofe   en    los 
países  productores.     Tal   es   lo  que  sucede  en  Venezuela,  en 
donde  al  presente  brinda  más   beneficios  el   desorden  que  la 
paz  exaltada  por  la  miseria.    Pero  en  otro  escenario  el   per- 
juicio exhibe  rasgos  más  considerables.   Me   refiero  al  Brasil, 
que   produce,  él  solo,  todo   el  grano  exigido  por   el   consumo 
en   el  mundo.     Puesta  frente    á  la  suya   toda  la    producción 
centro  y  sud-americana  y  agregándole   la  de  Arabia,  Java  y 
Ceylan,  ese  -total  enorme    de  sacos  apenas    cubre   una    mitad 
de   la   oferta  brasilera.     ¡Si   tendrá  motivo   para  preocuparse 
ese  país  de  las  cotizaciones  de   su  fruto  sabiendo  como  sabe 
que  en  ellas  descansa  mucha  parte  de  la  salud  de  la  fortuna 
privada!    Para  encarnar  el  alcance  de  los  daños  que  origina 
esta  baja  continuada,  que  se  viene  operando  desde  hace  algu- 
nos  años,  concíbase  que  el  precio  de  un  cafetal,  antes  valio- 
sísimo, ha  mermado  casi  en  dos  terceras  partes,  por  la  sen- 
cilla razón-^  que  el  rendimiento  de  los  plantíos  ha  sufrido 
idéntico  descenso.    Supóngase  lo    que  significa  para    un  pro- 
pietario que  hasta  ayer  tenía  en  sus  fincas   un    valor  repre- 


DESDE    WASHINOTON  311 

96Dtativo  de  alto  caudal  y  que  de  repente^  8in  culpa  que  le 
sea  imputable,  sin  una  mala  cosecha,  se  encuentra  que  hoy 
DO  le  pagan  cinco  por  lo  que  ayer  valía  más  de  diez!  Y  si 
sumamos  por  millares  el  número  de  los  faxe^ideiros  sacrifi- 
cados,  ¿no  alcanza  á  dibujarse  el  espectáculo  desconsolador 
de   una  ruina  geheral  é  inmerecida? 

Adelanto  estos  comtmtarios  para  poner  de  manifiesto  la  im- 
portancia trascendental  del  esfuerzo  aunado  que  acaba  de 
operar  su  primer  ensayo.  Presidió  la  Conferencia  Mr.  Perey 
O.  SuUiván,  jefe  de  la  Bolsa  de  Café  de  New  York.  Las 
tareas  se  prolongaron  por  veinte  días,  sin  que  se  trabaran 
grandes  debates.  Son  tan  claros  los  términos  siniestros  de 
la  crisis  y  tan  palpables  en  todas  las  zonas  productoras  sus 
tremendos  efectos,  que  á  nadie  hubo  que  convencer  de  la 
necesidad  imperiosa  que  existe  de  atacar  enérgicamente  el 
mai.  La  mayoría  de  las  delegaciones  presentaron  informes 
demostrativos  del  estado  de  la  industria  cafetera  de  sus  res- 
pectivos países.  Aunque  el  Uruguay  no  cuenta  con  una 
sola  planta,  en  razón  de  su  clima  suave,  pude  decirlo  así 
airosamente  y  acompañar  datos  estadísticos  sobre  ¡a  im- 
portación del  café,  ])roccdencias,  clases  preferidas,  precio  y 
embalaje,  gracias  á  un  informe  del  Departamento  de  Agricul- 
tura, muy  correcto  por  cierto,  que  había  tenido  el  cuidado 
de  solicitar  con  mucha  anticipación.  Aquí,  en  concepto  ge- 
neral, no  se  cree  en  la  eficacia  de  los  servicios  técnicos 
oficiales  de  Sud  América,  y  por  eso  convienen  y  dan  pres- 
tigio serio  todos  los  testimonios  dignos  de  lo  contrario.  De 
las  muchas  resoluciones  adoptadas  por  la  Conferencia  indicaré 
las  más  importantes^  pues  ellas  señalan  el  carácter  de  las 
opiniones   dominantes  en  su  seno. 

Acordóse  recomendar  á  los  gobiernos  el  establecimiento  de 
institutos  agronómicos  y  de  jardines  botánicos  de  experimen- 
tación, con  el  fin  de  aclimatar  y  propagar  nuevos  tipos  de 
café;  la  creación  de  premios  para  estimular  otros  cultivos; 
la  distribución  de  buenas  semillas  para  conseguir  frutos  más 
selectos;  la  enseñanza  práctica  á  los  labradores  de  los  mé- 
todos modernos  y  perfeccionados  de  laboreo;  el  castigo  se- 
vero   de    quienes,  con    propósitos  fraudulentos,    cambian   las 


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DESDE    WASHINGTON  313 

formulada  por  el  importante  gremio  de  molineros,  las  ges* 
tiones  de  las  fábricas  de  Liebig  y  la  inbtalacitfa  impuesta  de 
los  frigoríficos^  reducción  de  derechos  exportadores  á  la  carne, 
etc.  Respondiendo  á  las  explicables  alarmas  de  las  nacio- 
nes cafeteras,  la  conferencia  se  ha  lanzado  en  una  senda 
decididamente  proteccionista,  al  extremo  de  que  no  ha  fal- 
tado quien  propusiera  el  establecimiento  de  tarifas  de  reta- 
liación á  países  que^  como  Francia  é  Italia,  castigan  mucho 
la  entrada  del  aromático  grano.  Las  bases  aeonsejadas  po- 
seen un  timbre  de  singular  energía  económica  y  revelan  la 
intensidad  de  las  angustias  locales  á  que  ellas  responden. 
Esa  recomendación  última  que  propone  la  eliminación,  por 
medios  artificiales^  del  exceso  de  la  oferta,  es  realmente  he- 
roica y  quedará  como  curiosa  constancia  de  los  sacrificios 
violentos  á  que  puede  conducir  la  extraordinaria  fuerza  pro- 
ductora de  la  natnraleza.  Ella  abre  generosa  sus  entrañas 
al  cultivo;  ella  rinde,  con  creces,  el  fruto  perseguido  y  lu^o, 
las  necesidades  crueles  del  comercio,  llevan  á  echarle  en 
cara  ese  su  hermoso  delito,  el  de  ser  una  madre  infatigable  y 
fecunda!  ¿Pero,  afin  confirmada  la  conveniencia  del  proyecto 
á  que  refiero,  se  encontrará  el  medio  práctico  de  determinar 
el  superávit  de  la  oferta,  cuando  está  tan  repartido  el  interés 
común?  ¿Invocando  qué  derechos  se  arrebata  su  producción  á 
estos  ó  á  aquellos  propietarios?  ¿Los  gobiernos  se  convierten  en 
compradores?  El  punto  es  complejo  y  queda  como  un  ejemplo 
útil  al  alcance  de  las  agenas  tribulaciones.  Y  mientras  el  reme- 
dio á  ellai«  se  encuentra,  se  debe  agregar  que  la  situación  cafe- 
tera empeora,  pues  la  base  ya  existente  de  diez  millones  de 
sacos,  sin  colocación  posible  hoy  por  hoy,  va  en  aumento  coa 
firmeza  paulatina  y  con  la  misma  firmeza  bajan  las  cotizacio- 
nes universales.  ¡Grave  problema!  La  próxima  Conferencia 
sobre  el  asunto  se  realizará  á  invitación  del  Brasil,  ese  Le- 
viatan  de  la  industria  cafetera.  Apesar  de  lo  aburrido  del 
tema,  abrigo  la  esperanza  de  que  todavía  quedarán  despiertos 
algunos  de  mis  lectores  en  virtud  de  que  mi  despiadada  in- 
sbtencia  los  habrá  tentado  á  beber,  con  el  pensamiento,  una 
deliciosa  taza  de  Yungas,  ahuyentando  así  los  avances  del 
suefio,  por  esta  vez  tan  sólo. 


314  LUIS  ALBESTO  DB  HKHBKRA 

Para  atenuar  faltas  cambiaré  de  decoracionefl.  Peca  de  evi- 
dente mal  gustOy  quien,  conversando  en  horas  de  esparcid 
miento  con  un  confitero^  elige  como  tema  de  su  cháchiura  los 
caramelos  y  las  hojaldras.  ¡Qué  hartazgo!  Perteneciendo  los 
señores  periodistas  al  gremio  de  los  fabricantes  de  golosinas^ 
de  las  mejores  golosinas,  pues  á  diario  nos  aderezan  y  nos 
brindan  á  precio  ínfimo  y  en  bandejas  de  bautiEO,  las  noticias 
de  sensación,  devoradas  por  el  espíritu  con  deleite  sibarítico, 
estoy  convencido  de  que  no  acredito  habilidad  diplomática  ha- 
blando aquí  de  lo  que  es  la  prensa  en  Norte  América*  Pero 
el  señor  director  me  disculpará  este  resbaloncito  de  chambón 
social,  recordando,  otra  vez,  que  estas  crónicas  son  familiares, 
y,  á  la  sombra  de  la  confianza,  que  tiene  holguras  insuperables 
de  poncho  patrio,  se  pueden  decir  muchas  cosas  que  en  otro 
terreno  serian  inoportunas. 

Es  indudable  que  la  prensa  del  Bío  de  la  Plata  alcanza 
hoy  un  grado  muy  distinguido  de  cultura  y  de  perfecciona- 
miento material.  Con  todo  de  su  reputación  meridiana,  ya 
quisiera  Le  Temps  tener  prestada,  para  lucirse  un  domingo» 
la  fisonomía  amena  y  sugestiva  de  La  Nación  de  Buenos 
Aires.  Diarios  mejor  hechos  que  éste  último  me  parece  difícU 
encontrar.  Aunque  no  tanto,  algo  semejante  puede  decirse, 
sólo  en  cierto  sentido,  de  los  periódicos  montevideanos.  Y,  sin 
embaído,  ellos  están  muy  lejos  de  sus  colegas  neoyorkinos  que, 
en  mi  concepto,  dan  la  último  palabra  en  el  asunto.  No  esta- 
bleceré el  paralelo  entre  el  estilo  de  la  redacción  que  campea 
en  las  columnas  de  los  unos  y  en  las  columnas  de  los  otros, 
pues  nada  tendría  que  observar  por  ese  lado.  Nuestros  dia- 
rios ya  han  perdido,  felizmente,  ese  carácter  personal  de  otros 
tiempos,  y  ya  ellos  no  sirven  de  desahogo  á  las  pasiones  par- 
ticulares con  toda  su  descendencia  de  improperios.  La  dife- 
rencia fundamental  estriba  en  la  manera  de  hacer  el  diario. 
Por  lo  pronto,  se  tiende  á  reducir  el  formato,  como  si  la 
evolución  aspirara  á  transformar  la  hoja  callejera  de  antes,  en 
una  serie  nutrida  de  páginas,  en  un  gran  folleto  que  sintetice 
todas  las  palpitaciones  cotidianas  del  corazón  popular.  Luego 
se  han  agotado  todos  los  recursos  imtiginablea  para  dar  varie^ 
dad  al  órgano  de  publicidad.   Al  ea^resarme  así  no  me  refie- 


DE0DB    WASHIirCKrON  315 

ro  á  diaríofl   del    carácter  solemne  del  The    Sun  y  Tribufie, 
cuya  venta  no  se  pregona  y  que  dif  tcUmente  abandonarán  sus 
atributos   de   venerables   consejeros  de  la  opinión.    Tengo  sí 
presente  al  New  Tork  Herald,  con   su   admirable  suplemento 
de  cuarenta  y  ocho  páginas  domingueras;   al  American  Jour* 
nal,   al    New  York   Journal,   y    á  esa  falange    multicolor  de 
colegas  suyos  que  ayudan   también   á  llevar  toques   de  clarín 
hasta  los  confínes^  divulgando  la  notoriedad  de  las  chismogra- 
fías metropolitanas.     Ellos  echan  mano  de  todos  los   recursos 
atrayentes  para  conquistarse   los  favores   del   público,  y  como 
la    curiosidad    es    llave    maestra    que    abre    los  bolsillos  más 
prevenidos,    á    despertarla    se    dirigen    todos    los    esfuerzos 
de    Ja    redacción.     Empe&ados    en    este    propósito    no    eco- 
nomizan   el    papel;    ni    temen    ocupar    mucho   espacio.     Em- 
pecemos  por    los    sueltos    do  especial  resonancia;^  ya  sea  un 
acontecimiento    político,    una    huelga,    un     escándalo     admi- 
nistrativo, ó  un  crimen  de  detalles  espeluznantes,  se  le  enca- 
beza con    títulos    llamativos    en    los    cuales   cada  letra   mide 
un   decímetro  de  largo.     Si  la    crónica    de   sensación  excede 
de    media    columna,  se   la  interrumpe,  á  lo  mejor,  advirtién- 
dose  al  pie  del  último  párrafo   mutilado — como  si  se  tratara 
de  un  folletín — que  la  sabrosa  lectura  continúa  en  la  página 
tercera  ó  cuarta,  y,  como  si  esto  no  bastara,  se  agrega  toda- 
vía pimienta    al  asmito    espolvoreando,    con  sub-títulos    esti- 
mulantei>,   el   resto  de  su  comentario.     Las   tintas  de  colores 
juegan   papel   muy  i  Ai  portan  te   en  ese  afán  porfiado   de    hip^ 
notización.     El   rojo  y   el  azul  se    tocan  á  cada    momento  y 
hasta  suelen  abraznrse  en  caractere:!  superpuestos.     En  cuan- 
to   á   los    editoriales,   puede    asegurarse    que    ellos    están  en 
decadencia.    Han    sido   sustituidos,   ventajosamente    para    los 
autores,   que   ya   no    necesitan    fatigarse   hilvanando    párrafos 
macizos,  y  para  el  lector,  que  ya  no  pierde  su  tiempo  empa- 
pándose en  ajenas  y  difusas  divagaciones,  por  las  notas  lige- 
ras  de  actualidad,  por  la  apreciación  rápida  y  juguetona  de 
las   cuestiones    de    relieve,   siempre    concisa,    siempre    apura- 
da,   comprendiendo   que   el  chu  del   gran  éxito  cousiste  en 
ésto,   como  en   otras    cosas,    en   interrumpir   la  verba    agrá** 
dable  á  tiempo,  en  no  castigar  con  ehicubraeiones  de  diccio*- 


316  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

nano  el  espíritu   del   saseriptory  en  retirar  de  sos   labios   la 
cucharada  de  postre    dejando  buena    memoria  palatina  antes 
de  que  él,  hastiado,  la  rechace.     ¿Quién  se  atreverla  aquí  á 
tratar  en  artículos   numerados  y  sucesivos  las  cuestiones  do- 
minantes, por  arduas  que  sean?     Lo   que    el  pfiblico   quiere 
y  lo  que  el  editor   hace,   interpretando  sagazmente    sus  dén- 
seos,   es    un   principio  y    un  fin,  muy    próximos    el  uno  del 
otro,  ligados   por   dos   eslabones  ligeros,   flexibles,  artísticos. 
Pero  más  todavía:   al  revés  de   lo  que  ocurre  entre  nosotros, 
esas  mismas  notas  editoriales    van    al  fin  de  la  composición, 
como  si  se   entendiera — y  bien—que  primero  debe  ganarse  al 
lector  ofreciéndole  temas   amenos,   ruidosos,  de    índole  nove- 
lera; y  luego,  distraerlo    con    otros    materiales  menos    palpi- 
tantes,   combinados    en  hábil    climax   ascendente,  para  llegar, 
sin   sentirlo,  al  coronamiento  de  la  condimentación,  represen- 
tado por  aquellos  rasgos  finales  que  cierran,  con  un  gesto  sa- 
tírico    aplicado    á    cosas    muy    serias,    la  impresión   general. 
Pero  la  fotografía,  extendida  á  los  más  diversos  campos;  ese 
conocido  y    simplificado    recurso  que  hace   perdurable   el  re- 
cuerdo de   las  impresiones  que  desfilan    atropelladas   por    las 
avenidas  de  la  realidad,  ha  sido   aceptado  como  un  precioso 
aliado  por  la    propaganda   impresa    que    confirma,  con   exce- 
lentes instantáneas,  la  elocuencia  descriptiva   de   las  crónicas* 
Así,   las   páginas   se  suceden  las  unas  á  las  otras  abundante- 
mente salpicadas  de   vistas,  que  para  todo  las  hay,  las  cua- 
les   agregan   sello    cada    vez    más    intensivo,    de    álbum,    de 
gran  guía  iluminada,  á  los   órganos  periódicos  de  mayor  cir- 
culación.    ¿Se  relata   un  crimen?     Pues    se    completa    la  na- 
rración con  la   fotografía  de    víctimas  y    victimarios,  de    sus 
parientes,  de  los  presuntos   cómpliccif,  etc.    ¿Trátase  de  elec- 
ciones?    Pues  la  prensa  recoge  el  retrato  de   cada  candidato, 
agrega  el  de  los  caudillos  de  renombre,  los  sorprende  en  el 
momento   en  que  salen  de  su  casa    para  incorporarse  á   una 
asamblea,  cuando  depositan    su    balota    y  al  recibir    los  dis- 
tintos partes  de  los  clubs,  incansable  en   el  esfuerzo  de  po- 
ner al  alcance  del   pfiblico  no  sólo  los    datos,  pero   también 
el   aspecto  gráfico  de  las  cosas  y  de  los  acontecimientos.    T 
lo  mismo  se  reproduce  en  los  demás  órdenes  de  la  actividad  aso- 


DE0DB    WASHINGTON  317 

ciada,  tanto  de  la  buena    como  de  la  mala.    En  la  sección  hU 
pica-  se  concede   límplío  espacio  al    retrato  del    caballo  favo- 
rito, del  ganador,  de  su  dueño,  y  de  los  mejores  productos  del  año. 
£n    el    capítulo    social    no    deja  de    insertarse    la   efigie   de 
cuanto   extranjero   de    nota    arriba    al    mundo    americano,  de 
su    esposa,  de  sus  hijos    y  hasta  de   sus  perros  y    gatos  pre- 
dilectos, si  los  tiene.     £n  la  crónica  de  juegos  atléticos,  que 
suele   ocupar   una   piígina   entera,    destacan  en  posición    cul- 
minante, ora  de   partir  en   una  carrera  á  pié,  ora  de  ponerse 
en    guardia   en    un  encuentro    de    box,    ora    en    el   foot-baü 
base  bally  golf  6  polo,    los    triunfadores    y  los    derrotados,   no 
desperdiciándose  un  sólo    detalle  capaz    de  despertar  interés. 
Es  infaltable    también,    la    parte    chistosa,   la  broma    política^ 
y    ella   apunta  en  forma    de    dibujos    caricaturescos    extrava- 
gantes,   de  líneas  perdidas,   que  consultan  la   afición  de  mu- 
chos, dadas    las    tendencias     multiformes,    complejísimas,  del 
espíritu  páblico.     ¿Acaso  infinidad    de  personas  no  compran 
el   Herald  sólo  por  el   placer  de  saber  quienes  se  casan   por 
relame  y   ofertándose  á  tanto  por   ciento?    No  he    incluido. 
á  los   avisos   en   el    número  de    las    secciones    porque   ello?, 
desplegando  agilidades  de  fuegos  fatuos,  revolotean  por  todos 
los   rincones  insinuándose   con   sonrisas,  como   las   caras    bo- 
nitsis.     Otra  característica:  el   anuncio   no  se  relega  al   fondo 
de  las  hojas,  á  la  última  estiva,  cual  si   su  misión  fuera  servir 
de   lastre,  y  esconderse  en    la    bodega  del    barco,  debajo    de 
la  línea  de  flotación.     ¡Si  el  anuncio,   bien   presentado,    vale 
casi  tanto   como  un   suelto  de  crónica;  si  el   tiene  la    misión 
picaresca  de  los  lunares:  si,  colocado  con  acierto,  rinde  efecto 
semejante   al  de    una    flor   roja  puesta  en  el   peinado  de  una 
morena !     Comprendiéndolo  así  se    le  abre  espacio  distinguido 
desde  las  primeras  páginas  y,  para  no  romper  la  relativa  unidad 
del  conjunto,  figura  á  los  costados  del  material  informativo,  flan- 
queándolo.  Así,  generalmente,  de  las   siete  columnas  de  cada 
hoja,  dos,  tres,  cuatro  le  pertenecen,  arreglando  el  todo  para  que 
esta  alianza  beneficiosa  no  se  interrumpa.  Algo  que  sorprende 
es  la  ausencia  de  servicio  telegráfico  organizado,  en  la  casi  to- 
talidad de  los  diarios.     Pero  se  explica:  aquí  sók)  se  preocu- 
pan de   los  asuntos    propios  y  poco,   nada   les  importa   sabéis 


318  LUIS  ALBERTO  DE  HBRBERA 

que  el  czar  de  todas  las  Rosias  está  resfriado  6  que  Sod 
América  existe.  Confieso  qoe,  en  «i  priocipio^  me  costó 
reemplazar  por  los  nuestros  estos  diarios  tan  movidos,  tan 
llenos  de  faces  de  linterna  mágica;  pero  en  la  actualidad  ya 
les  he  tomado  el  gusto,  los  encuentro  excelentes,  muy  entrete- 
nidos, y  sólo  pienso  qne  es  llegada  la  hora  de  que  nuestros 
mejores  órganos  de  propaganda  escrita  acentúen  la  impuesta 
reforma  que  ya  asoma  tímidamente  las  narices  en  alguno  de 
ellos.  Necesitan  abandonar  las  viejas  cacharpas  y  hacerse  más 
fluidos,  más  enciclopédicos,  talvez  más  minuciosos  en  la  no- 
ticia local  y  menos  extensos  en  el  comentario  extranjero.  Bien 
sé  que  todo  esto  suena  mal,  casi  irreverente.  ¿No  acabo  de 
decir  que  á  mí  me  ha  costado  rendirme  á  los  prestigios  de 
la  radical  evolución?  Nuestro  público  es  muy  rutinario  en 
esta  como  en  tantas  otras  manifestaciones,  y  su  apego  á  la 
tradición  vetusta  bastante  perjudica.  Pero  los  llamados  á 
dirigir  deben  romper  de  frente  con  la  costumbre  cuando  la 
costumbre  importa  un  atraso.  ¿Cómo  implantar  esas  innova- 
ciones cuando  la  protección  de  los  lectores  es  tan  mezquina? 
Habría  motivo  para  argumentar  así  si  uno  tomara  el  ejem- 
plo de  ese  New  York  Herald^  cuyas  maquinarias,  que  tra- 
bajan á  la  vista  de  los  transeúntes,  imprimen  trescientos  nciil 
ejemplares  de  dos  páginas  por  hora.  Ese  caso  colosal  no 
admite  paralelo  en  el  universo.  Pero^  veamos  en  otro  es- 
cenario más  adaptado  al  nuestro  en  tamaño.  La  población 
de  Washington  es  mayor  en  cincuenta  mil  habitantes  á 
la  de  Montevideo,  pero  como  por  cada  dos  blancos  tiene 
ella  un  moreno,  podemos  aceptar  que  el  radio  de  la  pro- 
paganda escrita  tiene  idéntico  alcance  en  ambas  ciudades. 
Sin  embargo,  aquí  los  periódicos  encuentran  mucho  mayor  apo- 
yo en  el  público.  The  Evening  Star  vende  entre  quince  y 
veinte  mil  ejemplares.  Pero  notemos  como  este  órgano  retri- 
buye ese  favor,  cómo  lo  ha  conquistado.  El  ofrece  á  la 
atención  callejera  veinte  páginas  de  composición  al  precio  de 
dos  centesimos;  en  New  York  todas  las  hojas,  entre  semana, 
valen  un  centesimo.  ¿Por  qué  no  podremos  nosotros  tener 
diarios  semejantes?  No  me  escapa  que  para  que  así  suce- 
da es  indispensable  que  la  hoja  noticiosa  merezca  más  deman- 


DEBDE    WASHINGTON  319 

da  de  noeetro  público,  bastante  perezoso  para  leer  7  habituado 
d  pedir  prestado  el  diario  al  almacenero  de  la  esquina;  pero 
también  es  necesario  que  los  editores  mejoren  la  oferta,  que 
la  hagan  más  novedosa.  Para  concluir:  aquí,  en  la  fachada  de 
las  redacciones  aparece  siempre,  reproducido  en  grandes  ca- 
racteres negros,  el  índice  de  las  noticias  importantes  del  día. 
De  manera  que  todo  el  que  pasa  puede  informarse  de  las 
ocurrencias  locales  7  no  locales,  dignas  de  conocerse,  alzando 
la  vista  hasta  esos  carteles  de  información  condensada.  ¿No 
obedece  esto  á  un  propósito  acertado  y  liberal?  Dirá  alguno, 
olvidando  que  con  esos  7  tantos  otros  sebos  por  el  estilo 
se  gana  popularidad,  ¿pero  si  se  dan  las  noticias  así,  á 
todos  los  que  pasan,  quienes  comprarán  luego  el  diario? 
Raciocinio  tan  pobre  este  como  lo  sería  el  de  un  agricultor 
que,  invocando  razones  de  estricta  economía,  sólo  echará  una 
semilla,  en  vuz  de  dos,  en  cada  hoyo  exponiéndose  á  perder 
por  amor  exagerado  á  un  grano  viejo,  la  propiedad  mil 
veces   compensadora  de  muchos  nuevos! 


XV 


El  Congreso  de  Americanistas  —  Las  investigaciones  arqueolósicas  — 
Norte  América  "for  ever"  —  Las  lenguas  muertas  —  Descifranda 
gerogiíficos  —  Gira  de  congresales  —  Las  fundiciones  de  Pitts- 
burg  —  Maravillas  de  la  industria  —  ¿Una  superchería  de  Oolón7 


En  esta  tómbola  de  impresiones  hoy  le  toca  el  turno  al 
Congreso  Internacional  de  Americanistas,  que  acaba  de  cele- 
brar en  la  ciudad  de  New  York  su  décima  tercera  sesión, 
bajo  los  auspicios  del  Museo  Zoológico.  Tuve  el  gusto  de 
asistir  á  sus  deliberaciones  experimentando,  á  la  \ez,  el  dis- 
gusto de  poner  á  contribución  mis  deshilacliados  recuerdos 
sobre  etnología  continental,  cuyo  origen  gaseoso  se  remonta  á 
la  época  en  que  era  profesor  de  Historia  Americana  y  Na- 
cional, pero  sin  discípulos,  en  uno  de  los  colegios  montevi- 
deanos. Por  de  contado  que,  si  hice  por  retemplar  remi- 
niscencias que  desde  tiempo  atrás  arrastran  vida  agónica, 
recluidas  á  algún  mal  cuartujo  de  mi  memoria,  fué  simple- 
mente para  estar  en  aptitud  de  constituir  una  parte  infinite- 
simal de  auditorio.  ¿Para  concurrir  á  un  baile  no  se  impone 
vestirse  de  gala;  para  formar  en  filas  no  deben  los  oficiales 
ceñirse  la  espada?  Pues  al  convencionalismo  social  y  á  la 
ordenanza  militar  agrego  la  imposición  intelectual  que  con- 
siste en  la  obligación  cortés  que  nos  ordena  agotar  los  esfuer- 
zos ))Osibles  y  naturales  para  colocarnos  siem(>re  al  nivel  de 
la  cultura  de  nuestro  interlocutor  y  estar,  por  lo  menos,  en 
condición  de  escucharlo  cuando  él  diserta  y  esclarece  sus 
conceptos.  De  lo  contrario,  estamos  muy  expuestos  á  que 
nos  suceda  lo  que  á  las  perdices,  víctimas,  á  menudo,  de  los 

2L 


322  LUIS  ALBBBTO  DE  UERRBRA 

hilos  de  los  alambrados,  por  culpa  propia,  por  volar  tan  bajo. 
Remocé  cuanto  pude  mi  erudición  á  la  violeta  sobre  las  gran- 
dezas mu  artas  de  la  América  y  6obre  sus  miBteríos  prehis- 
tóricos. De  paso,  y  ai]uí  en  la  intimidad,  ¡cómo  cuesta 
despertar  las  ideas  adquiridas  y  ponerlas  en  línea  después 
de  vacaciones  de  años!  S.i  desperezamiento,  primero  malhu- 
morado y  soberbio,  me  evoca  al  rey  de  las  selvas  cuando 
después  de  un  prolongado  descanso  abre  ios  ojos  satis- 
fecho pero  rugiendo  por  costumbre.  Concibo  al  espíritu 
como  un  salón  inmenso,  alto,  altísimo,  que  con  Hugo  ó 
Zola  tiene  cápula,  como  los  tetuplos,  y  que  en  el  caso 
de  cualquiera  de  esos  miserables  que  afrentan  á  la  especie 
humana,  reclama  el  complemento  de  rejas  y  de  puer- 
tas dobles,  como  las  cárceles.  Las  paredes  de  ese  salón  se 
hallan  cubiertas  por  series  interminables  de  estantes  super- 
puestos, en  los  cuales  va  colocando  pacientemente  el  pen- 
samiento sus  conquistas  buenas  y  sus  conquistas  malas  de 
todos  los  días.  ¡La  cantidad  infinita  de  mercaderías,  todas 
Á  depósito,  que  entran  en  ese  gran  almacén  imaginativo,  que 
atestan  á  diario  sus  espacios,  que  reclaman  imperativas  su 
hospitalidad,  empezando  á  disfrutarla  antes  de  obtener  el 
consentimiento  de  la  dueña  ó  del  dueño  de  casa!  ¡Tarea 
aplastadora,  genial,  ordenar  todos  esos  elementos  de  sabi- 
duría y,  en  último  término,  organizados  en  un  todo  original 
y  fecundo,  susceptible  de  ser  enfrenado  por  una  voluntad 
superior!  Quienes  poseen  esas  condiciones  sobresalientes  de 
disciplina  cerebral  se  encuentran  en  la  situación  envidiable 
de  esos  tenedores  de  libros  cuya  habilidad  alcanza  al  punto 
de  poder  decir,  sin  vacilar,  cuando  se  les  interroga  por  sor- 
presa, en  qué  libro  y  en  qué  folio  existe  tal  ó  cual  asiento. 
Pero  algo  muy  distinto  sucede  á  la  vulgaridad.  Es  cierto; 
se  conserva  memoria  vaga  de  haber  aprendido  nociones  so- 
bre una  rama  determinada  do  ciencia,  pero  ¿cómo  encontrar 
esos  antecedentes  reveladores  en  los  senos  caprichosos  del 
caos;  cómo  arrancar  la  luz,  que  es  orden,  de  las  enti*añas 
de  la  anarquía,  que  es  sombra?  Sí;  allí,  en  el  raro  salón 
de  marras,  están  archivados  los  conocimientos  que  se  buscan^ 
más,  la  dificultad    estriba  en    ubicarlos,  en   quitarles   de  en- 


DB8DB    WAfWVaTON  8&B 

fAaoM  el  plomo  de  otras  ecoooiBÍas  inteleotuales  porqiie  suele 
fliioeder  que  las  piezas  de  seda  más  fina  se  pierden  aplastadas 
por  montoJMS  7  mootones  de  género  de  á  dos  vintenes  el  me- 
tro.   Al  fin,  y  á  fuerza  de  empeños  y  de  recapacitaciones^  se 
saca  á  la  superficie,  á  la  actualidad,  á  esa  idea   cautiva  de 
las    otras  en   el  fondo   del   mar.      Pero,  á  menudo,   resucita 
ella  tan  mutilada  y   maltrecha  que   más   valiera  haberla  de- 
jado seguir  hundida  en    el   pecho   del    pasado  sin    fronteras, 
señalando,  como  una  cruz,   la  sepultura  de  un  vértigo  6   de 
un  aliento  sabio.     La  vitalidad  perdida  no  se  recupera  jamás 
y,  ¿para  qué  convencerse  de  ello  cuando  en  la  duda  se  pre- 
fiere suponer  que  se  ignora  sea  así?    En  tai  caso  ocurre  lo 
que  con  las  personas   enterradas   por  la  naturaleza  cruel   en 
esos  cementerios  del  mundo  que  se  llaman  Pompeya  y  Her- 
cnlano.     Apesar  del  tiempo  transcurrido,    todavía   conservan 
ellas,  en   su  estado    de  calcinación,  el  mismo  aspecto  de  los 
vivos,  sin   que  el  desastre  les   hava   arrebatado,    en  aparien- 
cia, su  naturalidad;   pero  bastará  que  se  rompa   la  lápida  de 
lavas,   hoy   protectoras,  para  que  al  contacto   del  aire  quede 
todo  reducido  á  un  puñado  de  cenizas.    Sin  embargo,  en  otros 
casos,  contados,  pasa  lo  contrario  y,  como  el  grano  de  trigo, 
todavía  fecundo   después  de  un  sueño  de  miles  de  años  en 
los   sarcófagos  egipcios,    diremos  que   llega  vigorosa   la  idea 
f^mtnnaAít  al  olvido, — obUgáudolos  aquí  á  ustedes  á  digerir  otra 
comparación  con   asuntos  más   viejos  que   la  envidia.     Antes 
de    que    me  interroguen    maliciosamente,    confieso  que   á   mí, 
por   lo  general,  se  me  presenta  la   primera  y  no  la  segunda 
de   las  emergencias  apuntadas.  Con  seguridad  que  nada  apro- 
xioaa  más  al  concepto  de  los  conflictos  surgidos  al  pié  de  la 
Torre  de  Babel,  que  estas   asambleas  internacionales,  cuando 
son  numerosas  y  sobre  todo,  cuando  los  sabios  ocupan  en  ellas 
mucho  espacio.     £n  su  seno  se  reproduce  el  espectáculo  cu- 
rioso de  la  confusión  de  las  lenguas.    £1  Congreso  de  ame- 
ricanistas da   buena  fé  de  tan  pintorescas  dificultades,   pues 
los   principales  idiomas    del  globo  ocuparon  la  tribuna,  ofre- 
ciéndose el   caso  gracioso  de  que  á  un  expositor  español  le 
surgiera  un   contrincante  en  inglés  y  un   aliado    en    francés. 
Por    eso  tuvo  fuerza    contundente,    si  bien    no  acreditó   sus 


324  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

cualidades  de  políglota^  un  delegado  canadiense  que  solicitó 
la  versión  verbal  á  su  idioma  de  todas  las  alocuciones;  ü  lo 
que  replicó,  noblemente  j  muy  en  armonía  con  las  cortesías 
felinas  del  Kaiser,  el  simpático  Karl  von  den  Stroner,  re- 
presentante de  la  Universidad  de  Berlín,  que  ese  procedi- 
miento no  correspondía  por  ser  el  francés  el  idioma  oficial 
de  las  naciones.  Como  si  fuera  poco  trabajo  atar  tantos 
cabos  de  distintas  arboladuras,  todavía  agregó  al  carácter 
especial  de  la  asamblea  nuevos  elementos  heterogéneos  la 
diversidad  de  opiniones  dominantes  entre  estos  señores  sa- 
bios que,  ó  no  tienen  pelo  ó  lucen  plateado  el  poco  que 
como  transacción  les  dejó  la  naturaleza.  Ser  sabio,  ó  por 
lo  menos,  sabio  americanista,  tiene  sus  bemoles.  Me  gus- 
taría serlo  y  no  serlo,  á  la  vez.  Aquí  hay  entrada  para 
aquello  de  la  c Verbena»:  cel  corazón  que  sí,  la  cabeza 
que  nó»,  pero  invertido  en  sus  términos.  Por  supuesto  que» 
si  lo  meditamos,  conquista  la  idea  de  hacer  jornadas  in- 
teresantísimas de  índole  retrospectiva  y  de  sentirse  al- 
gún día  con  fuerzas  suficientes  para  encontrar  en  reliquias, 
—  vasos  sagrados,  piedras  y  ruinas  maravillosas,  —  la  fe 
de  bautismo  de  las  grandes  razas  desaparecidas,  y  leer 
sus  jeroglíficos  reveladores  con  la  misma  seguridad  y  sol- 
tura con  que  devoramos  el  material  de  una  hoja  de  la  tarde. 
Pero  si  dejamos  hablar  al  sentimiento,  que  todavía  no  ha 
encanecido,  parece  demasiado  caro  el  precio  de  semejantes 
victorias  científicas.  Ellas  exigen  devociones  muy  severas  ó  im- 
ponen el  sacrificio  total  de  las  distracciones  mundanales  que, 
al  fin  y  al  cabo,  frivolas  ó  no,  ayudan  á  cruzar  con  bastante 
alivio  las  arenas  del  desierto.  Entre  una  brillante  exposición  de 
pinturas  modernas  y  alguno  de  esos  mamarrachescos  pintarra- 
jos de  nuestros  tartarabuelos  bárbaros;  entre  el  mármol  de  actua- 
lidad, que  señala  el  triunfo  de  un  cincel  soberano,  y  los  cacharros 
estrambóticos  de  la  era  pre-colombiana,  que  apuntan  la  más  cruel 
venganza  de  las  tribus  inmoladas,  —  porque  á  su  alrededor  y 
en  el  empeño  de  descifrar  su  significado  simbólico  han  re- 
ñido, como  cimarrones,  los  intérpretes  de  la  más  alta  ge- 
rarquía,--no  vacilan  medio  segundo  los  elegidos  y  brindan 
todo  el  lote  de   sus   preferencias  intelectuales    á  las    cuestio- 


DESDE     WASHINOTOK  325 

nes  más  pretéritas.     Los  que   evidentemente    no    hemos   na- 
cido con  propensiones    sabias    7    mucho  menos    en  materias 
tan  apartadas  de  las  inclinaciones  de  nuestro  temperamento^ 
comprendemos  mal^  á  buen  seguro,    los   deleites,  que  se    di- 
cen superiores,    de  las    investigaciones  á    las    comarcas  hela- 
das.   ¡Penetrar  por  placer  en   los  dominios  de  un  pasado,  al 
cual  solo  se  llega  dando  pasos  centenarios;  ir  á  despertar  en 
«u  sueño  de  piedra  á    las    civilizaciones    muertas,    pulveriza- 
rlas ya,  como  los  huesos  humanos,  bajo  la  acción  del  tiempo; 
preferir  lo  que  fué  á  lo  que  es,  cuando  al  frente   nos  llama 
con   acentos  deslumbradores  la  vida,   el  movioíliento,  la   acti- 
vidad  excelsa,    práctica,    nerviosa,    con    sus  dolores   que  son 
deber  y  con   sus  alegrías    qne    son  derechos!    ¿Qué  pueden 
interesarnos  á  los    hombres  del    presente    las  vicisitudes    de 
los  indios,  arrancados  de  raíz   como    los  árboles   más  sólidos, 
por  el  huracán  de   las   épocas  coloniales,    si  comparamos   el 
atractivo  de  esas  pesquisas  arqueológicas,  con   el    muy  palpi- 
tante, con  el  irresistible  imán   que  determinan  Marconi,   ha- 
ciendo cabalgar  á   la  palabra   hablada  en  el   lomo  intangible 
de  las  ondas  eléctricas,  con  burla  incalificable  de  los   mares 
y  de  las  más  elevadas  montañas;  Tolstoi,   liberando  concien- 
cias y  cortando  cadenas  en   el  fondo    de  Tas    estepas   rusas, 
que  todavía,   como    estigma   de   galeote,    presentan  sobre    su 
frente  el  rastro  horroroso  y  sangriento  del  camitio  que  con- 
duce á  las  tumbas  de  Siberia;  Heriberto  Spencer,  encendiendo 
d  fanal  del  criterio  positivo  en  las  cumbres  del  pensamiento 
moderno;  Lombroso  y  Ferri,  encontrando  los  pergaminos  del  cri- 
men en  las  fisonomías  de  los  delincuentes  de  mañana;  y  Kruger, 
tíltimo  pié  de  verso  de  un  conmovedor  poema  trágico,  acusando 
inquebrantable   á  Inglaterra,  desde  la  Santa  Elena  que  su   pa- 
tíotismo  herido  decretó,  de  haber  dado  una  heriAana  maniatada 
á  esa   Irlanda,  también  ~  infeliz  y  dominada  como  Sud  África? 
Bien  comprendo  que  al  expresarme  así  estoy    sentando    carta 
de  rematado  ignorante.   Así  sea.   Pero  no  me  condenéis  irre- 
misiblemente.   A  pesar  de  mi  estrabismo,  tengo  vista  bastante 
para  percibir  el  contomo  de  ciertas  refinadas  bellezas  intelec- 
taales.    Debe  tener  encantos   singulares,   lo  comprendo,   lan- 
jEarse  á  la  caza   de  un  origen,    perdido    en  lo  jtoBdo-  de  las 


326  lüh  aXiBBBm  de  h»»¡ikba 

tinieUiiB;  apoderare  de  las  tcadicione»  aogostás,  galvaniearlaa 
á  fuerza  de  talento  j  de  peraeveranciat  para  obligarlas  á 
entregar  enseguida  el  testamento  sociiá  de  las  civiluBacionea 
á  que  pertenecieron;  escarbar  en  la  tierra^  qne  es  nn  osario 
inmenso,  el  más  rico  de  los  archivos  del  universo^  para  poner 
en  descubierto  galerías  adivinadas,  templos,  monolitos,  cíuda^ 
des  gloriosas  que  fueron,  y  arrebatar  á  esos  elementos  pre* 
eiosos  de  prueba,  el  testimonio  irrefotable  que  dan  sus  ins- 
cripciones figuradas.  ¡Debe  encelar  al  pensamiento  esa  tarea 
permaneute  de  salvataje,  de  indagación  apasionada  en  el 
escenario  de  un  naufragio!  Lo  cierto  es  que  cada  edad  tiene 
sos  aficiones  propias  y  características,  del  mismo  modo  que 
á  cada  estación  corresponden  distintas  flores,  y  por  eso,  cuando 
todavía  se  disfruta  de  una  postdata  de  juventud,  se  concibe, 
sí,  pero  no  se  valora  bastante  la  abstracción,  el  esfuerzo 
científico,  la  pureza  de  espíritu  que  demandan  esas  explora- 
ciones desinteresadas  á  los  campos  del  silencio  y  de  la  duda, 
que  se  me  representan  como  regueros  de  luz  denunciadora 
de  verdades.  El  Congreso  de  Americanistas  que  acaba  de 
celebrarse  ha  incor|iorado  elementos  valiosos  al  índice  de  los 
trabajos  ya  concluidos.  De  México  siguen  extrayéndose  pie* 
zas  de  hermosa  convicción  pre-histórica  y  aún  los  pro- 
fanos pudimos  admirar  ciertos  primores  de  líneas  y  de  dibu- 
jo, de  una  sencillez  elegantísima,  que  sorprenden  por  el 
parecido  extraordinario  con  los  diseños  griegos.  La  mis- 
ma corrección,  el  mismo  capricho;  igual  sobriedad  clá- 
sica en  el  adorno.  Los  cientos  de  esmeraldas  grabadas 
que  se  han  encontrado  recien  en  las  entrañas  inagotables  del 
monte  Alban,  los  jarrones,  cinoelados  con  tal  esmero  que  se 
piensa  involuntariamente  que  ellos  fueron  labrados  de  encaigo 
para  brindarlos  á  la  posteridad,  y  las  rail  chucherías  en 
exposición,  de  las  cuales  cada  una  tenía  su  objeto  en  la 
vida  diaria^  previsto  con  toda  exactitud  y  tino,  denotan  mi 
grado  tan  avanzado  de  cultura  y  de  sabiduría  que  se  conei-* 
ben  como  grandies  agrupaciones  artísticas  é  induatrioBaa  á 
eses  pueblos,  detenidos  en  su  apogeo  pacífico  por  iaa  ai 
eiaa.  comaneoseas  de  Hernán  Cortés,  lo  misma. qoe  á 
asleceaores  eá  las  regiomes  del  valle  de  Máxiocr.   Otra  taata^ 


DE8DE     WASHINGTON  i^ 

aunque  en   rumbo  no   del  todo  idéntico,  puede   afirmarse  d& 
lá   nación   madre   que   cuajó  sus  energías   en   él   Yucatán,  de 
esa  civilización  maya  que  muchas  estupefacciones  ha  provo- 
cado poniendo  en  descubierto   sus  secretos.    La    sefiora  Nut- 
tall,  que  ocupó  brillantemente  la  tribuna  del  Congreso,  acaba 
de  reproducir,   bajo  los  auspicios  de   la  universidad    de  Har- 
vard, un  documento   escrito  en  lengua  mat/a,  de  diez  y  siete 
metros    de    extensión,    en    cuyo    desciframiento    completo    se 
trabaja  ahora  febrilmente.  Mucho  se  le  debe  á  Norte  América 
en   la  investigación   de   tales   tesoros.    Los    centros    docentes 
de   más    nombradla    han    enviado,   con    sus    propios    recursos, 
numerosas  delegaciones  técnicas   á   Guatemala,  á  Honduras  y 
á  México,   pudiéndose  afirmar  que  á   esas  empresas  autoriza- 
das y  tenaces   somos,  casi  en  exclusivo,  deudores  de   lo  mu- 
cho adelantado   en   loa   últimos   tiempo?,   pues,  con  excepción 
del  gobierno  mexicano,  ningún  esfuerzo  de  labor  concomitante 
existe  en  los  dominios  clásicos   de  la  antigüedad  en  este  he- 
misferio. Quienes  no  concluyen  de  convencerse  de  las  capaci- 
dades estudiosas  de  esta  raza  y  persisten  en  sostener  que  sólo 
irradia  claridades    ese   gran    foco   que   se    llama  la    Francia, 
debieran   obtener    el    volumen  en    que    aparecerán  publicados 
todos   los    trabajos    leídos    en    el    Congreso.     Razón,   sobrada 
razón,    tuvo    el    insigne     arqueólogo    mexicano    don    Alfredo 
Chavero,  al   agradecer   á  los  erndidos  de  la  nación  vecina  su 
incansable    y    fructífera    colaboración    indagadora.     Represea- 
taba  en     la    asamblea    á   la    noble    república     del    Paraguay 
nuestro   distinguido    compatriota   don     Adolfo   Alonso    Criado 
y  á  la  Argentina   el  erudito  don    Juan  B.  Ambfosetti,  miem- 
bro  principal    del    mu!>eo   de    Buenos  Aires.     Por  cierto   que 
hizo  papel    lucidísimo  este    caballero    amigo,  en  el  curso   de 
las  sesiones,  llamando   la   atención  entre   los   competentes  sus 
observaciones  escritas  sobre  los  indios  calchaquies  y  la  forma 
precisa   en  que    comentó  sus   similitudes   ccm    algunas    tribus 
originarias  de  Norte  América.    Y  no    cerraré   estas  justicie- 
ras líueas   sin    incluir  en  ellas  dos  referencias  personales   que 
é^endefn  honor  hasta  el   nombre  de  la   patria.     De   las   in'^ 
testaciones   realizadas    por  el    oriental   Samuel    A.   Lafdne 
Qivivado^  en  la  serranfits  oatamarquefias,  oí  hacer  elogios  muy 


328  LUIS  ALBERTO  DE  HEEREBA 

cumplidos;  mienh'as,  por  otra  paite,  con  motivo  de  mi  proee-* 
dencia  uruguaya,  se  me  habló  más  de  dos  y  de  tres  veces^ 
con  verdadero  cariño  científico,  de  don  José  de  Arechava- 
leta  que  ya  es  también  uno  de  nuestros  paisanos,  y  á  buen 
seguro,  que  uno  de  los  mejores.  ¡Con  cuánto  placer  recojo 
estas  reminiscencias  agradables  que  serán  gratas  al  viejo  y 
benemérito  profesor  de  nuestro  museo!  Entrar  á  la  enu- 
meración de  los  trabajos  leídos  sería  emprender  una  ta- 
rea abrumadora  pues  ellos  casi  alcanzaron  á  un  centenar. 
Sólo  cabe  exponer  que  no  se  exagera  al  decir  que  todas  las 
penumbras  que  todavía  flotan  sobre  el  recuerdo  de  las  civi- 
lizaciones indígenas  de  este  hemisferio,  fueron  atacadas  con 
singular  ahinco  científico,  y  preciso  es  reconocer  que  si  ellas 
han  resistido  con  éxito  á  este  y  á  anteriores  avances^  se 
debe  á  la  circunstancia  de  que  ni  hay  lente  de  aumento  ni 
tenacidades  capaces  de  encontrar  flanco  vulnerable  á  tinieblas 
prehistóricas  y  de  intención  .eterna.  Mucho  hermoso  se  ex- 
puso, muchos  párrafos  útiles  se  leyeron  sobre  asuntos  i*eiati- 
vamente  modernos  en  su  mayoría  y  remotísimos  algunos;  pero 
«nadie  pudo  remover  el  gran  misterio,  arrojar  una  claridad 
sobre  el  origon  del  hombre  americano.  Ardua  cuestión  que 
plantea  una  de  las  más  rebeldes  interrogaciones  retrospec- 
tivas. ¿Fué  autóctono  el  habitante  primitivo,  ó  lo  arrojó  á 
estas  tierras  paradisiacas,  como  una  resaca,  la  ola  de  las  emi- 
graciones asiáticas,  ó  vino  de  la  Enropa  navegando  ó  corrién- 
dose por  esa  Atlántida  de  Platón,  maravilloso  puente  leva- 
dizo quitado  después  por  un  capricho  geológico?  ¿Quién  se 
atreve  á  sentar  una  prueba  definitiva,  inapelable,  clara  como 
el  entendimiento  humano?  Alabadas  y  razonadas  conjeturas 
se  han  tejido  haciendo  argumento  de  antecedentes  más  firmes 
que  simples  esfuerzos  imaginativos  pero,  sin  embargo,  ahí 
está,  siempre  indescifrable,  el  colosal  geroglífico.  Porque  ea 
esta  materia  ocurre  algo  idéntico  á  lo  que  pasa  con  las  ge- 
nealogías cuyo  último  eslabón  para  atrás  se  pierde  en  el  tomo 
de  un  Asilo  de  Expósitos,  ¿cómo  recuperar  la  senda  ver^ 
dadera  que  ha  desaparecido  en  el  dédalo  infinito  de  la  encru- 
cijada, cómo  probar  irrecusablemente  un  linaje  arrancado 
del  abismo  de  la    nada?    ¡Misterio,  formidable  misteriO|  mía 


DESDE    WASHINGTON  329 

"poderoso  que  la  alianza  de  todas  las  cariosidades  de  la  san^ 
gre!  Fracasada  la  demostración  clínica  queda  abierto  el  camino 
á  las  presunciones — á  las  lógicas  y  á  las  temerarias — por  qne 
las  tradiciones  muertas  se  asemejan  á  ciertos  retratos  al  óleo 
en  la  especial  particularidad  do  que  cualquiera  sea  el  punto 
desde  que  se  las  aprecie,  ofrecen  un  rasgo  de  suprema  exac- 
titud.    Cuando    se   las  usa  como   pelotas   de   goma — lo   que 
sucede  muchas  veces  —  todo  depende  del  pique.     La  nariz  de 
Fulano,  su  frente,  el   color  de  sus  ojos,  su  cabello,  la  forma 
de  su  cráneo,  el  corte  de  la  oreja,  denuncian  su  parentesco 
con  Zutano;   ¡á  cuántos  extremos  acertados  y  á  cuántos  ex- 
tremos falsos    conducen  esas    asociaciones!     ¿Y    cómo  des- 
'iindar,  de  manera  irrefutable,  las  unas  de  las  otras?     Porque 
la  alta  investigación   americanista    no   consiste   en   entregarse 
á  tanteos  policiales,  tan  folletinescos  como   los   de    Gaboriau, 
y  en  afirmar  que  los  habitantes  primeros  vinieron  de   las  re- 
giones amarillas,  fundándose  en  aquella  similitud  conocida  de 
los    nombres    chinos,    Hong-Kong    y    Shanghai^    con    los    de 
Con-Con   y    Cbancai    en  las    costas  del   Pacífico.     La  gran 
-ciencia  exige  aseveraciones   menos  lijeras   y  más  contunden- 
tes.    ¿Alguna  vez  se  conseguirá  arrebatar  su  precioso  secreto 
al   pasado,  á  ese  pasado  impenetrable  hasta  hoy  y  lleno  de 
arrugas,  como  la  piel  de  ciertos  paquidermos,  y  también  lleno 
de  gestos  de  csfínge,  de  codicilos  y  de  cláusulas  tenebrosas? 
£1  punto    final    del    Congreso   lo   constituyó  un   paseo   de 
«na   semana    por    Filadelfia,  Washington,    Cincinnati,    Pitts- 
buigo  y  Chicago.     Dentro  de  esa  fracción  de  tiempo  caben 
algunos    de   los    días  más    agradables,  más    instructivos   que 
he  pasado  en   esta  tierra.     Cuando   existe  buena  disposición 
de  espíritu  nada  afloja   tanto  como  los  viajes,  las  hebillas  de 
laa    armaduras  etiqueteras.     Eramos  mas  de  treinta  los  expe- 
dicionarios; todavía  conservo   el  eco  atrayente  de  los   exce- 
lentes ratos  pasados  en    colectividad,  en  constante   bn>ma  y 
algazara!    Haciendo   honor    á  las   sonoridades  fraternales    de 
8a   nombre,   Filadelfia  nos    recibió  con    los    brazos    abiertos. 
La    universidad   de   Pensylvanía— inmensa,    rica,    próspera    é 
independiente,    como    todas    las  instituciones    de    su    género 
aqoí^ — puso    sus   museos,    bibliotecas,   gimnasios,    y  cátedras 


390  LUId  ALBERTO  DE  HERftERA 

á  la  entera  disposicidn  de  los  extranjeros.  Si  no  me  ator^ 
tnentara^  con  presiones  de  torniquete,  la  preocupación  de  no 
abusar  de  la  hospitalidad  del  diario  amigo,  ¡cuánto  tendría 
que  decir  sobro  esa  monumental  casa  de  sabiduría  fundada 
por  aquel  Benjamín  Franklin,  que  un  día  remontó  cometas 
para  amansar  á  los  leones  del  cielo,  arrebatando  el  rayo  á 
las  nubes,  7  que  otro  día,  vestido  como  un  aldeano,  com- 
parecía ante  la  corte  aristocrática  de  Luis  XVI,  emisario 
de  una  patria  naciente,  para  amansar,  con  su  republica- 
nismo, la  soberbia  de  los  leones  de  la  tierra!  Hay  ciertos 
detalles  do  enei^a  tan  preciosa  que  seria  lástima  dejarlos 
pasar:  al  recorrer  uno  de  los  infinitos  gabinetes  de  trabajo 
recuerdo  que  interrumpimos  en  f»u  tarea  á  una  gallarda  seño- 
rita; entregada  al  afán  intelectual  de  traducir  á  su  idioma 
el  texto  de  unos  caracteres  caldeos,  grabados  sobre  una 
piedra,  y  que  á  mi  me  parecieron  igualitos  á  los  pequeños 
garabatos  que  trazan  las  picaras  moscas,  cuando  decoran  con 
el  pincel  de  sus  extremidades  las  cumbres  do  las  golosinas 
recien  salidas   del  horno  y  todavía  pemi-líquidas. 

Durante  siete  días  lo  pasamos  de  banquete  en  banquete, 
pero  ningimo  tan  sugestivo  como  el  que  nos  brindó  esa  c¡u-> 
dad  de  Filadelfia,  esa  metrópoli  de  las  históricas  rebeliones 
cuákeras.  Se  obligó  á  todos  los  presentes  á  expresar  en  alta 
voz  algán  pensamiento  amable,  y  como  la  sinceridad  es  la 
madre  legítima  de  la  mejor  elocuencia,  el  cometido  fuó  para 
todos  fácil.  A  buen  seguro  que  dio  la  neta  más  alta  7 
original  uno  de  los  profesores  de  la  universidad  de  Har- 
vard, espetándonos  párrafos  de  simpatía  en  un  dialecto  indio» 

fistoy  cierto  de  que  hasta  los  mismos  congresales  se  qtieda- 
ron  á  oscuras,  aunque  yo  fui  do  los  pocos  que  así  lo  con- 
fesó. Espiritual  fué  otro  brindis  en  favor  de  los  Ame- 
rimls.  He  ahí  una  voz  inventada  por  algunos  eruditos  de 
este  país  y  formada  con  las  palabras  América  é  Iniio^  di- 
rigida al  objeto  de  designar  á  los  nativos  de  este  hemisfe* 
rie.  Po^  incidente  se  comentó  esta  creación  caprichosa,  en 
el  seno  del  congreso,  y  demás  está  decir  que  fué  repudiada 
por    imp^ia  é    inneoesatia.    ¿Qué   término    má«   expresito, 


más  detérmiDalivo^  qae  el  de   Indias^  eiibplemetíte,  para  cBb^ 
tínguir  á  loe   aborígenes  de  nuestro  continente? 

Como  quien  saca  á  la  suerte  cartas  de  un  maso  de  ba- 
rajas tomo,  al  aeari  una  impresión  del  ramillete  que  guarda 
de  aquella  placentera  jomada  y  encuentro  que  exelaman^ 
¡présente/  tas  grandes  fandictones  de  acero  de  Pittsbui^. 
Este  tema  sólo^  interesantísimo  bajo  mnchos  aspectos^  esigi*' 
ría  un  artículo.  Mejor  lo  comprenderán  así  quienes,  por  la 
lectura  de  una  hermosa  descripción  que  del  Creusot  haee 
el  académico  Gabriel  Hanotaux,  han  podido  darse  cuenta  de 
las  opulencias  técnicas  j  laborantes  de  los  establecimientos  de 
esta  índole.  ¡Veinte  y  dos  mil  obreros  en  actividad!  Ese 
dato  numérico  posee  tan  arrastradora  y  positiva  elocuencia 
que  una  vez  lanzado,  yo  tendría  justo  pretexto  píira  no  en-* 
trar  en  mayores  comentarios.  Pero  en  esta  oportunidad  mi 
espíritu  no  quiere  el  auxilio  de  las  excusas,  que  su  pobre^sa 
no  se  confunde  con  la  aridez  absoluta.  ¿Para  cuándo  queda 
el  entusiasmo  de  las  fascinaciones  artísticas  y  en  qué  fechad 
viste  traje  de  gala  la  imaginación,  si  es  cierto  que  ella  no 
se  conmueve  y  no  se  estremece,  como  las  cuerdas  de  un  vio- 
lín  al  contacto  del  arco,  en  presencia  de  ciertos  derrochecí 
soberbios  de  la  realidad?  Veinte  y  dos  mil  obreros  aliados 
en  un  mismo  esfuerzo!  Los  acoge  de  día  una  ciudad  ner-« 
viosa,  llena  de  ruidos  atronadores,  de  trabajo  incesante»,  que 
tiene  pus  atributos  en  el  martillo  y  en  la  fragua,  en  el  horno 
y  en  las  calderadas  de  metal  hirviente:  el  taller.  Los  ampara 
ée  noche,  otra  ciudad,  hija  de  la  anterior,  tranquila,  prós- 
pera, feliz,  que  sólo  conoce  los  bullicios  de  las  agitaciones 
domésticas,  que  sólo  habla  de  la  santidad  del  reposo  bien' 
ganado:  el  hogar.  ¡Cuántos  miles  de  hogares  tienen  por  ct-« 
miento  de  so  dicha  á  las  fnndiciones   de  Pittsburgl 

Intentaré  caracterizar  su  funcionamiento  en  cuatro  rasgos 
de  bosquejo,  fkitamos  en  galpones  inmensos  y  de  atmósfcm 
ealdeada.  Usando  anteojos-  apropiados,  porque  la  vista  no 
resiste  á  esas  impresiones  demasiado  vividas,  podemos  obser^ 
var  al  mineral  fosionándoBO  en  ei  fondo  de-  recipientes  da 
aaderior  gnmítíaoí  ¡Qué  oárcel  fírme  demandan  esas  olas  dm 
fuego  pvMwaeras  que  lamen  las  paredes  del  boato  vomitandoi 


332  I.ÜIS  ALBERTO  1>E  BERRERA 

8U8  cóleras   en  forma   de   edpatnas    que    al  salpicar  *  parecen 
festones  de  oro!    A  cada  instante   se  arrojan  nuevas  carra- 
das de    piedra  al  seno  de   aquel  pozo   vengador   que   nunca 
se  cansa  de  devorar   pedazos  de  las    entrañas    de  la    tierra. 
A  cada    instante   sube    en   su    nivel    aquel    caldo    ígneo^    y 
cuando  sus  gorduras  llenan  todo  el   espacio  amurallado  y  se 
miran  desdo  afuera  y  desde    cierta    distancia  las  evoluciones 
de  aquel  líquido  enloquecido  y    deslumbrador,   que  se  ierguo 
en  columnas   de  fuego,  que  cruza  á  latigazos  su  mismo  ros- 
tro, que  dilata  y  encoge  sus   espirales  quemantes,  se  piensa 
involuntariamente    en  el   horrible   proceso    de    las    primitivas 
formaciones  geológicas,  cuando  nuestro   mundo,   un*  ápice   de 
materia   cósmica,  fué  lanzado  á  la  orfandad  de  los   espacios 
y  empezó  á  navegar,  perdido  y  no  perdido,  en  el  infinito  en 
mérito    de  las  admirables    leyes  astronómicas  explicadas  por 
el  ilustre  Laplace.     Así,  ofreciendo  ese  espectáculo   endemo- 
niado, habrá  rodado  por  siglos  y    por  siglos   nuestro  planeta 
aumentando  en  el  vuelo  su  ropaje  flamígero  con  la  velocidad 
de  su    marcha,  como   sucede    siempre  á  las  víctimas   do  las 
llamas,   que  corriendo    para    huir    del    peligro    aumentan    su 
propia  desgracia.  ¡Cuántas  rotaciones  desesperadas  han  debido 
cumplirse,  antes    de    que   las    brisas    del   abismo    consiguie- 
ran   aplacar    los    ardores   de    la  hoguera    errante  y    compri- 
mir sus  furias  epilépticas!    Los    gérmenes  de    la    vida,    loa 
gérmenes  de  la    muerte,  lo  que    fué,  lo  que  será,  la  filiación 
de  todas  las  cosas  ciertas,  se  pierden    en    el  fondo  de    una 
fragua  prehistórica,    idéntica  á  la  que  yo    vi  funcionando  en 
Pittsburg,   pero  millones   de   millones  de  veces    más    grande, 
más  salvaje,  más  espantosa  y  sublime.    Y  sin  embaí^,  eae 
todo,  que  comparado   con  lo  pequefio    al  alcance  de  nuestros 
sentidos    parece  colosal,  no  pasa  de  ser  una  despreciable  lá- 
grima desprendida  de    los   párpados  del  astro   central.     Y  á 
su  vez,  ese  nuestro  sol   magnífico,    que    suma   la    más    alta 
expresión  de  las  grandezas  físicas   concebibles,  que  sirve  de 
cabeza  real  á  una  multitud  de  planetas  y  de  asteroides,  que- 
da desapercibido  en  su  marcha   anhelosa  hacia    la  constela- 
ción   de     Hércules,    cuando    se   evoca    la    memoria    de    loa 
mundos  infinitos,    de    tamafio  monstruoso,  que  cruzan,  como 


DESDE    WASHINGTON  d33 

saetas,  por  las  lontananzas  del  vacio  sideral,  mientras  Sirio 
persiste  en  despeinar  hacia  este  lado  algunas  hebras  de  su 
cabellera  de  luces,  extendida  oiial  una  escala  de  plata,  para 
humillarnos  siempre  poniendo  en  evidencia  nuestra  ridicula 
insignificancia! 

No  me  explico  cómo,  conociendo   estos  relativismos    aplas- 
tadores,   todavía  levantan   su    cresta  de    gallo   la  vanidad  del 
dinero,    la    vanidad    del    poder,   la    vanidad  de    la    ambición 
bastarda,  puñado  de   miserias   de  un  día.      Sólo  los  hombres 
de  corazón  fuerte,  la  familia   sacra  de  los  sabios   redentores, 
los   Sócrates,  los  Platón,   los  Newton,  los  Descartes,  los  Pas- 
teur,  los  Darwin,  tienen  derecho  á  erguir  la  frente  esclarecida, 
si    es    que    el    genio    legitima    las    ofuscaciones    del    orgullo. 
Quienes   hemos   visto  bramar  en   el    lecho  de  piedra   al   más 
aniquilador  de   los  elementos  y  hemos  pasado  un   largo   rato 
examinándolo  cautivo,  viendo  como  él  se  revuelve  y  se   en- 
rosca, enfurecido,  sobre   sí  mismo,  reacio  á   la  agonía,  hemos 
sentido  rotar    en    nuestro   pensamiento    un   paralelo  con   algo 
gigantesco:  con  esa  olla  sepultada  á   nuestro  ]úés,  cuyos  res* 
piradores  son  volcanes  y  cuyo  material  do  ebullición  lo  cons- 
tituye el  dorso  de  montañas  y   la  carne  negra  de  continentes 
sumergidos!   ¡Qué  agitaciones  de  energía  satánica   deben  des- 
arrollarse  en  las    entrañas  del  astro  que,  dando  ejemplo  á  las 
hipocresías  humanas,  ofrece  por  fuera  el  espectáculo  seductor 
y    plácido    de   superficies    casi   tersas,   pobladas    por  pueblos 
libres   que   laboran    su  dicha,   mientras   que  en   el  fondo   cal- 
cina los  cimientos    un  huracán  igneo   formidable,  tan  impere- 
cedero que  todavía  arrasa  comarcas  al  salir  al  exterior,  apro- 
vechando algunas  de  las  viejas  y  olvidadas  chimeneas!  ¿Cómo 
concebir    las    capacidades  de    esa   horrible    marmita    interna, 
cómo  imaginar    la    escena    extraordinaria    que    deben    ofrecer 
esas    inmensas   cavernas,    esas    galerías   atadas   en    forma    de 
ovillo,  perpetuamente  recorridas  por  ríos  de  líquido  abrasador, 
por  Niágaras   de  fuego,    por   océanos   de   espantosa   levadura, 
por  el  eco  de  truenos  que  se  pronuncian  en  coro,  por  trozos 
deslumbradores    de    cielo,    aquí,    por    nubes   tenebrosas,    allá^ 
cuando  después  de  dilatarse  en  toda  su  extensión  admirativa 
el  espíritu   queda  postrado,    parece   quo   cae  como   un   cristal 


a34  LUU  ALBBMO  9B  lUMBRA 

roto,  luego  de  seguir  ea  «u  te^^a  íaiplaoable  á  los  liwuog 
de  lae  fundiciones  de  aeero  de  Pittsburg?  La  adoneióa  del 
fn^gOy  el  culto  del  eol.  Ninguna  religión  pa^uia  ofrece  un 
simbolismo  más  esforzado,  más  denotativo  de  soberbia  ma- 
jestad, que  el  elegido  por  algunos  de  nuestros  indígenas  para 
representar  la  poderosa  alianza  de  los  misterios  generadores 
de  entonces:  la  llama  y  esa  grandiosa  antorcha,  casi  eterna, 
que  nos  acaricia  para  salvarnos  de  la  muerte. 

Por  medio  de  pescantes,  movidos  por  la  electricidad,  el 
hierro  fundido  se  transporta  á  unas  mesas  de  laminación. 
Ya  convertido  en  pasta  se  le  derrama  sobre  aquel  plato  para 
hacerlo  pasar  bajo  unos  rodillos  automáticos.  ¿Quién  de  nos- 
otros, pronto  á  apoderarse  de  los  restos,  de  los  despojos  del 
combate,  no  ha  sido  testigo  fidelísimo,  cuando  niño,  de  la 
actividad  de  la  cocinera  mientras  hacia  masa  y  aplanaba  con 
el  palote  el  compuesto  formado  por  la  mezcla  de  agua  y 
harina?  Pues,  si  ninguna  comparación  puede  ser  más  pro- 
saica también  es  cierto  que  ninguna  le  ganará  á  ésta  en 
exactitud.  El  hierro,  pegajoso  y  blando  como  masa,  avanza 
traído  por  cilindros  combinados.  A  cierta  altura  se  le  es- 
polvorea con  nickel,  para  quitarle  viscosidad  y  agregarle 
brille»,  y  luego  se  le  rocía  con  agua  para  aplacar  su  mucha 
sed.  Extendido  como  una  sábana  incandescente,  penetra  bajo 
el  rodillo  que  lo  espera  inflexible  para  oprimirlo.  Un  ruido 
ensordecedor,  extraño,  de  acentos  confusos,  se  produce  enton- 
ces; parece  que  se  oyera  el  crujimiento  de  huesos  al  rooi- 
persc.  Quebrada  ya  la  cerviz,  convertida  en  plancha  lisa, 
avanza  la  materia  roja  para  retroceder  y  ser  sometida  de 
nuevo  dos,  tres  veces,  al  contacto  suavizador.  Para  hacer 
varillas  de  acero  se  pasan  chorros  de  mineral,  como  si  se 
enhebrara  una  aguja,  por  ojos  de  moldeo  cada  vez  menores. 
Casi  sólo  él  entra  y  sale  por  los  agujeros  apropiados,  para 
extenderse  rápidamente,  culebreando  airado,  coa»o  una  in- 
mensa y  preciosa  víbora  de  coral,  en  una  línea  de  más  de 
veinte  metros.  Para  preparar  trozos  macizos  entran  en  fun- 
ción, aprovechando  otras  mesas  clínicas,  martillos  y  garfios. 
Estos  traen  y  llevan,  mientras  aquellos  castigan  los  flancos, 
con   tanta  puntualidad  y  acierto  que  creeríase  todo  responde 


4  un  milagro  de  ti^«.  PüUjbaxg  oo  desoaoaa  ea  bu  tarea 
laborante:  de  día  y  de  noclxe  fuociotia  aquel  organismo, 
aquel  ganglio  de  organismos^  creado  para  torturar  al  hierro 
y  surtir  de  acero  á  los  mercados  de  las  regiones  más  lejanas. 

Es  tanta  la  influencia  social  de  los  grandes  establecimien- 
tos industriales,  y  está  ella  tan  apartada,  en  lo  que  alcanza 
la  vista  ordinaria,  de  los  probicuias  apasionados*  que  cuesta 
á  la  generalidad  reconocer  su  energía  revolucionaria.  Los 
talleres  civilizan,  amansan  los  soatimientos  atávicos,  fundan 
la  prosperidad  de  las  clases  medianas,  dignifican  al  obrero, 
apartan  el  espectro  de  la  miseria  de  la  casa  del  pobre,  edu-> 
can  á  los  espíritus  sin  luz,  afianzan  la  religión  del  fana- 
tismo. Ahí  se  ponen  de  pié,  proclamándolo  así,  los  tres- 
cientos veinte  mil  habitantes  de  Pittsburg  y  desde  tribuna 
más  lejana  también  lo  abonan  las  poblaciones  obreras  que 
han  dado  gloria  á  Francia,  honor  á  Bélgica  y  fuerza  atlética 
á  Alemania.  ¡Bienvenidas  las  modernas  industrias .  que  son 
escuela  de  redención  humana!  Cada  fábrica  que  se  inaugura 
en  nuestro  país,  ya  sea  ella  para  hacer  fósforos,  zapatos, 
vidrio,  papel,  perfumes,  sombreros,  azúcar  de  remolacha  6 
alpargatas,  señala  un  esfuerzo  noble,  eficacísimo,  en  pro  de 
la  causa  pública.  Por  cada  fábrica  que  se  abre  se  cierran 
mil  ignorancias  empedernidas,  al  extremo  de  poderse  afirmar 
que  las  maquinarias  crean  tantas  mercaderías  como  ciuda- 
danos. £1  día  en  que  por  nuestros  valles  y  cuchillas  sean  fa- 
miliares las  chimeneas,  flameará  más  ufana  la  bandera  de  la 
patria,  porque  ella  será  entonces  el  símbolo  de  una  inde- 
pendencia más  altiva — si  posible — y  se  habrá  cerrado  para 
siempre  el  período  malsano  y  anormal  de  las  eternas  mur- 
muraciones politiqueras,  tan  perniciosas  á  la  nación  como  lo 
son  á  la  reputación  de  las  familias  los  chismes  envenenados 
de  barrio.  Casi  tengo  ganas  de  testar  este  pá^Tafo,  .no  me 
vayan  á  hincar  el  colmillo  y  á  tildarme  de  inconsecuente 
porque,  sin  abdicar  de  principios  de  los  que  no  se  abdica 
jamás,  repito  una  verdad  que  me  ha  iluminado  siempre. 
¡Bendito  sea  pues,  ese  altar  de  progreso  y  de  felicidad  alzado 
por  el    trabajo  en  Pittsburg! 

Las  fundiciones  ocupan  la    extensión  de  un    valle,  de  ma- 


336  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

ñera  qae  al  apartariios  de  allí^  ya  entrada  la  noche  j  reco- 
rriendo en  carruaje  un  camino  que  corona  las  alturas  veci- 
nas, gustamos  el  epílogo  de  un  espectáculo  maravilloso. 
Apesai*  de  la  densa  oscuridad  reinante  un  manto  de  luces 
de  oro  flota  sobre  los  hombros  de  la  ciudad  viríl^  manto 
tejido  por  el  aliento  de  todas  las  usinas,  que  suma  un  in- 
menso resplandor.  Nunca  he  apreciado  un  conjunto  dueño 
de  más  rasgos  fantá^sticos.  La  atmósfera  blanquísima  creada 
por  todas  las  volutas  de  humo  hermanadas;  el  chisporre- 
teo de  las  fraguas;  los  faros  eléctricos;  el  eco,  que  llega 
amortiguado,  de  las  labores  incesantes;  la  alegría  callejera; 
todo  eso  caracteriza  un  cuadro  que  trae  á  la  mente  el  re- 
cuerdo de  las  narraciones  de  las  mil  y  una  noches.  ¿Habrá 
tenido  la  pupila  de  Nerón  una  escena  más  grandiosa,  más 
imponente,  cuando  su  capricho  salvaje  ordenó  el  incendio 
de  Roma? 

De  prisa  á  otra  cosa.  En  el  Estado  de  Ohio,  cerca  de 
Cincinnati,  visitamos  el  paraje  conocido  por  Fort-Ancient — 
fuerte  antiguo — en  donde  se  han  ubicado  los  mounds,  es 
decir,  esas  curiosísimas  ruinas  dejadas  por  la  más  remota 
civilización  continental.  ¡Con  cuánto  interés  las  recorrimos 
en  largo  radio  escuchando  las  explicaciones  ilustrativas  de 
complacientes  guias,  profesores  de  las  universidades!  Tienen 
los  monnds  todo  el  aspecto  de  primitivas  fortificaciones 
guerreras  y  consisten  en  enormes  montones  de  tierra,  evi- 
dentemente levantados  por  los  aborígenes,  que  casi  alcanzan 
el  volumen  de  ])equeñas  colinas.  ¡Qué  esfuerzo  defensivo 
perseverante  y  monumental!  Esas  trincheras  de  las  épocas 
perdidas  han  desafiado  el  ataque  de  docenas  de  centurias  y 
el  lavaje  desgastador  de  todas  las  lluvias.  ¿Perdurarán 
tanto  tiempo  como  la  creación  de  los  bíírbaros  las  obras 
maestrtts  de  la  ingeniería  moderna,  tan  desafiante  como  ella  se 
descubre  en  el  puente  de  Brooklyn,  la  Torre  Eiffel,  en  el  mismo 
canal  de  Suez?  ¡Qué  severa  lección  ofrecen  á  nuestra  alta- 
nería efímera  esas  construcciones  silenciosas  del  pasado  máa 
elocuentes  y  eternas  que  todos  los  libros  escritos  por  los 
hombres,  más  arraigadas  que  las  razas  y  más  duraderas 
que  todos  los   himnos   aliados   de  todas    las  posteridades  del 


DESDE    WABHIHOTOir  337 

mondo^  desde   Washington  á   Napoleón!     Entre    los    trabajos 
leídos  An  el  Congreso  de  Americanistas  destacó,  por  sa'nove^ 
dad^    uno  que  ya  está    haciendo    ruido   en    el  mundo    sabio. 
Fué  presentado   por  el   erudito   peruano,    señor   González  de 
la  Rosa,  y  llevaba  el  siguiente  título:  cCómo  hallé  que  la  deno- 
minada correspondencia  de  Toscanellt   fué   una  falsificación  j 
que  la  ciencia  nada  tuvo    que  ver  con  el  descubrimiento  de 
América».  Apesar  de   los  términos   contundentes  transcriptos 
conviene  esclarecer,  en    pocas   palabrAs,  esta  tesis  pnra  com- 
prender el  alcance  histórico  trascendental  que   ella  tendría,  en 
caso  de  ser  tan  cierta    como  se    pretende.     Toscanelli  espar- 
ció la  fama  de  su  sabiduría  por  la  península  itiílica  y  países 
vecinos  en  época  casi  contetnporánea  con  las  investigaciones 
ardorosas   de   Cristóbal    Colón.     De  conocimientos   complejos; 
al   igual  de  todos  los  estudiosos  de  su  tiempo^  destacaba,  sin 
embaído,  en  las  ramas  geográfica  y  astronómica.  Hasta  ahora  se 
ha  creído,  como  verdad  inconcusa;  que  el  insigne  genovés  dis- 
cutió  la   practicabilidad    de  sus   proyectos   temerarios   con   el 
reputado  pensador,  dirigiéndole,  antes  de  consumar  su  hazaña, 
algunas  cartas   cuyos  originales,  entiendo,  se  conservan   en  la 
biblioteca  de   Roma.      Esas  cartas  son    consideradas  precio- 
sas, tanto  por  las  claridades  insospechables   que  arrojan  sobre 
los   preliminares  científicos  de   la  empresa,  cuanto   porque  en 
todo   su   texto    vaga  el  genio    de    Colón   que,    ya    entonces, 
con    acierto  profetice,    delinea    sus  teorías  innovadoras,   con- 
sagradas ampliamente  más  tarde  por  una  espléndida   realidad. 
Pned  bien,    el    señor  de  la  Rosa  sostiene   que    si  por    una 
parte    Colón    escribió    esas    cartas  á  Toscanelli,   éste    nunca 
pudo    recibirlas,    por   la   sencilla   razón    de    que   ya   en    esa 
fecha  había   muerto;  y   que,  en  consecuencia,   las    respuestas, 
tan  sonadas,  del  mismo,  que  también  se  conservan   como  reli- 
quias,   fueron  falsificadas  por    el   mismo  Colón!    Aán   queda 
algo  más:  esos  documentos  de  autoridad  proverbial  hasta  ahora, 
ni    siquiera    fueron    forjados   antes   del   descubrimiento,    sino 
que   después,  á   su   vuelta  á  España,    el    gran   almirante    de 
las  Indias,  deseoso  de  rodear  su  nombre  con  todos   los  pres- 
tigios de  la  ciencia,   tejió    ese   material    inventando    antece- 
dentes de    polémica  sabia  á  su   buena  fortuna,  explicándose 

22 


338  LUI6  ALBERTO  DE  HERRERA 

así  la  admirable  exactitud  do  sus  apuntados  vaticinios.    ¿No 
es   para  caerse   de  espaldas?     Declaro  que  un  pistoletazo  no 
me  hubiera  conmovido  tanto  en  mi  asiento.    El   señor  Henry 
Vignaud^  miembro  de  la  Embajada   norte-americana  en  París, 
acaba   de    publicar    un    volumen,   que  está    siendo  devorado, 
sobre  idéntico  asunto.     Por   io  demtís,   el  señor   González  de 
Im  Rosa  posee  reputación  como   filólogo  é  investigador    pro- 
fundo.    Durante  el  viaje   que  hiciéramos  juntos  en  ferrocarril 
tuve  el  placer  de  escucharle,  durante  horas  enteras,  sin  volver 
de   mi  asombro  ante    sus  afirmaciones  categóricas  que,   á  ser 
confirmadas,  vendrán   á  dar  un    vuelco    completo    á  todo  lo 
que  se  ha  aceptado  y  se   ha  escrito  sobre  Cristóbal   Colón  j 
sobre  el   descubrimiento  de  la  América.   Por  espacio  de  diez 
años  el  señor  de   la  Rosa  ha  vivido   entregado   en  absoluto 
á  sus   exploracione3  retrospectivas   pesquisando   el  asunto  en 
sus  mismas   fuentes  y    recorriendo,   al   efecto,  las  principales 
bibliotecas  de  Europa.     Ha  estudiado,  párrafo  por  párrafo,  los 
papeles  existentes,  siguiendo   el    desarrollo    minucioso  de   las 
anotaciones  puestas   en   el   diario  de   navegación,  de   puño  y 
letra   del  mismo  Colón.     Sería  interminable  repetir  aquí  sus 
novedosas    manifestaciones,  pues,  derribado   con    todo    riesgo 
el    primer    cimiento,    caen    por    tierra    casi    todos    los    esla- 
bones   de  una  esplendorosa   leyenda  redentora.     £1   señor  de 
la   Rosa   tuvo    la   bondad   de  soportar   mi   largo   interrogato- 
rio   de    profano    y    diré    que    sus    respuestas    revoluciona- 
rias   han    aumentado    en    cierto    sentido    mi    sorpresa.     Le 
oí  decir    que    Cristóbal    Colón   no    poseía    la   talla  cientíBca 
que    se   le   ha  atribuido;   que   la   existencia    de    la    América 
ya  se  conocía   cuando   él   la  encontró;   que   su    único  mérito 
consiste  en  haberla  ido   á   buscar  siguiendo  las  mismas  rutas 
indicadas    por  otros;    que    el    verdadero    descubridor    fué  un 
marino,  hasta   ahora    ignorado,  que    en    su    lecho   de   muerte 
eonfió  su  grandioso  secreto  á  su  confesor,  un  tal  Juan  Pérez, 
que  lo  trasmitió  al    navegante   afortunado  á  fin   de   qne  éste 
lo   aprovechara   en  beneficio   propio;   que  el  padre  Marchena 
era  otra   persona  distinta  del    fraile    recién    citado.       cPero 
¿cómo  explica  usted,  decía  yo  animándome  y  con  atrevimiento 
de  pilluelo  á  mi  distinguido  interlocutor^  el  antecedente  esfor- 


DESDE    WASRlNQTOir  339 

zado  qne  señala  aquel  viaje  de  Coldn  á  Portugal,  mnohoÉ 
años  antes  del  descubrimiento^  para  impetrar  el  apoyo  de 
aquella  corte?»  cTodo  eso  es  mentira»,  me  contestó.  —  «¿Y 
cómo  desvirtuar  la  realidad  de  aquellas  discusiones  en  las 
que  el  marino  genial  se  puso  sólo  frente  al  error  geográfico 
Sostenido  por  los  sabios  de  Salamanca  insistiendo  en  la  re- 
dondez de  la  tierra  y  en  otras  célebres  predicciones?»  — 
€  También  mentira»  se  me  replicó  —  c  ¿Entonces  la  gloria  de 
Cristóbal  Colón,  dije,  sonriendo,  es  una  mistificación  grosera?» 
—  cPor  supuesto». —  cPues  declaro  que  la  versión  sustitu*- 
yente  posee  el  colorido  maravilloso  de  la  novela  del  conde 
de  Montecristo  y  que  no  me  conformo  con  qne  se  reemplacen 
las  estrofas  del  único  poema  que  conoce  el  mundo,  después 
del  apostolado  humano  de  Cristo,  por  nuevos  textos  de  en- 
señanza, y  el  nombre  imperecedero  del  gran  Cristóbal  Colón 
por  el  de  un  abate  humilde  que  hasta  tiene  para  la  poste- 
ridad el  inconveniente  de  haberse  llamado,  á  secas,  Juan 
Pérez!  ¿No  suena  mal,  señor  de  la  Rosa,  horriblemente  pro- 
isaico,  eso  de  contestar  á  la  pregunta:  ¿á  quién  pertenece  la 
gloria  de  haber  descubierto  la  América:  á  Juan  Pérez? 
Por  lo  demás,  si  no  fuera  por  el  navegante  cuya  fama 
se  crucifica  hoy,  no  estaría  yo  disfrutando  de  esta  ame- 
nísima catiseríe;  así  es  que,  de  todos  modos,  le  estoy 
personalmente  muy  i^radecido.»  Tomando  su  tumo  le  tocó 
entonces  sonreír  al  concienzudo  hombre  de  ciencia  que  me 
había  hecho  el  honor  de  satisfacer  mi  impertinente  curio- 
sidad. Aquellos  grilletes  creados  por  la  ingratitud  de  su 
tiempo,  aquellas  miserables  cadenas  de  Bobadilla  las  remacha- 
ban ahora,  sobre  la  fama  del  ilustre  navegante,  audaces  y 
complicados  raciocinios!  No  era  suficiente  bautizar  con  otro 
nombre  que  el  suyo  tf  las  tierras  de  promisión  que  él  arre- 
batara á  las  tinieblas;  no  colmaban  la  medida  de  las  in- 
justas aflicciones  las  calamidades  que  él  debió  sufrir  antes 
•de  realizar  su  ensueño  de  profeta,  tan  consecuentes  que  a^n 
en  el  pináculo  de  la  gloria  lo  asaltaron  de  nuevo  para  cas- 
tigarlo aleves!  Era  necesario  extremar  el  tormento  y  ofre« 
cerle  al  apóstol  y  al  mártir,  aún  en  la  muerte,  la  copa  de 
cicuta.     Si  los   esqueletos  fueran   algo  más   que   simples   res- 


340  LUIS  AI«BESTO  DE  HERRERA 

to8  materiales,  ¡cómo  temblarían  de  indigoación  en  su  tamba 
los  hacsos  guardados  en  Yalladolid  ó  en  La  Habana,  por- 
que de  Colón  hasta  las  cenizas  se  han  extraviado!  Pero  es 
consolador  pensar  que  los  bibliófilos,  aún  los  miís  respetados 
y  autorizados,  pierden  su  tiempo  si  intentan  aplastar  las 
tradiciones  más  soberbias  y  consagradas  de  las  edades»  Cris- 
tóbal Colon  está  hace  muchas  centurias  en  la  inmortalidad. 
¿Qué  escalera  de  manos  alcanza  hasta  allí?  ¿Y  cómo  encon- 
trar fuerzas  bastantes  para  derribar  su  estatua  cuando  ella  tiene 
por  pedestal  el  espacio  de  dos  continentes  abrazados  y  por  guar- 
dia eterna  la  reja  protectora  de  dos  océanos?  ¡Querer  probar 
con  indagaciones  escolásticas,  seguidas  sobre  manuscritos  ama- 
rillos y  atando  consecuencias  de  origen  deleznable,  que  Cristó- 
bal Colón  no  fué  el  genio  que  el  mundo  ha  conocido  siem- 
pre! ¡La  fuerza  convincente  de  los  papeles  estudiados  como 
elementos  aislados  de  esclarecimientos!  Dadme  la  declaración 
de  un  testigo,  decía  un  juez  famoso,  y  yo  mo  comprometo 
á  encontrar  causa  para  condenar  á  la  última  pena  á  un 
inocente.  Siga  cayendo  implacable  el  ariete  demoledor  so- 
bre las  reputaciones  augustas  fundadas  sobre  el  granito! 
¡Bravo!  Mañana,  otro,  más  temerario,  sostendrá  que  la  exis- 
tencia de  Colón  se  parece  á  la  de  Homero  en  que  posee 
muchos  raf^gos  de  mito;  pasado,  caerán  bajo  la  picota  Bar- 
tolomé Díaz,  Vasco  de  Gama,  Magallanes  y  Gaboto;  luego^ 
en  otros  rumbos,  se  probará,  á  maravillas,  que  Cervantes  fué 
un  plagiador,  un  charlatán  Shakespeare,  que  el  Dante  se 
viste  con  las  plumas  del  grajo,  que  Watt  nada  tuvo  que 
ver  con  el  vapor;  nada,  tampoco,  Galvani  y  Volta  con  la 
pila  eléctrica;  que  Lutero  fué  un  miserable  y  Julio  César 
un   vulgar  capitanejo. 

¡Bravísimo!  Mucha  satisfacción  sentirán  después,  supongo, 
sentándose  triunfales  sobre  un  montón  de  escombros,  esos 
señores  amantísimos  de  la  verdad — ¡la  verdad! — tan  inflexi- 
bles en  sus  investigaciones  históricas,  tan  olvidadizos  de  mil 
circunstancias  complementarias  que  suelen  cambiar  radical- 
mente la  fisonomía  de  los  acontecimientos,  como  aquel  helado 
pesquisante  Javert,  sin  alma  y  sin  piedad,  que  se  desliza  por 
las  páginas  de  «Los  Miserables»  para  estremecernos.   Mal  de 


DESDE    WA8HIKOTON  341 

muchos  consuelo  de  necios,  me  dirtfn  ustedes;   talvez  tengan 
razón,  pero  yo  declaro,  francamente,  que  estas  injusticias  meri- 
dianas ayudan  á  conformarse  con  las  también  retrospectivas 
y  ahora  de  moda  en   nuestro  país.     ¿Qué  mucho   que  califi- 
quen  de  pobre  diablo,  de  traidor  y  de  argentino  á  Lavalleja 
y  que  tilden  de  cobarde  y  malvado   á  Artigas,  de  ladrón  á 
Rivera  y  de    asesino  á   Oribe,  si  ya  existe   quien  se   atreve 
á  llamar  falsificador  á  Cristóbal  Colón  y  á  sostener  que  no 
es   suya  la   gloria  de  haber   redondeado  al  mundo?    En  lo 
que   refiere  á   nuestros   grandes  antecesores,   cuando  los   veo 
acribillar  á   imputaciones    por  algunos  de  sus   descendientes, 
me  parece  que  oigo  á   mi  lado  uu  diálogo  extraño  por  el  es- 
tilo  del  siguiente: — €¡Ah!  señor;  tanto  gusto    de  conocer  é, 
usted.     Muchos  años   antes  de  que  muriera,   tuve  la  satisfac-^ 
ción  de  cultivar  relaciones  con  su  ilustre  padre,  uno  de  los 
ciudadanos  más  virtuosos  que  he  encontrado  en  mi  país.»  (Con- 
testa el  hijo  del  elogiado):  —  c Caballero,  usted  es  muy  atento, 
pero  permítame  que  no  acepte   sus  alabanzas,  pues  mi  padre 
fué  un  picaro  y,   por  lo  tanto,   no  le   corresponde  el  respeto 
que  usted  sinceramente  y  mal  informado  le  tributa.  >     (Gesto 
de  asombro  en  el  interlocutor.     Prosigue  el  hijo): — cYo  tam- 
bién   así    lo    creí    de   niño,    pero    estudiando    luego     con    el 
criterio  hecho,  los  papeles  dejados  por  el   autor  de  mis  días, 
recapacitando    sobre    su    conducta,    sorprendiéndolo    con    la 
memoria  en  la  vida  íntima  de  mi  casa,  encontré  que  el  ído- 
lo no  era  tan  ídolo.»     (Se  detiene  para  juntar  coraje  y  ense- 
guida continúa  hablando  así  á  su  atónito   oyente):  —  cYo  soy 
hombre  de  verdad,  mi  amigo,  á   ella,  á  su  culto  esplendoroso^ 
sacrifico  todos   los  convencionalismos,  y  por  eso,  cuando  me 
convencí  de  que  mi   padre   no  le  guardó  á  mí  señora  madre 
la  fidelidad  conyugal  que  le  jurara  ante   el  altar,  y   de    que 
él  no   pagaba    puntualmente    sus  cuentas    los    sábados,   y  de 
que   aceptó  en  política   transacciones  que   no  consultaban   el 
espíritu    rígido  de    los    principios,   comprendí    mi    extravío  y 
renegué  de  la  mistificación.» — cPero,  ¿y  la   voz  de  la  sangre, 
el  prestigio  de   su  apellido,  la  tranquilidad   de  sus  hijos,  la 
consideración   que  merecen   las  tumbas,    las   atenuaciones  de 
la  época,  interroga  tímidamente   el  interventor?»—  «¡Qué  me 


342  LUI0  ALBEKTO  DE  BERRERA 

importan  esos  argumentos  de  interés  mezquino  I  El  verdaGkr<^ 
valor  moral  consiste  en  despreciar  esos  raciocinios  utilitarios 
y  en  decir  la  verdad,  la  verdad  entera^  toda  la  yerdacL 
A  ese  fin  estoy  ya  escribiendo  un  libro  dirigido  á  procesar 
la  personalidad  de  mi  padre  probando^  con  documentos  irre- 
futablesy  sus  grandes  debilidades.  ¡Esto  sí  que  es  noble!  Yo 
mismo  admiro  mi  energía  recta,  estando,  por  lo  dem^s»  coa- 
vencido  de  mi  deber  de  hombre  justiciero.  ¡Todo  por  la  ver- 
dad!» <¿Pero  y  la  integridad  del  nombre  de  la  familia  y  d^ 
las  preferencias  patrióticas?  Las  atenuaciones  y  justificacio- 
nes que  brinda  la  filosofía  de  los  sucesos,  las  especiales  cir- 
cunstancias, la  irregularidad  del  ambiente,  el  medio  social  en 
que  se  agitó  el  personaje?»  cYo  no  entiendo  ni  acepto  seme- 
jante componendas». 

¡Decadentismo    puro   con    ribetes    anárquicos  y    desquicia- 
dores.  • .  • ! 


XVI 


Influencia  del  ambiente  nacional  —  Beneficiosa  evolución  de  las  ideas 
—  La  religiosidad  norte  americana  —  inclinaciones  místicas  — 
Estupenda  diversidad  de  cultos  —  Enorme  prosperidad  del  cato- 
licismo —  El  colegio  de  San  Francisco  Javier  <-  La  iglesia  y  el 
Estado— Un  orador  modelo  —  Modalidades  original íslmas  —  Una 
crítica  á  nuestros  liberales — La  cuestión  religiosa  entre  nosotros- 


También  bajo  el  aspecto  religioso  es  admirable  este  país* 
Quienes  proceden  de  sociedades  en  el  seno  de  las  cuales  la 
eJEaltación  de  las  propagandas  filosóficas  solo  ha  sido  excedida 
por  la  exaltación  de  laa  agitaciones  políticas;  quienes  han 
visto  todos  los  días  al  encegnecimiento  sectario  nublando  el 
criterio  dé  los  más  brUlantes  espíritns  y  í  los  grupos  diver- 
gentes legitimando  el  anatema  insultante,  cuando  él  va  dirir 
gido  contra  el  adversario,  experimentan  al  llegar  aquí  upa 
sensación  de  sorpresa,  de  dulce  sorpresa,  muy  explicable  si 
pensamos  que  el  mutuo  respeto  señala  la  más  hermosa  con- 
quista de  nuestra  civilización.  En  los  £stados  Unidos  no  se 
conocen  las  intolerancias  de  credo.  Seguramente  que  millares 
d^  inmigrantes  han  arribado  á  estas  playas  trayendo  su.  ^q^ 
milla  peendida  con  un  alfiler  de  pasión  en  el  fondo  de  1^ 
conciencia;  pero  esas  prevenciones  reacciouarias  han  desf^p^- 
reeklo  pronto  de  este  ambiente  pxigenado  cuyas  vijrtude»*  pqr 
rifioatívaa  alcanzan  á  los  temperamentos  más  soberbios.  ¿Qm^ 
úiipetM  fuerte,  qué  prejuicio  resiste  al  ataque  pprfiado  die- 
taiMiAs.  impresiones  deriumbiadoras?  El  villero  que  pone  ^ 
pié  eA  loa  muelles  de  New  York  puede  decirse  que  es  arfjc^ 
bati^j  pcpr  el  turbión  de  una  catajcata*    ¿  Acapo  np.  I^ay  tapip 


344  LUÍS  ALBERTO  DE  HERRERA 

bien  Niágaras  en  el  escenario  magnífico  del  mnndo  moral? 
Pues  engullido  por  la  corriente,  como  un  barco  sin  gobierno, 
i^bota  sobre  las  piedras,  salta  como  una  pelota,  peina  con 
su  cuerpo  las  arenas  del  fondo,  flota  aquí,  se  hunde  allá, 
para  obtener  luego  descanso,  magullado  y  deshecho,  en  las 
arenas  de  la  orilla.  Esa  carrera  de  metamorfosis  la  sufren 
inevitablemente  todos  los  espíritus. 

Pero  me  apercibo  de  que  he  dicho  deshecho.  Deshecho 
el  espíritu,  ¿por  qué?  No;  esa  palabra  está  mal  empleada. 
Quedar  dolorido  después  de  un  ejercicio  atlético,  confesarse 
fatigado  á  consecuencia  de  uu  extraordinario  esfuerzo  men- 
tal, no  importa  decir  que  ese  aplastamiento  pasajero  sea  per- 
nicioso 6  destructor.  Los  masages  nunca  fueron  malos  para 
la  salud  del  cuerpo  ó  para  la  salud  del  pensamiento.  Cuan- 
do el  paciente  dice  que  lo  lastiman,  afirma  en  su  tranqui- 
lidad al  operador,  porque  esa  protesta  es  la  mejor  prueba 
de  que  se  ha  herido  el  punto  enfermo.  Al  estado  de  des- 
integración de  los  primeros  tiempos  sucede,  con  el  correr 
de  las  semanas,  una  intensísima  labor  reconstructora  y, 
echando  mano  de  los  nuevos  materiales  adijuiridos,  se  em- 
pieza á  edificar  con  plan  aceptando  el  cimiento  sólido  de 
ese  anterior  abatimiento  imaginativo.  Todo  no  se  rectifica; 
más  de  una  idea  antigua  queda- confirmada  como  piedra  an- 
gular, pero,  de  cualquier  manera,  son  muchas  las  sustitucio- 
nes que  Uno  va  decretando.  Al  principio  se  aborda  con 
timidez  esa  tarea  de  renovación  fecunda.  La  costumbre  y 
el  amor  propio  pesan  siempre,  como  cadenas  que  son,  y — 
seamos  sinceros  —  uno  no  se  decide  á  efectuar  el  sacrificio 
de  lo  que  antes  ha  creído  perfecto.  Pero  pronto  cesa  este 
natural  parpadeo,  que  todos  practicamos  maquinalmente  al 
penetrar  de  súbito  en  un  cuarto  con  mucha  luz,  y  una  vez 
rotas  las  grandes  murallas  opuestas  por  el  orgullo,  avanza 
la  empresa  de  asimilación;  pero  ahora  sin  tropiezos,  sin  so- 
bresaltos, sin  probabilidad  de  que  se  repitan  los  desvanecimien- 
tos de  antes.  Tal  vez  en  el  curso  de  estas  transformaciones 
tino  no  se  da  exacta  cuenta  de  lo  mucho  que  se  aparta 
del  sitio  de  partida,  pues,  en  este  concepto,  se  reproducen 
'  las   circunstancias    del   caminante  que,    acariciando  ideales  y 


DESDE    WASHINGTON  345 

atraído  por  la  belleza  del  paisaje^  avanza,  avanza,  sin  aper- 
cibirse de  que  está  muy  lejos  de  la  primitiva  senda,  más  aún, 
que  corre  el  riesgo  de  extraviarse  á  fuerza  de  marchar  ¡es 
tan  lindo  perder  el  rumbo  en  los  campos  floridos  del  ensueño ! 
Cuando  se  recupera  totalmente  el  equilibrio  perdido  en  el 
primer  encuentro^  resulta  que  todas  han  sido  ganancias  por- 
que  no  puede  discutirse  el  beneficio  que  resulta  de  quebrar 
opiniones  equivocadas  y  de  reemplazarlas  con  ventaja. 

Estos    saludables  procesos  evolutivos  los    denuncian    algu- 
nos y  no   los  reconocen  otros,  menos  humildes.   ¡Cómo  si  de- 
notara capacidad  el  negar  fuerza  convincente  y  educadora  á 
un    oi^ganismo    de  solideces    clásicas!     Es  también   indudable 
que  la   mayoría  de  los    forasteros   los  sufren   sin    apercibirse 
de  ello.     Si  á  todos    no    alcanzara  la   buena    vacuna  ya  ha- 
brían prendido  aquí  las    preocupaciones   seculares  de  la   Eu- 
ropa; ya  cruzaría  la  atmósfera,    como   un  relámpago   de   odio, 
la  amenaza    de  las   turbas   desenfrenadas.     Sin   embargo,    en 
Estados   Qnidos  no  retoñan  el  anarquismo  y  otras   lepras  so- 
ciales; no  obtienen   éxito   quienes    pregonan   la   caída    de   los 
gobiernos   por  la  acción  de    la  dinamita;   no  se  escuchan  vo- 
ciferaciones brutales  contra  la  religión   ó  en  su  apoyo;  quien 
entretuviera    sus    ocios    dañinos    pregonando    por    las    calles 
hostilidades  contra  la  autoridad  publica  y  hablando  del   des- 
potismo y   de    opresiones   de    clases    sería   señalado  por    los 
transeúntes  como  un    loco.     Sin  corro,  pronto  concluiría  por 
dejarse  de  fastidiar,  convencido  de  la  inutilidad  de    sus    es- 
fuerzos disolventes.     Las   protestas   coléricas  contra   los    ban- 
dos en  que  se^ divide  la    opinión   no  caben    cuando  es    noto- 
rio' que  las  mismas  regalías  amparan   á   todos.     En   Estados 
Unidos  el    derecho  verdadero  es  patrimoninl   tanto  del  millo- 
nario como   del    más    modesto    ciudadano.     Por    eso    de  una 
choza  de  Kentucky   salió  un   presidente  ilustre;   por  eso   han 
alcanzado   la  celebridad,  como    legisladores,    estadistas  ó  ge- 
nerales, muchos'  que    empezaron    la    vida    siendo    artesanos; 
por  eso   se  labran  fortunas   colosales  cuyo  origen  no  se  pierde, 
86   esclarece,  en    las  bohardillas;    por  eso    Andrew  Carnegie, 
hijo  de  sus  obras,  es  uno  de   los   hombres   más   ricos   y   más 
generosos   del  universo. 


346  LUIS  ALBKKTO  DE  HEBBERA 

Los  asuntos  religiosas  nunca  han  tenido  momentos  difíei- 
les.  La  causa  fundamental  la  dá  la  energía  de  esas  correcoior 
nes  morales  heredadas.  Mal  pudieran  peoar,  por  otra  parte, 
de  intolerantes,  quienes  descienden,  y  conservan  fntegraa  aus 
virtudes,  de  aquellos  peregrinos  fervorosos  que  huyendo  pre- 
cisa^iente  de  las  persecuciones  sectarias,  abandonaron,  hace 
trescientos  años,  las  playas  de  Inglaterra  para  iniciar  con  su 
éxodo,  semejante  al  bíblico,  la  gloria  de  otro  pueblo  de  Israel* 
El  norte  americano  es  un  pueblo  esencialmente  religioso, 
pudiendo  afirmarse  que  esa  arista  de  su  idiosincracia  no  ha 
sufrido  alteración  sensible  desde  las  épocas  puritanas.  Aquí 
todo  el  mundo  vá  á  la  iglesia  los  domingos;  todos  concurren 
en  alguna  forma  eficaz  al  sostenimiento  de  alguna  doctrina, 
y  creo  sea  empresa  difícil  encontrar  muchos  espíritus  radi- 
calmente libre  pensadores.  JEI  jnisticramb  flota,  como  una 
emanación  expontánea  del  suelo,  sobre  todfis  las  manifestar- 
ciones  de  la  actividad  colectiva.  Todos  los  días,  ante^  de 
empezar,  sus  deliberaciones  ambas  ramas  d^l  Cuerpo  Legia- 
)ativOj  que  tienen  cada  una  su  capelltín  presupuestado,  escu-^ 
chiM)  breves  conceptos  piadosos.  En  todas  las  ceremonias 
oficiales  so  produce  idéntica  interveAcién  y  hasta  en  laa 
monedas  se  dice:  m  Ood  toe  trust,  6  sea  «confiamoa  en 
Dios».  No  existe  el  aparato  exterior,  ni  so  gasta  el  tiempo 
Qu  espectáculos  de  oropel,  ni  salen  las  pjroceaionea  á  la  calle, 
ni  abundan  las  órdenes  monacales,  ni  hay  hijas  de  María, 
ni  encuentran  aceptación  los  conventos,  ni  se  oye  el  repique 
d^  cam^panas.  Nada  de  esto  descubre  el  viajero,  al  punto  de 
que  receje  una  primera  impresión  falsa;  pero  sus  juicios  se 
notifican  n^dicalmente  á  medida  que  va  apercibiéndose  de 
Iqs  vigorosos  latidos  creyentes  de  esta  i^ociedad.  La  ciudad- 
4e  Washington  no  excede  en  población  de  tpre^cientos  mil  habi- 
tantes, y  sin  einb^rgo  en  la  p^na  de  avispa  de  los  diarios 
del  sobado  se  alcaliza  á  contar  un  centenar  de  e^hortaoionea 
á  los  fieles,  indican4o  la  hora  ea  que  deben  oQncurrir  á  aMa% 
las  señoras  y  los  hombres,  y  í  practicar  ejeveioips  cristianos 
loa  niños.  Y  ü^bpnando  la  eficacia  convincente,  de  esosi  llaman 
4oa.  todo,  el  mundo  d€4,ÍAa  It^  mañana  del  dpmingo  4  tarsa^ 
espirituales,  desde  el    señor  presidente  de    la  rep<|blica«  ^f^ 


DSSDE     WA8HINOTOH  347 

asiste  á  la  capilla  del  culto  holandés^  hasta  el  más  humilde 
de  los  otMreros  á  jornal.  Los  morenos  tienen  también  templos 
propios,  lo  mismo  que  asociaciones  y  escuelas,  y  ellos  doblan 
la  rodilla  ante  el  altar  obedeciendo  al  mismo  ritmo  sincero^ 
Esta  religiosidad  del  séptimo  día  de  la  semana  no  ofrece 
los  oaracteres  sociales,  muy  agradables,  por  cierto,  que  pro^ 
vocan  en  otras  partes  manifestaciones  semejantes  de  devoclónw 
Esta  raza  de  fuerte  voluntad  y  que  posee  en  grado  extraer*- 
dinario  la  facultad  preciosa  de  saber  especializar  funciones^ 
va  el  domingo  á  las  iglesias  exclusivamente  á  rezar,  como  ir4 
exclusivamente  á  sus  negocios  en  los  días  de  trabajo,  absorr 
bida  en  alma  y  cuerpo  por  el  anhelo  único  de  adquirir  pros- 
peridad, y  con  la  misma  energía  de  propósito  con  que  asistirá 
de  noche  al  teatro  á  reirse  con  entusiasmo  infantil  llenandp 
la  sala,  al  menor  chiste,  con  el  eco  ruidosísimo,  simpátícoi} 
bonachón,  de  grandes  carcajadas  ingenuas.  Proponer  á  i^pa 
señora  americana  que  vaya  á  la  iglesia  entre  semana  importa 
tanto  como  proponer  una  idea  absurda.  ¿Acaso,  se  contea-r 
taría,  tiene  ella  algo  que  hacer  allí  cuando  la  solicitan  la9 
preocupaciones  y  quehaceres  de  su  hogar?  Pero  agreguemos 
que  preguntarle  á  esa  misma  dama  si  oye  servicios  religiosos 
en  las  fechas  dominicales  fuera  considerado  una  indiscreción^ 
¿Acaso  ella  no  comprende  sus  deberes  de  buena  madre  qu,e 
le  mandan  prestar  ejemplo  á  los  suyos  y  agradecer  á  su 
Dios  la  tranquilidad  dichosa  que  disfruta?  Y  no  rendirá  sola 
eae  tributo.  Acompañada  de  sn  esposo  y  de  sus  hijos  todoq 
disfrutará,  por  largo  espacio  de  tiempo,  la  hospitalidad  del 
templo  de  su  predilección.  Cada  familia,  tiene  allí  sus  asien- 
tnB,  sus  libros  de  oraciones  propios,  que  nadie  se  atreverá  á 
tocar.  AIgMnos  concurrentes  se  retirap  antes  del  sermón, 
otros,  n^ás  valientes,  lo  soportan  impertérritos;  pero,  sea  ó  no 
iodigeato  ese  capítulo  de  los  oficios,  la  misma  expresión  de 
atención  cordjnadi^  se  leei:;á  en  todas  las  fisonomías,  el  mis- 
mo silencio  respetuoso  y  sacramental  del  principio  sellará  el 
fin  de  la  ceremonia,  y  cuando,  á  intervaloii,  Ui^gue  la  oporta-; 
nidad  de  elevar  cánticos  de  gratitfidí  de  todos  los  pechoa 
l}]:y)t^n  fcf njbo9  hermosos  puj^iéndose  afinnar  qufi  la  fuerz^^ 
4a  aqvu4  qatq,  de  conjunto  ti|a  irregular,  se  mide  por  la  suma 


3á8  LUIB  ALBERTO  DE  HERRERA 

« 

exacta  de  las  voces  de  las  personas  presentes^  pues  nadie, 
sordo  6  afónico  6  tartamudo,  deja  de  ayudar  con  su  gar« 
ganta.  Concluida  la  tarea  cristiana,  la  asamblea  se  disuelve, 
rápidamente,  sin  ostentaciones,  sin  que  nadie  se  detenga  á 
gozar  de  los  atractivos  del  desfile.  Pero  antes  ios  miembros 
más  respetables  de  la  parroquia,  que  se  consideran  muy  -hon- 
rados con  esta  misión  de  confianza,  han  hecho  circular  en- 
tre los  asistentes  platos  de  colecta  en  cuyo  fondo  algo  dejan 
todas  las  manos.  La  mejor  prueba  de  que  los  resultados  de 
ese  petitorio  son  muy  jugosos  se  acredita  recordando  que  no 
otra  fuente  de  recursos  tienen  los  cultos. 

Hasta  en  los  hoteles,  pagando  tributo  á  la  afición  general, 
se  ofrece  al  huésped  una  nómina  completa  de  los  templos 
en  actividad.  £1  que  yo  habito  no  es  excepción  á  la  regla 
y  como  esos  datos  tan  singulares  están  contenidos  en  un 
gran  cuadro,  que  se  impone  á  todas  las  miradas  y  en  ca- 
mino del  comedor,  nada  debe  extrañarles  que  me  sepa  de  me- 
moria los  nombres  de  los  distintos  cultos  practicados  en 
esta  ciudad.  Nada  más  ocurrente,  por  otra  parte,  que  brin- 
dar 7nenú  espiritual  simultáneamente  con  el  menú  exigido 
por  el  paladar.  Vean  ustedes  el  índice  de  las  distintas  creen- 
cias: baptista,  unitaría,  congregacional,  católica,  episcopal, 
luterana,  presbiteriana,  reformada,  metodista  y  universalista. 
¿Cierto  que  hay  para  todos  los  gustos?  A  veces  se  me  ocu- 
rre que  resulta  grave  eso  de  que  tantos  y  tan  diversos  cre- 
dos pretendan  poseer  en  su  rito  la  miel  de  la  verdad  pu* 
rificada.  ¿Quién  puede  pagarse  de  acertar  en  esa  gi*an  lotería 
de  opiniones,  muy  á  menudo  contradictorias?  Si  alguno  pose- 
yera el  secreto  magno  sería  el  caso  de  poner  á  su  servicio 
inagotables  fervores,  del  mismo  modo  que,  cuando  se  está  en 
determinados  antecedentes,  se  arriesga  todo  el  dinero  dispo- 
nible en  las  carreras  á  las  patas  del  caballo  que  se  sabe 
ganará.  Pero,  como  desgraciadamente,  amen  de  las  argu- 
mentaciones metafísicas,  esa  claridad,  tan  ventajosa,  no  existe, 
no  somos  los  menos  juiciosos  quienes  nos  mantenemos  como 
simples  espectadores  de  esas  interesantes  y  respetables  pes- 
quisas subjetivas.  Aunque  en  los  Estados  Unidos  cuesta  un 
triunfo  sustraerse  á  las  exigencias  religiosas  del  ambiente.  En 


DESDE    WASHINGTON  349 

el  curso  de  la  m^fs  animada  conversación  se  le  pregunta  á  uno^ 
con  admirable  naturalidad,  cuál  es  la  iglesia  que  frecuenta  7  se 
salta  enseguida  á  otro  tema  mundano^ — teatros,  recepciones,  co- 
midas. Un  amigo  se  reía  días  atnís  porque  yo  le  manifestaba 
que  aquí  el  misticismo  corriente,  sano,  afable,   como  6s,  pone 
en   serios    apuros    á  la  miís    endurecida    de    las    conciencias. 
Pero  lo  que  más  sorprende  consiste   en  el  arraigo  del  catoli- 
cismo.   Los  yankees  creen,  y  antes  de  venir  á  este  país  nos- 
otros  pensábamos   como   ellos,  que   aquella  religión    posee  en 
Snd  América  el  más  fecundo  campo  de  propaganda  dol  Nuevo 
Mundo.    ¡Qué  evidente  error  cometemos  todos  en  opinar  así! 
Es   en   los    Estados    Unidos,  en    la   tierra  que    fué   en    otro 
tiempo  refractaria  á  la  palabra  de  Roma,  en  la  patria  clásica 
de  las  rigideces  puritanas,  que  el  catolicismo  presenta  en  la 
actualidad  sus   miís  pasmosos   éxitos.     Pudiera  suponerle  que 
un  culto  tan  poco  adicto  á  la  libertad,  de  tendencias   ultra- 
conservadoras   y  que  siempre   ha  buscado  anheloso   el  apoyo 
de  los  gobiernos,  al   extremo  de  exigirlo   como  un  derecho  en 
muchas  ocasiones,   careciese  de  las  condiciones   fundamentales 
para  prosperar  en  una  sociedad  libérrima  que  ostenta,  como  su 
más  preciosa  presea,  un  vigoroso  individualismo  y  en  el  seno 
de  la  cual    existe   el  divorcio,  en  su   concepto   más    dilatado, 
consagrando  una  aspiración  unánime  del  espíritu  público.  Incli- 
narían á  raciocinar  de  idéntica  manera   circunstancias  histó- 
ricas  de   todos  conocidas. — Cuesta  concebir  romanos    en   sus 
convicciones  á  los  descendientes  de  aquellos  cuáqueros,  cismá- 
ticos ardorosos.     Hasta  el  temperamento  nacional,  frío,  prác- 
tico, inaccesible    á   las    seducciones    de    las   ceremonias    más 
solemnes    y   pomposas,    parece    hostil    á   los    avances    de    un 
culto    que  cifra  su    mayor    fuerza    en    la    exterioridad    atra- 
yente    de    sus   ritos.     Sin   embargo,    resultados    palpables,    al 
alcance    de    todas    las    curiosidades^,    desmienten    esas    pre- 
sunciones.   Norte    América    fué     la    nación    que     aportó    M 
año    pasado    más    recursos    para    el    fondo    de    San    Pedro. 
New   York  cuenta    con  ciento  sesenta  y    ocho    iglesias    ca- 
tólicas, no  exagerándose   ya  si    se  afirma  que  casi  la  mitad 
de  la  población  de   la  inmensa    metrópoli    alienta  esas  con- 
vicciones.   Y  los  domingos,  tanto  de  mañana  como  de  tarde, 


350  LUI0  ALBERTO  BE  HERRERA 

se  las  vé  repletas  de  concurrencia,  pero  de  una  concurrencia 
que  debe  tener  invalorable  calidad  sectaria,  inflamada  como 
está  por  un  ardiente  fuego  piadoso.  Entran  lo^  católicos 
americanos  á  au  casa  espiritual  trayendo  el  alma  de  rodillas 
antes  de  penetrar  bajo  las  bóvedas.  Cruzan  la  puerta  de 
entrada  como  sombras,  desfilando  rápidamente  por  frente  á 
la  pila  de  agua  bendita,  para  santiguarse  enseguida  con  una 
gravedad  devota  que  no  es  comprada  en  la  botica.  Si  al- 
guno hiere  con  paso  callejero  las  lozas  de  los  corredores  6 
hace  ruido  al  mover  una  silla,  pronto  se  convence  de  que 
ha  cometido  una  irreverencia  al  leer  agria?  censuras  en  los 
ojos  de  sus  hermanos  creyentes.  Pero  lo  mis  apreoiable  de 
todo  consiste  en  el  hecho  de  que  siendo  libre  el  acceso  á 
las  iglesias  se  cobra  por  el  derecho  de  asiento,  adoptando 
un  sistema  semejante  al  practicado  en  las  boleterías  de  las 
empresas  mundanales.  ¿En  el  fondo,  no  se  trata,  también 
en  este  caso,  de  una  boletería  de  compañía  de  seguros,  ó  de 
algo  por  el  estilo,  que  prevé  los  riesgos  de  muerte  y  ofrece 
garantías  al  portador,  convertibles,  según  afirman,  en  el  ám- 
bito menos  bancario  de  otras  regiones?  Cada  neófito  aporta, 
sumiso  y  complacido,  su  cuota  y  todavía  se  retira  de  la 
ventanilla  acreedora  con  expresión  agradecida  para  ser  luego 
conducido  hasta  su  butaca  por  un  maestro  de  ceremonias, 
uniformado  con  traje  de  circunstancias,  de  paño  negro  ri- 
beteado de  oro.  ¿Resistiría  ese  mismo  sentimiento  en  otras 
partes  á  esas  razonables  pruebas  de  adhesión? 

Al  tiempo  de  residir  aquí  se  comprende  mejor  tan  sor- 
prendente lealtad  práctica  á  los  propios  ideales.  Esos  mo- 
destos desprendimientos  individuales,  que  aliados  fundan  in- 
mensas fortunas  corporativas,  porque  sumando  millones  de 
gotas  se  forman  los  ríos,  los  encuentra  idénticos  el  observador 
en  el  origen  de  todas  las  asociaciones  populares.  Nadie  pre- 
tende ignorar  que  en  el  dinero  reposa  la  base  de  las  pro- 
pagandas, que  hasta  las  plantas  de  apariencia  más  etérea 
exigen  alimento  para  dar  flores.  De  manera  que  cuando  un 
ciudadano  inscribe  su  nombre,  como  miembro  de  un  centro 
religioso,  partidario,  de  diversión,  atlétlco  ó  científico,  sabe 
que  esa  incorporación  le  demandará  repetidas  contribuciones 


DE8DK    WASHINGTON  351 

pecaniarias  de  las  que  nunca  protestará,  pues  todos  piensan, 
sabiamente,  que  para  alcanzar  el  objeto  perseguido  se  requiere 
él  esfuerzo  mancomunado  de  todos.  Como  cada  vez  que  uno 
admira  cuadros  de  arte  debe  pensar  que  gracias  á  la  cola* 
boración  maravillosa  de  la  luz  gusta  esos  placeres  superiores, 
del  mismo  modo,  al  apreciar  estas  virtudes  equilibradas  de 
una  raza  fuerte,  es  justo,  es  ejemplar  decir  que  tales  resul- 
tados provienen  de  una  causa  primera:  de  la  educación  po- 
pular, luz  de  Ih  tierra,  que  ilumina  á  todos  los  espíritus 
norte  americanos.  Comprobado  que  los  adictos  á  todas  las 
fracciones  reconocen  el  deber  elemental  en  que  están  de 
allegar  apoyo  positivo  á  su  grupo,  no  debe  extrañarnos  !a 
prosperidad  que  disfrutan  los  cultos  en  este  país.  Una  sola 
institución  congregación  al  acaba  de  pagar  atrasos  por  va- 
lor de  $  134.000  y  ha  aumentado  en  un  veinte  y  cinco 
por  ciento  su  presupuesto  de  gastos  para  el  año  corriente. 
Leo  en  una  revista  que  los  metodistas  han  obtenido  en  sus 
colectas  beneficios  que  exceden  el  límite  de  las  más  favo- 
rables presunciones.  Los  episcopales  se  encuentran  con  que 
el  número  de  bus  parroquias  ha  aumentado  en  quinientas. 
Los  reformistas  y  presbiterianos  están  libres  de  deudas  y 
disponen  de  fondos  que  nunca  disfrutaron  tan  sólidos  antes. 
Los  protestantes  juntan,  anualmente,  para  sostener  sus  misio- 
nes aquí  y  en  el  exterior,  gruesas  sumas  de  dinero  que 
importaron  en  el  último  período  $  19:500.000.  En  calidad 
4M)mplementaria  traduzco  este  páuafo  t>portnno:  «Las  auto- 
ridades dirigentes  de  las  diversas  religiones  inician  en  estos 
inomentos  una  campaña  para  acrecer  el  número  de  estudian- 
tes en  teología.  Se  ha  comprobado  qtie  no  existen  en  dispo- 
nibilidad bastantes  seminaristas  graduados  para  llenar  las 
vacantes  que  se  producen.  Siempre  hay  más  iglesias  insta- 
ladas que  sacerdotes  en  todos  los  diferentes  cultos,  excepto 
el  metodista  y  el  católico,  cuya  oferta  y  demanda  de  per- 
sonal está  rígidamente  controlada,  pudiendo  afirmarse  que  la 
apuntada  desproporción  es  hoy  más  grande  que  nunca  en  los 
anales  del  esfuerzo  cristiano  en  América.»  £1  culto  de  la 
ciencia  cristiana,  fondado  hace  cinco  afios  por  la  señora 
Mary  6.  £ddy,  cuenta  ya  con   quinientos  lujosos    hogares  y 


352  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

con  un  millón  de  prosélitos.  No  en  vano  el  festejado  Mark 
Twaíuy  que  acaba  de  satirizarlo  desde  las  columnas  de  la 
North  American  Review,  afirma  graciosamente  que,  á  este 
paso,  pronto  Mrs.  Eddy,  á  quien  ya  sus  discípulos,  titulan 
c  nuestra  madre  >,  llegará  á  compartir  ios  honores  de  su  tro- 
no  ultra-terreno   con  la  Virgen  María. 

En  New  York  tuve  el  gusto  de  visitar  el  famoso  cole- 
gio de  San  Francisco  Javier,  la  institución  de  más  prestigio 
allí  en  las  filas  católicas.  Comparecí  como  uno  de  tantos 
forasteros  curiosos  para  poder  comprobar,  otra  vez,  al  dis- 
frutar de  la  amena  é  instructiva  sociedad  de  sus  directores 
jesuítas,  que  en  estas  épocas  prosaicas,  llenas  de  atrepella- 
miento  y  de  rudeza  de  modales,  no  es  difícil  encontrar  el 
encanto  de  las  cortesías  clásicas  refugiado  en  el  retiro  de 
los  claustros.  Uno  de  los  profesores  tuvo  la  amabilidad  de 
mostrarme  todas  las  diferentes  secciones  de  la  casa,  escu* 
chande  con  satisfacción  mis  sinceros  comentarios  al  conocer 
la  riqueza  y  solidez  de  aquellas  instalaciones,  lujosas  en  már- 
moles, en  libros,  en  cátedras,  en  laboratorios  y  en  sabiduría. 
De  las  salas  de  enseñanza,  que  son  numerosísimas,  se  pasa 
directamente  á  las  iglesias,  y  me  expreso  en  plural  porque 
son  dos,  pero  con  la  extraña  particularidad  de  que  e&tin  su- 
perpuestas. Una  sola  no  bastaba  para  las  exigencias  del  culta 
y,  mediante  dos  millones  de  pesos,  se  ha  abierto  espacio  para 
dos  series  de  altares,  á  cual  más  magnífico.  Aprovechando 
el  escape  de  otro  corredor  pasamos  al  escenario  de  un  tea- 
tro, exclusivo  para  las  fiestas  dramáticas  combinadas  por  los 
escolares.  También  allí,  hasta  en  los  menores  detalles,  se 
adivina  la  misma  plétora  de  recursos,  el  mismo  derroche  de 
abundancias.  Instigado  por  el  deseo  de  alcanzar  el  secreto 
de  esas  opulencias  palpables,  que  ahí  están,  que  no  necesi- 
tan del  apoyo  de  mistificaciones  para  abrumar  con  su  enorme 
volumen,  pregunto  de  nuevo  á  mi  agradable  acompañante:  — 
¿Pero  cómo  han  podido  ustedes  erigir  este  imponente  edifi- 
cio, que  sirve  de  escudo  á  una  fuerza  moral  tan  imponente 
como  él,  contando  sólo  con  el  apoyo  voluntario  y  caprichoso 
del  pueblo?  Sonriendo  plácidamente  me  amplió  aquel  jesuíta,  de 
porte  tan  distinguido,  sus  anteriores  explicaciones.    La  base  de 


DC8DG    WABHIITQTOK  3i>3 

toda  esa  obra  de  maravilla  estaba  en  la  perseverancia  y  en  la 
fé.  ün  buen  día  el  reverendo  padre  Halrd/,  atendiendo  á  lAa 
solicitudes  del  vecindario,  inició  trabajos  para  establecer  en 
ese  mismo  sitio  la  sede  de  una  parroquia.  El  mfíglco  plato 
de  las  colectas  empezó  á  circular  despuéi  de  cala  servicio; 
Á  ese  origen  se  agregó  el  producto  líquido  do  dos  bazares 
de  beneficencia,  que  rindieron  veinte  y  cuatro  mil  pesos,  y 
lu^o,  ya  abierto  el  esfuerzo  y  acelerando  la  marcha  sobre  esa 
rueda  de  prosperidad,  se  hizo  crecer  tanto  la  espuma  que,  al 
colocarse  la  piedra  fundamental  de  la  construcción,  había  en 
caja  doscientos  veinte  mil  pesos.  No  vacilo  en  repetir  la  enun- 
ciación de  cifras  en  el  curso  de  esta  crónica  porque  considero 
que  ellas  le  dan  más  energía  probatoria. — cEntonces,  para  us- 
tedes no  ha  sido  un  trastorno  la  separación  absoluta  del 
Estado  y  verse,  en  consecuencia,  privados  de  su  apoyo?»  dije 
á  mi  interlocutor.  Como  no  quiero  poner  en  boca  ajena 
frases  sobre  este  punto,  que  adolecerían  del  defecto  de  no 
ser  enteramente  exactas  en  la  forma,  prefiero  condensar  et 
texto  de  la  respuesta.  En  vez  de  perjudicar  al  catolicismo 
no^te-americano  esa  independencia,  lo  ha  beneficiado  hasta 
extremos  inesperados.  Los  hechos  argumentan  mejor  que  laa 
palabras  y  cuando  se  observa  el  grado  de  generosidad  cons- 
tante de  los  fieles,  que  solo  al  colegio  de  San  Francisco 
Javier  apoyan  con  una  anualidad  media  de  cuarenta  rail  do- 
Ilanr,  existe  sobrada  razón  para  decir  que  no  hay  motivo 
para  echar  de  menos  el  amparo  oficial,  que  nunca  sería  tanr 
espléndido,  y  sí  lo  hay  para  felicitarse  de  que  rija  un  nuevo 
sistema,  mis  equitativo  y  ventajoso  para  todos.  Por  otr&' 
parte,  no  cabe  duda  de  que  el  cariño  al  templo  adquiere  mu- 
cha mayor  intensidad,  cuando  á  su  sostenimiento  concurrerv 
quienes  lo  utilizan,  y  así  se  explica  el  interés  palpitante  con 
que  sé  procura  su  prosperidad.  Confiados  á  sus  propias  fuer- 
zas ellos  saben  que  solo  sus  manos  son  las  capaces  de  eüal* 
tec'etla  y  á  la  sombra  de  esa  dignificante  emulación  cad« 
creencia  multiplica  los  ecos  de  su  propaganda.  Cuando  se 
bosicit  un  motivo '  párá  el  ataque  en  las  vinculaciones  de  la 
Igtesia  con   el  pdder   público  conviene  á    aquella  desbaratar 

esas  hostilidades  obteniendo/  expontáneümenté^  una  emancipa-' 

2a 


354  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

ción  qae  está  muy  lejos  do  ser  esencial,  como  suele  creene, 
á  sa  singular  influencia  colectiva.  Cuando  no  existe  oposi- 
ción á  eso  apoyo  oficial  también  conviene  llegar  al  mismo 
resultado  de  libertad  mutua,  pero  de  una  manera  paulatina. 
Ninguna  protección  representa  en  significado  social  y  en 
beneficios  políticos  lo  que  la  protección  de  los  fíeles.  Y  con 
una  sonrisa  dulce,  de  convencido,  puso  punto  final  á  la  ex- 
presión de  sus  juicios  mi  asompañante,  al  que  era  deudor 
de  tan  buenos  momentos.  El  colegio  que  acababa  de  visitar 
está  autorizado  para  expedir  títulos  de  bachilleres,  privilegio 
que  sólo  disfrutan  en  la  ciudad  imperial  cinco  ó  seis  intitucio- 
nes  de  alto  renombre.  En  ocasión  de  realizarse  sus  bodas  de 
oro,  ha  expuesto  recientemente  el  obispo  Williams  que  cuando 
hace  cincuenta  aíSos  él  tomó  á  su  cargo  la  prédica  en  la  Nueva 
Inglaterra,  la  parte  más  aferrada  al  cisma  del  territorio  de  la 
Unión,  en  toda  su  diócesis  sólo  contaba  con  cuatro  lugar- 
tenientes. A  la  fecha  tiene  cuatrocientos  piCrrocos  á  sus  órde- 
denes.  Pero  antes  de  quedarme  sin  espacio  quiero  referir 
una  brillante  conferencia,  cuyo  tema  era  la  educación,  dada 
en  el  teatro  Ciolumbia,  de  Washington,  por  el  obispo  católico 
Spaulding.  Se  puede  apreciar  la  talla  nacional  de  este  per- 
sonaje agregando  que  el  seíSor  presidente  de  los  Estados 
Unidos  lo  designó  como  miembro  arbitral  de  la  comisión 
para  estudiar  el  gravísimo  problema  de  los  mineros,  de  que 
he  hablado  extensamente  en  alguna  de  mis  anteriores.  La 
amistad  afortunada  que  cultivo  con  el  padre  Curríer,  de  re- 
putación cimentada  como  escritor  lingüista,  dio  motivo  á 
que  concurriera  al  acto.  Comí  en  su  parroquia  y  de  allí, 
tomados  del  brazo  para  no  resbalar  sobre  la  nieve,  nos  di- 
rigimos al  teatro  conversando  de  asuntos  variados.  Se  pre- 
sentó el  conferenciante  ante  el  pAbüco  vestido  de  levita  negra 
cruzada.  Solo  el  anillo  simbólico  denunciaba  au  calidad  de 
sacerdote.  Durante  más  de  una  hora  disertó  sobre  la  instruc- 
ción primaria.  Pudiera  suponerse  que  en  el  afán  propagandista 
ocurriera  él  al  sistema  gastado  de  las  invocaciones  y  de  las 
pesadas  alabanzas  de  fracción.  Eso.  fuera  inoficioso  aquí,  y 
en  Norte  América  no  se  pierde  el  tiempo  en  cosas  infitiles. 
No  señor;  aquel  representante  de  Roma  habló   á  su  auditorio 


DBBDE     WASHIMOTÓK  355 

con  la   sencilles  j  tersa  claridad  característícay   más   qne  de 
los  pastores  protestantes,  de  esta  raza  superior*  qae  tiene  más 
confianza  en  la  energía  de  las  convicciones  que  llegan  al  espi- 
rita envueltas  en  el  tal  transparente  de  la  razón,  qae  en  los 
párrafos  sólo  arrebatadores  por  su  rumor  musical.  ¿Qué  argu- 
mento  más  eficaz  en  favor  de    la  famosa  Vitalidad    de   sus 
ideales  pudo  formular  el  prelado  que  declarar  que  al  presente 
un  millón  de  niños  norteamericanos  reciben  la  enseñanza  que 
el  catolicismo  regional   les  brinda?    Y  luego,   en  vez  de  fus- 
tigarnos con  desahogos  sectarios,  remontóse  su  inspiración  jus- 
ticiera hasta  las  cumbres  más  nobles  para  descender,  enseguida, 
con  la  vista  certera,  como  las  águilas   que  bajan   á  la  llanura 
dejándose    caer    á    plomo    á    través    de    los   aires.     Puso    la 
planta  magestuosa  en  el  fondo  del  valle,  pero  su  anhelo  es- 
taba clavado  aún    más  lejos:  en  el  fondo  de  la    tierra.    Bus- 
cando miserias    humanas   que  consolar,  el   obispo    Spaulding 
hizo  el  comentario  de  la  suerte   de  los    infelices  mineros    y 
él,  que  ha   corrido,    en   misión   oficial  reparadora,  los  senos 
tres  veces  negros   de  las  catacumbas   carboníferas,    nos  des- 
cribió con  rasgos  de  insuperable   realismo  los   episodios  tris- 
tes que  se  derivan  del  trabajo  en  las  tinieblas.     Y  sin  embargo , 
sin    que  ellos   lo  sospechen    y   á    pesar  de   estar  ostensible- 
mente acariciados  por  la  claridad  solar,  se   agitan  en  dominio 
de  más  espesas   sombras,  son    en  esencia    más   desgraciados, 
los   que  no  saben  leer,  los  que  no  escriben,  los    que  no  saben 
pensar.     Por  eso,  aún  dándole  humildísima  cuna,  disfruta  pla- 
ceres dignos    de    las    estirpes    soberbias   y    goza    compañía 
r^a  quien  lee  y   aprovecha  algunos   de  esos    libros  clásicos 
producidos  por  la  sabiduría  humana,  que  el  pensamiento  sólo 
reconoce  como    legítimos   á   los    reyes   y  á    los    emperadores 
de  la  inteligencia.     Salí  del  Columbia  con  la  certidumbre  de 
haber  oído  muchas  apreciaciones  útiles  y  penetrado,  además, 
de  que  acababa  de  conocer  á  uno  de  los  más^hábiles  propa- 
gandistas de  la  causa  católica,   porque   el    obispo    Spaulding» 
sin  nna  palabra  agria,  sin  avanzar  un  concepto  exclusivo,  sin 
teger   loores  en  honor  de  su    bandera,    venía    de    tremolarla 
lucidamente  como  un    estandarte  de  vanguardia. 

En  otro  sentido,  se  me  ocurre  que  en  los  campos  neutra- 


356  Lun  AX3EBTO  ns  hkbbsra 

les  de  la  intejectualidad  ea  siempre  miiy  beneficioso  aproxi- 
marse á  los  hombres  de  virtud  cristalizada,  para  estimular 
los  optimismos  altruistas  del  espíritu  y  aprender  la  manera 
de  ser  cada  vez  más  ecuánimes.  Otro  detalle  local  gráfico. 
Después  de  una  representación  teatral,  dada  por  los  miembros 
de  una  asociación  devota  de  alemanes,  algo  así  como  el 
Círculo  Católico  de  Obreros  de  ahí,  siguió  un  baile  que  se 
prolongaría  toda  la  noche.  Pues  en  aquel  medio  de  mun- 
dano bullicio,  sin  danzar,  es  cierto,  pero  recorriendo  familiar- 
mente los  grupos,  hablando  con  unos  y  otros,  recibiendo  las 
bromas,  sin  gestos  de  hipocresía,  figuraban  una  porción  de 
clérigos.  A  cada  paso  se  oía  la  palabra  father — padre — y  al 
volver  la  cabeza  uno  se  encontraba  á  algfin  sacerdote,  joven 
y  buen  mozo,  conversando  con  alguna  linda  muchacha,  de 
grandes  ojos  azules.  Por  entendido  que,  no  adorando  á  los 
santos  de  madera,  mal  se  puede  creer  en  los  santos  de  car- 
ne y  hueso,  sobre  todo,  cuando  los  tonsurados  cruzan  la 
línea  ecuatorial  de  la  vida;  pero  yo  me  atrevo  á  decir  qi^e 
en  el  fondo  de  aquellas  expansiones  sociales  la  malicia  más 
suspicaz  no  hubiera  encontrado  elementos  reprobables;  en 
cambio,  cualquier  espíritu  observador  puede  comprender  que 
ahí,  en  ese  juego  normal  de  expontaneidades,  de  sentimientos 
y  de  ideas,  está  el  cimiento  fuerte  de  las  instituciones  pa- 
trias que  crecen  vigorosas  y  rinden  frutos  gigantescos,  sin 
requerir  ambiente  artificial  de  invernáculo,  ya  sean  ellaa 
políticas,  civiles,  municipales  ó  religiosas. 

El  arraigo  adquirido  por  la  tolerancia  mátua  también  no9 
(»frece  un  seductor  ejemplo.  Solo  así  se  concibe  que  haya 
podido  soñarse  en  reunir. en  Chicago  un  congreso  enciclopé- 
dico, integrado  por  delegaciones  de  todas  las  sectas,  para 
resolver  cual  es  la  religión  que  posee  los  dogmas  más  ver- 
daderos. Al  lado  de  este  otro,  queda  chico  el  ntidq  gordii^no* 
Solo  así  se  .  explican  manifestaciones  de  cordialidad  que  en 
otras  partes  parecerían  asombrosas.  El.  otro  día,  uq  pastor 
protestante  asistió  á  una  sinagoga  y,  según  leí  lu^o  en  .  la 
prensa,  hablando  del  asunto  en.  su  sermón  dominical,  .  dijo 
textualmente  á  sus  oyentes:  cfuí  grandemente  atraído  é  ins- 
truido por  lo  que  presencié  y  me. parece  que  todos  los  crisr 


DBSDB    W-ASHIÑOTON  S57 

itiáMs  debieran  aprovechar  las  opottanidades  que  se  les  pre- 
senten para  atender  á  los  referidos  servicios».   ¡Lo  que  puede 
la  diferencia  de  criterio  y^  ¿porqué  no  decirlo?  la  diferenéia 
4e  caltora  colectiva:   en  otros  escenarios  estas  conquistadoras 
-sinceridades  harkín  brotar  los  tildes  apasionados  de  traidor, 
tránsfuga,   ap<$stata!      Ofreciendo     reciprocidad    generosa,    el 
rabí  de  los  judíos  asistid,  ocupando  primera  fila,   al  entierro 
del  arzobispo  Corrigan,  de  New  York,  recién  fallecido.  Abati- 
rían las  aristas  semejantes.   No  hace  dos  meses  una    univer- 
ipidad   católica   otorgó    el  título   distinguidísimo   de     miembro 
honorario  de  la  misma  á  Orover  Cleveland,  ex-presidente  de 
los   Estados  Unidos,  pero  también   un  protestante  batallador. 
¿No  vale  la  pena  reproducir  algtmos  de  los  conceptos  verti* 
dos    en  la  oportunidad  por   labios   tan   autorizados?    El  dos 
veces  ex-mandatario  terminó  su   discurso    diciendo:    «la  repú» 
•blica  de  la  educación   está  fundada  sobre  una   sola  base,  «e 
gobierna  por  idénticos  derechos  y  hace  una  regla  de  la  impar- 
cialidad en  la  distribución   de   los   honores   y  de   las  recom- 
pensas.   Esto  último  me  parece  muy  elocuentemente  compro- 
bado ahora  mismo,  cuando   veo  al   severo  colegio  católico  de 
•Santo  Tomás  de  Villanova  confiriendo  su  más  elevado  grado 
lionorario   á  quien  se    halla  vinculado   al    manejo  y   sosteni- 
miento   de   la    severa    universidad  protestante   de  Princetdn, 
Será  un   día  triste  para  la  patria  aquel   en  que  la   educación 
y  los  maestros  de  la  moral  viviente  cesen  de  esforzarse  en 
unificar    la    levadura    representada    por    toda    nuestra    masa 
social,  ó  cuando  su  influencia  en  ese  sentido  sea  dividida  ó 
circunscrita  por  diferencias  sectarias.    La  posesión   sórdida  de 
la  sabiduría,  como  instrumento  de    beneficios    exclusivos,    es 
tan  deplorable  y  debe  ser   tan   combatidii  como  una  de    las 
modalidades  del  egoísmo.    Algunos   de  mis    oyentes  seguirán 
la  carrera  eclesiástica  y  otros  la  de  los  negocios.     Pero  ya 
en    la  iglesia,  ó  en   las    agitaciones   del    mundo,   ninguno    de 
frotfotros  tiene  derecho  para  huir  del  contacto  de  sus  compa- 
triotas, que  apareja   responsabilidades  imperiosas,  más  graves 
y    fúák   serias    para   quienes  deacuéllan    por    su    preparación 
noral.   Podéis  abrigar  la  seguridad  de  que  faltasreis  decidída- 
^taféiite  á  vuestro  deber   si  no  os  «lienta  la  convicción   p^- 


358  LUIS    ÁLBBBTO  DB  HBRRERÁ 

funda  de  que  vuestras  capacidades  solo  son  valiosas  porque 
ellas  os  habilitan  mejor  para  cumplir  con  nuestro  Dios,  con 
nuestra  patria  y  con   nuestros  conciudadanos». 

Recogiendo  los  materiales  fáciles,  hallados  al  alcance  de. la 
mano,  he  podido  demostrar,  sin  esfuerzo,  que   no   incurrí  en 
exageración    al  afirmar  en   el  comienzo   de   estas  líneas  que 
también  bajo  el  aspecto  religioso  ofrecía  rasgos  admirables  este 
país.    Tan  cierto   es  que  el   ejercicio   sincero  de  la  libertad 
funda  maravillas  aún  en  los  campos   aparentemente  más  ce- 
rrados á  su   influjo   renovador.     A  buen  seguro  que  el  fana- 
tismo pretendió  obtener  arraigo  eu  esta  sociedad,  que  también 
la  savia   presta   vigor  á  las    plantas  dañinas;    pero   ese   es- 
fuerzo   ha    resultado  absolutamente    estéril.      Las    plagas   no 
ganan  batallas  sobre  la  salud  cuando  ésta  se  encarna  en  cueír 
pos   firmes,   robustos,  protegidos   por  el  escudo   invulnerable 
de  la  vacuna.    Todos  los  prejuicios  sectarios,  todos  los  apa" 
sionamientos  de  las  fracciones  disidentes,  todas  las  esperanzas 
de  superioridad  impuesta  por  la  palabra  oficial,    han  debido 
desvanecerse  cuando  al  comparecer  ellas  ante  el  poder    pú- 
blico, en  demanda  de  apoyo  preferente,  invocando  la  cláusula 
comercial  de  la  nación   más  favorecida,  han  recibido  la  máa 
rotunda  negativa.    El  Estado,  que  posee  la  representación  de 
todos,  no  tiene  el  derecho  de  inclinarse,  aún  espiritualmente, 
en  favor  de  algunos;  los  dineros  de  la  comunidad,  el   pro- 
ducto de  los  impuestos,   pertenece  á   la  comunidad    por  en- 
tero;   quienes,  deseen    profesar    dignamente    un    culto,    que 
edifiquen,   á  su    propia  costa,   mezquitas,   sinagogas,    iglesias^ 
ó  lo.  que  más  les  agrade;  la  institución  moderna  de  los  go- 
biernos responde  á    fines   exclusivamente  civiles   y   políticos 
que    sufrirían  detrimento  en  su   prestigio,  amplio,  neutral,  si 
empañados  por  intereses  fraccionarios  de  un  orden   muy  di- 
verso y    cada  día  más  privativo  del  individuo.     En  presencia 
de   esta  imparcialidad  inquebrantable,  las  religiones  solo  haxk 
podido  confiar  en  sus  propias  fuerzas  y  han  neeesitado  buscar 
apoyo   expontáneo    en    las   filas    del    pueblo.     Eüsta    pcimei» 
transformación^    impuesta    fatalmente  por  el    medio,  tuvo  la 
virtud  inmensa  de   romper  hasta  la    semilla   de   las  perezas 
monacales  que,  cuando   hay   necesidad  de  buscarse   recursoa 


DESDE    WASHINGTON  359 

para  vivir,  no  se  tiene  mucho  tíempo  para  dormir  la  siesta, 
y  las  grandes  siestas  del  espíritu  y  del  cuerpo  son  la  ca- 
racterística morbosa  de  otras  sociedades  menos  adelantadas 
y  menos  felices.  Ni  un  centavo^  ni  el  asomo  de  una  in- 
fluencia en  las  alturas  del  mando:  todo  había  que  esperarlo 
de  las   energías  independientes. 

Sin  alivio  de  peso^  arrancando  del  mismo  punto  de  par- 
tida, tropezando  con  las  mismas  dificultades^  acreedoras  al 
mismo  premio,  todas  las  religiones  han  trillado^  trillan,  idén- 
tica pista.  Ellas,  que  talvez  en  un  principio  iniciaron  la 
campaña  bajo  una  impresión  de  desaliento,  temerosas  de  un 
fracaso,  se  sienten  poderosímas  en  la  actualidad,  ricas,  con- 
solidadas, prósperas,  ya  sea  en  el  número  de  pesos  6  de 
fieles  recogidos.  £3  que  las  filas  de  la  multitud  son  ma- 
nantial inagotable  de  misticismo.  Allí  está  el  dominio  de 
las  penumbras  aplastadoras;  allí  se  siente  más  y  se  piensa 
menos;  allí  deja  rastro  de  fuego  el  desastre,  y  la  miseria 
siempre  fructifica,  y  se  desespera  m*\chas  veces  de  la  dicha 
como  bien  del  mundo.  ¿Cómo  no  comprender,  entonces,  que 
allí  radique  sus  entrañas  la  fe  en  reparaciones  ultra-terrenas? 
La  ciencia  y  la  religión  están  reñidas;  bajo  el  reactivo  del 
examen  experimental  caen,  como  castillos  de  barajas,  los  más 
aceptados  teoremas  teológicos;  sea,  pero  ningún  razonamiento, 
ninguna  propaganda  de  prueba,  alcanzará  á  arrancar  las 
creencias  del  alma  del  pueblo,  que  serán  eternas  como  son 
eternos  los  dolores  y  las  alegrías  humanas  que  las  inspiran. 
Hay  instantes  en  que  esas  fidelidades  de  credo  parecen  va- 
cilar bajo  el  azote  de  un  huracán  de  ideas  buenas  ó  de 
ideas  malas;  pero  cuando  el  ambiente  se  esclarece,  se  vé 
que  el  mástil  de  la  nave  todavía  continúa  sosteniendo  el 
velamen  y  desafíando  tempestades.  Ahora  mismo,  ante  las 
perspectivas  horrorosas  de  derrumbe  que  decreta  el  anar- 
quismo, cuando  el  maderamen  otra  vez  cruje,  castigado  por 
lili  mar  de  fondo  que  evoca  las  catástrofes  de  la  Comuna, 
se  busca  en  el  sentimiento  piadoso,  suave,  consolador,  un 
freno,  tal  vez  el  único,  oponible  á  las  pasiones  enfurecidas. 
Pnes,  obligadas  las  diversas  sectas  á  aproximarse,  por  razo- 
nes económicas  de   existencia,  á  la   muchedumbre,   sus   após- 


360  LUI8  ALBERTO  DE  HERRERA 

toles  han  debido  aguzar  el  ingenio  para  obtener  prosélitos  y 
abierta  esa  vía  de  esfuerzos  legítimos^  han  agotado  todos  los 
recursos  inmaginables  de  atracción.  Penetrados  de  que  ya 
han  pasado,  felizmente^  los  días  reaccionarios  del  cilicio  y 
de  las  disciplinas,  sabiendo  que  aun  los  siervos  más  devo- 
tos prefieren  elevar  plegarias,  bien  arrellenados  en  un  asiento 
confortable,  ellas  han  multiplicado  las  sillas  holgadas  y  los 
blandos  cojines.  Y  de  noche,  por  si  acaso  el  neófito  ea 
corto  de  vista  ó  de  escasa  voluntad  fervorosa,  se  le  evita 
el  trabajo  de  seguir  en  un  libro  el  curso  de  las  oraciones 
reproduciendo  su  texto,  mediante  proyecciones  cinematográfi- 
cas, sobre  una  cortina  blanca  extendida  frente  al  altar.  Vien- 
do los  juegos  de  figuras  que  aparecen  allí  acentuando  el 
énfasis  de  la  propaganda,  se  convencería  de  que  no  estaba 
tan  equivocado  aquel  rematador  famoso  que  ofertaba  un 
ejemplar  de   la  biblia  con  ilustraciones. 

Caída  la  semilla  católica  en  este  terreno  libre,  debió  ab- 
dicar 8US  ideales  parasitarios,  renunciando  á  sus  aficiones 
estáticas,  si  pretendía  adquirir  cuerpo.  Así  lo  hizo,  tímida- 
mente en  un  principio,  para  ir  tan  lejos,  después,  que  á  la 
fecha  su  desarrollo  ofrece  aspecto  característico.  ¡Qué  diíe- 
rencia  de  exterior,  de  pensamiento,  de  palabras,  de  con- 
>ducta,  entre  uno  de  esos  sacerdotes,  ignorantes  y  opacos, 
exportados  de  la  península  itálica,  y  un'  ministro  del  mismo 
culto,  simpático  y  liberal,  formado  en  los  Estados  Unidos! 
Este  país,  que  perturba  ya  con  su  influencia  personalísima 
las  ideas  del  mundo  en  todos  los  órdenes  de  la  actividad, 
ha  rendido  á  la  religión  católica  un  servicio  invalorable,  cu- 
yas cofi.«ecnencias  dejarán  huella,  modernizándola  en  sus  as- 
piraciones, apartándola  de  los  ensueños  de  mando  temporal» 
'Convenciéndola  de  que  su  campo  de  fecundo  esfuerzo  está 
en  el  corazón  de  los  atribulados,  obligándola  á  renunciar  á 
derechoa  arbitrarios  de  primogenitura,  inyectándole,  en  fin,  en 
la  sangre  empobrecida,  los  glóbulos  rojos  de  la  tolerancia  y 
-de  las  sencilleces  puritanas.  Siempre  podrá  enorgullecerse  la 
iglesia  reformada  de  haber  consagrado  su  espíritu  liberal 
abriendo  espacio,  tanto  cuanto  han  demandado,  á  los  propa- 
gandistas  de  la  opinión  romana.     El  catolicismo  norte-ameri- 


DESDE    WASmnaTON  361 

<;ano,  purificado  .por  el  ejercicio  de  lus  libertades  protestan- 
tes, que  antes  y  eo  todas  partes  él  siempre  combati<5  ea- 
carnizadamentey  ha  perdido  aquí  todos  sus  rangos  autoritarioB 
y  ya,  en  la  actualidad,  cuesta  convencerse  de  que  él  des- 
cienda de  tradiciones  intransigentes.  Pero  la  fuerza  del  pa- 
pado es  tan  extraordinaria  que,  apesar  de  las  profundas  di- 
ferencias existentes,  todavía  no  se  ha  roto  el  hilo  vital  que 
ata  la  iglesia  de  Boma  á  la  iglesia  de  los  Estados  Unidos- 
Llena  de  asombro  y  de  satisfaoción  ante  la  singular  lojia- 
nía  de  sus  misiones  ultramarinas,  la  Santa  Sede,  contagiada 
en  alguna  parte  por  el  espíritu  liberal  del  siglo,  no  ha  inten- 
tado imponer  pesadamente  su  autoridad  sobre  sus  nuevos 
emporios  coloniales  .de  fé.  Ella  ha  debido  rendirse  ante  la 
evidencia  de  este  precioso  retoñamiento,  que  llega  tan  á  tiem- 
po, cuando  las  fuerzas  morales  de  la  Europa  empiezan  á 
extinguirse.  Puede  asegurarse  que  estamos  delante  de  un 
potente  desdoblamiento  de  la  religión  católica.  Aleccionado 
por  la  experiencia,  esta  vez  el  pontificado  no  extremará  los 
términos  de  la  adhesión  extricta  y  por  eso  no  existe  el  peli- 
gro de  que  se  reproduzca  el  ejemplo  de  un  cisma  como  el 
de  la  iglesia  de  Inglaterra  en  tiempos  de  Enrique  VIH. 
¡Caprichos  reconciliadores  del  destino!  Las  ramas  que  llega- 
ron á  ser  antagónicas  han  vuelto  á  confundir  sus  follajes  en 
las  tierras  vírgenes  del  occidente.  Sin  embargo,  día  llegará, 
no  sé  si  dentro  de  poco  ó  nó,  en  que,  pagando  tributo  á 
una  ley  fatal  y  lógica  de  desarrollo,  el  catolicismo  norte- 
americano adquirirá  su  autonomía.  Pero  esto  sucederá  sin 
enojo,  sin  rompimiento,  sin  disgusto,  con  beneplácito  de  Ja 
<;abeza  dirigente.  La  iglesia  griega  surgió  como  el  resultado 
de  una  controversia  apasionada  entre  Roma  y  Constantinopla, 
^ue  hizo  crisis  al  discutirse  los  derechos  de  los  patriarcas 
ecuménicos.  Fué  el  fruto  de  una  guerra  interna.  La  iglesia 
de  América  será  el  fruto  de  la  paz,  de  la  convicción,  do  la 
prosperidad  propia,  de  las  exigencias  geográficas.  Es  en  vano, 
las  ideas  del  Viejo  Mundo  no  son  las  mismas  que  gobernarán 
al  futuro  del  Nuevo  Mundo  y  en  polítlcl^  en  literatura,  en 
arte,  en  instituciones,  en  gustos,  en  religión,  se  está  fundien- 
do ya  un  tipo  propio  y  emancipado. 


362  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

Después  de  conocer^   aun  á    vuelo  de   pájaro,  el   carácter 
del    sentimiento  religioso  en  Norte  América,    se   impone  con- 
fesar que   nosotros  estaríamos   más  cerca  de  la  perfección  si 
aceptáramos,  también  en  esta  materia,  su  noble  ejemplo.  Aun- 
que continuamente  se   pregone  lo   contrario,  uo  es  cierto  que 
en  el   Uruguay  exista  el  mutuo  respeto  de  opiniones  como  lo 
concibe  cualquier  espíritu  tranquilo.     Quitando  las  diferentes 
ramas  del  tronco  protestante,  cuyas  extraordinarias  cualidades 
de   moderación  no  pierden  intensidad  ni  aán    en   los  medios 
más  irregulares,   es  indudable   qué  la   propaganda  católica  y, 
sobre  todo,   la  racionalista,  gobiernan  por  la  pasión    ofensiva 
sus  esfuerzos  conquistadores.     Al  fanatismo  religioso,  por  su- 
puesto malo,  se  ha.  opuesto   el  fanatismo  liberal,  mucho  peor> 
porque,  precisamente,  invocando  la  libertad  y  el  derecho,  se 
legitiman,  sin  darse  cuenta   y  en   el  calor  de   la  batalla,  los 
más    reprobables   atentados.    Caracterizándolo   así   de   manera 
bien  ingrata,  una  turba  de  insensatos  se  permitió  atacar  á  los 
templos  y  apedrearlos  y  amenazar  á  sus  pártocos  y  todo  esto 
sin  saber  por  qué  y  después  de  ver  representar  á  esa    cElec- 
tra>   de    Pérez   Galdós    que,   á  buen    seguro,   no   le  dá  repu- 
tación literaria  al  genial  escritor  español.     ¿No  fué  aquel  un 
atropello  inicuo  para  el  que  no  encontraron  palabras  de  cen- 
sura   muchos   espíritus    superiores?     Más    tarde  y    repetidas 
veces,  hoy  en  la  capital,  mañana  en   San  José,  pasado  en  el 
Salto,  jóvenes  sin  cultura  penetran   á  las   iglesias  durante  las 
horas  de   ejercicios    espirituales   para  cometer    actos  hostiles^ 
brutales,   vergonzosos.   Cuando  la  autoridad,  cumpliendo,  aqo( 
ó  allá,  sus  obligaciones  tutelares  procede  enérgicamente  contra 
los  bochincheros,  contra  quienes   serían  verdaderos  delincuen- 
tes en  los  Estados  Unidos,  y  los    expulsa  de   los   atrios,  sin 
lastimarlos   pero  usando  de  la  decisión  necesaria,  ellos  gritan^ 
accionan,  hablan    de    la    Constitución    y  de    las    leyes.    ¡Qué 
lástima   que    esos  ardores    activos    no    se   apliquen    á    mejor 
cau^a,  discutiendo  votos   en  •  épocas  de  comicio,  alrededor  de 
las  mesas  electorales!    £s  cierto  que  resulta  mucho  más  fácil 
echárselas  de  guapos  con  inofensivos  sacristanes  y  asustar  á 
señoras  que    encararse  con   un   votante    usurpador  y   denan* 
ciarlo  virilmente  y  sin   miedo. 


1>EBDB    WÁBHIIlOTOir  963 

Por  otra  parte,  recordemos    Iob   escándalos  que  se  prepa- 
raban,  noche  á  noche,  en  un  principio,  contra  los  propagan- 
distas del  Ejército  de  Salvación,  que   se  reunían  en  un  local 
cerrado  á  cantar  sus  himnos.     E^a  secta  posee  inmenso  arraigo 
en  Norte  América  7  á  su  jefe,  el  general  Booth,  le  dio  larga 
audiencia  el   presidente    Mackinley  el    mismo    día  en  que  se 
declaraba  la  guerra  por  Cuba.    Seducido   por  su   fama,   traté 
de    oírlo   una  vez  en  New  York  y  aunque   el  local    elegido 
para  la  conferencia  era    inmenso — la  Academia   de  Música — 
no  pude  entrar  por  falta    de  espacio.     Pero  para  convencer- 
nos de   nuestro    poco   liberalismo  práctico    supongamos    que, 
aprovechando  las  noches  de  verano,  un  sujeto   á  quien   se  le 
ocurre  ser  budhista  y  que  desea  pregonar  las  excelencias  de 
su  religión  y  que  no    tiene   amigos,    ni   un   centavo    para  al- 
quilar un  salón  particular,  ó  que  teniendo    ambas  cosas  pre- 
fiere  no  utilizarlas,  planta  una    silla  en   la    calle   Sarandí   y 
espeta  un    discurso,   diez  discursos,   sobre   su    religión.     Por 
lo  pronto  la  autoridad  será  la  primera  en  negarle  el  derecho 
elemental  de  emitir  su  pensamiento  siempre  que  no  sea  con 
sacrificio   del   orden   páblico.    Pero  i^regnemos    á  esto    que, 
antes  de  que  intervenga  la  policía^  el  interés  de  conservar  su 
integridad  física  ha  puesto  en  fuga  al  parlanchín    que  ha  co- 
metido el  error  de  creerse  huésped   de  Norte  América.    Mal 
rato  pasaría  aquí  quien    se    atreviera  á  faltar    en  considera- 
ciones sociales  al  más    humilde   de  los  charlatanes   callejeros, 
que  siempre    tiene   á  sus   espaldas  el    apoyo   eficaz    y   rudo 
de  los    oyentes.     ¡Elsta   si    que   es   libertad,    grande,    ámpliai 
frondoea,   de  sombra  igual   para  todos! 

La  prosperidad  de  las  religiones  en  los  Estados  Unidos 
entraña  otro  argumento  elocuente  en  favor  de  la  separación 
absoluta  de  la  Iglesia  del  Estado.  Ella  vendrá  muy  pronto 
en  nuestro  país,  para  beneficio  de  todos.  Sensible  es  que  el 
catolicismo  no  quiera  entenderlo  todavía  y  se  oponga  hoy 
apasionadamente,  á  una  reforma  saludable  é  impuesta,  como 
se  opuso  ayer,  con  desesperación,  á  esa  sabía  y  hermosa  ley 
de  r^istro  y  matrimonio  civil,  como  se  opondrá,  maf&ana 
á  esa  otra  ley  de  divorcio,  que  también  vendrá  á  pesar  de 
las  oposiciones  sectarias.    ¿En  vez  de  ponerse  en  pugna  con 


364  LUI8  AEBIRID  DS  BBftRBRA 

Io8  representantes  de  la  soéíedad  cml,  ^no  faera  más  *hábil 
imitar  el  ejemplo  de  Norte  América  7  consederles  el  caráeter 
.dirigente,  superior  á  todos  los  grupos,  que  á  ellos  les  correa 
ponde?  Ya  suena  eomo  una  curiosidad  de  mmeo  aqudlo  de 
«rey  cristianismo»,  «protector  de  la  fé»,  etc.  Los  gobiernos  7a 
no  pueden  tener  divisa  religiosa.  Y,  con  certeca,  el  apoyo 
V  oficial  no  le  daría  jamás  en  nuestro  país  al  jefe  del  catoli- 
cismo nacional  instalaciones  tan  lujosas  7  dignas  como  las 
que  debe  a^ora  á  la  generosidad  devota  de  la  familia  de 
Jaekson. 

Como    reflexión    final,  uno   se  pregunta  si  saben  á   dónde 
van,  si  conocen  bien  el  camino  que  señalan  sobre  el  flanco 
escarpado  de  la   montaña,  los   liberales   fanáticos   que   tanto 
abundan  7  seguidos,  á    menudo,   con  rasgos  de  inconciencia, 
por    las  falanjes    estudiantiles.     Elstá    bueno;   ellos   pregonan^ 
en  odio  al  catolicismo,  la  guerra  á  muerte    á  las  conviccio- 
nes religiosas.    Renegar  de  las  creencias,   hostilizar  á  los  sa- 
cerdotes, zaherir  al  señor   arzobispo   de  Montevideo,  á  pesar 
de  su  indiscutible  valimiento  intelectual,  apuntar  á   los  tem- 
plos  que    se  erigen,    como   á  sitios  de  corrupción,  apedrearlos 
cuando  la  oportunidad  impune  se  presenta,  reírse    de  los  qae 
profesan   ideales    piadosos.    ¿Puede    ofrecer  confianza    á    los 
espíritus  limpios  de  prejuicios   ese  programa  de  una  locura? 
Se  conteste  á  un  fanatismo    con  otro    fanatismo.    ¿Por  qné 
no   apearse  de   los  dos    7   deslindar,   en    forma   sensata,   loa 
campos  del  criterio?    Responsabilidad   grandísima    la  de  in- 
sistir en  que    se    arranque  de  cuajo  el   aentimiento  religioso, 
que    brote  en    los    corazones   felices  como  las    aguas    puras 
de  una    fuente,   sin    proponer   elementos  morales  para  reem- 
plazarlo!   No  se  tenga  duda  de   que  la   incontrasteble  fuensa 
social  de  los   Estedos   Unidos  se  basa,    en    mucha  parte,  en 
el  cimiento  cre7ente,  fooderadOf  smicillOj   Ubt^y   de  sus    mnl* 
titudes.     No  seamos,  pues,  soberbios  al  extremo  de  desechar 
enseñanzas  de  conducto  colectiva  que  llegan    de  tribuna  tan 
alta. 

Me  apercibo  de  que  el  colorido  «espontáneo  7  suave  de  esta 
erónica  será  para  algunos,  ó  para  nnicbos,  testímomo  de  qoe 
•empalidezco  como  libesal.    ¡Lo  ^ue  son   las  cosas!    Kenso, 


DE8DE    WASHINGTON  365 

al  revés,  que  uno  se  fortifica  en  esa  condición.  Como  las 
intransigencias  religiosas  son  primas  hermanas  de  las  intran- 
sigencias políticas,  esto  me  evoca  una  reminiscencia  que 
rec<^  hace  varios  años  y  que  me  ha  sido  muy  provechosa 
en  lo  sucesivo.  En  1896  nuestro  partido  pregonaba  el  mo- 
vimiento armado  que,  realizado  luego,  reivindicaría,  definiti- 
vamente, el  honor  cívico  de  los  orientales.  Aliados  en  ese 
idael  todos  trabajábamos  sin  descanso,  pero  mientras,  unos» 
envueltos  en  la  tánica  de  las  tradiciones,  decían  que  la  cam- 
paña iba  dirigida  contra  el  partido  colorado,  otros,  afirmaban 
que  su  objeto  era  derrocar  al  sistema  oprobioso,  sin  nombre^ 
integrado  también  por  algunos  correligionarios, — más  culpa- 
bles que  ningunos — que  afrentaba  á  la  república.  A  estos 
últimos,  que  éramos  la  mayoría,  felizmente,  y  que  representá- 
bamos la  idea  nacionalista,  ya  triunfadora,  se  nos  apuntaba 
como  á  afiliados  desteñidos,  tímidos,  incapaces  de  ser  radica- 
les, temerosos  de  salir,  cá  las  cuchillas».  Los  meses  corrie- 
ron vertiginosos  y  el  desenlace  trágico  se  produjo.  Aquí 
entra  la  moraleja  útil  á  que  he  referido:  cuando  nos  con- 
tamos alrededor  de  los  fogones  revolucionarios,  allí  no  estaban 
los  €  tremendos  >•  ¡Y  así  son  de  frágiles  todas  las  intran- 
sigencias ! 


XVII 


La  mujer  en  Estados  Unidos  —  Posición  que  ella  ocupa — 8u  Influen- 
cia social  y  política  —  Estadística  de  empleadas  oficiales  —  Evo- 
lución de  la  Idea  emancipadora  —  Triunfo  definitivo  —  Algunos 
ejemplos  seductores  —  Condición  Injusta  de  la  mujer  entre  noso- 
tros —  Exclusiones  odiosas  —  Una  esclavitud  disfrazada  ^  OondU 
ción  falsa  de  la  mujer  pobre  y  de  la  rica  —  Necesidad  Imperloea 
de  una  reacción  —  Sus  frutos. 


El  tema  de  esta  carta  será  muy  dulce^  pues  me  ocuparé, 
en  primera  línea,  de  la  mujer  norte-americana  y  de  su  in- 
fluencia social.  Creo  que,  por  esta  única  vez,  tengo  derecho 
legítimo  á  pasarme  de  la  raya  en  la  extensión  de  mis  pá- 
rrafos, porque  las  conversaciones  prolongadas  se  hacen  cor« 
tas  cuando  ellas  giran  sobre  asuntos  agradables  y, — ¿para  . 
qué  negarlo?  —  todos  padecemos  de  las  mismas  preferencias 
golosas.  Por  otra  parte,  estoy  seriamente  convencido  de 
que  la  más  valiosa  fracción  del  género  humano  está  frente  á 
nuestras  filas,  conforme  en  un  todo  con  la  opinión  de  cierto 
cómico  ocurrente  que  decía,  noches  pasadas,  que  la  mejor 
pnieba  de  que  las  damas  valen  más  que  los  hombres  está 
en  el  hecho  de  que,  si  todas  ellas  emigraran  á  la  China, 
pues  allá,  á  la  misma  China,  irían  todos  estos  á  rogarles 
que  desistieran  de  su  cruel  propósito  de  extrañamiento.  ¡Cuan* 
tos  años,  cuántos  siglos  hace  que  se  ha  afirmado,  abonándolo,  . 
enseguida,  con  demostraciones  de  teorema,  que  el  sexo  fe- 
menino gobierna  ai  mundo,  pero  con  la  particularidad  inte- 
ligente de  que  nos  maneja  con  rienda  de  seda,  sin  poner  en  " 
evidencia,   cegad,  por    la  vanidad,   la  fuerza   de   su    dominio! 


368  I^UIB  ALBERTO  D£  HERRERA 

Eq  cambio  ¡qué  tontos  somos  los  hombres!  Como  la  parte 
contraria  nos  viene  repitiendo,  desde  tiempos  inmemoriales^ 
que  el  mando  de  la  nave  es  nuestro^  estamos  persuadidos  de 
que  así  sucede,  mientras  nos  derretimos  atuzándonos  las  pun- 
tas de  escobillón  de  nuestros  mostachos  gatunos.  ¡Pobres  ca- 
pitanes, perdidos  en  el  mar  de  todas  las  dudas  si  les  faltara 
el  auxilio  orientador  de  esa  brújula  silenciosa  y  humilde, 
prisionera  de  cristales,  como  una  imagen,  que  ocupa,  resig- 
nada, sitio  secundario  y  sin  embargo  dirigente  á  la  popa 
del  barco!  La  mujer  es  algo  así  como  la  atmósfera  del 
universo  moral  y  gracias  á  su  influjo  benéfico  no  siempre 
respiramos  gases  deletéreos.  Tiene  puntos  de  identidad  con 
esa  inmensa  onda  eléctrica,  atada  como  una  corbata  impal- 
pable al  cuello  de  la  Tierra,  hasta  en  la  circunstancia  de 
que'  su  poder  se  siente  pero  no  se  vé,  de  que  ella  sirve  tam- 
bién de  vehículo  maravilloso  á  la  telegrafía  sin  hilos  y  de 
aer  todavía,  como  el  extraño  fluido,  un  enigma  científíco  in- 
Boluble. 

En  alguna  de  mis  anteriores  correspondencias,  al  enunciar 
las  causas  visibles,  al  alcance  de  cualquier  espíritu  vulgar, 
de  la  grandeza  de  este  país,  incluí  á  la  mujer  nacional  entre 
algunos  dé  los  factores  fundamentales.  Talvez  haya  parecido 
exagerado  este  aserto  y,  precisamente,  para  probar  la  razón 
que  me  asiste  al  expresarme  así,  he  elegido  ese  asunto  para 
la  presente  crónica.  A  la  par  de  las  nerviosidades  incansa- 
bles dé  la  vida  urbana,  del  vértigo  de  movimiento  en  todas 
partes  dominante,  de  las  audacias  arquitectónicas  y  del  por- 
fiado afán  mercantil  de  las  gentes,  impresiona  al  latino,  fo- 
rastero en'  New  York,  la  libertad  pasmosa  de  que  gozan  las 
mujeres,  su  intervención  eficaz  y  considerada  en  las  activida- 
des- diarias  y,  sobre  todo,  el  respeto  expontáneo  que  se  les 
rinde  en  la  calle,  en  el  tren,  en  las  oficinas  públicas  y  en 
loff  escritorios  privados.  La  ley  americana,  en  eso  especial- 
mente' stfbia,  dá  siempre  la  razón  á  las  reclamaciones  fenie- 
nioft^  cuando  las  apariencias  les  son  favorables  y,'  déníád  está 
el  decir,  que  pocas  veceff  se  equivoca.  Importunar  á  una 
selKyrKay  acósarbí '  con '  persecuciones  galantes,  es  cosa  gfíive'^ 
en^*  los  Estados  Unidos;  qutB  bastará  una  sitnpto  protesta  cá- 


DR8DE    WASHINGTON  369 

lurosa  de  la  víctima  para  que  cualquier  transeúnte  se  le 
ofrezca  de  escudo^  sin  perjuicio  de  la  ingerencia  represiva  del 
policeman.  No  hay  ante  ellos  apelación  que  valga.  Posee 
relieve  notorio  aquí  el  caso  deagraciado  de  un  diplomático 
á  quien  le  costó  el  pucí^to  un  disgusto  callejero  de  ed4  ín* 
dolé.  Insisto  en  estas  generalidades  porque  sentando  bien 
el  punto  de  partida  se  comprenden,  sin  dificultad,  todas  las 
consecuencias  que  se  suceden.  No  se  discute,  pues,  que  la 
mujer  es  uu  mietnbro  sagrado  de  la  sociedad  en  Norte 
América.  Apreciemos  lo  que  tanta  cultura  significa.  Moral- 
mente,  se  ha  dignificado,  de  manera  perdurable,  á  un  sexo 
tan  competente,  tan  asiduo  en  el  cumplimiento  de  sus  de- 
beres, más  sagaz  que  el  sexo  opuest'i. — Ss  obtuvo,  sin 
género  de  duda,  ese  halagüeño  provecho  el  día  en  que  la 
mujer  encontró  abiertas  muchas  sendas  de  labor,  antes  ce- 
rradas, el  día  en  que  ella  pudo  bastarse  á  sí  misma  con  su 
trabajo  honrado:  ese  día  ganó  la  humanidad  una  gloriosa 
batalla  sobre  la  injusticia,  se  redujo  el  índice  de  los  in- 
fortunios virtuosos  y  disminuyeron  los  dramas  catalogados 
de  la  miseria.  Socialmente,  ha  surgido  uu  nuevo  elemento  de 
lucha  que  contribuye,  con  tino  y  acierto,  á  las  tareas  co- 
munes, repartiéndose  así  mismo  la  miel  de  los  panales  por 
las  diferentes  celdillas  de  la  colmena.  El  cuerpo  de  la  co- 
munidad estaba  inutilizado,  justamente  en  su  mitad  más  va- 
liosa, se  arrastraba  hemiplégico,  pagando  tributo  á  los  pre- 
conceptos  crueles  de  las  épocas  de  opresión.  A  buen  seguro 
que  brotó  más  luz  sobre  los  horizontes  del  porvenir  cuando 
Be  rompieron  las  torpes  ligaduras  y  la  misma  sangre  de 
prosperidad  y  de  derechos  circuló  por  todos  los  vasos  del 
organismo.  Con  la  entrada  de  la  mujer  en  el  mundo  do 
los  negocios,  como  aspirante  á  puestos  remunerados  en  las 
diversas  esferas,  ha  surgido,  económicamente,  un  elemento  de 
influencia  beneficiosa,  cuya  competencia  activa  pronto  se  ha 
hecho  sentir  con  sorpresa  de  los  escuadrones  masculinos.  £i 
mismo  efecto  opulento  que  produciría  el  lanzar  á  la  circu- 
lación emisiones  garantizadas  y  prestigiosas  de  billetes.  £1 
número  de  brazos  laboriosos  casi  se  ha  duplicado  y  nadie 
pretenderá  negar  que   con    este    importante  caudal  de   ener- 

2i 


370  LUIS  ALBERTO  DE  HERRERA 

gÍMS  morales    ha  aumentado    en  intensidad    fecunda  el  senti- 
miento público. 

Después  de  vivir  en  los  Estados  Unidos,  pudiendo  apre- 
ciar, ú  cada  instante,  la  amplitud  del  campo  ofrecido  en  la 
actualidad  á  las  emulaciones  femeninas,  parecería  que  el  ideal 
de  la  labor  liberalizada  é  igualitaria  estí  ya  alcanzado,  siendo 
realidades  sus  más  atrevidas  proyecciones.  La  mujer,  espe- 
cialmente señoritas  de  quince  á  veinticinco  años,  intervienen 
de  manera  eficaz  en  el  trámite  diario  de  los  negocios  más 
serios  y  delicados.  Si  vais  por  asuntos  profesionales  al  es« 
tudio  de  un  abogado,  salciríí  á  recibiros  una  niña,  alumna  de 
la  escuela  de  Derecho,  que,  sin  perjuicio  de  asistir  á  las  cla- 
ses, hace  allí  la  práctica  de  su  carrera  y  allí  se  gana  hol- 
gadamente la  vida.  Si,  hostiliza  los  por  punzadas  de  dolor, 
¡tan  conocidas!,  vais  á  casa  del  dentist:i,  hallareis  que  éste, 
para  auxiliares  de  sus  tareas,  prefiere  á  señoritas.  Si  en- 
tráis á  cualquier  institución  bancaria,  allí  está  la  mujer  aten- 
diendo, en  calidad  de  dependiente  de  confianza,  á  las  seño- 
ras que  tienen  asuntos  con  la  firma.  L^  encontrareis  también 
en  todos  los  escritorios  comerciales,  sean  las  que  fueren  sus 
especialidades,  ya  ¡levando  la  contabilidad,  6  sirviendo  la  co- 
rrespondencia estenognífica,  6  tomando  en  taquigrafía  la  res- 
puesta apurada  de  estos  patrones  impacientes  y  vertiginosos, 
ó  cumpliendo  diligencias  de  orden  exterior,  ó  atendiendo  á  la 
cobranza,  ó  encargada  de  la  dirección  general.  La  encon- 
trareis también,  absorbiendo  los  deberes  del  mostrador  en 
los  grandes  establecimientos  de  venta,  siendo  justo  agregar, 
como  dato  complementario  que  abona  por  sí  solo  las  venta- 
jas de  la  hermosa  reforma,  que,  invariablemente,  el  manejo 
de  la  caja  en  todos  los  negocios,  boticas,  hoteles,  tiendas, 
escritorios,  almacenes,  librerías,  bazares,  etc.,  está  en*  las  ma- 
nos exclusivas  de  mujeres. 

li^te  argumento  encarnado  en  la  práctica  desmenuza  todas 
las  tiradas  teóricas  de  la  restricción,  que  ningún  americano 
ni  nadie  confiaría  á  personas  ineptas  el  cuidado  de  sus  pe- 
sos sólo  por  rendir  homenaje  á  ímpetus  galantes.  En  las 
oficinas  públicas  y  en  el  correo  predominan  las  empleadas. 
Días   atrás  visité  la  casa  en  que  se  imprime  el  papel  áioneda 


]>B0DB     WASHINGTON 


371 


y   apenas  traspuse  la  entrada,-  me  hallé  dentro    de  las  Ifneas 
de  un  ejército    femenino.    Aquella   obrera    colocaba    atenta- 
mente las  hojas  sobre  la  piedra  litográfica  mientras  este  obre- 
ro  atendía    el   funcionamiento    de    la  maquinaria;    allá^    una,  • 
preparaba  las  soluciones  químicas,  y  otra,   que  ostenta  en    el 
pelo  un  ramo  de   flores,  regalo  seguro   de  sn  novio,  hace  ano- 
taciones,  sin  levantar  la  cabeza   del  pupitre;  y  otra  ríe,  más 
lejos,  á  la  vez  que  acomoda   los  mazos  de  billetes;  y,   la  de 
más  allá,    después    de   cumplir    su    parte    de   las    tareas   del 
momento,  se    sienta  á   descansar,    consciente    de   su   derecho 
y  con  tranquilidad  republicana,  á  la  vista  del  jefe  de  la  sec- 
ción,   que  se    guardaría    muy    bien    de   censurarla    y    mucho 
menos  de  levantarle   la  voz,  porque  ser  empleado  no  importa 
ser    bestia   de  carga   con   el    cuello    perpetuamente  inclinado 
bajo  el  peso  de  la    coyunda,   y  todos    nos    debemos  conside- 
raciones los  unos  á    los  otros.     ¡Hermosísimo   espectáculo  de 
redención! 

Como  el  asunto  posee  interés  y  hasta  novedad  para  nos- 
otros, no  vacilo  en  insertar  algunos  datos  estadísticos,  que 
acabo  de  obtener,  que  dan  idea  exacta  do  la  cantidad  de 
representantes  del  sexo  femenino,  frente  al  masculino,  coloca- 
das en  las  oficinas  gubernamentales  en  la  ciudad  de  Was- 
hington.    Son  los    siguientes: 


VAXOKSS 


VUJXBX8 


Mansión  Ejecutiva  (Casa  Blanca)  .  .  .  . 
Departamento  de  Estado  (Ministerio  de  R.  E.)- 

»  Tesoro  (Ministerio  de  Hacienda). 

»  de  Guerra 

»  »    Marina 

»  »    Correos  •     • 

»  del  Interior 

»  de  Justicia  • 

>  »    Agricultura  ...••• 

Casa  de  Moneda • 

Departamento  del  Trabajo  . 

Comisión  de  Pesquería 

»  >    Comercio  entre  los  Estados  •     . 

»         del  Servicio  Civil 

*         Industrial •     •     . 

Instituto  Smithsoniano 

Oficina  de  las  Repúblicas  Americanas.     .     . 

Totales    


28 

■ 

92 

17 

3.234 

2.213 

2.411 

300 

2.292 

85 

812 

237 

4.810 

2.862 

■  191 

21 

(m 

332 

2.623 

1.060 

74 

18 

55 

12 

133 

— 

55 

6 

19 

7 

320 

37 

13 

9 

17.812 

7.216 

372  LUIS  ALBERTO  DB  HBBSERÁ 

Es  decir^  que  al  presente  casi  la  mitad  de  los  miembros 
del  servicio  oficial  son  mujeres;  y,  como  en  las  sustitucio- 
nes que  se  producen^  un  ochenta  por  ciento  pertenecen  á 
personas  del  mismo  sexo,  puede  desde  ya  afirmarse,  con  cer- 
teza aritmética,  que  en  un  plazo  menor  de  treinta  años  no 
quedará  un  sólo  hombre  empleado  en  las  dependencias  del 
gobierno.  ¡Derrota  completa!  Debiendo  advertir  que  ella  po- 
see singular  mérito  por  cuanto  los  aspirantes  á  estos  puestos 
deben   pasar  por  la   prueba   de   un    examen  de    competencia. 

El  Secretario  del  Tesoro,  Mr.  Spinner,  fué  el  primer  fun- 
cionario que  dio,  en  186i,  entrada  en  el  servicio  á  las  se- 
ñoras. Bien  se  aprecia  que  la  progresión  invasora  es  galo- 
pante. Puede  afirmarse  que  son  pocas  las  propagandas  de 
la  época  contemporánea  que  han  obtenido  el  brillante  éxito 
de  la  seguida  aquí  para  conquistar  la  emancipación  de  la 
mujer.  Bien  vale  la  pena  apuntar  algunos  antecedentes  para 
demostrar  cuántas  arbitrarias  cortapisas  se  han  roto,  gracias 
á  un  esfuerzo  tenaz  de  medio  siglo.  A  principios  de  1848 
estaba  en  vigencia  en  los  Estados  Unidos  la  Ley  Municipal 
inglesa,  de  la  que  ha  dicho  una  distinguida  escritora  que: 
cel  tratamiento  que  ella  determinaba  para  la  mujer  era  una 
mancha  para  la  civilización,  sólo  comparable  en  iniquidad  á 
la  esclavitud  del  negro».  Comentando  en  esta  parte  ese 
cuerpo  de  leyes,  expone  el  célebre  Blackstone  que:  cía 
misma  existencia  de  la  mujer  quedaba  en  suspenso  durante 
el  matrimonio  ó,  por  lo  menos,  consolidada  en  la  del  ma- 
rido». Determinaban  algunas  de  sus  disposiciones  que  cpor 
el  casamiento,  el  marido  y  la  mujer  se  convertían  en  una 
persona  ante  la  ley,  siendo  aquél  dueño  y  señor  de  ésta, 
estando  obligado  á  darle  techo,  alimento,  medicina  y  ropas 
y  pudiendo  disponer  de  sus  ganancias  y  persona  donde  quiera 
que  se  hallase»,  agregando:  cque  siendo  responsable  el  ma- 
rido de  la  moral  de  su  mujer,  tenía  derecho  á  elegir  domi-* 
cilio  y  á  gobernarlo,  á  elegirlo  amistades  á  aquélla,  á  sepa- 
rarla de  sus  parientes,  á  restringir  sus  preferencias  religiosas 
y  libertad,  estando  habilitado  para  corregir  sus  faltas,  ea 
forma  suave,  y  á  castigarla,  si  fuere  necesario,  con  modera- 
ción, como  si  fuera  su  aprendiz  ó  una  simple  criatura  >• 


BWt>B    WASHINGTON  373 

El  primer  paso  t